Feb 7, 2016

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La izquierda que viví

La izquierda que viví

Adolfo Sánchez Rebolledo

Configuraciones, México, 2014

Introducción

Al presentar reunidos escritos tan diversos, como son ciertas notas de lectura, artículos de opinión, ensayos breves, crónicas a destiempo –incluso algún discurso y hasta una entrevista– siguiendo un orden temático y cronológico a la vez, no busco reciclar con discutibles criterios “antológicos” páginas que, para bien o para mal, ya cumplieron su papel. Mi intención es verificar si, no obstante los visibles huecos y omisiones, esta miscelánea personal sirve para recrear el tempo, ciertos pasajes que hoy son objeto del recuerdo o la nostalgia; es decir, algo del clima moral y político del último medio siglo, visto y vivido en la cambiante perspectiva de la izquierda. Se trata, por supuesto, de una visión fragmentaria, testimonial, armada casi como un collage en torno a cuestiones del día que de suyo eran debatibles y siempre merecían mayor profundidad.
Julio Pliego, amigo, fotógrafo, testigo informado de la larga marcha de la izquierda mexicana –y, en esa calidad, curador indispensable del patrimonio gráfico de las movilizaciones populares–, decía que él prefería emplear en sus piezas documentales los testimonios captados en caliente, de primera mano, en vez de asirse de las “segundas versiones” matizadas por el tiempo, que si bien mejoraban la narración, también le restaban frescura, cuando no autenticidad.
Me hubiera gustado seguir al pie de la letra esa regla de oro, hallando para cada fecha un artículo original. Pero eso no era posible por una sencilla razón: durante un largo periodo escribí poco y publiqué menos,1 hasta que en 1988 comencé la colaboración semanal con La Jornada y, más adelante, con otras publicaciones, como Punto, Jueves de Excélsior y Nexos. Sin embargo, el arco temporal de esta compilación empieza en 1961, cruza las elecciones de 1988 y culmina con las secuelas que la sucesión de 2006 tuvo en la izquierda, una vez que la crisis capitalista puso en movimiento nuevas fuerzas, que actúan hasta nuestros días. Un largo periodo de grandes transfor- maciones en México y en el mundo que marcaron la evolución de las izquierdas y, naturalmente, mis propias concepciones.
Salvo algunas notas intercaladas, todos los textos se publicaron en los medios que aparecen referidos en cada caso, de modo que ninguno fue elaborado para llenar los “huecos” de esta edición, que desde luego no pretende “reconstruir la historia”. Sirva esta introducción para recordar varias de las ideas y el contexto en el que surgieron, con el reconocimiento de que en este libro solamente se registra una parte de los episodios que viví como protagonista o como simple observador.

Política y periodismo

Con esto quiero decir que algunas de las experiencias políticas más formativas las obtuve antes de iniciarme como aprendiz de periodista, en los juveniles acercamientos a las autodenominadas vanguardias partidistas de principios de los años sesenta, en las intensas actividades de solidaridad antiimperialista desplegadas por los estudiantes o en las múltiples protestas por la liberación de los presos políticos que le dieron continuidad a las grandes acciones de masas de los maestros y ferrocarrileros de 1958-1959, reprimidas por el gobierno. Otras, las viví en el ambiente de la prensa militante, en particular en las revistas Solidaridad y Punto Crítico (1972-1977), donde cada artículo que habría de publicarse se concebía para expresar la visión del conjunto y no la de cada anónimo redactor. Gracias a Punto Crítico tuve la oportunidad de asimilar la energía liberadora del movimiento de 1968 en el contexto de la creciente insurgencia sindical y popular que siguió a los años duros de intolerancia (“1972: es el turno de los trabajadores”, proclama el primer número de Punto Crítico), justo cuando el izquierdismo pasaba de las palabras a las armas, combatiendo toda salida política que no fuera directamente la revolución socialista y, por tanto, la “destrucción del Estado burgués”.
Invitado a participar en la fundación de la revista, puse todas mis energías –y mis escasos saberes profesionales– al servicio de un pro- yecto “de información y análisis” colectivo que se proponía aprovechar las transformaciones ya ocurridas en el mundo del trabajo gracias al arribo de oleadas de técnicos y profesionales generados durante el periodo de auge del desarrollismo, muchos de los cuales vivieron la experiencia del 68 y estaban objetivamente en sintonía con los asala- riados (como precedente, recuérdese el movimiento médico aplastado en 1965), que aspiraban a la autonomía ante el poder corporativo del Estado para defender mejor sus intereses profesionales y legales, im- pulsando la democracia en las organizaciones sociales.
El objetivo explícito de Punto Crítico era fortalecer una corriente de izquierda socialista, ilustrada, revolucionaria pero no doctrinaria, apega- da a los movimientos de masas, dispuesta a la más amplia convergencia política fundada en el análisis concreto de la realidad nacional. Se pre- tendía, a través del periodismo crítico, formular y compartir nuevos diag- nósticos y propuestas programáticas sobre México y poner los resultados al servicio de las más amplias fuerzas populares, lo cual, por supuesto, implicaba el mayor compromiso personal y colectivo con dichas causas.2
En Solidaridad fui testigo privilegiado, a partir de 1966, de cómo una organización social regida por normas internas democráticas, el Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (sterm) –rara avis en el México contemporáneo–, pasaba de la alianza con el Estado para darle viabilidad a la nacionalización e integración de la industria eléctrica –y, por consiguiente, a la unidad orgánica democrática entre las tres organizaciones sindicales existentes, en la perspectiva de impulsar la modernización de las relaciones laborales–, a la resistencia activa contra las letales aspiraciones autoritarias del sindicalismo oficial convertido en la pieza maestra del control rotundo del Estado posrevolucionario, que entonces se definía a sí mismo como “nacionalista revolucionario”.

1 Entre 1967 y 1970 fui corresponsal en México de la agencia Inter Press Service.

2 A esas experiencias me referí en la entrevista con Hermann Bellinghausen titu- lada “Punto Crítico: una historia de familia”, publicada en Nexos de junio de 1988 y que se incluyó en la compilación reproducida ese mismo año en el libro Pensar el 68, coordinado por Hermann Bellinghausen y Hugo Hiriart, editado por Cal y Arena.

Rafael Galván, líder indiscutible de los electricistas democráticos, nos mostró el papel central de los trabajadores en el orden corporativo imperante y, en contraste, el significado político de la democracia sindical cuando asumió un programa nacional (la Declaración de Guadalajara, de 1975) capaz de trascender el gremialismo para convertirse en el eje de una gran alianza popular. Alcanzar dichos objetivos no era sencillo; se requería de un esfuerzo y unos planteamientos muy diferentes a los que dominaban el pensamiento convencional de la izquierda. Era indispensable reflexionar críticamente sobre la naturaleza del Estado y las características de la lucha de clases en un país donde las instituciones y la ideología dominante derivaban de una revolución social, la primera del siglo xx. La “caracterización” de ese fenómeno histórico era objeto de enormes discrepancias teóricas, pero la crisis saltaba a la vista.
Para algunos, como Galván, no todo estaba perdido, pues el impulso popular originario seguía presente en las aspiraciones de las masas y en las conquistas institucionales de dicha revolución. (Más adelante, esa previsión se corroboró al concretarse la ruptura de la Corriente Democrática del Partido Revolucionario Institucional, que puso en la escena nacional al neocardenismo). Durante la insurgencia sindical de esos años aprendimos que el Estado de clase no sólo era una maquinaria de coerción –que lo es– o un decorativo “Estado Mayor” de las clases dominantes, sino también un “espacio” donde se confrontan fuerzas sociales que tienen intereses propios y buscan influir sobre el poder político, interactuando con él o repeliéndose entre sí a través de la política y la lucha ideológica por la hegemonía. De ahí que fuera importante precisar las reglas del juego, crear una fuerza de masas capaz de abrir las ventanas para que entrara el aire fresco de la democracia y restablecer el proyecto nacional de desarrollo contenido en la Constitución de 1917. Ésa era la visión de Rafael Galván. Sin duda, la presencia de la Tendencia Democrática marca los años setenta al grado de que su derrota constituye, por así decirlo, el punto de no retorno de las políticas de reformas que le habían asegurado estabilidad y consenso al Estado de la Revolución mexicana.

La época

Por lo demás, imposible imaginar a la izquierda de esos años sin la solidaridad con Vietnam; sin la influencia del gran movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos; sin el feminismo como puntal de la agenda “contracultural” que vino a transformar a las sociedades contemporáneas; sin repasar otros capítulos del repertorio ideológico revolucionario, como el maoísmo, la Gran Revolución Cultural y otros “vanguardismos” que brillaron durante la Revolución de Mayo en 1968, la cual vino a ser en cierta forma el canto del cisne de la revolución en Occidente, con sus efectos devastadores sobre el marxismo de entonces, asuntos cuyo registro escapa a esta compilación.
Por otro lado, los reflejos condicionados adquiridos por la izquierda mexicana serían inexplicables sin tomar en cuenta la represión ejer- cida contra las movilizaciones campesinas, sindicales y estudiantiles, cuyos efectos se harían sentir en otras respuestas. ¿No es el asesinato de Rubén Jaramillo, más allá de la violencia inhumana ejercida con- tra él y su familia, el signo devastador de la crisis de la Revolución mexicana, una suerte de punto de inflexión que se prolongará como una larga agonía de la familia revolucionaria? A mediados de la déca- da, en 1965, el asalto al cuartel de Madera, en Chihuahua, realizado por un grupo guerrillero integrado por activistas rurales y maestros encabezados por Arturo Gámiz, nos retrotrae a la tradición revolucionaria

de la región, pero su presencia es un signo nuevo que en verdad contradice la insularidad ideal del Estado mexicano, la idea autoritaria de que la estabilidad del poder es la peculiaridad de un régimen fundado por encima de las clases. La represión es la constante que da visos de legitimidad a la aparición de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas en Guerrero, una región donde, se reconoce, el caciquismo y el atraso secular propician el recurso de las armas. Allí se manifiestan con fuerza las crecientes contradicciones entre la ideología de corte nacionalista y social del Estado y las prácticas consagradas del po- der, cada vez más excluyentes y polarizantes. El México bronco de la leyenda revolucionaria convive con la modernización que se percibe como progresista gracias a la urbanización acelerada del país, con sus secuelas en la demografía, aunque la desigualdad crezca a ritmos desalentadores tanto en el campo como en las nuevas urbes. Es el país dual que cruza el siglo modernizándose sin resolver los nuevos problemas creados por el desarrollo del capitalismo, cuya aclimatación irrumpe y destruye los baluartes de la antigua estabilidad.
Capítulo importante en la evolución de las izquierdas es la experiencia de la Unidad Popular en Chile que fuera trágicamente frenada por el golpe militar contra el presidente Allende, perpetrado con el apoyo apenas disimulado del Departamento de Estado y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos. La secuela de esos hechos plantearía la urgencia de reflexionar una vez más acerca de la naturaleza del cambio social, a través de emprender nuevas investi- gaciones en torno a la “actualidad de la Revolución”, es decir, a la necesidad de comprender bajo otras luces el sentido general de la época. Carlos Pereyra fue, entre nosotros, uno de los primeros en advertir hasta qué punto la idea de la revolución como eje rector de toda posi- ble estrategia socialista había llegado a su límite y no se correspondía con los grandes cambios ocurridos en la sociedad bipolar. El debate sobre la relación entre socialismo y democracia adquirió entonces un nuevo significado, sobre todo a partir de las experiencias y la teorización puesta al día por el llamado eurocomunismo, que vino a revalorar el reformismo y la democracia, el pensamiento de Gramsci en una sociedad que se había vuelto más compleja, plural e interdependiente. A lo largo de este libro, esas disyuntivas aparecen una y otra vez implícitas en distintos escritos.

La Revolución cubana

De los primeros tiempos –casi la prehistoria– recojo en esta compilación unos cuantos textos, pues la inmensa mayoría de las notas y los temas seleccionados provienen del ejercicio periodístico posterior 3 o del trabajo editorial, representado aquí, entre otros, por la breve nota que precedió a la selección de discursos de Fidel Castro, preparada por este autor para Ediciones Era a fines de los años sesenta, tras la muerte del Che en Bolivia, cuando el opúsculo ¿Revolución en la revolución? de Régis Debray aún pasaba en México por ser la última palabra acerca del foco guerrillero y la definitiva interpretación de la hazaña fidelista. Con la reproducción de la mencionada nota preliminar quise dejar constancia de la temprana influencia que para una parte de mis con- temporáneos –sobre todo entre los estudiantes– adquirió la Revolu- ción cubana más allá del intento de crear un “modelo” exportable que al exaltar unilateralmente el voluntarismo revolucionario negaba las raíces históricas y sociales del proceso guiado por Fidel Castro: deja- ba fuera las “peculiaridades” de Cuba, los factores condicionantes que permitieron pasar en un lapso brevísimo (1959-1961) de la revolución política democrática contra la dictadura de Batista –dirigida por jó- venes militantes martianos al frente de una guerrilla rural sostenida por una coalición heterogénea de fuerzas– a la revolución nacional antiimperialista y socialista que nadie esperaba en este continente.

3 El hilo conductor es la política, el periodismo como crítica del momento y la moral que lo anima. Una parte significativa de ese largo trayecto está disponible en la he- meroteca virtual del diario La Jornada: <http://www.jornada.unam.mx/archivo_opinion/ front/searchall>.

Allí no hubo un partido de vanguardia “dirigente” ni tampoco una fuerza de clase armada de una ideología revolucionaria, anticapitalista, como dictaban los cánones de la III Internacional. Sí hubo –y hay que subrayarlo– un grupo dirigente honesto, patriótico, forjado en el combate contra la politiquería y la dictadura, que supo definir la estrategia correcta para resolver los problemas de Cuba legados por su propia historia, a través de asumir la acción revolucionaria a partir de una disyuntiva moral ineludible. Y, en el fondo de la escena, un movimiento de masas forjado en valiosas tradiciones de lucha que aportó cuadros, ideas pertenecientes a un contexto cultural e ideológico liberador.
En todo caso, la Revolución, como diría el Che, arribaría al marxis- mo por sus propios medios, reafirmando la heterodoxia y, con ella, la esperanza de construir una sociedad más justa alejada del socialismo de Estado. Gracias al sacrificio y la voluntad de resistencia de varias generaciones, Cuba ganó la primera batalla sin atenerse a las leyes codificadas por los manuales soviéticos. Sin embargo, la realidad del mundo de la guerra fría no le permitió a la utopía cubana sobrevivir en la “excepcionalidad” ni –repito– sustraerse a la gravitación del socialismo real, que si bien garantizaría la existencia material de su economía, también dejaría su huella en la adopción del modelo de Estado y en la ideología del partido único que finalmente ahí se formó.
Cierto es que la Revolución cubana se esforzó desde el comienzo por superar la cifras amargas del subdesarrollo y la desigualdad secular heredada de la Colonia, a través de crear servicios educativos y de salud que hoy mismo son reconocidos en el mundo. Y todo eso, no obstante los obstáculos interpuestos por el bloqueo estadounidense, así como por sus propios errores. Pero cuando la Unión Soviética se derrumbó, Cuba, ubicada de la noche a la mañana en el peor de los es- cenarios, se mantuvo en pie y volvió a probar que el impulso original de la revolución no había desaparecido y revitalizó sus razones de ser, a pesar de los grandes sacrificios a los que hubo de someterse. Ningún fracaso posterior del modelo político y económico puede juzgarse sin examinar la situación concreta en y frente al imperio después de la crisis del campo socialista. Hay críticos de la Revolución cubana que aún se preguntan si el sacrificio valió la pena, si no hubiera sido razonable proceder a desmontar el régimen para alinearlo con las “transiciones” del Este. Pero tras ese argumento se esconde el olvido del ma- yor hecho histórico de la Revolución, a saber: erigir –y mantener bajo las más duras presiones de un enemigo infinitamente más fuerte– por primera vez en Cuba un Estado nacional, digno de ese nombre. No es una fábula decir que las palabras soberanía e independencia dejaron de ser parte de la retórica republicana anterior para convertirse, ape- nas en 1959, en algo tangible para un pueblo que había recuperado el sentido profundo de la dignidad. Y eso no es cualquier cosa. No en balde, en sentido opuesto, el imperio no sólo no cambió un ápice su actitud inicial, sino que, al margen de toda racionalidad, exige todavía hoy la claudicación de la Revolución. ¿Podía Cuba reformarse, abrir las puertas al pluralismo y la democracia sin hundirse en la violencia? ¿Habrían respetado sus adversarios un proceso que no fuera la inmediata rendición incondicional, la vuelta a los años dorados de la guerra fría, es decir, de la politiquería?
En los últimos años, en medio de grandes dificultades internas, Cuba ha emprendido un proceso de reformas que aspira a transformar el país “abriendo” la economía y “liberalizando”, por así decirlo, los controles del Estado, sin abandonar el socialismo. Es una apuesta calculada que, sin duda, conlleva peligros, aunque ninguno se compara con el del inmovilismo. El camino es difícil, pero la reforma es la única vía para enfrentar el futuro. Hoy por hoy, los avances observables aún no son espectaculares, pero, efectivamente, se están produciendo en todos los órdenes de la vida social, lo que confirma que el futuro de Cuba será el que decidan los ciudadanos, sin injerencias extrañas. Se ha previsto reformar la Constitución para darle cauce a dichas transformaciones. Ése es el camino a seguir. La República de Cuba tiene un legado histórico que cumplir. La transformación democrática del régimen ya es hoy un esfuerzo plural que puede y debe incluir al conjunto de las fuerzas que buscan soluciones propias y rechazan toda suerte de violencia.

Los procesos de 1968
Para rastrear las conductas de la izquierda en México me sirvo de la lectura de varios libros que articulan y recuperan momentos cruciales de la época, como es el caso de Los procesos de México 68, un grueso volumen que viene a ser mucho más que la árida recopilación de los documentos de acusación y defensa en el juicio contra los dirigentes estudiantiles abierto por el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz. Convertidos en la principal referencia moral y jurídica de los acusados, en esos alegatos se clasifican por primera vez los crímenes del Estado como violaciones a los derechos humanos definidos en el sentido moderno de la palabra en el célebre proceso de Núremberg contra el nazismo. Además, ahí se encuentra el primer balance político del movimiento, basado en la radiografía del poder autoritario, así como el enunciado de los objetivos democráticos, constitucionales, que la izquierda –no sin zigzagueos– convertiría en bandera de la muy larga y accidentada transición mexicana hacia la democracia.
La tragedia del 2 de octubre, tema capital si los hay, se registra a partir del relato presencial de Juan Enrique Sánchez Rebolledo, de- tenido en la Plaza de la Tres Culturas, un testimonio que permaneció inédito durante cinco décadas. Me pareció útil publicarlo en conjunción con la crónica de la profética “Batalla de Tlatelolco”, la evocación de José Revueltas en el auditorio de Filosofía, o la brevísima alusión a la creación literaria proveniente o inspirada en el 68, textos variados que funcionan para ilustrar la riqueza del movimiento como fuente germinal del impulso moral democrático, antiautoritario, que sería desplegado en las décadas siguientes por los ciudadanos mexicanos.

Democracia e izquierdismo

Otras voces ayudan a perfilar el clima, la diversidad de puntos de vista presentes en la izquierda. Las reseñas de Memoria de la izquierda, de José Woldenberg, y de Memoria de la guerra de los justos, de Gustavo Hirales, un par de relatos muy diferentes entre sí, me permiten vislumbrar a través de las propias miradas de esos autores ciertos aspectos de la problemática endiablada de los años setenta, siguiendo de cerca dos cuestiones de enorme trascendencia: a) la formulación de un pensamiento democrático de izquierda a partir de la experiencia del sindicalismo universitario desarrollado durante la primavera de la insurgencia sindical capitaneada por Rafael Galván, y b) la apelación a la violencia como recurso revolucionario vista a través de la novela autobiográfica de Gustavo Hirales Morán, la cual nos remite al horizonte oscuro del post-68, es decir, al momento de la actualización del izquierdismo, primero como “desviación” ideológica estudiantil y más tarde como expresión de la lucha armada en México, en especial de la Liga Comunista 23 de Septiembre, de la que fuera fundador el propio Hirales.
La ulterior derrota de los grupos guerrilleros a cuenta de la guerra sucia –la gran tragedia vivida por la sociedad nacional antes de la explosión de la violencia criminal– hizo aún más urgente y necesaria la reflexión en torno a los usos de la violencia política, sobre todo cuando, tiempo después, con la insurrección del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, esta última adquiriría, gracias a la presencia de las comunidades indígenas, grados de legitimidad que hubieran resultado impensables en los años setenta.
Los textos relacionados con el zapatismo son una aproximación crítica, necesariamente selectiva, limitada, a un trascendente fenómeno social e ideológico que en su momento polarizó a la sociedad y petrificó a las izquierdas “tradicionales”, y que hoy sobrevive bajo nuevas circunstancias como un polo de atracción enfrentado a la “otra” izquierda, sin que hasta ahora el debate sobre sus aportaciones globales, en particular –simplificando– la hipótesis de que es posible “ganar el poder sin tomar el Estado” mediante la participación de los nuevos sujetos creados por las formas depredadoras de la modernidad, parezca arribar a una concepción de validez universal en torno a la alternativa al capitalismo, como pretenden sus voceros intelectuales. Pero eso es parte del debate pendiente.

La unidad y el reformismo
Un tema importante que aparece disperso en varios artículos de esta selección es el referente a la unidad de la izquierda –y al valor de la unidad como principio digno de estudio– tras la reforma política de 1977, que cambió las reglas del juego vigentes hasta entonces.4 La cuestión de la unidad, como se dice en algún escrito posterior al 2006, era, en efecto, el gran tema irresoluto de la historia de la izquierda mexicana, pero a fines de los años setenta había adquirido nuevos significados. De la unidad venían hablando los partidos que darían lugar al Partido Socialista Unificado de México (psum) con los representantes de la Ten- dencia Democrática, enfilados a discutir las bases para organizar un “partido único” de la clase obrera. Se comprende que la legalización del Partido Comunista y su disolución en una nueva formación unitaria fueron hitos en el largo camino de crecimiento y maduración de “las izquierdas”, proceso que aún está lejos haber concluido.
Por desgracia, carezco de un registro publicable sobre la “fusión”, pero sobre todo lamento no tener una crónica del rico debate que nos llevó a la formación del Movimiento de Acción Popular (map). Ésta es una omisión destacable, ya que gracias al intercambio de ideas que se extendió durante meses, los fundadores de esa efímera orga- nización política, no obstante nuestro carácter minoritario, pudimos participar con argumentos propios en la corriente principal de la iz- quierda que se agruparía en el psum. A estas alturas, así fuera por rescatar la verdad histórica, sería interesante y productivo revisar críticamente las Tesis del map, sobre todo para precisar la naturaleza del “reformismo” postulado en ellas, es decir, una visión que sin romper con la tradición nacional-popular de la Revolución mexicana y el Estado, busca darle sentido a la salida “socialdemócrata” para resolver, desde la modernidad y la democracia, los grandes problemas nacionales. En cuanto al desafío concreto planteado por la reforma política, recuerdo aquí lo que le dije a Patricia Pensado, investigadora y paciente

amiga, durante una detallada sesión de historia oral en la que me interrogaba sobre tales asuntos:5

Al principio hubo cierta resistencia a la idea de crear una asocia- ción política (sobre todo entre los nucleares, a cuya hueste me había incorporado como asesor sindical) ya que suponía una revisión de la línea adoptada hasta ese momento, la cual privilegiaba la de- mocratización de las organizaciones sociales.6 Pero los hechos eran evidentes: se estaba produciendo un cambio del que no podíamos ni debíamos marginarnos, así fuera agrupándonos para participar en alianza electoral con otro partido. Rafael Galván falleció antes de que se resolviera la cuestión, pero el debate prosiguió hasta que, finalmente, optamos por constituir el map, proceso en el cual nos hallábamos inmersos cuando se produjo la convocatoria a la unidad por parte del pCm y demás organizaciones. Entonces, decidimos ace- lerar el paso y sumarnos a la unidad, aceptando los planteamientos ya aprobados por los convocantes. Es a partir de entonces cuando el tema de la democracia política se constituye en el punto de partida de una visión más compleja y, con el tiempo, más rigurosa.7

No sería coser y cantar. El 14 de diciembre de 1986, en el discurso pronunciado en el quinto aniversario del psum,8 intenté hacer un recuento de las vicisitudes del proceso de integración orgánica, de los obstáculos que se oponían a la articulación de una línea política claramente sustentada en la democracia social y en la participación electoral, la cual rompía en distintos planos con la cultura política arraigada en el resto de la izquierda socialista. Con el tiempo, paradójicamente, muchos de los planteamientos “reformistas” elaborados entonces por un grupo minoritario pasaron poco a poco a formar parte del ecléctico arsenal ideológico disponible, sin que tampoco –hay que subrayarlo– se realizara el ajuste de cuentas que a algunos nos parecía absolu- tamente necesario para darle coherencia al discurso de la izquierda. Una constatación: la alternativa socialdemócrata, a pesar de esfuerzos como los realizados por otros grupos (el partido Democracia Social en la campaña electoral del 2000), jamás adquirió peso propio.

4 Ver, más adelante, la entrevista con Hernán Gómez (p. 190).

5 Patricia Pensado Leglise, Adolfo Sánchez Rebolledo: historia de un militante so- cialista, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora (en proceso de edición).
6 A la formación del Movimiento de Acción Popular concurrieron el Consejo Sindical de la unam, el Movimiento Sindical Revolucionario (ex Tendencia Democrática de los electricistas), la corriente mayoritaria del Sindicato Único de Trabajadores de la In- dustria Nuclear y el Movimiento Revolucionario de los Trabajadores, que agrupaba cuadros y activistas con participación en el movimiento campesino.
7 Una de las más importantes contribuciones la hizo Carlos Pereyra Boldrini, a cuya memoria dediqué el relato “Trazos desde la utopía”, publicado en la revista de la Facultad de Economía de la unam (Economía Informa, núms. 174-175, mayo-junio de 1989).
8 El discurso se reproduce más adelante en este libro (p. 164).

México en transición

A partir de 1988 se profundiza el proceso de transición a la democracia que marca al México del fin de siglo. Considerando el camino recorrido, es incuestionable que la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) bajo la conducción de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, entre otros dirigentes provenientes del Partido Revolucionario Institucional (PRI), constituyó un factor crucial en la modificación sucesiva del funcionamiento de todo el régimen político presidencialista. El acento en la lucha contra el fraude electoral fue el motor de importantes reformas instituciona- les, pero también puso cimientos creíbles al pluralismo de la sociedad mexicana, hasta entonces subestimado incluso por los reformadores oficialistas y sus pares en la derecha. Imposible, pues, negar las aportaciones del PRD a la transformación democrática de México.
Sin embargo, en estos años jamás se dejó de hablar de la “crisis de la izquierda”, aludiendo con ello tanto a la crispación de la vida orgánica del PRD como a la subordinación de los objetivos programáticos a los intereses inmediatos de los grupos que en el interior de este partido se disputan la hegemonía. Quienes vivimos de cerca la situación con una visión crítica, entendíamos que las “deformaciones” del prd tenían su origen en la naturaleza de la unidad a partir de un frente electoral dotado de su propio liderazgo, mismo que se asimila a la “forma partido” y luego se recicla, pero sobre todo creíamos que el problema estaba tanto en la definición de los objetivos estratégicos de la transición como en los métodos puestos en práctica para alcanzarlos, toda vez que el prd original sostiene que en México la democracia será imposible si antes no se produce la desaparición del pri mediante una nueva revolución política capaz de inaugurar un cambio de régimen, en vista de que los grandes objetivos sociales –vale decir, constitucionales– legados por la Revolución mexicana seguían a la espera de su cumplimiento.9 Con todo, el hecho político que definirá la coyuntura es la preeminencia de la cuestión democrática (no sólo en el ámbito electoral) como elemento estratégico en la conflictiva evolución de la sociedad mexicana.10
Si bien la participación electoral de la izquierda erosionó la forta- leza de dicha hipótesis y el prd se adaptó pragmáticamente a las cir- cunstancias, ganando espacios de poder en medio de la “ilegitimidad” presidencial (sobre todo con la victoria de Cuauhtémoc Cárdenas en el Distrito Federal), lo cierto es que no se produjo un cambio correlativo en la visión partidista de la democracia, y el radicalismo sobrevivió en el lenguaje antigobiernista que coloreaba todas las tácticas políticas.
A propósito de éstos y otros temas concurrentes, invito a revisar en este libro los argumentos planteados en “La transición mexicana”, un ensayo escrito al alimón con Rolando Cordera, en el cual se expo- nen un conjunto de ideas en torno a la naturaleza del cambio políti- co y sus nudos más problemáticos, y se alerta sobre la urgencia de no perder de vista las peculiaridades de la evolución del Estado en sus relaciones con las clases fundamentales del país, en particular

9 Remito a la carta de renuncia al prd suscrita por Pablo Pascual, José Woldenberg y el autor de estas líneas, incluida en este libro (p. 394).
10 Véanse, en esta edición, los textos que van de 1988 a 1991 (a partir de la p. 341).

la comprensión del presidencialismo en el tránsito del viejo régimen revolucionario al modelo creado como resultado de la integración al mundo globalizado. Gracias a la sabiduría de Cordera, el artículo re- visa el estado del arte de la cuestión social y se pregunta por el ca- rácter de la democracia que los partidos y los grupos de poder tienen en la agenda, advirtiendo sobre la necesidad de poner en pie una hi- pótesis de desarrollo capaz de propiciar el crecimiento, es decir, un cambio profundo en la economía política, sin perder de vista cuál es (o debería ser) el fin del Estado nacional en la globalización: promover la igualdad entre los habitantes del país, comenzando por las mayo- rías que padecen las secuelas inadmisibles de la pobreza. El texto fue redactado en las vísperas de la caída electoral del pri, antes de la alternancia, luego de que se registrara una sucesión de asesinatos políticos que hacían nugatorio el Estado de derecho y ahogaban al país en la incertidumbre.

El derrumbe

La pérdida de las referencias ideológicas derivada de la caída del blo- que soviético supuso el abandono –no declarado, silencioso– de los planteamientos socialistas en el principal partido de la izquierda, al tiempo que se diluía en la confrontación cotidiana la necesidad de contar con un proyecto de desarrollo social, un programa de mayor aliento claramente comprometido con la idea de la democracia, fun- dada, por supuesto, en el principio de mayoría, en el respeto al plura- lismo, pero sin renunciar por ello a la búsqueda de la equidad como estrella polar del ser de izquierda.
Pero no hubo tal equilibrio. A la denuncia del nuevo orden global se incorporaron, sin decirlo expresamente, las inercias del viejo pensa- miento de la izquierda en el ámbito internacional. Sigue presente la afirmación de que el capitalismo ya está agotado y, por tanto, carece de la menor oportunidad, no ya de recuperar el sentido progresista de

su despliegue subrayado por Marx en El manifiesto, sino de adaptar- se con eficacia a las cambiantes circunstancias de la segunda mitad del siglo xx. Esa izquierda, inmersa como está en la peor crisis de su historia, no sabe cómo superar la arrogante presunción de que la democracia y el capitalismo forman un binomio fundacional. Por eso, quiere la democracia pero desconfía de ella. Incluso, en momentos de máxima sordera rechaza la universalización del Estado de bienestar como una trampa inaceptable ante la fatalidad de la revolución. En los hechos persiste, así, la tesis legada por el movimiento comunista, según la cual el imperialismo es la fase “superior” y, por lo mismo, la “ultima” del capitalismo. De ahí que, a pesar de las soflamas cruza- das entre revisionistas y revolucionarios durante los años sesenta y setenta, ni sus críticos más feroces llegaron a saber si el capitalismo avanzaba o retrocedía o, para decirlo de otra forma, no pudieron de- cidir teóricamente si la supuesta inevitabilidad del socialismo (sea en clave reformista o revolucionaria) está en la lógica misma del sistema real o responde a las apremiantes urgencias de los “nuevos sujetos” constituidos durante la prolongada decadencia del sistema.
¿Cómo podía sobrevivir el socialismo real si su visión del mundo estaba sustentada en afirmaciones tan carentes de sustancia como el siguiente involuntario y adelantado epitafio?:

El factor decisivo que debilita al imperialismo en el periodo de la crisis general del capitalismo estriba en el rápido crecimiento del sistema socialista mundial. Ello hace que el sistema impe- rialista mundial se encuentre desgarrado por hondas e incisivas contradicciones que corroen y destruyen al régimen capitalista, provocan su seria debilitación y, finalmente, su hundimiento.11

11 El cliché, destilado de la obra de Lenin, se convirtió en un mantra de la visión soviética del mundo, que aún navega en algunas páginas a las que no les afectan el tiempo ni la realidad. Ver, por ejemplo, la definición de imperialismo en el glosario de términos de la página Cultura económica, de la Universidad de La Habana: <http:// www.uh.cu/sitios/cult_econom/glosario/i>.

No extraña que la caída de la Unión Soviética haga enmudecer al coro y propicie los más extraños virajes y reacomodos. En realidad, como se- ñaló Perry Anderson en referencia a las fuerzas de izquierda, tanto las que impugnan a la revolución conservadora como las que ahora santi- fican las virtudes de la democracia sin cuestionar en serio el reino del mercado, carecen de una visión de conjunto de la economía política del capi- talismo, lo cual debilita sus capacidades para construir verdaderas opcio- nes. Para Anderson, se trata de una debilidad teórica que tiene secuelas trágicas sobre el movimiento real, que apenas en los últimos tiempos, con la crisis financiera, comienza a dar señales de recuperación.12

Primero los pobres

Cuando le propuse a un primer editor la presente selección, tenía en mente la serie de artículos que había publicado en torno al movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador desde los días del desa- fuero, un acto de vesania política que apenas si dejó algo a la imagina- ción sobre cuáles eran los objetivos de la derecha gobernante (Vicente Fox, 2000-2006). El asalto de los cangrejos resultó tan descarado que de inmediato produjo una oleada de indignación y solidaridad que lan- zó al liderazgo al tabasqueño, cuyos programas a favor de los sectores desposeídos de la ciudad marcaron una ruta y la esperanza de millo- nes de ciudadanos en toda la República. Era una forma de renunciar a las políticas responsables de la desigualdad, pero también un viraje de fondo en el curso de acción seguido hasta entonces por los grupos de la izquierda clientelar que dominaban la vida partidista y las opciones de representación.
De la confrontación con la derecha foxista nació el lopezobradorismo
como una fuerza nacional potencialmente capaz de disputar y ganar

12 Perry Anderson, “Renewals”, en New Left Review, vol. 1, enero-febrero de 2000, p. 2. Disponible en: <http://newleftreview.org/article/download_pdf?id=2092>.

el poder en una contienda electoral democrática. La configuración de la coalición electoral denominada Por el Bien de Todos13 puso al día la urgencia de iniciar un viraje de fondo en las posturas de la izquierda, fuertemente comprometida con la democratización política pero poco ac- tiva en la elaboración de una verdadera alternativa social arraigada en la ciudadanía y en los movimientos populares.
La candidatura de López Obrador probó que era posible confron- tar al poder económico y político capturado por una minoría dis- puesta a imponer su visión, sus intereses, al Estado y a la nación, a cuyas políticas debíamos un país erosionado por la injusticia, la im- punidad y los privilegios. López Obrador apeló “al pueblo” y se cons- tituyó en el jefe indiscutido de una masiva oposición popular, des- organizada pero dispuesta a desempeñar un papel más allá de las urnas, en una suerte de democracia directa donde los ciudadanos to- maban sus propias decisiones. De hecho, por primera vez se reconocía en todos los círculos que la izquierda podía ganar los comicios con el voto de los más humildes, lo cual elevó las alarmas en los centros de poder y desató la reacción en cadena de un conglomerado de fuerzas dispuestas a evitar dicho desenlace sin calcular el precio que pagaría la incipiente democracia mexicana.

13 El nombre de la coalición remite al lema Por el bien de todos, primero los pobres adoptado por Andrés Manuel López Obrador al inicio de su campaña. Según Mauricio Merino, este enunciado nació en Tabasco durante el gobierno de Enrique González Pedrero como expresión de los exitosos programas sociales, cuya trascendencia puso de manifiesto Julieta Campos en obras como ¿Qué hacemos con los pobres? Explica Merino: “Lo que Julieta Campos le regaló muchos años después a López Obrador no era una frase destinada a ganar votos, ni a agotarse en una sola campaña, ni mucho menos a quedar marcada por el nombre y los conflictos gestados por el político que la usufructuó. Tras ella había una experiencia exitosa, comparada con muchas otras del mundo. Y yo añado que también había la esperanza de comprender que las políticas públicas que no buscan la mayor igualdad entre los miembros de una comunidad nacional no valen la pena. Se caen de su peso y, a la postre, pueden generar muchos más descalabros” (Mauricio Merino, “Por el bien de todos, primero los pobres”, en El Universal, 22 de julio de 2009. Disponible en: <http://www.eluniversal.com.mx/ editoriales/44976.html>).

La Presidencia del panista Vicente Fox enlodó la campaña y renegó del ideario democrático que había enmarcado la alternancia; el Eje- cutivo pasó a ser un jugador ilegítimo, contradiciendo toda legalidad. El desenlace de las elecciones de julio de 2006 cerró, una vez más, las puertas del cambio, pero estableció el paradigma de que junto a la competencia electoral, la izquierda debe ser el instrumento para la construcción de un gran movimiento social no partidista, dispuesto a intervenir en las grandes cuestiones nacionales. Eso evitó su destruc- ción y mantuvo la esperanza en los siguientes, difíciles años.
Esta lectura no es, por supuesto, la única posible. Es la que yo ofrezco en las páginas escritas durante los acontecimientos, siguien- do de cerca las vicisitudes del conflicto poselectoral, pero también las profundas contradicciones que marcan al principal partido de la coalición, el prd, siempre al borde de la parálisis o, cuando menos, de la división de sus corrientes, sin que –y eso es lo más grave– me- diara entre sus dirigentes el intento de clarificar los motivos de las facciones en pugna. Daba la impresión de que los adversarios en la lucha interna estaban cómodos con la situación imperante, pese al rechazo externo que tantos conflictos concitaban. Tengo la esperan- za de que estos materiales sirvan al lector para revisar ese capítulo tan importante de la historia reciente, y que contribuyan a descifrar aciertos y errores, con la ventaja que otorga la mirada retrospectiva. La relación ocupa textos que van del 2005 hasta las elecciones del 2011 en el Estado de México, donde ya estaban presentes, en cierta for- ma, las grandes líneas de la confrontación del 2012. Recojo los artículos publicados sucesivamente en La Jornada, así como dos materiales de mayor extensión aparecidos en Nexos en 2010 y 2011. Por adelantado,
ofrezco disculpas a los lectores por las repeticiones.
Confío en que la compilación sobre este periodo sirva para estimu- lar la discusión, siempre a partir del entendido de que la crisis de la izquierda es inseparable de la visión sobre el país, de las circunstan- cias que definen la existencia de la gente y de la crítica tanto de la economía política como del desarrollo de una nueva conciencia social, expresada en el modo de ser y actuar de las clases subordinadas.

Post scriptum
En el curso de mi vida aprendí que las revoluciones viven y mueren, que las grandes causas, al igual que las pasiones y los planetas, no son eternas. Todo lo sólido se desvanece en el aire, dijo Marx, pero la necesidad de cam- biar al mundo en el sentido de la justicia no se extingue, aunque los medios y los fines concretos jamás sean los mismos. En cierto modo, la fidelidad a ciertos ideales evoluciona con nosotros como parte de nuestra sensibilidad intelectual y emocional. Por eso, al mirar hacia atrás nos sonrojan los erro- res, las ingenuidades, y quisiéramos que algunas cosas no hubieran pasa- do nunca. Claro, no existe la persona que no se equivoque, pero son pocos los que aceptan que los “otros” tenían la razón. Y eso es lo verdaderamente difícil de admitir al mirar hacia atrás.
Pero la vida es mucho más que la militancia. Y es que, en definiti- va, ni la autocrítica ni el desencanto nos liberan de la responsabilidad individual por los actos de ayer: esa responsabilidad es intransferi- ble. Somos lo que hicimos y pensamos, incluyendo los sueños de otros tiempos y el derecho a cambiar sin traicionarnos.
A pesar de ello, seguimos hablando de la izquierda, en gene- ral, y no de las izquierdas, en particular; es decir, de la identidad ideal, inalcanzable, en vez de distinguir racionalmente entre las variadas e inacabadas respuestas concretas que suelen formularse también a preguntas distintas. Se da el caso de que convivan –es un decir– quienes creen no haber cambiado nunca una idea, ni un “principio”, con los que huyen de su pasado como si escaparan del infierno para hallar la salvación. Unos y otros se juzgan y califican entre sí, aferrándose a visiones absolutas que se disputan la ver- dad a la manera religiosa. Las diferencias pasan a ser traiciones, el desacuerdo se convierte en un acto deleznable, mas al examinar la evolución de las ideas a través del tiempo, incluso la memoria individual nos muestra una sucesión de cambios inadvertidos, de fracturas y resanes que, en efecto, modifican el sentido profundo de las fidelidades, el núcleo racional de las argumentaciones más resistentes.

El ideal comunista de mi juventud, por ejemplo, considerado como una fórmula práctica, realizable, se esfumó, ciertamente opacado por el peso brutal de una realidad insostenible. Pero eso no hizo mejor al capitalismo ni tampoco anuló la necesidad de la crítica y la búsqueda de alternativas civilizatorias a las formas actuales de convivencia hu- mana. Ahora, esos sentimientos de justicia retornan a su naturaleza utópica, lo cual está bien, pues, como lo ha dicho con claridad el escri- tor Claudio Magris en referencia a su propio país, Italia:

La utopía que se ve a sí misma como solución final es falsa, lo mismo en el terreno social que en el individual. Y el desencanto no es una razón para no querer cambiar el mundo, sino al con- trario. Sancho Panza como un necesario complemento de Don Quijote, y viceversa. De ahí proviene mi rechazo a todos los que exigen que el mundo, la revolución, la revolución total, se haga realidad mañana mismo. Entonces, si la revolución no llega, son esos mismos los que se convierten en reaccionarios y ni siquiera buscan ya mejorar un poco una pequeña escuela o algo por el estilo. En la Italia de hoy, casi todos los revolucionarios extre- mistas del pasado son ahora adeptos a Berlusconi.14

En el mismo universo quijotesco descrito por Magris, Sánchez Vázquez reivindica a Sancho Panza como el heredero legítimo del “legado utópico de su amo, ya cercado por la muerte, al decirle Sancho a Don Quijote: ‘Levántese de esa cama, vámonos al campo’”. El fracaso previsible, añade Sánchez Vázquez, no significa, sin embargo, el fin de la utopía:

La utopía es tan necesaria e insoslayable como la aspiración humana a una vida mejor, más digna, más libre, más justa y más igualitaria. Tan necesaria e imperiosa e indispensable que, como demuestra el

14 Carlos A. Aguilera, “Claudio Magris: ‘El desencanto no es una razón para no que- rer cambiar el mundo’”, en ABCD, enero de 2010. Disponible en: <http://www.abc. es/20100129/cultura-/claudio-magris-201001291427.html>.

ingenioso hidalgo cervantino, merece correr los riesgos, obstáculos que hay que correr al realizarla […] esta utopía necesaria para tras- cender el mundo existente y vivir una vida mejor, será una locura si no toma en cuenta la realidad que se pretende transformar.15

Llego al final de esta larga introducción. La razón de ser de este libro se expresa, sobre todo, en las semblanzas escritas al vuelo para rendirle puntual homenaje a personas tan queridas e importantes para mí como lo fueron Óscar González, Pablo Pascual, Julio Pliego, José Revueltas, Rafael Galván, Carlos Fernández del Real, Othón Salazar, Carlos Monsiváis, Carlos Pereyra y, desde luego, Adolfo Sánchez Vázquez, cuya cercanía y ejemplo sobrepasan el alcance de estas páginas. No son los únicos a los que debo gratitud, pero sin ellos este libro carecería por completo de sentido.

Adolfo Sánchez Rebolledo Jiutepec, Morelos, mayo de 2014

15 Adolfo Sánchez Vázquez, “Don Quijote como utopía”, en Dialéctica, año 30, núm. 38, invierno de 2006, p. 223. Disponible en: <http://www.revistadialectica.org/38/archivos/38_ quijote_utopia.pdf>.

I.
eL tiempo y Los nuestros

La manifestación de Cárdenas

La Jornada, 9 de mayo de 2011

Uno
Durante unos minutos, el Zócalo se transforma en un auditorio lleno de jóvenes sentados en el piso. La ruidosa multitud que ha recorrido Juárez y Madero cantando a todo volumen “Fidel, Fidel, que tiene Fidel, que los americanos no pueden con él” es ahora un grupo de gente ordenada, atenta a las palabras de Lázaro Cárdenas que habla subido en un automóvil. Captada por la cámara de Rodrigo Moya en el último arrastre del rollo fotográfico, la imagen del expresidente en la semipenumbra de la tarde coincide con la que guardo como el re- cuerdo más vivo de la manifestación del 21 de abril de 1961. A los 19 años, en el silencio atento de los asistentes, me resulta un privilegio inesperado ser parte de ese acto, oír las palabras del general, unirme a ellas y compartir con todos los que viven ese momento singular el éxito de la marcha en defensa de Cuba.
La presencia de Cárdenas, luego de los forcejeos del gobierno para impedirle volar a la isla, le confiere al momento ese aire histórico que, junto a la fecha y su significado para Cuba, bien vale la pena reme- morar, aunque a medio siglo de distancia las luces, los contornos del recuerdo, los rostros y los nombres, las vestimentas, los matices, se desvanezcan en los registros incompletos de la memoria.
Antes del mitin final en el Zócalo, la enorme columna desfila en paz, sin el acoso habitual de los granaderos, exigiendo con vehemen- cia el respeto a la dignidad del pueblo cubano y el cese de las agresiones en su contra. A esas alturas, la victoria aplastante contra la inva- sión mercenaria patrocinada por la Cia convierte la indignación en una mezcla de alegría colectiva que, sin embargo, no baja la guardia. “¡Cuba sí, yanquis no!” es el grito unificador de los sentimientos reu- nidos en la jornada, la voz que refuerza la identidad de la izquierda que, por una vez, desfila unida: allí van los ferrocarrileros que exigen

la liberación de Demetrio Vallejo, de Valentín Campa y sus compa- ñeros, encarcelados por el delito de disolución social; los normalistas, maestros de la sección IX que tienen en Othón Salazar al líder inque- brantable; los artistas gráficos que luchan por la liberación de David Alfaro Siqueiros, figura intocable del muralismo mexicano, preso en Lecumberri por criticar al presidente de la República en el extranje- ro; los lombardistas que reciclan viejas figuras del nacionalismo inte- lectual y la ortodoxia estalinista bajo las banderas solferinas; el gru- po de asilados centroamericanos; los orgullosos representantes de la revolución de Jacobo Árbenz, a su tiempo destruida por la Cia en una operación semejante a la que en 1961 se despliega en Playa Girón; los intelectuales que descubren en el Escucha, yanqui, de Wright Mills, el saludable punto de modernidad que resulta indispensable para de- safiar con eficacia al imperio; los periodistas independientes, fotógra- fos, redactores, Manuel Marcué Pardiñas y el equipo de Política, más otros que trabajan con dignidad en otros medios sin doblegarse al cuarto poder entregado a la calumnia y la desinformación.
Junto a ellos están los mejores hombres del progresismo, los car- denistas de cepa agrupados en el Círculo de Estudios Mexicanos, al que pertenecen, por citar sólo dos nombres, el gran cardiólogo Enrique Cabrera, quien dedicará su vida al servicio de la naciente medicina popular cubana, y el entonces joven ingeniero Heberto Castillo, en ruta hacia la militancia en el Movimiento de Liberación Nacional. Y ahí está, bajo sus siglas o disperso entre los contingentes más nu- merosos, el Partido Comunista Mexicano (pCm), que sale de la larga noche de la lucha interna y vive un momento de franca recuperación, sobre todo entre los campesinos y los estudiantes que entran al Zó- calo compartiendo el escenario con las numerosas fracciones de la comarca grupuscular marxista, siempre confrontada entre sí, pero también con las juventudes priistas que ante la anunciada participa- ción de Cárdenas (de la que sabemos gracias a la omnipresencia de Óscar González) deciden marchar con la izquierda, disputando ser los primeros en llegar a la plaza. Por las calles del centro también se hacen presentes los viejos refugiados antifranquistas y los más jóve-

nes republicanos del Movimiento Español 59, al que pertenecen Pepe Azorín, Vicente Rojo y algunos otros amigos de Imprenta Madero, cuya colaboración desinteresada sirvió para aumentar en grande las capacidades de volanteo por toda la urbe. Pero, sobre todo, están los estudiantes, columna vertebral de la parada y alma de la solidaridad con la Revolución cubana: ellos han nacido a la vida pública a la hora de la represión contra el vallejismo y la victoria fidelista, justo en el amanecer de la década que los verá convertirse en los más genuinos protagonistas del cambio democrático que ha venido madurando bajo la ilusión del “milagro mexicano”.
Cuba es, para una parte de mi generación, el espejo en que se re- conoce el futuro deseable, pero es también, y sobre todas las cosas, un desafío de orden ético contra los convencionalismos políticos de la época. Y es que el apoyo a Cuba –intenso y esperanzador– reactiva los sentimientos antiimperialistas adormecidos, nutre a las organiza- ciones de izquierda y vuelve a plantear la urgencia de reinterpretar la naturaleza excepcional del régimen presidencialista, sus alcances y limitaciones, la necesidad del cambio. Entender a Cuba significa releer a la Revolución mexicana a través del presente, aunque dicha re- visión deje saldos negativos. Eso es lo que sostiene Cárdenas. Y ese es uno de los temas que más molestan al presidente López Mateos, quien desde 1959 observa con disgusto los movimientos del exmanda- tario en favor de la Revolución cubana. Le preocupa la amistad que une a Cárdenas con Fidel Castro y, claro, la discreta pero continua insistencia en la libertad de los presos políticos en México. La figura de Cárdenas estorba al presidente, pero no tanto porque ésta pudie- ra hacerle sombra a su propia imagen como jefe de la política exterior de México, sino porque López Mateos advierte en la actitud de Cárde- nas un gesto de desobediencia que podría derivar en cuestionamien- tos más profundos al orden político que el presidente administra con acentos desarrollistas y mano firme contra la disidencia.
La manifestación, empero, aún está lejos de cruzar la línea entre la “vieja” y la “nueva izquierda”, el culto al Estado soviético que si- gue siendo su raíz y destino, pero es tal la influencia ejercida por la

Revolución cubana que aun dentro de la “izquierda tradicional” pe- netra la sensación fresca, irremplazable, de que Cuba es otra cosa, un movimiento capaz de convertir sus pasos en un dilema moral que exige de la política respuestas claras y acciones decididas. Cuba pasa, sin detenerse, de la revolución política contra la dictadura a la revolución nacional, de la resistencia a la agresión exterior a la declaración del socialismo y, al conseguirlo, ofrece una lección que los viejos códigos no asimilan. Allí está, pues, una revolución viva y radical, rebelde, una experiencia a la que era posible aproximarse
–y, en el extremo, imitar– sin graves teorías de por medio, una re- volución heterodoxa, “tan cubana como la palma real”, que el 16 de abril, en nombre de los humildes, se declara socialista a las puertas del imperio, sin prefiguraciones doctrinarias para, a continuación, derro- tar con las armas a su prepotente enemigo. Ésa es la novedad cuba- na, la que suscita en el imperio la fobia anticomunista al contagio, la que en definitiva le permitirá a la Revolución sobrevivir a todas las agresiones imperialistas.
En términos mexicanos, la manifestación de Cárdenas sería el úl- timo acto unitario de masas de la izquierda sin sufrir la represión del gobierno. El presidente y Mr. Thomas C. Mann (desde su impú- dica inmunidad diplomática), que ya le habían declarado la guerra al comunismo, no tolerarían un segundo capítulo. Por eso, la siguiente manifestación de apoyo a la Revolución cubana, ya sin Cárdenas, fue reprimida antes de llegar al Zócalo, convertido a partir de entonces por la fuerza de las cosas en el lugar mítico inaccesible de toda posi- ble protesta popular. No volvimos a salir en manifestación hasta 1965. Pero ya entonces soplaban nuevos vientos en el mundo y las costuras del viejo y autocomplaciente régimen se comenzaban a romper. Inad- vertido, se preparaba el 68. Y recuperaríamos el Zócalo.

Dos
Todo comienza el 15 de abril de 1961. Las informaciones, confusas, manipuladas, provocan entre los estudiantes de izquierda una sa- cudida de indignación más que de sorpresa: Cuba había denunciado

hasta el cansancio los planes imperialistas para derrocar al gobierno revolucionario, que iban desde las incursiones terroristas hasta las campañas de desprestigio inauguradas poco después de la victoria fidelista. En México, la derecha, con la Iglesia católica a la cabeza, repite el mantra de la guerra fría: “¡Cristianismo sí, comunismo no!”. Si la memoria no me traiciona, las primeras noticias sobre el bom- bardeo a distintos aeropuertos cubanos las escucho por radio el 15 de abril en la casa de mi amigo Balo, hijo del ingeniero Jorge L. Tamayo, distinguida figura de la izquierda progresista que había puesto sus mejores esfuerzos en la exitosa preparación de la Conferencia Lati- noamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz, celebrada en marzo de 1961, que anticipaba la unidad de
diversas fuerzas para actuar con un programa común.
Impacientes por ver qué se decía y cómo nos integrábamos a las ac- ciones de solidaridad, nos fuimos a Ciudad Universitaria, donde ya se advertía la movilización, sobre todo en el ala de Humanidades y en la Facultad de Ciencias. La invasión es inminente. Los días siguientes, convocados por los grupos Linterna, Prometeo, César Vallejo y otros frentes amplios del pCm, acudimos a las asambleas, pintamos mantas y vo- lanteamos la ciudad. La tarde del 16, pegados a la onda corta o agol- pados en la cabina de Radio Universidad, escuchamos a Fidel Castro declarar el carácter socialista de la Revolución y el inicio del combate contra las fuerzas invasoras.
Ya en ese momento, improvisadas reuniones acuerdan sacar la pro- testa a la calle, a pesar de la ilegal disposición que prohíbe los actos públicos sin “permiso” oficial previo, cuya falta, como era previsible, nos hizo habituales clientes de los macanazos y los gases lacrimógenos lanzados por los granaderos que así interpretaban el “derecho de re- unión” consagrado por la Constitución. La preparación de una gran respuesta unitaria de masas sigue un curso acelerado en sintonía con las noticias provenientes de la isla. Mientras, se avanza en el diálogo para asegurar la asistencia del expresidente Lázaro Cárdenas que, finalmente, desarticuló las intenciones represivas del gobierno y nos permitió tomar las calles.

La sensación de emergencia es real y se intenta cualquier cosa para estar a la altura de los acontecimientos. Muchos de los estudiantes
–no todos los que protestan por el ataque, por cierto– creemos que la Revolución cubana marca el camino hacia la verdadera libertad y el progreso de nuestros países, frustrados por las revoluciones incon- clusas y los golpes de Estado imperialistas que convierten a las dictadu- ras más atroces del continente en la mejor defensa del “mundo libre democrático”. Ése es el estado de ánimo que nos reclama mayores compromisos. Por eso, quizá, retengo hasta hoy la vista del auditorio Narciso Bassols, de Economía, convertido en cuartel general de la Columna de Voluntarios que, imitando al internacionalismo antifas- cista en España, planea mandar a la isla una fuerza solidaria inte- grada por jóvenes dispuestos a seguir el ejemplo de Lázaro Cárdenas, quien, sin conseguirlo debido a la obstrucción de la Presidencia, in- tenta viajar a la isla para reafirmar en el territorio cubano la decisión inconmovible de defender a la Revolución con los medios que fuesen necesarios.
Para alistarse, los potenciales brigadistas debían llenar un sencillo formulario donde se preguntaba acerca de las habilidades prácticas de los aspirantes (si tenía licencia de manejo, si contaba con experien- cia en el uso de maquinaria diversa o si poseía conocimientos de pri- meros auxilios, etcétera), sin hacer referencia alguna al uso de armas, lo cual habría levantado el escándalo en la llamada gran prensa. Por fortuna, la evolución de los hechos hizo innecesaria la movilización de esa improvisada columna, pero, a pesar de la sorna o el escepticismo con la que algunos observaban el ritual, para mí estaba claro que la mayoría de aquellos estudiantes habían hecho una elección moral que de alguna manera cambiaria sus vidas.
Al final, cuando termina la gran marcha con la presencia del gene- ral Cárdenas, nos sentimos legítimamente satisfechos de que al fin la solidaridad resonara en el corazón de México. Habíamos cumplido. Estábamos vivos. Tenía 19 años y el mundo giraba en nuestro favor.

un hombre de izquierda

La Jornada , 27 de enero de 2005

Maestro, luchador social, universitario, periodista, Óscar González López fue, por encima de todo, un hombre de izquierda, generoso y entrañable. Siempre cargado de libros, folletos o periódicos, su me- moria es indispensable en el rastreo de genealogías políticas que se antojan imposibles, de esos hechos de la historia presente que la vida, el pudor o el oportunismo han sepultado en el olvido. Así, al dolor por la muerte del amigo sigue la pérdida, igualmente irreparable, del tes- tigo (y, por tanto, del testimonio) que vivió como pocos el drama de México durante la segunda mitad del siglo xx.
Un bosquejo ayuda a trazar las cotas de ese mapa vital. Nace en 1938 en Colima, aunque su infancia transcurrirá en el barrio de Santa Julia, en la capital. Sigue los pasos de su madre, doña Isaura López, y quiere ser maestro; luego, economista por la unam, pero su vocación está, de siempre, en la política, que él ejercita desde muy joven. Óscar bebe en las fuentes de la educación socialista presen- tes de muchas formas en los años de su formación intelectual. El laicismo, el cardenismo y el socialismo son las columnas de una ideología culta e ilustrada. Entiende la militancia como la expre- sión de un principio moral de rechazo a la injusticia, que se mate- rializará de variadas formas en distintos momentos de la vida. Pero no es un romántico ni tampoco un iluso. Al terminar la Normal, se integra a la lucha encabezada por Othón Salazar y ahí experimen- ta las primeras acciones políticas y sindicales que lo llevarán, tras un largo y accidentado recorrido, al Movimiento Revolucionario del Magisterio, al Frente Obrero y posteriormente al pCm, al Movimien- to de Liberación Nacional, al Partido del Pueblo Mexicano, al psum y, finalmente, a la Corriente Democrática, al Frente Democrático Nacional y, por último, al prd, a donde lo condujeron sus conviccio- nes cardenistas.

En 1958, año crucial, asiste a las grandes manifestaciones obreras que encabeza Demetrio Vallejo, a quien Óscar sigue con devoción, y participa activamente en los actos de solidaridad organizados en Ciudad Universitaria. Combina sus labores como profesor normalista y la actividad estudiantil en la entonces Escuela Nacional de Eco- nomía, junto a Eliezer Morales y Eduardo Pascual Moncayo, entre otros. Al estallar el llamado Movimiento de los Camiones participa en la Gran Comisión Estudiantil que negocia con las autoridades. El sentimiento de rechazo a los métodos represivos del gobierno y el triunfo de la Revolución cubana impulsan nuevas demostraciones antiimperialistas que son rigurosamente apaleadas por los granade- ros y los agentes de la Dirección Federal de Seguridad.
Óscar integra la comisión estudiantil que invita al general Cár- denas a presidir la gran manifestación por Cuba, en abril de 1961, y luego lo acompaña durante el mitin que supuso la ruptura virtual del expresidente con López Mateos. Como reacción previsible, apoya- da por los organismos empresariales y la Iglesia católica, la derecha ataca al gobierno y a la izquierda mediante feroces campañas bajo la consigna de la época: “Cristianismo sí, comunismo no”. En la unam, esa postura la encarna el muro (Movimiento Universitario de Renova- dora Orientación) alentado por la extrema derecha. Óscar subraya el lazo que une a esa organización con la experiencia reaccionaria de la Iglesia durante todo el siglo xx, que va de la sumisión a la dictadura de Díaz, al antimaderismo del Partido Católico Nacional, cuyas ra- mas “hasta hoy se observan en el panorama político nacional”, señala en el prólogo al libro muro, memorias y testimonios: 1961-2002, de Edgar González Ruiz.1
Aunque las provocaciones violentas menudean, en general la res- puesta universitaria es bastante ecuánime: “Ahí están –recuerda Ós-

1 Edgar González Ruiz, muro, memorias y testimonios: 1961-2002, 2a ed., México, Gobierno del Estado de Puebla-Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Cua- dernos del Archivo Histórico Universitario), 2003, p. 7. Disponible en: <http://www. archivohistorico.buap.mx/tiempo/Design/libro%2024%20carhist.pdf>.

car– los 42 números del periódico Linterna, auténtico agitador de con- ciencias juveniles, eficaz promotor de la solidaridad con la Revolución cubana. Jamás se fue al enfrentamiento de los distribuidores de los periódicos del muro”.2
A diferencia de otros líderes de la izquierda estudiantil, Óscar no cesa sus actividades políticas al salir de la Universidad. Al contrario, la experiencia le sirve para renovar sus compromisos con el mundo sindical, dentro y fuera del magisterio al que pertenece.
A mediados de los sesenta conoce y se vincula con Rafael Galván y el grupo de cuadros sindicales del sterm, quienes protagonizarán la insurgencia obrera de los setenta; sin duda, la mayor sacudida de- mocrática al viejo, pero aún incólume, edificio del corporativismo sin- dical. Óscar consigue reunir en torno a la revista Solidaridad a sus viejos compañeros universitarios junto con otros jóvenes intelectua- les, experiencia de la que obtienen magníficas lecciones que les ser- virán años después para la creación del sindicalismo académico en la unam. Atento a la vida pública nacional, Óscar es de los primeros en entender la importancia de las elecciones para forjar una izquierda influyente y poderosa. Para probarlo, compite como candidato a dipu- tado por la Coalición de Izquierda en un distrito que incluye a Santa Julia, el barrio donde creció, justo en un tiempo en el que las denomi- nadas fuerzas progresistas caminan por el borde, entre el sectarismo grupuscular y el priismo, sometidas al péndulo del dogmatismo o la descalificación instantánea. Él busca hilos de entendimiento, propicia encuentros, dialoga y escribe con elegancia artículos en Solidaridad y, luego, en Excélsior.
En torno a una bien servida mesa, en su casa se escuchan todas las voces; por ejemplo, él es un apasionado de la gesta soviética contra el nazismo y admira las lecciones inaugurales del Lombardo obrerista, pero no duda en aceptar el magisterio sindical de Rafael Galván o de Luciano Galicia, cuya formación ideológica procede de la crítica trots- kista al socialismo bajo Stalin.

2 Ibid., p. 8.

Termino. Con Óscar González viví algunos pasajes importantes de mi vida: los momentos más oscuros del 2 de octubre, la agresión de los halcones el 10 de junio. Pero con él pasé también los momentos lumi- nosos del movimiento del 68, el despertar de México a la democracia de la mano de la juventud estudiosa, las reuniones en casa de Luciano Galicia para recaudar fondos de los electricistas para los estudiantes, las jornadas intensas con Galván antes de la huelga y con los traba- jadores, en fin…
Dedico estos recuerdos a Eloísa, Alina, Isaura y Natalia.

Julio Pliego

La Jornada , 1 de marzo de 2007

La cámara fotográfica de Julio Pliego nos enlaza con una realidad invisible para el mundo oficial: México no es el idílico paraíso de la estabilidad inamovible, la expresión paradójica de la “revolución ins- titucionalizada”, sino el escenario donde transcurre esa otra descono- cida historia –marginal, paralela, silenciada, heroica o a veces confu- sa– que Julio nos transmite a través del lente. Por ella desfilan seres acosados y orgullosos de su propia libertad, heterodoxos, críticos y poetas, artistas y obreros, profetas minoritarios cargados de genio, simples mortales en el trance de ser ellos mismos, militantes, ciuda- danos captados en la hora inaplazable de la protesta. Ésa es la vida mexicana que Julio Pliego registra en sus series documentales, uni- das por finos vasos comunicantes a la indagación fílmica de las artes, la cultura y sus personajes.
Hombre de izquierda, entre los imprescindibles, Julio sigue los pa- sos de José Revueltas (a Silvestre también le dedicará un corto me- morable) en su larga travesía doctrinaria a través del comunismo mexicano, pero sobre todo acompaña al hombre bajo la piel del gran escritor, al que le une un vínculo entrañable, forjado en décadas de mutua comprensión, respeto y desprendimiento personal. Pliego nos brinda una visión de Revueltas exenta de tópicos, sin aspavientos moralizantes ni sectarismos derogatorios, eso sí, con pasión, fidelidad y absoluto rigor. En Días terrenales, por ejemplo, se distingue al es- critor en la “intimidad política”, discutiendo las diferencias que lo ale- jan de sus antiguos camaradas; o en El Palacio Negro de Lecumberri donde Revueltas vive el último periodo carcelario de su vida, del cual nacerán varios textos sobresalientes, como El apando, “Hegel y yo…”, pero también su autodefensa, muy al estilo Dimitrov; o el extraordi- nario relato de la criminal agresión contra los indefensos prisioneros políticos.

Julio registra el desgarrado adiós de Martín Dosal a Pepe una ma- ñana soleada de abril. En las expresiones de la izquierda popular busca –y halla– la confirmación de que la solidaridad es posible sin incurrir en la tradición maniquea y sectaria tradicional.
Julio graba la voz encendida de Demetrio Vallejo esparciéndose como lava ardiente en el yermo del sindicalismo, pero luego recoge el susurro casi monocorde, reflexivo, de aquel hombre que ha pasado once años con once meses en Lecumberri, y no se ha rendido. En esa otra historia son frecuentes los sacrificios y no escasean los gestos desesperados, pero nada supera los excesos de la represión, que es la forma final de la intolerancia. Julio prescinde del victimismo como materia testimonial y prefiere fijar la racionalidad del argumento, la densidad de la palabra, la dialéctica del instante irrepetible (que si permanece es porque resulta justo y, en esa medida, actual).
La casa de Julio Pliego, un espacioso departamento en los edificios Condesa, es también su archivo y taller. Con paciencia y tenacidad
–dos de sus grandes virtudes– Julio reunió allí sus materiales (y en la Filmoteca de la unam), así como otros recuperados aquí y allá, con el objetivo de hacer el recuento (por ahora inconcluso) de esa “otra his- toria” que a últimas fechas ocupó toda su atención. Poco a poco formó un fondo con innumerables gráficas tomadas en manifestaciones y mítines, así como un registro fílmico de las grandes movilizaciones sindicales y populares de los años setenta, en particular las promo- vidas por la Tendencia Democrática de los electricistas, encabezadas por Rafael Galván, los sindicalistas universitarios y otros contingen- tes como los nucleares y los obreros que hicieron de dicha insurgencia sindical un capítulo relevante de la lucha por la democratización del país. Julio filmó a Galván hablando en la plaza antes de hacer pública la Declaración de Guadalajara, que la izquierda fue incapaz de com- prender en su más profundo significado. Ahí están los testimonios, aunque ahora una democracia sin ideas prefiera dejarlos fuera de la historia.
Julio aspira a ofrecer cine de primera calidad sin traicionar dos principios básicos: usar materiales originales y, hasta donde fuera po-

sible, evitar las miradas retrospectivas, es decir, las segundas partes que pudieran corregir o reconstruir los hechos históricos. La recupe- ración de la memoria exige honradez política: no es un acto estético inseparable de sus contenidos. Si somos lo que fuimos, hemos de ver el pasado con su cauda de improvisación, incertidumbre y error.
De Julio recuerdo con admiración su entereza, objetividad y com- promiso personal ante situaciones que a otros habrían arredrado. Su inquebrantable lealtad a familiares y compañeros y amigos, sin renunciar nunca al espíritu crítico, como demuestra el testimonio de Paquita Calvo recogido en la serie documental La otra historia de tv-unam. Al lado de Rafael Galván nos adentramos en la experiencia única de la insurgencia sindical. Y compartimos las vicisitudes de la Revolución cubana, el despertar de una nueva conciencia socialista, la forma- ción del Movimiento de Acción Popular y, en fin, la difícil unidad de la izquierda. Julio filmó la solidaridad con el pueblo chileno y nos dejó imágenes imborrables de Pablo Pascual y Carlos Fernández del Real en los días de la construcción del sindicalismo académico. Siempre en- tusiasta, generoso, entrañable, Julio se ha ido. Allí quedan sus obras.
Estas palabras las dedico a Leticia Morales, compañera de Julio, a la familia Pliego y a sus camaradas de toda la vida, que ya lo extrañan.

che Guevara

Política , octubre de 1992 3

Raúl:
Conforme a su costumbre, iniciada en la Sierra Maestra, el Che dejó un testimonio escrito de la frustrada experiencia boliviana: un diario, la bitácora del navegante donde se registran con precisión y constan- cia todos los sucesos, grandes o pequeños, a través de los cuales dis- curre, inexorable, su encuentro con la muerte. La lectura del Diario apenas si deja lugar a dudas en cuanto a las causas directas del fraca- so guerrillero: en él se da cuenta del aislamiento en que se encuentra la pequeña fuerza invasora, justo en el corazón del continente, donde alguna vez Fidel soñó hallar la “Sierra Maestra de América latina”; se registra la debilidad del apoyo interno, la inutilidad de los acerca- mientos al campesino andino, pero también se comenta con ironía la división que aleja y opone a las fuerzas que, en teoría, contribuirían a darle la gran dimensión internacional a la acción boliviana.
El Che no puede engañarse en cuanto a sus verdaderas posibilidades de vencer sobre un terreno desconocido y hostil, pero tampoco se equivoca sobre el significado trascendental de su decisión, en la que se mantiene firme hasta el final. Hay páginas memorables que ilustran la grandeza de espíritu de un hombre que nunca –óigase bien–, nunca maltrató a un enemigo capturado, o las que muestran al duro revolucionario frente al dolor insuperable que le causa la pérdida de su lugarteniente en la hora de Santa Clara y Las Villas, el niño-capitán San Luis, Eliseo Reyes Rodríguez.
En Bolivia, el Che pone en práctica el largo aprendizaje de la Revolución cubana, pero su acción apenas si encaja en sus fundamentos

3 Fragmento de la carta a Raúl Trejo Delarbre, director de Política, suplemento semanal de El Nacional, para su publicación en el vigésimo quinto aniversario de la muerte del Che Guevara en Bolivia, octubre de 1992.

con la llamada teoría del foco guerrillero que él mismo extrajo y divulgó en el primero de sus libros ensayísticos, La guerra de guerrillas, publicado en los albores del triunfo rebelde como un intento inmediato de difundir las lecciones de la victoria cubana para otros pueblos latinoamericanos que vivían situaciones semejantes de dictadura. Pero lo de Bolivia fue algo distinto.
Sin entrar a los detalles de los argumentos subjetivos que conducen al Che a las selvas mediterráneas del continente, es claro que se trata de una acción concebida sin romanticismo, como un paso de enorme trascendencia geopolítica destinado a influir en el equilibrio global que dejaba a Cuba cada vez más aislada a sus propias fuerzas y a merced de Estados Unidos. Había que “cortarle los tentáculos al imperialismo”, como dijo Fidel. Así, la guerrilla es la continuación de la actividad del Che como constructor en la gestión económica, luchando a brazo partido por los “estímulos morales” contra el burocratismo, en el esfuerzo de impedir que el socialismo “caiga” en el modelo soviético que deforma y corrompe la conciencia de los trabajadores.
Hoy sabemos –hace veinticinco años lo sospechábamos– que el Che fue capturado vivo y asesinado por órdenes directas de los asesores estadounidenses que dirigieron la operación contraguerrillera. Los nombres de los autores intelectuales y materiales circulan por ahí, pero no tienen importancia alguna. Lo que sí cuenta es que el Che murió como vivió: con la frente clara, sin despojarse jamás de un ideal que, bajo cualquier forma ideológica, tenía como fundamento al hombre, la búsqueda de la libertad, ilustrada conceptualmente en su obra escrita.
El Che escupe a la cara de sus agresores. No les teme ni los odia: los desprecia porque carecen de principios o ideales. Tal vez por eso él es el Mito de los años sesenta. Pero hoy, a la distancia, más que el heroísmo guerrillero, sobrevive en la memoria la coherencia esencial de sus actos, la fidelidad a la justicia erigida en una causa, en un objetivo por el que valía la pena librar, así fuera a puño limpio, la última batalla por cambiar al hombre. Han pasado veinticinco años y casi nada queda de aquel mundo, salvo la esperanza.

recordar el 68

f acultad de f ilosofía y l etras, 1993 4

1968: la súbita planetarización suscita una diversidad de reacciones
–puntual y apropiadamente “modernas”– al saqueo de los recursos na- turales, la opresión política, racial o religiosa, y estimula genuinas respuestas espontáneas, gestadas en los ámbitos marginales o peri- féricos del desarrollo y la inteligencia, en las que participan masas irredentas, pobres y desamparados, sujetos inadvertidos, inespera- dos protagonistas en la escena histórica de Occidente. Allí están los negros en los Estados Unidos y en el África colonial; jóvenes tercer- mundistas; comunidades hippies y activistas por los derechos civi- les; grupos de mujeres en vías de liberación; pacifistas; rocanroleros; revolucionarios ilusos, radicales y “contestatarios”: son los “otros”, los rebeldes contemporáneos, los indeseados –pero no prescindibles– llegando a deshoras al banquete de la civilización. Desbordando las concepciones del mundo, inacabadas o dogmáticas, las identidades de los sesenta se tejen hilando una trama de involuntarias y no siempre explícitas complicidades culturales y morales que son, en definitiva, las que hacen tangible, justamente, el aura que, sin mucho precisión, recordamos como el espíritu del 68.
1968: se vive el final de una época que clausura las terroríficas una- nimidades de la guerra fría, los maniqueísmos heredados del estali- nismo, y entra en una fase de extinción el viejo Estado paternalista, tan benefactor como autoritario. Las utopías del socialismo, derrui- das en Moscú o Pekín, son definitivamente sepultadas en Praga por los tanques soviéticos. Las barricadas de los estudiantes parisinos no cambiaron la vida, pero a su manera fueron como el canto del cisne de la revolución.

4 Texto leído en el acto conmemorativo de los veinticinco años del movimiento estu- diantil de 1968, efectuado en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, 1993.

1968: los estudiantes mexicanos que impulsaron el primer gran movimiento cívico de la era posrevolucionaria carecían de un plan: estaban muy lejos de atenerse a las directivas de partido alguno; tam- poco guiaron sus actos por un catecismo ideológico particular. Menos aún enarbolaron un programa radical de transformaciones políticas, aun- que muchos lo plantearan, sin éxito. La vitalidad del movimiento y, en definitiva, su fuerza para atraer a decenas de miles de jóvenes, estriba, justamente, en la clara simplicidad de sus objetivos, en la naturaleza no interesada de su acción, que por el sólo hecho de expre- sarse de manera jubilosa, combativa y festiva resultaría una palanca tan poderosa como para poner en crisis los complejos mecanismos de mediación del Estado posrevolucionario mexicano.
1993: a veinticinco años del 68 dos cosas resaltan de golpe. La pri- mera es que todavía nos encontramos ante un asunto literalmente no resuelto en el sentido de que, pese al tiempo y los cambios ocurridos, los acontecimientos aún no son cosa juzgada. La segunda, estrecha- mente vinculada con la anterior, es que las causas, factores condicio- nantes, así como las implicaciones del movimiento fueron tan signifi- cativos y profundos que en muchos casos desbordaron las intenciones, los propósitos y aun la capacidad de examen de sus protagonistas, al grado de que todavía no es tarea fácil dictaminar qué cambió y cómo transformaron aquellos sucesos a la sociedad mexicana.
Hay franjas de esa historia que desconocemos casi por completo: no sabemos, por ejemplo, de qué manera concreta influyó la sucesión pre- sidencial en el curso de los acontecimientos, ni es sencillo decir cómo se fueron tejiendo las decisiones presidenciales hasta llegar a la tragedia del 2 de octubre. Sabemos qué planteaban los estudiantes y sus líderes; conocemos la lógica que guió la conducta de sus principales dirigen- tes; podemos discutir, fijar y deslindar responsabilidades, pero no puede decirse lo mismo de la parte gubernamental. Un cuadro más completo y, por tanto, más complejo sobre las causas, desarrollo y desenlace del movimiento dependerá de un esfuerzo superior para contextualizar los hechos, de la investigación a fondo de la época y no solamente de algunos aspectos relacionados con el ámbito político o educacional.

Solamente así tendremos, por fin, una interpretación amplia, capaz de ubicar el significado general del movimiento en la historia contem- poránea de México. A veinticinco años de los hechos aún es importante esclarecer la verdad sobre algunos episodios particularmente trágicos y significativos, como el 2 de octubre.
Los estudiantes del 68 mexicano estuvieron muy lejos de reclamar privilegios o concesiones especiales. Pero al exigir respeto y justicia le recordaron al gobierno que tampoco el Estado podía estar por encima de la sociedad. Y al hacerlo saltaron una barrera que nadie había con- seguido cruzar. Ésa es la verdad que ningún archivo puede mantener en secreto.

1968: la batalla de Nonoalco-Tlatelolco

Etcétera , núm. 295, 24 de septiembre de 1998 5

A Pepe Valle y David Vega

Uno
Los días que van desde la ocupación de la Ciudad Universitaria hasta el 2 de octubre son los más duros y violentos de todo el movimiento estudiantil. La tragedia se cocina en esas dos largas semanas. Los Juegos Olímpicos aumentan la visibilidad del movimiento; también la impaciencia del gobierno. El 18 de septiembre los ingredientes ya están servidos: a la intervención directa del Ejército y las provoca- ciones mal disimuladas contra el movimiento, se aúnan los delirios autoritarios de la clase política, magnificados por la prensa servil, así como la consiguiente radicalización estudiantil que ve cerrarse uno a uno los espacios para el diálogo.
El gobierno creyó que la toma de la Ciudad Universitaria era la vía hacia la solución final al conflicto, pero se equivocó dos veces. Pri- mero, al subestimar la respuesta política desatada por la actitud del rector Barros Sierra y, luego, al no reconocer la increíble capacidad de protesta acumulada en los barrios del centro y el norte de la ciu- dad. Con la entrada a Cu del Ejército, las actividades estudiantiles se desplazaron casi totalmente al Politécnico, en particular al Casco de Santo Tomás, a Zacatenco y a las escuelas ubicadas en Tlatelolco. Los estudiantes politécnicos, obligados a resistir en condiciones de creciente confrontación, no consiguieron evitar la escalada violenta

5 Al cumplirse el trigésimo aniversario del movimiento estudiantil de 1968, la revis- ta Etcétera publicó una crónica general del movimiento, escrita por tantos testigos y participantes como días tuvo la movilización, acompañada de una cronología de los acontecimientos. El resultado fue un relato a múltiples voces cuya lectura aún hoy resulta satisfactoria y provechosa.

que tuvo su culminación en los hechos sangrientos del 23 de septiem- bre, en el Casco de Santo Tomás, pero dieron pruebas enormes de su abnegación y generosidad durante las acciones de los días que siguie- ron a la ocupación de la Universidad: el movimiento es, antes que nada, capacidad de respuesta, decisión para no someterse a la inmo- vilidad que la represión busca imponer en vano; es, en una palabra, iniciativa y más iniciativa. Pero, en sentido estricto, cada acción de los estudiantes es la respuesta a una agresión anterior. Los activis- tas adolescentes asumen como nadie la radicalidad de esa dialéctica, enfrentándose a la policía con singular entusiasmo e imaginación a la vista de todos.
Un capítulo poco conocido lo escribieron los estudiantes de la Voca 7 junto a los más jóvenes de la Prevocacional 4, ubicadas en Tlatelolco, en el corazón de los grandes multifamiliares. Toca a los historiadores del movimiento investigar la significación de esos días en el desen- lace fatal de los acontecimientos. Por lo que a mí respecta, y segu- ramente estarían de acuerdo mis compañeros Alexis Grivas y Paul Leduc, ese día parecía claro que la defensa de la autonomía univer- sitaria –y la continuidad misma de la movilización– en cierto sentido estaba en manos de esos jóvenes politécnicos.

Dos
Descontándonos a nosotros mismos, lo único extraño en ese lugar (la Vocacional 7) y en ese momento es la cámara de cine profesional de Alexis Grivas disparando sin miramiento contra los rostros airados de los estudiantes. A los ojos de la pequeña multitud que se junta en el Puente de Nonoalco, el artefacto resulta demasiado sospecho- so como para pasar sin registro. “Parece una bazuca”, desconfía un joven a quien no convencen nuestras credenciales periodísticas ni la promesa de convertir esas imágenes en un “comunicado informativo del Consejo Nacional de Huelga”, semejante a los ya realizados antes por Paul Leduc y un grupo de cineastas.
La actitud beligerante de los brigadistas (que decae al aclarar nuestras intenciones), contrasta con la sencillez de las exigencias que

a través de sus improvisados voceros se resumen en una palabra: ver- dad. “Digan la verdad para que el mundo sepa lo que está pasando”. La verdad es, no puede ser más que la denuncia directa del gobierno que reprime a los estudiantes. La cólera se siente en cada gesto. Na- die disimula el encabronamiento acumulado contra los granaderos que el día anterior habían disuelto violentamente a los estudiantes en Zacatenco al intentar en vano sorprender al Consejo Nacional de Huelga que estaba refugiado en el Poli. “La próxima les damos”, ase- guran. Las ganas de revancha se traducen sin demora en preparati- vos muy concretos para enfrentar a las fuerzas de seguridad.
¿Quién tiene dudas sobre quiénes son los agredidos? Ubicada en el corazón de Tlatelolco, a un costado de la Plaza de las Tres Culturas, la escuela ha sido objeto de las más variadas provocaciones desde el comienzo del movimiento. En la fachada se observan las huellas de las ráfagas lanzadas por individuos desconocidos; sobre la banqueta yace quemada una motocicleta. Todo lo que ahí ocurre repercute al mo- mento entre los miles de habitantes de la unidad habitacional. Apos- tados en todos los cruceros, los granaderos impiden a los estudiantes moverse hacia el centro de la ciudad. Hora tras hora la tensión va creciendo pero el ritmo es lento, mañanero, desenfadado. Nada parece fuera de lo normal. En la explanada de la escuela, los estudiantes se reúnen en pequeños grupos; hablan, deambulan por los pasillos y andadores como hormigas en inquietante actividad. Algunos bri- gadistas montan guardia sobre el Puente de Nonoalco; otros botean, reparten volantes a los conductores de los autos que todavía circulan por la avenida, antes de que la policía les corte el paso.
Esperamos en el edificio situado justo frente a la Vocacional. Paul Leduc recuerda que primero subimos hasta la azotea con la intención de instalarnos allí con todo el equipo, pero el acceso estaba cerrado, así que tocamos puertas al azar requiriendo permiso para filmar. Sor- prendemos a una familia comiendo. El padre, que es periodista de un diario nacional, nos ofrece para filmar un departamento vacío en el piso inferior. Sin mucha confianza en nuestro anfitrión, aceptamos de inmediato. Como a las seis de la tarde, aún con luz diurna, las

cosas se aceleran. Parapetados en la escuela, los estudiantes prueban a salir para atraer y dispersar a las fuerzas del orden. Es una táctica invisible y desesperante que agobia a sus pesados perseguidores. De pronto, una patrulla de seguridad bancaria se detiene sobre el puen- te: sus asediados ocupantes disparan al aire antes de huir. En algún momento ocurre algo extraordinario: la cámara registra la llegada de un auto (rojo) del cual se descargan varillas metálicas. Tememos una provocación. Al anochecer, los granaderos avanzan y ocupan posicio- nes justo debajo de nosotros. Antes de verlos, escuchamos el ruido metálico de las botas raspando el pavimento. Las sirenas de las am- bulancias y las patrullas vibran incansables sobre el fondo ahogado de los gritos provenientes de los edificios. Es un rumor en aumento, mezclado con el sonido irrepetible de la represión en curso. Los veci- nos aplauden a los estudiantes pero a los granaderos se les recibe con una voz que rebota contra las paredes: “¡Asesinos! ¡Asesinos!”. (Al día siguiente, El Heraldo de México dirá qué algunos vecinos volcaban baldes de agua hirviente sobre las fuerzas del orden. Otras reseñas consignarán que les avientan agua sucia y meados). A pesar de la disparidad de fuerzas, la batalla se extiende poco a poco hacia las colonias contiguas, incorporando a jóvenes de muchas partes. Los es- tudiantes forman barricadas con autobuses para cerrar los accesos a la unidad habitacional. Oímos las explosiones secas de las granadas golpear contra el pavimento. Nubes de gas marcan el sitio preciso de los enfrentamientos. Intermitente, el resplandor de las molotov se distingue como breves luciérnagas que avanzan sobre el laberinto urbano. Se escuchan algunos disparos aislados que no sabemos de dónde salen. A la distancia se observan varios incendios simultáneos (uno es en el edificio de Relaciones Exteriores). La fuerza pública re- sulta impotente para desalojar a los estudiantes que resisten en el recinto escolar. Dueños absolutos del terreno que pisan, los brigadis- tas someten a los granaderos a una intensa guerra de guerrillas que acaba por desarticular la coordinación de las fuerzas del orden. La batalla de Nonoalco se prolonga hasta la madrugada, cuando inter- viene el Ejército. Numerosos estudiantes y vecinos son detenidos por

los cuerpos de seguridad. La violencia anticipa lo que ocurriría unos días después en el Casco de Santo Tomás.

Tres
Epílogo: los acontecimientos inaugurados el 18 de septiembre con la ocupación de CU siguieron un ciclo ascendente de violencia que presagiaba lo peor. Hubo quienes tuvieron la capacidad de prever la tragedia sin abandonar, por ello, sus más altas responsabilidades. Por eso, no debo terminar esta nota sin traer a colación un texto de Gilberto Guevara que resume el sentido de aquellos días e ilustra la claridad comprometida del rector Javier Barros Sierra:

La mañana del 24 de septiembre, en la Casa del Lago, le dije [al rector Barros Sierra] que los compañeros del Politécnico comba- tían al grito de “Viva el Rector”, lo cual era absolutamente cierto, y le hablé de su responsabilidad como universitario No recuerdo con precisión sus palabras, pero me esbozó su creencia de que todo avanzaba hacia un desenlace terrible. Conocía las reglas del sistema y sabía que se habían desbordado los límites de la tolerancia del poder.6

6 Hermann Bellinghausen y Hugo Hiriart, coords., Pensar el 68, México, Cal y Arena, 1988, p. 66.

2 de octubre: relato inédito de un testigo presencial

La Jornada , 4 de octubre de 2012

Hace cuarenta y cuatro años mi hermano Juan Enrique fue capturado en la Plaza de las Tres Culturas y, junto con cientos de estudiantes y otras personas, detenido en la cárcel de Santa Martha. Literal- mente, eran los sobrevivientes de la noche de terror del 2 de octubre de 1968. Muchos de ellos, en su mayoría dirigentes –pero no sólo–, sufrieron injustos procesos que aún causan vergüenza a la justicia mexicana. Campeó la impunidad más absoluta y la injusticia, pero ya nada sería igual ni en sus vidas ni en el país. México, tortuosa- mente, comenzó a cambiar. Es cierto, el gran movimiento de 1968 no fue sólo la tragedia del 2 de octubre, pero allí se alcanzó un límite inolvidable que el tiempo no borra. Tras la matanza, Juan Enrique escribió un breve “Relato de un testigo presencial”, que mi padre con- servó hasta su muerte entre sus papeles más valiosos. Transcribo de ese texto algunos fragmentos, a sabiendas de que tan importantes como la historia misma son las voces únicas e intransferibles que la cuentan. Sea un homenaje a los que cayeron ese miércoles lluvioso en Tlatelolco.

… Dos helicópteros volaban constantemente sobre nosotros. Eran poco más de las cinco de la tarde cuando apareció el pri- mer orador. Sus primeras palabras fueron para decir que no se efectuaría la manifestación proyectada en virtud de que el Ejército había bloqueado las principales avenidas, por lo cual recomendaba que al terminar el mitin todo el mundo se retirara pacíficamente a sus casas, evitando todo acto de provocación. Los oradores –unos cinco o seis– se sucedieron unos a otros. Las consignas que ya habíamos lanzado en nuestras asambleas de escuelas eran repetidas por los oradores: solución a nuestro plie-

go petitorio; diálogo público; cese de la represión; libertad para los presos políticos; extensión del movimiento a otros sectores populares, etcétera. Los discursos de los oradores se vieron inte- rrumpidos por la llegada de grupos de obreros, que fueron aco- gidos con enorme entusiasmo. Los helicópteros seguían volando, tratando de distraer la atención de los asistentes.
El mitin se acercaba, al parecer, a su fin. De pronto se oyeron gritos a mi espalda de “¡Ahí viene el Ejército!”. Yo me encontraba en aquel momento, entre los asistentes, frente al edificio Chi- huahua, a unos treinta metros de éste, del lado del Ministerio de Relaciones. Detrás de la iglesia colonial, situada a un costado de la plaza, aparecieron luces de bengala verdes, lanzadas desde uno de los helicópteros. El orador que estaba hablando en ese mo- mento pidió a la gente que permaneciera en calma. En ese preci- so instante, parte del grupo de la tribuna se retiró hacia adentro al mismo tiempo que aparecía en ella un individuo, con un guan- te blanco o mano vendada, disparando al aire. “¡Son de salva!”, gritaban algunos. La gente intentó huir, presa del pánico, y yo me vi arrastrado por ella. Procuré tranquilizarme, pero el tiroteo era general. Desde el tercer piso del edificio Chihuahua, alguien trató de hacer uso del megáfono y cayó abatido a tiros, con los brazos extendidos hacia adelante, sobre la terraza del edificio. A los disparos de pistola sucedieron inmediatamente los disparos secos de los fusiles de los soldados. Intento localizar a éstos, pero no los veo desde donde estoy, y al mismo tiempo que cientos de personas me tiro al suelo. Tratando de protegernos de los dispa- ros, juntamos unos cuerpos con otros. Se oyen gritos de horror de las mujeres. Unos a otros nos aconsejamos no movernos, y espe- rar a que los soldados nos detengan con vida. Durante quince mi- nutos no hacemos más que repetirnos estos consejos. Pero ahora se oyen ráfagas de ametralladoras; primero se oyen a lo lejos, pero pronto el tableteo se vuelve ensordecedor. Nos llevamos las manos a la cabeza. Trato de convencerme a mí mismo de que sólo se trata de darnos un buen susto, pero no: el compañero que está

junto a mí desvanece la ilusión al decirme que cerca de él hay un muchacho con el cráneo destrozado y los sesos fuera.
Al cabo de algún tiempo amaina el fuego. Algunos tratan de huir aprovechando la ocasión, pero los disparos los obligan a ti- rarse al suelo nuevamente. Comprendo entonces que nuestra si- tuación es verdaderamente trágica; estamos amontonados en el suelo, mezclados con heridos y muertos, al descubierto, sin nada que nos proteja. El ruido de las ametralladoras alcanza ahora su máxima intensidad. Me resigno a esperar a que termine esto, y salir con vida. A veces pienso si no será esto una terrible pesa- dilla.
Al fin se acercan los soldados hasta nosotros. Pero apenas oyen disparos se tiran al suelo y se protegen detrás de nosotros, dis- parando locamente sus ametralladoras. Están tan enloquecidos que un oficial llega a decirles: “¡Fíjense a quién le tiran, pende- jos!”. Un soldado de sanidad lleno de miedo se niega a atender a un herido; las mujeres suplican a los soldados que nos saquen de allí, pero no hay respuesta.
Ya es casi de noche. Llevamos más de una hora bajo un fuego que varía de intensidad. Por si fuera poco, un tanque se desli- za lenta y misteriosamente por la plaza en dirección al edificio Chihuahua, una parte del cual arde en ese momento. El olor a pólvora es bastante notorio. Cuatro hombres vestidos de civil lle- vando una camilla se disponen a recoger a los heridos, pero hay tantos que se ven obligados a pedir la ayuda de los estudiantes de medicina que allí se encuentran.
Ha cesado el fuego, aunque se oyen algunos disparos que pro- vienen de gente apostada en las ventanas de los edificios que rodean la plaza.
Al fin nos ordenan levantarnos del suelo y, obedeciendo las órdenes de los soldados, con las manos en alto, nos dirigimos en fila, uno a uno, a la iglesia. Los soldados nos custodian llevado sus fusiles con la bayoneta calada. No sólo vamos estudiantes; hay también entre los detenidos padres de familia, niños, empleados,

obreros, etcétera. En las afueras de la iglesia hay otro contin- gente formado por unas 500 personas. Las ropas de muchos de nosotros muestran grandes manchas de sangre, que dan fe de la horrible matanza.
Al filo de la medianoche comienza un nuevo tiroteo. Trata- mos de refugiarnos en la iglesia, pero el cura no abre las puertas y se limita a ondear una banderita blanca. Afortunadamente este segundo tiroteo dura poco. Permanecimos en este lugar cerca de cuatro horas, hasta que a las cinco de la mañana nos transporta- ron detenidos a la prisión de Santa Martha.

Juan Enrique Sánchez Rebolledo, 21 años

Los tlacuilos del 68: instante e historia

La Jornada , 3 de octubre de 2013

Rebuscando entre mis viejos papeles doy con un breve texto leído en una mesa redonda sobre “la literatura y el movimiento de 1968”, rea- lizada poco antes de cumplirse treinta años de los trágicos hechos del 2 de octubre en Tlatelolco. Todavía en ese tiempo, la visión de lo que había ocurrido estaba opacada por el silencio oficial, que es la más- cara preferida de la impunidad. Pero la terquedad de los testigos, la resistencia a la mentira y, por consiguiente, el valor moral y cívico de la mayoría de la generación del 68 –como la denomina Raúl Álvarez Garín– impidieron que el olvido sepultara el recuerdo de los hechos trágicos, reivindicando las lecciones históricas de aquel movimiento de masas que vino a marcar un hito de nuestra convivencia.
Que eso fuera posible se debió, entre muchos factores, a los “libros del 68” y, en particular, a los que fijaron la memoria colectiva y la nom- braron para siempre, desentrañando los episodios más oscuros, como la misma matanza del 2 de octubre, que atribuían a las víctimas las responsabilidades de los victimarios Entiendo que sería largo –aun- que no inútil– enumerar la ya riquísima lista de estudios, testimonios y recopilaciones que dan cuenta de lo ocurrido en ese “año axial”, que dijera Paz, un recuento de las abundantes interpretaciones dadas a la historia y las conclusiones extraídas por acuciosos investigadores sobre el significado más profundo del movimiento, volver a las publi- caciones periódicas que intentaron mantener viva la disidencia; es decir, asumir a plenitud la actualidad del movimiento en su desplie- gue (y no sólo su desenlace brutal) como fuente desencadenadora del cambio democrático en México, con todos sus matices y derivaciones. Sin duda, el 68 aún marca nuestro presente en la medida que el ciclo democrático, no obstante los lentos avances registrados en al- gunos campos, extendiendo las libertades públicas y otros derechos, no ha terminado de crear una nueva relación entre sociedad y Estado

regida por principios de equidad capaces de revertir la desoladora desigualdad en la que sobrevivimos como país.
En 1998, es decir, anteayer, la verdad del 68 aún tenía enemigos te- mibles dispuestos a no permitir que se hiciera pública. Con la finalidad de proteger a los mandatarios responsables se cerraron archivos o se manipularon procesos. Pero nada pudo silenciar la obra de los moder- nos tlacuilos que grabaron a sangre y fuego las razones de las víctimas. Sin embargo, en el texto que he citado aún echaba de menos la apari- ción de “la gran novela del 68”. Y decía:

Revueltas nos dejó algunos textos magistrales escritos durante el movimiento y luego en y sobre la cárcel, su viejo y conocido in- fierno, pero no pudo o no tuvo tiempo de escribir la novela del 68. Muchos escritores se asomaron a las ventanas del 68 para ubicar en ese tiempo la ficción, pero la realidad, asumida como recuerdo colectivo, como memoria oral, que se rehace a fuer de repetirse para vencer al olvido, es aún más fuerte, mucho más fuerte y po- derosa que nuestra memoria literaria. Es curioso, pero el mun- do del poder (donde se tomaron las decisiones) apenas si ocupa lugar alguno en la narración. Los personajes del campo oficial son todos grotescos, figuras esperpénticas, pero de una calidad infinitamente gris, ínfima. En ellos, la realidad abusa de la cari- catura. Su presencia en los hechos que llevan a la tragedia carece de densidad; son inasibles, apenas burocráticos. La memoria les pasó por encima, los borró y en el lugar, leve, sólo se escucha el himno a la dignidad que no fue clausurada en Tlatelolco. ¿Al- guien imagina a los diputados que pretendieron ahogar a Barros Sierra como personajes de reparto de un drama medianamente creíble? Será preciso mucho talento para darles vida sin desva- necerlos por completo.

Por eso la gran literatura del 68 –me planteaba– está en otro lado; en la poesía, subrayo: en la poesía, y también en la crónica. Elena Poniatowska concibió el gran mural del 2 de octubre dando la palabra

a los participantes con nombre y apellido, lo cual permitió mantener fresco el relato hasta nuestros días. Luis González de Alba nos contó la saga de los estudiantes desde dentro (literalmente desde la pri- sión de Lecumberri). Y, sobre todo, las grandes narraciones de Carlos Monsiváis reunidas en el libro Días de guardar nos ofrecen “con la fuerza original de la palabra, el relato fundador”. Si puede hablarse seriamente de algo semejante al “espíritu del 68”, éste debe buscarse en esos relatos, escritos y publicados durante los acontecimientos.
Monsiváis fija definitivamente los grandes trazos de ese mundo nue- vo que nace bajo las banderas de la protesta estudiantil. Hurga en sus raíces, en el entorno mitificador y a la vez petrificado del Estado revo- lucionario, en la ideología y los valores; en una palabra, en la cultura nacional y sus entonces referentes obligados. En esos textos aparecen, por vez primera, las señales de la nueva modernidad mexicana; allí es- tán revelados los protagonistas primigenios de una época que se anun- cia rompiendo tabúes, normas, viejas resistencias autoritarias.
“La manifestación del rector” es el gran vislumbre del movimiento estudiantil. “La manifestación sería democrática. Tal era el carácter del movimiento estudiantil y todo se ajustaba a ese designio”. Monsi- váis describe, recrea, pero, sobre todo, introduce al lector en un mun- do que sólo puede comprenderse a la luz de las otras historias que en él concurren. La dialéctica entre la relación de los hechos y el pasado inmediato nos ofrece, al final, un cuadro que puede mirarse en mu- chos planos, sin concesiones simplificadoras ni ajustes autocompla- cientes. Allí reconocemos a la izquierda quitándose la máscara de la solemnidad, a la derecha, a los líderes y los brigadistas estudiantiles, al rector, al cine y la TV, “los medios” estrenándose como supremos manipuladores, reducidos a la estatura de la prensa venal, pero sobre todo posan para ser descritas por el moderno Casasola-Monsiváis, las nuevas imágenes: la asamblea, el provocador, el grillo, el acelerado, el brigadista, el liberal consecuente, el mártir. Gran mirada a la ins- tantaneidad del paso de la historia.
Leamos los libros del 68. ¡Dos de octubre no se olvida!

raúl. Punto y seguido

La Jornada , 21 de noviembre de 2013

Uno
Raúl Álvarez Garín es, como se ha recordado con emoción y afecto,7 uno de de los líderes indiscutibles de nuestra generación y un mexica- no a la altura de los tiempos. Y no me refiero sólo a los días luminosos del 68, a la resistencia en la cárcel o al exilio, sino al último medio siglo, es decir, a una militancia continua, congruente, que se nutre de la historia sin vivir en la nostalgia, siempre alimentada por la espe- ranza del futuro.
Mucho podría decirse de Raúl, de su carácter y temperamento, de la templanza de sus reacciones en momentos difíciles (narradas por Elena Poniatowska con calidez y eficacia en páginas memorables), pero entre todas esas imágenes destaca un rasgo de identidad común que se refiere a la preocupación por el otro, concebida como una visión de la vida que valora el esfuerzo colectivo, la solidaridad como punto de partida hacia una sociedad más justa. Por su formación, Raúl es un revolucionario, un socialista alejado de las abstracciones monotemá- ticas, doctrinarias, que niegan las lecciones de los hechos, la “verdad concretita”. Por eso busca en la realidad el sentido y las armas de lucha, asumiendo la acción como un dilema moral al que no le son ajenas las emociones y los sentimientos, aunque su liderazgo, en defi- nitiva, esté unido a la inteligencia política, a la capacidad de ver entre las ramas la plenitud del bosque. La verdad del 68 adquiere, así, una dimensión ética insoslayable, capaz de mantener en pie la dignidad, esa ventaja insuperable frente al gobierno, sin dejar de ser la opción política estratégica que permitirá cuestionar al régimen político: la

7 En el acto de reconocimiento a Raúl Álvarez Garín en el cuadragésimo quinto aniversario del movimiento estudiantil de 1968. Casa Lamm, 16 de septiembre de 2013.

generación del 68 sabe que no habrá Estado de derecho (sin que se les caiga la cara de vergüenza a los jueces) mientras permanezcan sin castigo los responsable del crimen. Después de 45 años agradecemos a Raúl y sus compañeros la fidelidad a esa causa, el estado de ánimo para no bajar la guardia por la democratización de México ante el abuso de la fuerza y el imperio de la impunidad, dos de las peores pesadillas de nuestra época.

Dos
En pleno movimiento, Paul Leduc y yo fuimos a ver a Raúl en el búnker que el Comité de Lucha tenía en la Escuela Superior de Físi- ca y Matemáticas del Instituto Politécnico Nacional. Nos conocíamos desde los días en que junto con Carlos Pereyra y otros camaradas universitarios andábamos buscando en clave leninista los puntos ópti- mos de penetración en la clase obrera. Queríamos conocer su opinión. Nos contestó con franqueza y optimismo, consciente del momento, sin falsas ilusiones. Le preocupaban los siguientes pasos del movimiento para evitar el desgaste, los intentos de debilitar la movilización. Des- de la izquierda, algunos grupos planteaban ampliar el pliego petitorio para darle un contenido más radical a la demandas, sin advertir cómo estas reivindicaciones ponían en jaque el corazón autoritario del régi- men, que no se cansaba de denunciar la “conjura comunista”.
El pliego unía dos épocas: el pasado inmediato –la defensa de los pre- sos políticos y su legado de lucha– y el afán democratizador de los jóve- nes. El pliego era una fortaleza, pues bajo el principio de autoridad se ocultaba un régimen en crisis, impotente para frenar el impulso libe- rador que saltaba todas las trancas. Gracias a la madurez de Raúl y sus camaradas, el movimiento sostuvo las reivindicaciones democrá- ticas sin incurrir en una deriva sectaria, mientras la derecha ofrecía diálogo pero alentaba la represión. Raúl entendió mejor que otros la necesidad de asumir la continuidad histórica de las luchas del pueblo mexicano como fundamento del socialismo, idea fuerza que regirá su actuación a través del tiempo.

Tres
Mencioné que conocí a Raúl en 1960, pero mi relación con él se hizo más intensa y productiva cuando acepté su invitación a participar en Punto Crítico, un proyecto ideado entre la cárcel y el exilio, en el que nos involucramos luego del 10 de junio de 1971, poco después de que vol- vieran a México los dirigentes que habían estado exiliados en Chile. Podría contar una y mil anécdotas sobre el papel crucial de Raúl en la realización del proyecto, pero quiero destacar varios aspectos que resultaron muy relevantes para mí: el primero es que, a diferencia de otros militantes, Raúl no intentaba repetir el 68 ni aspiraba, por tanto, a encabezar un imposible segundo acto estudiantil escenificado con gran voluntarismo desde los centros de enseñanza. En cambio, sí se proponía descubrir en la sociedad las fuerzas motrices del cam- bio, particularmente aquellas que habían recibido en carne propia las lecciones del 68. Dicho de otro modo: la generación del movimiento ahora estaba en el mundo del trabajo y allí había que reencontrarla y organizarla junto con el universo de los asalariados. Eso hacía im- prescindible construir una interpretación del país y sus problemas, abierta a la reflexión colectiva y verificada por la acción de las masas en la lucha cotidiana, lo cual daba a los movimientos sociales el papel decisivo en la configuración del sujeto, como ahora se dice. Ésa fue la hipótesis que permitió definir a la revista como parte de una corriente de izquierda socialista, ilustrada, revolucionaria pero no doctrinaria, apegada a los movimientos de masas, dispuesta a la más amplia con- vergencia política fundada en el análisis concreto de la realidad na- cional. Años después vi a Raúl impulsando la candidatura de Cuauh- témoc Cárdenas. Una vez más, entendió la época.

Evocación de Revueltas: la honestidad

La Jornada , 9 de abril de 2009

El 14 de abril de 1976 muere José Revueltas. Esa tarde, agobiados por el dolor, sus camaradas le rinden un último homenaje de cuerpo presente en el auditorio Che Guevara (Justo Sierra), ese espacio abierto, colec- tivo, consagrado por generaciones al debate y la crítica; el mismo lugar donde el escritor compartió “como uno más”, en un clima de tolerancia y respeto mutuo, las esperanzas, pero también los tropiezos, del movi- miento estudiantil de 1968. De ese momento quedan varios registros. Uno de ellos es la reseña del acto luctuoso grabada, transcrita y edi- tada por Julio Pliego para su publicación en la revista Punto Crítico, donde hay constancia de las palabras dichas por Roberto Escudero, Juan de la Cabada y Eli de Gortari, así como los comentarios del maes- tro de ceremonias Luis González de Alba. Tomo de ahí algunas citas.8

Agosto de 1968 –Escudero recuerda algunas imágenes persis- tentes–. Este auditorio repleto de estudiantes que iniciaban un movimiento que nadie sabía hasta dónde nos iba a conducir. Pri- mer intelectual que se presenta en este auditorio: José Revueltas con un traje gris, un gran portafolios. José Revueltas se queda en esta Facultad de Filosofía y Letras y de inmediato se incor- pora al Comité de Lucha. Revueltas duerme con el mismo traje que llegó, en los escritorios de esta facultad, boca arriba. Otras imágenes. Revueltas discute de igual a igual con los estudiantes que han iniciado este movimiento. José Revueltas sale de este auditorio para ser preso.

8 Ver: Homenaje a José Revueltas, suplemento especial de Punto Crítico, año V, núm. 53, mayo de 1976.

Escudero subraya la independencia crítica y la militancia revolu- cionaria del escritor y llama la atención sobre el hecho extraordinario de que se le rinda homenaje en ese escenario “a un hombre que nun- ca pasó por la universidad ni como estudiante ni como profesor”, lo cual resulta, empero, un signo alentador de que nuestra Universidad “puede recibir en su seno a los mejores hombres de México”.
Y es que, no obstante la sincera familiaridad con que lo tratan, Revueltas y los estudiantes saben que él, en cierto sentido más pro- fundo, no pretende ser uno más, si bien se identifica y comparte con ellos iguales carencias y alegrías.
De la misma manera, nada habría sido más lejano a la personali- dad de Revueltas que presentarse ante el movimiento a la manera de un santón de la izquierda, imbuido de un repentino protagonismo. Por el contrario, Revueltas decide incorporarse al Comité de Lucha de Filosofía y Letras en cumplimiento de lo que él considera su de- ber de intelectual revolucionario, desprovisto de partido, sí, pero car- gado con el valioso arsenal de sus ideas y experiencias, acumuladas sin interrupción desde la adolescencia, como bien apunta Juan de la Cabada:

Para Revueltas no había otra opción: el movimiento estudiantil era a ojos vistas un movimiento histórico al que una conciencia como la suya no podía sustraerse sin claudicar. Y a él dedica todos su esfuerzos. Allí, en asambleas multitudinarias o comités reducidos, expresa sus opiniones con franqueza; debate, confron- ta (y es criticado) dando lo mejor de sí y corriendo la suerte de sus camaradas sin pedir jamás un trato especial.

“En el 68, una vez más, Revueltas –como escribe el editor del Ho- menaje– combatió a los pesimistas, mantuvo viva la inteligencia en llamas de su actitud crítica”.
No extraña, pues, que al recordar a Revueltas la imagen imborra- ble del escritor aparezca en ese homenaje del 76 indisolublemente ligada a la del revolucionario, al ser radical considerado en su face-

ta más universal y humana: la que subraya la coherencia entre los principios y la acción, la capacidad de sostener por encima de las con- veniencias pasajeras las convicciones propias, nacidas, no sin des- garramientos interiores, luego de batallas imposibles de ganar con- forme a la lógica convencional de “las ideas dominantes”, vinieran entonces del establishment capitalista o del adocenamiento sectario marxista-leninista.
“Me es difícil pensar en algún otro ser humano tan honesto como José Revueltas”, dijo el filósofo Eli de Gortari, encarcelado como Re- vueltas en Lecumberri por su adhesión desde la representación magisterial al movimiento. “Nunca fue un dogmático ni un orto- doxo”, pues en cierta forma lo que hace de Revueltas un hombre singular en nuestro medio es su fidelidad a esa “idea tan bella de Descartes”.
Frente al intento temprano de homenajear al escritor oponiéndo- lo al político revolucionario, se subraya la persistencia de una con- ducta moral que nutre por igual vida y obra, literatura y acción; es decir, el total de la praxis revueltiana. Arraigada en los valores que su trayectoria recoge y transmite, la actualidad de Revueltas, su irrefutable contribución al futuro, será esa disposición para eludir críticamente el adormecimiento producido por las seguridades de la falsa conciencia.
En su oración fúnebre en el Panteón Francés, Enrique González Rojo apuntó con exactitud: “José Revueltas representa en México la honestidad, y cuando digo honestidad hago referencia a la recti- tud política, la rectitud literaria, la rectitud humana”. Esa sencilla e inconfiscable lección dejada por Revueltas a la izquierda se sitúa en las antípodas del cálculo político y el filisteísmo que en nuestros días han crecido exponencialmente, pero tampoco es neutral ni se refugia en la opacidad de las conductas respetables, codificadas según los catecismos ideológicos en boga. “A Revueltas –dirá en el entierro Martín Dosal, su compañero de celda en Lecumberri– lo caracteriza esencialmente la generosidad, esa generosidad sartria- na que tiene como principio y fin la libertad”.

Los procesos de México 68 (y la democracia)

La palabra y los derechos humanos , 2004 9

Cualquiera que aspire a comprender la historia de los derechos hu- manos y los orígenes de la transición democrática en nuestro país debería consultar un libro fundamental que, sin embargo, es casi des- conocido y cuyo título resulta trágicamente evocador: Los procesos de México 68: acusaciones y defensa. Se trata de un grueso volumen de casi seiscientas páginas, editado en 1970 bajo el sello de la Editorial Estudiantes, creada y dirigida desde la cárcel por un grupo de presos políticos juzgados bajo el gobierno del presidente Díaz Ordaz.10 En él se recogen diversos documentos oficiales provenientes del Ministerio Público y también los recursos mediante los cuales los encausados re- chazaron el intento de darle legalidad a un acto claramente represivo. La reproducción textual de dichos testimonios ofrece al lector común y corriente (que no es abogado) algunas de las claves que, a más de cuatro décadas de los hechos, permiten entender cuál era el signifi- cado que el gobierno mexicano atribuía al movimiento estudiantil de 1968 una vez consumada la tragedia del 2 de octubre y el encarce- lamiento de los principales líderes. En rigor, el proceso vino a ser el colofón discursivo de esa política.

9 Versión modificada del texto “El 68, los derechos humanos y la democracia”, en León García Soler, coord., La palabra y los derechos humanos, México, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, 2004, pp. 93-103. Disponible en: <http://200.33.14.34:1033/ archivos/pdfs/DH_27.pdf >.
10 Todas las citas han sido tomadas de la edición de 1970 (Los procesos de México 68: acusaciones y defensa, México, Editorial Estudiantes, 1970). El Comité 68 reeditó el libro con el título Los procesos de México 68: la criminalización de las víctimas,
t. 1, 2008 (Serie México: Genocidio y Delitos de Lesa Humanidad. Documentos Fun- damentales 1968-2008).

Los editores –Raúl Álvarez Garín, Luis González de Alba, Gilberto Guevara Niebla, Félix Lucio Hernández Gamundi y Miguel Eduardo Valle Espinosa, a la sazón presos en el penal de Lecumberri– saben que nada es más convincente y, en cierta forma, más aterrador, que la exhibición desnuda, literal, del argumento de la autoridad judicial, de cuya lectura se colige la constatación objetiva, demostrable, de que el Estado de derecho es tan sólo una entelequia al servicio del poder político.
En ese tenor se incluyen las acusaciones, los autos de formal pri- sión, la descripción de los delitos de los que se acusa a los deteni- dos; es decir, el fundamento para atribuirle responsabilidad penal a sesenta y cinco de los indiciados, entre los cuales se encuentran personalidades de la cultura y el periodismo como José Revueltas, Heberto Castillo, Manuel Marcué Pardiñas y Eli de Gortari, así como los presos pertenecientes al Partido Comunista Mexicano, entre ellos Gerardo Unzueta y Gilberto Rincón Gallardo (encarcelados sin cone- xión directa con los hechos) y, desde luego, el resto de los integrantes del movimiento sujetos a proceso.
Al divulgar dichos testimonios –que en teoría debían ser públicos–, los autores pretenden contraponer la mera exhibición de la “verdad” de las actas con la mitología oficialista que convierte a las víctimas en victimarios. Su propósito es romper la cadena de complicidades, los silencios, la opacidad informativa tras la cual subyace, apenas disi- mulada, la arbitrariedad presidencial. En rigor, el libro nos permite ubicar las coordenadas del autoritarismo durante el periodo diazor- dacista, la naturaleza de sus reflejos, así como el uso discrecional del derecho como un instrumento de coacción que viene a ser, estricta- mente, la continuación de la acción represiva por otros medios. En ese sentido, Los procesos… quiso ser, por así decirlo, una forma de lucha contra la impunidad, que aspira a abrir un boquete en la impenetra- ble mordaza impuesta por el gobierno bajo el manto de la normalidad procesal. Y algo más: intentaba poner en blanco y negro la reflexión sobre el país que el movimiento había tácita y explícitamente propug- nado en el verano-otoño de 1968. Este resultado merece destacarse,

pues de las argumentaciones de los presos políticos y sus abogados emerge un discurso democrático muy fresco, centrado en la defensa de la legalidad constitucional que el gobierno, siempre en nombre de la razón de Estado, se cansó de convertir en letra muerta.
Parte fundamental del extenso volumen la constituyen las Con- clusiones aportadas por los abogados defensores Guillermo Andrade Gressler, Carlos Fernández del Real y Juan Manuel Gómez Gutiérrez, a las que se unen otros documentos relativos a los alegatos de los incul- pados, cuya revisión es indispensable para comprender hasta qué pun- to el fiscal, contrariando sus deberes legales, salta sobre los principios constitucionales, en particular los artículos 6º, 14, 19, 20, 21, 23, 107 y 111, aunque, como advierte Fernández del Real, tales violaciones a la carta magna son “solamente las más evidentes y de mayor trascen- dencia [pues] en el curso de la instrucción se cometieron otras muchas, violando tanto la Constitución como el Código Federal de Procedimien- tos”,11 al imponer trabas para que la defensa estuviera presente en las audiencias o al negarle el derecho a la palabra.
En definitiva, como consta a lo largo de los procesos, la autoridad judi- cial se burló de la norma constitucional que prohíbe expresamente “la in- quisición judicial o administrativa de las ideas”; el principio de legalidad o de reserva “que establece que nadie puede ser privado de su libertad sino mediante juicio en el que se cumplan las formalidades esenciales del procedimiento”;12 la garantía de que nadie puede ser detenido sin orden de aprehensión, pues los detenidos no están acusados “de ningún delito determinado previsto y sancionado por la ley, sin que hubiera fla- grante delito”.13 Más aún: se dictó auto de formal prisión sin comprobar el cuerpo del delito y sin que los acusados hubieran rendido su declara- ción preparatoria. De hecho, los indiciados fueron incomunicados “y se les obligó a declarar en ese estado”, sin conocer “el nombre del acusador

11 Ibid., p. 281.
12 Ibid., p. 280.
13 Ibid.

ni los hechos punibles que se les atribuían”.14 Tampoco se realizaron los careos con todos los testigos ni se permitió a la defensa interrogarlos.
Por si fuera poco, a los detenidos –subraya la defensa– se les juzgó “simultáneamente dos veces por los mismos hechos, una en el fuero común y otra en el federal”.15 En definitiva, escriben los acusados:

Las arbitrariedades y violaciones a los derechos consagrados en las leyes son innumerables y son juicios viciados de origen. De- tenciones masivas sin orden judicial [fuimos] secuestrados du- rante semanas enteras, torturados para arrancar confesiones prefabricadas y durante más de un año detenidos sin conocer las acusaciones concretas.16

Y continúan:

Estamos acusados, en promedio, de 10 delitos federales, que van desde robo, homicidio, lesiones, hasta sedición y asociación de- lictuosa e incitación a la rebelión […] Todos estamos acusados de todo. Desde organizar los mítines y manifestaciones, hasta el incendio de autobuses y los crímenes cometidos por el Ejér- cito en Tlatelolco. No existe ninguna relación directa entre los supuestos actos delictivos y las personas acusadas. Por ejemplo, todas las personas detenidas el 2 de octubre están acusadas de homicidio por el simple hecho de que fueron detenidas ese día en la Plaza de Tlatelolco.17

El cargo principal de la parte acusadora deriva de la tesis guber- namental, asumida como una petición de principio por el Ministerio Público, acerca de la existencia de un “Plan de Proyección Internacio-

14 Ibid., p. 281.
15 Ibid.
16 Ibid., p. vi.
17 Ibid., p. vii.

nal de Subversión a las Instituciones” (sic), elaborado en La Habana y Praga para ser ejecutado por militantes políticos afiliados a alguna de las organizaciones de la izquierda, como el Partido Comunista Mexi- cano, el Movimiento de Liberación Nacional y otros grupos radicales o más pequeños. Para acreditar sus afirmaciones, el fiscal esgrime como “pruebas” varios documentos, entre ellos, el IV Informe del pre- sidente Gustavo Díaz Ordaz, en el que se denuncia al movimiento es- tudiantil como parte de una conjura que tiene como fin “desprestigiar a México”. Ante tales argumentos, propios de la guerra fría, la de- fensa estudiantil responde que “el intento de probar la existencia del ‘plan’ es pueril y absurdo, pues tal ‘plan’ nunca existió”,18 pero nada detiene al Ministerio Público, que hace de la existencia de la conjura el hilo conductor de toda la causa.
Al fiscal no le preocupa la precisión de los cargos sino llenar el expediente con fabulaciones destinadas al autoconsumo oficial, es decir, con falacias sustraídas del imaginario anticomunista de la época. La tónica general es la imprecisión, las ambigüedades y las tergiversaciones tendenciosas, pero la fobia antiestudiantil siempre está presente: ser o parecer estudiante puede implicar un delito.
Según la defensa, “en ninguno de esos documentos, se alude a perso- nas concretas, responsables de delitos concretos”. En cambio, la mera pertenencia a organismos como la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (Cned) es motivo para que la parte acusadora deduzca la “culpabilidad” de algún procesado. “De esta manera se persiguen las ideas políticas y muchos procesados se encuentras ‘confesos’ pues declararon abiertamente su pertenencia a esas organizaciones”.19 La cadena de aberraciones no tiene límite; por ejemplo, para probar el cuerpo del delito de incitación a la rebelión, “el M.P. aporta el folleto intitulado La revolución de mayo en Francia. Mañosamente no se cita al autor que es el conocido escritor Carlos Fuentes. El folleto fue pu-

18 Ibid.
19 Ibid., p. viii.

blicado por la Editorial ERA y es un ensayo más literario que político de los acontecimientos de Francia…”.20
Una sensación de irrealidad acompaña la lectura de los partes po- liciales, presentados sin pudor como pruebas de cargo, así como las declaraciones de los falsos testigos, dispuestos a recitar las más ab- surdas figuraciones acerca de hechos jamás vistos ni ocurridos.
Se transcriben, asimismo, los careos típicos entre policías y acu- sados y las sentencias condenatorias dictadas por el juez primero de distrito, Eduardo Ferrer Mac Gregor, el 12 de noviembre de 1970, con lo cual culmina un episodio trágico y a la vez aberrante de la historia política y judicial de México. (Justo es decir que dentro de esa nube de falsificaciones son excepcionales las declaraciones formuladas por algunos testigos, entre ellos, las de varios soldados que aportan prue- bas irrebatibles sobre la presencia del Batallón Olimpia en el edificio Chihuahua de la Unidad Tlatelolco).
A los presos y sus defensores les preocupa mostrar la incoheren- cia del Ministerio Público cuando trata de probar la existencia del delito de homicidio y lesiones contra agentes de seguridad, uno de los cargos de mayor gravedad que se les endilgan. La falta de es- crúpulos y rigor se advierte de inmediato cuando el Ministerio Pú- blico únicamente presenta las actas de defunción de dos soldados, no obstante que la noche del 2 de octubre “el gobierno oficialmente reconoció 35 muertos en los primeros momentos”. Los motivos para proceder con tal descuido obligan a cuestionarse acerca de qué fue lo que ocurrió en la Plaza de Tlatelolco: “En los documentos oficia- les sólo se nos acusa de la muerte de dos soldados, pero es un valor entendido y sugerido por el M.P. en sus conclusiones que ese día hubo muchos muertos. Más de veinte personas están acusadas de ese delito y la responsabilidad personal se insinúa constantemente sin una base material”. La razón de esta omisión se puede explicar como el intento de ocultar:1) “que los disparos no se dirigían contra los soldados sino contra la multitud y ésta es una prueba de que no

20 Ibid., p. ix.

existieron francotiradores”; 2) que el Ministerio Público “no se atre- ve a responsabilizar a los procesados por la muerte de los civiles por el hecho de que todos los cadáveres (civiles y militares) presentan heridas de bayoneta y de balas de calibres oficiales y las armas que se recogieron, después de catear todos los edificios de Tlatelolco en donde viven 80 mil personas, consistieron en poco más de 20 rifles de calibre 22 y otras pocas armas de cacería”, y 3) “Con estos sub- terfugios el Ministerio Público trata deliberadamente de ocultar la verdad de los hechos. Lo cierto es que en Tlatelolco los miembros del Batallón Olimpia tomaron por asalto el edificio Chihuahua, de- tuvieron de inmediato a todos los que se encontraban en el tercer piso que era la tribuna del mitin, y comenzaron a disparar desde ahí sobre la multitud. El ejército completó la tarea iniciada por el Batallón Olimpia”. Cabe señalar que tales hechos, comprobados por numerosos testigos nacionales y extranjeros, no fueron asentados en las actas debido a la negativa del agente del Ministerio Público.21 La razón para actuar de esa manera resulta trágicamente simple:
el juicio no es más que un instrumento político al que sirven por igual el fiscal y el juez de la causa. Ante la acumulación de irregularidades, los acusados replican:

En todo el mundo se encuentran jueces corruptos que se pliegan a los intereses de los poderosos, pero también existen numerosos jueces honestos que hacen honor a su profesión de impartir jus- ticia. En México no existen excepciones. Todos están corrompidos, aterrorizados y sometidos incondicionalmente al Poder Ejecutivo.22

Aunque tuviera también un lado oscuro, atemorizante, los editores advierten el valor pedagógico de hacer públicos los expedientes, pues asumen que el juicio no es la excepción a la regla, un caso aislado, sino la expresión de un orden existente esencialmente violatorio de

21 Ibid., todas las citas de este párrafo corresponden a la p. ix.
22 Ibid., pp. xii-xiii (subrayado de asr).

las garantías consagradas por la Constitución de 1917. Y es que si la aplicación de la justicia carece de cualquier otra finalidad que no sea la justificación de la conducta arbitraria del gobierno, en particular la salvaguarda del sacrosanto principio de autoridad, entonces caería por su propio peso la evidencia de que el Estado de derecho en México es, ciertamente, una falsificación. En síntesis, Los procesos… vienen a ser –y eso es significativo– la primera reflexión de conjunto salida del movimiento estudiantil en torno a la necesidad de rescatar lo que hoy se reconoce como derechos humanos, un tema vital que aún requerirá del transcurso de dos décadas y del paso de la terrible experiencia de la guerra sucia antes de inscribirse en la agenda nacional. El señala- miento precursor que remite a los juicios de Núremberg es el punto de partida para juzgar los actos de lesa humanidad:

En los juicios de Núremberg quedó asentado y fue aceptado in- ternacionalmente que la obediencia a órdenes arbitrarias que impliquen violación a los derechos humanos no exime de respon- sabilidad a quien las ejecuta.
La sujeción y falta de independencia del poder judicial es uno de los fenómenos más graves de la vida política nacional porque deja desamparados a los ciudadanos frente a los abusos del poder, nie- ga en su esencia más íntima el sistema democrático y el gobierno adquiere, por su arbitrariedad, características despóticas.23

El 68 y la democracia
Si el movimiento de 1968 es el punto germinal de la transición a la democracia (sin desconocer, desde luego, otros antecedentes), eso no se debe de manera exclusiva o primordial a la naturaleza masiva, espon- tánea y lúdica de las movilizaciones; tampoco al contenido específico de la demandas estudiantiles, a las que nos referiremos más adelante, y ni siquiera a la exacerbación de la violencia, con su trágico final, como demostración de que el Estado había llegado al límite de su capacidad

23 Ibid., p. xiii.

para gobernar mediante el consenso. Todos estos elementos están pre- sentes, desde luego, para potenciar las repercusiones democráticas de los acontecimientos, pero tampoco eran nuevos en México. Sin embargo, como se advierte en Los procesos…, en el 68 hallan el punto de inflexión justo en la medida en que el régimen se cierra a toda salida que no im- plique la sumisión de sus adversarios. Es la confesión no verbalizada de que la política, y luego la ley, han dejado de funcionar como recursos para la solución de los conflictos. A partir de entonces, la necesidad de un cambio democrático se irá extendiendo hacia todos los ámbitos de la vida social; sujeto, claro, a las más diversas interpretaciones.
La naturaleza del poder subyacente que se describe en Los procesos… ayuda a comprender la razón por la cual los famosos seis puntos del pliego petitorio enarbolado por los estudiantes, no obstante sus alcances limitados, resultan ser muy radicales frente al principio de autoridad esgrimido por el gobierno como línea infranqueable para avanzar en la negociación. Simplemente, no estaba en los cálculos del gobierno la idea de ceder ante las presiones del movimiento, así las demandas fueran justas y se redujeran a pedir lo mínimo, es decir, a plantear objetivos alcanzables que en teoría (y por lo visto sólo en teoría) no cuestionaban ni ponían en peligro la seguridad y la gobernabilidad del Estado.
Al respecto, Raúl Álvarez Garín, uno de los líderes más prestigia- dos del Consejo Nacional de Huelga, explicó años después:

Nominalmente [el pliego] contenía seis puntos, pero en realidad era solamente uno. Lo que el pliego petitorio exigió fue el cese a la represión y el desmantelamiento del aparato represivo. Pero está desglosado, y dice: que desaparezca el cuerpo de granade- ros, que renuncien los jefes de la policía, que indemnicen a las víctimas de la represión, que liberen a los presos políticos y que deroguen los artículos 145 y 145 bis del Código Penal que per- mitían una represión indiscriminada y alevosa. La parte progra- mática de mayor visión política fue señalada por la Coalición de Maestros, que afirmó: Es un movimiento pro libertades demo- cráticas. Argumentación que aludía a la lucha por la libertad de

pensamiento, libertad de asociación, libertad de manifestación, etcétera. Pero esto no forma parte del pliego. Fue el contexto político, ideológico y programático lo que dio consistencia al mo- vimiento.24

Aunque a mediados de los años sesenta ya se perciben múltiples indicios de que las cosas no funcionan del todo bien en el terreno económico, en general persiste la complacencia ante los nuevos pro- blemas planteados por el tránsito hacia la sociedad urbana con la emergencia de amplios sectores medios, ya masificados. Las vías de movilidad social, que se habían mantenido abiertas durante los de- cenios anteriores, comienzan a saturarse, aunque el fenómeno está lejos de expresarse como malestar social. En rigor, prevalece la sensa- ción de modernidad lograda por el llamado “milagro mexicano”, pero entre los jóvenes recién egresados de las universidades se advierten los síntomas de que el “modelo” va declinando. No obstante, sería ilu- so suponer mayores inconformidades entre las clases medias que se habían beneficiado del despegue económico de esos años.
La clave se halla en otra parte. en la política y, más específicamen- te, en la defensa de los derechos fundamentales que la ley consagra pero la realidad niega sistemáticamente. Ésa es la razón por la cual el largo camino hacia la democracia se comprende mejor cuando se acepta, como sugiere Norberto Bobbio, que el “primero de los dere- chos humanos” es la libertad. Entre nosotros, esa verdad significa, en primer término, hacer valer las garantías individuales recogidas en la carta magna desde 1857. Esto es así porque, si formalmente la ley protege la libertad de expresión, el derecho de manifestación o de creencias, en la realidad se imponen fuertes restricciones a la prensa independiente, a las reuniones públicas ajenas al partido oficial o, incluso, a la expresión de una religiosidad distinta de la católica. Por

24 Raúl Álvarez Garín, “Fue desafiante el 68 porque pidió aplicar la Constitución”, entrevista en Rino, núm. 28, octubre de 1998. Disponible en: <http://reocities.com/ Athens/Troy/2268/garin28.html>.

si fuera poco, el ejercicio real del derecho de huelga, por ejemplo, tam- bién depende de las decisiones del poder político en razón de que los sindicatos, originalmente concebidos como organizaciones autónomas para la defensa profesional de los trabajadores, han sido expropiados (política y administrativamente) a sus miembros por los aparatos de control corporativo que niegan la democracia interna y enajenan su independencia al servicio de las políticas económicas dictadas por el gobierno, que proclama ser el “aliado histórico” de la clase obrera. Cuántas veces los obreros que reivindicaban su derecho a organizarse al margen del control corporativista, es decir, del charrismo, obtu- vieron como respuesta la represión o la manipulación “legal” de sus reivindicaciones y derechos.
En un país surgido de una revolución social, las manifestaciones obreras independientes son disueltas con la fuerza del ejército, y sus líderes encarcelados (1959) mediante juicios amañados en los que se hacen valer disposiciones legales creadas durante la guerra para pro- teger al Estado de la amenaza nazi fascista. (El delito de disolución social). La represión deja de ser un recurso excepcional y se convierte en la norma para acallar los movimientos de protesta. El principio de autoridad suplanta el derecho de audiencia; no hay diálogo entre go- bernantes y ciudadanos, de modo que el autoritarismo se transforma en la verdadera piel del Estado. Pero si eso no fuera suficiente, a la ausencia de hecho de las “libertades democráticas” se une la mono- tonía de un mundo nacionalista que no concede significación alguna a la diversidad política, cultural, sexual o religiosa existente, puesto que, por definición, ésta vendría a contradecir la esencia unitaria del ser nacional. Así, el México de la unidad nacional desconfía de los bal- buceos de modernidad que ya, a fines de los años sesenta, quebrantan los cimientos de la retórica nacionalista revolucionaria, la cual, con- vertida en ideología oficial, se ha despojado definitivamente de sus contenidos emancipadores. En Los procesos… se lee:

En nuestro país, casi no hay matices políticos, sólo existen dos personajes en la escena: el pueblo y el gobierno. La oposición es

comprada y en consecuencia ficticia y raquítica en extremo. Polí- tica es sinónimo de suciedad, bandidaje y corrupción. Los méto- dos de la política son creación de la “familia revolucionaria” que los ha puesto en práctica para desarrollarse y mantenerse en el poder. El “presidencialismo”, el “compadrazgo”, el “influyentis- mo”, las “mordidas”, el “dedazo”, el “tapadismo” y otras tantas prácticas similares manifiestan el gobierno de las camarillas que se reparten el país cada seis años. Las leyes sólo rigen formal- mente, pues de hecho no se respetan, sirven de instrumento para someter al pueblo y los políticos no se consideran en la obligación de respetarlas. El Poder Legislativo es un simple apéndice del Ejecutivo y la corrupción del Poder Judicial es indignante.25

Es verdad que las elecciones están sujetas a procedimientos y for- malidades establecidos legalmente, pero en los hechos el ejercicio de ese derecho o bien resulta adulterado por el fraude o se limita a ser completamente funcional a un sistema monopartidista que no deja nada al azar, ni siquiera la existencia de unas oposiciones cuyas posi- bilidades de modificar levemente el predominio del partido oficial son nulas, entre otras cosas porque las fuerzas que las apoyan (las enton- ces llamadas “fuerzas vivas”, los empresarios y la Iglesia, en el caso del Partido Acción Nacional) mantienen en un grado u otro lazos car- nales con el statu quo que da sustento al presidencialismo, de modo que la presencia electoral de la oposición, cuando se produce, tiene un carácter puramente testimonial, a pesar del brillo de algunos de sus representantes. En rigor, las elecciones desempeñan un importante papel como un mecanismo de recambio de los cuadros políticos dentro de la propia coalición gobernante, pero no son, ni mucho menos, la vía para decidir quién debe gobernar a la sociedad.
Al concederles voz y voto a ciertas minorías (al partido de Vicente Lombardo Toledano, por ejemplo) y no a otras (como el Partido Co- munista Mexicano, digamos), el Estado pretende abrir una válvula de

25 Los procesos…, p. iii.

escape, muy controlada desde arriba, de la que se sirve para reforzar urbi et orbi las apariencias democráticas durante la guerra fría sin poner en tela de juicio la hegemonía pluriclasista del Partido Revolu- cionario Institucional. La razón revolucionaria esgrimida por el régi- men como fuente de legitimidad suplanta en los hechos a la definición constitucional que hace de la República una democracia representa- tiva. Por eso, cuando se critica que la movilización del 68 no sustenta un programa propio, se olvida señalar que, en cierto modo, la profun- didad del movimiento se debe a la inclusión de dos reivindicaciones específicas ya mencionadas (la libertad a los presos políticos y la dero- gación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal), demandas que en principio enarbola la izquierda pero que, gracias al movimiento, tienden un puente entre dos épocas, dos experiencias sociales que en la superficie parecen –sociológica e ideológicamente– alejadas de las preocupaciones surgidas, justamente, de un sector, los estudiantes, favorecido por la expansión de las clases medias urbanas derivada del desarrollo económico de la posguerra. Al protestar contra el en- carcelamiento y los arbitrarios procesos incoados a los líderes de la huelga en los ferrocarriles casi una década atrás, en rigor cuestionan el autoritarismo que hace inoperante la legalidad constitucional.
En última instancia, es ahí donde radica el secreto de la fuerza moral de los estudiantes, la misma que les permite trascender la letra del pliego petitorio para convertirlo en un recurso moral y político a favor del saneamiento completo de la vida pública nacional. En con- secuencia, fue la cerrazón oficial la que convirtió la modesta petición inicial de los estudiantes en una bola de nieve democrática. Con su anclaje en las clases medias urbanas, ajenas al control corporativista del Estado, el movimiento creó las condiciones para la emergencia de lo que ahora se llama, sin mucha precisión, la “sociedad civil” y, junto con ella, de un conjunto de demandas propiamente ciudadanas, es decir, de una forma de hacer política fincada en valores y procedi- mientos opuestos a las prácticas oficialistas.
Eso ayuda a explicar por qué la extraordinaria lección de 1968 no tiene de inmediato un corolario crítico o partidista, no se resume en

una concepción teórica sobre la participación político-estudiantil y sí, en cambio, se asimila como una denuncia contundente y brutal de una realidad que no exige interpretación, ya que es comprensible por sí misma, a simple vista, y cuya salida no podría ser más que la de- fensa de los derechos humanos en un régimen de respeto a las garan- tías individuales y las libertades públicas, es decir, la construcción de una democracia hasta entonces negada. En este sentido, pocos libros ayudan tanto a fijar la atmósfera de la época, la naturaleza de las disyuntivas planteadas a la sociedad mexicana, como esta colección de áridos testimonios y documentos.

Los halcones, 10 de junio de 1971

“ l a crisis del movimiento estudiantil”, 1971 26

¿Fue la represión del día 10 un hecho violento, criminal, pero al fin y al cabo “convencional”, propio del carácter de clase del Estado mexicano? La magnitud de la matanza, la crisis en el interior del aparato político del poder y la clara escisión del movimiento estudiantil en tendencias todavía confusas, prueban que los hechos del jueves de Corpus limitan los términos de una auténtica, verdadera crisis: ni los excesos indiscriminados de los halcones, ni la mera trampa buro- crática, maquiavélica, de los disidentes oficiales, ni las contradiccio- nes, los errores o el espíritu combativo de los estudiantes justifican, o explican por sí mismos, el contenido de la crisis. La represión, las contradicciones interburguesas y la actitud del movimiento son, pues, los elementos que determinan los rasgos peculiares de la situación. Ni qué decir tiene, por adelantado, que el movimiento estudiantil ha desempeñado el papel de catalizador o –como se dice con más frecuen-
cia– de detonador.
En primer lugar, la represión del día 10 se nos aparece como la ló- gica continuación de la política y los métodos de gobierno que habían alcanzado en 1968 su máxima expresión. En realidad, son su conse- cuencia directa y, en cierta medida, su culminación. La existencia de

26 Fragmento de “La crisis del movimiento estudiantil”, México, gap, 1971, mimeo, pp. 15-18. En la elaboración del documento participaron Rolando Cordera, Carlos Pereyra, Santiago Ramírez y Adolfo Sánchez Rebolledo. Bolívar Echeverría intervino en la discusión del texto. La idea era trabajar en un análisis para el Nuevo Grupo formado por los líderes del movimiento del 68 que se habían asilado en Chile y por esas fechas estaban de vuelta en el país, pero al final el encuentro no se produjo. Sin embargo, varios de los planteamientos sirvieron más adelante para definir algunas líneas editoriales de la revista Punto Crítico, que se planeó y diseñó en ese año y apareció en enero de 1972.

bandas armadas, grupos de choque y organizaciones paramilitares reclutadas, adiestradas, dirigidas y financiadas a la sombra de las autoridades, bajo su protección y control, prueban que la violencia, sistemáticamente ejercida contra el pueblo, en especial contra sus vanguardias, constituye una parte esencial de los instrumentos “ope- rativos” del régimen político mexicano: charros sindicales, boinas ro- jas, porros y, ahora, halcones, son otros tantos nombres de grupos de origen y composición social diversos pero coincidentes en la naturale- za de los métodos y propósitos.
Todas estas bandas son la expresión concreta, organizada, del te- mor y la impaciencia de una clase dominante a la cual no le bastan para ejercer su dominio los métodos de manipulación, y que se ade- lanta previsoramente a los acontecimientos para no dejarse sorpren- der por la espontaneidad combativa de las masas. Son cuerpos repre- sivos especiales, entrenados al calor de los movimientos populares y de los planes imperialistas, cuya misión principal estriba en liquidar la insurgencia urbana.
No estamos en posibilidad de conocer el número actual de tales grupos ni sus modos específicos de operar. Pero sí estamos seguros de que ninguno de ellos surgió espontáneamente: las fuerzas que ani- maron a los halcones son consustanciales al Estado mexicano, a la violencia organizada de las clases en el poder.

¿Qué son, pues, los halcones?
• Una organización secreta, paramilitar, adiestrada como fuerza de choque, al parecer con miles de reclutas, concebida ex profeso para combatir en la calles al movimiento estudiantil, cumplir misiones represivas especiales en el interior de los centros de estudio, liqui- dar físicamente a los activistas estudiantiles y sembrar el terror entre las bases.
• Un cuerpo especial del Estado orientado, dirigido y pagado con per- sonal y fondos oficiales, que no ha dejado de actuar desde 1968.
• Una organización creada al modo fascista, entrenada en México para matar mexicanos, que ha logrado reunir la mentalidad poli-

ciaca tradicional y las tácticas de la contrainsurgencia urbana con la abyección del lumpen y la decadencia moral de la burguesía.
• Una organización al servicio directo del orden institucional, de la paz pública. En otros términos: los halcones son una muestra del inacabado aprendizaje de la clase dominante, la prueba de que las adaptaciones que realiza en su aparato represivo son mucho más sutiles que la simple compra de tanques y carros antimotines. Su sola existencia es, pues, la evidencia de la crisis interna del poder, puesta de manifiesto ya en 1968.

En 1968 el Estado quiso conservar intacto todo su aparato de domi- nio e hizo valer el principio de autoridad. A lo largo de todo el conflicto no hizo o no pudo hacer ninguna concesión. Presionado por las masas, resultó políticamente muy poco eficaz. Pero a la ineficacia política co- rrespondió naturalmente una mejor eficacia de los cuerpos represivos que, de todos modos, no pudieron contener durante largos meses la presión estudiantil-popular. O tomaba, como hizo, la ciudad entera con el ejército, o perdía la calle, y con la calle algo más que un con- flicto estudiantil, la cabeza de un jefe policiaco o la de un regente con aspiraciones electorales. Las condiciones internas exigían orden para la sucesión presidencial y Díaz Ordaz creyó salvar a las instituciones políticas acudiendo al único instrumento que entonces podía ayudar- lo: el ejército. Éste impuso orden, en efecto, y acabó con el conflicto. Pero las instituciones que salvó a costa de tanta sangre estaban pro- fundamente minadas desde tiempo atrás: descompuestas por dentro y, ahora, sólidamente golpeadas desde fuera.
Como se demostró, sacar al ejército a las calles constituye una de- cisión complicada y peligrosa en sí misma. Complicada y peligrosa porque ningún ejército sale a la calle sin que a su apariencia de poder una el poder mismo. Y en tiempo de crisis, cuando el aparato político no funciona o funciona muy mal, solamente una división interna en el seno mismo de las fuerzas armadas o la garantía de nuevas conce- siones de parte de un nuevo “bloque” hegemónico pueden impedir un golpe de Estado y salvar las apariencias.

En 1968, es obvio, el Ejército no dio el golpe, pero dejó la huella de su intervención. Se impuso la línea dura dominante y el país pudo tener unas elecciones normales. La represión, necesariamente, se convertía en un acto reflejo del régimen burocrático. La reconstrucción del apa- rato represivo o, mejor dicho, su perfeccionamiento, trataría de hacer también más racional, más “científica”, la defensa armada de las insti- tuciones. En este potencial represivo, cuya instalación no ha termina- do, radica una de las condiciones principales de la última represión: su carácter automatizado y brutal.
¿A quién sirvió todo este potencial represivo? Lo hemos visto: a la clase dominante en su conjunto. Cada vez que se rompe en algún pun- to el control sobre las masas del campo o la ciudad, a las advertencias enérgicas del poder y a la prédica liberal del peligro “reaccionario o imperialista” se suma la impaciencia represiva.
En 1959, millares de trabajadores calcularon mal su fuerza y la fuerza represiva del Estado y no pudieron impedir, pese a las pro- mesas democráticas del gobierno en turno, que su movimiento fuera militarmente destrozado y la resistencia neutralizada por espacio de una década.
Los ferrocarrileros, como los comuneros de París en 1871, como to- dos los movimientos que inauguran una nueva época histórica, tam- bién quisieron tomar por asalto el cielo y dieron muestra de heroísmo incomparable, de audaz instinto de clase en la lucha. Por primera vez, al Estado de “unidad nacional” se le opuso un “poder independiente” que no descansaba, como en el pasado, en los sectores tradicionales y conservadores de la Revolución hecha gobierno. Éste, que ya en 1952 había liquidado, con el concurso del lombardismo, el movimiento de los mineros de Nueva Rosita, sufrió el primer golpe serio, frontal, a su hegemonía. Los ferrocarrileros salían de la noche del charrismo gracias a la dinámica espontánea de su lucha, de la que eran fieles representantes e intérpretes sus dirigentes más destacados. En el contexto de la época, el movimiento ferrocarrilero no pudo enlazar su acción a una visión más racional y coherente de la realidad mexicana, pero señaló un camino, una dirección al movimiento revolucionario

mexicano. La clase obrera emergía como la clase hegemónica, como la base de un nuevo bloque histórico.
A partir de entonces, la represión, cuya historia está todavía por escribirse –y no sólo para “recordar”, como lo exige la memoria histó- rica, sino para comprender los mecanismos de funcionamiento de la violencia organizada–, se ejerce sin discriminación contra cualquier intento de organización independiente del pueblo. No hay, en todo el periodo, un solo movimiento fuera del control oficial, que en situación de conflicto no haya sido orillado a “disciplinarse” o al choque frontal: a su liquidación. Hoy, ante la evidencia, está claro que las bandas criminales son también el fruto directo de la política autoritaria y antidemocrática que controla al Estado mexicano. Su actuación no es ni puede ser extraña a un Estado que ha utilizado la represión para callar los conflictos o para impedirlos. Estas bandas armadas no sur- gen, como en el fascismo clásico, vinculadas a una ideología precisa ni son expresión ni instrumento de un grupo político definido: desde el primer momento nacen ligadas, articuladas, al aparato del Estado.

II.
insurGentes, sociaListas y demócratas

Militancias lejanas

f acultad de e conomía de la u n a m , enero de 2012 1

Uno
Rolando Cordera y yo hemos sido amigos, camaradas, por casi medio siglo. En esa extensa travesía hemos visto y vivido muchas cosas, como todos los que participamos en este homenaje. Juntos emprendimos aventuras políticas; hemos viajado por razones de trabajo o por el goce de compartir el asombro de una ciudad, el surrealismo luminoso de un mural de Matta en Santiago o la infinidad del mar en Manzanillo, esa Arcadia libertaria que fue el hogar del capitán Cordera y su familia; he- mos bebido y comido con desmesura en jornadas festivas pero también en rincones siniestros en tiempos de azoro o angustia. Con Eugenia Huerta, Ana Galván y Roberto López “salimos al aire” durante una década para, una vez concluido el ciclo televisivo, retomar la ilusión de formar filas en una corriente política minoritaria inspirada en el socia- lismo democrático. De entonces viene Configuraciones, la insistencia en darle contenido social a la idea de diversidad que acompaña al plura- lismo democrático; la renovación, si cabe la expresión, del compromiso intelectual de Cordera con la unam, que tiñe sus actuaciones públicas.
Al volver la vista, no imagino a Rolando sin sus amigos del puerto, sin los de su generación de Economía, pero tampoco sin el contrapun- to con Carlos Pereyra, José Carlos Roces, Óscar González, Margarita Suzán y Pablo Pascual; sin la vitalidad de Fallo Cordera para mante- ner la frescura de la vida bien plantada en la tierra.
Recuerdo a Rolando desde los años estudiantiles como un intelec- tual poderoso, haciendo política (o queriendo hacer política), siempre

1 Escrito para el homenaje a Rolando Cordera efectuado el 31 de enero de 2012 en la Facultad de Economía de la unam. Ver: Ciro Murayama, coord., Rolando Cordera Campos: economista, político, maestro, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Estudios para la Transición Democrática, 2013.

a la izquierda. Desde aquellos primeros días en San Simón 62, hace cincuenta años, cuando la casa de Carlos Monsiváis ya era el templo de la nueva izquierda cultural y nosotros unos jóvenes arrogantes con ganas de descifrar los enigmas de la región más transparente, hasta los años de militancia activa junto a los sindicalistas encabezados por Rafael Galván.
No se me olvida una mañana fría de noviembre de 1971 en Parral, cuando arribamos al Salón Brasil, el mismo donde se fundó el Sindi- cato Minero: él daría allí una charla sobre la pobreza, un tema clásico que el llamado “milagro mexicano” había evaporado del discurso y de los salones de la élite nacional. Para nuestra sorpresa, junto a nuestros anfitriones, el público lo formaban cientos de niños vestidos de limpio uniforme escolar, muy en orden, atentos a las palabras del invitado de honor que se esforzaba ejerciendo sus mejores cualida- des pedagógicas. El acto se transmitía por la radio local a toda la co- marca, incluyendo los pueblos de Santa Bárbara y San Francisco del Oro, lugar donde, según la leyenda, se bautizó a los dorados de Villa. Estábamos allí justo cuando los trabajadores en huelga, mineros por añadidura, reclamaban el pago del séptimo día, reivindicación que el magonismo había inscrito en el Programa del Partido Liberal de 1906 y el 123 constitucional fija hasta hoy como un derecho irrenunciable. Habíamos llegado hasta ahí para solidarizarnos con los electricistas democráticos del Sindicato de Trabajadores Electricistas de la Re- pública Mexicana (sterm) que defendían la titularidad del contrato colectivo de trabajo. La ofensiva contra el galvanismo venía a ser otra vuelta de tuerca para silenciar las voces críticas que, luego del 68, y sobre todo tras la represión del 10 de junio, comenzaban a oírse en el país, junto con los rumores del paso de muchos jóvenes a la clandes- tinidad armada.
Obviamente, en esa historia hay materia para el recuento, para el elogio y la crítica, para la nostalgia y el reconocimiento, para la grati- tud y para la emoción, pero la amistad obliga a poner cierta distancia, no como concesión al prurito de la objetividad –que en este caso es imposible– sino como una expresión de respeto a la persona que re-

cibe inerme la carga de nuestras consideraciones. Nadie se merece el castigo de nuestros elogios sin portar en el bolsillo el correspondiente derecho de réplica.

Dos
Aquí nos toca hablar del compromiso con la izquierda, aunque en ri- gor el tema es el compromiso con la Política, con mayúsculas, concebi- da como la actividad que hace posibles las formas de cooperación, que a su vez permiten la reproducción material y espiritual de la comuni- dad, es decir, de la sociedad.
La vocación política de Cordera se expresa en el sentido de Estado que preside su pensamiento, no sólo en cuanto se refiere a los asun- tos específicos del poder y su distribución, a las normas e institucio- nes que rigen los modos de ser y estar de los individuos y las clases, sino por cuanto la suya es una visión integral de la sociedad, donde la economía es economía política y la cultura resulta una dimensión sustantiva, inseparable de la política.
No descubro nada nuevo al señalar que la cualidad característica de Cordera como político es su aptitud para el diálogo, concebido como la parte vital de la deliberación pública, es decir, de la crítica que per- mite tanto a los individuos como a la sociedad fijarse nuevos objetivos y avanzar sin recurrir a la fuerza. A fin de cuentas, las relaciones po- líticas no se fundan en la unanimidad sino en la manera como se asu- men las diferencias y los caminos para resolverlas. El diálogo, añado, no es, por cierto, una manera seráfica de ofrecer la otra mejilla, pues éste presupone –sobre todo cuando median intereses encontrados– la crítica radical de las ideas del otro aunada al más absoluto respeto a su persona. Del diálogo podría decirse aquello que Octavio Paz escri- be de la poesía:

No es un decir: es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.

Como hombre público, Rolando es inflexible ante el sentimentalis- mo que elude la crítica por mera urbanidad. Rechaza por completo la frivolidad en los asuntos que comprometen la dignidad humana y no admite la doble moral que tantas veces es invocada por el senti- do común. Es serio y disciplinado, y puede ser rudo y muy seductor con la palabra, pero es intolerante con la discriminación en todas sus formas, ya sea la que ocurre contra la mujer, el indio o los pobres, o la que se expresa en antisemitismo disfrazado de izquierda. Es un líder intelectual, no un caudillo. Lo mueve la pasión, que no es con- tradictoria con la racionalidad. El punto de partida de su actitud es la capacidad de indignación ante la injusticia individual y social, la cual humilla a quien no puede defenderse en virtud de su debilidad, su ideología o su condición material.
Definiría a Cordera como un ser deliberante en el sentido literal de la palabra que une en su propio significado la necesidad del buen juicio y la urgencia del airear en el debate público todos los asuntos que conciernen a la vida de la gente, cuya participación justifica a la izquierda y la distingue de cualquier otra corriente política. Se trata
–y me adelanto un poco– de una concepción ampliada de la democra- cia en el sentido que le dan al término autores como Norberto Bobbio, Oskar Lafontaine o Amartya Sen.
Entiendo que hay campos específicos de actividad donde se ejerce la inteligencia y se prueban los conocimientos, pero a mi modo de ver lo que define a Rolando, más allá de sus méritos académicos, es la energía intelectual, afilada por la combinación de la visión univer- sal de los humanistas liberales con las preocupaciones iluminadoras, sustantivas, de los socialistas clásicos, pero también, como ya he di- cho, por la mirada abierta a otras fuentes de la creatividad humana, como las artes plásticas, el cine, la literatura y la música. En esa capacidad de elevarse para observar el conjunto sobre las partes, me- diante el ejercicio de la razón en consonancia con los fines éticos, hallo la singularidad de Cordera como un político de izquierda, o mejor, como un socialista. Éste es, pues el rasgo que quisiera resaltar en primer término.

Tres
No toca aquí hacer el recuento de su larga trayectoria, pero me parece interesante subrayar algunos momentos (antes de que la memoria desfallezca por completo), ciertos trazos que nos permitirán, pienso yo, comprender mejor la coherencia del personaje desde sus días ju- veniles como líder estudiantil, cuando asume la presidencia de la So- ciedad de Alumnos de la Escuela de Economía, hasta hoy que, siendo profesor emérito, ha cumplido con las más altas responsabilidades en nuestra Universidad, la unam, y aún se da tiempo para continuar sin descanso una activísima y lúcida tarea intelectual, la cual es in- separable (inimaginable sin él) del compromiso político adoptado en la juventud.
Es difícil describir cómo era a comienzos de los sesenta la vida po- lítica de los universitarios, pero es un hecho que el despertar de la iz- quierda proviene de la influencia de dos grandes fenómenos sociales: el primero, de orden nacional, fue la aparición de una disidencia sin- dical que apostaba a la independencia y la democracia de las organi- zaciones gremiales que el régimen había corporativizado; el segundo fue la relampagueante irrupción de la Revolución cubana en el patio trasero del poder imperial.
Es en ese escenario donde Rolando da sus primeros pasos polí- ticos en la izquierda, que es una minoría dentro de la incipiente Universidad de masas. Apoyado por los dirigentes estudiantiles de la Escuela Nacional de Economía2 que han brindado solidaridad a las huestes insurgentes de Othón Salazar y Demetrio Vallejo, y lue- go se incorporan de lleno al “movimiento de los camiones” –que, en cierto modo, inaugura la participación masiva de los estudiantes en asuntos extraescolares–, Cordera se postula a la presidencia de la Sociedad de Alumnos y gana respaldado en buena medida por el sólido prestigio académico que lo acompaña y por sus reconocidas dotes de polemista.

2 Recuerdo a Eliezer Morales, Eduardo Pascual y Óscar González del grupo Lin- terna.

En tiempos de confrontación con el porrismo mercenario y la dere- cha, Rolando, formado en la tradición liberal, defiende el pluralismo en el ámbito de la autonomía y el laicismo del Estado y se opone al Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, mejor cono- cido por sus siglas como el muro –disfraz de una agrupación antico- munista influida por el clero político al calor de la guerra fría–, pero rechaza la intolerancia que amenaza con la violencia como fórmula para sacarlo del juego. Como señala Gustavo Gordillo, Rolando re- sulta ser una figura polémica, destinada a recibir la inquina de sus competidores políticos, a quienes molesta su independencia de crite- rio, la heterodoxia de las posturas liberales que diferencian sus plan- teamientos, distanciándolos de los grupos aferrados a las verdades de piedra acuñadas por la izquierda tradicional marxista-leninista. Se puede ser de izquierda, entiende Cordera, sin atarse a la concepción soviética o a un modelo de partido o de sociedad futura.
La vocación reformadora (que la propia Escuela de Economía es- timula) lo lleva a seguir la huella del general Cárdenas en el Movi- miento de Liberación Nacional, un paso que le permite vislumbrar la situación en la que se hallan hundidas las regiones marginales tras años de exitoso desarrollismo. En Chilpancingo conoce a Genaro Váz- quez Rojas, dirigente de la Asociación Cívica Guerrerense, así como a otros líderes sociales cuyas voces expresan el creciente malestar popular hacia las políticas del gobierno. Quizá fue allí, en esos viajes al México olvidado, donde Cordera adquirió la visión directa de un país dual, fragmentado, fuerte pero inconcluso, sujeto a la maldición de la desigualdad que ya Humboldt señalaba en una lección de buena economía política que el joven economista jamás olvidará.

Cuatro
Perfilado para desempeñarse en el servicio público, Cordera viaja a Europa con una beca otorgada por la London School of Economics. Es el año 1966. Esa estancia en Londres, que debía servirle sobre todo para obtener la excelencia académica, se transforma en un curso so- bre las grandes tendencias de la lucha social que pugnan por cambiar

al mundo capitalista y a la sociedad construida a escala universal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. A la vista están las insu- rrecciones civiles en Norteamérica y la acción de la juventud contra la guerra de Vietnam, la voluntad de alzar al movimiento guerrille- ro latinoamericano con el Che a la cabeza, la Revolución Cultural dirigida por Mao contra la jerarquía del Partido y la Primavera de Praga. Londres, París y Berlín son las capitales del desencanto de las ortodoxias, vengan de Occidente o de Oriente. Cordera observa la ges- tación del 68 que trasladaría la ilusión de la revolución de los paí- ses “periféricos” al corazón del viejo y asentado capitalismo europeo. Y aprovecha el momento. Participa, viaja, lee, estudia. Está en París a la hora de mayo. Sigue la saga de Sartre y descubre una constela- ción de nuevos intelectuales capaces de mantener el máximo rigor con el mayor compromiso hacia las causas que invocan, en particular al intentar una vía revolucionaria contraria a las servidumbres que el estalinismo convirtiera en cadenas insoportables. En ese punto, Cordera –que no es marxista– se aproxima a Marx a través de la new left, justo en la medida en que ésta se aleja de toda confesión doctrinaria y, por tanto, excluyente, al reivindicar no sólo una nueva lectura de los clásicos (silenciados por el estalinismo) sino la renuncia explícita al catecismo oficial. La nueva izquierda tiene en Inglaterra a figuras como los jóvenes Robin Blackburn, Perry Anderson, y en el continente, entre otros, a Ernest Mandel, representantes del mejor “marxismo revolucionario”. Se alimenta del debate, pero seguirá un camino que irá de la crítica del capitalismo y el rechazo al modelo so- viético ya mencionado a la perspectiva socialdemócrata, concepción a la que arriba, no sin estaciones intermedias, en un proceso que si bien se nutre de una combinación de fuentes teóricas muy diversas, tiene como preocupación central una variable decisiva: la reflexión sobre el país que somos y el país que queremos ser.
De regreso a México, Cordera se encuentra con un ambiente cal- deado por la influencia del mayo francés que él ha presenciado en París. Pero la agitación se circunscribe a la izquierda radical y las iniciativas apenas si trascienden los círculos habituales. En este pun-

to, su interés personal está en la edición de un periódico que brinde la hasta entonces inexistente información de calidad que la situación reclama. De acuerdo con su testimonio, en julio del 68 un grupo for- mado por María Antonieta y Esperanza Rascón, Roberto Castañeda y Alejandro López decide comprobar in situ qué estaba ocurriendo en el casco histórico de la ciudad, donde, según las noticias de la radio, habían estallado gravísimos disturbios estudiantiles. En las proxi- midades de la Preparatoria observan la violencia desmedida desple- gada por los granaderos, las detenciones arbitrarias, la fuerza de la represión. Sacudidos por los hechos regresan a Ciudad Universitaria para informar lo ocurrido. Se van directamente a la asamblea de Fi- losofía y Letras, que preside Roberto Escudero. Allí se hace el primer recuento de ese agitado día. Hay desconcierto y temor, pero el ánimo es alto; la indignación creciente. Al salir de las instalaciones univer- sitarias, la policía, que los ha venido siguiendo desde las cercanías de la Preparatoria, los detiene cuando circulan por el Viaducto. Son conducidos a los separos de Tlaxcoaque, sede de la policía secreta co- mandada por el jefe Mendiolea, un afamado torturador especializado en la persecución de la izquierda.3 Después de varios días de encierro y amenazas, son liberados. El movimiento del 68 estallaba en toda la ciudad. Cordera y sus compañeros ya no serán los mismos.
Como estaba previsto, a la vuelta de Londres Cordera se reincor- pora al servicio público, donde el feliz encuentro con Carlos Tello en la Secretaría de la Presidencia le abre un horizonte de colaboración profesional muy productiva, misma que se vería súbitamente inte- rrumpida cuando el gobierno del presidente Díaz Ordaz decide cesar a Cordera debido a su participación solidaria con el movimiento es- tudiantil. Para fortuna nuestra, la relación con Tello se mantendría en el ámbito personal y universitario. Una década después, siendo el propio Tello secretario de Programación y Presupuesto, Cordera vol-

3 Raúl Mendiolea Cerecero. En 1968 era el subjefe de la Policía Preventiva del Dis- trito Federal. Aunque hay dudas razonables acerca del grado militar que ostentaba, en la época era conocido como “general” o “coronel”.

vería a la práctica profesional a su lado, pero la intempestiva salida de ambos de la administración pública, además de fijar un hito en sus vidas personales, marcaría, simbólicamente, la confrontación entre dos visiones del país, que sería el objeto de un texto fundamental: México: la disputa por la nación, cuya lectura hoy es indispensable para comprender el gran viraje –o el abandono– del proyecto nacional surgido de la Revolución mexicana.4

Cinco
No creo equivocarme si digo que el periodo que va del 2 de octubre de 1968 a, pongamos, el 10 de junio de 1971 y sus secuelas, está marcado por los sentimientos de frustración e incertidumbre. El diazordacis- mo clausura con una oleada de miedo todo espacio de libertad; sin embargo no consigue anular los actos de resistencia, la voluntad de continuar el proceso democratizador inaugurado por el movimiento. Las capacidades y la imaginación se pusieron en tensión para ha- cer creíbles aquellas respuestas que no pasaban por la disyuntiva de elegir entre la pasividad y la violencia, a pesar de las difíciles con- diciones impuestas por la persecución a “todo lo que se moviera”. A los ojos de numerosos activistas resulta indispensable salir del gueto universitario para comenzar a respirar de nuevo, construyendo desde y con la sociedad nuevas alternativa políticas, fundadas menos en la ideología que en el conocimiento del país y las experiencias concretas de las masas populares.
Ésa es, justamente, la ruta que emprende Cordera con sus com- pañeros –maestros y estudiantes– de Economía. El encuentro con Adolfo Orive, discípulo avanzado de Charles Bettelheim en Francia, rinde sus primeros frutos con la fundación de Política Popular, una organización inspirada en el maoísmo, surgida, como otras, a raíz de la crisis provocada por la represión del movimiento estudiantil. Señala Arturo Cano:

4 Rolando Cordera y Carlos Tello, La disputa por la nación. Perspectivas y opciones del desarrollo, 2a ed., México, Siglo XXI Editores, 2010.

Ya para entonces […] habían escrito el documento fundacional de una nueva organización de izquierda: Hacia una política po- pular. Durante mucho tiempo, ese texto será obligatorio en los círculos de estudio de centenares de jóvenes que se esparcen por todo el país para “fundirse con el pueblo”. Ahí se trata de respon- der a una pregunta básica: ¿Cómo construir un movimiento que se autorrija, cómo crear poderes populares en la red de domina- ción corporativa actual, cómo producir un proceso que permita al pueblo de México “hacer su política” y conducir su propio camino al socialismo?5

Como militante, Rolando participa en la redacción de la Hoja Po- pular, donde también colaboran Chele Montes de Oca, Pablo Pascual y Roberto Castañeda.
De esa época (1969) es el ensayo “México, industrialización subor- dinada”, escrito al alimón con Adolfo Orive.6 Se trata de un texto cla- ve en la biografía intelectual de ambos autores, pues marca un hito en la polémica sobre la naturaleza del desarrollo capitalista mexicano y el papel desempeñado por el Estado corporativo. Y lo es no tanto –o no sólo– por lo que tiene de respuesta a la autocomplacencia guber- namental que desborda el discurso de la justicia social, sino porque desmitifica la noción corriente en ciertos círculos que consideran in- compatibles el crecimiento con las formas del capitalismo vigente, a

5 En realidad, asegura Cordera, el autor del documento fue Adolfo Orive. Arturo Cano, “La larga marcha de Adolfo Orive”, en Masiosare, suplemento de La Jornada, 18 de enero de 1998. Para un examen más detallado del documento, ver Luis Her- nández, “El Partido del Trabajo: realidades y perspectivas”, en El Cotidiano, núm. 40, marzo-abril de 1991.
6 Rolando Cordera y Adolfo Orive B., “México, industrialización subordinada”, en Rolando Cordera, comp., Desarrollo y crisis de la economía mexicana, México, Fondo de Cultura Económica (Lecturas de El Trimestre Económico núm. 39), 1981, pp. 153-177. Originalmente el ensayo se editó en 1969 en una serie mimeografiada bajo el sello del Tase (Taller de Análisis Socioeconómico), que pronto se hizo de obli- gada lectura en el debate económico de esos años.

cuyo “estancamiento” atribuyen el atraso persistente. No es que la industrialización carezca de futuro –aclara el texto–, sino que ésta se da y sirve a una lógica que es propia de la situación subordinada en la que se encuentra.
“El capitalismo mexicano es por su condición tardía y subordinada un capitalismo donde casi fundamentalmente se produce para y en función de los capitalistas y de la clase media alta que gira a su alre- dedor”,7 lo cual se explica de esta manera:

… el desarrollo económico del sector público aunado al carácter netamente corporativo del aparato estatal formó un capitalismo y una burguesía de Estado que sustentan su poder indistinta- mente tanto en la posesión de los medios de producción estata- les, cuanto en el desempeño de una función indispensable en la reproducción ampliada del capital social. Es esta burguesía de Estado la que forma, junto con la burguesía corporativa mexi- cana y la burguesía imperialista la clase que en la actualidad domina la sociedad mexicana.8

Al subrayar las peculiaridades de la “burguesía corporativa”, los autores develan el papel central del “control político”, es decir, la función del Estado como garante de la reproducción ampliada del sistema y, en último término, la fragilidad de una modernidad que, “llegado el caso” podría producir “fricciones internas de magnitud di- fícilmente calculable”.9 Es evidente que dichas concepciones, sobre todo la caracterización de la burguesía corporativa, evolucionarían con el tiempo, pero el énfasis en la función del Estado y la crítica a la corporativización se mantendrán como un componente esencial de la visión general de Cordera sobre el país.

7 Ibid., p.169.
8 Ibid., p. 164.
9 Ibid., p. 175.

Seis
Aprovecho para subrayar aquí un rasgo de la actuación de Cordera que define su compromiso con la izquierda: la disposición a darle un lugar privilegiado al estudio y la deliberación colectivos, fomentando la pluralidad teórica y la excelencia. En la época a la que me refie- ro, Cordera se concentra en un proyecto innovador e imaginativo: la constitución del Taller de Análisis Socioeconómico (Tase). Se trata- ba de aclimatar en México un laboratorio de ideas independiente, a partir del ejemplo de los “institutos antiimperialistas” que la nueva izquierda había creado en Londres, París o Berlín siguiendo a Rudi Dutschke o la experiencia del naCla10 en Estados Unidos. Recordé aquellos días en un artículo publicado en 2002, del que retomo ahora algunos fragmentos:

Con la participación pionera de Eugenia Huerta, Carlos Pereyra y Guillermo Ramírez, se publicaba una serie en mimeógrafo con ensayos sobre la economía y el Estado en México; más adelante […] el taller editó en folleto el texto de Carlos Monsiváis La ma- nifestación del silencio,11 que fue, por así decir, la primera gran crónica de los acontecimientos, en una época en que los espacios periodísticos se reducían al suplemento cultural de la revista Siempre! o a contadas publicaciones de limitada circulación.
En pleno diazordacismo, con su existencia crítica, el Taller quiso dar una respuesta racional e inteligente a la barbarie del gobierno, un intento de superar con lucidez el trauma –si eso fuera posible– causado por la represión, al antiintelectualismo que ya entonces se montaba sobre la desesperación y al dogma- tismo que dominaba a los partidos y grupúsculos de izquierda más tradicional. […]

10 North American Congress on Latin America (naCla). Desde su fundación, en 1966, combina la información con el análisis en la perspectiva de darle un piso firme a las tareas permanentes de educación.
11 En: Carlos Monsiváis, Días de guardar, México, Ediciones Era, 1970, pp. 214-253.

No hubo asunto político o teórico nacional o latinoamericano de cierta relevancia que no ocupara la atención del Taller, que sirvió así como un punto de referencia también para la izquierda que se nutría con nuevas camadas de exiliados procedentes de todo el subcontinente.
Recuerdo en particular los debates en torno a las tesis inno- vadoras de Arnaldo Córdova sobre la Revolución mexicana, las discusiones intensas e iluminadoras con Rafael Galván acerca de las perspectivas de la insurgencia sindical y el futuro de los electricistas democráticos que él obstinadamente mantenía en el frente de batalla contra la corrupción de las empresas y la trai- ción del charrismo, o las discusiones sobre la reforma política de 1977 en las que la claridad del Tuti Pereyra prevaleció sobre el romanticismo revolucionario.12

Siete
Tengo presente en la memoria el asedio al que Rolando fue sometido tras los hechos del 10 de junio. Agustín Barrios Gómez, un periodis- ta de la fuente de sociales, autor de la columna “Ensalada Popoff” y titular de un programa de televisión, difundió en horario prime time los nombres de una lista de ciudadanos que, según él, la Procuradu- ría mandaría llamar para esclarecer lo ocurrido en San Cosme. “¿En calidad de qué te citan”, le preguntamos a Rolando? Obviamente, no sabía nada más, pero la divulgación a través de la pantalla de la lista de presuntos imputados ya era, por sí misma, una amenaza que ha- bía que tomar en serio. Cordera, respetuoso siempre de la legalidad, había decidido correr el riego e iba a presentarse ante la autoridad pasara lo que pasara, pero al final ese gesto no fue necesario: al des- baratarse la explicación de que la violencia se había producido como resultado del “enfrentamiento entre dos grupos rivales de estudian- tes”, la Procuraduría canceló el citatorio y no habló más del asunto.

12 Ver: Adolfo Sánchez Rebolledo, “Apuntes de memoria” (en homenaje a José Ayala), en La Jornada, 28 de marzo de 2002.

La atroz intervención de los halcones fue tan notoria que hizo fra- casar la tesis oficial, a la vez que mostró la profunda crisis por la que atravesaba el gobierno de Luis Echeverría, apurado en hacer creer, para salvar la cara, que la represión había sido obra de los “emisarios del pasado” ubicados en el gobierno del Distrito Federal. El presi- dente creía ganar así legitimidad para su llamada “apertura demo- crática”, pero el estallido de violencia confirmaría las profecías de un sector de la izquierda que ya se había decidido a tomar las armas. El radicalismo, que se venía incubando gracias a la represión desde el 68, se extendió, particularmente en algunas universidades del país carentes por completo de vida democrática, como, por ejemplo, la Uni- versidad de Guadalajara. De este modo, el 10 de junio se convirtió en el punto de referencia para las corrientes que desconfiaban de la experiencia pacifista y democrática del 68.13
La oleada izquierdista se instaló en esos días como si fuera la natu- ral (y única) forma de darle continuidad a la acción popular, pero el én- fasis de las críticas se centraba ahora en la denuncia de “los demócra- tas” que impedían el ascenso espontáneo de las masas revolucionarias. En esas circunstancias, y atendiendo al mensaje que nos había trans- mitido Santiago Ramírez, aceptamos la invitación para redactar una suerte de memorándum que debía alimentar la discusión que tenían los exlíderes y ex presos políticos recién llegados del exilio en Chile en torno a la movilización solidaria con el movimiento en la Universidad de Nuevo León. La polémica se centraba en la oportunidad o no de salir a manifestarse cuando ya se avistaba una solución al conflicto en Monterrey, pero en el fondo se planteaba la cuestión de si era viable revivir al movimiento estudiantil, transfigurado en el motor de la Re- volución que algunas corrientes voluntaristas veían a la vuelta de la esquina. La consigna “No queremos apertura, queremos Revolución”, lo dice todo. El Partido Comunista y un buen número de grupúsculos planteaban que era importante tomar la calle para “desenmascarar” a Echeverría, al que reconocían como un simple seguidor de las políticas

13 Sobre este tema, véase el texto “Los halcones, 10 de junio de 1971” (p. 89).

de Díaz Ordaz, sin capacidad alguna de maniobra. Nuestros compa- ñeros, en cambio, advertían del riesgo de manifestarse en abierta con- frontación con el régimen y llamaban a no caer en la provocación. La cuestión, como pronto constaríamos, no era menor.
Luego del 10 de junio nos reunimos Santiago Ramírez, Rolando Cordera, Carlos Pereyra, Bolívar Echeverría y yo para integrar y actualizar las notas que por separado habíamos preparado en torno a la coyuntura del 10 de junio en la perspectiva del nuevo sexenio. Del texto resultante, “La crisis del movimiento estudiantil”, apenas salieron unos cuantos ejemplares impresos en un mimeógrafo rudi- mentario de Santiago, antes de que terminara durmiendo el sueño eterno de los inéditos. Puedo decir que aquellas apresuradas páginas se enmarcan en una idea que todos compartíamos pero que Rolando había establecido como divisa de su trabajo, a saber:

Los procesos económicos son también y desde el principio, fe- nómenos históricos y sociales que adquieren sentido pleno sólo cuando se les concibe como un producto de la interrelación entre el quehacer conflictivo y contradictorio de las distintas clases y los distintos grupos que conforman la sociedad, que alcanza su máxima unidad orgánica en el terreno de la acción política y del Estado.14

Frente a los grupos que no ven en el cambio sexenal más que la continuidad, que se niegan a registrar el reacomodo de fuerzas que se inicia en el plano del capitalismo universal, Cordera ensaya una visión más compleja, y por tanto menos maniquea, que de inmediato tropieza con la resistencia de una “crítica” forjada no ya en el viejo manualismo sino en las seguridades de quien juzga a partir de la ideología sin darle oportunidad a la realidad de ser como es: única, cambiante. El fin del llamado “milagro mexicano” reclama nuevos acercamientos a la realidad. Estudia “los límites del reformismo”

14 Cordera, Desarrollo y crisis…, p. 8.

(del Estado mexicano), los impulsos que dominan la economía y, por consiguiente, las políticas, las alianzas y coaliciones que gobiernan en condiciones de crisis a un Estado que requiere transformaciones sustantivas. México ha cambiado y el mundo también. Se aleja del horizonte rural, se moderniza, pero la desigualdad sigue siendo su rostro más visible, ante el cual la izquierda reitera su oposición aun- que carece de un programa ajustado a esos cambios.

Ocho
Al despuntar los setenta, mientras algunas corrientes provenientes del 68 pretenden influir en la incipiente insurgencia sindical inven- tando caminos no trillados de acercamiento al movimiento de masas, otras, instaladas en el gueto universitario, aspiran a crear en él la fortaleza insular desde la cual lanzar el asalto al cuartel general del capitalismo o, más modestamente, a cogobernar las universidades públicas. En el fondo ambas posturas niegan la experiencia del movi- miento del 68, pues instrumentalizan la universidad, rechazan la au- tonomía y la convivencia plural, que es uno de los atributos esenciales de su permanencia como fuente de otras libertades. Cordera disiente de ambas posiciones. Frente al radicalismo que se extiende como una mancha sobre la izquierda universitaria, plantea la urgencia de recu- perar la universidad para estudiar al país, su historia y su presente, dándole relevancia a la investigación de los grandes problemas nacio- nales, pues ninguna estrategia se abrirá paso si no está articulada a un programa riguroso, fundado en el mejor conocimiento teórico de lo que somos como nación. Al mismo tiempo, exige que la universidad de masas reconozca, sin demérito de sus funciones esenciales, el nuevo contexto laboral y académico.
Se declara socialista, como la mayoría de la izquierda, pero huye de las generalizaciones transmitidas por las redes partidistas según sus propias denominaciones de origen. Rescata la tradición igualita- ria como fuente germinal de su conducta y asume que la clave de la crítica para entender la realidad “del capitalismo desigual y combi- nado” –frase de Trotski que le gusta citar– está en el empleo virtuoso

de los medios teóricos elaborados por las ciencias sociales. Se trata de exigir “el latín para las izquierdas”, como planteara Alfonso Reyes, no de reducir sus aspiraciones culturales a la mínima expresión in- telectual. Hay en este rechazo temprano a la ortodoxia un intento de comprender las tareas de la izquierda sin prejuicios, atendiendo a la realidad más que al deber ser doctrinario, lo cual lo acerca a la vi- sión reformista emparentada con la crítica fundadora de John Stuart Mill y, en otro sentido, a la experiencia de liberalismo estadounidense para hacer de la política de masas progresista el eje del pacto social con el Estado.15
Con todo, el tema estratégico que desde muy temprano define a Cordera como político surgirá de la certeza de que detrás de la ri- gidez del régimen político mexicano; de la quiebra del “desarrollo estabilizador” oculta tras la crisis ideológica del poder, no palpita, como muchos creímos, la revolución socialista, sino la democracia, inseparable de la búsqueda de la justicia social que está a la orden del día para domeñar a las fuerzas ciegas del capitalismo. Ésa es la lección ulterior del 68. Ésa será la dura enseñanza que, años des- pués, el asesinato del presidente Salvador Allende en Chile plan- teará a la izquierda universal al debatirse la actualidad de las re- formas y la democracia en la lucha por el socialismo. Hoy el tema

15 Ese recorrido, sin embargo, no es unívocamente político. Se nutre de la cultura. No es infrecuente hallar en los textos de Cordera referencias a Simone de Beauvoir, a su maestro Keynes o a Gramsci, Polanyi o Kalecki, pero también a F. D. Roosevelt y al New Deal, que es fuente de inspiración y enseñanza sobre la crisis capitalista. Cordera fue de los primeros en aprovechar la obra de Paul Baran, de Eric Hobsbawm, de Ernest Mandel, pero también de pensadores como Tony Judt. Esa inquietud por no desvincular la teoría de la cultura y la política devino en admiración temprana de periodistas como Pepe Alvarado, de escritores como Carlos Fuentes y, desde luego, como Carlos Monsiváis, a quien lo unirá un fuerte lazo fraternal fundado en la inte- ligencia y el respeto mutuo, así como en el gusto por algunas imágenes emblemáticas del siglo xx. ¿Cómo olvidar a Bogart en Casablanca o la saga fronteriza de Orson Welles con Marlene Dietrich en Sed de mal, o Blade runner, que él me recomendó? La formación de Rolando está en relación proporcional con su curiosidad, con la vo- luntad de leer como placer y fuente de sabiduría, atendida con disciplina y rigor.

parece no tener demasiadas aristas, pero en el curso de la guerra fría no todas las ideas parecían contener los significados que hoy les damos a las palabras.

Nueve
En esos años, comparto con Rolando la rica experiencia de Punto Crítico. La revista fue en cierto modo el laboratorio que nos permitió debatir sobre los cambios ocurridos en el país y examinar los detalles de la coyuntura, desde una perspectiva y una clara intencionalidad política. Se trataba de darle sustento, cohesión y permanencia a una corriente socialista cuya presencia no dependía de los partidos o grupos existen- tes y, más bien, discrepaba de las prácticas que eran comunes a los grupúsculos de entonces, alineados casi siempre con un centro dirigen- te que podía estar en París o Moscú. Esa tendencia (que en los hechos era muy diversa) reivindicaba el papel estratégico de las ideas en la elaboración política, así como la supremacía del programa sobre las obsesiones organizativas que, en realidad, dividían a las izquierdas.
Y al poner en el eje de sus preocupaciones al movimiento de ma- sas no pretendía mimetizarse con él, como haría con éxito el maoísmo, sino darle puntos de apoyo, relaciones, útiles para su desarrollo. Punto Crítico era en ese sentido una revista militante, no una organización partidista. Surge como un proyecto colectivo en el que participan por igual líderes y activistas del 68, profesores y estudiantes, trabajadores y profesionistas que, en conjunto, ayudaron a forjar una interpretación de la realidad que en principio no se hallaba sujeta a la camisa de fuer- za de la ideología.16 Allí, junto a Rolando y sus compañeros aprendí el

16 La idea de hacer una revista surge en Lecumberri pero se concreta en 1971. Los principales impulsores fueron Raúl Álvarez Garín (alma y motor del proyecto), Gil- berto Guevara, Roberto Escudero, Félix Hernández Gamundi, Eduardo Valle, Luis González de Alba. Raúl también invitó a Rolando y a Carlos Pereyra. Cordera atrajo al grupo del Tase que, entre otras tareas, produjo la mayor parte de la información económica que se publicó en la revista. En ese grupo estaban José Ayala, José Blan- co, Elena Sandoval, Roberto Cabral, R. Arroyo, Jaime Ros, además de Rosa Elena Montes de Oca y Fernando Rello, que atendían las cuestiones del mundo rural. No

abecé de la economía, que pasó a ser, crisis de por medio, un artículo común en la prensa diaria. La aportación intelectual de Cordera fue decisiva para trazar una línea de acción comprometida con las luchas populares que se estaban desplegando en todo el país, sin dejar de lado la urgencia de elaborar un conjunto de tesis capaces de entender las necesidades de México en el mundo. Dicho compromiso se expresa en la colaboración con la revista Solidaridad, que marca el comienzo de una larga y venturosa relación con Rafael Galván, la cual se mantendría hasta el fallecimiento del líder electricista. Fue en esa época cuando Ro- lando proyectó todas sus energías a la creación de una alternativa sin- dical capaz de darle cauce a los cambios ocurridos en la composición del magisterio universitario y en la universidad pública. El nacimiento del Consejo Sindical, junto al intercambio crítico con Galván, permitirían la evolución de Cordera hacia una nueva comprensión del Estado y las tareas del movimiento popular que lo acercarían cada vez más a la de- mocracia social como la fórmula definitiva de su interpretación política. En este punto, ruego al lector me permita una digresión personal.
Para muchos de nosotros, marxistas de origen, el reformismo de hoy es en primera instancia el resultado de (como decía Lukács en sentido inverso, y le gustaba repetir a Pereyra) la no actualidad de la revolu- ción. Por más que los objetivos parezcan justos y deseables hay una imposibilidad real, objetiva y subjetiva de alcanzarlos, sin importar la hipótesis invocada, pues todas ellas al final son variantes de las tesis elaboradas por la III Internacional, que el tiempo y la historia fue deslavando hasta probar su ineficacia.
El reformismo, pues, implica desde este punto de vista el fraca- so de la interpretación que pretendía dar cuenta del movimiento de la sociedad. No se trata, entonces, de una elección moral ante, por ejemplo, el papel atribuido a la violencia popular o las formas de ena-

eran los únicos provenientes de Economía. Más adelante, una vertiente de esa actividad crítica halló en la revista Cuadernos Políticos, editada por Era bajo los auspicios de Neus Espresate y Vicente Rojo, un cauce muy apropiado para canalizar el debate intelectual que vive un momento de verdadera vitalidad.

jenación propias del capitalismo. Sencillamente, la revolución ha des- aparecido de la escena y es necesario buscar otro horizonte, habida cuenta de que el capitalismo, con sus contradicciones, sigue presente. La cuestión es cómo hacer factible una sociedad más justa a partir de un orden cuyo funcionamiento contradice su propia racionalidad. ¿Es posible? Para Rolando Cordera –y quiero ser cuidadoso para no poner en sus labios palabras que él no diría– ése es, justamente, el camino que la izquierda ha de recorrer para que el principio de igualdad no desaparezca de la sociedad moderna. El secreto está en el Estado, en la capacidad de subordinar los intereses particulares al bienestar general en un régimen constitucional de derecho.
En otros términos, lo que para algunos fue en primera instancia aceptación de una imposibilidad, en Cordera es el punto de partida para darle viabilidad al socialismo, considerado como un elemento ci- vilizatorio en medio de la irracionalidad capitalista que reproduce la desigualdad, que es, por así decirlo, la prueba del ácido para definir a la izquierda. No obstante, dicha conclusión es justamente el comienzo de una compleja evolución más que la súbita mutación de las ideas. El mismo Cordera reflexiona en una entrevista con Hernán Gómez sobre las huellas de dicha transformación. Recuerda que, al plantear- se lo que sería el Movimiento de Acción Popular:

… el nuestro era claramente un reformismo democrático y demo- cratizador de los núcleos centrales del autoritarismo priista que eran los sindicatos. Fue en estos últimos en donde se dio nuestro enfrentamiento y nos derrotaron. No era la reforma político-elec- toral lo que a nosotros nos articulaba, sino todo el problema del sindicalismo y de la participación del Estado durante el desarro- llo social y económico.17

17 “Logramos desplegar una buena presencia en la Cámara”, en Hernán Gómez Bruera, Conversaciones con la izquierda mexicana a 25 años de la reforma política [blog], 2007. Disponible en: <http://izquierdamexicana-guerrillero-dandy.blogspot. mx/2007/01/conversaciones-con-la-izquierda.html>.

Fue más adelante, con la crisis de los ochenta y el posterior de- rrumbe del socialismo estatal, en coincidencia con el fin del ciclo del Estado de la Revolución mexicana, cuando las ideas reformistas se identificaron sin mediaciones con la socialdemocracia:

Si se quiere mantener una posición socialista de transformación de la sociedad no se puede evadir la fórmula socialdemocrática. Claro, hay que definir cuál es la forma socialdemocrática hoy: la única válida, todavía vigente, es combinar reformas a la socie- dad y al Estado a través de la democracia y bajo la restricción democrática.18

Diez
Tal evolución se da a partir de la experiencia y el estudio de la Ten- dencia Democrática y la sociedad mexicana a fines de la década de los setenta. En el artículo “Galván, las claves de su pensamiento”, resume las tesis que en ese momento –1980– marcan su evolución teórica, así como los postulados que orientarán el discurso político de la corriente agrupada en el map. En primer término, la necesidad de ver al país desde la perspectiva nacional, siempre vinculada a la historia y a la constitución de las clases sociales en México. En segundo lugar, la ur- gencia de revalorar la concepción del Estado para dejar de considerarlo como una simple caja de resonancia de las clases y entenderlo como un espacio donde se confrontan los distintos proyectos de nación. Tal enfoque del Estado es la piedra angular de eso que en dicho artículo Cordera denomina “reformismo reformador”, distinción necesaria para ubicar el sentido histórico de la propuesta como un legado de las más profundas experiencias transformadoras de México.
Al privilegiar el significado de la experiencia nacional, el reformis- mo de Galván adquiere un contenido que lo aleja de las versiones socialistas que se disputan la hegemonía del movimiento clasista internacional, y lo inserta en la realidad como un discurso sobre la

18 Ibid.

naturaleza del Estado mexicano, su función y sus potencialidades, habida cuenta del papel decisivo que éste ha desempeñado al modelar (y modular) la sociedad de clases del siglo xx. Glosando la aportación de Galván, e influido por la lectura refrescante de Gramsci, Cordera se refiere al Estado de la siguiente manera:

No se trataba, por lo demás, de un campo “vacío” sino de un sis- tema complejo donde se condensan en instituciones y leyes, las relaciones y contradicciones que tienen lugar entre las distintas fuerzas sociales. El Estado, así, no es una simple, o compleja, “caja de resonancia” de las clases, también da cabida a fuerzas con capacidad real de acción política, a lo que llamaríamos “fuer- zas estatales” que, afirmaba Galván, deberían recibir un trata- miento específico y de ninguna manera uniforme, tal y como se haría desde una perspectiva reduccionista.
El Estado no sólo concentra el poder social y “organiza” a la clase dominante y desorganiza y contiene a las clases y capas ex- plotadas y dominadas. También incorpora, en instituciones y le- yes, en usos, abusos y costumbres, en rituales y ceremonias, al conjunto de la historia nacional y popular. Por ello, como la na- ción, el Estado no puede verse como el producto unívoco de una dominación clasista: exclusiva o excluyente; es también el resul- tado, contradictorio pero vivo, un tejido que también la “voluntad” popular ha contribuido a hilar, gracias y sobre todo a la imponente movilización proletaria de los años de Cárdenas. Y ello a pesar de la innegable desnaturalización de este contenido popular impues- ta por la evidente consolidación burguesa y el deterioro progresivo de las fuerzas “históricas” del Estado nacional.19

Es esta visión la que abre las compuertas a nuevas reflexiones en torno al cambio social y político que madura en México. Rolando parte

19 Rolando Cordera, “Rafael Galván: claves para una estrategia”, en Solidaridad,
Homenaje a Rafael Galván, número extraordinario, 27 de septiembre de 1980, p. 133.

de la necesidad de la democracia pero entiende que el desmantela- miento del viejo régimen dará lugar a un Estado de transición en el cual se consigue la implantación de procesos electorales creíbles como un paso que no agota la necesidad de otras profundas reformas en el régimen político, habida cuenta de que no es viable pensar en una democracia montada sobre la desigualdad que marca la singularidad del país.
A diferencia de la democracia estadounidense, que es el modelo de la derecha política, Cordera plantea la urgencia de hacer valer la especificidad del camino mexicano a la democracia, no por un afán nacionalista o insular, sino porque se hace necesaria una elaboración original:

… en torno a la democracia que recoja, entre otros elementos, los contrastes, las desigualdades y las sinuosidades del desarrollo desigual; los rasgos “precapitalistas”, la permanencia del mundo indígena en el Estado, la certeza de que la historia del capitalis- mo no es toda la historia de México, también, la cuestión de las empresas nacionalizadas, de su gestión y su reorientación, y jun- to con esto el problema más amplio de la gestión del Estado en su dimensión socioeconómica: la cuestión de la planeación econó- mica y social. Sería a lo largo de esta elaboración de orden estra- tégico, que podría irse “fijando” una nueva trama institucional que diera concreción, con vistas a una irreversibilidad efectiva, a los avances que tuvieran lugar en el terreno de la lucha nacional y por reformas. Se estaría hablando entonces de un auténtico estado de transición.20

La derrota del sindicalismo democrático, en particular de la Ten- dencia Democrática de los electricistas, orilló a un replanteamiento de las ideas e inquietudes que en buena medida representaba y ex- ponía Rolando Cordera, preocupado por abrir el debate a los gran-

20 Ibid., p. 134.

des temas de la desigualdad y la democracia. La llamada reforma de Reyes Heroles puso a la orden del día la necesidad de la organiza- ción política. Rolando fue de los primeros entre nosotros en defender la constitución de una asociación política. Luego, la unidad de las izquierdas creó una disyuntiva: o dábamos el paso adelante y nos uníamos al esfuerzo unitario o nos quedábamos fuera de la reforma política que, potencialmente, abría la posibilidad de lograr cambios en la correlación de fuerzas nacional, mejorando la posición de la iz- quierda. Rolando encabezó el debate interno y lideró nuestra incorpo- ración al naciente Partido Socialista Unificado de México. A lo largo del recorrido de fundación –y más tarde en la dirección del partido– aportó la energía intelectual, la firmeza y la flexibilidad para actuar en un terreno desconocido y muchas veces hostil. Dejo anotado, sólo para el registro, el extraordinario papel que desempeñó al frente del grupo parlamentario del psum en la Cámara de Diputados e invito a los interesados a consultar el Diario de los Debates de aquellos días para aquilatar al político en su estado natural.
Sin duda, la democracia define hoy las relaciones políticas, pero las observaciones medulares de Cordera aún siguen vigentes. La transformación democrática de la vida política no continuó con el reordenamiento institucional de la República, de modo que los gran- des desafíos planteados persisten junto con la desigualdad y otros lastres. Frente a esto, la izquierda parece conformarse con lo alcan- zado hasta ahora, olvidándose de que la adhesión a la democracia es apenas el punto de partida de su propio proyecto social y político, es decir, un proyecto nacional capaz de fundar un nuevo ciclo de desarrollo social bajo las condiciones concretas de un mundo globali- zado afectado por la crisis del capitalismo. “La diferencia específica de la izquierda no es el compromiso democrático”, que corresponde a todos los actores, sino el que tiene que tejer con el logro de una equidad robusta pero difícil, “… que no sea soslayada ni dejada a un lado una y otra vez con el pretexto de que lo que urge enfrentar es el panorama ignominioso de la pobreza de masas, extrema y durade- ra”, señala Cordera, y agrega:

Para la izquierda no debería haber equívocos: no hay superación efectiva de la pobreza si no se ataca de frente la desigualdad, no sólo en accesos u oportunidades sino en riqueza e ingresos. No habrá tampoco democracia productiva y eficaz que no contemple explícitamente a la desigualdad como una amenaza central a su duración y reproducción.
Demostrar esta centralidad “negativa” de la desigualdad para el desarrollo democrático es una misión de la izquierda…21

Una tarea semejante presupone, ciertamente, recrear el reformis- mo reformador que inspiró los grandes momentos de la Revolución mexicana, lo cual no será sencillo, toda vez que la izquierda, en el afán de echar abajo el autoritarismo priista, contribuyó “por omisión o confusión a legitimar”, subraya Cordera, el deterioro de “los meca- nismos (autoritarios en lo fundamental) que tenía nuestra sociedad para auspiciar, incitar o imponer decisiones en materia de coopera- ción entre las fuerzas sociales, los grupos económicos, los individuos y las comunidades”.22 Este abandono de la cooperación requiere sus- tituir el discurso dominante. Frente a la pretensión ilusoria de que el mercado induzca a la “cooperación”, él reivindica la intervención del Estado, no para sustituir a los agentes privados que producen mercancías, sino para “administrar derechos”, entre ellos el acceso al trabajo y la seguridad social, cuya garantía, al igual que la libertad de expresión, exige sustraerlos a la lógica del beneficio. Finalmente, como escribe el socialista Josep Borrell, “es la desigualdad reproduci- da por el capitalismo la que hace inviable la igualdad política de los ciudadanos y conduce a la dictadura”.23

21 Rolando Cordera, “Los días de la izquierda: aproximaciones sucesivas”, en Nexos, núm. 348, diciembre de 2006.
22 Rolando Cordera, intervención en la mesa sobre reforma del Estado organizada por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México en agosto de 2007.
23 Josep Borrell, “Sobre la renovación y la identidad de la izquierda”, en El Siglo de Europa, 12 de mayo de 1997.

En los años recientes, Rolando Cordera ha dedicado enormes es- fuerzos intelectuales a formular una visión integral en torno a la cuestión social como eje de todo posible renacimiento nacional. Sus trabajos –y el compromiso personal– promueven la deliberación para definir los grandes objetivos de esa agenda que sólo puede llevarse hasta sus últimas consecuencias si la hace suya la izquierda al frente de una gran coalición popular. Apoyó a la coalición Por el Bien de To- dos y trabajó seriamente para crear una alternativa creíble, capaz de concretar un proyecto de desarrollo contrapuesto a las tesis “ortodo- xas” que han llevado a la crisis al mundo capitalista. Esto implica dis- posición y mente abierta, voluntad política y grandeza moral. Como en otras épocas, vuelve a las enseñanzas de Otero y escribe:

Imponer un nuevo rumbo al bienestar social no se limita por lo tanto al ámbito económico (aun cuando es claro que con la mitad de la población en condiciones de pobreza, no existen posibili- dades para que se concrete un desarrollo abierto y competitivo como el que se ha buscado implantar en los últimos lustros), la pobreza también impone límites a nuestra opciones democráti- cas y, si no impulsa, sí justifica la irrupción de opciones antide- mocráticas aunque se presenten como justicieras. Esto permite proponer, de nuevo, la cuestión social como una parte orgánica de un acuerdo político en lo fundamental. Éste podría empezar a corregir, de modo sostenido, los extremos de la desigualdad y la pobreza. Al llevarlo al terreno de la asignación de los recursos públicos, a través de los presupuestos y las leyes impositivas, así como de la política de descentralización y construcción fede- ralista que hoy parece tener gran consenso, este pacto o acuerdo podría convertirse en mecanismo de concertación social que re- forzara las capacidades de cohesión nacional que hoy se busca con la democratización de la política y del Estado.24

24 Rolando Cordera, “Cultura y política frente a la sociedad desigual” [en línea], s.f., en: <http://www.rolandocordera.org.mx/pobreza/politica.htm>.

Tomo prestado este poema para Rolando en sus setenta años:

No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
por diez lugares suyos, cierta gente,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia, montañas
–y tres o cuatro ríos.

José Emilio Pacheco, Alta traición.

Memoria de la guerra de los justos
de Gustavo Hirales

l eído en la presentación del libro Memoria de la guerra de los justos en 1996 25

A Pablo Pascual

La mañana del 17 de mayo de 1973, hace ya casi un cuarto de siglo, fueron asesinados en Culiacán el funcionario universitario Carlos Humberto Guevara y el estudiante Pablo Ruiz García. Las primeras noticias que ese día nos llegan al Distrito Federal son confusas, pero a la distancia un hecho está claro: en la Universidad de Sinaloa se vive una situación de violencia de un signo hasta entonces desconocido e inimaginable.
No sabíamos, en efecto, quiénes eran ni de dónde provenían los en- fermos, pero de una cosa sí estábamos seguros: la enfermedad del iz- quierdismo, que entonces irradiaba desde el gueto universitario, era una degradación del movimiento estudiantil, contrapuesta a los más elementales principios de la ética revolucionaria.
Candorosamente, no creíamos que los autores de aquellos actos dirigidos a “destruir la Universidad-fábrica” fueran simples izquier- distas delirantes: había algo más, tenía que haber algo más tras esa actitud provocadora.
Los estragos que causó el paso del radicalismo por las universida- des fueron múltiples y están bien documentados. Fenómeno complejo, la enfermedad pasó a ser en su época sinónimo de locura, dogmatis- mo e irracionalidad. Pero todavía tuvieron que ocurrir otros hechos, a cual más absurdo y provocador, como el secuestro y asesinato de los empresarios Fernando Aranguren y Eugenio Garza Sada, para

25 Un fragmento de este texto se recoge en el artículo “Los enfermos y La guerra de los justos”, en La Jornada, 23 de mayo de 1996.

que descubriéramos hasta qué punto ese fenómeno estudiantil era ni más ni menos que la expresión de masas de la Liga Comunista 23 de Septiembre, organización que aglutinaba al grueso de las fuerzas guerrilleras urbanas.
La posterior represión contra el movimiento armado puso en el primer plano la defensa de los presos políticos y la exigencia de pre- sentación de los desaparecidos. Tenemos a la vista los testimonios aterradores de la infinita impunidad de los cuerpos de seguridad en nuestra nunca aclarada guerra sucia, pero no hubo jamás un examen mínimamente riguroso sobre el significado de la lucha armada para la izquierda que buscaba nuevas alternativas.
A fines de los años setenta, a nadie le preocupa mirar hacia atrás: la reforma política da vuelta a la hoja, el libro se cierra. La amnistía
–ahora sí– es total.
Jamás supimos a ciencia cierta qué había pasado en esos años de violencia clandestina, nos conformamos con las generalidades de siem- pre en torno a la dialéctica entre la injusticia y la represión como causas del movimiento armado. A pocos les urge indagar sobre sus orígenes, escarbar en la dimensión social y psicológica de ese fenóme- no político, atender a las preguntas existenciales que los guerrilleros pretendían responder; en fin, saber quiénes son, de dónde vienen, a qué clima moral y cultural se deben estos nuevos y arcaicos guerreros de los años setenta mexicanos.
Gustavo Hirales se ha propuesto contarnos esa historia (cuyas lí- neas generales, más explicativas, digamos, dejó bien establecidas en un texto esclarecedor: “La guerra secreta”, publicado en Nexos hace casi quince años)26 mediante un testimonio novelado: Memoria de la guerra de los justos.27 Aquí intenta librar con nuevos medios expre- sivos la batalla contra el olvido que apaga las espectrales imágenes de una época que ya a nadie parece importarle, pero que la realidad tercamente nos obliga a frecuentar una y otra vez. Hurga en los re-

26 Gustavo Hirales, “La guerra secreta, 1970-1978”, en Nexos, núm. 54, junio de 1982.
27 Gustavo Hirales, Memoria de la guerra de los justos, México, Cal y Arena, 1996.

sortes esenciales que llevan a un grupo de jóvenes comunistas a rever- tir la derrota del 68 en un fulgurante relámpago revolucionario. Es una historia sobre la utopía y la desesperanza, pero es, también, el recuento personal de un drama moderno: la desilusión del mito de la violencia como un acto redentor, supremo, necesario de la historia.
Memoria de la guerra de los justos es una autobiografía novelada, a la vez que un relato confesional y un reportaje irremediablemente egocéntrico, vibrante, dibujado con la concisión del periodismo y la energía del militante. Hirales describe, relata, ironiza, para consta- tar –locura y represión de por medio– cómo es que los fines más altos se enajenan a los medios; la fatalidad que los hace sucumbir sin re- medio ante las miserias de la condición humana, el instinto acorra- lado, la desesperación. Es, en efecto, un testimonio acerca de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Hirales describe sus orígenes y accio- nes, el pensamiento que la domina, los ideales sembrados en años de represión y dureza autoritaria. Pero su relato es, a final de cuentas, el registro de la ruptura interior que acompaña y sucede al derrumbe del Mito, a la desintegración política y moral de la “Orga” –la organi- zación–, al descubrimiento intransferible, personal, terrible, de que bajo la utopía del hombre nuevo también florecen la irracionalidad y la muerte.
Hirales nos cuenta esa historia doblemente secreta –porque es ín- tima y clandestina– para establecer la premisa que da sentido a la tragedia: mostrar cómo fue posible que la clara superioridad moral (“sobre la masa de mediocres y arribistas que aquí, allá y en todas partes, se disponían a venderse”)28 de la guerrilla se convirtiera “en un baño de sangre, mierda y locura terrorista”29 que ninguna repre- sión puede hacer expiar. Premisa que se hará insoportablemente do- lorosa cuanto más claramente se descubra que tras el impulso reden- tor se esconde, en realidad, una fe, tan mística e irracional como la religión o la ideología que se dice combatir. En suma, que una causa

28 Ibid., p. 169.
29 Ibid., p. 282.

aparentemente justa puede no serlo. Los actos de los hombres, sus aciertos, pero sobre todo sus errores, jamás son casualidades. El azar se encadena de alguna forma misteriosa (a la manera del arte) para convertir un hecho fortuito en una causa desencadenante de proble- mas latentes:

Éramos rebeldes, cabrón, creíamos en la integridad del hombre, de todo hombre sobre la tierra, queríamos cambiar el mundo para bien, para hacerlo más bello y más justo, y estamos terminando como viles resentidos, como “la secreción nefasta y descompuesta de una impotencia prolongada…”.30

Fatalidad que resulta obscena al conocerse que los actos más abo- minables, como la muerte de los secuestrados, resultan ser el último eslabón de una serie de coincidencias desafortunadas en una pista sin regreso. Pero, en última instancia, ¿quién responde por el azar cuando has decidido convertirte “en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar”, justificada por “una causa que es la más grande, la más universal de todas. ¡La causa de la redención de la Humanidad!”(Che).
Hirales nos transmite muy bien la atmósfera pesada que respi- ran los personajes: el clima viscoso y tenso de la clandestinidad, el inefable culto a los güevos como punto de referencia ontológico. En ese mundo, en rigor, no hay país. El único paisaje reconocible es el de la represión y el miedo… omnipresente y omnipotente… “que todo lo cuaja, todo lo paraliza, lo aguada todo; es lo único que realmente existe”.31 La cocina de la historia se limita a unos cuantos espacios identificables: la casa de seguridad, el sótano del torturador, la cárcel. Fuera de la clandestinidad está el desierto. En esa soledad, el hom- bre armado es la única criatura digna de la historia. Y, sin embar- go, es imposible no reconocer tras la densidad de la ideología a una

30 Ibid., p. 268.
31 Ibid., p. 39.

generación, un país, una época. Dos personajes nocturnos, obsesivos y feroces la definen, aunque en esencia son incomparables: el coro- nel –Nazar, Nazario– y Oseas –el jefe Oseas–. Tezcatlipoca negro y rojo, en cuyos humeantes espejos se descubre in fraganti la violencia mexicana de los años setenta, el mesianismo revolucionario llevado al límite, la presión acumulada en la olla de tres décadas de desarrollo estabilizador… Presente, sin fecha de vencimiento, la intransferible responsabilidad de la autoridad: Nazar cuidando las formas mientras oficia en los sótanos de la tortura: él, sólo él es el Estado perseguidor y autoritario, selectivo, dispuesto a saltar como un tigre sobre su presa, amparado en la impunidad. Contra él, la violencia sacralizada como fuente de purificación, la secta marginal que vomita fuego para miti- gar su aislamiento. Ellos son los caballeros simbólicos de la guerra, enarbolando sus banderas de muerte; el victimario y su víctima, tan mexicanos y tan universales, tan lamentablemente hijos del siglo xx, tan modernos. En ese callejón no hay escape, pues seguimos someti- dos a los designios de una moral que sólo permite al individuo optar por el sacrificio como única salida.
Pero el heroísmo, si existe algo semejante, es una indefinible vi- vencia interior. La guerra es apenas el sonido opaco de las balas des- garrando el cuerpo distante de alguien sin rostro. La Historia esca- motea su presencia tras los jales, fugaces soplidos de violencia, sin dramatismo, sin adornos…

[…] pero nosotros: pobres pero orgullosos hijos de la tormenta, de las crisis, de las disoluciones (familiares, ideológicas, sociales), parados frente a la interminable lluvia de babas, desdén, miedo y mentiras; batidos por el acre y polvoso viento de la esperanza y la desesperanza popular; nosotros, con el lodo en las cejas y el amargor de mil derrotas entre los apretados dientes; nosotros que, como Revueltas, no queríamos sino que nos pasara “algo grande”; nosotros, huérfanos de cualquier liderazgo moral o inte- lectual, sin verdaderos arquetipos nacionales, debíamos levantar los nuestros propios, crear nuevos liderazgos, consumirnos en la

única hoguera que nos era asequible, en la llamas crepitantes de la Revolución…32

Ese hombre activo y pesimista a la vez (tomo de Malraux las pala- bras), arropándose, para ser él mismo:

… [bajo] el único mito que nos habían dejado intacto; llevába- mos el sagrado nombre de la revolución inscrito con sangre en nuestras deshilachadas banderas, tatuado en la piel: habíamos jurado que sólo combatiríamos por algo inconmensurable, por aquello que en nuestro tiempo “estuviera cargado del sentido más fuerte y de la mayor esperanza”…33

Reminiscencias del Che y Lenin, pero sobre todo de Sorel, de los nihilistas, y aquí, en el contexto particular del relato, del fascismo; contrapunteo entre la misión histórica autoatribuida y las pequeñas miserias de la cotidianeidad a través de las cuales fluye la vida, esa existencia real y concreta que inútilmente se trata de cegar. Nin- gún interés propio, ningún sentimiento, ningún vínculo… decía Net- chaiev.34 La Liga sanciona: “no children, man; hijos no, porque ‘en- torpecen el cumplimiento de las tareas revolucionarias’”.35 En fin, el hombre “nuevo” se ahoga bajo las “querellas y el mugrero que, una y otra vez, aparecen en las organizaciones que dicen representar los intereses humanos más ‘vastos’”.36 Que “hasta para coger eras peque- ñoburgués”, que “hacen mucho ruido al coger”, que “el proletariado es más discreto en eso”. Les dicen.37

32 Ibid., p. 171.
33 Ibid.
34 Serguéi Netchaiev, Catecismo revolucionario. En: <http://www.taringa.net/posts/ apuntes-y-monografias/9805507/Catecismo-del-Revolucionario.html>.
35 Hirales, Memoria de la guerra…, p. 53.
36 Ibid., p. 39.
37 Ibid., p. 53.

El fundamentalismo se sostiene sobre la fe ciega. La duda –cual- quier duda– es una amenaza para las ilusiones de los demás. Como Koestler, en su Dialogue with death, él se pregunta: “Y en la espera,
¿a qué dioses te encomiendas, eh, ateo?, ¿eh, marxista?”.38 El lengua- je crudo, directo, eficaz, verosímil, mantiene la fuerza dramática del relato, a pesar de algunas recaídas retóricas…

Pero tú, terrorista, execrado por los que saben, por los conscien- tes, ajeno y anónimo ante los que no saben, desconocido para la inmensa mayoría de aquellos en cuyo nombre crees luchar, ais- lado de tu propia cohorte, la de los otros subversivos y armados, apestado en el flanco izquierdo de la vida; tú que blasfemaste contra todo lo sagrado; tú narciso, iconoclasta, que ibas arrasan- do dogmas sólo para inmediatamente sustituirlos por otros nue- vos, creador de monstruos de la razón retorcida, en esta hora de la verdad, en la única hora verdadera de todo hombre sobre la tierra, dinos, ¿cuál es tu verdad?39

El G. no ve de pronto la luz, pero duda… Y si hemos de creerle, ésa es, a fin de cuentas, su única verdad: “Quiere creer que su eventual muerte –y su vida– representa una contribución, toda lo modesta que se quiera, al cumplimiento de los altos fines de la Historia. Pero duda, siempre ha dudado, ésa es en parte la causa de sus desgracias, pre- sentes y pasadas”.40
Memoria de la guerra de los justos es, pues, un testimonio novela- do, la visión subjetiva de hechos que vivimos de muchas otras formas. A veinticinco años de distancia es difícil impedir que el recuerdo se convierta en ficción. Por ello, más que la exactitud histórica, interesa la autenticidad, de modo que –aquí sí– la narración tenga coinciden- cias deliberadas con la realidad. Un tema importante no hace una

38 Ibid., p. 37.
39 Ibid., p. 38.
40 Ibid.

novela importante, se ha escrito con razón. Pero sí es cierto que, como ha señalado Stephen Vizinczey, “la única virtud que necesita poseer un personaje de un libro, aun en caso de que lleve el nombre de una persona real, es vitalidad: si cobra vitalidad en nuestra imaginación, supera la prueba”.41 En este caso, no cabe duda de la vitalidad del libro.
La fuerza del relato está en la sinceridad arrogante del narrador, en la fidelidad a la memoria, en la tensión eléctrica que transmite al lector. Hirales toma distancia respecto de su autobiografía para permitir que emerja del relato un personaje que, sin traicionar la historia, sea capaz de pensar conforme a sus ideas de entonces. Ése es el logro más difícil de obtener. Si contar es un acto de expiación, no encuentro en esta Memoria algo comparable al arrepentimiento y sí, en cambio, advierto una necesidad más profunda y personal de replicar, de responder, que no de juzgar. Por eso mismo no reprueba actos que a muchos ya nos parecían repugnantes antes de que la Liga se pudriera. No hay sermones, tampoco lamentos autocomplacientes. El autor espera que cada lector saque sus conclusiones políticas y morales.

41 Stephen Vizinczey, Verdad y mentiras en la literatura, Barcelona, Seix Barral, 2001.

Memoria de la izquierda
de José Woldenberg

l eído en la presentación del libro Memoria de la izquierda en 1998

Este libro son dos libros.42 Uno, grande y desplegado, lo forma un fluido relato, fresco, distante y fraternal; es el recuento cálido de una época de la izquierda (y cuando digo la izquierda digo el país). El otro es pequeño, selectivo, filoso y profundo, integrado por medio centenar de epígrafes (irónicos, melancólicos, embaucadores): corre como una segunda conciencia en diálogo a tres bandas entre texto, autor y lector.
Uno y otro giran en torno a un mismo eje, resumido en la senten- cia de Saramago que José Woldenberg adopta como su propia divisa: “Vivimos en un lugar, pero habitamos en una memoria”. En rigor, éste es un libro de memorias y sobre la memoria. Relato en el tiempo y reflexión sobre el tiempo. Woldenberg piensa que la memoria es sobre todo un instrumento de la razón; “al final –transcribe citando uno de sus epígrafes, éste de Salman Rushdie–, las historias son lo único que nos queda, no somos más que unos relatos que perduran”. Y apunta: “se puede odiar la historia, pero no se puede despreciarla. Aunque sólo sea porque ayuda a cada generación a no sobrevalorarse ni sobreactuarse”.43 Pero esta voluntad que tiene, como es natural, un aire melancólico e iluminista a la vez, evita la mera nostalgia, pues, a fin de cuentas, escribir unas memorias, si no es un acto narcisista, es siempre una respuesta actualísima al presente. Y éste es el caso: “… sin un mínimo de memoria el reino del cinismo y el pragmatismo acaba por instalarse entre nosotros. Como de hecho sucede”,44 afirma en el capítulo final del relato.

42 José Woldenberg, Memoria de la izquierda, México, Cal y Arena, 1998.
43 Ibid., p. 13.
44 Ibid., p. 298.

Esta valoración de la memoria ha llevado a Woldenberg, cuya pro- fesión no es la de historiador, a ejercer el oficio primigenio del narra- dor en su función mítica primordial, que no es otra que la de preser- var la memoria para que vivamos a plenitud lo que somos.
Woldenberg se ha lanzado más de una vez al mar para hacer de todo aquel embrollo de signos borrosos, que son los recuerdos, una memoria habitable y, en consecuencia, viva, poniendo en juego la cla- ridad de una inteligencia ordenada y ordenadora, así como variados recursos académicos o literarios. Recuerda: “Escribí una Historia do- cumental del spaunam […] que en cuartillas ascendió a la escalofriante cantidad de mil trescientas y tantas”.45 Publicada en entregas duran- te cinco largos años, ese enorme mamotreto es el primer y exhaustivo desafió woldenbergiano contra el olvido. La otra vertiente discurre en sentido contrario al árido documentalismo a través de una fina nove- la autobiográfica: Las ausencias presentes,46 que recrea el entrañable mundo primigenio de la infancia y la familia: los orígenes. Ahora nos presenta esta Memoria de la izquierda, que, como él mismo sugiere, es la última de las trampas ideadas por él para cazar al elusivo “gato escurridizo” de la memoria. Cambia el medio, no el narrador ni su búsqueda. Las tersas páginas de estas confesiones confirman, por si hiciera falta, al escritor eficaz e inteligente que es José Woldenberg.
Memoria de la izquierda es, pues, el intento de recuperar un pa- sado (1970-1978) que, en muchos sentidos –más de los imaginables–, fue el laboratorio útil donde se mezclaron varios elementos fundado- res del México contemporáneo. Es verdad que el libro ofrece “unas remembranzas sobre un país y una izquierda que ya se fueron”, pero eso no anula la significación histórica de la época. Suele creerse que la única dimensión moral que cuenta es el presente, pero suprimir la memoria lleva al empobrecimiento ético, cultural y político de la vida pública y, finalmente, a la intolerancia.

45 Ibid., p. 80. Véase Historia documental del spaunam, México, Ediciones de Cultura Popular-unam, 1988.
46 José Woldenberg, Las ausencias presentes, México, Cal y Arena, 1992.

No hay, en rigor, identidad política sin memoria. De ahí que José Woldenberg encuentre razón suficiente para volver a hurgar la histo- ria en un crudo examen del presente:

En un momento en que la desmemoria se expande y la izquier- da sufre una crisis de identidad, recordar algunos episodios re- cientes, que aparecen tan borrosos como si hubieran sucedido en el paleolítico inferior, quizá tenga algún sentido, aunque no sea otro que el de situar el presente como un momento de un proceso que ni empieza ni acaba hoy.47

E insiste:

Un relato así podría ofrecer un fresco del clima político-intelec- tual en el que grupos relevantes de la izquierda mexicana desa- rrollaron sus iniciativas de transformación. Y, ello, dadas la des- memoria, la aparición de figuras adánicas carentes de biografía y del gatopardismo imperante, me parecía y me parece que no está de más.48

En una época de opacidad política y chabacanería ideológica, cuan- do la moda consiste en borrar cualquier identidad, disolviendo la conducta de los sujetos públicos bajo el paraguas protector de una cómoda neutralidad democrática, él quiere que se le conozca como un hombre de izquierda, en el sentido amplio pero no ambiguo de la palabra. Y cita a Rafael Pérez Gay: “El que olvida, lo pierde todo”.

Desmemoria e izquierda
Woldenberg incursiona en un género que los políticos mexicanos cul- tivan como fórmula para el autohomenaje. En una sociedad que hizo del secreto una virtud, no debe extrañar que el olvido silencie a la

47 Woldenberg, Memoria…, p. 13.
48 Ibid.

historia. Salvo excepciones, los libros de memorias son un pretexto para la exégesis de la obra propia a la hora de la soledad política. En la izquierda, por razones diversas, los relatos autobiográficos son escasos, a pesar de que las vidas de nuestros hombres de izquierda suelen ser más interesantes, ricas y aleccionadoras que sus ideas políticas.
Memoria de la izquierda rompe con varias tradiciones del género: no deja de sorprender la cercanía de los hechos recordados, así como la circunstancia de que el autor se halle, justamente, en la madurez de su actividad pública. ¿Cuál es, entonces, la finalidad de esta au- tobiografía? Woldenberg escribe para sus compañeros, como es na- tural, pero quiere dejar constancia de una trayectoria personal –que es experiencia colectiva– para probar no una verdad superior jamás revelada, sino la singularidad de una historia que no puede asimilar- se a la visión genérica de la izquierda. Digo con esto que no proclama (al menos nunca explícitamente) el consabido “teníamos razón”, que es la última instancia de tantas autobiografías; tampoco aspira a la completa reconstrucción de la época, tarea que corresponde a la historia profesional. Más bien, dibuja una especie de gran bitácora de viaje, no un análisis histórico. Están ausentes las indiscreciones, pero también los ataques políticos o personales. Es un relato hones- to, directo y optimista, escrito “desde dentro”, como un registro que expresa a “un colectivo” de hombres y mujeres, pero deliberadamen- te evita entrar en polémica con otras lecturas de la misma realidad, a pesar del inevitable desleimiento que pueda producir en el perfil del relato.
Woldenberg asume que la verdad es siempre relativa, evanescente. Y en ello incluye su propia memoria, que también debe someterse al juicio de la razón, sin perder jamás la distancia crítica. “‘Al mirar atrás’, con el paso de los años, uno duda y se pregunta si todo aquello fue importante. Y, sin duda lo fue, pero el tiempo enfría la pasión y en retrospectiva todo resulta más sencillo, menos dramático”.49 A pesar

49 Ibid., p. 298.

de ello, si alguien espera un desencanto de la izquierda, se equivoca: “No fueron [aquellos] años nebulosos sino transparentes, la confusión existió –y de eso deben tratar también las confesiones siguientes– pero no fue el factor determinante. Ni mucho menos”.50

¿Qué izquierda?
Un primer problema: el título desborda el contenido, pues la izquier- da a la que se refiere no es la Izquierda, así con mayúscula, sino una parte de ella. El tiempo: son los años que corren entre el post-68 –el mundial de 1970, dirá él mismo– y 1978. El lugar: la Universidad. El sujeto es mayormente el sindicalismo magisterial universitario que se halla –y solamente así se entiende– inmerso en el paisaje poliédri- co que es la izquierda de los años setenta.
En consecuencia, dirá Woldenberg, “se trata de rescatar jirones de episodios de una franja de la izquierda, aquélla con la que compartí proyectos y afanes, y de ninguna manera recrear ese universo com- plejo y diferenciado, cuyas expresiones rebasan y rebasaron los es- trechos marcos de una experiencia personal”.51 Es obvio que quiere recuperar y transmitir la experiencia lúdica y vital de esos años, y lo hace porque está convencido de que ésta aún conserva a plenitud su fuerza moral. Pero la “franja” que a Woldenberg le interesa recuperar sólo existe y se explica cuando proyecta sus perfiles sobre al abiga- rrado, diverso y hasta contradictorio contingente que conforma a la izquierda en general. Vale la pena detenerse en esa descripción.
En primer lugar, afirma:

La izquierda es un mundo en sí mismo, con sus códigos y princi- pios, su sentido común y saber codificado, sus pulsiones y causas. La izquierda es un deseo de participación, ganas de que las cosas cambien, aspiración de justicia social, y por ello se expresa una y otra vez, contra viento y marea, a través de marchas, mítines,

50 Ibid., p. 22.
51 Ibid., p. 12.

desplegados, asambleas, congresos, huelgas, tomas de tierra, de- nuncias de todo tipo, para dar y prestar.52

Si la izquierda es antes que nada “un deseo de participación” para que “las cosas cambien”, la uniformidad a la que muchos aspiran es una hipótesis quebrantada. Es, ciertamente “un coro desafinado con múltiples partituras”, un concepto que evoca diferentes significados, los cuales se subdividen ilógicamente en multiplicidad de siglas, afi- nidades y parentescos, siempre indescifrables ante la mirada ajena. Esa confusión, que es verdadera y aparente diversidad, alimenta la fuerza vital de la izquierda.

La izquierda es un referente real y mítico, un espíritu que no cabe en su cuerpo, un movimiento amplio y sin centro rector, una iglesia con sus textos sagrados, sus pontífices, acólitos y fieles, un coro desafinado, con múltiples partituras y sin director, y es de ahí donde se nutre de vitalidad y capacidad de innovación, al tiempo que la anclan las rutinas ortodoxas, las grillas de familia, la fuerza de los aparatos, la inercia de los dogmas. La izquierda es las izquierdas, un singular que empaña una pluralidad colo- rida y encontrada, porque la izquierda es su gente y ese nuevo bloque aparente (la gente, uf) es un mundo diferenciado y mul- tifacético.53

El libro
Pepe Woldenberg ha logrado con Memoria de la izquierda algo que me parecía difícil: ha vuelto a los años setenta pero sin revivir algu- nos de los horrores de los setenta. Es agradecible la calidez de esa mirada que entrega una luz nueva en el espejo de mi propia visión “generacional”, tan cercana y, también, tan distante a los hechos que Pepe relata en sus memorias. No intento, pues, hacer ninguna crítica

52 Ibid., p. 140.
53 Ibid., pp. 143-144.

política, menos literaria. Sólo expreso deseos incumplidos, algunos apuntes al margen.
Los mejores capítulos de Memoria de la izquierda son aquellos don- de la primera persona se mezcla, “interactúa”, por decirlo así, con los demás personajes. Como es natural, algunos me gustan más que otros. Pero, en general, prefiero aquellos que recrean una situación hasta sus detalles, alejándose de la simple bitácora de viaje. Un ejem- plo: el capítulo dedicado al CueC, la escuela de cine universitaria. Por él nos enteramos de que Pepe Woldenberg, el racional político que todos conocemos, primero quiso ser cineasta de izquierda, y antes fue aspirante a pintor. ¿Que buscaba? Una frase trepidante ayuda a en- tender cómo se cocinaban las cosas: “Sobrepolitizamos el cine. Sin duda. Simplificamos la vida. Sin duda”.54 Pero de todo el libro me quedo con las evocaciones sobre Rafael Galván y los electricistas de- mocráticos; con el relato que da cuenta del candor de los huelguistas; con la mítica “caída al bote” y otras historias del sindicato. Hay en ellos nostalgia de la buena, una alegría de vivir que se contagia, una candidez primaveral formidable.
Me emociona, desde luego, la presencia de Pablo Pascual a lo largo de todo el libro, la fraternidad, incluso la dulzura con que los ojos de Pepe ven a sus compañeros. Pero me sabe a poco. Me pregunto por qué no hay más retratos como los del Biólogo Hernández, Luis Emilio, Raúl Trejo, Isabel y Mague. La galería estaría más completa con el perfil de Manuel Martínez o Erwin Sthephan Otto, de Salvador Chapa, Eliezer Morales o Jorge del Valle, sólo por mencionar a varios de los que apare- cen reiteradamente. Hubieran servido para contrastar orígenes, proce- dencias y actitudes en un mismo proyecto. Algunas estampas las hallo autocontenidas: el golpe en Chile, además de la tragedia conocida, pro- dujo una crisis moral y política definitiva, pues cambió las ideas de la época sobre el porvenir de las “vías pacificas”. Importamos, entonces, con nombre y apellidos, la discusión contra el reformismo que aquí te- nía otras significaciones. Hubo allí una ruptura brutal.

54 Ibid., p. 55.

Comprendo la necesidad de desdramatizar, pero yo no puedo re- vivir los años de la guerrilla urbana, sobre todo el enero sangriento de 1972 y lo que vino después, sin la sensación de azoro, temor e impotencia que nos hizo ver las cosas de otra forma. “La guerrilla de los setenta se paseaba como una sombra entre la otra izquierda”,55 es cierto, pero su presencia era terrible, sin ingenuidad posible.
Veinte años no son nada pero, por favor, ¿quién fue Víctor Rico Ga- lán?, ¿por qué no aclarar a qué hombres pertenecen algunos nombres del relato?
Pepe nos platica la epopeya que fue su tesis escrita al alimón con Mario Huacuja, pero dice poco de su actividad intelectual más pro- vechosa: la lectura insaciable, el debate político, en fin, el periodis- mo ilustrado que ejerce desde muy joven con vocación comparable en nuestro medio a la de Carlos Pereyra. También me hubiera gustado hallar en estas memorias un vistazo al lado oscuro de la luna. Al puente que conecta cultura e historia familiar con esas opciones, y que aquí no existe. No me extiendo en ello. A fin de cuentas es una memoria personal e intransferible, con sus acentos, tonos y tintas.
En fin, leyendo a Woldenberg de veras dan ganas de ser de izquier- da. Para fortuna del lector, se esfumaron los tipos más sórdidos, las miserias creadas por el gueto de los setenta y la estrechez de miras.
¿Dónde están aquellos tipos siniestros que la izquierda generaba como una maldición? Nos hemos librado de ellos, sólo por un momento, creo.

La generación del post-68
Esta izquierda que nace en los años setenta, madura en los ochenta y ¿desaparece? en los noventa es una “franja” hasta cierto punto atí- pica: se funde con la generación del post-68, y si bien ha participado en el movimiento, su presencia es mínima y no ha tenido hasta en- tonces un papel protagónico; aunque hay excepciones, sus principa- les representantes tampoco pertenecieron al Partido Comunista ni a ninguna de las agrupaciones de la izquierda tradicional. Más bien,

55 Ibid., p. 39.

ve con cierto grado de desconfianza la historia cargada de querellas e impotencia de esa izquierda y rehúsa atarse de manos a un catecismo ideológico; en cambio, vive con el entusiasmo de los pioneros la insur- gencia obrera y popular, esa explosión político-cultural de la sociedad civil que, entonces, halla su razón vital en el encuentro con los traba- jadores por la vías del sindicalismo. El descubrimiento de que a todos nos une la condición de trabajadores –sin dejar de ser lo que somos en la vida real– es un vuelco mayúsculo contra el vanguardismo pero también el basamento de un nuevo reformismo y una liberación del viejo obrerismo. La izquierda del post-68 se desenvuelve en circuns- tancias muy especiales:

Débil socialmente hablando, reducida a los centros de enseñanza superior, altamente agraviada por la política estatal, sin posibi- lidades de dar a conocer sus puntos de vista dado el bloqueo de los medios, la vida transcurría entre los intentos por trascender la marginalidad y los comportamientos extremosos a los que la propia marginalidad lleva.56

Es a partir de esa situación que la “franja” a la que alude el recuen- to woldenbergiano encuentra su propia originalidad en el panorama general de la izquierda. Más adelante, convertida en una corriente política diferenciada, buscará insertarse en el escenario nacional. Por lo pronto, como relata Pepe, su participación se deja sentir en la cul- tura, en la política, es decir, en la idea que en la época se tenía sobre “la izquierda”.

Vigencia de los años setenta
Es entonces cuando se lleva a cabo el experimento que consiste en unir en una misma perspectiva estratégica a la intelectualidad uni- versitaria organizada en sindicatos con los contingentes del sindica- lismo emergente. Ese experimento se propuso transitar otro camino

56 Ibid., p. 98.

dentro de la izquierda para construir una alternativa ante la crisis del Estado revolucionario mexicano. Fue, por eso, una alternativa real, no un sueño ideológico. Se puede decir que en los años setenta dicha propuesta intenta una vía hacia la modernización que tropieza al mismo tiempo con la herencia petrificada del nacionalismo revo- lucionario y con el proyecto neocapitalista que emprende con vigor ideológico la iniciativa privada mexicana.
Detrás de cada una de las grandes y pequeñas movilizaciones rela- tadas por Pepe, subyace la pretensión de darle continuidad al proyec- to nacional mediante una revaloración mexicana de la actualidad del socialismo democrático. Proveniente del lado luminoso del 68, esta franja entiende el papel que en la democratización general del país adquieren las organizaciones sociales, sostiene su autonomía e im- pulsa nuevas formas de participación, a sabiendas de que las organi- zaciones sociales insurgentes asumen las tareas que, en rigor, corres- ponden a los partidos, entonces carentes de influencia de masas. El fnap (Frente Nacional de Acción Popular) es el punto más alto de esta convergencia entre la izquierda universitaria y las organizaciones. Nunca más volvió a darse.
Pepe Woldenberg ha puesto el acento de sus recuerdos asumien- do que la organización, más allá del sindicato y demás estructuras formales, descansa siempre y fundamentalmente en una comunidad de convicciones y sentimientos, expresa una moral que se nutre de las causas de la izquierda y, finalmente, fluye como la sangre viva a través de las redes interpersonales que la convivencia cotidiana cons- truye. Su fuerza radica en la ideas, en la capacidad demostrada para iniciar o proseguir el análisis en el país, valiéndose del conocimiento universitario. Esa corriente quiere, junto con toda la izquierda, cam- biar la vida, pero pretende hacerlo rechazando el lugar común que plantea la inminencia de la revolución, aun después de avanzar en el camino electoral. Vislumbra la posibilidad de forjar “un nuevo bloque histórico”, dicho en clave gramsciana.
Se decía entonces, como si fuera una desventaja, que esta corriente se obsesionaba por el programa en detrimento de la táctica. Memoria

de la izquierda revela la paradoja “existencial” en que se debate esa postura: el tacticismo sin el programa termina por borrar la identidad y, con ella, los fines, valores, principios. Eso es lo que cuenta. Wolden- berg culmina su relato en 1978. La posterior historia de la derrota de esta opción está por escribirse, pero puede decirse ya, con toda responsabilidad, que su actividad no fue inútil. Al contrario, a ella se debe en gran medida (aunque no sólo) que se abrieran las puertas
–en 1977– a la idea de que el país necesitaba una reforma política que sirviera como válvula de escape a las inquietudes crecientes de la sociedad mexicana. Puede decirse que allí se incuba la democracia.

Política y moral
Creo que esta vuelta a través de la memoria nos ha permitido arri- bar a una conclusión, acaso simple y redundante, que tiene la ma- yor importancia para el futuro: la izquierda a la que Woldenberg se adscribe, se funda, antes que nada, en una ética superior; es necesa- riamente así o deja de ser. No confunde la actividad política con la ética, pero exige que los actos políticos correspondan con los fines que le dan legitimidad. La aportación de esta memoria es que prueba que es posible sostener por un largo periodo actividades de izquierda sustentadas en otros valores que los derivados de la mera “lógica del poder”: “Ese espíritu de servicio, esas ganas de hacer las cosas porque hay que hacerlas, esa indiferenciación de las responsabilidades, son quizá los rasgos que mejor pintan el fervor de los años de la primera militancia”.57
A mi modo de ver, la clave de estas memorias, si puede hablarse de esa manera, está en un capítulo que resume, según entiendo, el sentido del ser de izquierda al que pertenece el autor: “El Consejo Sindical”. Aquí nos ofrece los rasgos que distinguen a esa franja de otras corrientes, incluso universitarias. Éste es el gran retrato de fa- milia. El Consejo Sindical es la matriz, el mito fundacional de toda nostalgia posible.

57 Ibid., p. 90.

Dice Woldenberg:

Y el Consejo también era un espíritu, una idea, una forma de ser impregnada de los anhelos y clichés, las convicciones y tics de la izquierda del post 68. Básicamente antiautoritario, las relacio- nes en el Consejo eran horizontales, igualitarias, entre “jefes” y “base”, entre hombres y mujeres. […] el Consejo fue además un estado de ánimo más allá de la política, una fiesta de amistad y sueños, de proyectos y esfuerzos que ofreció un aura romántica a la fría –vista desde afuera– actividad sindical.58

A diferencia del clima hosco que priva en otras organizaciones, donde la camaradería yace sepultada por el formalismo y las luchas internas por el poder, “en el Consejo Sindical se forjaron amistades que duran años y que, en mi caso particular, me han acompañado toda la vida, la política y la otra”. Y prosigue:

Este asunto de la amistad, es decir, la capacidad de hacer po- lítica en un ambiente de cordialidad y aprecio, no es ni mucho menos un tema menor, puesto que en un buen número de las agrupaciones en donde militaré en esta historia, el clima interno será más bien antiamistoso por no decir francamente hostil.59

Debo terminar diciendo una sola palabra: Gracias. Gracias, Pepe, por esta tu –nuestra– historia.

58 Ibid., p. 78.
59 Ibid., p. 76.

Pablo

La Jornada , 24 de abril de 1997

Confieso que no sé por dónde empezar esta dolorosa comunicación. Ha muerto Pablo Pascual Moncayo, nuestro querido Pablo, amigo, ca- marada. Nada será igual sin él. Sus funerales revelaron lo que todos sabíamos: más allá de edades, sexos, posiciones políticas, Pablo fue capaz de unir, atando los mejores rasgos de cada persona en una red de invisible generosidad. Cada uno puede contar su historia con Pa- blo y siempre destacarán valores recurrentes: la vitalidad, el humor, la fidelidad y la inteligencia política y carismática.
Se hizo hombre sin renunciar a la frescura a veces brutal de la secundaria, a la camaradería desinteresada y juvenil de la palomilla del barrio, donde las relaciones humanas se reparten gregariamente entre los cuates y los demás, siempre atento al clasismo narvartiano que divide al mundo en dos categorías, no por descriptivas inexactas: los popis y los piojos. En ese mundo primigenio, la primera rebelión espiritual es un acto liberador contra la simulación religiosa. No será la única en esos años de formación. Pablo es todo sentidos, un antiso- lemne nato, una fuerza de la naturaleza, un libertario, una estrella polar. Reacio a los lazos formales, prefiere la fraternidad y apuesta por ella: la familia como interpretación de la libertad. Yocasta o el amor, las ganas de vivir, el humor, el valor, a veces temerario. La soli- daridad como vocación. Fue el mejor amigo de muchos de sus amigos, un compañero, un hermano.
Pablo amó la vida, y de la vida, las mujeres. Tuvo amores, aman- tes y amigas, verdaderas amigas. Pero su pasión vital fue la política. Como otros jóvenes estudiantes participa intensamente en el movi- miento de 1968. La torpeza autoritaria que precede y sigue a la tra- gedia del 2 de octubre define las preocupaciones y las perspectivas personales que lo marcarán definitivamente. Pero, a diferencia de muchos activistas de entonces, Pablo renuncia a ser el tedioso lector

de manuales. Tampoco ansía convertirse en el producto clónico de las nuevas sectas que agobian con su ferocidad fraseológica al movimien- to universitario. Al contrario, asume su postura sin renunciar a lo que es, asimilando la radicalidad de los cambios culturales, políticos y morales que transformaron a México y al mundo, sin conflicto ideo- lógico con la modernidad que en el fondo del país empuja, justamente, a cambiar la vida, a imaginar una sociedad libre, sin efigies de utile- ría; un socialismo laico, fraternal, solidario, universal, democrático, en sintonía con los colores básicos de la época pero sin renunciar a la raíz de la nación, lección bien aprendida de Rafael Galván, como bien lo ha dicho Raúl Trejo hace unos días.
Con esa actitud abierta y comprometida, Pablo destaca en varios de los proyectos políticos que ayudaron a definir el perfil de la izquier- da mexicana de fines del siglo xx. Menciono dos: la formación del sin- dicalismo universitario en el seno de la insurgencia de masas de los años setenta, y el largo proceso hacia la unidad de la izquierda, donde él tuvo siempre un papel privilegiado. Puntal en la revista Punto Crí- tico, dirigente y eje del Movimiento de Acción Popular, miembro de la dirección del psum, del pms y, finalmente, fundador del prd, Pablo Pascual dedicó su vida a construir una alternativa socialista capaz de superar críticamente tanto las viejas posturas de la izquierda secta- ria como el radicalismo de los neorrevolucionarios recién estrenados. Su actividad personal fue decisiva para forjar una visión de la po- lítica que, a mi manera de ver, es indispensable para la acción demo- crática: aquella que enfatiza, justamente, la necesidad de avanzar a través de las instituciones, combinando la acción independiente de la sociedad con el ejercicio adecuado de las políticas públicas; que no escatima recursos para crear consensos en torno a reformas, sin de- trimento de un proyecto de futuro basado en la equidad y la justicia, pero se niega a mimetizarse en la indefinición ideológica, ahora tan en boga. En suma: una actitud definitivamente abierta al descubri-
miento, la invención, a la imaginación política.
Dos palabras finales. De Pablo retengo, aparte de su cariño y su valor, a veces temerario, su presencia de ánimo: esa serenidad tran-

quilizante –templanza, decían los antiguos– que nos brindó siempre en los momentos más difíciles de este peregrinar. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, aquellos desoladores días de locura y muerte del 73? Prefiero no hacerlo y quedarme con el Pablo que todos quisimos, festivo y sen- timental, nuestro querido Pablo, amigo por siempre.

carlos Fernández del Real

La Jornada , 14 de julio de 1994

Me acuerdo muy bien de Carlos en aquel ordenado despachito que tenía en la colonia de los Doctores, cerca de la Secretaría del Trabajo. En esa época representaba al sindicato de El Ánfora, uno de los pocos que habían logrado sobrevivir a la total corporativización del movi- miento obrero mexicano. Los abogados laboralistas independientes llevaban numerosas demandas individuales, pero en general tenían vedado el acceso a las grandes agrupaciones obreras. Carlos Fernán- dez del Real no era la excepción. Su actividad profesional se concen- traba en los sindicatos chicos, que no representaban mayor peligro para las grandes centrales obreras celosamente protegidas por las autoridades correspondientes.
Tenaz, metódico en su trabajo y caluroso en las relaciones persona- les, Carlos obtuvo en ese desempeño una enorme experiencia humana y profesional que le daría fuerza, vigor y lucidez para los grandes combates sindicales de los años setenta que vieron marchar juntos a los electricistas y a los universitarios, herederos directos de las cau- sas democráticas que, antes de la reforma política, carecían de ex- presiones electorales o políticas estables. Carlos Fernández del Real comparte la idea predominante en la insurgencia sindical de que el charrismo es el resultado del contubernio histórico entre las mafias de líderes y la autoridad laboral para impedir, contener o reprimir las expresiones auténticas de los trabajadores: ese falso sindicalismo no puede reformarse; tiene que abolirse. De hecho, un sindicalismo au- téntico será siempre el resultado de una refundación, la consecuencia un acto inaugural de la voluntad de los trabajadores en el camino de la libertad.
En el contexto de las luchas sindicales de los años setenta, el abo- gado Fernández del Real es un perfecto legalista para los muchos que todavía piensan que las formalidades jurídicas son un velo que oculta

las eternas e inmutables “aspiraciones revolucionarias de las masas”, pero es también un radical, capaz de enfriar al más pintado cuando se confunde el Estado de derecho con el orden jurídico existente que se halla sometido a la arbitrariedad del poder.
Carlos Fernández es un verdadero representante de la nueva iz- quierda, que pugna por nacer, equidistante de los dogmas estalinis- tas y de los prejuicios ultraizquierdistas. Fue un precursor. Sin una fuerte sociedad civil que defendiera a los presos políticos, únicamente la izquierda y las “personalidades democráticas” de siempre desafia- ban al autoritarismo en defensa de las garantías individuales y las libertades democráticas.
Paradójicamente, en un país donde gobiernan los “licenciados”, ape- nas si unos cuantos abogados honorables asumen la imposible misión de hacer la defensa legal de los guerrilleros detenidos, pero también de los obreros caídos en manos de traficantes laborales y patronales. Carlos Fernández destaca entre ellos. Atiende los casos espinosos re- lacionados con causas que nadie desea representar y plantea la de- fensa de los derechos humanos, que es una papa caliente que ningún abogado desea atrapar.
Carlos no es un político en el sentido corriente de la palabra, sino una persona recta e inteligente que ha tomado partido, un hombre de izquierda preocupado por hallar correspondencia entre la justicia y la legalidad. A lo largo de su vida elaborará un discurso personal sobre el derecho y la política, construido a partir de la experiencia adquirida en décadas de práctica profesional y militancia activa: “No hay Estado de derecho –solía repetir– ahí donde el presidente pone y quita ministros de la Suprema Corte; cuando un juicio termina como el poderoso quiere”. Su tarea, por eso mismo, consistió no pocas veces en defender la ley contra quienes se dicen sus representantes. Y lo hizo a conciencia, incluso entre los suyos, como bien lo ha recordado Antonio Gershenson.
Vi a Carlos por última vez en Puebla en los peores días del conflicto en Volkswagen. Estaba preocupado pero aún confiaba en un pronto arreglo. No estábamos completamente de acuerdo con respecto al cur-

so que seguirían las cosas, pero él sabía escuchar y argumentar. Era muy convincente. La cuestión era muy clara: o se atiende la voluntad de los trabajadores y la ley se cumple sin medias tintas o ésta se in- terpreta para que prevalezca el cálculo político.
Sin sus batallas ganadas o perdidas sería imposible hablar hoy, aquí y ahora, de democracia y libertades políticas. El tiempo le dio la razón en un punto sustantivo: no es posible defender y proteger los derechos más elementales de la gente sin realizar una profunda re- forma en el Poder Judicial. No sólo para que efectivamente sea inde- pendiente del Poder Ejecutivo, sino para que sea eficaz como aparato de administración de justicia, profesionalizando y despolitizando la judicatura.
No olvidaremos a Carlos Fernández del Real.

rafael Galván

Universidad o brera de México, 15 de julio de 2000 60

Uno
Durante todos estos años muchas veces he recordado a Rafael Galván preguntándome qué pensaría él sobre esto o aquello. Y la respuesta imaginaria me ayuda a formular mejor un juicio que a él no lo compro- mete, pero a mí me aclara las ideas. Y es que Galván fue, para varios de nosotros –desde luego para Óscar González y para el que esto escri- be– un maestro en el sentido original de la palabra. Con él aprendimos a entender las razones no siempre evidentes de un sindicalismo y unos trabajadores que la ideología del proletariado mitificaba hasta hacer- los invisibles o negarlos; con él deletreamos el abecé de la democracia sindical, que fue, por sus propios méritos, la primera llamada contra el corporativismo autoritario, el mismo que aun resquebrajado permane- ce, no obstante los cambios ocurridos en la sociedad y en el Estado; y con él descubrimos, en fin, la realidad de un país que tenía más historia que el recuento adocenado de la retórica oficial que entonces ya nubla- ba con su demagogia el entender de la nación.
Y aunque ahora parezca un mero prejuicio, en aquellos años –que incluyen al 68– resultaba sorprendente que un dirigente sindical honesto fuese al mismo tiempo senador por el pri. Seguidor de las ideas nacionalistas y radicales de Lázaro Cárdenas, amigo de López Mateos, excomunista, admirador de Trotski, sindicalista democrático y alguna vez estudiante de economía, el michoacano Galván era un hombre afable y culto, excelente conversador y político, un ciudadano que vibraba con las imágenes de la Revolución mexicana y los ideales de las masas desposeídas que fundaron el México moderno. Toda su lucha, su vida y su actividad política y sindical estuvieron al servicio

60 Texto leído en el homenaje luctuoso a Rafael Galván en el vigésimo aniversario de su fallecimiento, organizado por la Universidad Obrera el 15 de julio de 2000.

de una sola causa: reabrir las compuertas al movimiento social que se había detenido en 1940. Galván, dicho sea de una vez, nos puso ante el libro abierto del México posrevolucionario y nos hizo cami- nar por sus veredas en una época en la que declinaba el nacionalis- mo ramplón y la élite, fastidiada, se abandonaba a un cosmopolitismo intelectualmente modernizador pero ausente del país, mientras los trabajadores constituían ese volcán dormido que nunca acababa de despertarse. Ésa fue su enseñanza.
Y al trasmitir con sencillez y bonhomía sus conocimientos y expe- riencias en una asamblea sindical o ante un buen vaso de vino entre amigos, Rafael Galván nos puso delante de la política cuyos significa- dos no se agotaban en el fariseísmo del poder establecido o en la pré- dica sine die de la dictadura del proletariado, sino que surgía como el campo específico del Estado, sin las reducciones mecanicistas que esta- ban en boga. Costó aprender que la política adquiría sentido cuando se pensaba como el tránsito, siempre riesgoso, entre ese nutrido bosque de fuerzas e instituciones que es el Estado, para arribar, impulsando reformas verdaderas con amplio contenido popular, a cambios sustan- tivos en el orden real. Recordaba Galván: “En nuestro caso, tratamos de eludir sistemáticamente los enfrentamientos con el Estado [pero] éste trató sistemáticamente de enfrentarse con nosotros. Me parece que en la medida en que un movimiento se desenvuelve y rebasa ciertos límites aparece la política represiva del Estado”.61 Dicho de otra manera, Gal- ván nos hizo entender a Gramsci antes de que su lectura se convirtiera en moda obligada de la intelectualidad de izquierda.
Algunos de los mejores ensayos del post-68 mexicano, como los de Carlos Pereyra, Rolando Cordera o Arnaldo Córdova, entre otros au- tores, se inspiraron justamente en la experiencia y las ideas de Gal- ván, expuestas durante décadas en la revista Solidaridad y, luego, en las jornadas de acción de los electricistas democráticos a la cabeza de la insurgencia sindical. ¿Quién no se sintió sacudido entonces por su visión del nacionalismo, ese canto del cisne de la Revolución mexicana emitido por Rafael Galván? ¿Quién no entendió el lugar de las reformas en el cambio social luego de escuchar sus reflexiones sobre la propiedad y el Estado en México?

Dos
En los años que han pasado desde que Galván nos falta, el país es otro. Dejo de lado, intencionalmente, los días recientes, aunque Gal- ván contribuyó a la llegada de la democracia mucho más de lo que se reconoce hoy entre nuestra desmemoriada izquierda. A la espera del balance necesario de toda esa época, es claro que, en cierto sentido trascendente, la disputa por la nación planteada en vida de Galván la ganaron quienes desde entonces procuraban lanzar a México por una senda de integración subordinada al capitalismo mundial, arrasando con los sueños de soberanía, autodeterminación e igualdad inscritos en la Constitución. Pero se equivocan –y sólo quiero dejar asentada la afirmación– quienes piensan que el mercado nos trajo la democracia: confunden necesidad con sumisión. El cambio ocurrido es total, pero se dirá, con razón, que éste no atañe sólo a México, pues se trata de una mutación universal que no se detuvo para arrasar algunas de las conquistas sociales que parecían inmutables del siglo xx. Y es verdad.
¿Qué habría pensado Galván –el antiestalinista– del derrumbe del socialismo y de esta crisis mundial del sindicalismo? ¿Qué diría ante la cancelación del reformismo social que daba legitimidad al Estado mexicano? ¿Qué pensaría hoy de la realidad nacional quien tajante advirtió a los gobernantes que México no es un negocio?
Supongo que reaccionaría indignado ante la pretensión de tratar los asuntos públicos con los criterios propios de una empresa tras- nacional, sin el menor rubor, como si el Estado fuera un apéndice recortable al servicio del capital, pero habría discutido una alterna- tiva para responder a las nuevas condiciones. No me cabe duda de que se opondría con todas sus energías e inteligencia al asalto de las empresas públicas que, en su visión, eran la espina dorsal de nuestro desarrollo nacional. Pero –y este punto es muy importante– lo habría hecho desde una óptica esencialmente distinta de la del estatismo

seudonacionalista que ya en su época era una carga conservadora contra el progreso del país, aunque ahora pase por ser una ideología progresista. Quisiera aclarar esta idea citando un artículo que hace tiempo publiqué en La Jornada:
No he conocido, ni antes ni después, a un crítico de las empresas estatales comparable a Galván. Ningún economista neoliberal que yo recuerde hizo denuncias tan severas al mal funcionamiento de la Cfe, la ineficiencia de los ferrocarriles o el abusivo contratismo que aún ago- bia a Pemex, como las que en su momento plantearon los trabajadores electricistas. Pero esa crítica al desbarajuste del estratégico “sector na- cionalizado de la industria”, agobiado por la corrupción, jamás imaginó la peregrina idea de que la solución al desastre fuera suprimirlas, ven- derlas a los particulares para resolver los enormes problemas que ha- bían acumulado. Al contrario: la radicalidad –o la ilusión utópica– de su planteamiento estaba en la convicción de que si se daba la relación de fuerzas necesaria aún era posible y viable sustraer a las empresas propiedad de Estado de la lógica capitalista para que contribuyeran directamente a consolidar la soberanía nacional. En otras palabras, el área social de la economía debía fortalecerse para estar en condiciones de satisfacer los fines superiores de la Revolución mexicana que el de- sarrollismo ya no consideraba prioritarios. Sólo así podía entenderse la intervención del Estado como una palanca para el progreso general y no como una fuente de acumulación salvaje del capital. En el discurso previo a la Declaración de Guadalajara (1975), Galván resume la opi- nión que le merece el contubernio entre los representantes del Estado y los supuestos líderes del “movimiento obrero organizado”:

Es necesario reconstruir el sector nacionalizado de la economía, reorientarlo para impulsar el verdadero progreso del país, para que los mexicanos reciban de su patrimonio los beneficios a que tienen derecho, basta ya de ladronerías en las empresas nacionalizadas, basta ya de charros en el movimiento obrero. Aquí está la voluntad colectiva de los trabajadores para invitar al proletariado de México a que marche con la cabeza en alto y con las banderas desplegadas

para construir un movimiento obrero nuevo, moderno, democráti- co, esencialmente patriótico y esencialmente revolucionario.

Eso era, para Rafael Galván, profundizar la Revolución mexicana, reconstruir la alianza histórica entre el Estado y las clases populares. Estas cosas se han olvidado.

Tres
Sin embargo, Galván no abriga ilusiones en cuanto a la disposición real del gobierno para darle un nuevo rumbo al sector nacionalizado. En rigor, como él mismo lo cuenta en páginas que siguieron inéditas hasta su muerte,62 los problemas surgieron casi al día siguiente de la nacionalización de la industria, poco después de la fundación del nuevo sindicato, en 1960. Relata:

El sterm convoca a los demás sindicatos electricistas a discutir en relación al tema de la nacionalización ya que ésta introduce un cambio en el régimen de propiedad, pues no solamente des- plaza a la propiedad extranjera sino que sustituye la propiedad privada por la propiedad pública. En ese sentido, el cambio en el régimen de propiedad debería dar lugar al establecimiento de nuevas relaciones de producción.

La cuestión resultaba esencial, pues “para nosotros [los electricistas] el cambio operado implicaba que el nacionalismo revolucionario tenía una base de sustento. Claro que resultó después una frustración por una serie de razones que es necesario analizar”. El relato de Galván arroja luz acerca de la naturaleza misma del presidencialismo mexi-

62 Intervención de Rafael Galván en el Taller de Análisis Socioeconómico (Tase) a propósito de la lucha realizada por los electricistas democráticos. Julio Pliego trans- cribió la grabación pero sólo se publicaron algunos fragmentos muchos años después. Al respecto, ver: Rafael Galván, “La nacionalización abandonada”, en Correo del Sur, suplemento dominical de La Jornada Morelos, núm. 153, 18 de octubre de 2009.

cano y sobre la trama de intereses y preocupaciones que en definitiva incidirán en la postura de López Mateos y sus sucesores. Apunta:

A López Mateos, que es quien nacionaliza la industria eléctrica, se le plantea la participación de los trabajadores en la gestión industrial, y él ve con simpatía esta propuesta. Inclusive la de- claración de la Primera Conferencia Nacional de Electricistas, que se celebra en 1962, y en la que se hacen estos planteamien- tos, se firma en Palacio Nacional. Entonces, ¿por qué estos plan- teamientos no se traducen en avances objetivos sino que hay un proceso de deterioro de la significación de la nacionalización?

La respuesta proporcionada por el líder electricista, y no hay razón alguna para no creerle, es terrible:

Recuerdo que en una de las últimas conversaciones con López Ma- teos siendo presidente nos dijo que habría que llegar a la conclu- sión de que las industrias nacionalizadas tenían que ser objeto de una revisión porque éstas representaban altas inversiones y que en la medida en que interviniera el capital foráneo las indus- trias nacionalizadas tendrían que ceder terreno; es decir, que si pensábamos que eran las entidades que cimentarían un desarro- llo económico independiente resultaría lo contrario, y refirió una cosa que últimamente lo confirmamos con un estudio que hizo un investigador de un instituto de estudios económicos de Harvard, quien nos dijo, a propósito del conflicto ferroviario, que el gobierno mexicano expresamente había aceptado una serie de cuestiones como condición para recibir financiamientos, entre otras, que los comunistas deberían salir del sindicato y que debería practicarse un ajuste en gran escala entre los trabajadores ferroviarios.

Dicha revelación coincide en lo esencial con lo afirmado por el exse- cretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, cuando aludió a la guerra fría, la represión a los vallejistas y otras exigencias a las cuales se

condicionaba el apoyo financiero externo que México requería para emprender el “desarrollo estabilizador”.
La nacionalización no tendría un corolario importante sin la inte- gración de toda la industria, pero ésta era, justamente, la principal objeción de los líderes corporativos, con Fidel Velázquez a la cabeza. En esas circunstancias, a invitación del propio López Mateos, Gal- ván acepta ser senador por Michoacán, advertido de que las crecien- tes presiones de la Confederación de Trabajadores de México (Ctm) contra el sterm se agudizarían con el cambio presidencial. Continúa Galván:

Después del Primer Congreso del sterm, ya en el gobierno de Díaz Ordaz, lo visitamos e insistimos en la integración de la in- dustria. Él nos agradeció el interés por esas cuestiones pero dijo que debíamos entender que esa era una cuestión de competencia exclusiva del gobierno, que el gobierno sabría cuándo y cómo in- tegrar la industria (subrayado de asr).

Ese gesto autoritario de rechazo al involucramiento sindical en el pro- ceso de integración regiría de hecho las relaciones entre el gobierno, la Cfe y los tres sindicatos existentes. A partir de entonces, como lo proba- ron en carne propia los trabajadores del antiguo sterm, los obstáculos a la unidad laboral y a la integración de la industria siguieron la ruta ascendente de la confrontación, incluso a costa de dilapidar los recursos públicos sin garantizarle a los consumidores al menos un servicio de ca- lidad.
Toda la retórica del nacionalismo revolucionario oficial se quedaba en agua de borrajas al permitir que el funcionamiento de las empresas públicas sirviera para la expansión de negocios privados. La conclusión de tan irresponsable política se mostraría al desnudo, sin velos, cuando años más tarde, ya en plena euforia privatizadora, el gobierno auspició una “rendija” en la muy avanzada Ley del Servicio Público de Energía Eléctrica que, en definitiva, abrió las compuertas para el ingreso del capital privado que la Constitución expresamente restringía.

Cuatro
En todos los años durante los que Galván estuvo al frente del sin- dicalismo electricista, contando desde los días de las empresas es- tadounidenses, nunca creyó que la defensa del patrimonio nacional debía ser la excusa para mantener intactos los privilegios de la clase política, que con el tiempo se había hecho más y más conservadora. Menos para nutrir a una aristocracia obrera alejada de los problemas de la nación. Si alguien se propuso desde los sindicatos realizar una reforma a fondo de las empresas del Estado contra sus administrado- res burocráticos, ése fue Galván, pues comprendía que la democracia sindical era inseparable de la modernización sindical, cosa que hoy es más cierta que nunca.
Ninguno como él participó con tanta tenacidad en los procesos de integración de la industria eléctrica, con los cuales se aseguraban aumentos sustantivos en la productividad y un ahorro considerable de los recursos públicos. Durante décadas –y eso está documentado–, Rafael Galván fue el único dirigente obrero con la visión necesaria para entender que el futuro del sindicalismo democrático estaba es- trechamente asociado a la depuración de las empresas del Estado que habían sido saqueadas y arruinadas para favorecer las formas más salvajes de la acumulación de capital. Sabía que la democratización sindical, en el caso de los electricistas, pasaba forzosamente por la modernización de la industria, por el saneamiento de sus finanzas y por la fiscalización continua de los recursos, que en definitiva eran de la nación. Así que, en este punto crucial, Galván tendría hoy un con- junto de opiniones complejas, alejadas tanto del neoliberalismo como de los críticos que aún no entienden que la realidad no existe para confirmar los dogmas del pensamiento anquilosado.
Como he sugerido antes, estimo que no habría aceptado la priva- tización como la única opción para garantizar el desarrollo de la in- dustria, pero entendería –y no temería aceptar– la urgencia de pre- pararla para el cambio tecnológico que acompaña y a veces precede a la globalización, aceptando poner sobre la mesa los temas esenciales que la modernización implica: la racionalización empresarial, la pro-

ductividad y la capacitación laboral que crea condiciones más homo- géneas en una misma rama a nivel nacional e internacional. Pero este planteamiento lo habría hecho, estoy convencido, desde la defen- sa del interés profesional de los trabajadores, la cual no podía ejercer- se en la sociedad capitalista moderna sin una visión integradora, sin un “programa” capaz de darle perspectiva a la acción sindical, tarea que los sindicatos existentes, carentes de autonomía e independencia
–antidemocráticos, en una palabra– no podían asumir. Al contrario, servían como camisas de fuerza útiles para imponerle a los trabaja- dores y al país en su conjunto las políticas públicas menos favorables. Su propuesta central en materia sindical huye del inmediatismo corporativo al sustentarse en dos ejes: por un lado, en las reformas con un alto contenido popular para impulsar el desarrollo social y la liberación de la energía de las masas en el trabajo productivo. Dicho en breve: Galván rechazaba el sindicalismo parasitario que sobrevive en el atraso a expensas de los recursos de la sociedad, como quieren algunas corrientes “de izquierda”. Por el contrario, su propuesta es el sindicato por rama industrial el instrumento que mejor se adapta a las condiciones concretas de la negociación obrero-patronal vista en su globalidad, es decir, admitiendo la politicidad de la gestión sindi- cal en la definición de las prioridades nacionales. Por ello, Galván en- tendía, al mismo tiempo, la urgencia de que los sindicatos establecie- ran relaciones de colaboración supranacionales, a fin de contrarrestar
exitosamente la creciente transnacionalización del capital.
En otras palabras, la crítica de Rafael Galván al modelo que se impuso, justamente, al cancelarse una salida popular como la que preconizaba la Tendencia Democrática de los electricistas, partía del reconocimiento de la modernidad como fuente de la sociedad más jus- ta, no de su negación. Rehuía anclarse en las lamentaciones por el pasado perdido y no se fugaba en el delirio del futuro sin obligarse a pensar en la realidad concreta del mundo laboral. Creo que, en ese sentido, Galván se adelantó a su tiempo.

Fallo Cordera y la huella de Galván

f acultad de e conomía, mayo de 2012 63

Reflexiones sobre una época recoge las tesis de Rafael Cordera Cam- pos en torno a tres grandes temas o, mejor dicho, a tres grandes cau- sas del México contemporáneo: el sindicalismo, la juventud y la edu- cación. Escritos en momentos muy diferentes de la vida nacional, e incluso alejados en el tiempo –la investigación sobre el sindicalismo se remonta al comienzo de los años setenta–, hay en ellos una cohe- rencia interior que los explica y justifica: hacer de la investigación académica un instrumento útil para resolver los problemas naciona- les. Lo mismo si se trata de reconocer la significación de la democra- cia sindical que de defender la universidad pública, el autor adopta un claro compromiso personal y moral que no elude el debate y la crí- tica de otras posturas, como lo demuestra esta compilación, a la que habría que sumar sus filosas contribuciones periodísticas realizadas durante décadas para variadas publicaciones.
Sin embargo, con la venia del lector dejo pendiente la reseña del libro, pues prefiero preguntarme en voz alta algo que tal vez merezca ser explicado con más detalle: ¿de dónde vienen las preocupaciones del joven profesor Rafael Cordera por el sindicalismo y, particular- mente, por la insurgencia sindical que encabeza su tocayo y camara- da Rafael Galván? Inquietudes a las que, más adelante, el investiga- dor y funcionario de la unam añadiría su interés vital por los jóvenes, atrapados en su significación estadística como un “bono” a favor del país, pero irremediablemente perdidos en el marasmo de una econo-

63 Comentarios al libro Reflexiones sobre una época. Textos de Rafael Cordera Campos (Felipe Becerra Maldonado, comp., México, Facultad de Economía/unam, 2012), pre- sentado el 14 de mayo de 2012 en el auditorio Jesús Silva Herzog de esa Facultad; participaron también el doctor José Sarukhán, exrector de la unam, y el doctor Jaime Martuscelli.

mía sin aliento y en una política que aún no sabe reconocer el valor de la ciudadanía.
Me parece que la respuesta a estas preguntas se vincula al modo mediante el cual Rafael Cordera asume las lecciones objetivas del 68, que es el universo donde se forjan los ideales y las convicciones de la parte más activa y responsable de su generación. Y es que, siguiendo a Paz en su célebre –aunque ahora un poco empolvada– Posdata, la crisis de ese año, bajo el ruido de la protesta y la pólvora mostró la nece- sidad de abolir la contradicción secular entre desarrollo y subdesarro- llo, entre modernidad y atraso, es decir, la inaplazable obligación de hacer posible una forma de convivencia contrapuesta a la reproduc- ción de la desigualdad que aparece como el signo de México.
Extender la democracia en todos los ámbitos pasó, a querer o no, a ser la aspiración general de la sociedad civil y la medida de los avan- ces y retrocesos de la nación. La época se define a partir de cómo se resuelven en la práctica –o no– las grandes aspiraciones identificadas con la modernidad, que en nuestro caso adquiere ropajes vaporosos y efímeros. Si bien el 68 da luz verde a esta conciencia emergente, como joven que es, Fallo Cordera asume que, más allá de la ausencia de libertades políticas, está la hipocresía absoluta de quienes desde el poder y la empresa fustigan el supuesto hedonismo juvenil, cuestio- nando las expresiones universales de la contracultura como un peli- gro para las buenas costumbres y la moral conservadora. La ruptura es inevitable.
Hijo del desarrollo, Cordera no se aviene al tipo ideal de joven que la burocracia “revolucionaria” del partido “semiúnico” ha construido para sí misma, incrustándola en una cultura petrificada, aislacionis- ta y a la vez folclórica y, por lo tanto, ajena a las corrientes que mue- ven al mundo. Estuviera o no politizada, el diazordacismo convierte a la juventud, con sus valores e identidades propias, en una peligrosa amenaza que debe combatirse desde sus raíces. Sobre todo cuando la respuesta de los jóvenes estudiantes a la ausencia de salidas es unir- se a las causas populares y al trabajo directo con los obreros, cuyas organizaciones comienzan a dar señales de que algo se mueve, aun-

que en el otro extremo sean también jóvenes los que toman el largo y trágico camino de la lucha armada, la violencia que desemboca en las desbocada pretensión de “destruir la universidad”, mediante la cual se trata de justificar la estigmatización de los jóvenes como un grupo al que se debe controlar, reducir, cooptar, pero no incluir como sujeto de la vida pública. Mucho ha cambiado desde entonces en el país, pero la pregunta de fondo sigue sin respuesta: qué queremos de México, qué de nuestros jóvenes, qué de la educación y nuestras obsesiones democráticas en un concierto de exclusión e injusticia social
En ese opaco contexto, Cordera es de los primeros en extraer la lección de que los cambios requeridos para salvar a México no serían la obra de un grupo de iluminados ni tampoco el resultado de un mero ajuste en las cúpulas del poder decidido sin el concurso consciente de las masas organizadas para impulsar reformas de Estado, razón por la cual se vuelca a la solidaridad militante con los contingentes más avanzados de la clase obrera, que eran los electricistas democráticos de Galván.
La situación de los trabajadores, en efecto, constituye en México un piso completo de la pirámide simbólica descrita por Paz, el ba- samento corporativo que permite al poder jerárquico gobernar sin grandes contratiempos sociales, no obstante el despojo y la miseria de quienes quedan excluidos del desarrollo. La sabiduría aparente de los que mandan estaba en esterilizar la conciencia de quienes podrían impugnarlos, pues la expansión de la economía garantizaba salarios y seguridad social, pero sobrefacilitaba la ingente tarea de desmon- tar la resistencia de todos aquellos que a la orilla del camino, en la marginalidad más absoluta, esperaban pasivamente que les llegara el turno del progreso.
Comparados con los capítulos sobre los jóvenes y la educación, que son radiografías precisas e incontrovertibles acerca de una situación alarmante denunciada casi con desesperación por Cordera, los en- sayos sobre el sindicalismo parecen reiterar aspectos propios de la historia cuya actualidad podría ser cuestionada. Sin embargo, en mi opinión personal es allí donde nuestro autor perfila la que sería su

visión en torno a los cambios que México, por justicia y por necesi- dad de modernizarse, debería realizar. Bajo la influencia de Galván, pero también de otros autores contemporáneos, igualmente univer- sitarios, Fallo hace suya una proposición que, andando el tiempo, le dará sentido a toda su práctica académica y a la responsabilidad ins- titucional: la convicción de que México es un país en construcción, di- verso, complejo y desigual, potencialmente poderoso pero inacabado, diferente pero no insular, cuya transformación sería imposible sin planteamientos claros, capaces de construir acuerdos sostenibles en el tiempo y consecuentes con la difícil evolución de nuestra polarizada sociedad.
Esa visión estratégica, por cuanto abarca toda una época históri- ca, tiene como sujeto a la nación, y al Estado como máximo respon- sable de instrumentar y cumplir el proyecto nacional de desarrollo, tal y como aparece en la historia real y se plasma en los principios constitucionales; en el programa capaz de reflejar el interés general sobre las particularidades, los localismos o los intereses que legítima- mente (o no) se disputan la hegemonía. Por eso Cordera se centra en los “proyectos políticos” de origen sindical (que en su época eran las “alternativas” más ambiciosas y a la vez las únicas realistas frente al modelo depredador que había entrado en crisis) más que en las tácticas o la estrategias (que también le preocupan) de los distintos movimientos sindicales de la época.
Con esto quiero subrayar que ya incluso en sus primeros trabajos, junto al sindicalista hallamos en Rafael Cordera al intelectual crítico que intenta, desde una ladera distinta a la del gobierno y la izquierda tradicional, responder a la manifiesta crisis de las instituciones y las ideologías dominantes para buscar una salida nacional a los proble- mas de México. Por eso, la forma como estudia las aportaciones, sig- nificados y peculiaridades de aquel sindicalismo renovador es útil to- davía hoy para comprender mejor la mecánica del corporativismo en México, pero también representa una línea de estudio imprescindible a la hora de hallar las fuentes de la transición mexicana a la demo- cracia, pues la derrota de la Tendencia Democrática y el movimiento

popular que le sigue ayudaría a que “las razones de la Nación”, consa- gradas en la Constitución, pretendieran sustituirse por las variadas ideologías del mercado, agrupadas bajo los términos de un supuesto nuevo liberalismo, cuya omisión central es el desconocimiento de la desigualdad como el nudo gordiano de todo posible progreso. La có- moda postura de atacar la retórica oficialista como si fuera la expresión del “proyecto constitucional de desarrollo”, aprovechando el derrumbe ideológico del régimen, abrió las compuertas a la visión mezquina y degradada que hoy prevalece en los grandes circuitos del poder en torno a la preeminencia del mercado sobre el Estado.
Ciertamente, recordar, como insistía Fallo, la necesidad de contar con un programa donde se hagan explícitos los objetivos nacionales, parecería innecesario a estas alturas, pero lo cierto es que hoy, sea en nombre de la globalización o de la democracia, se niega cualquier posibilidad de darle direccionalidad al curso de la vida mexicana (que no sea el acuerdo puntual para ciertas reformas), es decir, se recha- za como carente de sentido la necesidad de proponerse objetivos ra- cionales de largo aliento, civilizatorios o epocales en el seno de una sociedad diversa y plural que aspira a sustentarse en el respeto a los derechos humanos.
Y, sin embargo, asuntos tan graves como la atención a la juventud, la educación, o la no menos importante defensa del medio ambiente, sólo pueden abordarse desde una perspectiva donde las prioridades sean jerarquizadas por la naturaleza misma de los problemas que se pretende resolver y no por su peso específico en el mercado o en la asignación de los escasos recursos de los que disponemos. Pienso que la revisión de los textos de Cordera nos facilitará el camino ha- cia ese “acuerdo en lo fundamental” que pedía Otero como base de la convivencia de los mexicanos, sin ceder a la uniformidad que mira al pasado.

psum: por el socialismo democrático

La Jornada Semanal , 1987 64

Quiero dedicar estas primeras palabras a Miguel Ángel Velasco, pa- nadero de oficio, guerrillero juvenil, fundador de sindicatos, agrarista en Nueva Italia y Lombardía, jovial militante de casi todas las orga- nizaciones socialistas desde 1925 y que hoy nos enorgullece con su antigua y cálida presencia comunista; a Valentín Campa, ferrocarri- lero tenaz de vieja estirpe revolucionaria, asediado y perseguido por propios y extraños, duro como el riel, capaz de rehusarse a la infamia para salvar la dignidad en más de una hora oscura; a la memoria de Carlos Sánchez Cárdenas, perseguido político, tribuno, fundador de nuestro partido; a Demetrio Vallejo, ferrocarrilero humilde que recu- peró la voz acallada del proletariado mexicano; a Juan de la Cabada y a todos los que con él escribieron para siempre nuestros cuentos del camino; a Rafael Galván, electricista, a quien muchos debemos el atrevimiento profundo de creer que este país, esta nación, estos trabajadores tienen un destino que cumplir aquí y ahora; a Andulio Gálvez y a las decenas y cientos de campesinos e indígenas anónimos caídos, agraviados y vejados por el único delito de ser los más pobres. Dedico estas palabras a mis compañeros de todas las épocas que supieron conservar la alegría de vivir; a los que a pesar de las difi- cultades, los desaciertos y los fracasos mantienen la ilusión de cam- biar la vida, el espíritu que hizo posible la fiesta en aquel Zócalo rojo del 82; a todos los que aprendieron más de México, del pueblo y sus necesidades de lo que creyeron enseñarle; a quienes hallaron en la diversidad su elemento, la justificación íntima para la tolerancia de-
mocrática y la savia para la crítica necesaria.

64 Discurso pronunciado el 14 de diciembre de 1986 al celebrarse el quinto aniver- sario de la fundación del Partido Socialista Unificado de México. Publicado en el suplemento La Jornada Semanal a comienzos de 1987.

Hace cinco años nos propusimos una tarea inédita: crear un gran partido de la izquierda mexicana, de y para el pueblo trabajador. Un partido moderno y socialista, que fuera capaz de superar la estrechez y las limitaciones organizativas y políticas en que hasta entonces nos movíamos. Un gran partido abierto, de masas y legal, dispuesto, como se dijo entonces, a superar críticamente a las organizaciones ante- riores, cualesquiera que fueran sus títulos históricos, sus aciertos y errores del pasado o sus fidelidades doctrinarias. Un partido unido para la lucha política, decidido a abrir un nuevo curso a la acción de la izquierda. Es cierto que los primeros pasos unitarios ya se habían dado con la participación de la Coalición de Izquierda en 1979, y es verdad también que la necesidad de las convergencias se imponía a menudo en diversos frentes de masas. En general, puede decirse que la idea de la unidad resultaba, de alguna manera, el corolario lógico de la década de los setenta, que había sido, para todo fin práctico, el gran laboratorio en el que se midieron las potencialidades reales o supuestas de las diversas fuerzas sociales y cuando todas las tácticas de lucha se tensaron al máximo.
La propia reforma electoral, con la consiguiente legalización del Partido Comunista Mexicano, no era otra cosa que la respuesta a una situación de reanimación cada vez más abierta del movimiento po- pular, un intento de introducir “orden” en un panorama inaprensible desde la óptica gubernamental, aunque haciendo eco al reclamo que ya se había planteado con gran fuerza desde 1968: democratizar en algún grado la vida política del país. Se puede decir, pues, que la dé- cada de los ochenta se inicia con un proceso de maduración general de las fuerzas de izquierda que aspiran a un compromiso unitario de cara a las necesidades crecientes del movimiento reivindicativo y político planteadas por la insurgencia obrero-popular, y de frente a la gran tarea de conquistar la democracia a partir del marco impuesto por la nueva legalidad.
Este viraje con respecto al vanguardismo que durante años ca- racterizó a todas las formaciones de origen marxista, tendría a su vez profundas implicaciones en el replanteamiento del propio objeti-

vo estratégico: el socialismo. La necesidad de unir en un solo cauce histórico, en una misma matriz, socialismo y democracia fue, a no dudarlo, concomitante con una reflexión en curso que se tuvo en di- versos lugares del mundo y en distintos partidos. Pero si de algún modo ejerció una influencia en México, ello se debió, antes que nada, a la asimilación crítica de la experiencia de masas a partir de 1968, que tuvo su consecuencia inmediata en un renacimiento del estudio de la realidad mexicana; un florecimiento de las preocupaciones por la historia, la naturaleza del Estado y las instituciones; un renovado análisis de la vida social y la economía. Creo que éstos son algunos de los antecedentes que explican, en parte, la novedad que representó el psum y, al tiempo, aclaran por qué este partido no podía entonces, ni puede todavía, agrupar a toda la izquierda.

La integración fallida
Hoy, a cinco años de la constitución del psum y ante la perspectiva de dar pasos hacia un nuevo proceso de unidad de la izquierda, tene- mos que volver sobre la experiencia e intentar una reflexión autocrí- tica. El psum, ya se ha dicho, nace como un proyecto político de gran complejidad: la unidad orgánica implicaba la disolución voluntaria de las organizaciones afluentes, la adopción de una nueva legalidad interna, así como la constitución de un patrimonio único. Esa fusión, que de inmediato abarcaría a la casi totalidad de las organizaciones precedentes en nuevos organismos de base y comités de dirección, representaría, se dijo y se afirma hoy, un momento nuevo y superior a la coalición o al frente, aun cuando durante un periodo corto se mantuvo la paridad en la composición de los órganos dirigentes. Se admitía, como una singularidad de especial significado democrático, que la fusión orgánica no implicaría identidad ideológica sino diver- sidad, y se reconocían, asimismo, derechos suficientes a las minorías, con exclusión de las corrientes organizadas y de cualquier otro meca- nismo de representación paritaria o proporcional. En suma, el parti- do adoptaba un principio de organización basado en el centralismo democrático.

Así fue como el psum llegó al Segundo Congreso para culminar la etapa de fusión orgánica, entrando de lleno a una vida “plenamente estatutaria”. El resultado, empero, no fue satisfactorio. Como se dijo tiempo después en un documento suscrito por una comisión ad hoc del Comité Central:

El abandono prematuro de los criterios de composición de los órganos del Comité Central ha conducido a serias limitaciones de la representatividad y al carácter colectivo de la dirección. La pretensión de imponer el principio de mayoría como único mecanismo válido para la integración de los órganos de direc- ción no opera bajo las mismas circunstancias que en un partido unido […] El centralismo democrático es un principio funcional allá donde las coincidencias permanentes se sobreponen a las di- ferencias particulares o cuando éstas surgen en el despliegue de la acción, vale decir, cuando la unidad ha dejado de ser una as- piración organizativa, un objetivo que aún está por alcanzarse.
En condiciones distintas, el criterio de mayoría y el centralis- mo pueden excluir sin cohesionar.
En un proceso de fusión, cuando cada acuerdo colectivo re- presenta un avance real hacia la unidad, es inconcebible la de- mocracia como mero resultado mecánico de la expresión de la mayoría, a menos que se esté dispuesto a que una de las partes imponga a las demás su peso numérico abriendo así el camino a una absoluta competencia entre ellas, sin conexión aparente con una verdadera lucha de posiciones política e ideológica.

Esta idea de partido es la que ha hecho crisis, si de lo que se trata es de avanzar ahora hacia la unidad con otras fuerzas. Nuestra expe- riencia indica que los procesos unitarios son largos y exigen, al mismo tiempo, un alto grado de voluntad política y un máximo de flexibilidad organizativa, un conjunto de mediaciones entre los grupos diversos que lo integran y cuyos usos y costumbres, sus tradiciones y certezas ideológicas y políticas tienden a preservarse o incluso a reproducirse.

La prohibición estatutaria de la existencia de corrientes organizadas, de la formación de alas reconocidas, no favorece el despliegue de la diversidad ni garantiza la unidad de acción. Un partido en formación tiene que delimitar con precisión el ámbito de la obligatoriedad y el terreno en el cual las minorías pueden y deben mantener intocados sus derechos de opinión y expresión pública.
Creo que la historia de estos años tiene que contarse con detalle para sacar todas las lecciones concretas de nuestro proceso. Eso no es posible ahora. A fin de cuentas, de lo que se trata es de hacer un balance global: ¿está vivo el proyecto que dio origen al psum?, ¿hemos fracasado? Salta a la vista que ya no están con nosotros muchos de los fundadores, y en ese preciso sentido es que podemos afirmar que el pacto unitario, tal y como fue suscrito, no sobrevivió. Podríamos traer a colación todos los errores cometidos por todos nosotros –por la direc- ción, en primer lugar–, señalar culpables, pero esto nada resolvería desde un punto de vista práctico y de cara al futuro.

El futuro y la unidad de la izquierda
Lo que en verdad nos interesa saber es si el núcleo racional, el con- junto de ideas, las nociones básicas que hicieron posible y necesario el paso a la unidad en 1981 siguen teniendo vigencia o no. En otras palabras: si es posible, objetiva y subjetivamente, plantearse la pers- pectiva de crear un gran partido de la izquierda mexicana, capaz de dejar de ser una minoría política o ideológica, de reunir en una sola formación a sectores significativos de la izquierda y, sobre todo, a los cientos de miles de hombres y mujeres del pueblo que por su situa- ción social, por sus ideas o por su sola conducta moral pertenecen a la izquierda, votan por ella o, más aún, libran solitarios, sin organi- zación ni orientación alguna, heroicas batallas por la supervivencia y la dignidad. En breve: si persistimos en la idea de convertirnos no sólo en la segunda o la tercera fuerza electoral –lo cual tiene una extraordinaria importancia táctica–, sino además, si nos esforzamos por convertirnos en la fuerza organizada de la mayoría, en el partido del porvenir; si este partido que hoy tenemos es capaz de plantearse

con seriedad estos propósitos; si somos capaces del gran esfuerzo de síntesis teórica y programática que ello exige, de cara a las necesi- dades más profundas de nuestro pueblo, con humildad, con estudio, imaginación y tolerancia, recuperaremos a los que se han ido, que son unos pocos, pero sobre todo, con nosotros mismos, recuperaremos a millones.
Es verdad que las dificultades internas nos impidieron proseguir el curso prometedor que la campaña del 82 había inaugurado, más aún cuando la crisis impuso cambios a una velocidad que sólo nues- tra lentitud nos impedía advertir. Los grandes temas de la campa- ña no tuvieron un desarrollo consecuente en los congresos y muchos asuntos de extraordinaria importancia se anularon, desaparecieron del mapa o sufrieron considerables retrocesos. Con excepciones, el de- sarrollo conceptual y programático cada vez más alejado de nuestra pretensión de convertirnos en una nueva alternativa, en un podero- so instrumento político dispuesto a contribuir a la creación de una nueva cultura democrática, a la conformación de un nuevo principio moral y cultural. El debate interno nos desgastó hacia dentro y nos puso en situación de descrédito ante una opinión pública susceptible de entusiasmarse con nosotros pero reacia a extender carta blanca a todos y cada uno de nuestros actos, sobre todo en una época de franco predominio del conservadurismo y en medio de una profunda crisis ideológica que pone en duda demasiadas certezas del periodo prece- dente, tanto y tanto optimismo sostenido por la fe o la voluntad pero sin claros sustentos en la realidad.
La propia izquierda, nuestro partido, tuvo que admitir con cierta desilusión que el signo de los tiempos estaba cambiando y no en la dirección prevista: pobres resultados electorales, cuando nos asegu- rábamos, convencidos, de que sólo estaban en disputa dos programas, el del gobierno derechizado y el socialista; pobres resultados sociales: ante la magnitud de los problemas creados por la crisis, la derrota de las huelgas de junio y la asfixia de los baluartes del sindicalismo democrático, la capacidad de movilización, aunque constante, se hizo
–o pareció– cada vez más exigua, descontando la parálisis creciente

de las organizaciones oficialistas para ofrecer la mínima resistencia real a la aplicación de una política de consecuencias desastrosas para las masas trabajadoras.
Ni siquiera la nacionalización de la banca pudo poner un dique a la derechización. La llamada crisis de confianza dejó de ser el instru- mento más o menos pasajero de un grupo de presión, los empresarios, para convertirse en la expresión política permanente de un cambio real en la relación de fuerzas dentro y fuera del Estado, en la afirma- ción pública y con votos de la “ilegitimidad” del Estado “mixto” como rector de la economía y en la reafirmación del sistema de libre empre- sa como única fuente de todas las libertades posibles, en sintonía casi exacta con los nuevos esfuerzos de los estadounidenses por someter al Estado mexicano a la estrategia global de la nueva derecha, la cual en el plano de la política se reduce a favorecer una visión de la mo- dernidad democrática inspirada en el bipartidismo y, en definitiva, a los nuevos valores integracionistas proyectados por Estados Unidos. Y frente a estos hechos, un gobierno debilitado por la crisis, para- lizado por su propia retórica y, sobre todo, por la incapacidad para atraerse el apoyo democrático de sus propios instrumentos políticos, sin vocación para delinear una política menos antipopular, pero que aún cuenta, pese a los evidentes signos de deterioro, con una cierta capacidad de maniobra interna.
Es cierto que la izquierda –y en particular nuestro partido– fue de los primeros en denunciar la política económica del gobierno y en demostrar también que, a pesar de la terrible situación económica, a partir de los propios números oficiales y tomando en consideración los instrumentos políticos y financieros que el gobierno tiene a su dispo- sición, era y es posible otra política fincada en la defensa irrestricta de la soberanía nacional, de la planta productiva y el empleo, y en la conservación de los mínimos derechos sociales de las clases popula- res como una condición imprescindible de la salida democrática a la crisis. Sin embargo, no nos ha sido posible traducir esta propuesta en miles de acciones concretas que afirmen, confirmen y refuercen nuestra apuesta por la democracia, considerada como una alterna-

tiva política que implica respeto a la voluntad popular, respeto al voto sin taxativas, pero que también supone, en nuestra perspectiva, el cambio de fondo en las relaciones entre el Estado y la sociedad, entre la economía y la política, un cambio capaz de movilizar y hacer participar a los trabajadores y a la sociedad en su conjunto en la de- terminación de los objetivos del Estado, los fines de la producción y el consumo social.
En éstos y en otros muchos aspectos nos urge avanzar en la elabora- ción de una política propia. Los proyectos modernizantes no esperan: la entrada al gatt (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Co- mercio), el inicio catastrófico de la llamada reconversión industrial, son algunos de los más obvios aspectos de una situación que puede serlo todo, menos estática, y para la cual no estamos preparándonos como se debe. Un partido socialista que aspira a la más plena demo- cracia no puede sentarse a esperar que las cosas se resuelvan “espon- táneamente”. En estos años hemos dejado en suspenso –aunque aho- ra comienza a reanudarse– el trabajo político en áreas que tienden a ser cada vez más vitales en sociedades como la nuestra. Me refiero al feminismo, a la actividad con y entre los jóvenes y las minorías se- xuales, al olvidado trabajo de aproximación con los cristianos y, sobre todo, me refiero a la necesidad de establecer un diálogo permanente con los intelectuales, no únicamente con aquellos que hoy por hoy representan a la mejor cultura de nuestro país, en el sentido artístico o teórico, sino también con la enorme masa de profesionistas, inves- tigadores, científicos y técnicos que mucho podría aportar a nuestro conocimiento de la realidad nacional y a la articulación de opciones válidas y coherentes.

Socialismo y democracia
Pero todas estas tareas, esbozadas aquí en desorden, sólo adquieren sentido si al mismo tiempo podemos enunciar con claridad nuestra propia concepción del socialismo y de la democracia. Sobre este asun- to, que tiene la mayor importancia, se han hecho numerosas aporta- ciones individuales pero me parece que todavía nos falta una profun-

da y más sistemática reflexión colectiva que podemos compartir con otras fuerzas, tengan o no en la mira al socialismo como un objetivo declarado. Ya hemos dicho que estamos por un socialismo que admite a la democracia, al pluralismo político, como uno de sus componen- tes esenciales e irrenunciables; que lo concebimos como la realiza- ción práctica, histórica, del conjunto de aspiraciones e ideales hacia la igualdad.
Si en su perspectiva más inmediata el socialismo es la supresión de la desigualdad moderna fundada en la explotación, la plurali- dad consiste en crear las condiciones para la desaparición del an- tagonismo entre Estado y sociedad, entre el trabajo y los productos del trabajo, es decir, una nueva sociedad sustentada en la activa y consciente participación de los trabajadores en la reproducción y transformación de toda la vida social. En el imperativo de que sea la mayoría quien decida y dirija sobre los asuntos públicos radica la premisa democrática del socialismo. Lo anterior puede resultar una generalización no permisible si no intentamos, al mismo tiempo, una reflexión sobre las condiciones materiales de y para el socialis- mo que abarque también a los instrumentos políticos, la cadena de mediaciones sociales e institucionales en las que puede y debe apo- yarse una discusión sobre el contenido y las formas del poder. Un replanteamiento del socialismo implicaría desde ahora reflexionar cuando menos sobre tres aspectos:

Primero: la dimensión nacional de la lucha por el socialismo y el papel avanzado del nacionalismo popular, habida cuenta de que el impac- to de la internacionalización sobre las naciones oprimidas o depen- dientes plantea el problema de su viabilidad sólo en términos de su viabilidad capitalista, pero no como viabilidad nacional. La supervi- vencia del Estado nacional, la defensa de la soberanía, la preserva- ción de una cultura multiétnica, la conservación del territorio y sus recursos, así como de la economía, son componentes esenciales de un socialismo nacional, claramente no alineado a dictados procedentes de exterior.

Segundo: una nueva preocupación por la dimensión social cuya naturaleza, magnitud y complejidad resulta absolutamente inédita. Por no hablar de la desnutrición, la insalubridad y otros problemas, recuérdese que la ciudad de México (área metropolitana conurbada) tendrá treinta millones de habitantes en el año 2000.

Tercero: un replanteamiento de la democracia como un régimen fun- dado en el principio de mayoría, pero al que la sociedad confiere una racionalidad sostenida en un proyecto social contra la desigualdad.

Una discusión seria sobre estos asuntos podría, estoy seguro, en- riquecer nuestra concepción actual. Tenemos que avanzar en esa dirección en condiciones nacionales e internacionales adversas. La crisis económica, que ha deprimido hasta niveles inimaginables las condiciones de vida de la mayoría de la población trabajadora, no se ha traducido en un consistente movimiento reivindicativo ni ha for- talecido a la izquierda como opción electoral. Salta a la vista que ha sido la derecha la gran beneficiaria del descontento popular y que está presente el peligro real de la bipolarización bipartidista, cuya instalación constituiría, a no dudarlo, no sólo una reducción sensible de las posibilidades de la izquierda sino, además, un retroceso brutal en el incipiente proceso de creación de un sistema de partidos verda- deramente plural y democrático.
En este contexto, las próximas elecciones presidenciales, así como la búsqueda de fórmulas unitarias electorales o permanentes por par- te de la izquierda adquieren un especial significado. Es urgente, por ello, darle la mayor prioridad a la más amplia discusión sobre estos asuntos, a la incorporación al debate de cada organización y a la ciu- dadanía interesada y, sobre todo, a un serio trabajo de convencimiento para conseguir la presencia unificada de la izquierda en las siguientes elecciones, con el mejor programa posible y con los mejores candidatos para puestos de elección.
El hecho de que un sector muy importante de la izquierda se haya manifestado por la búsqueda de alguna forma de unidad, coalición o

unidad orgánica es expresión de esa necesidad de crear un polo alter- nativo, y al mismo tiempo se convierte en una condición que posibilita la marcha hacia él. Nuestro partido, a través de su máximo órgano de dirección, ha manifestado su disposición a contribuir con seriedad para que el proceso de discusión que actualmente se lleva a cabo rinda frutos, tomando en cuenta que los tiempos apremian y los plazos son muy cortos, lo mismo para lograr una amplia coalición electoral, con un programa único que sirva para allanar el camino hacia la integración orgánica que viene siendo discutida por cinco organizaciones, incluida la nuestra.
En este sentido, no cabe la menor duda de que es posible –y yo diría que absolutamente necesario– despejar el camino si somos capaces de encontrar fórmulas que permitan combinar el mayor acuerdo progra- mático posible con el reconocimiento de la pluralidad que hoy existe, y garantías suficientes de representación y presencia de cada una de las organizaciones en organismos colectivos de discusión y decisión, pre- servando la libertad de crítica y la consideración básica de que el pro- ceso de unificación política es justamente eso, un proceso que no puede violentarse, aun si se mantienen posiciones políticas distintas en áreas determinadas, siempre y cuando éstas no entren en contradicción con el programa general y los objetivos fundamentales del partido.
Un partido con estas características seguirá manteniendo por al- gún tiempo algunos rasgos propios de un frente, basado en acuer- dos claros y precisos pero también en compromisos revocables que eliminen la rigidez y aseguren la participación activa y decidida de todos sus miembros en la elaboración y en la ampliación política. En resumen: un nuevo partido capaz de atraer a la mayoría de la iz- quierda democrática y socialista, pero sobre todo capaz de ajustar las condiciones de ingreso y militancia a las necesidades reales de esa inmensidad de mexicanos que, viendo con simpatía a la izquierda, se resisten al bautismo de fuego de la militancia tradicional, a la adqui- sición acelerada de un lenguaje codificado y a la sumisión a un ritual doctrinario y simbólico que poco o casi nada les comunica sobre su realidad histórica y cotidiana.

Este aniversario no es sólo nuestro, el de los militantes del Partido Socialista Unificado de México. Para bien o para mal, según se juz- guen nuestra conducta y la actividad que hemos desarrollado en estos años, este aniversario es un capítulo en la ya casi centenaria historia del socialismo mexicano, en su empeño por convertirse en una verda- dera fuerza nacional.
Es, para decirlo de otro modo, un capítulo de esa vasta historia de la izquierda que corre pareja, paralela y a veces velada en los gran- des acontecimientos mexicanos de este siglo, mediante la acción de las masas o el influjo de las ideas y que, en definitiva, con sus luchas heroicas, cálidas y desinteresadas, pero también con sus ámbitos sór- didos y espectrales, representa nuestro patrimonio más valioso: la memoria histórica que reclamaba con desesperación Revueltas y que hemos de rescatar con el único fin de aclarar atavismos y prejuicios que aún perduran, incomprensiones que nos empobrecen, pero sobre todo para poner de manifiesto, en el plano de la conciencia, los resor- tes éticos y políticos, las raíces de las que provenimos y de las que, por desgracia, muchos otros se aprovecharon y ahora nos las devuelven como propias, sin serlo. Tenemos por delante la gran tarea de poner sobre sus pies la historia de México, recuperar la tradición popular revolucionaria y añadir, con nuestra acción de hoy, el capítulo que la nación trabajadora exige: crear la gran organización de la izquierda mexicana.

La Jornada, 30 de octubre de 2008

“Tengo los ojos ciegos de mirar tanta miseria y opresión en Guerrero”, dijo Othón Salazar, si la memoria no me traiciona, al clausurar el úl- timo congreso del psum. En ese instante se hizo un gran silencio. Una pregunta quedaba en el aire: ¿cuál era el sentido último de todo aquello?
¿Qué dejaba atrás la izquierda junto con los símbolos históricos de la hoz y el martillo? Si bien la creación del Partido Mexicano Socialista debía renovar la idea de la unidad con una perspectiva anclada en la política más que en la ideología (o al menos eso se decía), a fin de con- vertir al partido en un instrumento útil para la democratización del país y la superación de la crisis, las palabras de Othón –tan opuestas al pragmatismo posterior– sólo se entendían como el recordatorio de lo esencial: no hay socialismo –ni izquierda– si la “cuestión social” se relega al segundo plano de las preocupaciones cotidianas.
Para el maestro Othón, a diferencia de lo que piensan otras corrien- tes de la época, los pobres, los explotados, no se salvarán sublimando la miseria en que viven o adaptándose al mundo injusto que los condena a no cambiar. Siendo, como es, un revolucionario, no cree en la caridad sino en la lucha de clases, es decir, en la acción política concebida como la comunión de los iguales en contra de la desigualdad.
Othón es un maestro. Un normalista. Un maestro mexicano –subra- yo–, instruido por la escuela socialista y más adelante preparado en la Normal Rural de Ayotzinapa y la Escuela Nacional de Maestros, donde sigue sus estudios profesionales. Marxista desde joven, entien- de la misión del magisterio como una actividad liberadora de las con- ciencias. Sembrar en la infancia las semillas de la libertad a través del conocimiento es el primer paso hacia la emancipación, tal y como

la entiende el pueblo mexicano a través de su historia. Se mira en el espejo de los héroes, en las lecciones ejemplares extraídas de una rea- lidad que, al cabo de revueltas y revoluciones, parece no cambiar. Othón reivindica los valores de la Ilustración que sustentan el laicis- mo, dándole sentido y continuidad a la gesta inconclusa de la historia. Con esa emoción se acerca a la figura del insurgente Vicente Guerrero, recupera a Lázaro Cárdenas, sin hacer a un lado sus convicciones socialistas, faro y guía de su vida pública.
Sus ideas, así como un carisma particular revelado en su capaci- dad oratoria, lo llevan a liderar huelgas estudiantiles, a la resistencia gremial y, finalmente, al gran movimiento de los maestros que, junto con las acciones de los ferrocarrileros y otros grupos de trabajado- res, marcará la era del “desarrollo estabilizador”. Conservo de esa época un recuerdo juvenil: reunida en el Teatro Ideal, una peque- ña multitud recibe y escucha de viva voz a la primera delegación de “barbudos” cubanos en uniforme verde olivo encabezada por el capitán Mendoza. El entusiasmo en la sala es enorme. De pronto, la audiencia descubre entre la masa al dirigente de la sección IX del sindicato de maestros y le pide subir al podio: “¡Othón!, ¡Othón!, ¡Othón!”, corean los asistentes. Serio como un niño, vestido con sencillez, Othón salu- da a los representantes de la Cuba revolucionaria. La voz del orador, fraseada desde el fondo del pecho, exacta y silbante, hace de la prédi- ca revolucionaria un acto liberador: el verbo como comunión vital. Es un guerrillero de la palabra.
Preso por su actividad sindical, Othón será despojado de todos sus derechos laborales. Se le quita la plaza y se le estigmatiza desde el poder, junto a sus camaradas del magisterio. Jamás hubo reparación de ese daño. Al cabo de medio siglo, la Secretaría de Educación Pú- blica carga con el peso político y moral de esta injusticia. Y todo por no contrariar a los dueños del mal habido sindicato, socios del actual gobierno panista. No le pueden perdonar al maestro que defendiera el derecho a la educación libre, impartida por maestros y maestras comprometidos con la historia y el futuro del país, responsables de sus actos y no meros empleados al servicio de la burocracia estatal.

Muchos años después visito a Othón en su casa de Tlapa. Allí un solo foco eléctrico ilumina la pequeña estancia donde trabaja; sobre la pared desnuda cuelga una fotografía desgastada: en ella, un joven pobremente vestido descansa sobre el suelo de los patios de la sep durante la huelga de los maestros. Nada indica que se trata del máxi- mo líder de aquel movimiento. Ése es un retrato fiel. En una u otra trinchera, Othón Salazar es el mismo hombre coherente, modesto, que entiende la política bajo la óptica de los principios y los valores éticos. Es incorruptible y flexible a la vez. Cuando parecía imposible ganarle las elecciones al poder atávico del priismo local, la comunidad de Alcozauca demostró que la democracia no era, como se pretendía, un asunto exclusivamente urbano. Allí la izquierda obtuvo la primera victoria electoral moderna y abrió, simbólicamente, un nuevo hori- zonte en una región golpeada por la violencia y el hambre.
Durante su gestión al frente de la presidencia municipal de Alco- zauca, Othón procura cambiar la relación con las comunidades. La primera obra de su administración se inaugura en una pequeña po- blación “priyista” que no había votado por él. Bajo la copa del gigan- tesco árbol de amate visible en las fotos aéreas, la comunidad recibe la conexión a la toma de agua. Hay recelo, desconfianza, pero Othón demuestra, con hechos, que no habrá favoritismos políticos. Durante los tres años que dura su mandato, el miserable presupuesto munici- pal se distribuye conforme a las decisiones adoptadas por las mismas comunidades. Además, con el concurso solidario de profesionales y técnicos universitarios se impulsan diversos proyectos productivos de mayor aliento.
Pero el maestro Othón sabe que las deficiencias seculares son un pozo sin fondo al que sólo se puede atacar elevando la conciencia y el nivel de organización de los pueblos de La Montaña. Sin desdeñar ningún recurso, abriendo todas las puertas, trabaja con ahínco para lograr que se desplieguen al máximo las energías potenciales, así deba oponerse con firmeza al burocratismo oficial que busca neutralizar el efecto benéfico de la renovación democrática en la región, cuando no a las provocaciones montadas mediante organizaciones como Antorcha

Campesina. Y de cara a las asechanzas subraya en una carta abierta a los ex presidentes municipales:

Alcozauca tiene historia propia, ideario político propio, resolu- ción propia de seguir adelante, hacerlo venga como venga la ad- versidad. En Alcozauca circulan ideas democráticas, ideas revo- lucionarias y el espíritu de lucha y de rebeldía no se apagará. La idea de patria le da fuerzas para no perder firmeza.

Hace unos años, el Congreso del estado de Guerrero reconoció me- recidamente al maestro Othón Salazar con la máxima distinción que lleva el nombre del héroe de la independencia. ¿No es hora de que la izquierda haga lo propio, más allá de partidarismos excluyentes?

■ Othón, el maestro

La Jornada , 11 de diciembre de 2008 65

A Ligo Salazar, un abrazo

La Montaña de Guerrero está de luto y, junto a ella, incontables ciudadanos de nuestro país. La muerte de Othón Salazar, maestro, hombre de bien, revolucionario auténtico, es motivo de dolor para el pueblo que lo vio nacer, para sus camaradas de ayer y de hoy y para los que tuvimos el orgullo de beneficiarnos de su trato siempre afable y cordial y, sobre todo, de sus lecciones vivas de dignidad. Cuando se escriba la historia de la lucha por la justicia social del siglo xx, la pre- sencia del maestro guerrerense ocupará un alto sitial en la conciencia nacional, junto a otros ilustres mexicanos que lo dieron todo sin pedir nada a cambio.

65 Leído en el funeral del maestro Othón Salazar. Alcozauca, Guerrero, 5 de diciem- bre de 2008.

En Othón no hay divorcio entre lo que se piensa y lo que se vive. Su vida es ejemplo de austeridad privada y coherencia pública. Dotado de una extraordinaria energía personal, deja el hogar familiar alcozau- quense para emprender la aventura del magisterio, que en él será el ejercicio de un destino vocacional y la realización práctica del proyecto de emancipación social que anima sus pasos. El profesor Salazar surge de la escuela Normal creada por la Revolución mexicana para servir como base de sustentación de una nueva sociedad nacional. Allí aprende los valores constituyentes del laicismo, asume los principios de la igual- dad e incursiona en las doctrinas socialistas que nunca abandonará.
Forjado en el clima moral del cardenismo, que halla una de sus cús- pides en la gesta de la educación rural, las inquietudes del joven maes- tro crecen en la medida que profundiza sus conocimientos, afinando las armas de la inteligencia y la palabra. Muy pronto, sus compañeros reconocen en él al dirigente confiable, capaz de representarlos siempre con genuina modestia, pero con absoluta firmeza. Esa voluntad de no tolerar las injusticias que abruman a la sociedad mexicana lo harán el militante comunista íntegro, cabal, que sus contemporáneos conocie- ron y respetaron. Gracias a su extraordinaria capacidad de expresar las ideas con claridad y emoción, para defenderlas con firmeza pero sin ofuscamiento, Othón escribirá una página memorable en los patios de la Secretaría de Educación Pública, donde los maestros resisten al oprobio. Ese episodio, acaso el más conocido de todos, no será el único. A través de los años su voz se escucha clara y vibrante en las plazas públicas de los pueblos del sur, atrofiados por el hambre y el olvido; en las reuniones partidistas a las que siempre lleva el mensaje de los más desamparados; en los salones del Poder Legislativo a los que la izquierda acude para cambiar a México; en las marchas por la dig- nidad a través de los páramos de La Montaña, portando la bandera tricolor; a la cabeza de los indígenas que exigen justicia, no caridad, hablando el lenguaje universal de la esperanza; en el Palacio Muni- cipal de Alcozauca, donde los niños aprenden a amar a Vicente Gue- rrero y a poner por delante ese indestructible proyecto de futuro que
para él es la patria liberada.

Cuando la historia lo llama a defender los intereses del magisterio oponiéndose a las oscuras maniobras oficiales, la figura de Othón cre- ce ante la miseria moral de sus adversarios: los funcionarios de la Se- cretaría de Educación Pública; los prevaricadores de la “clase política” oficialista; los falsos representantes sindicales que ya entonces, hace más de medio siglo, pretendían regentear a su antojo la organización que en teoría debía representar los intereses legales e históricos de los maestros. En medio de aquella lucha desigual, Othón comprende que el abandono secular de la enseñanza no es, solamente, el resultado perni- cioso (pero corregible) de algún mal gobierno. Había algo más: la sub- estimación del magisterio como un protagonista importante en la vida nacional reflejaba, en exacta proporción, el ascenso de la burocracia sin- dical que suplantaba la voluntad democrática de los propios maestros.
Así, esa lacra que es el charrismo venía a cancelar, junto con otros derechos básicos, la posibilidad de hacer de la educación pública la gran palanca que el desarrollo humano estaba exigiendo. Simplemen- te, los intereses dominantes la habían instrumentalizado para servir al propósito de mantener el control, la pax pública. Planes e inversio- nes se multiplican, es cierto, pero la educación mexicana, sin la par- ticipación democrática de los maestros, no consigue salir de la crisis. El resultado, lo estamos viendo, es la sustitución de la enseñanza fundada en el laicismo como un medio para la emancipación positiva de la mayoría, por una visión raquítica, poco comprometida con la renovación ética y cultural de la nación.
Habérselo recordado a gobernantes autocomplacientes en plena euforia desarrollista fue el mayor delito de Othón Salazar. Él no se conformó con un magisterio dócil, cautivo del juego gremial, poderoso en potencia, aunque pasivo y débil en los hechos. Por eso sufrió repre- salias, despido, cárcel, ninguneo. Para él –y así lo dijo muchas veces– la crisis de la educación sólo podía resolverse con una perspectiva de Estado, es decir, a través de una gran reforma nacional. Y ésta, para ser eficaz, tenía que apoyarse en la conciencia autónoma de las ma- sas, en sus organizaciones gremiales y políticas y en la movilización sin tregua en defensa de sus ideales. Sólo desplazando del poder a

los grupos que administran la pobreza, amparándose en promesas y demagogia, sería posible construir el futuro.
Despojado de su plaza laboral –la cual, para vergüenza de las auto- ridades educativas, jamás le fue reintegrada–, el maestro Othón no se resignó a vivir de rodillas. Prosiguió la lucha patriótica en defensa de los humildes. Su voz retumbó en los pueblos, alertando a los trabajadores o dialogando con los universitarios. Incansable, optimista y congruente con sus ideas, jamás hizo a un lado los principios socialistas. Al con- trario, éstos se fortalecieron en la tierra que lo vio nacer y morir. Aquí, en su municipio natal, Alcozauca, del que sería presidente, contribuyó al triunfo del primer ayuntamiento de izquierda de la época moderna, haciendo posible el despliegue de la democracia a través de La Montaña entre las comunidades indígenas, históricamente olvidadas por todos.
Hoy nos unimos en homenaje póstumo al alcozauquense más im- portante de la historia. Por una vez, la izquierda se muestra unánime en el reconocimiento. Ojalá y también sepa aprender de las enseñan- zas esenciales del Maestro: la humildad, la tenacidad, el buen ánimo y su rechazo a las componendas sin principios; su fidelidad a la gente humilde, la congruencia personal sin la cual no hay proyecto colectivo digno de tal nombre.
A los habitantes de Alcozauca, a la gente de La Montaña, a sus fa- miliares y camaradas, un adolorido abrazo. No te olvidaremos, Othón.

■ Othón, educación y moral

Alcozauca, noviembre de 2009 66

Hace un año, conmovidos, despedíamos a Othón Salazar. Al maestro Othón Salazar.
Quiero subrayarlo porque no hay en él otro atributo que mejor lo defina ante sus contemporáneos. La vocación, el carácter, las circuns-

66 Leído en el homenaje al profesor Othón Salazar a un año de su fallecimiento.

tancias lo llevaron, en efecto, a la carrera magisterial. La vida, la claridad de sus ideas, así como la voluntad de servir a los demás lo hicieron un Maestro, con mayúsculas, un Maestro de la vida, en el sentido más noble de la palabra.
Surge a la palestra pública en un momento particular de nuestra historia, cuando la enseñanza pública, fuente nutricia de la trans- formación de la conciencia nacional, comienza a perder significación en los planes del Estado. De ser la base del pacto social surgido de la Revolución popular, la educación pasa a ser una variable, un recurso, muy importante, desde luego, pero uno más entre los mecanismos puestos en marcha para mantener la estabilidad que requerían los nuevos grupos de poder para consolidarse.
Hasta mediados de los años cincuenta, la enseñanza promueve el ascenso social de algunos individuos, pero poco a poco ésta se aban- dona a las decisiones burocráticas, al control sindical ejercido por ca- marillas corruptas, cuya sola existencia contradice los fines últimos que el magisterio debe cumplir. La figura del profesor, clave para en- tender el triunfo, así sea parcial, de los ideales revolucionarios, pierde después de Cárdenas su carácter ejemplar: de ser una fuerza para la cohesión social de la sociedad en su proceso de modernización, el ma- gisterio es relegado a cumplir una función subordinada.
En lugar de ejercer su influencia benéfica en la formación de la ju- ventud en el espíritu marcado por la Constitución, se aprovecha la fuerza numérica del sindicato, la pobreza de la inmensa mayoría, para hacer de sus contingentes la mayor brigada de apoyo corporativo.
Cada maestro se transforma en un empleado sin derechos, al que se le niega la función liberadora que la Revolución le había asignado. Ése es el contexto en el que surge y se despliega la figura de Othón Salazar, un joven normalista dispuesto a vivir y trabajar bajo los principios y los valores que la tradición de lucha al lado de los po- bres de México había forjado en el magisterio. La historia posterior es bien conocida: Othón será, a la vez, dirigente sindical democrático, comunista activo, líder de numerosas causas populares, funcionario incorruptible, hombre de principios y político de izquierda sin dog-

matismos estrechos. Pero, sobre todo, un hombre de una honestidad a toda prueba, que hace que su presencia se mantenga viva aun des- pués de su muerte.
Ahora es justo añadir algo más: mientras la educación en México siga estando en manos de los intereses inmorales que la exprimen desde hace más de medio siglo, la presencia de Othón Salazar –por sí misma o en representación de los millares de profesores que mantie- nen en alto esos ideales– seguirá creciendo. La perspectiva histórica pone las cosas en su sitio. De nada valió privarlo del derecho a volver a dar clases o el intento de silenciar su voz, pues hay un hecho incontro- vertible: mientras la educación –repito– siga en manos de los mismos que la descarrilaron para hacerse fuertes a expensas de debilitar a la nación, y mientras al sindicato lo gobiernen los herederos de aquellas camarillas corruptas y corruptoras, ningún otro mexicano simboli- zará como Othón Salazar al verdadero maestro, aquel que asume su tarea con humildad, pero seguro de la grandeza de sus fines.
Ante la acusación absurda de que todos los sindicatos son igual- mente malos, cabe insistir en que nunca como hoy el sindicalismo democrático ha sido más necesario. Sólo hay que detenerse a mirar la tragedia en que viven millones de personas sin empleo, desprovistas de lo indispensable, aterrorizadas por la violencia que las acosa desde varios frentes. La cancelación paulatina de los derechos sociales o la sistemática anulación de las demandas legítimas de los trabajadores junto a la liquidación de los sindicatos desafectos ideológicamente al gobierno pero sujetos a la legalidad laboral, están a la orden del día. Pero la búsqueda de una alternativa a los liderazgos que hoy respon- den a la derecha es imposible sin una clara visión de la crisis política, económica y social que cruza en todas direcciones a nuestro país. Y es en este punto donde me parece urgente pensar en la herencia de Othón como una gran reserva para el futuro, pues, a diferencia de otras personalidades progresistas de México, el maestro supo com- prender, sin desmayar en el intento, que la izquierda no puede reali- zar sus fines sin mantener la correspondencia justa entre la política y la moral.

Como lo ha escrito otro de mis clásicos entrañables: “La izquierda tampoco puede admitir ciertas prácticas que desarman moralmente a militantes y ciudadanos, debilitando sus convicciones y su confianza en los principios y valores asumidos”.67 Para Othón, bien lo saben quienes militaron a su lado, si es importante vencer al adversario que parece todopoderoso, el cómo lograrlo es igualmente definitivo. Para la izquierda no es suficiente reivindicar los objetivos más puros, sino que debe hacerlo empleando medios consecuentes con tales fines. He ahí, en mi modesta opinión, la enseñanza capital de Othón Salazar: para ganar la larga batalla contra la explotación hay que hacer polí- tica sin entregarse a sueños utópicos que no miden tampoco la corre- lación de fuerzas, pero hay que hacerlo sin abandonar los principios éticos que, en definitiva, hacen la gran diferencia entre las izquierdas y las demás fuerzas.

■ Dos notas sobre Alcozauca

Comunidad y democracia

La Jornada, 13 de septiembre de 1990

Surgen varias preguntas para una discusión más a fondo de los gran- des temas sobre la democracia y la justicia social que tocan a todos los proyectos de modernización nacional. Por ejemplo, ¿cómo hacer
–valga la expresión– para que los procesos electorales, que son el medio imprescindible en el proceso de transformación democrática del régimen monocolor –donde partido, organización y ayuntamien- to eran menos los instrumentos de la representación y más piezas maestras del mecanismo de control social– no se traduzcan en una división popular, aprovechable por los mismos intereses que se in-

67 Adolfo Sánchez Vázquez, Ética y política, México, Fondo de Cultura Económica, 2007.

tenta desplazar? La unidad de los pueblos, sobre todo en el mundo de las comunidades indígenas, no ha impedido, es cierto, el saqueo de sus recursos ni tampoco la explotación de la que son objeto y víctimas por parte de los caciques, intermediarios y burócratas. Pero en esa unidad –que está siempre sujeta a cambiantes influencias “externas”, sean políticas o ideológicas–, en cuanto que parece tener un valor por sí misma, radica una de las claves de su supervivencia cultural y aun productiva. La democratización les permite a las comunidades más atrasadas, que vegetan en el mundo de la pobreza extrema, romper con las ataduras espirituales que hacen de la miseria un estado per- manente, una suerte de “cultura” donde prevalece cierto pensamiento fatalista e inerte; allí, la perspectiva democrática, con su oferta de opciones, abre una ventana a la esperanza que promete un presente vivible, aunque el cambio real sea todavía un sueño. Pero la compe- tencia, lo mismo que en otros campos de la actividad, también intro- duce diferencias, posiciones encontradas, “partidos” que se insertan en la propia escala de valores que también suele corresponder a una jerarquía interna autoritaria contra la cual, en efecto, tropiezan. La democratización, con su liberación de nuevas fuerzas e impulsos so- ciales, se vuelve contra la inequidad del mundo que rodea o contiene a la comunidad; pero puede también atentar contra los diversos privi- legios que subyacen bajo la idílica vida comunitaria que bajo ningún concepto puede idealizarse.
La construcción de un “sujeto democrático” en tales condiciones no debe reducirse a suplantar la antigua comunidad por la “organización social”, como tampoco es factible fundar al nuevo municipio libre sin la renovación del contrato comunitario. Para ello se hacen necesarias ciertas condiciones mínimas, sin las cuales la democracia carecería de sustento firme. Hacen falta partidos representativos de la diversidad existente en la comunidad, pero también un mínimo marco de estruc- turas externas: factibilidad de iniciar un ciclo de progreso.
La cuestión del combate a la pobreza no es, por tanto, una acción complementaria, sino la única forma eficaz de consolidar el juego democrático. Si las fuerzas nacionales se comprometen a aliviar los

efectos más dramáticos o notorios del hambre y la desigualdad, toda- vía seguirá haciendo falta una acción nacional mucho más extraordi- naria en recursos productivos, participación calificada, además de la social, para lograr el desarrollo que exige la democratización, so pena de reiniciar el ciclo de los conflictos sociales.

Símbolo en peligro

La Jornada , 14 de noviembre de 2002

Si Alcozauca devino en símbolo de la lucha democrática de la izquier- da mexicana, ello no se debe sólo al carisma de líderes como el maes- tro Othón Salazar, viejo combatiente de las causas populares, cuya presencia al frente de la comunidad fue y es, por fortuna, garantía de valor y honestidad, de capacidad para sumar con flexibilidad la simpatía de propios y extraños en torno al pequeño municipio de La Montaña. Es que ese diminuto municipio enclavado en lo más pro- fundo de La Montaña guerrerense fue el primero donde se alzaron las banderas de un cambio que entonces parecía imposible.
Más allá de toda interpretación subjetiva, lo cierto es que la victoria electoral del Partido Comunista Mexicano en Alcozauca puso al des- nudo algunos de los mitos que en esos años envolvían el pensamiento y la práctica de las izquierdas, no obstante la reforma política de 1977 que abrió una puerta a la expresión del pluralismo. En primer lugar, probó que la vía electoral, tan subestimada –cuando no despreciada– por muchos, era viable si al poder casi atávico del priismo se le oponía la fuerza organizada de la comunidad.
Pero, además, se puso de manifiesto el hecho verdaderamente cru- cial de que la democracia no era únicamente una fórmula reservada a las poblaciones urbanas ilustradas o menos comprometidas con los controles corporativos ejercidos en el campo, sino que en ella cabían también las reivindicaciones de una población mestiza o indígena que había sido sistemáticamente excluida y defraudada por el Estado y sus caciques locales.

La permanencia de la izquierda al frente del ayuntamiento durante 25 años gracias al voto y a la participación electoral mostró el camino a otras comunidades de la región, igualmente hundidas en el olvido, la migración forzosa, la tentación de la violencia y el nada imaginario peligro del narcotráfico que devasta el tejido social en amplias re- giones de Guerrero. Se confirmó, además, la importancia del espacio municipal rural como sustento del cambio democrático que –ojo– no reemplaza sino que potencia al movimiento social. Ciertamente, las desventajas representadas por el aislamiento y la pobreza absoluta de recursos, y el abandono de los políticos tradicionales de todo signo hicieron posible el crecimiento de una oposición muy abierta formada en la tradición del cardenismo histórico y en la ideología socialista, que de inmediato puso manos a la obra cuando de gobernar se trataba para paliar en algo las condiciones de vida de la gente.
Siempre acosada, Alcozauca ha sabido mantenerse en pie, a pesar de que contra ella no se escatimaron las agresiones físicas, las presiones económicas y morales, las mil maniobras provenientes del poder, pero también, hay que decirlo, la incomprensión, la indiferencia, cuando no la traición de algunos de sus correligionarios partidistas, convertidos de la noche a la mañana en expertos en el arte de jugarse la cabeza de los demás en el tablero del poder. Pasaron años antes de que algún dirigente nacional del psum o del prd se dignara visitar el municipio, se- guramente mal aconsejados por la pequeña oligarquía burocrática que suele capitalizar en los estados los logros (y los puestos) de “sus bases”. Por si no bastara el priismo histórico, contra el municipio de Alco- zauca actúan desde hace años las fuerzas de Antorcha Campesina, dispuesta a extender su influencia regional desde su sede en Teco- matlán, Puebla, al resto de la Mixteca, incluyendo los municipios co- lindantes de La Montaña. Para conseguirlo no han parado en recur- sos y chicanas, con la complacencia de las autoridades que los dejan
hacer y deshacer a su antojo.
Los enemigos de Alcozauca son los enemigos de la democracia en México: los políticos corruptos que usan a los pequeños municipios como moneda de cambio en sus negociaciones particulares, los ca-

ciques corporativos que no toleran la independencia municipal, los “operadores” hábiles en la despreciable tarea de corromper o distor- sionar la voluntad ciudadana aprovechándose de la miseria de la gen- te, los dueños de la riqueza que siguen viendo a la desigualdad como un tema de la caridad cristiana. En fin, el México viejo que no acaba de extinguirse por más que el presidente y el gobernador de Guerrero se reúnan en Tlapa para pronunciar el enésimo e inútil discurso con- tra la pobreza.

La izquierda y la democracia: entrevista con Hernán Gómez

Configuraciones, núm. 14, primavera-verano de 2004

Hernán Gómez: ¿Estás de acuerdo en que la izquierda descubre la democracia a partir de 1968? ¿Cómo cambia a partir del movimiento estudiantil de ese año?

Adolfo Sánchez Rebolledo: No hay que confundir la izquierda con los “izquierdistas” que, en nombre de la revolución, se oponen a im- pulsar la más mínima reforma democrática que ellos, en su estrechez, califican como una mera “desviación” en la lucha por el poder del Es- tado. La vertiente marxista de la izquierda, ciertamente, critica la democracia “formal” defendida por los partidos liberales y socialde- mócratas, y se propone sustituirla por una democracia verdadera o “real”, pero al mismo tiempo, en términos políticos prácticos, la iz- quierda es un elemento esencial en la lucha por la democratización de México a lo largo del siglo xx y muy especialmente después del movimiento de 1968.
Aquellos acontecimientos, en efecto, pusieron a prueba las concep- ciones de la izquierda marxista y le plantearon el desafío de seguir un nuevo curso de acción que finalmente llevaría a una reflexión sobre la democracia, ya no como un instrumento o una etapa hacia la revolución, sino como un objetivo viable por el que valía la pena esforzarse.
Ese largo trayecto, justo es decirlo, no ha terminado aún, pues aun- que la mayoría de las fuerzas políticas de la izquierda están com- prometidas en la lucha institucional, las viejas ideas no han desa- parecido del todo, más aún cuando el entorno social e ideológico de exasperación social y desencanto parece revivirlas.
La crisis del 68 plantea la necesidad de la democracia para la iz- quierda, ciertamente, pero también para el resto de las fuerzas po-

líticas dentro y fuera del Estado, pues en definitiva el movimiento estudiantil de 1968 puso a prueba el funcionamiento del modelo polí- tico surgido de la Revolución mexicana, sobre todo su capacidad para incluir en el seno y bajo el paraguas del partido oficial los intereses de las más heterogéneas fuerzas sociales.
El movimiento estudiantil tropieza prácticamente de inmediato con el poder político y comprueba, a través de su propia experiencia, que el Estado mexicano había entrado en una fase de rigidez. En las demandas del movimiento se planteaban exigencias muy elementa- les: respeto a las garantías y los derechos expresamente consignados en las leyes y la Constitución. Sin embargo, al no tener éxito en ello, se puso en cuestión a todo el Estado y a todo el régimen político mexi- cano. Por eso es que se dice, con razón, que el movimiento moderno por la democracia comienza en 1968, ya que es entonces cuando el régimen evidencia su incapacidad para asimilar las demandas de los sectores urbanos ilustrados no conformes con los mecanismos vertica- les de conducción de la política.
Este rechazo radical del autoritarismo, sin duda constituye la pla- taforma y el punto de partida para un movimiento más profundo de democratización de la sociedad mexicana. En este sentido, la izquier- da descubre que ningún tema es tan importante como el de la demo- cratización de la vida pública del país, y a partir de entonces la cues- tión de la democracia aparece en todas las banderas de la izquierda como una reivindicación muy importante.

Hay quienes han planteado que existe una contradicción entre el mar- xismo y la democracia política. ¿Qué ocurre a partir de 1968 con las concepciones de la izquierda que despreciaban la democracia política por su carácter burgués?

Se trata de una cuestión teórica que forma parte de un debate que se había dado en muy distintos frentes; sin embargo, es importante decir que el 68 no cuestiona especialmente eso. El gran cuestiona- miento a esas tesis clásicas, tanto del marxismo-leninismo como de

la práctica política de los países comunistas, comienza a plantearse prácticamente a raíz de la crisis de la experiencia chilena, es decir, del fracaso del socialismo por la vía pacífica tras la represión y el gol- pe de Estado.
Esta experiencia obliga a ciertos sectores de la izquierda, no sólo en México sino en el mundo entero, a discutir la relación entre democra- cia y socialismo a partir de una crítica al modelo soviético.
Así, surge el eurocomunismo como una necesidad de luchar por el socia- lismo aquí y ahora, y la urgencia de incorporar el tema de la democracia como componente sustantivo de la visión socialista de la sociedad.
En México, sin embargo, el debate estaba mucho más atrás. Aquí, la izquierda había debatido si lo que estaba en puerta era una revo- lución directamente socialista, como habían planteado en su momen- to los trotskistas; si estábamos a las puertas de una revolución, que debía serlo primero de “liberación nacional” y luego democrática y socialista, como planteaban las corrientes maoístas y en cierta forma también los soviéticos, o si debíamos hacer primero una revolución democrático-burguesa que instalara las libertades fundamentales, para después hacer una revolución socialista.
Los comunistas mexicanos y otros grupos políticos, como Punto Crítico, en el que yo estaba, planteábamos que como el Estado mexi- cano no podía tolerar un régimen democrático y estaba de tal mane- ra dispuesto a impedirlo, la tarea democrática se vinculaba de una manera orgánica y natural con las tareas socialistas. En esta lógica, la revolución tenía que ser democrática y socialista, ya no como dos etapas, sino como un proceso continuo en el cual se comenzaba con las tareas por la democracia, que solamente se podían alcanzar cum- pliendo el programa máximo, que era el socialismo.

¿Cómo te cambió el 68 en el plano personal?

El 68 nos cambió a todos. No sólo porque el movimiento era la expre- sión de una vitalidad que desconocíamos en la sociedad mexicana, sino porque fue un descubrimiento moral que después nos dio la pau-

ta para convencernos de que el régimen político no iba a cambiar si no dábamos una lucha para ello.

¿Consideras que a partir del 68 el sindicalismo democrático adquirió un mayor impulso?

El sindicalismo democrático tiene una historia anterior al 68. Es impor- tante insistir en que, a pesar de que el 68 es muy importante, no es la fuente de todo. Los sindicatos habían luchado por democratizar sus pro- pias organizaciones, incluso de una manera en la que no lo había hecho ningún otro sector de la sociedad. Ahí está la historia de los ferrocarrile- ros, del movimiento médico, de los maestros y de muchos destacamentos en los que la democracia interna había sido aplastada por una acción del Estado, aprovechando los instrumentos corporativos de que disponía.
Con la represión posterior al movimiento quedan canceladas todas las formas de oposición y algunos movimientos que se habían gestado antes del 68, como el de los electricistas, algunos embriones del mo- vimiento ferrocarrilero o los remanentes del movimiento magisterial, empiezan a desarrollar agrupaciones sindicales que tenían por objeto la reivindicación gremial, animados por los cambios que imponía un nuevo modelo productivo basado en la reconversión industrial y la modernización económica.
En ese contexto, el movimiento de los electricistas comienza a ad- quirir una fuerza enorme a raíz de un proceso propio. Por el hecho de ser una fuerza nacional con reivindicaciones políticas complejas, este movimiento se convierte en polo de atracción nacional para un conjunto de fuerzas que se aglutinan en torno a lo que se ha dado en llamar la insurgencia popular.
Naturalmente, algunos grupos estudiantiles se acercan a ese mo- vimiento bajo la consigna de la “alianza obrera-campesina-estudian- til”, que parte de la idea, un tanto ingenua, de que los estudiantes, por su ubicación en la sociedad y por ser un sector no comprometido con intereses materiales, podían convertirse en la vanguardia de todo movimiento obrero y popular.

Los estudiantes tenían la experiencia inmediata de una lucha for- midable, de tal forma que muchos de ellos se acercaron a los sindica- tos con el ánimo de repetir entre los trabajadores las experiencias del movimiento estudiantil, pero el intento de trasladar a la clase obrera sus propias fórmulas de movilización no prosperó.
Sin embargo, aunque el intento de alianza obrero-estudiantil no halla eco en los sindicatos, muchos estudiantes deciden romper sus vínculos tradicionales y se lanzan a la aventura inédita de organizar las masas en asociaciones rurales y colonias populares, lo cual constituyó una ex- periencia singular, directamente vinculada al movimiento estudiantil.

¿En qué se concretan estos esfuerzos?

Principalmente, en la organización de un movimiento popular muy amplio que adopta las ideas del maoísmo, en años en que está vigente la ideología de la Revolución Cultural china, que insta a romper todo lazo con las burocracias y a liberar al proletariado de toda atadura. Muchos estudiantes mexicanos, como en otras partes del mundo, se lanzan a la tarea de “servir al pueblo” bajo la lógica de que los estu- diantes más bien deben aprender de las masas, pues son ellas las que indican el ritmo del cambio y las necesidades de las transformacio- nes. Así es como se crea un movimiento urbano-popular muy extenso y sólido, y se forman cuadros en verdad de izquierda vinculados a las masas trabajadoras más allá del ámbito ideológico.
Esta izquierda social hizo una gran aportación al desarrollo de la conciencia democrática, inseparable de las necesidades básicas de una población sometida a la desigualdad y la pobreza; sin embargo, se resistía a que el movimiento se canalizara por medio de un partido que le diera cohesión y objetivos comunes.
En los años setenta, a partir de las experiencias latinoamerica- nas comenzó a discutirse si, como decía la III Internacional, dicho partido se podía formar “desde fuera”, al modo leninista, o si era preferible adoptar el punto de vista expuesto por Marx, en el sentido de concebir el partido obrero como un partido que admite distintas

expresiones, que no es un partido homogéneo, sino que tiene distin- tas direcciones.
Esta idea de volver a las fuentes originarias marxistas y cuestionar el leninismo-estalinismo nos llevó a la búsqueda de otras ideologías que sirvieran como inspiración. Así fue como pasamos a la lectura de Gramsci y otros autores que nos condujeron a una interpretación diferente del significado del Estado y, con ello, del significado de un partido obrero en las condiciones de un país como México.
En los primeros años de la década de los setenta fui director de la revista Punto Crítico, la cual se formó por iniciativa de un grupo de ex- dirigentes del movimiento estudiantil del 68, que coincidieron en un pro- yecto que se planteó muchos temas de la agenda creada a partir de 1968. Para entonces existía un movimiento armado en dos grandes vertientes: una campesina y rural, y otra urbana. La primera de ellas, surgida como parte de las contradicciones del mundo rural mexicano, en cierto modo era un remanente de la Revolución mexicana, que se desplegó en esta- dos en los que no se había dado la reforma agraria y la lucha contra el caciquismo estaba en pañales; en el caso de la segunda se trataba de un fenómeno social e ideológico promovido por gente que no veía ninguna salida y se lanzaba a dar de tiros. En ambos casos, la desesperación ante un estado de cosas que parecía inamovible hizo su tarea.
A muchos nos parecía un error, un camino poco productivo. Ade- más, había suficientes lecturas como para saber que esas vías esta- ban condenadas al fracaso. Nosotros no condenábamos a quienes to- maban esos caminos. Entendíamos que era gente que se equivocaba y estaba tomando una ruta errónea, pero no había una condena porque sabíamos que en el país había muy pocas condiciones para expresarse política y democráticamente.

¿Tienes alguna evidencia de que el Partido Comunista Mexicano apo- yó a algunos de estos grupos?

No, ésa es una pregunta que no se puede hacer. Yo no tengo evidencia de nada, a mí no me consta nada de lo que se diga. En primer lugar,

una muy buena parte del movimiento guerrillero surge como una es- cisión del pCm, que venía gestándose desde antes del movimiento del 68 y que hizo crisis después del movimiento. Se trataba de jóvenes comunistas que habían llegado a la conclusión de que las vías y tác- ticas del partido no conducían a nada más que al fracaso. Estábamos hartos de ir a manifestaciones pacíficas para que nos reprimieran y que nadie hiciera nada. No se trataba de una actitud conspirativa, sino de algo que estaba en el ambiente.
Después del 68, el pCm está convencido de que el régimen de re- presión inaugurado por Díaz Ordaz va a continuar agudizándose con Echeverría. Cuando se decía “no queremos apertura, queremos revolución”, de alguna forma se le daba la razón a los grupos arma- dos. De esta manera se llegó a una situación muy compleja en medio de una enorme confusión y ambigüedad. Con el tiempo se hizo cada vez más claro el hecho de que el movimiento armado no sólo era una opción contra el Estado, sino contra la propia izquierda, incluido el pCm, al que se le endilgaban los calificativos de “demócrata” y “refor- mista”. Poco a poco se fue haciendo necesario explicarse no sólo las razones de los alzamientos, sino también la obligación de condenar un método de lucha que llevaba al fracaso político a quienes lo em- prendían.
Sin embargo, salvo excepciones, la izquierda se quedó a medias sin hacer un ajuste de cuentas, pues en definitiva se mantenía en pie la tesis de que, en las condiciones del Estado autoritario, todas las for- mas de lucha eran válidas o legítimas, aun si el recurso de las armas estuviera equivocado.

Tú conociste a Rafael Galván y tuviste un trato directo con él. ¿Cómo contribuyeron sus ideas a la construcción de una izquierda democrática en México?

Galván era, antes que nada, un sindicalista y un hombre dispuesto a dar la vida por la defensa de los intereses de sus agremiados. Había surgido a la vida política por la confluencia de dos grandes corrientes

que, desde joven, lo marcan a lo largo de su vida: la corriente revolu- cionaria del cardenismo y el marxismo que, a la llegada a México de León Trotski, adquirió en él un tinte particular. Galván creyó hasta el final de su vida y mantuvo la tesis de que la Revolución mexicana, el Estado que era su producto fundamental, no había terminado su ciclo histórico y aún podía servir para relanzar a la nación a una nueva fase de desarrollo.
En su particular visión del nacionalismo revolucionario, Galván creía que la parte más radical y reformadora de la Revolución mexica- na podía recuperarse a partir de la conjunción virtuosa entre el movi- miento obrero independiente y un gobierno de la República dispuesto a seguir un curso reformista apoyado en las masas. Pensaba que si estas dos condiciones se daban aún sería posible propiciar un viraje a fondo en la vida pública, alejando el país de la creciente influencia de los intereses foráneos que ya dominaban la economía.
Esa lucha, como es natural, partía de los sindicatos cuya democra- tización era clamor desde fines de los años cincuenta. Sin embargo, la reacción del corporativismo fue brutal, y Galván, junto con otros dirigentes honestos, tuvo que librar, desde los años sesenta y princi- pios de los setenta, una lucha terrible, por desigual, contra la Ctm en pleno, que una vez más recibió el apoyo del poder en turno.
Esa lucha por un sindicalismo democrático llevó a Galván a formu- lar una serie de planteamientos nacionales que rebasaban el ámbito meramente gremial. Después del 68, cuando surge a la lucha abierta, lo hace con un programa completo, definido y alejado de cualquier improvisación o tendencia espontaneísta. No era Galván un opositor en el sentido corriente del término, sino un dirigente sindical que lu- chaba por reformas que modernizaran a las organizaciones gremiales y elevaran así su capacidad de intervención en los asuntos del Estado que directamente les atañen para, por esa vía, participar en la orien- tación del desarrollo nacional.
Galván, hay que decirlo, fue el primero en hacer un planteamiento de fondo para la reestructuración del sector estatal de la economía y, fundamentalmente, de las empresas eléctricas. Es importante insis-

tir en que él alertó, desde los años setenta, sobre la crisis que se ave- cinaba, señalando la enorme responsabilidad que le cabía al propio Estado por convertir la empresa pública en un apéndice al servicio del gran capital extranjero.

¿Consideras que se puede ver en las ideas de Galván uno de los oríge- nes de la formación de una izquierda reformista, como más tarde lo fue el Movimiento de Acción Popular?

Galván tuvo una enorme influencia sobre muchos de los que después formamos el map. En mi caso, yo fui antes amigo personal de Gal- ván que compañero de ideas. Durante mucho tiempo incluso estuve en contra de sus opiniones, pues me parecía que su concepción del Estado mexicano, como representante de causas populares, era una aberración para la cual no había espacio. Para mí, todo intento por conciliar con los trabajadores era actuar contra ellos; por eso durante mucho tiempo, siendo yo muy joven y Galván un senador de la Repú- blica, tuvimos muchas discusiones en las que él, con mucha paciencia, trataba de demostrarnos el significado que tenía la Revolución mexi- cana, que, a su juicio, la izquierda había perdido de vista.
Hay que tomar en cuenta que a partir de 1960 el pCm había es- tablecido la idea de que el Estado de la Revolución no era más que un Estado de la burguesía y un socio menor del gran capital, por lo que hacía falta una nueva revolución, no para profundizar la anti- gua Revolución mexicana que había muerto, sino para llegar a una nueva. En contraste con aquella idea que dominaba no sólo en el pCm, sino en prácticamente todos los grupos de izquierda, Galván representaba una actitud de reivindicación del movimiento revolu- cionario mexicano, particularmente del momento cardenista, como una posibilidad de cambio distinta a la matriz soviética, pues re- planteaba el tema de la Revolución mexicana y del Estado no como algo acabado, sino como un campo de fuerzas interactuantes en el que los movimientos sociales podrían imponer ciertas condiciones y ciertas políticas.

Esta influencia, sumada a las ideas de Gramsci y a la discu- sión teórica latinoamericana sobre el Estado, frente a la cual la visión marxista resultaba demasiado estrecha, nos hizo mirar de otro modo la noción del Estado como Estado de clase, como punto de llegada, para verlo solamente como punto de partida. Fue así como Carlos Pereyra empezó a cuestionarse temas como el de la concepción del partido, y lo mismo comenzó a hacer gente como Gustavo Gordillo y Arnaldo Córdova, en una pluralidad de postu- ras intelectuales de izquierda respecto del fenómeno del Estado y la Revolución mexicana, así como del papel de la clase obrera y los trabajadores en el marco de una discusión sobre la necesidad de un nuevo modelo de desarrollo que diera otra expresión al proyecto nacional.
El movimiento de los electricistas democráticos, su consecuencia política y su capacidad para elaborar un programa nacional ajustado a las condiciones contemporáneas, sin duda ejercieron una influencia prácticamente definitiva en la formación del map, sobre todo porque en él se incorporaron numerosos profesores que tenían la experiencia del 68 y de la sindicalización de los trabajadores y del personal acadé- mico en la Universidad de los años setenta.
Esa práctica sindical lleva inmediatamente a la convergencia con Galván y más adelante al encuentro de sus tesis sobre el movimiento obrero que orientan la formación de un gran movimiento de masas que moviliza a millones y genera día a día una acción política muy intensa, que no sólo es producto de una discusión intelectual, sino que es un hecho concreto.
El map se forma, así, como una confluencia de corrientes que buscan una alternativa política en el marco de la reforma política de 1977, que, como era claro, estaba diseñada para cortarle el cuello a los mo- vimientos sindicales y populares, abriendo un espacio a la izquierda política pero cerrando las llaves al movimiento social. La discusión se dio en el seno de los grupos que estábamos vinculados con Galván por la vía sindical o por medio de la revista Solidaridad, en la que muchos de nosotros participábamos.

¿Qué pretendía lograr la izquierda con la formación del psum?

El lugar común decía que la izquierda era débil porque estaba divi- dida. Antes de que se consolidara una agrupación de izquierda ya se anunciaba una facción disidente. La unidad era, en consecuencia, la gran aspiración. A finales de los años setenta, derrotada la insurgencia popular y abierta la posibilidad de la reforma política, la única pers- pectiva estaba en la participación electoral; de ello dependía la existen- cia legal de la izquierda y, por tanto, su posibilidad de crecer. El pCm trabajaba en esa dirección y, aunque persistía la desconfianza hacia las elecciones, lo cierto es que en su primera salida electoral había obtenido el apoyo masivo de toda la izquierda, incluso de aquella que no era comunista, porque se había entendido que la legalización del partido era una conquista democrática del conjunto de la izquierda.
Ahora, una vez que se tenía el registro, el gran problema era cómo crear una corriente electoral de izquierda suficientemente fuerte, pues era obvio que ningún partido de izquierda podía lograr eso por sí solo y enfrentarse con éxito, ya no se diga al pri, sino al pan.
El tema de la unidad de la izquierda, por tanto, era una idea fuerte que atraía y ante la que nadie podía estar en contra. Si existía una pro- puesta seria y convincente, no había razones para quedarse al margen.

¿En qué condiciones se forma ese partido?

La discusión sobre la unidad de la izquierda se refuerza con la pre- sencia electoral de ésta, pues el registro del pCm abre las puertas a nuevas alianzas con otras fuerzas, entre ellas la Tendencia Democrá- tica encabezada por Galván, que interviene en el grupo que estudia la posibilidad de avanzar hacia la unidad de la izquierda. Cuando no- sotros decidimos formar el map, en primera instancia queríamos for- mar una asociación política y desde allí participar en alianza en las elecciones, particularmente con el pCm. Galván, por desgracia, falleció antes de que hubiéramos llegado a una misma postura; sin embargo, los trabajos continuaron sin interrupción.

Cuando se lanza el llamado a la unidad de la izquierda, nosotros ape- nas estábamos en el proceso de constitución del map como organización política. Así fue como decidimos, motu proprio, que la unidad era una opción de la cual no podíamos aislarnos porque, en efecto, la unidad de la izquierda era necesaria para el desarrollo de una fuerza política dis- tinta. Entonces pedimos nuestra incorporación al proceso, cumpliendo con los mismos requisitos que los demás partidos que estaban en ese camino de integración. Rápidamente nos pusimos al día en los térmi- nos estatutarios, hicimos asambleas y congresos, y dispusimos nuestra incorporación formal al proyecto de unidad de la izquierda. Era una decisión política que atendía a circunstancias políticas. Manteníamos la idea de que la unidad sería un proceso en el cual las fuerzas políticas dirimirían paso a paso sus diferencias hasta hallar puntos de coinci- dencia más profundos, importantes y duraderos que los enunciados de manera muy simple en los documentos básicos de la fundación.
En general, coincidíamos en la idea de que el esfuerzo del psum era un intento por superar –en el sentido hegeliano del término– a la iz- quierda que había existido en México. Se trataba de potenciar capaci- dades que habían estado dormidas o disminuidas por la división. Me parece que la decisión que tomamos fue la correcta, aun cuando éra- mos una organización muy pequeña que todavía no había madurado. El psum surge con el aura de ser el primer partido de la izquierda en México, y posiblemente en el mundo, que deja atrás las diferencias his- tóricas entre los propios partidos de la izquierda y da un paso que todo mundo en su fuero interno creía necesario: había que avanzar y había
que atreverse a avanzar. Ése fue el gran mérito histórico del psum.

¿Cómo era posible aglutinar en un mismo partido a fuerzas tan dis- tintas?

Se suponía que, al ser la superación de las viejas izquierdas, uno po- día entender que los partidos que llegaban a esa nueva fuerza no iban para imponer sus viejas posiciones, sino para descubrir y crear juntos una nueva opción.

¿Y qué ocurrió?

Como suele pasar en todos los procesos políticos, lo que ocurrió fue que el debate político prácticamente desapareció y en su lugar se im- puso la lógica de los grupos que ponen por delante sus intereses a los intereses generales del conjunto. A pesar de que lo que creamos fue un partido y no un frente, en la realidad quedó pendiente el proceso de fusión, que es el tema número uno de los problemas organizativos de la izquierda desde Lenin, pues como él decía, lo más difícil es rom- per “el espíritu de círculo” en el que muchos grupos políticos hallan su verdadera razón de ser.
Eso es exactamente lo que ocurrió con el psum. De inmediato, el nuevo partido tuvo que nombrar un candidato a la Presidencia de la República. Los aspirantes eran conocidos por sus antecedentes públi- cos, pero cada uno de ellos representaba a una corriente, no al parti- do. Ya en el primer debate para la elección del candidato se hizo más o menos evidente que no iba a ser tan sencillo fusionar a las partes contendientes, pues desde ahí se mostró una gran diferencia entre quienes postulaban a Arnoldo Martínez Verdugo y quienes postula- ban a Alejandro Gascón Mercado.
Desde luego que no se aludía a cuestiones de carácter político, pues las divisiones nunca empiezan por ahí, sino por otro tipo de minucias como las organizativas o las propagandísticas. Algunos decían que era mejor candidato Gascón que Arnoldo por su carisma como orador de masas; otros, que el partido tenía que hacer una campaña propo- sitiva, desarrollar un programa, por lo que hacía falta más que un líder de masas. En realidad ése no era el debate. El debate de fondo era cuál de los dos grandes grupos que habían asistido a la fusión iba a imponer sus criterios y su concepción de la política.
Como no había tiempo ni condiciones para la discusión, lo que em- pezó a ocurrir es que el principio de mayoría se impuso sobre cual- quier otro tipo de consideraciones. Y como suele ocurrir siempre que el principio de mayoría se impone sobre la razón, lo que tuvimos no fue un proceso de fusión sino un proceso de sumas y restas, pues al poco

tiempo estábamos ante una escisión muy costosa que lesionó de una manera muy seria la vida interna del partido y la idea de la unidad.

¿Había una lógica de cuotas en el psum?

No había una lógica de cuotas establecida, pero el principio de mayo- ría aplicado indiscriminadamente en todos los asuntos actuaba contra las minorías. Si bien los viejos partidos se habían disuelto, lo cierto es que sus exmiembros conservaban una cultura partidista, compartían una forma de pensar y cierta tradición organizativa, por lo que no era necesario que todos se pusieran de acuerdo para actuar en un deter- minado sentido. En otras palabras: las identidades seguían en pie. Al- gunos cuadros procedentes del ex-pCm se sentían con derecho a seguir dirigiendo el partido, puesto que ellos habían aportado el registro y la mayor parte de los militantes. A fin de cuentas, fue un proceso de unidad entre mayorías y minorías, del que se cancelaron los espacios para que la diversidad tuviera una representación justa y apropiada. Ante la falta de mecanismos adecuados para elegir a los dirigentes, la única manera de arribar a una solución era por medio de la negocia- ción interna, posponiendo la discusión de fondo. El problema es que todo ocurría al mismo tiempo que se organizaba el partido. Así, se traslaparon las funciones políticas con las tareas organizativas, con lo cual la “fusión” terminó siendo un proceso demasiado accidentado y difícil puesto que las resistencias de las organizaciones preexistentes eran mayores de lo que ingenuamente creímos al comienzo.

El primero de los accidentes se dio cuando incluso el partido todavía no se formaba y fue la salida de Heberto. ¿Por qué si Heberto Castillo impulsó la unidad de la izquierda no confluyó finalmente en la crea- ción del psum?

Yo creo que hubo dos razones. La razón de fondo es que Heberto no se sentía seguro con esa compañía. Había hecho toda su carrera políti- ca con una bandera de independencia respecto del pCm, pretendiendo

distinguirse en una izquierda radical, antiimperialista, democrática e incluso cardenista. Yo creo que Heberto hizo un cálculo de fuerzas y no se sintió cómodo. Entonces aprovechó nuestra entrada (la del map) para retirarse. Después de que había estado de acuerdo (e incluso se firmó el documento ad hoc), de repente dijo que no porque consideró que era insuficiente el hecho de que nosotros aceptáramos los docu- mentos básicos. Fue un pretexto para retirarse. La explicación que yo me doy es que Heberto no se sentía a gusto y seguía pensando todavía que tenía posibilidades para crear su propio partido. Entonces pasaba por una etapa de gran radicalismo verbal.
Llegué a creer, sin embargo, que nos íbamos a entender con He- berto porque teníamos muchas coincidencias con su plataforma, a pe- sar de tener visiones muy distintas en cuanto a la manera de hacer política. Él se centraba mucho en su propia personalidad y la de su compañero de armas, Demetrio Vallejo, pero fuera de eso no había un gran distanciamiento.

A pesar de que se trataba de un partido nuevo que incorporaba a secto- res de la izquierda que no se identificaban con el comunismo soviético, el psum reprodujo uno de sus más importantes símbolos: la hoz y el martillo. Pablo Gómez afirma que en alguna ocasión tú fuiste quien defendió su permanencia. ¿Podrías ofrecer una historia de cómo fue que apareció y desapareció este símbolo de la izquierda mexicana, así como responder a la afirmación del entonces secretario general del psum?

El símbolo de la hoz y el martillo era, en efecto, el símbolo soviético, pero era también –aunque parezca lo mismo– el símbolo del comu- nismo mexicano, el cual representa una tradición de lucha muy im- portante en México. De los partidos existentes en 1980, el pCm era el más viejo de todos. Se formó en 1919, mucho antes que el pri y mucho antes que el pan, de modo que en su historia están inscritas muchas de las acciones políticas más importantes y progresistas del pueblo mexicano, como fueron el apoyo a los maestros rurales, la lucha por la reforma agraria, la organización de los grandes sindicatos nacionales,

la defensa del sindicalismo independiente frente al advenimiento del charrismo y la organización de un movimiento de resistencia y solida- ridad con la Revolución cubana.
En el pCm estuvieron muchos de los revolucionarios mexicanos más importantes del siglo xx, por lo que no era una tradición delez- nable que hubiera que desechar. De manera que cuando se planteó el tema de la constitución del psum, y tomando en cuenta que la iniciativa más importante de constituir un partido unificado de la izquierda la había dado el pCm al proponer su autodisolución, nos pareció a los compañeros del map que en la asamblea constitutiva debíamos votar en favor de que el símbolo de la hoz y el martillo se mantuviera como el emblema del nuevo partido. Sabíamos que tenía muchos problemas, pero queríamos atender a esa tradición políti- ca como un reconocimiento al papel que había tenido el pCm en ese proceso de unidad. Actuábamos de una manera honesta y, aunque no quepa aquí la expresión, de una manera caballerosa porque nos parecía que era una salida digna permitir que el símbolo del viejo
pCm pasara al psum.
Yo no sé si Pablo Gómez en esa asamblea dijo algo en contra del símbolo, pero es posible porque Pablo siempre ha sido un hombre esencialmente pragmático y a lo mejor ya entonces sabía que ese sím- bolo no le funcionaba muy bien. Sin embargo, a nosotros nos parecían más importantes las razones de principio que te he descrito. Yo no re- cuerdo haber tomado la palabra entonces porque esa decisión se llevó a la asamblea después de haberse discutido en el seno de la comisión organizadora, donde yo no estaba en ese momento.
En todo caso, creo que más bien Pablo se confunde y se refiere a la discusión que tuvimos cuando decidimos que el nuevo partido, el Partido Mexicano Socialista, ya no debía tener el símbolo de la hoz y el martillo, lo que, entre otras cosas, no sólo era una medida correcta, sino que se hacía en atención a la incorporación, esta vez sí, de Heberto Castillo, que se rehusaba totalmente a que ése fuera el símbolo del nuevo partido.
Entonces, en el momento en que se tomó la decisión de que la hoz y el martillo no fuera el símbolo del nuevo partido, el psum realizó su

último congreso para disolverse en el nuevo partido, en el que, por decisión de la Comisión Política, hicimos una propuesta de resolución explicándole al Congreso, particularmente a esa base comunista que no aceptaba dejar la hoz y el martillo, que era muy sectaria, que no abandonábamos ese símbolo como a un perro muerto, sino que de- bíamos hacerlo bien y decorosamente, explicando los motivos, como me parece a mí que se deben hacer las cosas. Yo escribí y luego leí en nombre de la Comisión Política dicha resolución.

¿Cómo afectó los procesos de unidad de la izquierda durante la déca- da de los ochenta la hegemonía del pcm tanto en el psum como poste- riormente en el pms?

Una anécdota. Una vez tomé la palabra en una de las últimas reu- niones del psum para exigir a la corriente mayoritaria que se compor- tara con un sentido de responsabilidad y no actuara como un grupo independiente, sino en una lógica de fusión y unidad. Dije entonces que nos habíamos convertido en un partido en el que una sola de las corrientes dominaba por completo, y la minoritaria, que éramos nosotros, se había quedado prácticamente en una posición marginal, que la U de unidad debía borrarse del nombre del partido. Afirmé entonces que no podíamos seguir actuando de esa manera, sobre todo cuando nos íbamos a unir con otras fuerzas. Eso te da idea del estado de ánimo en el que nos encontrábamos.
Es cierto, en los primeros tiempos del psum, los compañeros del map tuvimos espacios en los órganos de dirección, entre otras cosas porque habíamos mantenido una alianza explícita con el pCm al sostener la candidatura de Arnoldo Martínez Verdugo y porque habíamos traba- jado intensamente durante la campaña electoral en tareas de aseso- ría y trabajo político. Sabíamos que teníamos que aliarnos y escogi- mos hacerlo con el pCm. Así fue como Rolando Cordera fue nombrado coordinador del grupo parlamentario, luego de una intensa discusión, porque había cuadros comunistas que se sentían con derecho para ocupar esa posición en el Congreso y no admitían que un dirigente

que venía de un partido minoritario y reformista fuera la voz más importante del partido durante tres años.
Sin embargo, el gran problema se dio, más que con nosotros, entre la corriente de Gascón Mercado y Pablo Gómez, quien, como secreta- rio general, representaba la corriente mayoritaria en el partido. En esa disputa nosotros intentamos, sin éxito, tender puentes y ser una fuerza de minoría que sirviera a la unidad del partido y que evitara la imposición de una mayoría mecánica.
Efectivamente, a lo largo de esos años fue muy difícil abandonar esa cultura política con que se comportaba el grupo hegemónico.

Pablo Gómez dice que no había centralismo democrático en el psum.
¿Tú qué piensas?

El centralismo democrático es una fórmula organizativa diseñada en tiempos de Lenin para partidos clandestinos. La particularidad de este principio estriba en asegurar la mayor centralidad, con el doble propósito de proteger la estructura y crear condiciones para el debate y la democracia interna. La fórmula tenía sentido a partir de los dos extremos de la ecuación, pues si le quitas lo centralista el partido se paraliza, pero si lo acentúas, el partido se vuelve autoritario al no permitir que los militantes se expresen.
Pero más allá de la teoría, lo que ocurría en la realidad era que el centralismo democrático no dejaba de ser un cascarón para prácticas autoritarias. En el psum lo que ocurrió fue que se trataba de un partido en construcción en el que ni ésta ni ninguna otra fórmula funcionaban. Las estructuras eran muy rudimentarias y, además, nunca podría ha- ber funcionado un centralismo a ultranza, pues nadie le hubiera hecho caso; estábamos en una época de cambios y era imposible conducirse de esa forma. Lo que sí había, desde luego, era una dirección que podía imponer y decidir ciertas cuestiones relativas a la línea general del partido, la organización o los dineros. De cualquier manera, el tema del centralismo democrático no era muy importante e incluso en el pms desapareció esa herencia de los viejos partidos comunistas.

¿Consideras que el psum fue un fracaso?

La palabra fracaso tal vez sea exagerada. Creo que más que hablar de un fracaso, lo que hay que decir es que el psum no estuvo a la altu- ra de los desafíos que tenía la izquierda. Es cierto, permaneció y se mantuvo, pero no llegó a cristalizarse como un partido nuevo, ni en sentido estricto ni por sus contenidos; no desarrolló una elaboración estratégica propia ni formas de participación realmente distintas.
Ahora, algunos de sus dirigentes se conforman con decir que logra- mos la unidad, nos mantuvimos y llegamos al pms, pero eso no es sufi- ciente. El psum tenía ante sí la importante tarea de dar una discusión de fondo sobre el lugar del socialismo mexicano en relación con las transformaciones del socialismo en el mundo. No bastaba con dejar de mandar estudiantes a las escuelas de cuadros de Moscú, cuando en los hechos las relaciones del partido con el mundo seguían siendo las antiguas relaciones del viejo pCm; tampoco había una voluntad para discutir las grandes cuestiones del socialismo, pues una de las corrientes mayoritarias era fervientemente prosoviética, si bien eso no impidió que se discutiera, por ejemplo, el golpe militar en Polonia y otras lindezas del socialismo real.
El psum tampoco elaboró una estrategia política capaz de detectar las contradicciones y los cambios que ya se gestaban en el país. En el fondo, el problema es que el partido no estaba pensando en clave socialista, sino en clave antigobiernista, y resulta muy difícil ser un partido de oposición y no dar respuesta a las tareas inmediatas –las más difíciles–, las que tienen que ver con el poder político.

Con la formación del pms se incorporó un número importante de nue- vos grupos de izquierda. Algunos de éstos eran grupos radicales y otros provenientes de la guerrilla, como la Corriente Socialista que devino en Partido Patriótico Revolucionario. ¿Cómo era para estas organiza- ciones el tránsito de las armas a la ruta legal? ¿Eran ambiguas sus posiciones? ¿Cómo se comportaban frente a la legalidad? ¿Implicaron sus posiciones una suerte de retroceso en el pms?

Creo que la incorporación de estos grupos al pms fue un avance por- que, en efecto, eran grupos que estaban al margen de la lucha po- lítico-electoral y, al incorporarse a este proyecto unitario de la iz- quierda, dieron un paso muy importante. No creo que el hecho de su presencia haya sido necesariamente un retroceso. En el ámbito ideológico eran tan sectarios como los demás grupos de izquierda marxista-leninista que militaban en el pms, pero su incorporación a un partido legal y a la lucha por los cargos de representación popu- lar indicaba que el movimiento armado ya no tenía ninguna viabili- dad para ellos, aunque mantuvieran la tesis de la validez de todas las formas de lucha.

¿Y qué actitud tenían estos grupos frente a la idea de la democracia política?

Incluso los menos abiertos a la idea de la democracia liberal seguían creyendo que ésta era un régimen favorable para organizar a las fuer- zas políticas, para desarrollar una alternativa de izquierda y, por lo tanto, había que ampliarla y luchar por ella. Digamos que ellos se sentían muy cómodos con los cargos de elección popular, aunque sólo fuera como un escalón en la lucha revolucionaria.

¿Eran oportunistas, como afirma Gustavo Hirales?

No necesariamente. Lo que ha ocurrido es que, a partir de que la izquierda ha estado en posibilidad de acceder a puestos de elección popular, el debate más intenso y más fuerte en el seno de los partidos ha sido el que se refiere a la elección de los candidatos.
Si tomamos en cuenta que entonces los únicos que tenían posibili- dad de llegar al Congreso eran quienes ocupaban los primeros lugares de las listas plurinominales, es entendible que hubiera verdaderas guerras intestinas por ubicarse. La lógica del poder causó estragos en la ideología de todos estos grupos y los identificó inmediatamente unos con otros en camarillas.

Una vez formado el pms se organiza un proceso electoral interno inédi- to en la historia de la izquierda mexicana, pero inédito además en un país de prácticas políticas antidemocráticas: las primarias, en las que se elige a Heberto como candidato a la Presidencia de la República. De alguna manera, creo que con este proceso de elección el pms daba una lección democrática al resto de las fuerzas políticas.

Sí, digamos que ésa fue la intención. Pero, de cualquier modo, creo que todas esas cuestiones, siendo importantes, son poco consistentes. Además de que se trataba de elecciones abiertas y sin padrón, cuando un partido está organizado en grupos no arroja un resultado dema- siado transparente.
A diferencia de lo que se piensa, no me siento partidario de elec- ciones de este tipo si no están muy bien reglamentadas, si no hay un padrón establecido y si no hay condiciones de equidad. Si haces unas elecciones así, ya sabes que va a ganar el grupo que tiene más colo- nias populares.

Otro avance importante del pms fue que se reconociera formalmente en los estatutos el derecho de las minorías a disentir, así como a formar corrientes. ¿Qué trascendencia tuvo este hecho?

Sin duda se trató de un avance importante para la izquierda, pero en términos de construcción orgánica fue algo prematuro, ya que en lugar de constituirse verdaderas corrientes de opinión que defendie- ran posturas políticas definidas, se crearon grupos de poder cerrados dentro del partido, situación de la que hoy es víctima el prd. Lo que ocurre con esta forma de participación es que el militante común, aquel que no está inserto en ninguno de los grupos, no tiene ninguna representación y, en una lógica de grupos, el grupo más grande se impone sobre el más chico.

Tengo la impresión de que en el momento en que irrumpe la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas se frena una parte del impulso democrático

que llevaba la izquierda. ¿Compartes esta postura? ¿Qué es lo que ha imposibilitado en México la construcción de una izquierda democrática?

Vamos a ponerlo en perspectiva. Quizá hubiera sido conveniente, como hipótesis, mantener un partido socialista, aunque fuera muy pequeño. Sin embargo, el pms estaba perdiendo a pasos agigantados sus espacios políticos y eso se demostró al ser el partido que obtuvo menos votos con la candidatura de Cárdenas. Por las razones que se quiera, este partido estaba atravesando una situación de crisis, ya que no había sido capaz de anticiparse y responder a tiempo al nue- vo fenómeno que representaba la Corriente Democrática del pri. De manera que cuando se incorpora al proceso lo hace tarde y a la cola.
Creo que el problema no está donde tú señalas, sino en otros ante- cedentes históricos. La posibilidad de construir una izquierda social- democrática en México ha tenido que lidiar con dos grandes obstáculos: por un lado, la prevalencia ideológica de la III Internacional y del Partido Comunista de la Unión Soviética, que impide la creación de un partido socialdemócrata; por otro, la existencia de un partido como el pri, que, objetivamente, asumió las banderas reformistas que teóri- camente le hubieran correspondido.
Entre estos dos extremos era muy difícil –y lo sigue siendo– la for- mación de un partido distinto que fuera a la vez democrático y so- cialista, capaz de asumir la línea de reformas iniciada por Lázaro Cárdenas, transformadas en una visión democrática, como hubiera correspondido a un partido socialista moderno. Si tomamos en cuenta además que la clase obrera desde los años cincuenta está completa- mente dominada por el aparato del Estado, no había base social para el surgimiento de un partido socialdemócrata.
No es un accidente que tengamos esta izquierda ni es producto de la mala voluntad o de la torpeza de los líderes políticos, sino que la historia mexicana tiene peculiaridades de desarrollo que no se die- ron en otros países de América Latina y, por supuesto, de Europa: la existencia de una revolución social; la clausura del movimiento obrero; el sometimiento de la izquierda a la urss, por ejemplo, cuando

el asesinato de Trotski fue terrible; el impacto de la guerra fría en un país frontera con Estados Unidos… Todo eso hizo que la izquierda mexicana enfrentara situaciones excepcionales. Además, el Estado represivo no permitió el surgimiento de otras alternativas con respal- do popular.

¿Por qué tú y otros compañeros provenientes del map renuncian tan pronto al prd?

Nosotros habíamos llegado al prd por conducto de un pms muy des- compuesto. Naturalmente, la idea de encontrarnos en un escenario más amplio y abierto nos parecía refrescante, aunque entendíamos que, si bien se abría el espacio, ingresaban muchas corrientes polí- ticas aún más radicales que nuestros antiguos aliados en el pms. Al acto de fundación del prd acudimos sólo algunos; fuimos una mino- ría pequeña desde el principio. Nuestra participación era complicada porque nos pasábamos todo el tiempo dando argumentos en contra de lo que era entonces la política dominante, es decir, la de aquellas corrientes que trataban de empujar a Cuauhtémoc a algo más que la resistencia.
Es cierto, Cuauhtémoc tuvo el buen tino de no aceptar dichas pre- siones y calmó los ánimos más exaltados. Pero en la visión de los di- rigentes, Cárdenas incluido, dominaba la idea del fraude sobre la del avance, de tal manera que se perdió de vista el hecho fundamental de que el prd, ganador o no, se había convertido en una fuerza capaz de impulsar la transición que el país reclamaba. Así, frente a la tesitura de qué hacer, prevaleció un análisis subjetivo de la situación. Todo el énfasis se puso en la denuncia de que el gobierno era ilegítimo, pro- ducto del fraude electoral y, por tanto, con él no había nada que ne- gociar. Se veía tan débil al gobierno que hubo quienes creyeron que Carlos Salinas de Gortari no tomaría posesión y si lo hacía no podría gobernar, pues el país se resistiría a la imposición. Se privilegió la es- trategia del enfrentamiento directo con el Estado como palanca para darle forma a la gran coalición que votó por Cárdenas en 1988. Ésa no

nos parecía una postura correcta porque no creíamos que el régimen estuviera en una crisis del tamaño que los dirigentes estimaban. Lo que estaba en juego, más que un tema moral, era la posibilidad de iniciar y conducir la transición. Por eso hablamos de la transición democrática por primera vez en México. Para nosotros, lo que había que hacer era dejar de discutir acerca de la legitimidad del gobierno y proponernos luchar por una reforma del Estado que llegara hasta el fondo. Y creíamos que el prd tenía la fuerza para impulsarla.
Hacia 1991 comenzó a parecernos que la línea del partido estaba en un callejón sin salida. Se repetían la toma de municipios y los enfrentamientos, en una estrategia que considerábamos que no iba a permitirnos avanzar. Creíamos que en lugar de confrontarnos con el Estado había que buscar una gran coalición y una gran alianza para promover reformas que permitieran el cambio político. Amén de otras cuestiones, la situación interna del partido se fue cerrando. Así, antes de las elecciones de 1991 (que anticipábamos sería la derrota que fue) decidimos renunciar para que no pareciera que nos íbamos después a consecuencia del descalabro electoral. Entonces presentamos una carta de renuncia a la dirección del partido. Dicho sea de paso y en honor a la verdad, la carta fue conocida previamente por Cuauhtémoc Cárdenas, quien aceptó que la leyéramos en el Consejo Nacional, de manera que no salimos por la puerta de atrás, sino que hicimos un planteamiento político y nos retiramos.
Luego de ese momento, en un proceso muy complicado que no ha terminado, el prd comenzó a virar. En 1994, en el congreso de Oaxte- pec, la línea que había prevalecido desde su fundación fue cambiada por una más proclive a la negociación. Finalmente Cuauhtémoc ganó el Distrito Federal, lo cual fue un hecho histórico. Años después en- contramos que varias de las propuestas que habíamos hecho se reto- maron y se fueron confirmando en la práctica.

III.
interLudio cubano

Fidel Castro y la Revolución cubana

Prólogo del libro Fidel Castro. La Revolución cubana , 1972 1

A nadie escapa, y es casi un lugar común decirlo, el profundo signifi- cado que para América Latina y el mundo tiene la Revolución cubana. Cuba ha demostrado, de una manera radical y decisiva, que el socia- lismo no es únicamente la aspiración histórica legítima de las clases oprimidas; ha demostrado algo más importante aún: que a pesar de las increíbles dificultades que el imperialismo ha interpuesto en el camino, el socialismo es posible, aquí y ahora. Toda la historia de los años recientes confirma esa conclusión básica, que está en el centro de la concepción cubana de la revolución.
Las páginas que siguen –una selección de artículos, cartas, docu- mentos y discursos– intentan mostrar el desarrollo de esa concepción, de modo que su conocimiento permita comprender mejor la táctica y la estrategia de la Revolución cubana desde sus orígenes, en 1953, hasta nuestros días. Las grandes enseñanzas de la primera revolu- ción socialista de nuestro continente podrán asimilarse mejor si se vuelve una y otra vez a las fuentes originales, al estudio de la historia real y concreta de la propia revolución.
El pensamiento político de Fidel Castro forma parte de esa historia y tiene en ella un lugar privilegiado. Durante las dos últimas déca- das, Fidel ha sido el inspirador del movimiento revolucionario cubano y, además, su portavoz principal. De ahí que el estudio de su extensa y singular obra revolucionaria sea imprescindible si se aspira a cono- cer la historia contemporánea de Cuba.
Sin embargo, y contra lo que podría suponerse, la tarea de presentar los documentos más importantes no deja de implicar ciertos riesgos. En primer término, no existe, hasta hoy [1972], una edición sistemá-

1 Fidel Castro. La Revolución cubana, 1953/1962, t. I, selección y notas de Adolfo Sánchez Rebolledo, México, Ediciones Era, 1972.

tica de los discursos de Fidel Castro que pueda consultarse fácilmente fuera de Cuba, por lo cual el peligro de graves omisiones no es menor. En segundo término, además del carácter forzosamente incompleto de toda selección, tratándose de la Revolución cubana hay otra circuns- tancia particular que hace inevitable la unilateralidad del intento: los discursos de Fidel Castro se enlazan de tal modo con los hechos de la revolución, son tan inseparables de éstos, que toda tentativa de “selec- cionar” incluyendo unos textos a expensas de otros puede traicionar, precisamente, aquello que se aspira a revelar: la evolución de un pen- samiento político y, a través suyo, el desarrollo interno de la ideología de toda una revolución.
En la imposibilidad material de hacer explícita, por la mera presen- tación de los discursos, la profunda relación de continuidad-disconti- nuidad subyacente en ellos, la coherencia que a veces se oculta bajo un estilo único de comunicación política, el discurso mediante el cual y por razones históricas determinadas se expresa la revolución, lo que surge es una cierta reconstrucción de la historia, la sucesión de hechos e ideas cuya necesaria ilación, a la espera de la reflexión teórica, puede no parecer siempre evidente.
Pero esto es inevitable. Y precisamente porque hoy tenemos la posibilidad de mirar de manera retrospectiva y comprender cuáles circunstancias, cuáles actitudes y cuáles actividades fueron históri- camente significativas, es que, a pesar de todo, estamos en aptitud de hacer una selección que siendo unilateral no resulte demasiado arbitraria.
Así pues, el criterio para ordenar e incluir el material que forma este volumen ha sido histórico, es decir, se han tomado como hilo con- ductor las situaciones objetivas más decisivas, aun cuando no siem- pre los “mejores” discursos correspondieran necesariamente a los hechos más importantes. Se incluyen, además, aquellos discursos y otros documentos que permiten definir con mayor precisión o nitidez etapas, momentos de ruptura o consolidación en la ideología y en la práctica misma de la revolución, tales como las dos declaraciones de La Habana.

En este contexto, nos pareció mucho más significativo incluir, para la comprensión global del pensamiento de Fidel Castro, no tanto las concepciones diversas y hasta encontradas que evidentemente pue- den descubrirse en el curso de tan larga actividad política, sino prefe- rentemente aquellas tesis que persisten bajo formas renovadas hasta nuestros días. Es decir, el núcleo de ideas y principios guías que está presente en todas las actitudes y acciones de la revolución, formando parte constitutiva del modo original como ésta entronca con el mar- xismo, y que son, por eso mismo, sus más ricas aportaciones.
Fidel Castro, en efecto, no era marxista. No descubrió el marxismo sino una vez que hubo dirigido con éxito la revolución armada que destruyó el aparato militar y represivo del Estado burgués. Pero este descubrimiento no tiene nada de casual ni es tampoco el resultado feliz pero accidental de la confrontación con el imperialismo, algo así como la conclusión fatalmente determinada por el curso objetivo de los acontecimientos. Tampoco el realismo político o la honestidad en abstracto de los dirigentes cubanos hubieran permitido avanzar tan rápidamente. Todos estos factores tienen algo o mucho que ver en la evolución del pensamiento y la acción fidelistas, pero es en el enfoque que está en el fondo donde encontramos el punto natural de enlace con el marxismo revolucionario: Fidel Castro planteó, desde el primer día, todas las cuestiones esenciales desde el punto de vista de la histo- ria de Cuba y a partir de los intereses de las clases oprimidas. Por eso ha podido representarlas y avanzar al mismo tiempo con ellas. Fidel estableció, con toda claridad, el compromiso de luchar no sólo contra la dictadura, sino también, y sobre todo, el de resolver integralmente los problemas de Cuba.
Tal vez ninguno de los dirigentes cubanos estaba plenamente cons- ciente de qué tan lejos podía llegar la revolución una vez admitido este compromiso. Pero lo cierto es que fue esa decisión original –que tuvo su expresión en los planos moral, político y militar– lo que permitió obtener la victoria inicial. Resolver los problemas de Cuba a favor y con el concurso de las masas oprimidas, como el criterio fundamental de la revolución, fue lo que abrió el paso ulterior al socialismo. Haberlo

comprendido así, desde el primer momento, dio a Fidel Castro la direc- ción indiscutida de la primera revolución socialista en América Latina.
Esta confianza en la acción de las masas populares resurge una y otra vez como la piedra de toque del pensamiento político de Fidel Castro. En la presente selección, el lector encontrará suficientes da- tos a favor de este argumento.
En el primer volumen se recogen materiales que comprenden el pe- riodo que va desde el asalto al cuartel Moncada, en 1953, un acto que en su tiempo pareció de excesiva audacia, hasta la llamada crisis del Caribe, en octubre de 1962, que puso al mundo al borde de la guerra. En los siguientes volúmenes, de conformidad con el criterio general de selección, se incluye la mayor parte de los discursos que, a partir de 1962, definen momentos culminantes en la vida interna e interna- cional de Cuba, particularmente los debates en torno a la reorganiza- ción económica, los fines del socialismo y la política internacionalista de la revolución. En todo caso, hemos preferido reunir discursos com- pletos, salvo cuando se indica expresamente lo contrario.

cuba: el primer contexto

Jiutepec, Morelos, 9 de octubre de 2007

A Julio Pliego

Uno
En un lapso realmente breve, poco más de tres años (1959-1961), la Revolución cubana profundiza un curso histórico que hasta entonces nadie había previsto o imaginado en América Latina. La exitosa lu- cha contra la dictadura de Fulgencio Batista culmina en un huracán geopolítico que modificará los equilibrios internacionales y las ideas vigentes sobre el presente y el futuro del Nuevo Mundo. El ritmo ver- tiginoso proviene de la dialéctica de la confrontación, casi instantá- nea, entre la revolución y el gobierno estadounidense, pero sólo se ex- plica a partir de la naturaleza misma de la revolución, por las fuerzas sociales que intervienen en ella y los intereses en juego, así como por la singular concepción ideológica y moral que anima a sus líderes. La “sorpresa” cubana se gesta en las raíces sociales y culturales de la re- volución, en la rapidez con que la lucha contra una terrible dictadura se transforma, sin detenerse, en la primera revolución socialista en el continente, desafiando durante casi medio siglo, en plena guerra fría, los esfuerzos realizados para “ahogar en la cuna” al naciente experi- mento castrista. En cierto modo, las singularidades de la revolución, más allá de cualquier mimetismo posterior con el socialismo real, se fijan en esos días.
La acción revolucionaria de los rebeldes sacude a propios y ex- traños. Desde luego, a las izquierdas sumergidas en el pantano de la guerra fría, pero en primer término revela la increíble debilidad de los reflejos políticos del Departamento de Estado estadounidense para comprender los cambios que no se ajustan a sus opiniones pre- concebidas: el autismo como la enfermedad senil del imperio. Hundi- dos en la autocomplacencia –el énfasis en el estereotipo ideológico–,

los habitantes de la Casa Blanca creyeron que el recorrido victorioso de los rebeldes desde la Sierra Maestra terminaría en cuanto ellos decidieran poner “orden en la plaza” y las aguas volvieran al cau- ce habitual mediante la restitución de la Constitución de 1940 y el regreso al poder de los partidos tradicionales, abolidos junto con la legalidad republicana por el golpe de su antiguo aliado, el exdictador Fulgencio Batista.
Vieron en la revolución política fidelista lo que les ofrecía la repre- sentación mediática creada por ellos mismos para la defensa de sus intereses: el recambio de los líderes, sin advertir que aquello era otra cosa, y se equivocaron al no considerar que la victoria contra la dic- tadura era el comienzo de una revolución nacional largamente pos- tergada (por la intervención de Estados Unidos), cuyo cumplimiento cabal dependía de la aplicación de un programa de reformas sociales capaces de transformar las relaciones de poder en la sociedad cubana. No haberlo entendido así con la suficiente objetividad, al exagerar sin rubor las amenazas en su patio trasero, resultó ser, acaso, la prime- ra y más grande equivocación cometida por Estados Unidos, el gran fracaso de su política exterior, pero también la más persistente y do- lorosa para el pueblo cubano.
Esa ceguera –dogmática e inamovible– explica la persistencia del bloqueo a la isla, la perdurabilidad de una situación que, a falta de otras consecuencias, lastima el orgullo intocable de la potencia sobre- viviente. Dicho “error”, si cabe llamarlo así, resulta mucho más terri- ble tras la desaparición de la Unión Soviética y la extinción del “cam- po socialista”, pues la permanencia de la Revolución cubana, pese a todos sus problemas actuales, prueba que ésta no era una pieza soviética en el ajedrez de las superpotencias, como siempre creyeron los estrategas del imperio y ciertos críticos acaso confundidos por sus propias recetas dogmáticas. En cambio, Estados Unidos ha reciclado sus miedos, su aversión a todo cambio que no sea meramente formal, y clasifica a Cuba en la lista negra del terrorismo.
En 1959 se repite el esquema diseñado para derrocar a Jacobo Ár- benz en Guatemala: las campañas anticomunistas concertadas, la

desestabilización de la economía y las instituciones, el sabotaje y el terrorismo, incluido el intento de asesinar a los líderes de la revo- lución. Sorprende ver cuán rápido (a pocas semanas de la victoria) se registran las primeras “inconformidades” contra los vencedores. Castro exclama: hemos hecho “algo superior a nosotros mismos”, pero la contrarrevolución se instala de inmediato en la protesta de la clase política recién vuelta del exilio que aspira a colocarse, y en la insatis- facción de la “sociedad civil” vinculada por mil hilos al pasado y a la dictadura o a las pequeñas ambiciones de los grupos seudorradicales que pescan en el río revuelto revolucionario.
Apenas un mes y medio después de finalizada la guerra, el 16 de febrero, Castro es nombrado primer ministro en sustitución de José Miró Cardona y declara: “Lo que me interesa es hacer la revolución, lo que me interesa es que la revolución vaya adelante, lo que me inte- resa es que el pueblo no resulte defraudado y reciba de nosotros todo lo que espera de nosotros”. Para las “oposiciones” formadas al vapor, en cambio, la única cuestión pendiente es la convocatoria inmediata a elecciones. Ésa era la “normalidad” exigida por los firmantes del Pacto de Caracas presentes en el primer gobierno encabezado por Manuel Urrutia.
Si bien en las circunstancias de entonces Fidel habría ganado las elecciones sin problema, el verdadero tema de fondo se reducía a saber si la aceptación de un compromiso semejante con las fuerzas autoproclamadas “democráticas”, en su mayoría representativas de los intereses oligárquicos, habría permitido o no las reformas y los cambios de fondo que el país estaba reclamando, en particular la re- forma agraria antilatifundista y, sobre todo, la creación de un Estado independiente y soberano, como el que jamás había tenido Cuba en su historia. En otras palabras, estaba en juego ponerle freno a la revo- lución o profundizarla. Hoy está claro que las decisiones tomadas en los tiempos iniciales de la revolución marcarían, indefectiblemente, la evolución posterior de su ya larga historia.
Frente a las exigencias de fuera y dentro, Fidel explica cada paso, cada detalle, cada obstáculo, elaborando una pedagogía política sui

generis, pues es el primero en utilizar la televisión como un instru- mento político para la comunicación directa con las masas. Así, en esos primeros tiempos la revolución convence, educa y moviliza a mi- llones de cubanos. En contraste, también pone al descubierto la cre- ciente hostilidad de los diarios y revistas de mayor peso, muy pronto convertidos en la punta de lanza contra la revolución, en especial a partir de los juicios sumarios instruidos contra los “criminales de gue- rra” o como reacción ante la expropiación de bienes malversados de conformidad con la Ley Fundamental promulgada luego de la victo- ria, o la expedición de la Ley de Reforma Agraria.
La Iglesia católica, sin desconocer la legitimidad de la justicia, pide que se perdone por razones humanitarias a los juzgados por asesinato y tortura, antes de pasar muy pronto a la militancia ac- tiva contra el régimen. Entre tanto, Miami concentra al sector más violento del exilio, apoyado incondicionalmente por el gobierno de Estados Unidos. La mesa de la conspiración contra el gobierno re- volucionario estaba servida. Si, pese a todo, fracasaron en esos pri- meros intentos, ello se debe al indiscutible apoyo popular que tuvo la dirigencia rebelde, a la unidad y, desde luego, al hecho de que la revolución destruyó en su camino a la victoria al viejo ejército y a los cuerpos de seguridad, de modo que no existía una fuerza interna potencialmente corrompible para llevar adelante sus planes. Tenían que crearla desde fuera. Y, eso, como se vería a lo largo de la histo- ria, estaba destinado al fracaso.

Dos
Hace ya más de treinta años, en la introducción al libro La Revolu- ción cubana 1953/1962, publicado en 1972, expresé mi convicción de que Fidel no era marxista al comenzar el largo camino que le lleva- ría al Moncada, luego a la prisión, al exilio, a la Sierra Maestra y, finalmente, a la victoria sobre el ejército batistiano en enero de 1959. Tampoco lo era, pienso yo, durante los primeros tiempos de la revo- lución, cuando ante la disyuntiva de cumplir con los principios y las promesas del 26 de julio de 1953 o avanzar en la ruta trazada por los

Estados Unidos de “ir a elecciones”, Fidel prefiere escuchar al pueblo, desligarse de la politiquería y avanzar en la revolución social, afir- mando la soberanía y la independencia de la isla, viejo sueño trunca- do por la interferencia neocolonial del imperio. Gracias a esa suerte de ágora ateniense que es la Plaza, Fidel se transforma al tiempo que avanza la revolución, aprovechando a su favor las circunstancias internacionales marcadas por la división del mundo en bloques anta- gónicos. A los Estados Unidos les preocupa sobremanera la supuesta “conversión” de Fidel al comunismo, pero no entienden el significado de las palabras que pronunció Raúl Roa ante la VII Asamblea de la Organización de los Estados Americanos (oea):

La revolución que trajo el pueblo, del brazo de Fidel Castro, es tan cubana como la Sierra Maestra, tan americana como los Andes y tan universal como los cimeros valores humanos que encarna. No brotó de los textos de Rousseau, de Jefferson o de Marx; se gestó durante un siglo, en las entrañas mismas del pueblo cubano, y corona, a la altura del tiempo, la trunca empresa de José Martí. De ahí sus entronques con Bolívar y Juárez, y de ahí, también, su porosidad a las nuevas corrientes de ideas y aspiraciones que alimentan el cuerpo vivo de la historia. Su carácter viene con- dicionado por sus raíces, su trayectoria por el desarrollo de sus fuerzas configurantes y sus proyecciones por el aliento humano que la abrasa. La Revolución cubana, para decirlo de una vez, es una revolución nacionalista, antifeudal y democrática, aflorada en una coyuntura universal de “renquiciamiento y remolde”. No es una revolución del siglo xix. Es una revolución del siglo xx, que hereda viejos problemas y encara problemas nuevos.2

Hoy, aquel debate parece irrelevante, pero no lo es cuando se tiene presente que, en última instancia, el socialismo responde en Cuba a esa tradición intelectual y moral. No se comprende en absoluto el

2 Raúl Roa, Retorno a la alborada, vol. 2, La Habana, Ciencias Sociales, 1977, p. 98.

alcance de los nexos existentes entre Martí, Mella, Martínez Villena, Guiteras (y muchos otros) y la revolución de 1959, pues Julio Anto- nio Mella, por ejemplo, es el primero que realiza una interpretación realmente moderna y avanzada del pensamiento martiano, al punto de convertirlo en el eje de su propia concepción antiimperialista, la cual será enriquecida por otros autores, como Juan Marinello, tam- bién marxista. En todo caso, la crítica debería hacerse a la asunción irreflexiva de los cartabones marxista-leninistas bajo la influencia so- viética, y si, para todo fin práctico, la discusión de los años sesenta en verdad está superada, es importante señalar que, más que el abecé estalinista de la época, a esas enseñanzas se refiere Castro cuando alude a su formación ideológica en el momento del Bogotazo (1948):

En este momento ya yo había entrado en contacto con la literatu- ra marxista, ya había estudiado Economía Política, por ejemplo, y tenía conocimiento de las teorías políticas. Me sentía atraído por las ideas fundamentales del marxismo, yo fui adquiriendo una conciencia socialista a lo largo de mi carrera universitaria, a medida que fui entrando en contacto con la literatura marxista. En aquel tiempo había unos pocos estudiantes comunistas en la Universidad de La Habana y yo tenía relaciones amistosas con ellos, pero yo no era de la Juventud Comunista, yo no era mili- tante del Partido Comunista. Mis actividades no tenían absolu- tamente nada que ver con el Partido Comunista de aquella época. Podríamos decir que yo tenía en ese momento una conciencia antiimperialista.3

Sin embargo, la clave de esta revolución “sin partido de vanguar- dia” está en esa visión de la historia que Fidel expresa el mismo día de la victoria al pie de la Sierra Maestra, en el parque Céspedes de Santiago de Cuba, justo el 1 de enero de 1959:

3 Arturo Alape, El Bogotazo; memorias del olvido, Bogotá, Pluma, 1983, p. 193. Cursivas de asr.

La república no fue libre en 1895 y el sueño de los mambises se frustró a última hora; la revolución no se realizó en 1933 y fue frustrada por los enemigos de ella. Esta vez la revolución tiene al pueblo entero, tiene a todos los revolucionarios, tiene a los mi- litantes honorables. ¡Es tan grande y tan incontenible su fuerza, que esta vez el triunfo está asegurado!
Podemos decir con júbilo que en los cuatro siglos de fundada nuestra nación, por primera vez seremos enteramente libres y la obra de los mambises se cumplirá.4

Tres
Como bien lo señaló el Che en La guerra de guerrillas, el tema de fon- do que recorre ese texto –y su obra entera– no se refiere solamente, como se ha hecho creer erróneamente, a la supuesta prioridad de la violencia revolucionaria versus la lucha “cívica” o democrática, sino, más bien, a la necesidad de emprender la lucha revolucionaria como un deber moral ante un orden social injusto e irreformable. Si bien el Che escribe un manual para generalizar la experiencia adquirida por los rebeldes cubanos, más que los aspectos prácticos que allí se refie- ren, en el fondo discurre una concepción ética de la acción, opuesta en esencia al cálculo político que en el campo de las fuerzas antiimpe- rialistas de la época paraliza la lucha. Pero no se trata de un receta, aunque lo parezca o en ello se haya convertido el célebre fragmento de La guerra de guerrillas donde asienta:

Consideramos que tres aportaciones fundamentales hizo la Re- volución cubana a la mecánica de los movimientos revoluciona- rios en América, son ellas:
1. Las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército.

4 La transcripción del discurso de Fidel Castro el 1 de enero de 1959 está disponi- ble en: <http://www.cubadebate.cu/opinion/2014/01/01/fidel-castro-el-1-de-enero-de- 1959-esta-vez-si-que-es-la-revolucion/#.UzRk7V5OV9A>.

2. No siempre hay que esperar a que se den todas las condicio- nes para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas.
3. En la América subdesarrollada el terreno de la lucha arma- da debe ser fundamentalmente el campo.5

Aunque tales conclusiones fueron debatidas por muchos años, lo cierto es que su primer destinatario eran los grupos demócratas o radicales que habían alzado las banderas del antiimperialismo contra las dictaduras: desilusionados algunos por el “derrumbe de la democracia” en Guatema- la; otros, a la espera de la siempre pospuesta insurrección de las masas. Lo cierto, sin afán de entrar en detalles, es que dichas conclusiones (des- pués trasladadas erróneamente al lenguaje dogmático y las categorías marxistas ortodoxas) sólo se entienden a cabalidad en el contexto político latinoamericano de la guerra fría, cuando en vez de la democracia, ins- crita con letras de oro en todas las constituciones, prevalecen las más descarnadas tiranías o, por lo menos, gobiernos civiles sometidos a las presiones del Departamento de Estado estadounidense y amenazados por los jefes militares siempre dispuestos a sacar las castañas del fuego.
El Che se refiere a la experiencia cubana donde Fidel actúa bajo el supuesto de que la hora es revolucionaria (armada), no política –una distinción muy poco marxista–, una vez que se han agotado todos los recursos legales contra el régimen de Batista, a sabiendas de que muerto el viejo Eduardo Chibás, cuyo “último aldabonazo” paraliza a la isla, no quedan en el escenario cubano otros líderes dispuestos al sacrificio por la libertad. Desconfía de los partidos que han enca- bezado la “danza de los millones”, la corrupción que justifica la indi- ferencia ante el golpe de Estado batistiano, y si bien jamás renuncia al ideal democrático, éste se va llenando de nuevos contenidos que superan al que sostienen otros políticos del exilio cubano.
Para entender cuál era el pensamiento de los rebeldes cubanos hay que recordar, para contextualizar, que la democracia representativa

5 Ernesto Che Guevara, La guerra de guerrillas, en Escritos y discursos, vol. 1, La Habana, Ciencias Sociales, 1977, p. 33. Cursivas de asr.

era un espejismo en la América Latina de mediados del siglo xx. Sobran los dedos de la mano para contar a los países cuyos dirigentes fue- ron elegidos mediante el voto. Los demás, impresentables, justificaban su permanencia con la amenaza del comunismo soviético. En nombre de la democracia occidental, siempre que fue necesario suspender las elecciones o cancelar las libertades públicas, los gobiernos trajeron a colación dicho peligro y actuaron en consecuencia, como ocurrió en Mé- xico cuando se reprimió todo intento de mantener viva la llama de la independencia sindical y, más adelante, a la hora de suprimir con ex- trema violencia y animosidad el movimiento estudiantil de 1968. ¿Era tal la democracia representativa que en nombre de la revolución debió establecerse en Cuba? En 1959, la respuesta era más que obvia. Sin embargo, a pesar de la crisis de la democracia en el continente (la cual es rechazada por el marxismo-leninismo como mera democracia formal o no sustantiva), ésta pervive como un ideal. Además, la lucha por la libertad política está vigente y las fuerzas populares, incluidas aquellas que se han forjado en el antiimperialismo, no hacen más que exigir por todos los medios su establecimiento. Tal vez por eso, cuando el Che escribe sobre las condiciones que hacen posible el foco guerrillero, subraya:

Es necesario demostrar claramente ante el pueblo la imposibili- dad de mantener la lucha por las reivindicaciones sociales den- tro del plano de la contienda cívica. Precisamente, la paz es rota por las fuerzas opresoras que se mantienen en el poder contra el derecho establecido.
[…]
Donde un gobierno haya subido al poder por alguna forma de consulta popular, fraudulenta o no, y se mantenga al menos una apariencia de legalidad constitucional, el brote guerrillero es im- posible de producir por no haberse agotado las posibilidades de la lucha cívica.6

6 Ibid., p. 34. Cursivas de asr.

La guerra de guerrillas, dedicado a la memoria de Camilo Cienfue- gos, será el libro emblemático de la Revolución cubana. El mundo, hemos dicho, ya no será el mismo.
Hoy, al conmemorase el cuarenta aniversario de la muerte del Che Guevara en Bolivia, es necesario volver a la historia para comprender mejor el presente.

cuba, hora cero

La Jornada , 31 de octubre de 1991

por las verdades sse pierden los amigos, e por las non dezir se fazen desamigos

Arcipreste de Hita, Libro de buen amor

Una paloma cruza entre los reflectores la noche habanera y se posa en el hombro verde olivo de Fidel mientras la muchedumbre, como electrizada, escucha el hilo de voz que en una pausa escapa al micró- fono y pregunta: “¿Voy bien, Camilo?”. La imagen es inolvidable. La fecha también: 8 de enero de 1959.
El 8 de enero de 1992, si las cuentas no fallan, él habrá cumplido 33 años en el poder, los mismos que tenía cuando huyó Batista de Cuba
–“la edad de Cristo”, repite el coro popular– y dijo al pueblo, ante el monumento a José Martí: “Hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos”. A sus actuales 66 años, la mitad exacta de su vida consagrada a esa misma e inagotable revolución, Fidel Castro prosigue el rastro de su propia leyenda, pero la lluvia, que no ha cesado de caer desde entonces sobre Cuba, ha deslavado la imagen y apenas se reconoce algo del entorno inicial que la sostuvo. Solamente unos cuantos países en el mundo le tienden la mano franca para impedir el aislamiento completo de la isla y salvar a su pueblo amenazado. Para fortuna nuestra, México, en gesto que honra al gobierno, reitera los viejos, pero siempre modernos, principios de la solidaridad con el débil, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y abre el camino del diálogo.
Hoy, cuando el llamado movimiento comunista ya no existe y las viejas ideas se entierran sin más –en ocasiones con más prisa que decoro–, como si todas las tesis socialistas fueran trastos inútiles,

los ojos críticos se vuelcan sin remedio sobre el inencasillable Fidel, convertido, paradójicamente, entre las palmeras que lo vieron nacer, en el último –y solitario– defensor del marxismo-leninismo.
El reciente Congreso del Partido Comunista de Cuba, según los informes de la prensa internacional, rechazó el pluralismo político pero se propuso, en cambio, “rectificar” los errores más gruesos cometidos durante los años precedentes en la imitación del modelo soviético. Tales medidas sin duda que son importantes en la lógica cerrada del sistema unipartidista, pero no parecen suficientes para enfrentar la difícil situación interna, agobiada hasta grados increíbles por la suspensión de las relaciones comerciales entre Cuba, Europa y la ex Unión Soviética, que objetivamente viene a estrechar más aún el indecoroso cerco impuesto por el bloqueo estadounidense.
Cuba, situada ante dilemas y desafíos inmensos, no puede eludir en esta hora cero darle respuesta a la interrogante que abre la nueva realidad del mundo: ¿es posible la democratización política sin destruir las perspectivas del socialismo real?, ¿qué hay que conservar de esa experiencia y cómo distinguir, entre la confusión de la hora, las conquistas de los errores? No es un asunto teórico. En verdad, Cuba no tiene otra opción que realizar un cambio radical para sustituir al viejo sistema económico cuya inviabilidad es transparente. Pero cómo y con qué reemplazarlo sin “recaer” en el capitalismo no es un asunto sencillo. Ni siquiera sabemos si es posible. En este punto, los acuerdos negativos del Congreso no concluyen sino que dejan las preguntas pendientes, puesto que más bien parecen salidas de emergencia y, por tanto, soluciones transitorias que no tocan todavía el fondo de la cuestión.
Ante estos hechos, algunos antiguos amigos de Cuba, acostumbrados a medir los sucesos del mundo con una doble vara, se quejan por tantas como inoportunas críticas al régimen fidelista, como si en verdad Cuba fuera comparable a Rumania o Polonia. Les indigna sobre todo que se mencione la larga permanencia de Fidel en su puesto como una traba para el desarrollo político cubano.
Tal vez sea preciso reiterar que, a estas alturas de la crisis del socialismo en el mundo, nadie que esté verdaderamente interesado

por el futuro de Cuba piensa seriamente que la desesperada situación actual pueda sostenerse, menos mejorar –aun si no ocurre pronto una nueva escalada en el conflicto–, si no se producen a tiempo, antes de que sea demasiado tarde, las reformas que permitan al gobierno cubano y a la mayoría que aún lo apoya conservar la iniciativa para:
1) desmantelar y sustituir racionalmente el antimodelo económico, construido durante las últimas décadas bajo la inspiración soviética, con el fin de conseguir que Cuba funcione como una parte de su propia –y desastrosa– economía; 2) dar pasos efectivos hacia la democratización del régimen político sin intervenciones extrañas, y
3) romper el aislamiento sin menoscabo de la soberanía nacional, a fin de reinsertar a Cuba en el mundo sin provocar un colapso similar al ocurrido en los países de Europa central. En rigor, cualquiera que sea la hipótesis ideológica que se adopte, ya no es posible creer que el monolitismo partidista en que se funda el modelo socialista clásico sea el único futuro político deseable para Cuba.
Los ingentes preparativos que se llevan a cabo para sustituir al régimen castrista en Miami, al contrario, parten de suponer que el derrumbe es inevitable y no negociable. La oposición anticastrista sostiene la hipótesis de que ahora sí los vientos internacionales corren a favor de la oposición en el interior de Cuba. Cuenta para actuar decisivamente contra Fidel con que el régimen cubano desfallezca por inanición o se debilite al extremo debido a la asfixia internacional. La propuesta que resume sus exigencias es la misma de los estadounidenses: que Fidel renuncie a los más altos cargos del Estado y llame a elecciones libres como punto de partida para iniciar un entendimiento con La Habana.
Sin embargo, el drama de la revolución no consiste, al menos no privilegiadamente, en que al frente del gobierno permanezca un dirigente que reúne las cualidades excepcionales de Fidel. No se trata de eso. Al parecer, incluso en Estados Unidos se admite que la popularidad de Fidel se mantiene elevada y aun cuando subsisten las denuncias sobre derechos humanos, se reconoce que el gobierno actúa, en general, dentro de un marco de legalidad constitucional.

En cambio, en sentido figurado se suele decir entre sus simpatizantes que la Revolución cubana es impensable sin Fidel. Y, no obstante, en el reconocimiento de ese hecho histórico radica la verdadera tragedia de la Revolución cubana que, a pesar de todos los esfuerzos realizados para crear un Estado sujeto a normas e instituciones, no acaba de solucionar el problema político planteado por la sucesión, el cual no se resuelve con el fortalecimiento del monolitismo.
Es claro que la legitimidad del líder cubano se funda en hechos históricos que, dada su naturaleza, son intransferibles a otros dirigentes o al partido único que él comanda. Por lo demás, la legitimidad, como en otro nivel el prestigio y la autoridad política, es un atributo revocable que está (o debería estar) abierto a la ratificación periódica. Sin embargo, no se ve cómo sería factible realizar cambios de esa magnitud sin una amplia consulta a la sociedad, aun bajo el férreo control del partido único, sin provocar de inmediato una grave crisis política axial, pues pocos asuntos son tan relevantes para la supervivencia del Estado como hallar una justa solución democrática a esa que es la cuestión capital del poder en las especialísimas condiciones cubanas.
¿Es justo pedirle a un gobierno tan acosado como el cubano que haga los cambios políticos que en otros países de América Latina se lograron con enormes dificultades tras décadas de guerras sucias y dictaduras militares? ¿Cuántos gobiernos aceptarían que la herencia de pobreza que aún fustiga a Latinoamérica, tan compatible en los hechos con ideales justos, es también parte de un gran fracaso histó- rico, no siempre confesado, que debe rectificarse de inmediato? ¿Qué otro argumento, más que el derivado de la fuerza se esgrime para exigir que Cuba cambie incondicionalmente, sin modificar el bloqueo a la isla? Éstas y otras preguntas similares son pertinentes pero no excluyen la necesidad de reflexionar sobre un asunto que, siendo cu- bano, nos afecta a todos.

México y Cuba

La Jornada , 18 de abril de 2002

Ningún país de América Latina posee el historial en materia de re- laciones con Cuba que tiene México. Pueblos cercanos, entrañables, inmensamente distintos, han estado unidos más allá de ideologías, especificidades sociales e históricas, por la común vecindad de Es- tados Unidos, que a través del siglo xx condiciona el ejercicio pleno de la soberanía nacional. Cuba y México se reconocen en la idea de independencia que subyace bajo guerras dolorosas y revoluciones, así como en el intercambio generoso de una cultura con múltiples vasos comunicantes.
Las relaciones diplomáticas de México con la Revolución cuba- na son inseparables de esa larga tradición de encuentro en aquello que hasta ahora es fundamental para ambos: mantener en pie un proyecto propio, una identidad y un Estado que no dependa de in- tereses ajenos. Fuera de ese punto de convergencia, abundan las diferencias. A México puede no gustarle el régimen cubano, como seguramente a Cuba tampoco le agrada el régimen mexicano, pero los dos han comprendido que el respeto mutuo es una necesidad compartida.
Para México habría sido mucho más sencillo plegarse a los dicta- dos de la política exterior estadounidense en el pasado, sobre todo cuando Cuba quedó sola, aislada y hasta cierto punto indefensa en su propio continente. Pero no ocurrió así, pues México entendió que la probada tradición diplomática de respeto a la autodeterminación era la mejor manera de preservar su propia autonomía e intereses. Por eso mantuvo, así fuera en los niveles más bajos posibles, el víncu- lo con Cuba en tiempos difíciles.
A ese respecto, Olga Pellicer, estudiosa de las relaciones cuba- no-mexicanas, escribió que la postura mexicana de negarse a rom- per relaciones con Cuba pretendía “fijar distancias” con la Revolución

sin aceptar todas las implicaciones de la Resolución aprobada por la oea en la Octava Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, celebrada en Uruguay del 22 al 31 de enero de 1962. En referencia al discurso pronunciado por el canciller mexicano en esa reunión, Pellicer apunta:

… al oponerse a la expulsión de Cuba […] aclaró hábilmente los motivos que llevaban a México a distanciarse de los demás países del continente respecto a esa expulsión. Se trataba de razones fundamentalmente jurídicas, que tenían que ver con el apego de México a la letra de los convenios interamericanos existentes. La Carta de la oea no preveía la expulsión de uno de sus miembros, por lo tanto ésta no podía llevarse a cabo. Pero lo anterior no lle- vaba a poner en duda las profundas diferencias existentes entre un gobierno que se declaraba marxista-leninista y el gobierno mexicano; en México, destacó enfáticamente el canciller mexica- no, se respeta la propiedad privada.7

Por eso, es mentira que México varíe su postura hacia Cuba en función del proyecto democrático que todos deseamos construir. Lo que ha variado, más bien, es la visión de nuestros gobernantes sobre las relaciones de México con Estados Unidos, lo cual no se deriva necesariamente de la alternancia sino de los intereses del nuevo grupo en el poder. A partir de un razonamiento mecanicista y dog- mático se da por un hecho consumado aquello que en el mejor de los casos es una tendencia, pues los ideólogos de este viraje atribuyen a la existencia del proceso de globalización la cancelación de toda idea de soberanía, como si en el mundo actual sin conflicto bipolar ya hubieran desaparecido los Estados y las doctrinas de seguridad nacional, las desigualdades entre regiones y países, las pretensio-

7 Olga Pellicer, “México y Cuba: un drama en tres actos”, en Letras Libres, julio de 2004, pp. 43-46. Disponible en: <http://www.letraslibres.com/revista/convivio/mexico- y-cuba-un-drama-en-tres-actos>.

nes de hegemonía, el intento de crear un orden regido por una sola potencia mundial.
Cuba no ha cambiado, es cierto. No ha dado pasos en firme hacia la democratización y el pluralismo que no a todos les parece incom- patible con el socialismo. Pero mucho menos ha cambiado Estados Unidos su actitud contra Cuba. Ése es el hecho histórico y político determinante que México no debería olvidar a la hora de moderni- zar su política exterior. Las condenas universales al llamado bloqueo de Estados Unidos, que durante años se repitieron en las Naciones Unidas, no mueven ni un pelo al poder del imperio, no tienen efec- tos prácticos, no traspasan ni condicionan la política estadounidense, que defiende sus (¿ésos sí, legítimos?) intereses nacionales sin tocarse el corazón o el bolsillo por nadie.
Pretender que una resolución parezca equitativa solamente porque menciona el bloqueo junto a las violaciones a los derechos humanos en Cuba quizá ayuda a salvar la conciencia de algunos, pero no toma en cuenta los hechos históricos que han convertido estas condenas pe- riódicas en una forma de combatir por otras vías al gobierno cubano. En realidad, no se trata de juzgar determinados hechos violatorios de los derechos humanos por un Estado en particular, sino de cuestionar la legitimidad del régimen en su conjunto. Ése es el fondo del asunto, como bien lo entienden los estadounidenses y, en general, la derecha al estilo de Luis Pazos, Acción Nacional y compañía.
La pregunta es a qué viene entonces toda esta retórica que no se atreve a mencionar las cosas por su nombre, cuando en verdad se repiten los mismos argumentos de los representantes panamericanos que expulsaron a Cuba de la oea en plena guerra fría por la “incompa- tibilidad” de su forma de gobierno con la democracia representativa. Si eso es lo que se quiere, que lo diga nuestra cancillería.

México vs. Cuba

La Jornada , 25 de abril de 2002

La crisis en las relaciones entre Cuba y México avanza hacia un desenlace desastroso para ambos países, pues el único que sale ga- nando con este desencuentro es el gobierno de Estados Unidos. El viraje emprendido por el gobierno mexicano en materia de relaciones exteriores tiene sus primeros resultados y nadie en su juicio podrá decir que son satisfactorios, al menos que se piense todavía en una cruzada de la guerra fría.
Si el presidente Fox quería marcar una diferencia con el pasado, vaya que lo ha conseguido, pero a costa de sacrificar los mejores es- fuerzos de varias generaciones y el prestigio de una postura singular en el mundo. La revelación, por parte del presidente Fidel Castro, de una conversación privada en la cual Vicente Fox le pide, “como amigo”, que restrinja su próxima estancia en la cumbre a fin de no complicarle la situación ante la llegada a Monterrey del big huésped, George Bush, desencadenó una reacción en cadena de acusaciones y condenas mu- tuas que ha enrarecido la atmósfera nacional. Nunca, al menos desde el asesinato de Salvador Allende, que marcó la justificada ruptura con el gobierno militar de Pinochet, la relación de México con otro país la- tinoamericano había caído a un punto tan bajo y deplorable, sólo que ahora ocurre en un contexto de aparente normalidad y confianza entre ambas naciones.
Los hechos son conocidos. Cuando parecía diluido el episodio de Monterrey por el voto mexicano en Ginebra, sorpresivamente Fidel decidió replicar poniendo sobre la mesa las pruebas que insistente- mente se le habían exigido –y que había mantenido en reserva duran- te un mes– para probar que su salida precipitada de Monterrey se de- bía, en efecto, a una “inexplicable situación” creada por su presencia en la reunión. La delegación cubana señaló que una alta autoridad mexicana, que no fue mencionada, plegándose a las presiones esta-

dounidenses había hecho gestiones para que Castro no permaneciera hasta el final de la conferencia, lo cual de por sí ya significa un agra- vio que contraviene sin excusas las normas de una reunión convocada expresamente por Naciones Unidas, organismo del cual Cuba forma parte con plenos derechos. Por si fuera poco, la grabación nos mues- tra a un Vicente Fox ansioso y arrogante con Fidel Castro, pero obse- cuente con George Bush. Fox tutea dando órdenes, pero Castro revira hablándole de usted, sin que aquél se percatara de la ironía. En un momento estelar de la conversación, sin el menor tacto político, el anfitrión mexicano pide a Fidel que suspenda durante la cumbre las críticas al presidente estadounidense para no descomponer la buena marcha del encuentro. ¡Uf!
Como se sabe, los funcionarios mexicanos, incluidos el secretario de Relaciones Exteriores y el mismo presidente, al principio negaron la versión cubana como si en verdad todos ignoraran la conversación sostenida entre ambos mandatarios. En vez de salir al paso de las acusaciones dando su propia versión de los hechos, negaron o prefirie- ron dejar correr las cosas buscando que el escándalo funcionara como última justificación del voto en Ginebra, cuyo sentido seguramente para entonces ya se había decidido. En fin, ya no tiene caso repetir esa parte de la historia, pero es evidente que fueron la cancillería y el propio mandatario mexicano quienes mintieron a la opinión públi- ca al decir que no hubo ninguna petición de alto nivel a los cubanos antes de la cumbre para que éstos constriñeran a unas cuantas horas su participación.
Se ha dicho, no sin razones, que el método empleado por los cuba- nos es inadmisible entre países que aceptan las normas del derecho internacional para relacionarse diplomáticamente. Y, en efecto, no se debe grabar una conversación sin conocimiento de una de las partes, y menos darla a la publicidad sin su consentimiento expreso. Pero eso no anula el contenido político de lo que allí se dice. Tampoco es cierto que hubiera un pacto de caballeros para guardar silencio, como si los temas tratados y sus implicaciones fueran de verdad asuntos “priva- dos”, por encima de las razones legítimas de Estado. Por lo demás, no

es la primera vez que el presidente Fox confunde las impersonales relaciones políticas con la “amistad” entre los líderes, siempre con malos resultados: ya le ocurrió con Bush, quien le cerró la puerta tras el 11 de septiembre, y también con el sub Marcos, quien no lo quiere ver ni en pintura.
En todo caso, lo sustantivo es que el gobierno mexicano trata de justificar el viraje en la política hacia Cuba en función del cambio de- mocrático que, hay que subrayarlo, lograron los mexicanos de muchas generaciones y no sólo los panistas y los ultrademócratas de la última hora que están de regreso de ninguna parte. Pero esa interpretación encubre la cuestión central: lo que verdaderamente ha cambiado es la visión de México como país independiente en sus relaciones con la todopoderosa potencia del norte. Hay, como dicen algunos incorregi- bles, un “cambio de paradigma”, pues ya no se trata de salvaguardar los principios de no intervención y autodeterminación, que están to- davía en la Constitución, sino de librarse de tal monserga a fin de su- marse acríticamente a los valores de democracia tal como la entiende Estados Unidos, actualmente en guerra universal para extender y profundizar su hegemonía en la globalización.
Se quiere presentar la postura de apoyar a Cuba en su derecho a existir y pronunciarse con libertad en todos los foros como una adhe- sión incondicional a su política interna. Pero ésa es otra trampa del razonamiento proimperial. Cierto es que los derechos humanos son universales y tienen que hacerse valer en todas partes, pero nada obliga a un país independiente como México a seguir el ritmo y las órdenes de Estados Unidos en esta materia. México no debe juzgar a Cuba sin observar que sus más graves dificultades provienen de la torpeza estadounidense que aún sostiene la guerra fría en el Caribe mientras normaliza sus relaciones con China y Vietnam.
Es un trágico error pretender que, asociándose a dicha política, México adquirirá fuerza moral o influencia en el futuro político de la isla, cuando la única postura válida es, en cualquier caso, promover el respeto al derecho de los cubanos a decidir sin injerencias su destino histórico. ¿De veras cree el gobierno mexicano que la campaña por

los derechos humanos en Cuba fortalece una opción democrática? Los mexicanos no podemos, en nombre de dicho principios, olvidar de un plumazo oportunista la aportación de Cuba a la búsqueda de libertad y la independencia en este continente. Es injusto e inmoral condenar a Cuba mientras subsistan el bloqueo y la agresión cotidiana contra la isla y sus dirigentes, del mismo modo que es absurdo e irracional pensar que nada debe cambiar en la isla, como parecen creer algunos legisladores extraviados que ofrecen ridículos “desagravios” que no les corresponden. Pero el cambio han de decidirlo los cubanos, no los gobiernos extranjeros.
Cuba no se reformará bajo presión de ningún Estado, menos si la iniciativa sigue en manos de sus adversarios históricos. Fidel no se rendirá ante Estados Unidos por el gusto de obtener el reconocimien- to y los recursos que se le han negado durante cuarenta años. Quien no lo entienda así, no ha comprendido nada de la Revolución cubana y tampoco entenderá a Cuba.

El mensaje de Fidel

La Jornada, 21 y 28 de febrero de 2008

Uno
Hoy, cuando lo más inesperado se convierte en realidad –la decisión per- sonal de Fidel Castro de no aceptar cargos al frente del Estado–, comien- za la última especulación sobre Cuba, su futuro y la naturaleza de las transformaciones que el propio mensaje del líder cubano registra como necesidad insoslayable. Sobre la balanza, la historia de un hombre y un pueblo, la relación de los aciertos y los errores, las expresiones de amor y odio, la línea que separa al estadista del dictador, el retrato del revolu- cionario universal contenido en el relato general de una biografía donde de algún modo también se inscribe la memoria de mi generación.
Cada quien hará su ajuste de cuentas tratando de eludir “el simplis- mo apologético o la autoflagelación como antítesis”, dilema que impone, en cualquier caso, ir más allá de la superficie y la inmediatez, asumir en serio la crítica de una trayectoria irreductible a la simplificación. La historia dará su veredicto, sin duda (perdón por el inmisericorde lugar común), pero antes será la sociedad cubana, con su serenidad probada, la que marcará la pauta a seguir. Y eso es lo más importante.
El mensaje indica que ese cambio ya ha comenzado. Fidel no ha muerto en el poder o derrotado. Fracasaron las intentonas para asesi- narlo. El mensaje cierra un ciclo y, apenas sin decirlo, gana una difícil batalla al imperio, al que ha “mantenido a raya durante medio siglo”. Se va pero conserva la presencia hasta el final. “No me despido de us- tedes. Deseo sólo combatir como un soldado de las ideas. Seguiré es- cribiendo bajo el título Reflexiones del compañero Fidel. Será un arma más del arsenal con la cual se podrá contar. Tal vez mi voz se escuche. Seré cuidadoso”.8 Como Chibás en su tiempo, Fidel ha dado un gran

8 Fidel Castro, “Mensaje del Comandante en Jefe”, en Granma, 19 de febrero de 2008. Disponible en: <http://www.eleconomista.es/imag/_v2/documentos/castro-granma.jpg>.

aldabonazo pensando en el futuro, pero esta vez la suya es una voz tranquila, no un grito desesperado, a favor de seguir avanzando en un camino áspero, duro. Ése es el primer significado de sus palabras:

Mi más profunda convicción es que las respuestas a los proble- mas actuales […] requieren más variantes de respuesta para cada problema concreto que las contenidas en un tablero de aje- drez. Ni un solo detalle se puede ignorar, y no se trata de un camino fácil, si es que la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos.9

Aunque los temas de la agenda más actual se refieren a la supe- ración de las dificultades económicas y a la búsqueda de soluciones creativas a los problemas sociales en condiciones de escasez en un país con altos grados de educación y salud, lo cierto es que en la mira de los observadores foráneos se hallan el régimen político y las trans- formaciones de orden democrático, la plena vigencia de las libertades fundamentales. Pero en este punto los cubanos no cederán por inercia al discurso dominante, como el que predica George W. Bush; tampoco harán concesiones que parezcan una rendición ni avalarán teorías sagradas que han fracasado en otras latitudes. Y eso ya debían sa- berlo de memoria los estrategas del Departamento de Estado y el Pentágono. Pero éstos siguen en las mismas, pues las sinrazones del imperio esgrimidas hacia Cuba no se han movido una micra en medio siglo. Expresan la voz del destino manifiesto. Apenas si Barack Oba- ma, gran novedad, apela al diálogo.
La figura de Fidel Castro, cuando llegue la hora de hacer ese exa- men, tendrá que medirse por el tamaño de los problemas que le tocó enfrentar y la naturaleza de sus adversarios. Que nadie espere un cuadro beatífico desprovisto de contrastes y zonas oscuras, aun si se prescinde de los trazos humeantes de sus enemigos fabricantes de caricaturas. Pero nada arrojará verdadera luz si no se asume en serio

9 Ibid.

el terrible papel que ha desempeñado Estados Unidos durante este medio siglo, papel que suelen ignorar los “fundamentalistas de la de- mocracia” cuando plantean las disyuntivas históricas como opciones a la carta. A ese respecto, me gustaría retroceder en el tiempo y re- cordar algunos momentos olvidados de esa larga marcha, destacan- do algunas posturas de la oposición “democrática” proyanqui, cuya persistencia a través de los años aún hoy impide resolver en paz y mediante el diálogo la cuestión cubana.
La acción revolucionaria de los rebeldes triunfantes en 1959 sa- cude a propios y extraños. Desde luego, a las izquierdas, ahogadas en el pantano de la guerra fría por la persecución y el dogmatismo, pero revela al mismo tiempo el hecho fundamental de esta historia: la incapacidad del Departamento de Estado para asimilar las situa- ciones y las ideas divergentes que, en teoría, debían estar bajo su dominio. Dicho de otro modo, el ejercicio de la ideología dominante como barrera epistemológica negativa en un mundo que ha comen- zado a cambiar.
A fines de los años cincuenta, quienes mandan en la Casa Blanca están convencidos de que la aventura de los rebeldes cubanos conclui- rá con la vuelta a la escena de los partidos tradicionales, desapareci- dos gracias al golpe de mano militar de su viejo aliado, el exdictador Fulgencio Batista. En su visión se proyecta la imagen de la revolución deseada por ellos y construida por los medios: el gran espectáculo de la Sierra Maestra y la carismática presencia de Fidel Castro, con su lenguaje humanista a favor de los humildes, son expresiones genui- nas, sin duda, pero estimulan el autoengaño ideológico de quienes padecen una suerte de otitis del tenor, o sea, la sordera causada en el cantante de tanto escucharse a sí mismo. Se equivocaron. Cuando “el comandante mandó a parar” ya era tarde para ellos, aunque no fueron los únicos en sucumbir a esa suerte de fatalismo fundado en el prejuicio y la prepotencia chovinista y neocolonial. A eso apunta- ba, además, la trágica experiencia de las revoluciones frustradas en Cuba misma y luego en Guatemala. Nada podía hacerse en el conti- nente sin la autorización de Estados Unidos.

La adhesión a esa visión impidió entender a la revolución como el punto de partida –no el de llegada– de una revolución nacional postergada, cuya realización implicaba grandes reformas sociales y el traspaso efectivo del poder de manos de la oligarquía a los revolu- cionarios.
El dilema al que se enfrenta Fidel Castro parece simple pero im- plica una decisión de vida o muerte: o la revolución daba pasos hacia la constitución de un fuerte Estado nacional o desaparecía en unas cuantas semanas.

Dos
Aún después de pasados tantos años, sorprende ver cuán rápido (en las primeras semanas de la victoria) se gesta la primera contrarrevo- lución. Apenas en enero de 1959, Fidel Castro proclama haber hecho “algo superior a nosotros mismos”. Y llama a evitar divisionismos, pero tropieza al instante con la protesta airada de la antigua clase política vuelta del exilio y con las pequeñas ambiciones de los seudorradicales que buscan un nuevo reparto del pastel. El 16 de febrero, a mes y me- dio de la victoria, Castro entra al gobierno en sustitución del primer ministro José Miró Cardona y declara: “Lo que me interesa es hacer la revolución, lo que me interesa es que la revolución vaya adelante, lo que me interesa es que el pueblo no resulte defraudado y reciba de nosotros todo lo que espera de nosotros”.10 No hay engaño posible.
Para las oposiciones “politiqueras” formadas al vapor, en cambio, la única cuestión pendiente es la convocatoria inmediata a elecciones. Ésa era la normalidad exigida por los firmantes del Pacto de Caracas, presentes en el primer gobierno encabezado por Manuel Urrutia. Di- cho en breve: los Estados Unidos y la oposición reclaman elecciones como un recurso a plazo fijo para legitimar la lucha contra el lideraz- go revolucionario, lo cual no ocurre. Sin embargo, la pregunta latente

10 Fidel Castro, discurso pronunciado en el acto de su toma de posesión como primer ministro, en el Palacio Presidencial el 16 de febrero de 1959. Disponible en: <http:// www.cuba.cu/gobierno/discursos/1959/esp/c160259e.html>.

es: ¿por qué no se aceptan si, como lo admiten propios y extraños, Fidel habría ganado abrumadoramente en las urnas? Me parece que en las condiciones concretas de Cuba (y en las de Latinoamérica de entonces) prevalece la idea de que las elecciones no añadirían nada al amplio consenso a favor de la revolución. En cambio, crearían divisio- nes innecesarias y, en definitiva, tendrían como corolario la restaura- ción del tipo de Estado contra el cual, más o menos conscientemente, se habían alzado los rebeldes. Con todo, la resistencia clasista de la oposición a la reforma agraria antilatifundista será la chispa que en- cienda la dialéctica revolución-contrarrevolución, aun antes de que el conflicto con el imperio llenara todos los espacios.
Conviene recordar, para contextualizar, que en la década que va de 1948 a 1958, años clave en la gestación y despliegue del pensamiento revolucionario castrista, sólo cinco países tienen un gobierno formal- mente democrático, aunque muchos sean meros abogados de los in- tereses de la oligarquía terrateniente, de las compañías extranjeras. Todos reciben órdenes del Departamento de Estado. El anticomunis- mo marca el paso.
Los nombres no se han olvidado: Anastasio Somoza en Nicaragua; Manuel Odría en Perú; Gustavo Rojas Pinilla en Colombia; Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana; Marcos Pérez Jiménez en Venezuela; Alfredo Stroessner en Paraguay, y en Cuba, Fulgencio Batista, a quienes sin pena ni gloria se añadirían otros presidentes ci- viles de las “democracias representativas” que ya en 1960 rompieron relaciones diplomáticas con Cuba.
Así pues, dicho de otra manera: estaba en juego ponerle freno a la revolución o profundizarla. Naturalmente, hoy está claro que las de- cisiones tomadas en los tiempos iniciales de la revolución marcarían, indefectiblemente, la evolución posterior de su ya larga historia, pero el significado de los dilemas y la naturaleza de las opciones tienen que valorarse en su propio contexto. Para bien y para mal, las singu- laridades de la revolución, más allá de cualquier mimetismo posterior con el socialismo real, se fijan en esos días. De entonces proviene el liderazgo de Fidel, el orden de prelación de la sucesión, la vocación in-

ternacionalista y sus resortes nacionalistas jamás abandonados, pero también la desconfianza en las “democracias” y sus métodos, prefi- gurada ya mediante la acción armada contra Batista, que inaugura un camino propio. Otra cosa es la imitación del modelo soviético que se impuso más adelante. Pero a través de la historia permanece la voluntad estadounidense de aislar a Cuba, de combatirla. El bloqueo ha hecho daño, sin duda, pero Estados Unidos ha demostrado la mise- ria de su arrogancia. La inflexibilidad diplomática de un imperio que no entiende al mundo es una tragedia.
Como sea, cincuenta años en el gobierno, son muchos años. Toda la historia pasa en rápida sucesión, dejando en el aire numerosas preguntas. ¿Cuál será el futuro del socialismo en Cuba? ¿Era posible otra ruta en las condiciones de Cuba y el mundo, cuando en 1952 el fidelismo arranca su larga travesía? ¿Ha valido la pena tanto sacri- ficio? ¿Podía esta experiencia convertirse en un “modelo” para otros países? ¿Qué herencia deja Fidel a los jóvenes de su patria? ¿Tienen algún sentido hoy ésas y muchas otras interrogantes? El debate está servido.

IV.
crónicas deL otro mundo

Avante, camarada

La Jornada, 29 de agosto de 1991

Durante largos meses, el Partido Comunista de la Unión Soviética (pCus) se mantuvo acéfalo. ¿Cuándo murió el último secretario general? En realidad, nadie podría precisar cuánto tiempo pasó entre el final de aquella “penosa y larga enfermedad” de Yuri Andrópov y el anun- cio oficial del deceso del jefe soviético que marcó la llegada de Kons- tantín Chernenko. Lo único comprobable en esa época era la eficacia aterradora de la maquinaria burocrática que resumía, multiplicándo- la, la doble tradición de secreto heredada tanto de la Ojrana zarista como de la primitiva Cheka bolchevique. Como sea, durante algún tiempo la fecha del fallecimiento de Andrópov siguió siendo un miste- rio atribuible a dos causas, una probable y la otra imposible pero no totalmente ilógica: a) que existiera un grave conflicto en el Politburó que aconsejaba prudencia y b) que, al final, el Politburó hubiera compren- dido la inutilidad de nombrar un jefe para esa maquinaria que mar- chaba sola, empujada por su propia inercia. Y es que, muy a pesar de las especulaciones que tanto malestar causaban a la nomenklatura, el partido aún se daba el lujo de ocultar al mundo la fecha exacta de la muerte de sus líderes; a cambio, digamos, podían elegir sin prisa, conspirativamente, al sucesor. Evidentemente, el rosario de líderes pasados a mejor vida en tan corto tiempo dio pie para que propios y extraños reflexionaran sobre la decadencia y el futuro del liderazgo soviético.
Por eso, la muerte de Chernenko, por inesperada, sirvió como un llamado de alerta que se tradujo en la propuesta de proceder al re- cambio generacional, un tanto condicionada por la edad promedio de los camaradas en funciones con mayor experiencia. Urgía un cambio o, por lo menos, un mensaje que anunciara algo diferente. Leonid Brézhnev había hundido al país en el estancamiento y la corrupción. Afganistán pasaba la factura de la guerra, la situación creada por

Solidaridad en Polonia no podía ser más grave y la confrontación ar- mamentista con Occidente asfixiaba toda hipótesis de futuro. Hacía falta un respiro.
Quien va a la cabeza de la carrera sucesoria es el joven Grigori Ro- manov, un aspirante de ilustre apellido ruso. Le sigue Mijaíl Gorba- chov, figura de la nueva generación partidaria. Los expertos observan con lupa hasta el más insignificante movimiento en el Kremlin. Bus- can la señal que indique quién de los aspirantes es “el bueno” y ésta, débil aún, aparece cuando Gorbachov es nombrado por el Politburó para encabezar la delegación soviética al Congreso del Partido Comu- nista de Portugal (pCp), el más fiel, duro y eficaz de los contingentes prosoviéticos en el Viejo Mundo; el contrapeso necesario al eurocomu- nismo mediterráneo de Enrico Berlinguer y Santiago Carrillo.
Aunque la tarea por sí misma parecía protocolaria, Gorbachov, obli- gado como estaba a demostrar sus habilidades, no la podía despreciar. Y no perdió el tiempo. En Oporto, sede de la reunión, aprovechó a las mil maravillas el escenario para presentar una imagen convincente y confiable a los ojos de los ortodoxos comunistas portugueses. Y algo más: los observadores europeos vieron que tenía ideas y un estilo pro- pios, los mismos que poco después lo harían universalmente popular. Al terminar la sesiones diarias del Congreso, uno podía toparse en los pasillos con él, siempre sonriente, el futuro fundador de la glásnost. Tomaba chai con los africanos en la cafetería; hacía relaciones públi- cas, conversaba por igual con los italianos y con los japoneses, cada día más alejados del “internacionalismo” soviético.
Álvaro Cunhal, secretario general del pCp, clava la mirada de águi- la sobre el delfín de Moscú. La gente, muy cerca, es todo oídos. Gorba- chov, tono, gesto y figura de tribuno frasea la primera oración: “Ven- go para hablarles en nombre del partido de Lenin…”. ¿Las mismas palabras de siempre? Seguro. Pero hay una diferencia esencial entre aquel saludo y las formas protocolarias habituales de los burócratas soviéticos: Gorbachov sí parece un revolucionario, un líder político. En respuesta, el entusiasmo es real, no mera cortesía. Aquello es la locura. ¿Sinceramente, alguien recuerda la última vez que un diri-

gente soviético leyó como si en verdad le interesara o creyera lo que estaba diciendo? Éste era el joven Gorbachov, el futuro premio nobel. El modo espontáneo de expresarse cautivó al auditorio. Todo era no- vedoso.
Aún era temprano en la conservadora y bellísima ciudad de Oporto cuando el orador terminó de hablar entre ovaciones, pero el partido ya no tenía que esperar las señales de Moscú: ya sabía quién sería el secretario general, el heredero de Lenin en las oficinas del Kremlin. El Congreso llegó a su fin. Cumplido el ritual de la elección, el nuevo Comité Central del pCp ocupó el lugar de honor en las gradas del pre- sídium, reservadas hasta ese momento para los convidados extranje- ros. No hubo sorpresas. Aunque Álvaro Cunhal se había referido a la necesidad de pensar en el futuro, nadie mencionó la sucesión soviéti- ca; tampoco hubo cambios notorios en la composición del máximo ór- gano dirigente del único partido comunista europeo que, a comienzos de la década, avanzaba en el terreno electoral a pesar del reflujo que hundía a la izquierda en la confusión.
Pero allí, en esa isla peninsular, los comunistas se aferran a los ecos de un movimiento esplendoroso que todavía a principios de los ochenta, subjetivismos de por medio, no parece completamente des- truido o abandonado. Seguir Abril es el lema voluntarista del Congre- so del pCp, justo cuando a Otelo Saraiva de Carvalho, el otrora héroe de la Revolución de los Claveles, se le somete a un oscuro juicio, al tiempo que Mario Soares consolida y estabiliza el nuevo poder demo- crático que ya se anuncia vencedor.
Los delegados al Congreso del pCp votan la lista confeccionada des- de arriba y aplican la “regla de oro” leninista que asegura una pro- porción fija de cuadros de extracción obrera y un número obligatorio de mujeres en el Comité Central. El partido corresponde con creces a la imagen prefigurada que lo compara con un ejército sin fisuras políticas o morales. Nada empaña la fascinante unanimidad que ha caracterizado la reunión, donde a falta de encendidos debates se han recibido cientos de enmiendas y nuevas propuestas positivas de los delegados a los documentos básicos. Ese viejo partido, forjado en años

de dura clandestinidad, es la imagen viva de la vanguardia, tal y como la sueñan los textos marxistas-leninistas. Ahí el centralismo democrático adquiere el aspecto de una roca monolítica, sobre todo cuando se compara la disciplina de los militantes portugueses con la de los eurocomunistas españoles en aras de la democracia partidista. Oporto no es Madrid. El partido de Cunhal se reconoce sin medias tintas en su pasado y acepta sin cargas críticas fidelidades e historia.
¿Hay errores? Sí, pero éstos, alza los hombros, son del tiempo, no del socialismo, a pesar de que la posición de clase impide al partido por- tugués crecer en la sociedad civil.
El nuevo Comité Central recibe la ovación del Congreso. Sin corba- ta, Cunhal es un duro de maneras suaves y elegantes que no oculta su estirpe estaliniana. Cunhal en mangas de camisa profetiza el desas- tre sandinista, la inutilidad del Grupo Contadora o el liquidacionis- mo español, pero no puede pronosticar el fin de ese mundo. Cunhal, dibujante en la cárcel, instructor en la escuela de cuadros en Moscú, aceptará –ya se sabe– cualquier sacrificio para sostener ese socia- lismo que tiene su única patria en la Plaza Roja. No hay gulags que recordar en esa lucha feroz.
Los delegados permanecen de pie. Es la antesala del clímax. Can- tan juntos: Avante, camarada, avante, camarada./E o sol brilhará para todos nós! Entre las butacas y en los pasillos, bajo la cúpula del Palacio de los Deportes, la fiesta comunista ha comenzado. Desde los cómodos balcones del segundo piso observamos aquel espectáculo insólito que parece una página arrancada a la imaginería de los años treinta. Un detalle salta a la vista: entre los muchos jefes de parti- dos invitados al Congreso, sólo uno permanece de pie con el puño en alto: es el joven camarada Gorbachov, presidente de la delegación soviética, entonando La Internacional. “Es el camarada Gorbachov”, señalan los delegados, el próximo secretario general del pCus, el par- tido de Lenin. No hay que decirlo: El partido lo sabe. Por eso aplaude, agradece y canta: Avante, camarada.

Moscú contra Lenin

La Jornada, 12 de septiembre de 1991 1

Los representantes de los partidos europeos y asiáticos que estaban en Moscú para el aniversario de Pravda –órgano oficial del pCus– se marcharon a casa al día siguiente en el primer vuelo disponible de Aeroflot, una vez concluida la ceremonia. Entre los latinoamericanos, en cambio, pocos entendían la prisa de los soviéticos para que aban- donaran Moscú lo más pronto posible. Pero en ese entonces, durante los primeros días de la agradable primavera de 1985, casi ninguno de ellos aprobaba nada de lo que pensaban los moradores del Kremlin; tampoco lo que veían en las mismas calles moscovitas o leían en la prensa soviética.
No obstante, amigos y enemigos de la urss coincidían en una pre- misa mayor: a unos años del siglo xxi, con todo y la crisis inocultable del modelo, el socialismo es un hecho histórico irreversible. A favor de la evolución positiva del sistema trabajan los acontecimientos pro- piciados por Mijaíl Gorbachov, el joven secretario general del Partido Comunista, cuya popularidad crece meteóricamente.
Los jefes de la prensa comunista y “obrera” que celebran el aniver- sario del periódico fundado por Lenin, descubren en el acto inaugural, bajo el ronroneo burocrático del convincente Anatoli Dobrynin, la voz en off de Eduard Shevardnadze susurrando la nueva letanía sobre el cambio de mentalidad, la necesidad de construir una casa común junto con Europa unida y otras novedades del discurso internacional soviético. Cuando el ponente aclara el significado neohumanista de la propuesta soviética para la paz y trata de explicar por qué la lucha de clase ya no rige ni orienta las relaciones internacionales en asuntos que ponen en riesgo al género humano, los delegados ya no aplauden

1 Este artículo y el siguiente –“Rusia contra Lenin”– fueron elaborados a partir de las notas de viaje tomadas en 1985 en Moscú.

con la misma fuerza de convicción con que tiempo atrás aclamaron las iniciativas irresponsables de Leonid Brézhnev sobre la soberanía limitada, repetidas por igual en París que en Managua, mientras la urss literalmente se desangraba en Afganistán y las últimas energías económicas se agotaban en el intento de contrarrestar la guerra de las galaxias. Hoy todo se pone en tela de juicio.
Ni siquiera Pravda escapa al gran debate en curso sobre la histo- ria, la economía y los derechos humanos, con el cual se inaugura la gigantesca ruptura ideológica a cargo de un amplio grupo renovador de la intelligentsia soviética.
En actitud desusada, los anfitriones plantean a los invitados discu- tir y opinar sobre la renovación del socialismo, los derechos humanos, la crisis ecológica y el desarrollo social, pero la mayoría prefiere diri- girse al auditorio sin apartarse un letra del consabido código insus- tancial con que se redactan los saludos fraternales: “¡Salud al partido de Lenin!”.
Con la excepción de uno o dos delegados, entre ellos los italianos, que aceptan el desafío de matizar en público el duro pero exacto juicio de Berlinguer sobre el fin “del ciclo de Octubre”, la mayoría de los ortodoxos y fieles latinoamericanos –los argentinos que no rompieron con la dictadura militar, los ticos que no representan ni a su familia o los brasileños que aún denuncian a Luiz Inácio Lula da Silva como agente de la Cia– y sus colegas periodistas del tercer mundo, más que confundidos están verdaderamente furiosos por las tantas e inusita- das “descortesías de los camaradas soviéticos”. Molesta el trato no privilegiado –en seco, sin vodka ni obsequios–, pero importa más lo otro, es decir, la línea oficial que a esas alturas sigue sin ser “explica- da” de manera satisfactoria, en corto, a los partidos hermanos.
Algunos creen que se trata de una simple táctica “inteligente”, o sea, que todo es pura faramalla, divertimento destinado al consumo externo. La perestroika, con sus temas recurrentes sobre la paz, el fin de los bloques militares y el reconocimiento de los intereses del Otro, junto a la propuesta de más socialismo “con mercado” y democracia, resulta ser, en efecto, una estrategia global (con riesgos enormes) que

no todos están dispuestos a aceptar. Para muchos de los comunistas invitados a Moscú en mayo de 1985, la hipótesis gorbachiana es tan inadmisible como la revisión de los principios marxistas-leninistas que se tenían como intocables. El escepticismo antirreformista de los partidos hermanos era una realidad firme en los cuarteles generales prosoviéticos del viejo movimiento comunista internacional.
El propio Fidel Castro se había mostrado escéptico y distante con respecto a las nuevas orientaciones. Presente en el Congreso del pCus no dejó pasar la oportunidad para expresar, aun sin abrir la boca, su profundo malestar por el giro de la política soviética. Mas el cambio ya estaba en curso. Lo que se podía ver y escuchar en esos días mos- covitas rebasa las informaciones que publicaban Time o Newsweek. “Valga una apertura en la aburrida TV soviética –escucho decir a un residente latinoamericano–, pero pasar sin censura previa los últi- mos discursos de Ronald Reagan, eso ya es otra cosa”; que se trans- mitan conciertos en vivo de rock es un “mal necesario”, pero “¿por qué envenenar la mente de los ciudadanos publicando sin comentarios las últimas declaraciones de la Thatcher?”, se interroga en voz alta mi compañero de mesa en el comedor del hotel del Comité Central, donde nos hospedan. Es la glásnost, la indispensable transparencia sin la cual la democracia es punto menos que imposible.
Gracias a esos vasos comunicantes, las calles de Moscú son otras. Los aires resultan respirables a pesar de que ya se advierte la es- casez de algunos productos y corre el temor de que el pueblo llano rechace una modernización que es difícil de comprender y practicar. En esa revolución contra el centralismo burocrático, son los intelec- tuales “desde arriba”, más que los sindicatos “desde abajo”, la correa de transmisión del cambio. “Los estudiantes –me dicen unos jóvenes becarios mexicanos– apoyan a Gorbachov, pero la burocracia teme por lo que pueda venir”. Mientras, el cine, el teatro, la novela o la crí- tica literaria renacen, se abren espacios y conciencias. Los disidentes regresan al país o salen sin temor a la calle. El mismo Andréi Sájarov será muy pronto reconocido y aclamado como un héroe moral por los dirigentes soviéticos tras el injusto destierro al que fuera condenado.

Hoy se benefician de la presencia del físico disidente cuyo prestigio está por las nubes. Moscú es, a principios de mayo de 1985, una ciu- dad viviente, inesperada.
La discusión teórica sobre el socialismo, su historia y su futuro no cesa. Trotski se menciona por primera vez sin arrebatos paranoicos, aunque provoca reacciones previsibles entre los científicos marxis- tas-leninistas de la Academia de Ciencias y otras venerables institu- ciones parapartidistas. Los medios divulgan imágenes desconocidas de Lenin y Bujarin. Todo parece nuevo, sin serlo realmente. El debate no es, por supuesto, una invención de última hora, pues sorprende el rigor de los análisis económicos, la pluralidad de los puntos de vista y la información que poseen los cuadros a cuyo cargo está el diseño de las líneas maestras de la reforma. También se dejan ver los opor- tunistas o conversos de siempre. Algunos provienen de la disidencia pero son casos contados. Los más son apparatchik, gente del manda- rinato rojo, como no podía ser de otro modo.
Ya es un hecho notable que la crítica sobreviviera bajo las cata- cumbas del partido de Estado o en los intersticios secretos de la alta burocracia que dice gobernar con las inútiles recetas del catecismo marxista-leninista. Explicarse la decadencia de las fuerzas produc- tivas allí donde se debía desplegar su “más incesante” crecimiento es una cuestión crucial, pero no hay una defensa a ultranza del ca- pitalismo. El historiador Yuri Afanasiev, por ejemplo, publica por esas fechas un texto revelador y punzante que ubica el “estanca- miento” más atrás de la doble década de la era brezneviana, consi- derada oficialmente como el punto de inicio del mecanismo de freno del desarrollo social soviético. Afanasiev discrepa del punto de vista oficial y retrocede hasta los años treinta, justo en el mismo periodo cuando los Procesos de Moscú liquidan a la vieja guardia crítica y consolidan el régimen despótico de Stalin. Sin embargo, el entusias- mo por la teoría y la historia tropieza con la lentitud obligada de la renovación que también paraliza y desordena la vida “normal”. La prensa celebra, por ejemplo, el cierre de fábricas improductivas, que ya eran obsoletas antes de nacer.

No obstante, es imposible llenar con palabras el vacío que dejan en la economía general los cambios que están en curso. La aceptación del mercado o la propiedad privada no tendrá lugar si no se demuestra con hechos comprobables la urgencia de efectuar profundos cambios tecnológicos, laborales y administrativos. En 1985 cunde la resisten- cia a desechar hábitos laborales y tradiciones igualitaristas. Cada vez resulta más obvio que la centralización absoluta del poder conlleva la remisión de la iniciativa y otras funciones vitales. La paradoja estriba en el descubrimiento súbito del miedo a cambiar. El conservadurismo se revela como la dimensión desconocida de esa inexplicable cotidia- neidad “revolucionaria”. Pero la falta de claridad sobre los costos so- ciales del cambio democrático tampoco permite evaluar el precio que se paga por saber qué ocurrió en el pasado. La verdad histórica de la Revolución de Octubre se restablece con dificultad, mediante un pase demoniaco que se volverá más tarde en contra de ciertos aprendices de brujo. Millares de víctimas del socialismo realmente existente son “rehabilitados” por los últimos herederos legítimos del régimen que anuló vidas y memoria, como en la pesadilla de Kundera. A los fan- tasmas se les condecora, devolviéndoles “el honor”, pero el desencanto corre más rápido y más lejos que la oferta de otorgar “más democra- cia; más socialismo”.
Sin duda, hay riesgos. Aquí y allá, nacionalistas olvidados desem- polvan las antiguas y oxidadas banderas chovinistas que anuncian violencia, mientras los popes reclaman la apertura de los templos para darle cauce a la religiosidad renovada de la ciudadanía que edu- có el Estado ateo. No pasará mucho tiempo antes de que el naciona- lismo arremeta también contra los fantasmas y sus efigies de bronce y cemento.

rusia contra Lenin

La Jornada, 20 de septiembre de 1991

Uno
Desde 1924, lo sabe casi todo el mundo, el cadáver momificado de Le- nin se conserva y exhibe entre cristales en un pequeño mausoleo cons- truido en fino mármol rojo, justo al frente de la muralla del Kremlin que destaca y agranda las chatas proporciones del edificio. El mau- soleo es el monumento cumbre erigido por los sucesores de Lenin en el poder para consagrar en la conciencia de las generaciones el recuerdo del fundador del Estado soviético. Cuando se observa de cerca, la vista re- produce con exactitud una imagen conocida y desgastada que opaca cualquier otra visión de la Revolución de 1917: al centro de la Plaza Roja, próxima a la puerta principal del Kremlin, una guardia de cade- tes de todas las armas custodia las entradas a la cripta; los espadines brillan en los cambios de turno entre la penumbra, apenas rota por el fuego eterno que arde en honor del fundador del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. La fachada exterior oculta una especie de plataforma que sirve como tribuna durante los desfiles militares y otros grandes actos públicos de masas. Ese pequeño corredor cumple, además, con otra singular función específica, relacionada con la natu- raleza peculiar del poder soviético y su liturgia, pues cada centímetro del espacio ocupable corresponde a un lugar fijo en el orden riguroso dispuesto por la nomenklatura y su cosmografía del poder absoluto. Siempre fue así, desde los días del culto a Stalin, cuya última –y a la postre fallida– decisión testamentaria fue la de acompañar, bajo las mismas bóvedas, en el sueño eterno al camarada Vladimir Ilich.
El mausoleo, por todo ello, viene a ser como el corazón asiático de la Rusia soviética, el puente monumental que une la religiosidad de la antigua ortodoxia rusa con el moderno pero invariable despotismo oriental. Es, por tanto, el lugar sagrado, el sitio reverencial al que sin falta acuden como a una Meca roja, al menos una vez en su vida, los

devotos y simples visitantes de las repúblicas; millones de peregrinos, turistas, gente sin oficio ni beneficio, que no dudan en formar kilomé- tricas colas para mirar, por unos segundos y sin detenerse, el rostro cerúleo del viejo bolchevique.

Dos
El referente –odiosa palabreja– del partido me comunica que debido a la repentina enfermedad de mi colega y camarada debo permane- cer dos días más en la urss para alcanzar el vuelo directo a México.
¿Qué quiere hacer en Moscú?, indaga cordial. Pienso la respuesta unos cuantos segundos y le propongo tres actividades sencillas: “Ir al Museo Pushkin; asistir a una función del circo ruso y visitar el depar- tamento que Lenin ocupó en el Kremlin”, le respondo. Tal vez cometí un error al no solicitar pases para el Bolshoi, pero lo cierto es que el camarada Vladimir me cuestiona con la mirada, sorprendido, como preguntando “¿Y qué significan esos absurdos tres buenos deseos?”. Al fin me explica: “Para el museo y el circo, no hay problema. Visitar el despacho de Lenin es otra cosa; lleva tiempo, pues se requiere un permiso especial del Comité Central”. No me preocupo por la evasiva e insisto en que para él no será demasiado difícil lograr el permiso para un reformista del psum mexicano, sobre todo ahora cuando nin- gún comunista modernizador tiene demasiado interés por las reli- quias, así sean éstas las sagradas pertenencias de Ulianov.
A la mañana siguiente, Vladimir trae consigo el permiso especial. “Ya está lo de Lenin”, me comunica sin ocultar una sonrisa burlona y complaciente. Poco después, en el trayecto hacia la Plaza Roja hace la pregunta esperada: “¿Por qué demonios quieres visitar la oficina de Lenin si ya fuiste al mausoleo?”. En verdad no tenía mucho que expli- carle, de modo que sólo alcancé a responder sin mucha fuerza: “Pre- fiero imaginarme a Lenin vivo”. Luego, absorto ante la deslumbrante modestia de las habitaciones del matrimonio Lenin-Krúpskaia, me fi- guré verlos allí entre las interminables bibliotecas en varios idiomas, justo en el mismo ambiente donde una mañana de invierno expidió el decreto para reducirse el sueldo que recibía como jefe de gobierno.

Veo a ese hombre agobiado de problemas, ante “la catástrofe que nos amenaza” y la guerra civil, bajando trabajosamente hasta la plaza donde cada día toma el sol y discute con los obreros. No se arredra. Allí dona al Comité contra el Hambre la única propiedad personal que aún conserva: la medalla de oro otorgada por la universidad al final de sus estudios. Pero de eso hace mucho tiempo.

Tres
Hoy, bajo el alcalde Boris Yeltsin, el mausoleo está en peligro de per- der a su huésped solitario. Las autoridades moscovitas estudian qué hacer con los restos. No solamente se aducen razones políticas para cancelar ese símbolo del pasado: mantener la exhibición, además, implica gastos que el erario no puede efectuar. Eso es lo que dicen. Pero en éste como en otros asuntos rusos, la rectificación es tardía y dificultosa. Ante los buenos argumentos esgrimidos para proceder de inmediato al entierro de Lenin, sin darle rienda suelta al deseo de revancha, también subsiste la inercia de raíz religiosa que, al hacer de ese rito funerario mucho más que propaganda oficial, impide frivo- lizar el asunto y paraliza toda acción, civilizada o no.
Pasaron años antes de que se entendiera el culto a Lenin como una pieza del engranaje creado para mantener la cohesión monolítica de una ideología y un poder colocados por encima de la sociedad, con lo cual, en sustancia, también se falsificaba el pensamiento racional y materialista del propio Lenin.
En rigor, ni siquiera el carácter personal, el modo de vida frugal y austero, su estilo eficaz de abordar los problemas, tan ajeno a la tradición del martirologio revolucionario ruso, permitían dichas ma- nifestaciones de religiosidad.
No siempre fue tan fácil como ahora admitir que tal mistificación de la figura histórica del jefe bolchevique no era el fruto de la estupidez, la simple ignorancia o la corrupción manipuladora, sino que dicha deformación se anclaba en la misma naturaleza despótica del sistema socialista creado en Rusia, con Lenin a la cabeza, bajo circunstancias culturales y sociales especialmente críticas y desfavorables para el

programa emancipador que se pretendía erigir. Pero los tiempos han cambiado y el fin del comunismo obliga a deshacerse rápido de los símbolos malignos del ancien régime, entre ellos el fiambre de Lenin. Si la democracia, efectivamente, no puede crecer sin desembara- zarse del pasado que la agobia, tomar una medida correcta en este sentido es una necesidad para salvaguardar el futuro y la salud del pueblo ruso. Sería ideal que la figura de Lenin y su obra dejaran de ser el mero objeto de la adoración mística o del odio indiscriminado para convertirse en tema de reflexión sobre este siglo de revolucio- nes traicionadas, fallidas, interrumpidas o inacabadas que quisieron cambiar al mundo antes de hundirse en el abismo. Sólo así podríamos dilucidar cuál es el verdadero significado de eso que se denomina el leninismo, cuyo último sentido práctico desapareció junto con la ac- tualidad de la revolución, la gran premisa ausente en un siglo cuyo
balance aún espera mejores tiempos.
No obstante, hoy, cuando el nombre de Lenin se borra de su ciudad natal y la historia oficial comienza a expulsarlo de la memoria, los vencedores están a punto de repetir el mismo error de soberbia come- tido ayer por la naciente burocracia estaliniana. Igual que entonces, los demócratas y nacionalistas creen posible una nueva civilización sin puntos de encuentro con ese pasado que la conciencia denuesta aunque la memoria no consiga evitarlo. Pero el asunto no es ni será sencillo.

V.
eppur si muove

después del derrumbe

Apuntes inéditos para un seminario i e t d – f lacso, 1999-2000 1

Si bien es absolutamente impensable una vuelta atrás, como sueñan sectarios nostálgicos, románticos o delirantes, es una ley de la vida que los sobrevivientes del cataclismo del fin del siglo xx puedan cam- biar, adaptarse, evolucionar, replantearse objetivos racionales y nue- vas utopías en consonancia con esta fase de la sociedad y de la cultura humana.
A pesar de que el socialismo abandona el escenario de la historia antes que las fidelidades de sus devotos, entre las organizaciones que las representan, las menos desaparecieron físicamente del mapa o su- frieron mutaciones ideológicas irreversibles al derrumbarse el campo soviético. Permanecen, desde luego, numerosos grupos y partidos para los cuales la derrota socialista es un tropiezo que en nada altera el curso de la historia, pero ellos representan solamente a una parte que no logra teñir al conjunto. En cambio, es un hecho que un amplio sec- tor de la izquierda –erróneamente considerada sin particularizar como “políticamente muerta”– no sólo sigue ahí, sino que en determinados casos se fortaleció aprovechando las inercias democratizadoras del fin de la guerra fría, como ocurrió en Latinoamérica, por citar un ejemplo cercano.
Es un típico sueño autocomplaciente de sus adversarios suponer que la izquierda en general ya no tiene nada que hacer en un mundo “sin ideologías”, donde las opciones han de limitarse a elegir entre pequeñas variantes de lo real-posible sin salir del pensamiento úni- co neoliberal. Pero ésa es una petición sin fundamento. Un amplio

1 Este texto y el siguiente –“Lecturas sobre el final de la historia”– fueron elabora- dos a partir de notas preparadas para un seminario organizado por el Instituto de Estudios para la Transición Democrática y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede México a fines de los años noventa.

directorio, consultable en internet, ofrece a los interesados una rela- ción expurgable y seguramente incompleta, de los “partidos izquier- distas del mundo”,2 donde se registran millares de agrupaciones en varios cientos de páginas electrónicas puestas en la red por una varie- dad de partidos nacionales e internacionales, corrientes ideológicas, grupúsculos (incluso individuos) de todas clases y representatividad, reformistas y revolucionarios, nostálgicos y renovadores, armados o pacíficos, demócratas reciclados o radicales anacrónicos, en fin, mino- rías vegetando mientras recuperan fuerzas en las capas profundas de la sociedad universal. Muchas de ellas cruzaron la tormenta terminal

2 Nico Biver, autor del recuento más completo de la izquierda en el mundo, clasifica a los componentes de ese peculiar caleidoscopio político en varias especies y familias, por afinidades, países y regiones, practicando un corte taxonómico que podríamos llamar tribal, sin considerar el peso político específico de tales organismos en la socie- dad de la cual forman parte, sino sólo su existencia. El resultado es un mosaico colo- rido de inesperada vitalidad. La relación incluye: 1) los expartidos sujetos a la hege- monía del Partido Comunista de la Unión Soviética; 2) las organizaciones y partidos trotskistas que pueblan el planeta desde los lejanos años veinte; 3) los miembros de la Internacional Socialista fundada en 1951, que es por sí misma una vertiente dis- tinta y que hoy representa la propuesta orgánica más influyente con ciento cincuenta partidos afiliados en los cinco continentes; 4) los partidos y movimientos antirrevi- sionistas, alineados doctrinariamente a las variantes del maoísmo de la Revolución Cultural china y al ex Partido Albanés, y más recientemente a aquellos que predican la vuelta al estalinismo como reacción a la perestroika y otras variantes del reformis- mo socialista; 5) los partidos comunistas y socialistas de izquierda revolucionaria;
6) los reformistas de reciente hornada; 7) los frentes, movimientos y partidos de libe- ración nacional y por la autonomía regional; 8) las organizaciones político-militares en activo; 9) los partidos nacionalistas de izquierda, y 10) las alianzas y conferen- cias internacionales que pretenden diseñar políticas de convergencia y coordinación. Completan el índice los partidos verdes y el anarquismo, cuyo renacimiento marca el inicio del milenio. Falta incorporar a esa lista de la izquierda al actual movimiento altermundista que reúne en sí mismo a una variedad de tendencias que van desde los grupos ácratas anticapitalistas hasta los que promueven reformas al funcionamiento global del sistema. Las referencias a la página web de Biver corresponden al momen- to de elaboración de este artículo (1999); para actualizar la información ver: <http:// www.broadleft.org/>.

de fin de siglo esperando tiempos mejores, acorazadas bajo una pre- sencia política virtualmente testimonial, apenas potenciada hoy por la revolución informativa , sin renunciar a los códigos superados de la “revolución proletaria” formulada por la III Internacional. Otras han cambiado hasta hacerse irreconocibles, aproximándose a las posicio- nes defendidas por la socialdemocracia, el liberalismo o el anarquis- mo.3 En conjunto, representan a la izquierda realmente sobreviviente del derrumbe del socialismo real; son los herederos, o los náufragos si se quiere, de la cultura política revolucionaria elaborada en el siglo xx a partir de la victoria del partido bolchevique ruso en 1917,4 a los que

3 El ejemplo clásico de esta evolución es el Partido Comunista Italiano, el más nu- meroso en Occidente, que se evaporó de la escena para dar a luz al Partido Democrá- tico de la Izquierda.
4 De la fractura del pCus, por citar el caso paradigmático del pasado, surgió una mi- ríada de organizaciones socialistas, liberales democráticas o nacionalistas. Calientes aún las cenizas del viejo partido único resurgieron instantáneamente los herederos del comunismo, reivindicando nombre y tradición; nuevas formaciones comunistas, un manojo de corrientes marxista-leninistas nostálgicas del pasado, dispuestas (con éxito bastante discutible, es verdad) a extraer del cataclismo ocurrido una lección desde la tradición revolucionaria. Existen ahora grupos trotskistas y maoístas en toda la ex Unión Soviética. Los restos del antiguo pCus, por ejemplo, se agruparon en el Partido Comunista de Rusia-Partido Comunista de la Unión Soviética (Rossiiska- ya Kommunisticheskaya Partiya-Kommunisticheskaya Partiya Sovetskogo Soyuza) y en el Partido Comunista de la Federación Rusa, con fuerte presencia parlamenta- ria, al punto de ser hoy la primera fuerza de la oposición rusa. En los países exsocia- listas de Europa, la reconversión de los partidos de Estado –o importantes fracciones suyas– a posturas de corte socialdemócrata o liberal permitió a los cuadros políticos renovadores excomunistas ocupar posiciones de gobierno en varios países inmediata- mente después del colapso o, al menos, transformarse en una fuerza política oposito- ra con importante representación en los distintos parlamentos. En Hungría, Ruma- nia, Polonia o Bulgaria los viejos partidos comunistas gobernantes se reciclaron para convertirse en formaciones reformistas democráticas, interesadas prioritariamente en el establecimiento de vínculos estrechos de sus países con la Unión Europea, como paso previo a su posible integración a los órganos comunitarios, comenzando por la Organización del Tratado de Atlántico Norte. En algunos casos pasaron la página y simplemente dejaron de ser y considerarse de izquierda.

ahora se suman los hijos de la globalización, los movimientos y las propuestas que desde una perspectiva nueva se cuestionan el capi- talismo y critican algunos de sus resultados más poderosos (como la globalización).
Y en lugar de los antiguos centros de influencia surgieron inespe- radas alianzas entre organizaciones disímbolas, así como formas de coordinación horizontal entre partidos con orientaciones antes exclu- yentes, cuya viabilidad está todavía por verse. “No somos más sólo una reunión de partidos minúsculos de izquierda, sino una alterna- tiva de poder en varios países de América Latina”, expresó optimista Luiz Inácio Lula da Silva al inaugurar el Foro de Sao Paulo en Mana- gua, en febrero de 2000.
La diversidad abarca a la Internacional Socialista, que es la fuerza más poderosa y representativa de la izquierda contemporánea, con un centenar y medio de partidos afiliados en los cinco continentes, a los verdes y a las expresiones emergentes de la negatividad autonomista y, en general, al movimiento antiautoritario o globalifóbico, como lo bautizó el expresidente mexicano Ernesto Zedillo, que es en verdad una red enorme tejida a partir de la proliferación de minúsculas cé- lulas de la sociedad civil en un proceso que está en marcha, como un laboratorio donde se gestan nuevas ideas y propuestas que si bien aún no permiten vislumbrar la alternativa, al menos han planteado otra vez el tema al proclamar que “otro mundo es posible” y cuya mi- sión declarada es combatir al capitalismo global desde la diversidad sin atarse a un modelo universal.
En 2001 publiqué lo siguiente en La Jornada:

En realidad, la fuerza del movimiento globalifóbico radica en su capacidad de convocar a los grupos más diversos de la sociedad civil para actuar con un mismo objetivo antineoliberal, pero esa aparente espontaneidad no significa que la protesta sea sólo una reacción conservadora, y por tanto inútil, ante la expansión inevi- table del mercado mundial. “No nos oponemos a la globalización per se. No nos oponemos al comercio. A lo que nos oponemos es

a un tipo de relaciones globales que otorgan un poder cada vez mayor a las grandes corporaciones al mismo tiempo que debili- tan naciones y pueblos enteros”, escribe Michael Albert, uno de los líderes del activismo estadounidense, en una carta dirigida al Foro de Porto Alegre y publicada en Znet.
Algunos observadores fascinados por la negatividad anticapi- talista de la protesta hacen de la necesidad virtud, pues convier- ten deliberadamente los medios de la protesta en fines, conven- cidos de la máxima aquella de que “el movimiento lo es todo”. Creen que la alternativa al neoliberalismo vendrá sola, sin nece- sidad de un proyecto procesado en y por la sociedad planetaria. Significativamente, las críticas más lúcidas, como las del mismo Michael Albert, van justamente en el sentido de preservar el ca- rácter abierto de las movilizaciones sin clausurar por ello sus posibilidades transformadoras. En otras palabras, no basta con repetir la frase acuñada en Seattle: “¿Capitalismo? No, gracias” y pasar a la lucha callejera. “El primer factor en dificultar nues- tro éxito organizativo ‘post Seattle’ –dice el ya citado Albert– es nuestra falta de objetivos a largo plazo en cuestiones económicas y políticas, así como en otras esferas de la vida, que sean con- vincentes y sugerentes”. Y concluye: “Hasta que no les presente- mos [a los ciudadanos] un buen argumento a favor de un mejor sistema, se mostrarán escépticos y poco proclives a rebelarse”. Si, además, debido a la represión, la desobediencia civil se trans- forma en una protesta violenta, existe el riesgo de que los acti- vistas queden aislados, como un cuerpo separado de la sociedad combatiendo contra las policías por una causa justa, pero lejana de la vida cotidiana.
Paradójicamente, el movimiento puede ser víctima de su éxito si rechaza sujetarse a un programa común y, en consecuencia, a formas unitarias de funcionamiento. El problema existe, dice Albert, “porque muchos de nosotros creemos que la búsqueda de unidad conlleva el riesgo de caer dentro del autoritarismo y el sectarismo”, lo cual “nos impide elaborar una visión compartida

a largo plazo […] o bien tenemos participación y democracia, o bien tenemos unidad, pero no podemos tener ambas”. ¿Le resul- tan conocidas estas palabras?
Como puede observarse, estamos en los comienzos de algo nuevo y es mucho más lo que aún queda por dilucidar.5

Cualquiera que sea la opinión que nos merezca la historia de esa izquierda, debe aceptarse que en el presente ésta constituye una rea- lidad compleja, fragmentada, diversa y difícilmente reductible a un único denominador, así sea éste la procedencia del tronco común del marxismo. Por eso, lo primero es preguntarse qué es lo que ha desa- parecido y si hay algo semejante a un relevo.

5 “¿Capitalismo? No, gracias”, La Jornada, 19 de julio de 2001.

Lecturas sobre el final de la historia

Es un hecho generalmente aceptado que la crisis iniciada en su fase final con la caída del muro de Berlín y concluida con la desaparición de la Unión Soviética cierra el ciclo del socialismo concebido como un modelo de sociedad y Estado alternativos al sistema capitalista, vale decir, como su etapa final. La muerte del experimento soviético, con su cauda de despotismo e ineficacia para ofrecer a la humanidad un desarrollo social superior, arrasó con los planteamientos ideológicos de los partidos comunistas asociados al marxismo-leninismo oficial, pero también puso en la picota a otras fuerzas políticas que, revolu- cionarias o no, abanderaron muy diversas causas progresistas a lo largo del siglo xx. El capitalismo proclamó su victoria como el fin de la historia.
La misma idea de socialismo quedó en entredicho, despojada de contenido propio, aunque, a decir verdad, la crisis venía de lejos. Se- gún el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, ésta se extiende en grados diversos tanto a la estrategia revolucionaria, surgida con la III Inter- nacional, como al marxismo reformista, pues ambas opciones demos- traron su incapacidad para transformar la sociedad en la dirección que se habían propuesto originalmente, aunque cada una tuvo épocas de auge y esplendor antes de fracasar en el intento de superar al ca- pitalismo. En cuanto a los primeros, herederos de la Revolución de Octubre, no construyeron “propiamente el socialismo sino una nueva formación social en la que una nueva clase explotadora –la burocra- cia– posee el poder económico y ejerce el poder político, al margen del control de la sociedad y de la participación o gestión de los trabajado- res”.6 Los segundos, han logrado “importantes reformas sociales sin

6 Adolfo Sánchez Vázquez, “Marxismo y socialismo, hoy”, en Adolfo Sánchez Váz- quez, Entre la realidad y la utopía. Ensayos sobre política, moral y socialismo, México, unam-fCe, 1999, p. 205.

rebasar el marco o la estructura del capitalismo”,7 como pretendieron sus fundadores. En ese sentido, la perestroika soviética fue el último intento por cambiar al Estado desde adentro con “más democracia” y “más socialismo”, pero éste llegó demasiado tarde. Los hechos com- probaron que el llamado socialismo real era irreformable y, a juzgar, por su catastrófico final, irrepetible.
La ansiada reunificación de las dos grandes ramas del árbol del socialismo originario, dividido para siempre tras la revolución leni- nista, jamás se produciría. En un extremo, un Estado totalitario en absoluta negación con los ideales postulados por sus inspiradores. En el otro, el socialismo dejaba de ser una concepción del mundo para convertirse, a lo sumo, en una política aplicable a las diversas situa- ciones locales o nacionales que respiran al ritmo del mundo capitalis- ta. Ni la revolución ni el reformismo clásico son ya los portadores de un proyecto de emancipación anticapitalista.
A este desenlace contribuye la crisis teórica del marxismo. En el en- sayo publicado por primera vez en Nexos en 1988,8 Sánchez Vázquez señala “la fragilidad e inactualidad de ciertas tesis marxistas”.9 Entre ellas, cuestiona cierta “concepción hegeliana eurocentrista y teleoló- gica de la historia”, así como “la sobrestimación marxiana del carác- ter progresista del desarrollo de las fuerzas productivas”10 que lleva al economicismo. También puntualiza que la “atención casi exclusiva a la dominación de clase opaca la visión de otras formas de domina- ción –nacional, racial, sexual o étnica–…”.11 Además:

… la experiencia histórica del “socialismo real” ha puesto a prueba las ideas de Marx no sólo en cuanto a la transición del capitalismo al comunismo a través del socialismo, sino también respecto al

7 Ibid., p. 204.
8 “Marxismo y socialismo, hoy”, en Nexos, núm. 126, junio de 1988.
9 Entre la realidad y la utopía…, p. 206.
10 Ibid.
11 Ibid., pp. 206-207.

poder de sus herramientas conceptuales al examinar una realidad social que ciertamente Marx no previó ni podía prever.12

En el mismo sentido, en un texto periodístico, el profesor Enrique Semo hace un breve recuento de los daños más visibles tras la desa- parición de la Unión Soviética y otros países del llamado campo so- cialista:

Conceptos como socialismo, revolución, antiimperialismo, lucha de clases o independencia económica han perdido credibilidad incluso en los sectores que eran los sujetos sociales privilegiados de la izquierda. Pero más importante que todo ello es que mu- chas de las ideas que inspiraban a la izquierda anterior a 1989 demuestran ser equivocadas y otras son nocivas: La proposición de que para lograr la igualdad es legitimo pagar cualquier precio en términos de libertad y democracia; la hipótesis de que una economía compleja y moderna puede prescindir del mercado y estar totalmente basada en la planeación estatal; la idea de que un partido político puede ser la conciencia de una clase, no son sino algunos ejemplos.13

Las distorsiones se producen en todos los campos: a) como expre- sión de la incapacidad teórica y práctica para entender las cambian- tes condiciones del capitalismo bajo el Estado de bienestar, primero, y, más adelante, ante la revolución neoliberal que marca la entrada a la globalización; b) como una crisis de la relación entre el “partido” y la “clase” determinada, entre otras razones “objetivas”, por los cam- bios en la composición y la situación social de la clase obrera en los países desarrollados, la cual niega en la práctica la “misión histórica del proletariado” y, finalmente, c) como una crisis política derivada

12 Ibid., p. 207.
13 Enrique Semo, “Reinventando a la izquierda mexicana”, en Proceso, núm. 1075, 8 de junio de 1997.

del rechazo a incluir la democracia formal como un componente in- dispensable en la elaboración de una alternativa socialista, capaz de darle nueva vida a las tradiciones antidespóticas de la Ilustración y el liberalismo.

Fukuyama-Bobbio
Al desaparecer uno de extremos de la ecuación que explica al mundo en el siglo xx, parece inevitable que vencedores y vencidos se preguntaran qué es lo que en realidad había ocurrido y qué debían esperar en el fu- turo. El viejo conflicto de la sociedad del siglo xx se desvanece y con él se modifican los referentes del cambio político, el modo como la huma- nidad se propone avanzar hacia el futuro. Pero no sólo se vacía de con- tenido el ideal socialista, como ya hemos señalado, sino que también se desvanece la antigua división entre izquierda y derecha que tiñe a la política moderna desde la Revolución francesa. En rigor, al decretarse la muerte de las ideologías se suprime idealmente el conflicto, ya que, según la tesis original de Francis Fukuyama (1989), la democracia li- beral vendría a ser el punto final de arribo de la evolución ideológica de la humanidad, es decir, el fin de la historia. Si no es factible mejorar dicho paradigma, la democracia ya no debe temer a las contradicciones que propiciaron la caída de otros sistemas del pasado. La existencia de problemas sociales, injusticias o imperfecciones presentes en la demo- cracia liberal no tendría su raíz en las que podrían denominarse fallas intrínsecas sino, más bien, en la aplicación defectuosa e incompleta de sus principios. Las tesis de Fukuyama, convertidas en el mantra del nuevo orden internacional, tuvieron un éxito fulminante y se convir- tieron por la fuerza de las cosas en un argumento puramente ideoló- gico. En donde se habían asentado las viejas formaciones de izquierda y derecha aparecieron nuevos híbridos sin vínculos con las tradiciones del pasado, haciendo del sueño del fin de la historia una autoprofecía cumplida.
Sin embargo, autores, como Norberto Bobbio y Eric Hobsbawm, situados en miradores diferentes, se replantearon a su vez la signi- ficación de lo acontecido a partir de 1989 hasta la desaparición de la

Unión Soviética, cuando se cerraría el siglo corto inaugurado con la revolución de 1917. Si la caída del socialismo real no significa por sí misma la solución de los problemas que en el pasado dieron origen al comunismo, menos aún se desprende del fin de la historia la muerte de la izquierda en general, pues, como puntualiza Bobbio, derecha e izquierda son conceptos relativos: no designan contenidos estableci- dos indefinidamente sino que ellos se definen contextualmente. La crisis de las ideologías efectivamente habría cancelado el binomio de- recha/izquierda sólo si éste pudiera traducirse linealmente al térmi- no ideología. Sin embargo, asignarles el lugar de la pura expresión del pensamiento ideológico-partidista sería un reduccionismo. Como señalan, citando a Bobbio, D’Adamo y García Beaudoux:

Creemos que derecha e izquierda son conceptos que incluyen contrastes entre ideas, intereses y valoraciones más generales acerca de qué rumbos debería seguir la sociedad que excede di- cho marco y que “indican programas contrapuestos respecto a muchos problemas cuya solución pertenece habitualmente a la acción política […] contrastes que existen en todas las sociedades y que no parece que vayan a desaparecer.14

Si el término izquierda sólo se definiera contextualmente sería del todo imposible conocer su contenido, pero Bobbio afirma, además, que izquierda y derecha pueden ser entendidas a partir de “la distinta posición que los hombres, que viven en sociedad, asumen frente al ideal de la igualdad”. Así, introduce un elemento vivificante en la discusión, pues no reduce el tema a una cuestión de topología política (Imanol Zubero), sino a los elementos sustantivos de la definición (la lucha por la igualdad). Obviamente, a diferencia de los ideólogos del llamado Consenso de Washington, Bobbio rechaza la cadena que vin-

14 Orlando J. D’Adamo y Virginia García Beaudoux, “Derecha e izquierda: ¿dos cajas vacías?”, en Luis A. Oblitas Guadalupe y Ángel Rodríguez Kauth, coords., Psicología política, México, Plaza y Valdés, 1999, p. 200.

cula democracia y mercado, tal y como la exponen Friedrich August von Hayek y sus seguidores al propugnar la prioridad de los merca- dos en la constitución de la libertad.
En este contexto, y a medida que se desvanece el shock de 1989, el debate en la izquierda adquiere vigor y nuevos contenidos, pero esta- mos muy lejos de una agenda común. Todas las ideas anteriores están sujetas a la crítica, comenzando por las que en el pasado gozaban de mayor prestigio. Ya no es una verdad que el futuro de la sociedad sea alguna forma de socialismo, mucho menos se aceptan los viejos mé- todos –la revolución, en primer lugar– como los mecanismos capaces de realizar la transformación de la sociedad. Autores como Perry An- derson reclaman una vuelta a Marx en el sentido de comprender qué es el capitalismo hoy. Otros, en la perspectiva de la socialdemocracia, se resisten a dar por buenas las categorías ideológicas creadas por el neoliberalismo y piensan que es posible fundar una sociedad más justa basada en el principio de la igualdad. En fin, hay quien pone el énfasis en la reinterpretación de la democracia a la luz de la mayor participación individual y social que la modernización global permi- te. Ofrecemos a renglón seguido pequeñas síntesis como guías para rebuscar en este laberinto de propuestas.

El realismo pesimista de Anderson
En su ya famoso texto “Renovaciones”, Anderson emprende la crítica contra dos posturas antagónicas: la de quienes siguen predicando la revolución, pasando por alto los cambios ocurridos en la sociedad, y la de los practicantes de la adaptación sin más a las reglas del juego dominantes. Esa visión niega “el único punto de partida para una izquierda realista en nuestros días”, a saber:

… una lúcida constatación de una derrota histórica. El capital ha repelido punto por punto todas las amenazas contra su do- minio, las bases de cuyo poder, las presiones de la competencia por encima de todo, fueron persistentemente infravaloradas por el movimiento socialista. Las doctrinas de la derecha que han

teorizado el capitalismo como un orden sistémico conservan todo su implacable vigor; en comparación, los actuales intentos de en- galanar sus realidades por parte de un sedicente centro radical no pasan de floja operación de relaciones públicas.15

La izquierda sigue sin asumir todas las implicaciones de la revolu- ción neoliberal, de tal manera que se halla desarmada teóricamente ante “la ideología más exitosa en la historia mundial”. Así lo consi- dera Anderson en vista de las dos posturas antagónicas, ambas erró- neas, a las que suele recurrir la izquierda. Por un lado, “en su hora de triunfo generalizado, el capitalismo ha convencido a muchos que antaño lo consideraban un mal evitable, de que es un orden social ne- cesario, saludable y equilibrado”. Por otro, “la necesidad de albergar un mensaje de esperanza estimula la inclinación a sobreestimar la importancia de los procesos contrarios” al capitalismo.
Para huir de esos extremos, Anderson propone un “realismo in- transigente” en contra tanto del acomodo oportunista como del “maxi- malismo estéril” que subestima el poder del capitalismo. A fin de salir de la crisis terminal en la que se encuentra el marxismo, arguye, se requiere poner en primer plano la elaboración de una síntesis compa- rable a la que Marx hizo en su época respecto del capitalismo.
El foco de las críticas de Anderson es la llamada tercera vía elabo- rada por Anthony Giddens y divulgada por Tony Blair con el propó- sito de “humanizar al capitalismo en nombre de la izquierda”. Así lo ha explicado Blair:

La izquierda del siglo xx ha estado dominada por dos corrientes: una izquierda fundamentalista, que veía el control del Estado como un fin en sí mismo, y una izquierda más moderada, que

15 Perry Anderson, “Renewals”, en New Left Review, núm. 1, enero-febrero de 2000. Disponible en: <http://newleftreview.org/II/1/perry-anderson-renewals>. La versión en español de este texto está en: <http://newleftreview.es/article/download_pdf? language=es&id=2092>.

aceptaba esa dirección básica, pero estaba a favor del compromi- so. La tercera vía es una reevaluación seria que extrae su vitali- dad de unir las dos grandes corrientes de pensamiento del cen- tro-izquierda –el socialismo democrático y el liberalismo–, cuyo divorcio durante este siglo contribuyó tan claramente a debilitar la política de signo progresista a lo largo y ancho de Occidente.16

En palabras de Tony Blair, se trata de ir “más allá de una izquierda tradicional, preocupada por el control del Estado, las elevadas cargas impositivas y los intereses de los productores; y de una nueva derecha librecambista, que postula que un individualismo de miras estrechas y la fe en la libertad de los mercados son la respuesta a todos los pro- blemas”. Para esta corriente, como se advierte, la polémica en torno a la alternativa carece hoy de significado, toda vez que no es necesaria una fórmula anticapitalista para alcanzar determinados objetivos de- finidos como “socialistas o de izquierda”.
En respuesta, Anderson expresa que el intento de humanizar el capitalismo llega tarde. Señala: “Entre los que siempre creyeron en el valor primordial de los mercados libres y en la propiedad privada de los medios de producción se cuentan muchas figuras de alto tenor intelectual”;17 en cambio, en la reciente cosecha de cosmetólogos hay

16 Tony Blair, La tercera vía, Madrid, El País-Aguilar, 1998. Resumen disponible en:
<http://www.analitica.com/bitblioteca/tblair/tercera_via.asp>.
17 El pensamiento liberal tenía una larga tradición intelectual, pues no era una sim- ple teoría económica académica, menos un “receta”, aunque a esa confusión contri- buyera de manera decisiva el reconocimiento a los economistas liberales que fueron galardonados con el Premio Nobel, como Friedrich August von Hayek, Milton Fried- man, James M. Buchanan, Gary Becker o Ronald Coase, entre otros, si bien, en sen- tido estricto el liberalismo es una tradición intelectual que no se queda en la mera reflexión sobre la economía. Perry Anderson ubica los comienzos de esta revolución intelectual en las actividades de los miembros de la Societé du Mont-Pèlerin reunida en abril de 1947 a iniciativa de Hayek y a la que asistieron reconocidos adversa- rios del New Deal como “Maurice Allais, Milton Friedman, Walter Lippman, Salvador de Madariaga, Ludwig von Mises, Michael Polanyi, Karl Popper, William Ranpard, Wilhelm Röpke y Lionel Robbins”, cuyo objetivo “es, de una parte, combatir el keyne-

quienes “sólo ayer deploraban la repugnancia del sistema que hoy se encargan de acicalar”.18 Las críticas de Anderson también desa- taron, como era previsible, la irritada reacción de muchos críticos de izquierda. Por ejemplo, el ruso Boris Kagarlitsky calificó de “suicidio” la postura del director de New Left Review y previno:

Este tipo de pensamiento nace de una falta total de contacto con el movimiento real, y, al mismo tiempo, se utiliza para justifi- car la falta de ese contacto. El movimiento izquierdista está en crisis, pero precisamente por esta razón, la acción radical y el pensamiento crítico son más esenciales que nunca. Es necesaria una estrategia general, una posición de principio; en última ins- tancia, unos fundamentos éticos.19

El debate prosigue.

La veta ácrata
Vale la pena detenerse en las reflexiones de Paul Burrows por su proxi- midad al movimiento altermundista y a las tesis de Michael Albert. A la pregunta de: “¿Tiene futuro el ‘socialismo’?”, responde: “Depende de a qué llames ‘socialismo’”. Vale la pena citar el comentario completo, pues desbroza el sentido de toda la cuestión de la alternativa:

sianismo y toda medida de solidaridad social que prevalezca después de la Segunda Guerra Mundial y, de otra parte, preparar para el porvenir los fundamentos teóricos de otro tipo de capitalismo, duro y libre de toda regla”. Perry Anderson, “Historia y lecciones del neoliberalismo”, en Deslinde, núm. 25, noviembre-diciembre de 1999. Disponible en: <http://www.deslinde.org.co/IMG/pdf/Historia_y_lecciones_del_neo- liberalismo-_Por_Perry_Anderson.pdf>.
18 Anderson, “Renewals”.
19 Boris Kagarlitsky, “The suicide of New Left Review”, en International Socialism Journal, núm. 88, otoño de 2000. Disponible en: <http://pubs.socialistreviewindex. org.uk/isj88/kagarlitsky.htm>. Una versión en español de este texto se puede consul- tar en: <http://www.rebelion.org/hemeroteca/izquierda/nlr300801.htm>.

Hay quien utiliza el término “socialismo” para describir una economía en particular, caracterizada por la propiedad estatal o colectiva y un mercado o una planificación central, pero en cualquier caso con las típicas divisiones del trabajo industria- les. Otros, con “socialismo” quieren decir una economía en la que productores y consumidores tienen la autoridad que se merecen y reciben ingresos justos y equitativos no en función de ninguna ventaja estructural o de clase. En mi opinión, el primer tipo de socialismo (que se dio en la antigua Unión Soviética, y existe hoy en día en Cuba) debería eliminarse del programa revolucio- nario, no porque no funcione (lo hace, incluso comparándolo al capitalismo), sino porque no es compatible con la realización y el desarrollo de la mayoría, los propios trabajadores y consumi- dores. Partiendo de que sea realizable, sólo el segundo tipo de socialismo parece que merece la pena ser alentado, y yo diría que es el único consistente con los objetivos de teóricos tempranos como Marx.
En todo caso, necesitamos preguntarnos qué es lo que defende- mos, más allá de vagas referencias a la colectivización de los medios de producción. Permitidme de nuevo tomar prestado cuatro pre- guntas formuladas por Robin Hahnel (porque dice las cosas tan bien… y porque soy un perezoso):
1. ¿Queremos una economía que recompense a las personas según diferencias en habilidades moralmente arbitrarias, o preferimos recompensar a las personas según su trabajo y los sacrificios que hacen?
2. ¿Queremos que una minoría planee y coordine el trabajo de la mayoría, o preferimos que todo el mundo tenga la oportunidad de participar en la toma de decisiones en cuestiones económicas, proporcionalmente a cómo son afectadas por éstas?
3. ¿Queremos una estructura para expresar nuestras preferencias en la que el consumo individual prevalezca sobre el social, o preferimos que las personas sean capaces de expresar sus preferencias sobre parques, bibliotecas, tráfico y reducción

de la contaminación tan fácilmente como pueden expresar sus preferencias sobre coches, sorbetes, Cd o condones con sabor a chocolate?
4. ¿Queremos que las decisiones sobre cuestiones económicas sean determinadas por la competitividad entre grupos enfrentados unos contra otros para garantizar su bienestar y supervivencia, o preferimos planificar nuestros esfuerzos conjuntos democrática, equitativa y eficazmente?
Todo esto no tiene nada de complejo o misterioso, a pesar de que los Grandes Sacerdotes del Capitalismo (y algunos marxistas) se empeñen en que la economía así lo parezca. ¿Qué valoramos?
¿Cuáles queremos que sean los objetivos de una economía? Todo intento de concebir nuevas alternativas al capitalismo tiene que partir de estas preguntas si queremos hacer partícipe del debate a la gente normal, si queremos apoyarnos en el mundo real. No se puede construir un amplio movimiento anticapitalista pretendien- do entender la “teoría del valor-trabajo”, o diciendo que el capitalis- mo es una mierda sin tener un modelo alternativo bien elaborado que lo substituya. Necesitamos hacernos preguntas directas sobre qué es lo que queremos. Necesitamos debatir diferentes propuestas y opciones sobre cómo alcanzar mejor nuestros objetivos. No me importa cómo queráis llamar a esto –comunismo, anarquismo, de- mocracia participativa o socialismo en su sentido original–, en rea- lidad no tiene importancia. Pero si vamos a desarrollar un modelo anticapitalista alternativo, debemos tener muy claro qué valores y principios queremos afirmar. Y si no somos capaces de comunicar esos valores en un lenguaje cotidiano, si no podemos convencer a nadie de nada, entonces o bien no tenemos ni idea de qué estamos hablando, o bien nuestras ideas no valen una mierda.20

20 Paul Burrows, “¿Existe una alternativa al capitalismo?”, conferencia en la Cafe- tería y Librería Mondragón, en Canadá, 11 de abril de 2001. Disponible en: <http:// www.rebelion.org/hemeroteca/opinion/burrows041001.htm#n1>.

Las objeciones reformistas
No obstante, las críticas a la tercera vía también provienen de las propias filas socialdemócratas. Políticos en activo y figuras de relieve como el chileno Ricardo Lagos o el socialdemócrata catalán Josep Bo- rrell han manifestado serias dudas acerca del alcance universal de la propuesta neoliberal. A Borrell, por ejemplo, le inquieta:

[que] esta visión tan simplista de las opciones abiertas a una sociedad haya capturado la imaginación de sectores tradicional- mente progresistas, que han pasado a colocar el libre mercado en el centro de sus reivindicaciones y al consumidor como destina- tario principal de sus políticas. En mi opinión, una “renovación” así concebida, no puede ofrecer a nuestra sociedad una alterna- tiva real a la de las fuerzas políticas situadas a la derecha del espectro político. La izquierda debe afrontar los problemas fun- damentales de las sociedades occidentales, como el paro estruc- tural, el deterioro medioambiental o la financiación del Estado de bienestar, adaptándose al nuevo contexto definido por la glo- balidad, los cambios tecnológicos y las tendencias demográficas. Pero esta adaptación no debe suponer el abandono de sus señas de identidad. Una de esas señas de identidad es la pasión por la igualdad. Otra es un escepticismo relativo frente al mercado. En lo que se refiere a los fines que la acción política se puede proponer conseguir (la igualdad, la libertad, la eficiencia, la se- guridad) lo que tradicionalmente ha distinguido a la izquierda es su pretensión de imaginar y aplicar políticas que permitiesen corregir de forma gradual las desigualdades.21

Por supuesto que la izquierda debe reivindicar mercados eficien- tes. Pero éstos, asegura Borrell, están pensados para producir mer- cancías, no para administrar derechos Por otra parte, para la iz-

21 Josep Borrell, “Sobre la renovación y la identidad de la izquierda”, en El Siglo de Europa, 12 de mayo de 1997.

quierda, los mercados no son instituciones espontáneas o producto de la “naturaleza”, cuyo funcionamiento empeora indefectiblemente con la intervención de los poderes públicos, como se tiende a caracte- rizar por la ideología liberal que reclama su completa desregulación. Son sistemas sociales creados por el hombre, cuya justificación no radica sólo en la defensa del derecho individual a la propiedad pri- vada, sino en su mayor o menor adecuación al logro de otros fines sociales que van más allá de la búsqueda a ultranza de la rentabili- dad del capital.
Desde el liberalismo se contempla el mercado como una garantía frente al totalitarismo estatal, y por lo tanto, como una condición ne- cesaria de la democracia política. Desde la izquierda, en cambio, lo que preocupa –y debe seguir preocupando– es que la inherente ten- dencia del mercado a la desigualdad de la renta y la riqueza haga inviable la igualdad política de los ciudadanos.
En definitiva, apunta el autor, cuando hablamos de izquierda no estamos ante un asunto resuelto de una vez y para siempre, pero queda claro que la izquierda reivindica que el acceso al trabajo y la seguridad frente a la enfermedad y la vejez son derechos, igual que lo es la libertad de expresión, y que su garantía exige sustraerlos de la lógica del beneficio. Prosigue Borrell:

La caída del “socialismo real” se ha presentado por los filóso- fos del “fin de la Historia” como la constatación irrefutable y definitiva de la inviabilidad de cualquier propuesta política que no considere el mercado como un mecanismo más adecuado de regulación económica, social e incluso política. Del predominio intelectual de estas tesis han surgido las propuestas bien conoci- das del radical liberalismo: flexibilización del mercado de trabajo como única solución para crear empleo, sin que preocupen sus implicaciones no ya sobre la estabilidad y seguridad del empleo, sino sobre la propia competitividad de las empresas a largo plazo; liberalización cuanto antes de los mercados de bienes y servicios para ganar competitividad, sin que preocupe la universalidad de

los servicios públicos ni la ordenación del uso del espacio urbano; libre comercio y libre circulación de los capitales, sin mencionar la conveniencia de establecer unas mínimas normas laborales internacionales para proteger los derechos de los trabajadores y detener la espiral a la baja de los salarios y condiciones laborales en el mundo desarrollado, ni mencionar tampoco los efectos de la libre circulación de los capitales sobre la volatilidad de los tipos de cambio y, por tanto, sobre la economía real. Y, finalmente, la reducción del Estado de bienestar “limitando la protección social a quien más lo necesite”, abandonando los esquemas de univer- salidad en las prestaciones que la socialdemocracia ha construi- do como pieza básica de la cohesión social, por el criterio de nece- sidad que conduce a la dualización.22

Final
En ocasiones se sobrestiman las capacidades de la izquierda para cam- biar la sociedad; en otras, ocurre lo contrario, pero en el fondo el tema es qué y cómo cambiar. Definir esa alternativa en el contexto de la glo- balización, sin abandonar la democracia, es la tarea que, en definitiva, tendrá que resolver la izquierda planetaria en los próximos tiempos. Hoy por hoy esa propuesta no existe, por más que estemos conscien- tes de la necesidad urgente de hacer reformas moralmente justas y económicamente progresistas, capaces de revertir la desigualdad. Una política de izquierda que se pretenda racional tiene que proponerse ejercer la crítica de la irracionalidad capitalista como una seña de su identidad. Ésa es, en última instancia, su fuente germinal. Pero al re- conocimiento de la democracia liberal ha de proseguir un planeamiento creativo y realista sobre las formas sociales de gestión, superando el binomio mercado/democracia como el único horizonte posible. Se re- quiere igualmente una reflexión menos asfixiante sobre el Estado que, pese a todos los augurios, seguirá presente por mucho tiempo en la sociedad contemporánea.

22 Ibid.

La pretensión de darle a la sociedad civil un lugar creciente, cua- litativamente importante, en la producción, la política, la cultura, no es una utopía descalificable, puesto que ya en las propias sociedades capitalistas más desarrolladas hay un movimiento en esta dirección que no sólo surge del agotamiento de las antiguas instituciones re- presentativas, cuyo papel tendría que redefinirse, sino que atiende a la necesidad creciente de participación de los individuos, que la revo- lución tecnológica y la globalización hacen prácticamente posible. En esa dirección, el movimiento por la igualdad y la equidad que define a la izquierda es, a la vez, un paso por la libertad del individuo.
Por último, la clausura de la revolución al estilo del siglo xx no cancela la obligación de concebir el proyecto de la izquierda socialista sobre la base de crear el máximo grado posible de desarrollo social. La abundancia, no la miseria, es la base para la equidad y la elevación de la espiritualidad humana. No es factible superar la irracionalidad propia del capitalismo sin plantearse aumentar la riqueza social, que es la condición para cancelar la desigualdad. Y eso supone también superar la enajenación consumista, el despliegue de una vía susten- table para satisfacer las necesidades humanas y, en definitiva, otro modelo de vida. Ese fin exige, al mismo tiempo, pero sin contradicción lógica y racional, tomar en cuenta que los recursos son limitados en la economía pero también en la naturaleza.

Globalización y pobreza

La globalización y las opciones nacionales , 2000 23

Uno
Nunca como ahora se habían dedicado tantos esfuerzos intelectuales a comprender el fenómeno de la pobreza. La geografía del hambre que sacudió las conciencias al mediar el siglo xx abarca hoy al plane- ta entero. La mundialización ha transformado los viejos problemas regionales o comunitarios de las sociedades nacionales en temas de orden universal. La sociedad globalizada es, como decían los clásicos, un espacio desigual y combinado, con zonas de avances deslumbran- tes y franjas de mera supervivencia.
Estas profundas transformaciones no son, empero, novedades abso- lutas, pues hunden sus raíces en la propia historia de la modernidad, aunque es en el último medio siglo cuando han alcanzado el ritmo de una verdadera revolución en virtud de los acelerados avances en ma- teria científica y tecnológica que han cambiado en forma decisiva las maneras de vivir, producir y pensar de la humanidad. En rigor, esta- mos en el cruce de caminos que anuncia el comienzo de una nueva era, cuyos rasgos sustanciales se están configurando aquí y ahora.
No obstante, si como sugiere Zaki Laïdi24 –quien ha escrito un mag- nífico libro publicado por el Fondo de Cultura Económica–,25 el cambio mayor que introduce la globalidad, más allá de la economía, radica en pasar de un sistema interestatal a un sistema social mundial, enton- ces, sencillamente, aún no hemos visto nada. Sin entrar en detalles en la discusión sobre el futuro del Estado nacional, podemos suponer,

23 En: Víctor L. Urquidi, La globalización y las opciones nacionales. Memoria, México, fCe, 2000. Una versión de este texto, titulada “Qué es combatir a la pobreza”, se publicó en Etcétera, núm. 347, 22 de septiembre de 1999.
24 Zaki Laïdi, en Nexos TV, 1999.
25 Zaki Laïdi, Un mundo sin sentido, México, fCe, 1997.

aceptando esa hipótesis, que la mundialización hará viables formas inéditas de interacción entre la empresa productiva, los individuos y el Estado, sujetas a un orden internacional cuya sustentación será, acaso, un singular entramado de asociaciones autónomas comunicadas entre sí, fuera de las mediaciones institucionales que hoy conocemos. Estos nuevos sujetos de la globalización podrían asumir de manera directa y democrática las responsabilidades de los individuos, pero también las decisiones que ahora corresponden exclusivamente a diversos organis- mos de representación.
De esa manera, la sociedad globalizada traería de vuelta, pero so- bre bases reales, la idea del mundo como comunidad, que hoy resulta utópica, aunque sus posibilidades ya se vislumbran a través de ciertos debates –como ocurre en asuntos relacionados con el medio ambien- te– donde se subrayan los valores de la solidaridad y la cooperación sin fronteras, y en los cuales la humanidad aparece como un sujeto indivisible. Sin embargo, no se deben adelantar vísperas: la última palabra la dirá, naturalmente, el propio desarrollo social y la acción de los seres humanos que seguirán existiendo y descubriendo nuevos mundos.
En este punto vale advertir que aunque las tendencias permitan pre- figurar una sociedad idealmente justa, bien puede ocurrir exactamente lo contrario, sobre todo si se trunca la aparición de un nuevo orden racional en el que se refleje el interés general en sustitución de la anar- quía organizada que hoy nos domina.
La globalización está muy lejos de ser la panacea imaginada por cierto pensamiento dogmático; tampoco es la causa universal de to- dos los problemas sociales, como pretende una crítica inconsistente. Antes que ideología o proyecto definido, es un proceso objetivo contra- dictorio y, como tal, plantea problemas originales, desafíos y oportu- nidades que antes no existían. La globalización otorga una dimensión diferente a las necesidades humanas. Sin embargo, es difícil negar que la interacción creciente de la economía mundial aumenta la po- larización dentro y fuera de cada país “ya sea que hablemos de ingre- sos, de consumo, o de acceso efectivo a los medios más modernos de

comunicaciones y transporte”.26 Ésta es la conclusión a la que llegan la mayoría de los expertos, aun cuando saquen conclusiones muy dis- tintas de tal reconocimiento. En cambio, no se pone el énfasis sufi- ciente para señalar que la integración, que no es simplemente una relación con el exterior, depende fundamentalmente de la situación de las sociedades particulares. Si la globalización es tan demoledora en sus efectos, ello se debe a que muestra la debilidad estructural de cada sociedad. La apertura a los rigores de la competencia abierta es un trauma muy serio, precisamente porque aumenta la inequidad “en las sociedades que previamente eran muy desiguales”.27
No es ninguna novedad señalar las consecuencias negativas que la integración económica tiene sobre las empresas más frágiles, que son arrastradas por la corriente modernizadora, junto con la economía tradicional de la que depende la cohesión social de millones de seres humanos que se encuentran al borde de la catástrofe vital. Si a ello se añade el desmantelamiento de los apoyos y subsidios estatales que se practica como una receta de política económica en el mundo para reducir la presencia del Estado, se comprenderá mejor la ruptura de los lazos que unen a masas enormes con el universo productivo. Éstas quedan, así, sin otra opción de supervivencia que la migración, a ve- ces intercontinental, en su necesidad de escapar de las regiones azo- tadas por las hambrunas o la pobreza extrema que se llevan a cuestas hasta los paraísos laborales que las rechazan.
La internacionalización económica, ciertamente, condiciona el pa- pel de los Estados, reduce su influencia y limita la soberanía nacio- nal. Pero ésa es una tendencia de largo plazo que no puede servir de coartada para que se deje aquí y ahora al mercado la tarea de satisfacer el conjunto de necesidades sociales carentes de atractivo económico. No se puede decretar la muerte del Estado si éste sigue siendo una fortaleza en las sociedades más desarrolladas. Aun en las

26 Mauricio de Maria y Campos, ponencia presentada en el Seminario Agenda 2000, en julio de 1999, en la ciudad de México.
27 Laïdi, en Nexos TV.

hipótesis menos estatólatras, el Estado nacional es el marco en el que se siguen produciendo la mayoría de los procesos de desarrollo social, aunque muchos problemas tengan ya una dimensión supranacional. Igual cosa acontece con la nación, que es y continuará siendo la fuen- te primaria de la identidad de los conglomerados sociales.
En la sociedad globalizada se combinan compulsivamente los pro- cesos que vienen del atraso secular con los que surgen de la moderni- zación. Esta conjunción propicia una nueva dialéctica entre opulencia y miseria, entre justicia y desigualdad, para las cuales, en efecto, ni los Estados ni las sociedades estaban preparados. Para cambiar es preciso forjar una nueva actitud.
Como ha observado Oskar Lafontaine,28 es urgente desmitificar al- gunas ideas sobre la globalización, en especial cierto fatalismo que impide comprenderla como un fenómeno inacabado, incompleto, ca- paz de ofrecer oportunidades para un aumento del bienestar y del trabajo de la gente, pero también –y esto es muy importante– de ser- vir de coartada de los gobiernos para justificar sus propios errores in- ternos. Naturalmente que un cambio así no es sencillo, pues implica, en primera instancia, abandonar las ideas fijas que han encerrado al pensamiento económico en un callejón sin salida, convirtiéndolo en un nuevo dogmatismo ideológico.

Dos
Las Naciones Unidas y el Banco Mundial desde años atrás vienen ensayando una metodología para clasificar los rasgos esenciales de la pobreza, pero también para diseñar conceptos y políticas que permi- tan atender con eficacia este antiguo y nuevo mal de la humanidad. A tal preocupación corresponden los diversos planes nacionales que, en conjunto, canalizan importantísimos recursos materiales, humanos y monetarios, los cuales, de todas maneras, resultan insuficientes dada la magnitud gigantesca del problema.

28 Oskar Lafontaine y Christa Müller, No hay que tener miedo a la globalización. Bien- estar y trabajo para todos, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998.

Abundan, pues, los programas para “combatir a la pobreza”, como si en verdad la sociedad humana, al filo del año 2000, estuviera dis- puesta a librar una guerra consigo misma para poner punto final a la partición entre ricos y pobres. Mucho me temo que en esos plantea- mientos –o en parte de ellos– que se presentan bajo un ropaje prag- mático prima una suerte de buenos sentimientos convertidos en ideo- logía. La verdad, por desgracia, es que la pobreza aumenta en México y en el mundo. Y aunque el problema tiene un peso específico –que seguramente podría ser mayor– en las políticas públicas, no hay com- paración entre los recursos mundiales que se destinan a otros asun- tos, incluyendo los bélicos, y aquellos que se dedican a paliar, que no resolver, la cuestión de la pobreza.
No entro en detalles sobre las posibles salidas que las ciencias so- ciales ofrecen a esta cuestión, pero hay coincidencia entre los especia- listas y las instituciones en que “la condición necesaria para reducir la pobreza es tener una tasa de crecimiento del pib, alta, estable, sos- tenida”, como dice Nora Lustig en referencia al caso mexicano. Dicha argumentación nos lleva de la mano a la política económica y a los fi- nes del Estado.29 Se requiere, en consecuencia, incrementar el ahorro y la inversión nacional, así como la productividad general del aparato de producción. Pero los propios expertos nos dicen que el crecimiento es indispensable, aunque no suficiente. Son imprescindibles otras re- formas concomitantes o complementarias, en particular las relativas a la educación, genuina palanca para el desarrollo sustentable y la democracia, entendida aquí como “una forma de vida”. Mientras, te- nemos que encarar una realidad que no admite especulaciones. Lus- tig señala:

En el caso de México llevaría alrededor de cuarenta años lograr [erradicar la pobreza extrema] a una tasa de crecimiento del pro-

29 Nora Lustig, “Erradicar la pobreza: un gran desafío”, en Memoria del foro Supera- ción de la pobreza, Diálogos nacionales, organizado en febrero de 1999, Washington, DC, Banco Interamericano de Desarrollo, 2000, pp. 31-44.

ducto del 3% anual; al 2%, el número de años aumentaría [a] alrededor de sesenta años. En contraste, si se pudieran focalizar los recursos perfectamente sólo se necesitaría transferir 0.5% del pib para erradicar la pobreza en el presente.30

Otro investigador reconocido, Enrique Provencio, plantea lo si- guiente:

En un escenario sin variaciones en la distribución del ingreso, y crecimiento económico de 4.3% promedio anual desde 1997 hasta el 2010 (que supone un conjunto de condiciones muy favorables, entre ellas la consolidación de los cambios estructurales, la cul- minación exitosa de la inserción externa, un crecimiento real de 3% de los salarios y en general un mejor comportamiento del re- gistrado entre 1981 y 1996) la pobreza se reduciría en 10 puntos porcentuales, tanto la extrema como la total.31

Eso significaría que “al menos una tercera parte de la población estaría bajo algún grado de pobreza en el 2010”. Como se colige de lo anterior, tratar de convertir en realidad una propuesta racional y legítima para reducir la pobreza resulta ser una tarea difícil y muy compleja si de modo paralelo no se define una política de largo pla- zo estratégicamente vinculada al desarrollo general de la economía. Esto, por desgracia, hasta ahora no ocurre.
No obstante, teniendo estas cifras a la vista no es una provocación preguntarse si alguien cree, honestamente, que los pobres de hoy –o, mejor, los hijos de los hijos de los pobres de hoy– esperarán hasta el

30 Ibid.
31 Enrique Provencio, “Un acuerdo en lo fundamental para la cuestión social”, ponen- cia presentada en el seminario Un Acuerdo en lo Fundamental, organizado por el Ins- tituto de Estudios para la Transición Democrática el 21 y 22 de mayo de 1999, en la ciudad de México. En: Rolando Cordera Campos y Adolfo Sánchez Rebolledo, coords., Por un acuerdo en lo fundamental, México, ietd-Fundación Friedrich Ebert-Miguel Án- gel Porrúa, 2000, pp. 91-132.

año 2040 para alcanzar un nivel de vida por encima de la pobreza extrema. ¿Todos ellos o la mayoría se quedarán cruzados de brazos esperando a que la economía crezca a los ritmos convenientes para salir de pobres? ¿O tratarán de hacerse justicia por su propia mano, como ya ha ocurrido en otros momentos de la historia?
Tengo la impresión de que a los estudios de los expertos –que ape- nas rozan las causas estructurales de la pobreza– los desborda la di- mensión, así como la naturaleza del problema planteado: siempre se quedan cortos o acaban por ofrecernos una visión idílica del futuro, pues olvidan una circunstancia que nadie debería descuidar: la propia dinámica de la sociedad de la pobreza que tiende a convertirse en un sujeto políticamente activo, gracias, entre otras causas, a las repercu- siones que tiene sobre ella la sociedad globalizada. No sorprende que hoy resulte tan difícil entender esa dinámica, pues ése es también el resultado de haber suprimido de la política toda ideología sustentada en una propuesta social positiva, como en su momento lo fueron los planteamientos de la Revolución mexicana y, más lejos, los principios socialistas. Sin embargo, hay una grave equivocación en los discursos autocomplacientes que dan por muertos los impulsos de redención de las masas pauperizadas. La historia está llena de previsiones erró- neas, de creencias amables y confusiones atroces que finalmente se tejen para producir resultados que nadie quería o imaginaba.
Se olvida que el igualitarismo de los pobres visto como un riesgo para el resto de la sociedad aparece como una utopía natural allí don- de la desigualdad moderna se acompaña de la polarización más am- plia y ofensiva que pueda imaginarse. Contra los horrores cometidos en nombre de la igualdad social no son suficientes, obviamente, los exorcismos ideológicos, por cuanto subsisten en el presente agrava- das y reelaboradas, si cabe, las causas más generales que lo hicieron posible en el pasado y pueden volverlo deseable hoy a los ojos de mi- llones de parias sociales.
El igualitarista pretende alcanzar la equidad nivelando autorita- riamente a la sociedad, según el dictado de un ideal promediado de la justicia, haciendo sospechosa la diversidad y peligrosas las diferen-

cias: es en la homogeneidad –social, religiosa, cultural– donde el ra- dicalismo igualitarista realiza sus sueños libertarios originales, aun- que esos fines éticos y racionales acaben siendo desnaturalizados por los medios dispuestos para alcanzarlos. Nadie quiere, por supuesto, que de alguna manera se repita esa pesadilla o tome cuerpo alguna peor, pero no hay que engañarse. El estrepitoso fracaso del socialismo estatal estriba, antes que nada, en su incapacidad de superar por otra vía el doble desafío que la modernidad, con todas sus luces, tampoco ha resuelto en este siglo, dejándolo como herencia al milenio venide- ro: lograr que la equidad entre los seres humanos sea el fruto final del desarrollo social en libertad.
El discurso catastrofista que sólo ve en la pobreza violencia po- tencial, como si este binomio estuviera atado a una relación directa de causa-efecto, seguramente carece de un piso firme, pero en una época de grandes cambios en todos los órdenes de la vida humana, cuando nada –ni las ideas ni los bienes materiales– queda en pie por mucho tiempo y las sociedades son sometidas a fuerzas centrífugas imprevisibles, la permanencia –o, mejor dicho, la reproducción– de la pobreza, que en el pasado pudo ser la condición de estabilidad pasiva, es el más poderoso elemento de inseguridad e incertidumbre capaz de minar las bases de la convivencia democrática. Y ésa es, justamente, la fuente más segura de la violencia política, cualesquiera que sean sus fines declarados.
Más de uno pensará, sin embargo, que el futuro más deseable es el que hoy prefigura el dualismo, pero llevado hasta el infinito, si acaso procurando cierta humanización de la pobreza, que seguirá siendo una variable más de la economía que la sociedad debe aprender a controlar para convivir con ella. Pero esa ilusión pesimista, tan vieja como la civilización, se sustenta en la creencia antigua de que las raí- ces de la desigualdad son, finalmente, sagradas e inmutables.
No es posible ignorar que en nuestras individualistas sociedades modernas, el individuo pobre se considera un “perdedor”, carente de todo futuro o dignidad, aunque en la tradición cristiana la pobreza inspire respeto y veneración como sustento de la caridad. Bien ha

dicho Groethuysen32 que la limosna es el impuesto espiritual que los ricos deben pagar para entrar al cielo sin cambiar el orden divino de las cosas, es decir, sin dejar de ser cada uno lo que es. Pero ¿cuál es el lugar del individuo pobre en una sociedad moderna que decreta la igualdad de los ciudadanos ante la ley?
Un compromiso semejante ya no cabe en el mundo secularizado de hoy, que reconoce como desiderátum la opción opuesta, es decir, la que admite positivamente la imposibilidad absoluta de erigir una sociedad próspera y democrática mientras persistan la pobreza y la miseria de millones de seres humanos, por más que algunos expertos la consideren el mal necesario que acompaña fatalmente el quehacer humano sin más remedio que los paliativos, dejando que el tiempo y el mercado hagan su trabajo nivelador, como dicen que ocurrió en la historia con las sociedades más avanzadas.
Pero eso no es viable en una sociedad democrática moderna. La pobreza se convierte en algo puramente negativo que trasciende a la ética y la religiosidad, pues representa un cuestionamiento constante sobre la viabilidad de la nación que, por serlo, requiere de respues- tas de la sociedad en su conjunto, no sólo del Estado o de los grupos civiles, de la filantropía o de las organizaciones comunitarias de los pobres, sino de todos los ciudadanos sin excepción.
La situación de miseria en la que viven grupos enteros de mexica- nos es, o más bien debería ser, un asunto de interés nacional al que nadie pueda evadir conscientemente. Pero no es así, por desgracia. Hemos llegado a un punto en el cual requerimos responder otra vez a la pregunta inicial de si es posible o no erradicar la pobreza sin comprometer la libertad o la riqueza que ya está creada, como temen algunos.
Si los recursos disponibles son escasos, y su uso tiene límites in- sorteables que están marcados objetivamente por distintas restric-

32 Bernhard Groethuysen, La formación de la conciencia burguesa, México, fCe, 1943.

ciones, como ha planteado Rolando Cordera,33 el tratamiento técnico que es indispensable bajo cualquier hipótesis metodológica debería estar precedido racionalmente por una cuestión, a saber: ¿qué clase de esfuerzo está dispuesta realizar la sociedad para disminuir la po- breza? Dicho de otra manera, ¿a qué sacrificios debe someterse aquí y en el futuro, y qué pacto, acuerdo o compromiso nacional es necesario a fin de superar las contingencias de la cotidianeidad política en este grave asunto?
En tanto sabemos la respuesta, una cosa es segura: no tendremos éxito en éste ni en otros capítulos del desarrollo mientras no se consi- dere la conveniencia de aplicar medidas rigurosas que, efectivamen- te, redistribuyan el ingreso y sirvan para dar empleo productivo a varios millones de pobres marginales.
Lamentablemente, estas preguntas, que podrían ser el fundamento de una estrategia de recomposición nacional, merecen pocos espacios en el juego político que ha terminado por neutralizar, por inocuas, las alusiones rituales a la pobreza.

33 Cordera Campos, “Por un acuerdo en lo fundamental”, en Cordera Campos y Sán- chez Rebolledo, coords., Por un acuerdo…, pp. 41-90.

¿Qué diría Pereyra?

Nexos, núm. 366, junio de 2008

Carlos Pereyra muere el 4 de junio de 1988, apenas un mes y dos días antes de la gran sacudida electoral que haría cimbrar al régimen revolucionario mexicano, justo en la víspera de la caída definitiva del socialismo real. No vivió para ver el desenlace de este “siglo corto”, como lo nombró Eric Hobsbawm, pero la parte medular de sus ensa- yos políticos corresponde, justamente, a las disyuntivas que anun- ciaban ya, bajo una luz nueva, la necesidad de un profundo viraje en la visión de la izquierda. Por eso, a pesar del tiempo transcurrido, sus planteamientos brindan una lección de claridad e inteligencia de enorme utilidad para descifrar el presente –y no hablo sólo de sus obras académicas más rigurosas–.
No es ilógico suponer que Pereyra habría saludado el fin de las sociedades poscapitalistas, pero sería excesivo presuponer qué curso hubieran tomado sus reflexiones con respecto al supuesto “fin de la historia” y al debate universal en torno a la democracia, que ya ocu- paba el centro de sus preocupaciones teóricas.
Sin embargo, creo que no aceptaría como la última palabra la idea corriente según la cual el fracaso del camino socialista hace innecesa- ria la elaboración de una nueva síntesis teórica y política en relación con los temas de la democracia y la igualdad, capaz de trascender el liberalismo en boga y la mera prédica moral a favor de una sociedad más justa. Me baso para afirmarlo en numerosos textos del propio Pereyra, en los cuales, junto a la crítica del llamado socialismo real, adopta un duro cuestionamiento al neoliberalismo, que en esos años vive su esplendor.
Sin determinismos, Pereyra mantiene en pie la crítica al capita- lismo y, en particular, a la situación imperante en las llamadas eco- nomías periféricas, donde a la injusticia secular se une la debilidad histórica de las instituciones democráticas. “Aquí –dice Pereyra– la

democracia será resultado del movimiento popular o no será”.34 Y no se equivoca.
En otra parte he escrito que Pereyra fue uno de los primeros inte- lectuales que “quiso ganar para la izquierda la batalla por la demo- cracia”.35 ¿Cuál es el significado real de estas palabras? Las primeras baterías se dirigen a combatir la idea de la actualidad de la revolu- ción, la cual impide a la izquierda de origen marxista reelaborar una estrategia verdaderamente democrática. Y lo hace en dos sentidos: como afirmación de la lucha política despojada de toda noción extraí- da del lenguaje militar (aniquilamiento, destrucción del contrario) y como recuperación de la democracia, ese significado olvidado de la larga marcha hacia la igualdad y la libertad emprendida por los des- heredados de siempre. En consecuencia, la democracia no es un dis- curso unívoco, sino múltiple y diverso, cuya naturaleza se muestra históricamente.
Tomando en cuenta los prejuicios que rodean el concepto –aunque a través del tiempo también sus ideas se matizan–, Pereyra asume que el discurso democratizador de mayor aliento es el que se halla genéticamente anclado en ese vasto movimiento por los derechos ci- viles y laborales que expresa las urgencias de las mayorías excluidas en busca de la ciudadanización del mundo. Contradiciendo la frase hecha de que la democracia “formal” es el régimen que corresponde a la naturaleza capitalista del Estado, a Pereyra le preocupa probar

34 Carlos Pereyra, Sobre la democracia, México, Instituto Electoral y de Participa- ción Ciudadana del Estado de Jalisco (Col. Clásicos de la Democracia; Serie Pensa- miento Democrático en México), 2012, p. 61. Disponible en: <http://www.iepcjalisco. org.mx/sites/default/files/Sobre_la_democracia.pdf>. La primera edición de este com- pendio de la obra de Carlos Pereyra se publicó bajo el sello de Cal y Arena en 1990. 35 Adolfo Sánchez Rebolledo, “Dos notas sobre Carlos Pereyra”, en Cuadernos Polí- ticos, núms. 54-55, mayo-diciembre de 1988, pp. 14-22. Disponible en: <http://www. cuadernospoliticos.unam.mx/cuadernos/contenido/CP.54-55/CP54-55.4.SanchezRebolledo. pdf>. Se trata de un capítulo del texto “Carlos Pereyra. Trazos desde la utopía”, escrito por el autor como homenaje a Pereyra, que apareció en dos partes en Economía Infor- ma, núm. 174, mayo de 1989, pp. 49-72, y núm. 175, junio de 1989, pp. 5-36.

la línea de continuidad, el hilo coherente mediante el cual se unen la historia social y la historia de la democracia moderna.
Pereyra no deja lugar a dudas en cuanto a cuál es su pensamiento en este tema crucial: la democracia “burguesa” ha sido “obtenida y preservada –escribe en 1982– en mayor o menor medida en distin- tas latitudes contra la burguesía”. “No hay argumentos que permitan fundar la tesis de que entre el capitalismo y democracia existe una co- nexión necesaria”.36 “En las sociedades capitalistas las formas demo- cráticas no han sido impuestas por sino contra la clase dominante”.37

En efecto, a la vuelta del siglo a nadie se le hubiera ocurrido di- sociar proyecto socialista y programa de democratización social. No es casualidad que los primeros agrupamientos políticos en que se concretó la mencionada tendencia histórica se conocieran con el nombre de socialdemocracia. Para todos era evidente que el socialismo no sería sino la democracia llevada hasta sus últi- mas consecuencias y que la eliminación de la propiedad privada sería sólo un aspecto de un proceso más amplio cuyo eje central estaría constituido por la socialización del poder.38

“No tiene por qué plantearse un falso dilema entre democracia po- lítica y democracia social”.39 Así pues, el desarrollo material de la so- ciedad permite institucionalizar e integrar los conflictos, “pero no se anula nunca la contradicción básica entre el principio de la soberanía popular y la lógica de la acumulación capitalista”.40 Esta situación hace necesaria la perspectiva socialista, concebida, en todo caso, como un conjunto de principios orientadores, heurísticos (más) que como la realización completa de un sistema distinto. A fin de cuentas, escribe,

36 Pereyra, Sobre la democracia, p. 30.
37 Ibid., p. 40.
38 Ibid., p. 55.
39 Ibid., p. 87.
40 Ibid., p. 31.

“la desprivatización de la economía no implica por sí sola la instaura- ción del socialismo en el sentido más estricto del término”.41
Carlos Pereyra le plantea a la izquierda, con gran lucidez, la ur- gencia de abrir los ojos para comprender la naturaleza del cambio que, so pretexto de una limitada “reforma electoral”, como solía de- cirse, se estaba produciendo en el país luego de años de sangrientos desencuentros nacionales. En 1977, en ocasión de la consulta para la reforma política, advierte sobre la (evidente) necesidad de:

renovar el funcionamiento del sistema político […] pues mien- tras éste se desenvuelve en una atmósfera con frecuencia irreal, en la sociedad civil se suceden los conflictos y la efer- vescencia es creciente. La alternativa de la nación mexicana es clara: por la vía de un sistema político esclerótico incapaz de admitir mecanismos de negociación para los intereses particu- lares contrapuestos se llega a la dictadura, o por la senda de la democratización se establecen reglas de juego que permitan la participación de la ciudadanía en la solución institucional de los conflictos.42

Frente a la izquierda marxista-leninista que hace de la democracia solamente un componente instrumental del cambio revolucionario, Pereyra propone una visión en la cual el reconocimiento del pluralis- mo pasa a ser el fundamento del Estado: la democracia formal implica un marco normativo e institucional para la solución de los conflictos; es decir, un terreno donde las fuerzas políticas buscan imponer su he- gemonía sin exigir como condición la anulación de los otros. Natural- mente, esa aceptación presupone que la propia democracia se observe también como una conquista histórica que no se gana de la noche a la mañana ni nace acabada con la expedición de las reglas del jue-

41 Ibid., p. 41.
42 Comisión Federal Electoral, Reforma política. Gaceta informativa de la Comisión Federal Electoral, vol. 1, México, Secretaría de Gobernación, 1977, p. 237.

go, por más perfectas que éstas parezcan, independientemente de las condiciones de su aplicación y del resto de los cambios ocurridos en la esfera político-electoral. Esto me parece crucial, sobre todo cuando el proceso es tan gradual e inacabado como el nuestro, de modo que los llamados poderes fácticos pueden intervenir por sí mismos en la formación de la mayoría, como si la política fuera una mercancía más en el mercado. La experiencia del foxismo no puede ser peor, pues no sólo pervirtió los avances democráticos alcanzados con enormes dificultades a lo largo de décadas –los cuales le permitieron ganar la Presidencia–, sino que el retroceso fue legitimado por la acción de los órganos del Estado, de los que, en última instancia, depende la vigi- lancia y la legalidad del proceso en su conjunto.
La sola existencia de la formalidad jurídica o la normativa demo- crática no son suficientes si la sociedad carece de los elementos nece- sarios para conseguir que dichas reglas se cumplan: una ciudadanía vigilante, activa e informada no nace de la noche a la mañana, pero sin ella la democracia se convierte en un remedo, en simple caricatu- ra. Para la izquierda es imperativo ser democrática, pero la afirma- ción de los valores que ésta representa no son suficientes para asegu- rar una política digna de llamarse de izquierda. Para ello es preciso, además, plantearse en serio la crítica del orden que determina la re- producción de la desigualdad, transformar en un programa capaz de construir los fundamentos de una convivencia más justa. Hoy, a vein- te años de su desaparición física, muchas veces me he preguntado qué diría hoy nuestro filósofo al ver los cauces por donde corren las aguas de la democracia, la modernidad y la izquierda.

Nota bene
El recuerdo personal me devuelve la imagen de Pereyra inquisitivo, amistoso y áspero a la vez, lector incansable, comprometido siempre con la izquierda y sus causas. Recorre buena parte de la geografía política de la época: milita en la Juventud Comunista, se inscribe en el Partido Comunista, vive el drama ritual de las escisiones, se afilia a la Liga Comunista Espartaco. Es parte del Movimiento de Acción

Popular y del Partido Socialista Unificado de México, y antes, con Heberto Castillo, se preocupa por darle continuidad a ese aldabonazo de la sociedad civil que fue el 68. Discute con pasión los libros clave, prologa a Aníbal Ponce, escribe en Solidaridad –la revista de los elec- tricistas de Rafael Galván–, y en un opúsculo editado por el Fondo de Cultura Económica a comienzos de los años setenta realiza el deslin- de crítico con la violencia revolucionaria en Latinoamérica. Dialoga con los cristianos. Estudia el marxismo y escribe en la prensa. Es Carlos Pereyra militante que deja su huella intelectual sin demérito del rigor, ajeno al pobrismo que ya empieza a estar de moda y crítico feroz de la metafísica revolucionaria, antesala de los grandes oportu- nismos nacionales.
Ahí quedan como prueba sus libros, los cientos de artículos periodís- ticos memorables, las colaboraciones cada vez más apreciadas por un público exigente. Nos sentimos orgullosos de esa herencia, válida, útil, ejemplar, aunque los años han pasado y México ya es otro. Pero ahí hay ideas. El mundo es muy distinto; sin embargo, las razones (y los proble- mas) de la izquierda, en ciertos asuntos básicos, siguen intactos: el país no sale del atraso que condena a millones a la supervivencia, mien- tras las élites satisfechas con la alternancia ahondan cada vez más los abismos culturales y sociales que dividen a los mexicanos. Tenemos una democracia intervenida por los intereses particulares, muy poco ciudadana, si cabe la expresión. La deliberación pública tropieza con la injerencia corporativista y la corrupción, mientras la reacción –que no es mera entelequia– se esfuerza por restaurar la utopía desecula- rizadora bajo el sino de una modernidad vergonzante. La izquierda ha dejado de ser una fuerza testimonial para convertirse en uno de los ejes de la vida nacional, pero no da el gran salto adelante.
Hoy, como ayer, hace falta una profunda renovación cívica, ética e institucional que ya no puede venir “de arriba”, como un acto ejemplar del poder. Es entonces cuando echamos de menos algo que nunca sobra: la claridad intelectual, el compromiso con el rigor y la honestidad de hombres como Carlos Pereyra. ¡Salud, Tuti!

Leer a Hobsbawm

La Jornada, 30 de abril de 2009

Si atendemos al debate actual sobre la crisis, es evidente que –simplifi- cando– hay quienes creen que una vez superada la fase más destructi- va comenzará de inmediato la recuperación al “capitalismo realmente existente”, desechando las fórmulas más gastadas, pero sin cambios que afecten su naturaleza. En el extremo contrario se hallan aquellos que ven en los acontecimientos actuales el anuncio de la irrefrenable declinación del sistema, aunque todavía estemos lejos de poder deli- near una alternativa práctica, capaz, en efecto, de transformarlo.
Siguiendo las reflexiones del gran historiador Eric Hobsbawm, puede decirse que hemos sido testigos privilegiados de un doble fra- caso histórico: el de la economía planificada por el Estado de forma central de tipo soviético, y la totalmente ilimitada e incontrolada eco- nomía capitalista del mercado libre. “La primera se derrumbó en los 80, y con ella los sistemas políticos comunistas europeos. La segunda se está derrumbando ante nuestras narices con la mayor crisis del capitalismo mundializado desde los 30”.43
Cierto es que la apologética capitalista que auguraba la reproduc- ción espontánea e infinita de sus cualidades intrínsecas –sin recurrir jamás a regulaciones ajenas al proceso económico mismo– está en quiebra, abriendo el camino a políticas, razonamientos y justificacio- nes que los más cerriles apenas ayer consideraban como “socialistas”, cuando se trata, más bien, de salvar la nave antes que dejarla a la deriva. Pero no son los únicos que se miran en el pasado.
Hay también posiciones que asumen la actualidad de la alternativa “anticapitalista” como una cuestión práctica para responder al viejo

43 Eric Hobsbawm, “Si el socialismo fracasó y el capitalismo está ahora en bancarro- ta: ¿qué viene después?”, en Correo del Sur, suplemento dominical de La Jornada Morelos, 28 de abril de 2009.

dilema entre reforma y revolución, pero dejando en la indefinición a los “sujetos” y las ideas que deberían sustentar ese desafío.
En este camino vamos a tientas, pues, como señala Hobsbawm, “por una parte, no sabemos cómo superar la crisis actual. Ningún gobierno del mundo, bancos centrales o instituciones financieras in- ternacionales lo sabe: son todos como un ciego que trata de salir de un laberinto tocando las paredes con distintos palos con la esperanza de encontrar la salida”; por otra, subraya, subestimamos la “adicción” de los gobiernos a la droga de los mercados libres “que los ha hecho sentirse tan bien a lo largo de décadas”. Sin embargo, en su opinión, “el futuro, así como el presente y el pasado, pertenece a las econo- mías mixtas en las que lo público y lo privado están entrelazados en un sentido u otro”. Decirlo es fácil, añade nuestro autor, pero cómo hacerlo es “el problema para todo el mundo en la actualidad, especial- mente para la gente de izquierda…”.
La crisis (un punto positivo) permite la toma de conciencia sobre la realidad global, obliga a reflexionar críticamente sobre la naturaleza del capitalismo y sus contradicciones y también replantea la utilidad de mantener viva la línea de pensamiento crítico que fue arrollada por la victoria de la revolución conservadora y, antes, por el socialis- mo de Estado de tipo soviético.
La búsqueda de opciones, empero, no será el resultado de una suer- te de revelación ideológica, sino de la experiencia y el cuestionamien- to del orden vigente, de la discusión sobre los valores y las ideas que hoy ordenan y jerarquizan el mundo real.
La glorificación del mercado que aún pervive, empero, no se reduce solamente al ámbito exclusivo de las transacciones económicas, sino que es elevada a la categoría de un paradigma filosófico y moral, a una concepción del mundo que rige la vida planetaria, aunque ésta no sea más que una forma aguda de alineación. Es en esta dimensión donde se recicla en parte la pugna entre lo viejo y lo nuevo, la búsqueda de una “filosofía” capaz de reorientar la vida social hacia fines más justos. La sustitución de los viejos paradigmas por otros que se adapten a las prioridades de la sociedad emergente de la crisis tendrá que ser

el resultado de un nuevo curso de intensa participación ciudadana y popular, lo cual implica mayores grados de conciencia y organización que los actuales, la descentralización y, a la vez, la globalización de las iniciativas, orientadas por un principio rector asumido por Hobs- bawm: se “necesita una vuelta a la convicción de que el crecimiento económico y el bienestar son un medio y no un fin. El fin es qué hacer con las vidas, las oportunidades de la vida y las esperanzas de la gente”.
No se trata, pues, de la búsqueda de una utopía fundada en princi- pios inalcanzables, sino de proponerse objetivos no determinados por el afán de lucro como supremo valor, pues sin un enfoque semejante la humanidad será incapaz de afrontar el desafío del cambio climático o la reorganización del poder, el trabajo y, en general, la satisfacción creciente de las nuevas necesidades sociales y culturales.
Concluye Hobsbawm:

La prueba de una política progresista no es privada, sino pú- blica, y no se trata únicamente de un incremento de renta y del consumo para los individuos, pero sí de ensanchar las oportu- nidades y lo que Amartya Sen llama las “capacidades” de todos por conducto de la acción colectiva. Pero esto significa, tiene que significar, la iniciativa pública sin ánimo de lucro, incluso si sólo fuera mediante la redistribución de la acumulación privada. Las decisiones públicas dirigidas a la mejora social colectiva median- te la cual todas las vidas humanas deberían ganar. Ésta es la base de la política progresista, no la maximización del crecimien- to económico y de las rentas personales.

Golpe de clase contra el pacto social

La Jornada, 28 de octubre de 2010

La explosión de la gran crisis que se apoderó del mundo fue vista como un acontecimiento destinado a cambiar la historia. Nos tocó ser testigos privilegiados del fin de una época: si ante nuestros ojos había desaparecido el socialismo de Estado (1989-1991) de manera irrever- sible, ahora, al final de la primera década del siglo xxi, presenciába- mos, en palabras de Eric Hobsbawm, la implosión del mercado libre mundial. Nada volvería a ser igual, pero ¿hacia dónde habrían de encaminarse los intentos de recuperación, las reformas que a gritos se requerían en las capitales de la economía mundial? No se sabía a ciencia cierta, pero algo debía hacerse, y pronto. Las reflexiones abundaron. Para estudiosos, como el citado Hobsbawm, la situación exigía algo más que una mera ruptura con los supuestos económicos y morales de los últimos treinta años, pues se hacía indispensable ima- ginar una nueva relación entre lo público y lo privado, una forma de economía mixta donde el crecimiento económico y el bienestar son un medio y no un fin. El fin es qué hacer con las vidas, las oportunidades de la vida y las esperanzas de la gente.
Sin embargo, pese a la premura, algunas aspiraciones se han des- vanecido bajo el peso de las políticas de recuperación que, a cuenta de la austeridad obligatoria, se ensayan de nuevo sin aprender la lec- ción. Puro gatopardismo. Un horizonte orwelliano neutraliza el opti- mismo utópico de quienes vieron en el fin del neoliberalismo el punto de partida –con Obama a la cabeza– para una salida diferente a la crisis del capitalismo global. Pero no ha ocurrido así, al menos hasta ahora. ¿Qué pasó?
En realidad, como advirtió Hobsbawm, desestimamos la adicción creada por el triunfo absoluto de la revolución neoliberal sobre las fuerzas políticas, aun las más reformistas u opositoras al pensamien- to único. Tampoco vimos llegar el golpe de clase que venía de la mano

de las emociones desatadas por la crisis. El ascenso generalizado de la derecha –montándose sobre los viejos prejuicios, ese anticomunis- mo reciclado como horror xenófobo al extraño, como odio al migrante o al islámico, la afirmación irracional del individualismo insolidario– es un grito en defensa de grandes y pequeños privilegios provenientes de la historia, no importa si éstos incluyen a los banqueros y otros atracadores identificables.
¿Qué otra cosa es, si no fascismo cotidiano, esa actitud que se es- candaliza ante el supuesto socialismo de Obama y pide la presencia militar para combatir a los trabajadores sin papeles? A esta deba- cle de las ilusiones y las expectativas concurren muchos elementos materiales y subjetivos, como la debilidad teórica e ideológica de las alternativas, la pérdida del espíritu crítico hacia el capitalismo y, por lo contrario, su idealización fatalista, la subordinación de la política, los medios y la actividad de la sociedad civil a la reproducción de los grandes intereses económicos.
Sin embargo, la situación comienza a revertirse muy lentamente en la medida en que las soluciones impuestas por los gobiernos en- cuentran resistencias de amplios sectores. Y no se trata únicamente de acciones puntuales en torno a medidas concretas, sino de una con- frontación de fondo entre dos visiones del futuro. En Inglaterra, por ejemplo, el nuevo gobierno conservador se propone el mayor ajuste de los derechos sociales desde Margaret Thatcher para solucionar la crisis, aunque eso signifique lanzar a la calle a un millón de traba- jadores. En realidad, como afirma en The Guardian el economista Seumas Milne:44 bajo el pretexto de la austeridad se esconde un gol- pe político, pues los gobernantes conservadores carecen de mandato para hacer el desmontaje del Estado de bienestar que están llevando a cabo. Lo mismo ocurre en otras partes.

44 Seumas Milne, “The Bullingdon boys want to finish what Thatcher began”, en The Guardian, 20 de octubre de 2010. Disponible en: <http://www.theguardian.com/ commentisfree/2010/oct/20/bullingdon-boys-want-to-finish-what-thatcher-began>.

En Francia, al decir de Isabel Turrent,45 la movilización decretada por sindicatos y estudiantes defiende, en bloque, el pacto social cen- tenario que sustenta al Estado benefactor francés. Un pacto que es el eje de la cultura política del país. En su defensa, el gobierno francés arguye que la reforma legal en las formas (la actuación parlamenta- ria) no puede ser contravenida por “la calle” (siete de cada diez ciuda- danos apoyan las huelgas), aunque tal visión excluyente reniegue de los principios fundadores del republicanismo, tal como se denuncia en un manifiesto suscrito, entre otros, por la historiadora Florence Gau- thier. En él se le recuerda al presidente Nicolas Sarkozy:

ninguna elección confiere al elegido el “derecho” a destruir su país, a atizar el espíritu de guerra civil y a humillar sin desmayo a quienes no piensan igual: en El contrato social, Rousseau de- mostró ya que el acto por el que se constituye un pueblo jamás es de subordinación a un jefe, tampoco a un jefe electo, sino contrato de asociación: tanto en relación con los Estados extranjeros como en relación con sus “jefes”, la soberanía del pueblo es inalienable y sólo el elegido está vinculado por la elección. En una palabra, lo que legitima la elección es el respeto del contrato social por parte del elegido: la elección no da por sí misma al “jefe” del Estado el privilegio exorbitante de desmontar el contrato social, en este caso, el principio de una construcción republicana inspirada por la Ilustración, por la Revolución y por la Resistencia.46

Muy lejos de la intención de estas notas está el proponer analogías artificiosas entre la realidad europea y el México de nuestro tiempo, pero es inevitable recordar que aquí también existe (y se viola siste-

45 Isabel Turrent, “Francia: ¿un nuevo pacto social?”, en Reforma, 24 de octubre de 2010.
46 Florence Gauthier, Annie Lacroix-Riz, John Groleau et al., “¡Atrevámonos a decir que Sarkozy y sus políticas son incompatibles con la legitimidad republicana!”, en Sin Permiso [en línea], 24 de octubre de 2010. Disponible en: <http://www.sinpermiso. info/textos/index.php?id=3664>.

máticamente) el acuerdo en lo fundamental contenido en la Consti- tución de 1917. Una y otra vez se perpetran ataques contra el Estado social que prefigura la carta magna, de modo que la justicia social parezca el resultado de una política pública, más bien arbitraria, pero asociada al mandatario de turno, es decir, una política instrumental al servicio de la reproducción del poder que, en general, destina re- cursos e inversiones a tal efecto, pero incumple con la noción de justi- cia consagrada en los derechos constitucionales.
Quizá por eso, antes de que nos abrumen los previsibles discursos del Centenario de la Revolución, habría que preguntarse si aún tiene sentido o no dicho pacto constitucional para pensar en las posibles salidas de la crisis. Y, otra cosa: ¿cuando el gobierno habla de auste- ridad se refiere a las mismas cosas y a la misma gente que ya vive en el desamparo?

El fantasma de la lucha de clases

La Jornada, 23 de febrero de 2012

Dice el historiador Josep Fontana que desde la Revolución francesa hasta los años setenta del siglo pasado las clases dominantes de nues- tra sociedad vivieron atemorizadas por fantasmas que perturbaban su sueño, llevándolas a temer que podían perderlo todo a manos de un enemigo revolucionario.47 En ese extenso periodo los asalariados tuvieron que exigirlo todo: desde la libertad de reunión hasta la jor- nada de ocho horas o el ejercicio del voto, por no hablar de la contra- tación colectiva, el derecho de huelga o al salario digno, al que todavía hoy alude utópicamente la Organización Internacional del Trabajo.
Son esas concesiones las que marcan el progreso, la humanización de las relaciones capitalistas y, con ello, las formas de convivencia civilizada más democráticas. La posguerra despertó nuevas inquietu- des: la derrota del fascismo fortalecía en Europa al mundo del traba- jo, inclinado al socialismo en una sociedad cada vez más polarizada entre dos extremos. Pero la inteligencia de los hombres de Estado, que habían aprendido del New Deal –y los recursos a su disposición–, permitió un pacto político social que contuvo el peligro comunista, atemperando las desigualdades a favor de las grandes masas mien- tras crecían la productividad, el consumo y las ganancias del capital. Las cosas salieron tan bien que se creyó que el nuevo orden europeo
–el floreciente Estado de bienestar– sería un estadio irreversible, más equilibrado y justo, sin grandes enemigos internos. Sin embargo, la propia guerra fría confirmaba que los temores de fondo del viejo ca-

47 Josep Fontana, “Más allá de la crisis”, conferencia dictada el 3 de febrero de 2012 en las IV Jornadas de Debate sobre la Crisis 2012, organizadas por la Red de Apoyo Mutuo de León y el Departamento de Educación y Acción Cultural del Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, en León, España. Disponible en: <http://lopezbulla. blogspot.mx/2012/02/mas-alla-de-la-crisis-habla-josep.html>.

pitalismo anticomunista (y sus actores) seguían presentes, prestos a convertirse en políticas de fuerza y no sólo frente a la amenaza pro- veniente del exterior.
La vieja pesadilla apenas comenzó a desvanecerse en los años se- tenta, cuando, apunta Fontana, se hizo evidente que los comunistas no estaban por hacer revoluciones ni tampoco podían ganar la guerra fría. La crisis de los años setenta borró del mapa la actualidad de la revolución en los países desarrollados y probó que el Estado soviético, con todo y sus colmillos nucleares, era un tigre de papel sometido a una desconocida enfermedad terminal que acabaría extinguiéndolo. Lo que sigue es historia conocida: los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, luego de la crisis del petróleo, iniciaron la gran reforma neoliberal, cuyo objetivo no era otro que volver a poner sobre sus pies al capitalismo, que buscaba elevar sus ganancias. No sería sencillo desmontar las conquistas laborales y sociales, pero se puso toda la carne en el asador para lograrlo, desde la destrucción de los sindicatos hasta la reducción de los derechos más emblemáticos. El mundo del trabajo perdió densidad y peso político. Simultáneamente se fomentó el libre comercio, la innovación tecnológica y se deslocali- zaron las industrias, tejiendo un red global que antes no existía. El resultado, apunta nuestro autor, es que los salarios reales bajaron 7% de 1976 a 2007 en Estados Unidos, y lo han seguido haciendo después de la crisis. En otras palabras, el mundo se hizo aún más desigual que en el pasado.
La euforia antiestatista devino en culto obligatorio al mercado y el individualismo hizo parecer ridículas las obsesiones igualitarias del pasado. El éxito de la revolución neoliberal alcanzó el cénit con la caída del muro de Berlín, presentada como la confirmación absoluta de su pertinencia, de modo que el pensamiento crítico se redujo al mínimo o se quedó como expresión testimonial de los sueños utópicos. Fue en ese momento cuando surgió la gran divergencia, es decir, el proceso que, según Paul Krugman, llevó al enriquecimiento del ya famoso 1% a cuenta del empobrecimiento del resto de la humanidad. Lo extraordinario de esta situación, dice Fontana, es que la gran di-

vergencia no es, como se repite, el resultado lógico, fatal, de la activi- dad del mercado, sino una construcción política puesta en juego para fortalecer, justamente, el peso específico de las grandes empresas que usan al Estado y la ley para reciclar sus privilegios.
Dicho de otro modo, más allá de la crisis y sus secuelas, estaríamos ante una transformación a largo plazo de las reglas del juego social, que afirmaría el poder del 1% frente a la precarización universal del trabajo. Atrás quedaría una época caracterizada por la esperanza y el potencial tecnológico y se instalaría una nueva era de desigualdad, gobernada por una oligarquía financiera. El resultado, hablando de Europa en particular, sería, según Fontana, “un golpe de Estado oli- gárquico en el que los impuestos y la planificación y el control de los presupuestos están pasando a manos de unos ejecutivos nombrados por el cártel internacional de los banqueros”.
La dureza de las políticas de austeridad, los ataques a los derechos sindicales en España, la represión creciente a las disidencias indig- nadas en el globo entero, en fin, la crueldad del ajuste impuesto a Grecia, son ejemplos de hasta qué punto los grupos dirigentes actúan convencidos de que pueden imponerse sin desatar una situación de permanente ingobernabilidad haciendo irreversibles o permanentes las medidas adoptadas contra la crisis. Sin embargo, en este punto se olvidan de lo que los clásicos ya sabían antes de Marx: la lucha de clases existe.

¿La revuelta que viene?

La Jornada, 29 de septiembre de 2011

A propósito de las revueltas juveniles en Londres, el filósofo Slavoj Zizek, reputado por sus afirmaciones audaces y provocadoras, ha es- crito un breve ensayo con el significativo título de “Ladrones del mun- do, uníos”, nombre que toma prestado de una vieja canción británica. A Zizek, como a muchos otros, le interesa dilucidar qué hay detrás de una explosión social violenta que, sin embargo, no tiene mensaje alguno que transmitir. Escribe:

… es difícil concebir a los alborotadores del Reino Unido en tér- minos marxistas, como ejemplo de la aparición de un sujeto re- volucionario; encajan mucho mejor con el concepto hegeliano de “chusma”, es decir, los que están fuera del espacio social orga- nizado y que sólo pueden expresar su descontento por medio de arrebatos “irracionales” de violencia destructiva, lo que Hegel llamó “negatividad abstracta”.48

Ya se ha dicho: los arrebatados ingleses “no vivían al borde de la inanición”; en contraste con los estudiantes indignados por las re- formas en educación, actuaron reivindicando la acción violenta sin exigencias ideológicas. Y ése es, según Zizek, un dato que dice mu- cho de “nuestra situación político-ideológica y del tipo de sociedad en que vivimos, una sociedad que celebra la posibilidad de elección, pero cuya única alternativa posible al vigente consenso es un ciego acting out”. Si Alain Badiou tiene razón y el espacio social se experimenta

48 Slavoj Zizek, “Shoplifters of the world unite”, en London Review of Books [en línea], 10 de agosto de 2011. Disponible en: <http://www.lrb.co.uk/2011/08/19/slavoj-zizek/ shoplifters-of-the-world-unite>. Versión en español disponible en: <http://www.rebelion. org/noticia.php?id=134886>.

como un sin mundo, como una constelación ideológica en la que se encuentran personas privadas de su modo de localizar significados, la dimensión global del capitalismo representa la verdad sin sentido. Frente a los disturbios, la visión conservadora repite los tópicos más predecibles: aplica todos los medios para restaurar el orden ape- lando a la resurrección de los valores sacralizados. Ensalza el miedo y la venganza. La visión progresista, en cambio, subraya la desigual- dad, el momento solidario: “¿Podemos siquiera imaginar lo que sig- nifica en un barrio pobre ser joven, mestizo, sospechoso por sistema para la policía y acosado por ésta, no sólo desempleado, sino también
no empleable, sin esperanza de un futuro?”, apunta Zizek.
Sin embargo, en un caso los conservadores desestiman la situa- ción social, pero también –y ése es un punto importante– “las pre- misas ocultas de la misma ideología conservadora” que en potencia hacen del individuo un consumidor salvaje, listo para saltar sobre la presa.

Esto es lo que la ideología de “vuelta a lo básico” fue realmente: la liberación del bárbaro que acecha bajo nuestra sociedad apa- rentemente civilizada y burguesa, mediante la satisfacción de sus “instintos básicos”. […] En las calles británicas, durante los disturbios, lo que vimos no eran personas reducidas a bestias, sino la forma esquemática de la “bestia” producto de la ideología capitalista.
Mientras tanto, los progresistas de izquierda, igualmente pre- decibles, pegados a los mantras de los programas sociales, las iniciativas de integración, el abandono que ha privado a los in- migrantes de segunda y tercera generación de sus perspectivas económicas y sociales: los brotes de violencia son el único modo que tienen que articular su descontento. […] La implicación es que las condiciones en que se encuentran estas personas hacen inevi- table que salgan a la calle. El problema de este relato, sin embar- go, es que sólo cuenta las condiciones objetivas de los disturbios.

La revuelta consiste en hacer una declaración subjetiva, es decir, “declarar de manera implícita cómo uno se relaciona con sus propias condiciones objetivas”. La urgencia de consumir los lleva a hacerlo de la única manera que tienen a su alcance, apunta Zizek, y prosigue: “Los disturbios son una manifestación de la fuerza material de la ideología, lo que desdeciría la llamada sociedad posideológica”, pero “desde un punto de vista revolucionario, el problema con los distur- bios no es la violencia como tal, sino el hecho de que la violencia no sea realmente autoasertiva. Es rabia impotente y desesperación en- mascaradas como exhibición de fuerza, es la envidia disfrazada de carnaval triunfante”. Concluye:

… el peligro real de estas explosiones se encuentra en la reacción predeciblemente racista de la “mayoría silenciosa”. La verdad es que el conflicto se dio entre dos polos de los más desfavoreci- dos: los que han conseguido funcionar en el marco del sistema en oposición a aquellos que están demasiado frustrados para seguir intentándolo. La violencia de los manifestantes estuvo dirigida casi exclusivamente contra su propio grupo. Los coches quema- dos y las tiendas saqueadas no lo fueron en los barrios ricos, sino en los propios barrios de los manifestantes. El conflicto no es en- tre diferentes segmentos de la sociedad; es, en su manifestación más radical, el conflicto entre una sociedad y otra, entre los que tienen todo y los que no tienen nada que perder; entre los que no tienen ningún interés en su comunidad y aquellos cuya apues- ta es la más alta posible.

La cuestión es si la violencia que hoy se filtra a través de los po- ros de las sociedades dejará espacios para pensar, de nuevo, en la libertad y la emancipación. Ojalá y en este punto dejáramos de jugar con fuego y aprendiéramos en cabeza ajena algunas de las lecciones pertinentes. Las cifras recientemente dadas a conocer acerca del des- empleo entre los jóvenes, más las aterradoras estadísticas de la vio- lencia asociada a la estrategia de combate al crimen organizado en

México no son inocuas, y a las claras demuestran que la sociedad está perdiendo la partida. No hay menos delitos ni menos delincuentes ni menos víctimas. La inseguridad es la constante de la vida cotidiana. La desesperanza aumenta pese al optimismo oficial: hay, pues, un caldo de cultivo para la violencia que no deja de sorprendernos cada día con su estela de barbarie. Pero las élites que dominan y las que gobiernan siguen en el mismo discurso, sin reconocer que el mayor riesgo está en la disolución del tejido social, del que tanto se habla.
Continúan los juegos de poder como si viviéramos tiempos norma- les. Y no lo son: la pradera está seca y una sola chispa puede incen- diarla, decían los clásicos, aunque nadie sepa quién le mete el fuego. De ahí la extraordinaria importancia de organizar a la gente para resistir, defenderse y, más allá, para impulsar un proyecto de cambio político que no se quede en el mundo virtual de las formalidades jurí- dicas. Hacerlo así, con claridad de miras y coraje moral, con un pro- grama abierto a la discusión, servirá para labrar ese camino común que le dará sentido al ¡ya basta! cada vez más colectivo cuya presen- cia es necesaria para salir del hoyo. Bienvenida, pues, la constitución del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) como asociación ci- vil, justo el 2 de octubre, que no se olvida.

Estar en el mundo

La Jornada, 5 de enero de 2012

Nunca como hoy la vida nacional ha dependido tanto de lo que ocurra o deje pasar en el ámbito planetario. Guste o no, con las cadencias propias de un mundo desigual, la sociedad o las sociedades, si se pre- fiere, están a tal punto relacionadas entre sí que no es posible pensar en futuro de cada uno de sus componentes sin tomar como referencia la situación general. El signo de la época es la internacionalización de los mercados, de la producción y la cultura, pero también es ésta la era de la globalización de los riesgos y amenazas contra el medio ambiente, es decir, contra la supervivencia de la misma humanidad. Contra la utopía del fin de la historia, la disminución del papel de los Estados nacionales, la cesión de soberanía, tampoco se ha tradu- cido en formas de convivencia superiores e igualitarias ni en la extin- ción de las más agresivas pasiones religiosas que de ninguna manera son reliquias del pasado: al contrario, el funcionamiento general del sistema, lejos de afianzar la democracia, propicia la irracionalidad y da alas a la insensatez de los radicalismos nacionalistas que ya des-
puntan en el horizonte de la crisis.
A querer o no, la violencia está a la vuelta de la esquina bajo las piedras que pavimentan la modernidad desafiando el humanismo de- mocrático. Y, sin embargo, no hay todavía verdaderas alternativas progresistas capaces de pensar y apuntalar las transformaciones que parecen necesarias. No habrá tal derrumbe espontáneo del capitalis- mo. Marx decía que toda crisis tiene una solución, pero ninguna será en favor de los que menos tienen sin una resistencia capaz de impo- nerle a los poderes dominantes otras reglas del juego.
A estas alturas del partido, luego de la ofensiva contra el déficit emprendida por el gobierno de Berlín, con el asentimiento de Sar- kozy, pocos se hacen ilusiones en cuanto a la perspectiva de evitar la segunda oleada de la Gran Recesión. En un escrito reciente, Paul

Krugman ha reivindicado la actualidad de John Maynard Keynes, tan vituperado por el pensamiento único, al sintetizar en un aforismo la esencia de su planteamiento: recortar el gasto público cuando la economía está deprimida deprime la economía todavía más y eso no hará más que multiplicar las penurias de la gente, sin importar las creencias de los republicanos y otras fuerzas alineadas a la derecha.
A fin de cuentas, tras la austeridad que acompaña el desmante- lamiento del Estado de bienestar está el mismo proyecto que nos ha conducido hasta el borde del abismo. Nadie sabe cuál será el desen- lace de esta situación, pero hay quienes ya ofrecen visiones escalo- friantes, como la que esboza Dominic Sandbrook en su ensayo “El fantasma de 1932”,49 en el cual el autor compara las condiciones exis- tentes a la hora de la irrupción del fascismo con las que se pueden observar al comienzo de este 2012; el resultado es perturbador, por decir lo menos. En particular, recuerda cómo fue que las democracias parlamentarias de la época sucumbieron ante la presión de la tor- menta económica que se hizo inmanejable y terminó imponiendo las salidas totalitarias que llevaron a la guerra. Fue el fracaso de la polí- tica para imponer cierta racionalidad a las exigencias desbocadas del gran capital la causa principal del desapego de la ciudadanía al régi- men democrático que condujo al fascismo, escudado en el desinterés del hombre común por los asuntos públicos, de los que previamente había sido expulsado.
No obstante las señales ominosas que nos llegan desde Estados Unidos o Europa, en México, a contracorriente de los hechos objeti- vos, la política oficial rebosa optimismo. No pasa un día sin que el go- bierno nos hable de los éxitos obtenidos, pese al cuadro de fondo de la violencia, el desempleo o el derrumbe moral que nos amenaza. El mal de la autocomplacencia, por desgracia, cunde en la pradera nacional.

49 Dominic Sandbrook, “The spectre of 1932: How a loss of faith in politicians and democracy could make 2012 the most frightening year in living memory”, en Daily Mail, 31 de diciembre de 2011. Disponible en: <http://www.dailymail.co.uk/news/ article-2080534/Loss-faith-democracy-make-2012-frightening-year-ever.html>.

Prevalece el localismo. Nos regodeamos, en forma anticipada y exclu- yente, con los detalles de la sucesión presidencial, como si toda la vida mexicana se constriñera a ese decisivo acto político, sin asumir que las capacidades nacionales están en buena medida condicionadas por la dinámica del mundo. Se admite la globalización como un destino fatal y se rechaza toda heterodoxia en materia de política económi- ca, pero se omite señalar que no todas las soluciones universales son adecuadas para realidades distintas, como lo prueban los hechos. Y se olvida que, incluso allí donde el margen de maniobra es muy escaso, hay intereses nacionales que defender.
2012 es un año decisivo para configurar el futuro del país. Las car- tas están sobre la mesa. Es la hora de elegir entre un cambio de fondo o continuar dándole vueltas a la noria de la decadencia. Pero México no saldrá adelante sin ubicarse en el escenario internacional con sus propias fortalezas y dificultades, sin afianzar su propio perfil para dialogar sin muletillas con los poderosos. Hay que repensar al país reflexionando sobre el mundo de hoy, sin autoengañarnos con falsas impostaciones sobre la modernidad. México tiene que cerrar la bre- cha de la desigualdad, acabar con la corrupción, educar a los jóvenes y garantizarles empleo y salud a todos. Ésa es la paz digna que esta nación se merece.

Angela, Marcuse y la unidad

La Jornada, 1 de diciembre de 2011

Leí con emoción un artículo de Angela Davis50 –sí, la misma que en los lejanísimos años sesenta fue figura y símbolo de la lucha por los dere- chos civiles en Estados Unidos–, no sólo por saberla viva, sino porque sus reflexiones me parecieron frescas, abiertas a lo que hay de nuevo en las movilizaciones de los indignados del mundo, pero especialmente en las comunidades de resistencia que se han asentado en las plazas de Nueva York, Oakland o Los Ángeles. Frente a un mundo que mitifica la voz de la juventud (aunque no la escuche) resulta agradecible que una antigua militante de la izquierda radical no repita el estribillo de sus tiempos y se mantenga atenta a descubrir en los hechos las leccio- nes que la pura nostalgia o el esquematismo no dejan ver.
Angela se sabe parte de una corriente histórica cuya vitalidad depende, sobre todo, de su capacidad de ir a la raíz de los grandes problemas sociales en conexión con la gente real –la que escapa a las abstracciones de los modelos explicativos–, pero no desdeña la re- flexión intelectual como palanca para la acción. Cuenta que estando en una reunión para examinar los vínculos entre las ideas filosóficas de Herbert Marcuse y los movimientos de los sesenta se enteró de que los indignados habían instalado trescientas tiendas de campaña en la plaza del ayuntamiento de Filadelfia, muy cerca de donde tenía lugar el congreso. Según Angela –ahora dedicada a combatir el com- plejo industrial carcelario de Estados Unidos–, nada podía expresar de manera más plástica y enérgica “la pertinencia en el siglo xxi de la obra de Herbert Marcuse” que dicha coincidencia, de modo que, sin

50 Angela Davis, “The 99%: a community of resistance”, en The Guardian, 15 de noviembre de 2011. Disponible en: <http://www.theguardian.com/commentisfree/ cifamerica/2011/nov/15/99-percent-community-resistance>. Versión en español dis- ponible en: <http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=4571>.

pensarlo dos veces, junto con los demás asistentes –“más de mil per- sonas”–, se unió espontáneamente a una marcha nocturna que desfiló por las calles hasta juntarse con los acampados.
Ya ahí, como en otras épocas, sin micrófono, Angela tomó la pa- labra para preguntarse en voz alta qué había de distinto en aquella demostración que sorprendía al mundo por su inesperada vitalidad:

En el pasado, la mayoría de los movimientos han apelado a co- munidades concretas (trabajadores, estudiantes, comunidad negra, latinas/latinos, mujeres, colectivos lgtb [lesbianas, gays, transexuales, bisexuales], pueblos indígenas) o han cristalizado en torno de cuestiones específicas como la guerra, el medio am- biente, los alimentos, el agua, Palestina o el complejo penitencia- rio industrial. Con el fin de reunir a quienes estaban vinculados a estas comunidades y movimientos, hemos tenido que compro- meternos en difíciles procesos de formación de coaliciones, ne- gociando el reconocimiento por el que se afanan comunidades y reivindicaciones.

En cambio, este movimiento “se imagina a sí mismo como la más amplia comunidad de resistencia: el 99% frente al 1%” constituido por la ínfima minoría de opulentos (los grandes bancos, las instituciones financieras, los ejecutivos de empresa con altos salarios, etcétera). Podría argumentarse, señala, que “el 99% debería actuar con el fin de mejorar las condiciones de quienes constituyen los escalones infe- riores de esta comunidad potencial de resistencia, lo que significaría trabajar a favor de quienes más han sufrido a causa de la tiranía del 1%”, pero el gran desafío, la pregunta que subyace, es cómo lograr y mantener la unidad de esa comunidad formada por el 99% sin clausu- rar la diversidad, pues sin ésta el todo carece de sentido.

Hay responsabilidades de importancia ligadas a esta decisión de forjar una comunidad de resistencia así de expansiva. De- cimos no a Wall Street, a los grandes bancos, a los ejecutivos

de las grandes empresas que ganan millones de dólares al año. Decimos no a la deudas contraídas para poder estudiar. Estamos aprendiendo a decir no al capitalismo y al complejo penitenciario industrial. Y aunque la policía de Portland, Oakland y Nueva York se ponga en acción para sacar a los activistas de sus campa- mentos, decimos no a los desahucios y la violencia policial.

Ahora, explica Davis, los activistas reflexionan intensamente sobre cómo se podría incorporar la oposición al racismo, la explotación de clases, la homofobia, la xenofobia, la discriminación de los discapa- citados, la violencia contra el medio ambiente y la transfobia a la resistencia del 99%.

Por supuesto, hemos de estar preparados para poner en tela de juicio la ocupación militar y la guerra. Y si nos identificamos con el 99%, habremos de aprender también a imaginar un nuevo mundo, en el que la paz no sea simplemente la ausencia de gue- rra sino, antes bien, una remodelación creativa de las relaciones sociales globales.

Imaginar una comunidad semejante implica desterrar formas de asociación ya superadas y descubrir caminos inéditos para la comu- nicación horizontal que no se conviertan en espacios cerrados, pues, como plantea Angela, la cuestión más apremiante a la que se enfren- tan los activistas es cómo labrar una unidad que respete y celebre la inmensas diferencias dentro del 99%. “¿Cómo sumar esfuerzos en una unidad que no sea simplista y opresiva sino compleja y emancipato- ria, reconociendo, en palabras de June Jordan que ‘somos nosotros aquellos a los que esperábamos’?”. A final de cuentas, creo, de eso se trata cuando hablamos de la izquierda: de unir a la mayoría en una causa común sin decretar la unanimidad de sus componentes.

Las revoluciones espontáneas

La Jornada, 26 de mayo de 2011

Ésta es la segunda –privilegiada– ocasión en la vida que me toca pre- senciar el estallido de una revolución espontánea, esa especie única de fenómeno social en el que la historia, como decía Marx, se concen- tra y acelera su paso. Se trata de un momento especial donde se con- jugan los sentimientos, las causas, los agravios, los deseos, las furias y las esperanzas que habían estado sumergidas y se desatan en una gran oleada que busca el cambio súbito del orden establecido. Como las avenidas de un gran río, esas revueltas arrastran a su paso todo lo que encuentran, pero algunas, si vencen, son capaces de abrir nuevos cauces hacia terrenos más seguros. Nadie sabe cuándo o cómo van a comenzar. No son inevitables, pues en el aire se perciben señales de que algo puede o va a ocurrir, lo cual permite que se den reacomodos de fuerzas, actuaciones políticas que las frenen o las enciendan, pero únicamente las comprendemos a cabalidad cuando los acontecimien- tos son pasado y vemos los resultados.
En la década de los sesenta nos deslumbró la llamada insurrección de mayo que, en rigor, venía a ser la culminación de la resistencia universal a la imposición de la pax americana en el mundo entero. Los nombres de Vietnam y Ho Chi Minh, el Che, Lumumba, Mao, son símbolos, formas de nombrar los escalones del despertar de la rebelión antiautoritaria en Berlín, Berkeley o Roma, que se nutre de Freud y Marx, de Marcuse o Sartre para anunciar el fin de un horizonte moral y político que se había anquilosado como una momia egipcia. La revuelta espontánea rompe con el orden establecido tanto en Oriente como en Occidente; ataca la idea de poder que subyace en el alma de las izquierdas reformistas o revolucionarias; se pronuncia por una sociedad libertaria, guiada por la imaginación y la fraterni- dad. El grito, utópico e irreverente, el ansia de revolución, desafía convencionalismos, usos y tradiciones ancladas en el imaginario con-

servador; se burla de las más sagradas verdades que enmascaran la explotación, la desigualdad, la guerra imperial, el amor chovinista a lo propio y el desprecio por la diversidad; la imposibilidad de asumir la diferencia, sea ésta étnica, sexual o cultural. Es un grito de liber- tad que no alcanza para cambiar las reglas del juego del sistema, pero desnuda la miseria de los valores consagrados que dominan la vida humana desde la cuna hasta la tumba. En efecto, la revolución fracasa, pero la sociedad se libera de algunos de sus viejos fantasmas. Entre los sucesos de mayo en Francia y la movilización estudiantil mexicana no hay una conexión directa, causal, aunque de inmediato la acción juvenil sacude la conciencia de las pequeñas vanguardias que se aprestan a organizarse al influjo de las banderas ideológicas parisinas, sin advertir todavía que la revuelta generacional responde aquí y ahora al desarrollo desigual y combinado del capitalismo, a las urgencias de cada sociedad ante el espejo de la modernidad y no al descubrimiento furtivo de las nuevas verdades intelectuales. El 68 mexicano elude toda imitación extralógica y, por tanto, deja sin sustento (aunque no sin persecución judicial) el delirio oficialista de la conjura comunista, viejo cliché de la guerra fría que Gustavo Díaz Ordaz asume a sangre y fuego. Y, sin embargo, el 68 mexicano es, por derecho propio, parte de ese movimiento universal que sacude a la juventud al final de los años sesenta, y entre nosotros marcará el punto de partida para la transformación democrática del Estado, que
aún no termina.
No sabemos hoy hasta dónde llegarán los efectos de la revueltas en los países árabes ni el recorrido que tendrá la indignación concentra- da en la Puerta del Sol, pero es un hecho que estamos ante las señales de que el siglo xxi no se parecerá en muchas cosas al anterior. Tam- poco podemos estar seguros de que vaya a ser mejor o que al impulso libertario de hoy (anclado en las tecnologías de la comunicación ins- tantánea) no suceda la contrautopía global del nuevo autoritarismo, pero ésas son, justamente, algunas de las cuestiones que nos plantea la realidad de hoy, que erosiona las certezas derivadas del arreglo que tras la caída del mundo bipolar se impuso como la única alternativa.

Cito, para no repetirme, lo que escribí hace unos días en el suplemen- to Correo del Sur, de La Jornada Morelos: detrás de las movilizacio- nes subyace el sentimiento colectivo de que estamos llegando a un límite donde la vida pierde valor y la dignidad humana se transmuta en un simple objeto de cambio. Es un ¡ya basta! a un orden injusto e inmoral guiado por el cálculo egoísta y la desnaturalización de la vida humana. La indignación se origina en la crisis no resuelta o, mejor dicho, en el engaño que traslada a la gente común las consecuencias de la dilapidación de la riqueza, el desastre ecológico o el delirio del narcotráfico. La incapacidad de los grupos que gobiernan la econo- mía y las finanzas del orbe para reformar el sistema se traduce en el desapego colectivo hacia formas de vida que ya no garantizan las libertades y los derechos humanos. Reforzar la presencia ciudadana en la vida pública es indispensable para recrear la democracia y con- vertirla, como pide la Constitución mexicana, en una forma de vida (pero nadie lo hará por nosotros).

Arnoldo Martínez Verdugo

La Jornada, 17 de enero de 2013

Hay muchas y buenas razones para homenajear en vida a Arnoldo Martínez Verdugo. Algunas se han señalado en estos días: su resis- tencia al diktat soviético durante la invasión a Checoslovaquia en 1968; el rechazo cada vez más explícito al socialismo real como mo- delo universal antes de su caída final; la voluntad personal de cons- truir desde el Partido Comunista una opción legal para impulsar la democracia en México; la humildad personal, tan ajena a los prota- gonismos de otros dirigentes de menor estatura. En fin, su capacidad para encabezar una corriente marxista que por demasiados años fue acosada, perseguida sin miramientos y que, por supuesto, también cometió errores y tuvo debilidades.
Más allá de las diferencias o las controversias de otras épocas, la celebración de Arnoldo es, sin duda, el justo reconocimiento a una personalidad política cuya actividad deja una huella propia, una es- tela que vale la penar capturar para entender mejor nuestro presen- te. Con ese propósito, existen admirables recuentos biográficos, como el de Humberto Musacchio, retomado por Gerardo Peláez Ramos en estos días,51 pero lo cierto es que pese a ellos subsiste una inmensa laguna en lo que hace a la recuperación de la historia reciente de la izquierda.
El extraordinario crecimiento del peso de las fuerzas progresistas en el país a partir de 1988 no se vio aparejado por un intento cua- litativo de revalorar qué había ocurrido y cómo fue que se gestaron las ideas y se encauzaron los esfuerzos de varias generaciones. Junto a valiosos estudios académicos (que, por fortuna, no paran de salir) se echan de menos los análisis políticos, es decir, el ajuste de cuen-

51 Gerardo Peláez Ramos, “Arnoldo Martínez Verdugo, constructor del pCm renovado”. Disponible en: <http://www.lahaine.org/b2-img13/pelaez_arnoldo.pdf>.

tas racional que faltaba para mirar adelante. En su lugar, reaparece de cuando en cuando la mitología heroica de los discutibles “buenos tiempos pasados”, pero lo peor es que muchas contribuciones libera- doras se olvidaron, sepultadas por la velocidad de los acontecimientos que marcaron, como dice Eric Hobsbawm, el fin del siglo corto, como si el mundo que estaba por nacer del derrumbe del socialismo fuera un planeta nuevo, sin huellas del pasado, definitivo e irreformable.
Quienes han homenajeado a Martínez Verdugo en estos días se han referido –no podía ser de otra manera– a su aportación a la unidad de la izquierda, es decir, de aquellas tendencias que aspiraban al socialis- mo (lo que fuera que esto significara) transformando el régimen polí- tico autoritario en una democracia real. Y tienen razón, pues ninguna iniciativa tuvo en su momento los alcances y la trascendencia de una decisión que, para concretarse, hubo de contar con la audacia política para negociar con otras fuerzas y con el gobierno, aunada más adelante a la convicción de que el Partido Comunista, el más antiguo del país, debía disolverse libremente para dar paso, como se decía entonces, a “una fuerza políticamente superior, capaz de superar críticamente a las organizaciones anteriores, cualesquiera que fueran sus títulos his- tóricos, sus aciertos y errores del pasado o sus fidelidades doctrinarias”. A la vista de los hechos, es difícil afirmar que el psum logró conver- tirse en el partido que la sociedad esperaba. Menos aún su sucesor, el pms. La integración orgánica resultó ser mucho más difícil en un país donde la crisis reforzaba la aparición de la oposición de derecha como la opción al pri, cuya cultura política seguía viviendo. Pero la experiencia de la unidad sirvió para darle continuidad al proceso de constitución del gran partido que en 1989 asumió el registro original- mente ganado por el pCm. Para llegar hasta allí se habían puesto por delante los méritos de la unidad por encima de las diferencias, que no eran pocas, pues entre ellas estaba, por ejemplo, la ubicación en el nuevo ideario democrático y nacionalista del socialismo, una defi- nición que no podía repetir el viejo esquema cuyas ruinas habíamos visto caer en Berlín y luego en Moscú. Por desgracia, esos grandes temas ya no pasaron al debate político y fueron subsumidos por una

nueva retórica, muy pragmática, sin grandes filos teóricos o proposi- tivos. La relación entre socialismo y democracia, sencillamente, dejó de ser pertinente, aunque sigue a la espera de una reflexión colectiva a la luz de la realidad aquí y ahora.
Hoy que estamos de vuelta a la fragmentación de las fuerzas de izquierda conviene revisar de nueva cuenta aquella época, sobre todo cuando la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas creó las condicio- nes para el surgimiento de un movimiento más abarcante que el de todas las organizaciones de la izquierda juntas. Sin duda se trata de momentos tan distintos como incomparables, y es difícil rechazar que bajo las corrientes actuales asoman partidos en ciernes que defienden intereses particulares, programas, estilos, pero un hecho es claro y contundente, como lo vio Arnoldo a fines de los años setenta: en la lu- cha política siempre hay que elegir. O se actuaba en la arena electoral con todas las fuerzas disponibles o se dejaba un registro testimonial. O la izquierda socialista se sumaba al proyecto neocardenista, apor- tando sus mejores cuadros y experiencias, o abandonaba la escena sin dar la batalla. Bien que el Movimiento Regeneración Nacional se haga un partido fuerte y que el prd logre consolidarse como tal, pero sería una peligrosa ilusión creer que se puede avanzar sin un plan- teamiento de unidad capaz de oponer a sus adversarios una fuerza superior.
Antes de concluir quisiera recordar una faceta singular de Arnoldo Martínez Verdugo que lo enaltece como figura. A él se debe el Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista, una institución crea- da con modestia para evitar, justamente, que la rica historia del pCm y otras fuerzas se pierda entre la superficialidad del debate cotidiano. Allí nació la revista Memoria. En sus archivos se conservan imágenes y documentos invaluables. En fin, felicidades Arnoldo, y una larga vida.

carlos Monsiváis

La Jornada, 24 de junio de 2010

disfrutamos de Monsiváis quizá como en su tiempo los privilegiados lectores de Quevedo, Ignacio Ramírez o Guillermo Prieto se benefi- ciaron de su presencia, acaso sin ser del todo conscientes de la tras- cendencia de esa enorme obra diversa y dispersa, que en Carlos es ubicua, abarcante, filosa, informada y eficaz, revisada a mano con pulcritud y reconocible calidad. Tocada por la erudición o marcada por la urgencia del instante eléctrico que rasga el aquí-no-pasa-nada, Carlos convierte la crónica periodística en el espacio de encuentro o afirmación donde se reconocen (nos reconocemos) los nuevos sujetos mexicanos, en una fuente cotidiana de buena literatura que ayuda a públicos otrora inimaginables a iniciar o completar, a través de más de medio siglo, su formación artística, política o moral definitiva.
Junto a las investigaciones eruditas que ya resultan indispensa- bles, Carlos une en un solo torrente creador su peculiar literatura de combate, emparentado con la tradición liberal la interpelación con- tinua de una realidad que a todas luces es y le parece injusta. Ya vendrán los estudios, las antologías, los debates en torno a sus in- discutibles aportaciones en campos como la poesía, el cine, la cultura popular in extenso, por citar algunos aspectos sobresalientes, pero en sus libros publicados nos aguardan ensayos plenos de lucidez, la cons- tatación de que, también en su caso, nada del mundo le era ajeno. Allí está con toda su frescura, inteligencia o enciclopedismo ese mexicano excepcional al que hoy lloramos.
Monsiváis se divierte cuando escribe, pero en los momentos duros se arriesga, inclaudicable, ante el poder; escribe textos fundamenta- les para salir de la barbarie en ciernes, como las crónicas fundacio- nales del 68, publicadas por la editorial Era apenas en 1970, pese a la furia diazordacista. Su sentido del humor rechaza la frivolidad al uso: es un acto vivificador de plena libertad y salud mental, una

provocación irrefutable ante la cual sus víctimas se quedan petrifica- das, mudas, titubeantes. La antisolemnidad es, a su modo, una forma inusual de guerrilla política y moral (Pitol dixit), no una fuga para eludir las cuestiones sustantivas que Monsiváis identifica con las causas de izquierda, no por doctrinarismo (que le repele), sino porque en ellas se expresan sentimientos, necesidades, aspiraciones de los que prácticamente han sido despojados de todo. Ante el patrioterismo estridente, Monsiváis reclama una lectura a fondo de lo que fuimos y una propuesta racional, articulada, de hacia dónde queremos ir.
Leyendo a Monsiváis aprendimos a ver y a vivir un México distinto del oficial y nos acercamos a una visión de la izquierda que, lejos de renunciar a la modernidad, la asimila como parte de su propio proyec- to liberador al margen de las cóleras sectarias, sobrevivientes de la lenta ruina del estalinismo. Monsiváis se ríe en su cara del burócrata que en su pequeñez se cree dueño del Estado, de la solemnidad del po- lítico arrinconado por los fantasmas de la traición a la honestidad pri- migenia, virginal; se burla de la arrogancia silvestre del gran empre- sario, del locutor que intenta hacerle una pregunta inteligente para asegurarse la complicidad que no obtiene, del académico cuya tarea no es otra que replicar en lenguaje técnico lo que el poder balbucea; pero también fulmina al izquierdista enceguecido por el dogmatismo o la intolerancia, al que le resulta inútil revisar la historia o proceder al necesario ajuste de cuentas con el régimen que ha sacrificado la utopía para instalar el horror.
La genialidad de Carlos Monsiváis, en este punto, no estriba úni- camente en su enorme capacidad de extraer la lección moral que le da sentido a las causas perdidas (recuerdo el increíble, por adolori- do, guión elaborado por él para un homenaje audiovisual a Rubén Jaramillo, asesinado unos días antes), causas que a la vuelta de los años ya no lo son tanto (si atendemos, por ejemplo, al influjo del fe- minismo, la desestigmatización del sida o la dificultosa aceptación de la izquierda como un componente legítimo de la democracia). Su genialidad reside también –y sobre todo– en la comprensión de que la pugna por los nuevos derechos civiles, democráticos, es inviable al

margen de una visión política que hoy pasa necesariamente por la crí- tica de la herencia autoritaria, reciclada pero subsistente bajo la ya muy vapuleada “victoria cultural” de la derecha. Esta visión requie- re, a su vez, de la formación de una conciencia nacional sustentada en el empoderamiento de la sociedad civil; es decir, en el surgimien- to de verdaderas comunidades críticas capaces de influir en el juego político democrático para avanzar en la que vendría a ser la madre de todas las batallas mexicanas: la lucha contra la desigualdad y la pobreza, contra la exclusión clasista y la discriminación como forma de dominio.
En este camino –y sólo apunto el tema– Monsiváis advierte que la regeneración presente y futura de la sociedad mexicana no será via- ble sin el fortalecimiento del Estado laico que hoy por hoy está ame- nazado desde varios frentes. Por eso, a la pregunta de ¿qué es la dere- cha?, Monsiváis responde con una definición inmediata: la decisión de pensar por los demás y de ordenarle a los demás su comportamiento; la usurpación organizada del libre albedrío en nombre de Dios (o de la empresa y el mercado libre) y de esos otros componentes, de la moral y las buenas costumbres.
Monsiváis rompió todas las convenciones hasta convertirse por de- recho propio en un personaje popular, quizá el más conocido e influ- yente –por sus opiniones– de la izquierda contemporánea. Por eso es lógico que sea la gente de izquierda, más allá de sus actuales filiacio- nes, la primera en resentir la muerte del gran escritor como algo pro- pio, irreparable, muy doloroso. Nada nos lo devolverá. Sin embargo, Carlos deja abierta una ancha avenida para la reflexión y la autocrí- tica, que conviene tomar en cuenta.
Un primer aspecto es el que se refiere al lugar de la ética en la perspectiva general de las acciones de las distintas izquierdas. Es la indignación moral de los ciudadanos agraviados de mil maneras la que suscita la movilización, el deseo de organizarse, la primera resistencia contra fuerzas muy superiores. Ésa es, en definitiva, la razón originaria que la izquierda no puede olvidar sin traicionarse a sí misma. A partir del 68, y luego del 85, Carlos sostiene que el sujeto

de los cambios requeridos por el país no es el ciudadano individual sino la comunidad “autogestionaria y dispuesta a renunciar al autori- tarismo, [que] surge en las colonias populares, en los grupos ecologis- tas, en los pequeños sindicatos, en las cooperativas de barrio, en las comunidades eclesiales de base, en las agrupaciones campesinas, en las secciones magisteriales”.52
Pero Carlos no opone la emergencia de la sociedad civil (o de la izquierda social) al fortalecimiento de los partidos o a la acción elec- toral; en cambio, les exige coherencia, sincronía, un proyecto que le dé un horizonte común a las de suyo multifacéticas expresiones de la acción popular. Por eso apoya con toda energía la campaña de Andrés Manuel López Obrador (como en 1988 la de Cuauhtémoc Cárdenas), así como la resistencia cívica posterior. Sus textos desnudan la hipo- cresía de la derecha, pero también fustigan los pasos equivocados de la izquierda partidista, incapaz de estar a la altura de los aconteci- mientos, la indiferencia ante la crítica, la omisión para debatir asun- tos de México y el mundo que no se pueden ignorar.
Carlos, nos harás falta.

52 Carlos Monsiváis, “La izquierda mexicana: lo uno y lo diverso”, en Fractal, año 2, vol. 2, núm. 5, abril-junio de 1997. Disponible en: <http://www.mxfractal.org/F5monsiv. html>.

Adolfo Sánchez Vázquez, el marxista

La Jornada, 14 de julio de 2011

En ocasión de los ochenta años de Adolfo Sánchez Vázquez, la Facul- tad de Filosofía y Letras de la unam publicó, en 1995, Adolfo Sánchez Vázquez. Los trabajos y los días,53 un libro en el que se recogen, como dice Federico Álvarez, editor del volumen, los “discursos a campo abierto”, es decir, aquellos textos, artículos, entrevistas o conferen- cias dictadas fuera de la propia Universidad y, por tanto, pensadas para un lector más amplio y diverso. Se reúnen también las reflexio- nes críticas sobre la obra del autor, sección que abarca una amplia temática e incluye a numerosos autores. En fin, es un libro muy útil pues invita a leer la extensa obra filosófica, política y literaria de Sán- chez Vázquez, subrayando sus aspectos más vivos, su actualidad.
Por ejemplo, a mediados de los años ochenta, antes del derrumbe del entonces llamado socialismo real, el marxismo atravesaba por una crisis que hizo a muchos abandonarlo, como si se tratara ya de una teo- ría inservible. La vitalidad de otros tiempos se había apagado casi por completo, no obstante el imposible impulso reformador surgido en la Unión Soviética. ¿Tenía sentido ser y llamarse marxista en esas con- diciones? ¿No pesaba demasiado la “sombra del escepticismo” como, en homenaje a Montaigne, le cuestiona a Sánchez Vázquez el filósofo Héctor Subirats en 1985? He aquí la respuesta:

Efectivamente son cincuenta años de mi vida los que están vin- culados con el marxismo, tanto en el terreno práctico como en el terreno teórico. En esos cincuenta años, a través de mi modesta persona, en cierto modo se puede registrar lo que ha sido un

53 Federico Álvarez, ed., Adolfo Sánchez Vázquez. Los trabajos y los días. (Sem- blanzas y entrevistas), México, unam, 1995. Disponible en: < http://ru.ffyl.unam. mx:8080/jspui/bitstream/10391/1990/1/ASV_Los_Trabajos_y_los_Dias_1995.pdf >.

periodo de la historia del marxismo; he conocido el desenvolvi- miento del marxismo en diferentes fases; he vivido en mi juven- tud toda la época de un marxismo dogmático, institucionalizado, sectario, que se convertía, en contra de lo que Marx pensaba, en una negación de su espíritu crítico; he vivido después el desa- rrollo del marxismo a través de la experiencia, aunque no perso- nalmente, de los sistemas que se han construido en nombre del marxismo. La conclusión a que llego, después de todo ese largo periodo, es que muchas esperanzas, muchas ilusiones se han ve- nido abajo, justamente al ver cómo, en nombre del marxismo, se han cometido desafueros que son su negación misma. Pero, natu- ralmente, esto ha hecho mi espíritu más crítico y, por tanto, más marxista, pues el marxismo, en definitiva, como Marx lo conci- bió, es inconcebible sin la crítica y la autocrítica. Estas experien- cias negativas, que la práctica, la realidad ofrece, me han hecho más crítico con respecto a las diferentes experiencias, ideas o teorías. Desde mi punto de vista, el marxismo ha caducado en una serie de aspectos. Hay tesis que no se han confirmado, que la realidad ha refutado, pero en ese caso hay que hacer lo que ha- bría hecho el propio Marx: no tratar de ajustar la realidad a las tesis que tratamos de explicarnos, sino forjar nuevas tesis que traten de explicar esa realidad. En mi opinión, el marxismo es fundamentalmente una teoría que pretende explicar, compren- der el mundo, para contribuir a transformarlo. De esta forma, en cuanto que subsiste la necesidad de transformar un mundo en el que rige la opresión, la explotación del hombre por el hombre, la explotación de los pueblos, me parece que el objetivo funda- mental del marxismo es hoy tan válido o más de lo que fue en sus comienzos. Creo por esto que hay que desarrollar un espíri- tu crítico, así como cierto escepticismo, escepticismo que habría aprobado Marx: recuérdese su respuesta al cuestionario que le presentó una de sus hijas: hay que dudar de todo. Así pues, la duda, no una duda absoluta, sino una duda metódica, hasta que se compruebe lo que se está sosteniendo, es siempre muy prove-

chosa y legítima. Así las cosas, una dosis de escepticismo frente a todo dogmatismo, y sobre todo una dosis constante de crítica, no hacen sino reforzar la actitud marxista, independientemente de los aspectos que deban ser reexaminados o de los que deban ser excluidos.54

Años después, en 1992, en entrevista con el periodista español Fer- nando Orgambides para el diario El País, Sánchez Vázquez salía al paso de quienes afirmaban que el fin del mundo bipolar anunciaba el “fin de la historia”:

La historia no ha llegado a su fin porque el capitalismo libe- ral haya demostrado que, con su victoria contra el nazismo y después contra el socialismo real, ya no tiene adversarios. Yo considero que el capitalismo actual, muy distinto del que cono- ció Marx hace siglo y medio, es un régimen injusto, pese a las ventajas y logros sociales que hayan podido obtener los traba- jadores en todo este tiempo. Por lo tanto, mientras exista el capitalismo, sigue siendo necesaria una alternativa no capita- lista que dé solución a los problemas de injusticia, desigualdad y explotación que este sistema, por su propia naturaleza, no puede resolver. Independientemente de que en este momento concreto este ideal, en cierto modo, haya sido desacreditado por las experiencias negativas de lo que se ha hecho en su nombre y no se den las condiciones o no haya fuerza para abanderarlo, el socialismo en su esencia es necesario y deseable. Y no sólo por razones políticas o económicas, sino también por razones incluso morales.55

54 Héctor Subirats, “La filosofía en México y España”, en Álvarez, Adolfo Sánchez Vázquez…, pp. 214-215.
55 Fernando Orgambides, “El capitalismo es injusto”, en Álvarez, Adolfo Sánchez Vázquez…, p. 263.

Ésa fue la columna vertebral de la obra de Adolfo Sánchez Vázquez como filósofo, la razón de ser de su militancia y el fundamento de su inquebrantable fuerza moral. Para nosotros sus hijos, nietos, sobrinos, se fue el ser amado, el hombre abierto, sensible, el maestro y el amigo. Agradecemos a todos los que en estos días han ofrecido genuinas mues- tras de cariño y solidaridad.

VI.
eL LarGo camino de
La transición

Las alas del águila

La Jornada , 9 de julio de 1988

Hoy se puede discutir ya, apenas unas horas después de las eleccio- nes, si México y el régimen político dominante han entrado en un nue- vo periodo de su historia. Los primeros resultados dan cuenta cabal, sin bien aún inexacta e incompleta, de un cambio en la correlación de fuerzas que favorece a la izquierda, concebida en su más amplio sen- tido como una corriente histórica, fundacional y, a la vez, portadora de una cierta modernidad, por decirlo así, anclada hacia el futuro.
El visible éxito de Cuauhtémoc Cárdenas es irreductible. Cualquie- ra que sea el resultado oficial de los comicios, ahora corresponde al partido gobernante probar la legitimidad de sus victorias autoprocla- madas a destiempo, cuando ninguna autoridad competente se atre- vía a emitir resultado alguno. Nadie espera que la prueba única de la democracia sea la derrota del pri, pero es obvio que no se dará el avance que México puede conseguir si las fuerzas oficialistas no reco- nocen los triunfos de la oposición, en la extensión y magnitud que le correspondan.
Aún estamos a tiempo de evitar que la cultura del fraude ponga a la nación ante la tesitura de enfrentar riesgos mayores inimagina- bles. Denunciar el fraude conforme a los hechos y a la ley, movilizar a la opinión pública para conseguir el respeto al voto, no pueden con- vertirse en una coartada que aliente la deslegitimación de todo el pro- ceso. El antigobiernismo pesimista y frustrante del pan está hecho a la imagen y semejanza de los gestos grotescos y ominosos de los jerar- cas burocráticos, quienes en medio del más absoluto y desalentador desierto informativo proclamaron el “rotundo” triunfo del candidato oficial, en la más pura tradición del viejo verticalismo burocrático y autoritario.
Pero estas elecciones marcan, por así decirlo, el final de la era nar- cisista en la cual el mundo giraba alrededor del eje priista. El avance

de Cuauhtémoc (sobre todo lo que ya parece una ventaja demostrada en el Distrito Federal) está poniendo fin al único México irreal o su- rrealista existente: el del monolitismo y las certezas imperiosas del poder. Por una vez, las elecciones han parecido elecciones, a pesar del dominio hegemónico del partido de Estado; por una vez, el entusias- mo y la participación ciudadanas dejaron de ser frases solemnes y ad- quirieron voz y rostros reconocibles. Cambian las formas desde abajo. Y cambian los personajes. Poco queda de los crucigramas tácticos de una izquierda partidaria excesivamente embelesada consigo misma, todavía demasiado ptolemaica y lineal, ajena a la esencia galileana de la democracia.
Es verdad que el pri resulta cada vez más un caparazón que impi- de los libres movimientos de una sociedad inconforme por la crisis y que, en rigor, ya es otra sociedad, en el sentido de que no es igual a la que dio origen y permanencia a las estructuras políticas vigentes. El desarrollo social crea una realidad más compleja y diferenciada que ya no cabe en el marco sectorial de un corporativismo que cada día sirve menos a la mediación de los intereses particulares y más al verticalismo burocrático. Sólo que la necesidad de la democracia, a diferencia de lo que hasta hoy sugiere un importante sector opo- sicionista, también parte de espacios recreados desde ese horizonte ideológico e institucional que para muchos parecía cerrado e inamo- vible.
No es casual que la gran novedad electoral y política sea el éxito de la Corriente Democrática para convertirse en el eje de una amplia coalición basada en la izquierda, pero no sólo en ella. Ante el discurso modernizador oficialista, leído como un nuevo capítulo intransitable de la crisis, Cárdenas simboliza la vigencia de un “arcaico” programa que tiene que ver, y mucho, con el mundo institucional que aspira a cambiar, con sus formas más esenciales y legítimas.
La actualidad del neocardenismo reside no sólo en su llamado a oponer la democracia al Estado, sino en su capacidad de articular los principios que dan legitimidad al Estado con la necesidad de transfor- marlo, esto es, de modernizarlo.

A este proyecto sirve la fuerza de las masas, su movilización y la necesidad de su permanencia, en un marco de claras referencias polí- ticas que requieren, para afianzarse, de un sólido compromiso político y legal nacional. Ahora, urge pasar de los símbolos a las realidades. El paradigma democrático es un rebelde cactus solitario. Para alcan- zarlo harán falta las alas del águila.

La crisis política, ni irreal ni deseable

La Jornada , 16 de julio de 1988

Da la impresión de que cualesquiera que sean las cifras oficiales, con los ajustes y las proporciones en el reparto general de votos una som- bra de duda, desconfianza o desilusión acompañará sin remedio al resultado oficial proporcionado hace algunas horas. Una vez más la transparencia electoral ha sucumbido a la cultura del fraude. Verdad o no, una parte de la opinión pública, que no es por fuerza la más com- prometida con los candidatos opositores, tiene la sensación de que todo ha sido manipulado para darle al candidato oficial la mayoría absoluta, aun a costa de inflar las cifras.
No tengo la menor duda de que estas elecciones no son, ni podrán serlo, la expresión de la democracia política tal y como desearíamos que existiera en un próximo futuro. Pero creo que, gracias a la extraordinaria movilización electoral, ahora es posible plantearse una línea de avance que meses atrás parecía asunto de un muy lejano porvenir. La reforma electoral y la desaparición del régimen del partido único, medidas que hallarán la más brutal resistencia del aparato burocrático autoritario, deben coronarse con una profunda reforma del Estado que permita tran- sitar del actual presidencialismo a un régimen presidencial democrático, donde la sociedad recupere parte de los poderes y atribuciones extraordi- narias y discrecionales actualmente consagrados al Ejecutivo.
Sin la recreación de una nueva institucionalidad, cuya legitimidad debería ser ratificada por un gran acuerdo nacional, será del todo im- posible que la oposición triunfe. No sólo hace falta mayor competencia y, por tanto, una nueva pluralidad reconocidas y legítimas; también se requiere la separación absoluta entre el partido gobernante y el Estado, así como una verdadera división de poderes que represente a la nación y fiscalice a los órganos ejecutivos.
A nadie se le puede pedir que abandone sus banderas. Pero no soy de los que piensan que ha llegado la hora de un “ajuste de cuentas”

que transforme la confrontación de hoy en una crisis política, cuyas consecuencias serían gravísimas. Y, sin embargo –más vale apuntar- lo, dada la naturaleza de lo que está en juego–, una crisis no es im- probable.
La democracia mexicana, como lo indican millones de votos, re- quiere de una izquierda nacional fuerte, poderosa y responsable, ca- paz de examinar a fondo su propio lugar en esta sociedad que está cambiando. Cualquiera que sea el camino que se elija para darle per- manencia a los brillantes éxitos de hoy, es preciso hacer esfuerzos para que así ocurra; volver a los grandes temas; debatir a fondo la relación profunda entre el nacionalismo reformador, la democracia y el socialismo; proponerse actuar aquí y ahora en la transformación democrática del Estado; democratizar la sociedad civil y reivindicar el derecho de los trabajadores a defender sus intereses legales, profe- sionales e históricos, como fuente del poder del Estado ante el mundo de crecientes presiones internacionales.
Se ha conseguido un enorme avance en estas elecciones. Se le re- conozcan o no las cifras, este resultado es la primera gran victoria de una izquierda que nunca pudo, hasta ahora, por sí misma y con sus propios contingentes, erigirse en alternativa para la nación. Conso- lidar esta gran corriente histórica y aceptar que la actualidad de la lucha por la democracia no se agota, sino que empieza por estas elec- ciones, son conclusiones pertinentes.

Mi apuesta: el partido histórico

La Jornada , 14 de octubre de 1988

Debo confesar que me gustó el artículo de Joel Ortega publicado en estas páginas el lunes pasado. Es fresco, libre, optimista, tranquiliza- dor y, aunque en algo se equivoque, no falsifica. Viene a quitarnos un poco del peso agobiante que para muchos –entre quienes me cuento– supone pensar otra vez en la idea, ya no tan novedosa o triunfal, de un nuevo, estrenable partido, el tercero o el cuarto en lo que va de esta década, de “unidad” y reformas políticas, no sólo entre los partidarios de la izquierda marxista, como sugiere Ortega, sino entre algunas de sus variadas corrientes y quienes todavía se reclaman socialistas, así se apelliden democráticos, nacionalistas o libertarios.
Tranquilizador, digo, porque suena bien esa idea de que, ahora sí, casi por arte de milagrería democrática, tenemos a la vista, en su forma natu- ral y adecuada, palpable y a la vez intangible, un “partido de ciudadanos”, a los “ciudadanos mismos” que actúan ya, “a través del partido”, sin otros límites que los de “la imaginación y necesidades que la gente le imprima”. Me parece una idea conmovedora. No por lo que afirma, sino por lo que evoca al convertir la solemnidad del discurso inauténtico sobre el partido, con toda la carga de trapacerías, silencios y omisiones ocultos bajo la piel de oveja, en una buena frase que, en el sentido orteguiano (del otro Orte- ga) “redondea la realidad” y nos facilita la vida con una “grata rotundidad
utopista”.
Y, sin embargo, hay algo exacto en todo esto. Hablamos del partido de dos maneras: como el gran partido histórico que “nació el 6 de julio”, pero también polemizamos acerca de cómo organizar esa fuerza, cómo meterla en un recipiente para que no se disperse y pueda actuar; es decir, hablamos del partido en un sentido restringido o incluso transitorio del término.
Así pues, me permito añadir unas cuantas acotaciones a las ya di- chas durante semanas en este diario, para probar si, como en el tren,

platicando se nos hace menos pesado, aburrido, el largo camino hacia la unidad –la que se puede y la que se quiere–, sobre todo cuando a uno le toca un duro asiento de madera en el coche de las minorías.
Tiene razón Ortega en un punto obvio pero clave: si estamos ante una nueva situación, como todo el mundo proclama y predica, lo justo es admitir que no se puede pensar en la formación de un nuevo orga- nismo repitiendo los fallidos esquemas del pasado, concebidos para mantener siempre la continuidad de las mayorías preexistentes.
Algunos, por sus propósitos, ni siquiera servirían como experien- cias negativas. Corresponden a otra cosa, a otros momentos, a otra correlación de fuerzas. Son inimitables.
La realidad del 6 de julio puso a prueba muchas hipótesis y verda- des aceptadas. Hoy, por ejemplo, tendríamos que hurgar en los textos sagrados otros conceptos para explicar la relación entre socialismo y democracia, o entre nacionalismo y socialismo en México. Valga que antes de esa fecha al nacionalismo se le endilgara la calificación ge- nérica de ser una imprecisa ideología, burguesa, oficialista, hasta el punto de excluirlo de los programas socialistas, para colocar en su lugar, sin razón, al “patriotismo”, como insuficiente sustituto. Valga que antes del 6 de julio los socialistas de hace setenta años siguieran creyendo, contra la opinión del viejo Marx, que la mejor organización era una maquinaria separada del terco movimiento real, indestructi- ble, pese a las sucesivas disoluciones y desencuentros doctrinarios con otras corrientes asimilables (o excluibles). Incluso, los vanguardistas más radicales han tenido que admitir la conveniencia de plegarse a la lucha electoral, y ahora reclaman, bajo un liderazgo no proletario, un partido de ciudadanos vivos, con los cuales mezclarse y respirar. No hagamos, pues, como si nada hubiera cambiado, después de asegurar que todo ha cambiado.
En torno a la necesidad de un nuevo partido hay enormes dife- rencias. Habida cuenta los titubeos y las imprecisiones iniciales, no resulta extraño que cada quien haga sus apuestas.
Para fortuna de todos, nadie admite ya la unicidad, tan fomentada al principio, que, dada las experiencias propias y ajenas, resultaría

aterradora. Pero esto no resuelve el problema que sigue siendo, como decían los antiguos, un asunto político más que organizativo. Lo que no se discute seriamente es qué tipo de instrumento organizado hace falta hoy para la transición democrática. Poco se aporta al debate acerca de lo que será pronto un régimen de partidos condicionado por la experiencia del 6 de julio, cuando todas las demás fuerzas realicen también un proceso de rectificación y reformas.

Partido y poder democrático

La Jornada , 20 de octubre de 1988

Con un retraso que no disimula desacuerdos, tan sólo superados en las últimas horas, Cuauhtémoc Cárdenas dará a conocer, el viernes 21, el histórico Llamamiento1 con que se da paso a la constitución formal del partido que “nació el 6 de julio”. Por lo que se sabe, dado el hermetismo de sus promotores, la balanza se inclina ahora por la idea de formar un solo partido con todas las corrientes, organizaciones con registro y sin él, y ciudadanos sin filiación. El punto de partida ideo- lógico sería una reiteración de algunos principios básicos contenidos en las propuestas de la ex Corriente Democrática, en particular, la adhesión a las banderas de la Revolución mexicana, enlazándolas con una cierta perspectiva socialista. Pronto lo sabremos.
Por lo que se ve hoy, el Llamamiento es una apertura cautelosa, luego de los apresurados apoyos y descartes que siguieron al anun- cio-invitación del pasado 14 de julio. Como se pudo observar, ni todos podían ni todos querían, y aunque no la sustituye, el Llamamiento se adelanta a la anunciada, pero inmadura, convocatoria prometida en el Zócalo y abre un necesario compás de espera para debatir cuestio- nes de fondo que no aparecen todavía por ningún lado.
Y en serio que hace falta: los capítulos que aún quedan no son de obvia resolución. El nuevo partido tendrá que traducir las grandes es- peranzas que convergieron el 6 de julio en una línea política, es decir, en una propuesta que articule las grandes ideas generales, históricas, con una alternativa concreta.

1 Referencia al Llamamiento al pueblo de México que haría Cuauhtémoc Cárdenas el 21 de octubre de 1988. Disponible en: <http://www.inep.org/Textos/7CRumbo/1988- LlPM-CC.html>. El discurso que pronunció Cárdenas en esa ocasión se puede consultar en: <http://manifiestosdelpueblo.wordpress.com/llamamiento-al-pueblo-de-me% cc% 81xico-cuauhtemoc-cardenas/>.

Los episodios que anticipadamente se viven como momentos histó- ricos suelen ser tan deslumbrantes que no dejar ver las aristas natu- rales del terreno. Nadie debería engañarse. El entusiasmo es impres- cindible, pero suele anestesiar las diferencias reales, aquellas por las cuales cada corriente ha reclamado su derecho legítimo a la existen- cia separada. No hagamos un juicio, reconozcamos el hecho para no lamentar sorpresas todavía. La ocasión reclama sumar la voluntad al realismo, asumido como llana conciencia de las diferencias que me- dian entre lo posible y lo necesario.
Pero cualquiera que sea la forma definitiva que adquiera el nuevo organismo, es claro que nada lo puede sustraer de una inmediata y necesaria tarea: sostenerse en pie como el referente político que debe seguir siendo para millones de electores, quienes confiaron en su voto positivo para Cárdenas.
La unidad, aquí, es continuidad, reelaboración para la permanen- cia. La novedad, hay que repetirlo con todas sus letras, está en la política, en la situación general, que determina otro estado de ánimo, inasimilable a los extremos recorridos luego del 6 de julio. Eso es lo nuevo y no puede encasillarse en los antiguos esquemas.
Admitamos de una buena vez la sorpresa del 6 de julio en su más rico contenido: una fuerza oposicionista ocupó todo el espacio de la centroizquierda, y eso compromete a una política mucho más comple- ja que las proclamas plebiscitarias o las denuncias puestas en curso en las semanas siguientes.
Se trata de probar en los hechos que la voluntad unitaria quiere dar- le canales a esa realidad, influida por las organizaciones políticas, pero separable y externa a ellas; la responsabilidad consiste en entretejer los hilos sueltos para formar una nueva trama con dichos elementos. Sería lamentable incurrir en el error vanguardista consistente en suplantar la organización de la gente con la organización de los militantes.
La unidad es aceptable como un compromiso entre posiciones dis- tintas para potenciar esa fuerza del movimiento democrático, que ne- cesita autoorganizarse y desplegar todas las iniciativas que estimu- len una política de ciudadanos.

Eso supone un organismo adecuado para cumplir con las exigen- cias de la transición a la democracia, donde se anudan todos los asun- tos relativos a las formas de gobierno y el Estado, a las relaciones entre éste y la sociedad, es decir, a las cuestiones alusivas al carácter plural, representativo y formal de la democracia en la política y en el mundo civil. Sin embargo, algunos creen imposible una reforma democrática del Estado sin la caída real inmediata del sistema o, al menos, sin desplazar al próximo ilegítimo gobierno. Ésta, bien vista, es una tesis anterior al 6 de julio, no una de sus conclusiones. Resulta de –como se dice– una lectura incompleta o voluntarista de los últi- mos acontecimientos, incluido el fraude electoral. No permite avan- zar; paraliza a la mayoría. Suspende el juego político cuando apenas se adquiere la fuerza para entrar de lleno en él. No lo impone, como se asegura: lo pospone; libera energías, pero no las concentra. El futuro organismo no puede crecer vinculado al tacticismo ni oponer a la le- gitimidad pragmática la proclamación de una legitimidad profética.
El partido del 6 de julio nace con vocación de poder. Pero eso no compromete a nadie a “tomarlo” en cada discurso. Vocación de poder democrático, hay que reiterar. Vocación para ser, con toda la comple- jidad que implica, un partido, un referente político democrático, en medio de una crisis social y económica sin precedente, en una época en la cual todas las fuerzas aspiran a encabezar el cambio.
A diferencia de otros momentos críticos, más allá de la inédita magnitud global de la impugnación, teóricamente medible y contable, estamos ante la ruptura de un límite cualitativo, más allá del cual la simple reproducción del sistema político es inoperante. La necesidad de cambiar es real, no mero gatopardismo, pero no está sellado el sentido del cambio. Ojalá y este partido no derive como el barco de Chesterton, que encalló en sus propias costas luego de una imagina- ria vuelta al mundo. Ojalá tampoco tengamos que repetir al final las célebres palabras: “Me encontré con que mi herejía era la ortodoxia”.

El partido del 6 de julio

La Jornada , 24 de octubre de 1988

Cuando el lector repase con paciencia generosa estas cuartillas, el partido que “nació el 6 de julio” habrá recibido algo así como las pri- meras aguas bautismales. Ya se sabrá para entonces cuál es el con- tenido puntual del Llamamiento que guardó Cuauhtémoc hasta la hora fijada, el viernes 21, para hacerlo público, con el cual se habrá iniciado el proceso de construcción de un poderoso partido político que cambiará, ha cambiado ya, el escenario político nacional.2
La firma del Llamamiento, a título individual, es ante todo un voto de confianza al liderazgo cardenista, aunque del grupo selecto de ciu- dadanos que lo suscriban saldrán los órganos directivos que coordi- narán la etapa siguiente. Hemos de reconocer y dejar constancia de

2 Para ubicar estos artículos en su contexto, conviene tomar en cuenta la siguiente cronología básica sobre el proceso de construcción del Partido de la Revolución Demo- crática:
El 14 de septiembre de 1988, Cuauhtémoc Cárdenas convoca en el Zócalo a la unidad. “México quiere que formemos una organización que sea la expresión política del voto ciudadano del 6 de julio” (Cuauhtémoc Cárdenas, Sobre mis pasos, p. 276).
El 21 de octubre se realiza en el Hotel Vasco de Quiroga de la ciudad de México la reunión que constituyó el arranque del nuevo partido. Ahí Cárdenas leyó el Llama- miento al pueblo de México.
El 5 de mayo de 1989 se anuncia en el Zócalo que el prd ha cumplido con todos los trámites legales para obtener el registro.
Los días 6 y 7 de mayo se celebra la Asamblea Nacional Constitutiva del nuevo partido.
Entre el 12 y el 14 de mayo se lleva a cabo el Segundo Congreso del Partido Mexicano Socialista, donde se acuerda disolver el partido y poner su registro a disposición del prd.
Se inicia la construcción del prd.
Para un panorama más amplio sobre el proceso de conformación del prd, véase: Cuauhtémoc Cárdenas, “El Partido de la Revolución Democrática”, en Sobre mis pa- sos, México, Aguilar, 2010, pp. 273-310.

que ése, pese a todo, no es un camino que nos satisfaga a muchos. Un partido fuerte exige, al menos en este campo, claridad, libertad de crítica y absoluta transparencia democrática.
Lo que sigue es iniciar la implantación territorial de un vasto par- tido de ciudadanos que ya están ahí; que sea capaz de darle sentido, orientación y opciones políticas nítidas a una población heterogénea, para la cual no serán válidas formulaciones estrechas o unívocas. Precisamente porque se requiere transitar hacia la democracia, urge, en este punto, consolidar una posición que articule la diversidad más amplia de intereses, puntos de vista, posiciones.
Por lo pronto, hay que reconocer que éste es, a querer o no, el par- tido que la Corriente Democrática decidió construir. No es el partido separado, exclusivo, que ella pudo hacer, es cierto. Pero tampoco es el partido único o el frente-partido que deriva de la unidad por con- venio de las partes: ahora, la única, real discusión que tienen ante sí las fuerzas no cardenistas es proceder a su disolución formal y, en todo caso, decidir si pasan a formar, siempre a título individual, una corriente en la nueva formación.
La inclusión, luego de tanteos y diferencias, del Partido Mexicano Socialista, no altera ese cuadro básico. El cumplimiento de algunas formalidades especiales hacia este partido no podía eludirse, aun- que no fuese porque se trata del único, entre la izquierda con regis- tro, que desaparecerá, no para unirse o fusionarse, que no lo hará ni podría hacerlo como tal, sino para abrirle paso a la naciente organi- zación, asunto que ya ha merecido agrios comentarios por parte de algunos de sus miembros que ven extinguirse poco a poco la débil flama del comunismo mexicano, a pesar de que, paradójicamente, la injustificada identificación del Partido Mexicano Socialista sólo y exclusivamente con el antiguo equipo dirigente del Partido Comu- nista Mexicano haya sido la causa de retrasos, dudas y discrepan- cias entre la plana mayor del cardenismo y sus aliados de izquierda más anti-pC.
¿Por qué la ex Corriente Democrática no se decidió desde un prin- cipio a formar su propia organización? ¿Por qué a la idea de la uni-

dad amplia algunos quisieran imponerle una restricción inequitativa después de que a lo largo de todo este tiempo se destacó el discurso unitario, inaugurado con el tema de la candidatura única? ¿Por qué el pms no ha dado, en todos estos meses, una justificación correcta de sus pasos, ni a sus afiliados ni a la opinión pública, que aún no entiende la lógica que imperó en este organismo, desde su constitución? Pre- guntas que, por lo visto, ya son para la historia.
El nuevo organismo se integrará, gracias a la intervención directa de Cárdenas, con una diversidad procedente de todas las posiciones políticas e ideológicas a las cuales el esquematismo de siempre ya co- mienza a encasillar y a colocar las etiquetas consabidas. Uno podría preguntarse si, en efecto, este partido tendrá una o varias corrientes socialistas. ¿Serán una o varias las versiones del nacionalismo o la democracia? En cierta forma sorprende que, luego de la invitación a todos realizada por Cárdenas el 14 de septiembre en el Zócalo, para discutir las formas posibles de organización, uno de los asuntos de discrepancia de última hora haya sido, justamente, la inclusión, por la vía del pms, del mayoritario núcleo procedente del ex-pCm. Manera muy extraña de revivir, por la vía negativa, la actualidad del comu- nismo como una oferta política que es necesaria, por lo visto, para ela- borar el discurso de la diferencia; tanto o igual que los de la antigua y nueva ortodoxia comunista requieren para su eterno juego de espejos del reflejo reformista.
Tengo la impresión de que este modo de debatir el perfil del nuevo partido de izquierda mexicano no lleva a ninguna parte. Ya va siendo hora de que se inicie un proceso de reflexión franca y directa para sostener una discusión informada sobre el pasado que es recuperable para el presente. Lo fundamental no es qué se propuso cada quien hace treinta o cien años, o qué espera para el futuro de la humanidad. Veamos qué se plantea para hoy y cuál es, en rigor, la contribución que cada fuerza puede aportar para crear una fuerza social que res- ponda a la historia nacional y a las esperanzas también para mañana.

nace el Partido de la Revolución Democrática

La Jornada , 27 de octubre de 1988

Con el Llamamiento al pueblo de México leído por Cuauhtémoc Cár- denas en el pequeño salón del Hotel Vasco de Quiroga ha comenzado a vivir el Partido de la Revolución Democrática, denominación provi- sional que ya se antoja definitiva para la nueva formación en la que, finalmente, desembocará el movimiento electoral del 6 de julio. Luego de unos días de hermetismo al que se sumó la improvisación con que se integró la lista de los posibles firmantes, el documento fue suscrito por todos los presentes al acto que desearon hacerlo, pero también, hay que decirlo, por algunos ausentes, que se enteraron por la prensa de que aparecían llamando a la formación del nuevo partido. No era necesaria tanta precipitación.
El prd, tal y como Cárdenas lo perfiló en su discurso inicial, nace y quiere ser un medio, un instrumento confiable para la lucha democrá- tica, no sólo por sus objetivos declarados, sino también por la trans- parencia de sus métodos internos y el modo de concebir las relaciones entre las diversas fuerzas que de un modo natural lo integrarán. Y éste es un rasgo que vale cultivarse, sin formalismos, pero a concien- cia, desde el inicio.
El Llamamiento constituye, sin duda, un documento político de enorme importancia. Es, en cierta forma, un intento viable de salir al reencuentro de la tradición histórica revolucionaria mexicana. Repre- senta un esfuerzo de síntesis para asumir el rescate del núcleo racio- nal vigente y vivo del proyecto constitucional de desarrollo, tal y como éste aparece en las más radicales formulaciones del nacionalismo.
Pero no es una propuesta doctrinaria: ofrece, creo yo, el marco, un punto básico de referencia a partir del cual es posible, aceptable y necesario elaborar un programa y un nuevo conjunto de hipótesis que tengan como eje el presente de México, pero también su futuro. La

propuesta cardenista, que en principio muchos suscribimos, no po- dría ser reiteración o simple repetición de viejas o inocuas ideas. En realidad, el Llamamiento y el discurso de Cuauhtémoc han planteado la necesidad de cumplir a cabalidad el programa social de la Revolu- ción mexicana, sobre todo del que surge justamente en el periodo de las grandes reformas en los años treinta, en un contexto de “frontera histórica” que pone a la orden del día la actualidad de la democracia, la reforma del marco político en el cual las fuerzas sociales crecen y disputan el poder del Estado.
A diferencia de otras épocas, el nacionalismo está hoy asociado a la idea de constituirse en un partido de ciudadanos, instrumento de la sociedad civil y no medio del Estado para dominarla. Ésta es una tesis que rompe con el fondo y la forma de los viejos y arquetípicos esquemas del más arcaico oficialismo (revivido en estos días a través de grotescas manifestaciones de fuerza por los antiguos dinosaurios), y lo hace inasimilable a los procedimientos partidarios del priismo, pero también a los desgastados métodos de una izquierda partidaria cuya identidad parecería en crisis, desgastada, sin atractivo ni luz propia.
El partido que propuso Cuauhtémoc Cárdenas no debería perder- se en discusiones escolásticas, sino avanzar en la dirección práctica que le consiguió el apoyo electoral. Sin comparaciones inútiles, hay que decir que construir un partido no es lo mismo que llevar a cabo una campaña electoral. Asuntos relativos a la elaboración programática y al perfil organizativo tienen que ser resueltos mediante la franca y constructiva discusión de todas las corrientes participantes.
Por lo pronto, hay dos cuestiones que admiten ventilarse con clari- dad. La primera se refiere al postulado que establece el requisito de la pluralidad. La segunda tiene que ver, justamente, con los princi- pios de la autoorganización en el marco de un partido de ciudadanos, organizados territorialmente. La pluralidad, ya se ha dicho, queda planteada como un objetivo general: cumplir el programa social de la Revolución mexicana más la democracia. El segundo, en cambio, apenas ha sido bosquejado, aunque en el Llamamiento se alude ya a

la necesidad de conciliar “la capacidad de acción y decisión propias de un partido y la flexibilidad, inventiva y autonomía de sus diferentes componentes, propias de un movimiento”, tesis que aún habría de hacerse más explícita para ir más allá de una formulación justa, pero
–no podría ser de otro modo– insuficiente.
En cuanto al primer punto, es obvio que el documento deja en el aire un tema que pesa sobre un sector de la izquierda y que, en aras de la claridad, debería precisarse. Me refiero, por supuesto, a la ne- cesidad de establecer con mayor rigor el lugar del socialismo en un proyecto democrático como el que se propone. No me refiero, hay que decirlo, a la respuesta que podrían dar Cuauhtémoc o los dirigentes políticos afines, como Porfirio Muñoz Ledo, que de suyo resultaría importante. No. Aludo más bien al modo como las distintas corrientes del socialismo mexicano piensan sus relaciones con el nacionalismo dentro de un mismo partido que, dada su condición de reunir a la mayoría de la izquierda histórica, no puede definirse más que a partir de un programa básico de acuerdos políticos y principios generales.

de la democracia bárbara
a la transición democrática

Punto , 12 de diciembre de 1988

La democracia, como cualquier otro régimen político, es el resultado de la evolución histórica. No se impone porque resulta superior justo a los ojos de algunos, ni tampoco porque parezca más adecuada para realizar otros fines, como la igualdad o la libertad de empresa. De hecho, la Constitución general de la República sostiene que la socie- dad nacional descansa sobre los principios democráticos. México es, jurídicamente hablando, una democracia. Pero esto, lo sabemos, no coincide con la realidad, aunque a raíz de las innumerables luchas civiles y laborales los mexicanos hemos alcanzado algunos espacios irrenunciables. No todos los que deseamos ni los que, en rigor, corres- ponden a una verdadera democracia.
Carecemos de sufragio efectivo; las irregularidades y el fraude son excesivos y no se admite la alternancia en el poder. Todo el sistema político está fundado en una triple realidad que incluye el presiden- cialismo, el partido de Estado y las formas corporativas de subordina- ción de las organizaciones sociales, en una interrelación soldada por la corrupción política que, a su vez, vincula los intereses personales y de grupo con los de los representantes empresariales nacionales y extranjeros. José Revueltas dijo muchos años antes del movimiento estudiantil de 1968 que ésta era una democracia bárbara, no una dic- tadura clásica, tal y como hoy la definen al calor de la lucha electoral muchos desencantados electores.
Sin embargo, el 6 de julio una nueva corriente electoral, proceden- te del partido oficial, con vínculos hacia la izquierda, obtuvo un éxi- to inesperado que conmovió hasta sus cimientos las ya desgastadas estructuras políticas. Un viento fresco entró por las ventanas e hizo respirable la atmósfera viciada por la crisis. La copiosa votación re- cibida por Cuauhtémoc Cárdenas instala el pluralismo y la compe-

tencia electoral; confirma el nacimiento de un liderazgo que la gente común esperaba y también algo menos descifrable: la recuperación, digamos, del núcleo racional, la parte viva de un nacionalismo que había sido desechado anticipadamente por los teóricos del llamado centro progresista como vestigio de una tara arcaica junto con el re- formismo del Estado.
El 6 de julio se abrió un periodo histórico en el cual la lucha por la democracia adquiere el lugar preeminente y pasa a convertirse en un asunto práctico, sujeto a un plan definitivo y a la clara definición de la política de alianzas y los objetivos intermedios. La única posibilidad de que el movimiento de repudio a los resultados electorales fabrica- dos por el gobierno crezca sin desgastarse inútilmente consiste en re- conocer que su poder real –y probablemente los límites de su consenso– sea suficiente para proponerse y conseguir avanzar en un compromiso fuerte hacia la reforma democrática del Estado. Por mucho que la agitación cunda y la irritación crezca, todavía el Frente Democrático Nacional se hallará en una posición de debilidad estratégica si de lo que se trata, como se ha dicho, es de resolver la disputa por el poder para cambiar con la fuerza popular y moral, desorganizada y espon- tánea, las razones de Estado que congelan, como una sonrisa helada en el rostro, la victoria del candidato Carlos Salinas.
Sin embargo, nadie puede hacerse falsas ilusiones. La consuma- ción del fraude no es la prueba final de la imposibilidad de la transición democrática. El fraude es la prueba suficiente de la necesidad absoluta de modificar la realidad política para darle al sufragio efectivo y a la alter- nancia en el poder, piedras angulares de cualquier sistema democráti- co representativo y plural, un lugar de respeto irrestricto que ahora no tienen porque, en rigor, ni en la cultura política ni en la práctica domi- nante existe la voluntad democrática que sólo podría desarrollarse en un nuevo marco, después de una reforma democrática y no antes, por más que la ética y los principios políticos nos lleven a oponernos con todas las fuerzas a esta lamentable e injusta situación.
La transición, por cierto, no es un asunto de oscuras negociaciones. En su sentido más real y profundo se inició el 6 de julio y continuará

pese al fraude electoral: se trata de proseguirla y formalizarla, antes de que las fuerzas que se le oponen terminen de recuperarse y ofrez- can todavía una mayor resistencia. En este terreno resulta riesgoso confundir la realidad con los deseos: ninguna fuerza, por democrática que sea, impondrá a otras la democracia. No se puede iniciar ningún diálogo en medio del fraude, se dice. Pero no se debe olvidar que la condición para iniciar la transición no puede consistir en solicitarle al adversario que, por ejemplo, deje de ser primero un partido de Estado o un ente del gobierno. Son excusas. La transición por la que todavía es posible pronunciarse no podrá darse con métodos que la nieguen ni podría empezar con la capitulación de las demás fuerzas políticas contendientes, de la misma manera que el fraude o la imposición no impondrán el retroceso o el desánimo de las filas frentistas.

Partido e identidad socialista

La Jornada , 24 de diciembre de 1988

Hace unos días se nos propuso a un grupo de socialistas confesos pro- nunciarnos acerca de una enigmática, pero posible, “nueva identidad socialista”. Cuando están en el calendario dos grandes nudos que desatar –la formación del prd y la disolución del pms–, la pregunta implícita resulta espinuda: ¿qué es, cómo es y qué debería ser, en todo caso, dicha identidad socialista? Para muchos tal asunto no tiene nin- guna complicación. El socialismo es algo tan definido o definible que hasta la pregunta ofende. Pero lo cierto es que nunca como hoy, en el mundo de las ideas y las prácticas políticas, se dicen y se actúan tan- tas cosas distintas bajo el común denominador de la etiqueta socialis- ta, cuyos orígenes y variaciones en el tiempo forman ya un complejo y frondoso árbol genealógico y no una clara línea plenamente unívoca e identificable.
Por lo pronto, los socialistas, a diferencia de otras corrientes políti- cas democráticas o nacionalistas, afirman la supremacía de lo social, el “momento social” del desarrollo de la historia, ante las visiones individualistas. Se pronuncian, en consecuencia, por modelos de or- ganización más justos para la mayoría y, en general, por crear un lazo firme entre la expansión de las libertades democráticas individuales y la configuración plena de condiciones sociales que favorezcan o res- palden un ejercicio más igualitario de tales derechos.
Pero, cualesquiera que sean los rasgos de identidad o sus orígenes teóricos, el asunto tiene un interés concreto, práctico, ya que la pro- puesta de constituir el prd no contiene ninguna definición clara que permita a varios de los actuales socialistas ubicarse sin renunciar a sus fidelidades y sus banderas. Es verdad que las garantías a las corrientes en el marco de un partido organizado democráticamente, al menos en teoría, permitirían que los socialistas se constituyeran conforme a sus respectivas identidades, que no siempre coincidirán.

Pero esto, como lo han señalado insistentemente algunos comenta- ristas, entre ellos Eduardo Montes, no es suficiente para precisar la significación histórica de la actividad socialista en el proceso de con- formación de una fuerza social alternativa.
De este tema y otros correlativos, varios nos hemos ocupado y dis- cutido en estas páginas. No repetiré argumentos. Pero hay un asunto que requiere un tratamiento singular. Es el que se refiere a la rela- ción de continuidad y ruptura entre los principios sociales, radicales, del movimiento revolucionario mexicano, de la Revolución mexicana, y los principios sobre los cuales descansaría una hipótesis socialista actual de y para México. No se trata, por supuesto, de vulgarizar el asunto sino de volver a plantearlo como una cuestión relevante para el programa de la izquierda mexicana. Es sabido que la oposición mo- derna nace justamente como una ruptura explícita con el llamado “oportunismo de derecha” que hacía una diferenciación, siempre vi- gente, entre las corrientes progresistas y conservadoras y distinguía entre las formas del Estado y sus instituciones y la política del go- bierno.
Pese al esquematismo de corte estaliniano de tales enfoques, sus- tentados en la simplificación soviética de la obligatoriedad de la revo- lución por etapas, sujeta a una relación de clases obligada para todos los países, lo cierto es que la izquierda canceló –al romper justamente con tales concepciones– toda validez al nacionalismo y vigencia a la tradición política e ideológica de la Revolución mexicana, y se propu- so, en cambio, como tarea principal, sustituir a las actuales fuerzas gobernantes mediante una nueva revolución, cuyos contenidos clasis- tas, no obstante, tuvieron que ser redefinidos varias veces en pocos años.
Hoy, al calor del nuevo partido, priva cierto desconcierto. Por un lado, el prd, partido de ciudadanos, no reconoce un referente socialis- ta explícito. Por otro, algunos de sus representantes no se reconocen en los principios del Llamamiento para formar el prd. Esta situación puede tensarse mucho en las próximas semanas si no se hace un gran esfuerzo de esclarecimiento y se elude el pragmatismo. La historia

debe auxiliar para estudiar el asunto. Pero los temas que el debate actual plantea en esa perspectiva histórica son novedosos. ¿Será po- sible, acaso, elaborar una propuesta que identifique al socialismo con la democracia y la nación? He aquí el reto más urgente, inmediato e histórico que se le plantea a la oposición de izquierda, al buscar los límites de una nueva identidad social.

Izquierda: regreso a la (¿misma?) historia

La Jornada , 6 de abril de 1989

Hace ya nueve meses México vivió un momento estelar de viraje po- lítico que aún nos deslumbra. Por una vez, ante nuestros ojos, los acontecimientos parecían confirmar antiguas profecías y la Historia, caminando por su “lado bueno”, daba la razón al partido de la izquier- da, a esa gran corriente capaz de identificarse con el proyecto implí- cito pero no olvidado de construir la nación democrática y cancelar el privilegio y la desigualdad. La aparición de una fuerza social incon- forme, de vigorosa raíz y tradición popular, que puede reconocerse en los símbolos y presencias del pasado, pero también en los hom- bres procedentes de la ruptura con las instituciones del oficialismo, marcó el retorno de la izquierda a la historia. Un regreso no menos sorpresivo ni paradójico por cuanto es a través del proceso electoral y no de “otras formas de lucha” como se decide y opera el cambio en la correlación de fuerzas, justo cuando desde la parte adversa la propia conciencia de la crisis también lleva al nuevo equipo salinista a bos- quejar una reforma modernizadora.
Luego del choque de trenes del 6 de julio de 1988 y habida cuenta de la persistencia de las mismas tesis que sirvieron para actuar antes del 1 de diciembre, tenemos la obligación de responder si es de veras necesario, para consolidar la fuerza del cardenismo, mantener el len- guaje, los tics y las formulaciones acaso apropiadas para la campaña electoral, pero absolutamente insuficientes para responder a las nue- vas realidades. A fin de cuentas, no podemos dejar de preguntarnos:
¿quién ha avanzado más y más rápidamente en estos meses?
El expediente de hallar chivos expiatorios para justificar retrocesos vale como autoconsuelo, pero no consigue explicar lo que tanto alar- ma y se critica. ¿Por qué el gobierno, pese a su aparente debilidad inicial, recupera lentamente puntos a costa de la oposición? En parte
–sólo en parte, hay que decirlo– porque las medidas para “aislar” en

su “ilegitimidad” al poder sólo se han traducido en aislamiento para quien alude por sistema a ellas. Sería un error, por ejemplo, creer que los foros u otras instancias de amplia participación reparan la crisis del 6 de julio o sustituyen la necesidad de fortalecer la más amplia democratización institucional. Pero es más riesgoso aún para una fuerza política que se está construyendo renunciar a la confrontación pública para exponer sus puntos de vista e influir, participar, aprove- char todos los espacios para hacer sentir su presencia aun cuando no se coincida con las formas que adopta el procedimiento de consulta.
A fin de cuentas, una vez borrada por la realidad la fantasía de que era factible imponer un cambio unilateral, resulta claro que el proceso para establecer nuevos vínculos entre la sociedad y el Estado, reconstruyendo las instituciones y la normatividad democráticas –en parte garantizadas por las leyes pero ausentes, caducas, incumpli- das o inexistentes en la vida real–, tiene que ser la conclusión de un proceso de reformas que a la izquierda más que a nadie interesa que sea convenido, pactado, discutido entre todas las fuerzas políticas. En suma: una reforma abierta y democrática no centralista y cupular, en la cual los electores, los ciudadanos, tengan voz y voto.
La crisis política, es obvio, sobrevino antes de que hubiese madurado en la sociedad la oposición política organizada. La discusión actual en el Frente Democrático Nacional en relación con las alianzas prueba que la nueva fuerza social aún debe decantarse, definir una identidad, un programa, los fundamentos que la conviertan en una fuerza crí- tica estable. Pero también en una opción positiva, capaz de concebirse siempre como parte corresponsable de un todo democrático sujeto a normas y convenciones modificables pero legítimas que no pueden sur- gir más que de un nuevo pacto democrático que consolide otra razón de ser estatal no autoritaria que admita la mal denominada alternancia en el gobierno, el respeto al voto, condición sine qua non para la demo- cracia sostenida en un régimen de partidos.
Hoy las expectativas de un cambio acelerado promovido por la opo- sición parecen más lejanas. El gobierno ha ganado espacios e inicia- tiva, y aunque la inconformidad de base subsista y tienda a organi-

zarse, la enorme convergencia cardenista ya no puede sostenerse a partir de la prédica de la ilegitimidad como único hilo conductor del discurso y la actuación pública de una corriente de suyo diversa que aglutina el interés democrático de varios sectores.
Por eso, hoy, más allá de las tareas organizativas, los deslindes y reagrupamientos inevitables, de la denuncia y la propaganda nece- sarias, hace falta debatir con seriedad la política y el programa de gobierno puesto en marcha desde el 1 de diciembre. Pero también urge definir una propuesta propia. Antes del 6 de julio las fuerzas go- bernantes subestimaron la capacidad de sus adversarios para la con- tienda electoral. Hoy, la oposición puede equivocarse al sobrestimar su fuerza y dormirse en sus laureles. ¿No es ya la hora de realizar un esfuerzo convincente para ratificar todos los días que se aspira a ser gobierno y no la oposición perpetua, lo cual implica contribuir por todos los caminos –incluidos los “inocuos foros” y otros escenarios– a definir una posición y cambiar las condiciones, el ambiente general, las ideas prevalecientes, los estilos, el lenguaje, en fin, parte de esa cultura que tiene que modificarse de modo sustantivo para hacer im- posible el monopolio del poder, la justificación del fraude, el partido de Estado y, al mismo tiempo, la injusticia y la desigualdad?

Partido democrático
o marginalidad política

La Jornada , 10 de abril de 1989

En las próximas semanas terminará la etapa preparatoria del congreso o convención en donde será formalizado el nacimiento del prd. También habrá concluido la alianza electoral que dio éxitos nunca imaginados a los partidos integrantes del Frente Democrático Nacional.
La retirada del grupo encabezado por Rafael Aguilar Talamantes, previsible y todo, ha cumplido con una función similar a la de una mina de profundidad contra el casco de la nave cardenista: probar la vulnerabilidad del bloque oposicionista una vez alcanzadas las metas a las que aspiraban cada uno de los partidos del Frente. Dividido y sin prestigio, el antiguo ex Partido Socialista de los Trabajadores consiguió revivir. Gracias al oportunísimo olfato de su líder, vinculó sus siglas y el emblema al cardenismo histórico a fin de canalizar la adhesión espontánea de numerosos votantes inseguros acerca de cuál partido representaba al mismo Cárdenas: cada uno de sus alia- dos –excepción hecha del pms, que se derrumbó– sacó una parte de la tajada electoral y consiguió sin grandes esfuerzos más, mucho más de lo que había siquiera imaginado ganar. Luego, satisfechos con los altos resultados obtenidos, haciendo caso omiso de la procedencia real de sus votos, cada uno se deslindó de cualquier proyecto unitario adu- ciendo unas u otras razones políticas organizativas.
Puede parecer legítimo o no; es acaso criticable desde el punto de vista moral, pero lo cierto es que nada los obligaba a ir más lejos una vez resulto a su favor el objetivo de vivir o sobrevivir a su propia pe- queñez política. El Partido Popular Socialista (pps) y el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (pfCrn) tienen de nue- vo todas las prerrogativas de ley, igual que el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (parm). Es inútil descubrir ahora la “traición” de Rafael Aguilar Talamantes o el oportunismo que lo singulariza. Lo

que resulta raro, en todo caso, es que la deserción no ocurriese antes, cuando todas las condiciones parecían más favorables para una gran representación del ferrocarril.
El asunto, empero, tiene una arista cortante que no depende de ese grupo y que consiste, llana y simplemente, en que también la otra parte actúa y asume su papel en el escenario y cada vez lo ocupa por más tiempo: el gobierno no ha perdido la oportunidad de fortalecerse en la misma y exacta medida en que la oposición parece decidida a debilitarse. Se podría decir, en este punto, que las fuerzas que emer- gen a la cabeza del “partido del 6 de julio” se empeñan en hacer una lectura genérica y, por tanto, errónea del sentido de la actitud oposi- cionista, al hacer como si ésta permaneciera intocada y homogénea, equiparable en grados de conciencia y radicalidad al minoritario elec- torado de izquierda que también votó por Cuauhtémoc junto a millo- nes de inconformes, potencialmente politizables hacia ese llano, pero que ahora se ajusta a nuevas condiciones.
Esta equivocada apreciación tampoco acierta a definir una pos- tura autónoma propia e independiente y se traduce en mero opo- sicionismo, que es la línea de la mayor ineficacia cuando aquél maniobra, concede, abre espacios y propone, sin que haya respues- ta alternativa ni coherencia en las declaraciones. No es un ries- go menor confundir la adhesión de sectores muy numerosos de la población pobre y desprotegida, con una patente para alzarse en tribunal de otras conciencias. El alejamiento de los intelectuales, digámoslo francamente, tiene mucho menos que ver con dádivas o concesiones a un sector que ya tiene mucho de privilegiado, que con la torpeza para comprender sus necesidades democráticas, en muchos sentidos irreducibles a las urgencias vitales, prioritarias si se quiere, de los grupos de interés más indefensos. Se confunde, en general, el grado de compromiso que se manifestó mediante el voto. Por eso, hoy la crítica adquiere un tono que revela de nue- vo una inexplicable vocación por la marginalidad y la estrechez, cuando se tiene la fuerza real para influir y decidir más allá del debate contestatario.

El prd puede y debe construir un proyecto nacional y democrático; convertirse aquí y ahora en el partido de todos, aspiración auténtica y legítima de una fuerza social y política que tiene la ambición de representar los intereses de la mayoría pero también la vocación de gobernar con ellos. Pero nada se gana ni se avanza con declinar ta- reas que corresponden al nuevo desarrollo de la situación; ya no es posible seguir creyendo que el partido naciente debería parecerse, por su estructura y su política, a otros que le precedieron. Esos ya fraca- saron para la política democrática. Y aunque hicieron importantes contribuciones a la difusión ideológica, jamás probaron que estaban en condiciones de crecer y desarrollarse más allá de una infranquea- ble línea marginal, por eso desaparecen. No es el caso del prd. Éste puede todavía recorrer un largo camino sin encerrarse en camisas de fuerza organizativas ni caer en formas implícitas de homogeneización o igualitarismo político. Puede y debe mantener la frescura de sus orí- genes plurales y diversos, la multiplicidad de impulsos democráticos que le dieron visos de realismo a la perspectiva del cambio.
Pero también puede empequeñecerse, dilapidar su fuerza potencial en una línea de vuelta a la tradición izquierdista del golpeteo propa- gandístico milenarista, sin opciones para el mundo terrenal. No es posible que Cuauhtémoc Cárdenas, por ejemplo, tenga que declarar todos los días sobre uno y mil temas sin que no se le rodee de un au- téntico equipo de dirección real y eficaz para atender las necesidades crecientes de la política moderna. El nuevo partido tampoco puede crearse prescindiendo del hecho político que es el liderazgo de Cárde- nas, cuya conducta e imagen públicas le ganaron más adhesiones, si cabe, que su propio nombre.

El último congreso del pms

La Jornada , 8 de mayo de 1989

Lenta, diríase penosamente, el contingente socialista llega a su último destino: el Congreso de disolución del Partido Mexicano Socialista, que será para la historia el final de una dinastía que arrancó en 1919, cruzó los sesenta años del Partido Comunista Mexicano y sobrevivió gracias a las sucesivas transfusiones que fueron el Partido Socialista Unifica- do de México y este pms que ahora languidece sin pena ni gloria. Atrás quedan sepultadas montañas de retórica doctrinaria sobre el partido y la ideología socialistas. No hay mucho que lamentar. El paso que se dará en los próximos días podría, debería ser un reencuentro con la realidad histórica, ese deus ex machina al que la pasión y la entrega de los viejos tiempos jamás concedieron privilegio.
Nada en contra de la voluntad, ni siquiera los tercos hechos, fue la divisa autodefensiva de los círculos de propagandistas que inventaron el bolchevismo, mismo que en México siempre fue más una conducta, una actitud cultural, que una política, al menos una política eficaz. Ese reencuentro sería posible siempre que la pretensión de unir en un solo partido democrático corrientes distintas no se resuelva, como en otros momentos recientes, a favor de una supuesta superioridad de principios (no justificada) del socialismo “histórico”, cuyos títulos para reclamar la hegemonía ya no parecen tan válidos ni transparen- tes ni tampoco verificables.
El socialismo que va al Partido de la Revolución Democrática es en su mayoría una suma de corrientes cuya matriz original no es otra que el mismo pCm, más aquellas que se formaron luego en la ruptura ideológica –pero también política– con algunas de las premisas orien- tadoras de la izquierda tradicional. Pero el socialismo que hereda el pms al prd no es un nuevo socialismo. No es el socialismo democrático, sino el viejo socialismo que halló en la democracia la oportunidad para hacer la revolución inevitable pero siempre pospuesta por la his-

toria. Hablo aquí, desde luego, de la línea política dominante, no de los miembros del pms como individuos o militantes.
El pms no lleva al prd su propio balance autocrítico de una actua- ción desastrosa. Tampoco transfiere al nuevo partido una mínima reflexión teórica que sostenga en pie la necesidad de una elaboración propia, socialista. Lleva, sí, los tics y los mismos prejuicios del pasado. Por ejemplo, no se atreve a llamar a los nacionalistas por su nombre, pero les endilga el apelativo de patriotas, como si otros no lo fueran, para no incurrir en pecado mortal ideológico. No confía en los métodos de- mocráticos para alternar el gobierno, sino en el “relevo del poder”, ma- nera eufemística de nombrar lo que de antiguo se reconoce como “con- quista del poder”. No aspira a la democracia si no es como consecuencia o resultado de la creación de “un nuevo poder”, es decir, de un nuevo Estado, con lo cual el discurso se divide de manera esquizofrénica en la vieja fórmula de exigir la democracia burguesa (electoral) para alcan- zar el poder, no el gobierno, y la auténtica democracia que será creada en el futuro bajo el imperio del nuevo Estado. Es decir, una concepción del tránsito a la democracia equivalente al periodo de transición de los clásicos, sólo que éstos solían llamar a las cosas por su nombre.
Igual instrumentalización de la democracia y las alianzas prevalece en el diseño que el prd heredará junto con varios de los cuadros dirigen- tes procedentes del pms. Dicha política no está equivocada por ser “vieja”, sino porque es la misma posición que ha probado una y otra vez su im- pertinencia. Es la concepción metafísica de la revolución, concebida como destino fatal. Se nos propone como revolución política, es decir, como la forma restringida –democrática– que abre el camino a la verdadera revo- lución social, justo en el momento mismo que comienza a madurar en la sociedad mexicana la posibilidad de crear un consenso por la democracia. Es ahora –anótese– cuando el ala radical del movimiento otra vez se se- para voluntariamente de la corriente principal de la época y proclama su propia verdad democrática como un principio que, lejos de unir, tiende de nuevo líneas divisorias y genera una dinámica de confrontación y divisio- nes. Esta postura no prosperará porque se niega a ver en los signos otros contenidos distintos de aquellos que les dictan la voluntad y las ganas.

El contexto

La Jornada , 11 de mayo de 1989

En una de sus espléndidas novelas cortas, una inquietante parodia a la que Leonardo Sciascia llamó El contexto, el inspector Rogas recibe, como un disparo a quemarropa, la pregunta sibilina:
“¿Ha leído usted a Pascal?”
“Lo he leído”, responde Rogas, indolente.
¿Leer a Pascal? Y, sin embargo, la pregunta es pertinente en una historia política que tiene como trasfondo la degradación de la de- mocracia por el juego de los poderes reales. La apuesta utilitaria de Pascal a la existencia de Dios y, por tanto, a la vida eterna, trasciende la esfera religiosa, pasa “de la metafísica a la historia” como apuesta por la revolución. “El más allá es la revolución”. Negarla equivale a la posibilidad de perderlo todo. Si apuesto por ella, en cambio, ¿cuál sería el precio?: “Si no llega no pierdo nada, si llega lo gano todo”, concluye Sciascia, por boca de uno de sus personajes.
La apuesta por la revolución, si es que así puede decirse, deja de ser un asunto de la teoría del movimiento de “lo real”, o el resorte de profundas motivaciones éticas y psicológicas, sobre todo cuando la idea simplista de que la revolución vendrá, como un Mesías, con la fuerza de una sacudida telúrica, para remover los males de la Tierra, queda como un sedimento de la vieja cultura radical, volun- tarista, cada vez más contrapuesta a las realidades resultantes de las auténticas revoluciones, las que surgieron de situaciones y con- diciones en las que no hubo lugar para otras salidas. Pero también es una paradoja fundada en la actitud pesimista, negativa, que sue- le acompañar al activismo: dado que la actualidad de la revolución, concebida como superación inmediata y radical del capitalismo, no está ya en el horizonte, los intentos por convertirla en una cuestión práctica son cada vez menos pertinentes e irrealizables, más ideo- lógicos o doctrinarios, es decir, más subjetivos y apartados del curso

real del “movimiento” nuevo, inasible, sujeto de la acción política radical.
El misticismo sustituye así a la antigua conciencia: ahora la crisis social se equipara a la suma de las crisis individuales en las que se incuba y se expresa el rechazo intelectual a la situación existente. No se ven salidas por ninguna parte, aunque toda crisis sea la prepara- ción para un cambio; una solución que, satisfactoria o no, resuelva las contradicciones que la originaron. La revolución, o más bien, la acep- tación de su inevitabilidad, no requiere aquí de una demostración teó- rica, científica. Tampoco es ya el ideal acotado por una concepción de la historia y la sociedad, la pertenencia de clase, la cultura o la lucha política. Deviene aspiración mística, dibujo metafísico de lo deseable, asunto de fe o cínico utilitarismo pascaliano.
La izquierda mexicana tiene ante sí la responsabilidad de precisar con claridad cuál es su posición actual al respecto. A qué le apues- ta. Hacer como que no existen diferencias, aun entre quienes se au- tocalifican como revolucionarios –término equiparable al concepto vanguardia, tan caro en otros contextos ideológicos y partidistas–, es un error. Hoy coexisten al menos dos concepciones del “proyecto revolucionario”. Una que prolonga la herencia histórica incumplida de la Revolución mexicana y la inserta en un programa que aún no es actual, moderno. Otra, que niega en su esencia dicha herencia: la combate, pero se plantea avanzar con sus partidarios en el terreno común de la “revolución democrática”. No es cuestión de nomencla- turas. Es un asunto que no admite medias tintas ni ambigüedades y debe responderse con la mayor precisión, cualquiera que sea la pos- tura adoptada. ¿Es posible hoy, aquí y ahora, avanzar en la reforma democrática del Estado, la economía y la vida social sin una nueva revolución? ¿Es posible y está al alcance de la izquierda crear las condiciones para un inmediato “relevo del poder” sin sustituir al Es- tado? ¿Es factible que tal revolución exitosa se conciba sólo como una revolución “antioligárquica” contra el pri, sin trocar los centros del poder real? ¿O es factible otro curso de acción capaz de unir todos los esfuerzos democráticos nacionales?

Estas preguntas tienen sentido habida cuenta de la línea política que ya emerge de los socialistas organizados hasta hoy en el pms como herencia para el prd. Se trata, ahora, de darle coherencia “ideológica” al antipriismo como fundamento de la táctica y la política de alianzas, pero también como justificación tardía y débil para tolerar que el plu- ralismo de la sociedad se cuele en el seno del partido, pecado mayor si de lo que se trata es de cristalizar, como en otros tiempos, un nuevo momento en la formación del partido obrero y no de sepultarlo.
Para resolver el dilema se tiende un puente, un común denomi- nador revolucionario que une en el antipriismo el programa de los “patriotas” demócratas consecuentes con la radicalidad democrática de los socialistas, toda vez que su tarea histórica incluye –pero no se agota en ella– la democracia que, como quiera, luego de la futura y mayoritaria revolución antipriista adquirirá nuevos contenidos.
Entre tanto, socialismo y democratismo volverán a inscribirse –y descubrirse– en “el movimiento de lo real”, al margen de la ideología.
¿Sería ésta la apuesta de Marx en el Manifiesto comunista? ¿Usted apuesta?

Para un diario sin nostalgia

La Jornada , 18 de mayo de 1989

No fue el congreso de la nostalgia. Si ésta evoca situaciones irrecupe- rables, algunos delegados quisieron, inútilmente, repetirlas; pero el país no es ya el de 1981 ni el pms, pese a tantas continuidades y apa- riencias, recordadas en estos días, es más el viejo Partido Comunista. El anunciado debate acerca de “la renuncia al socialismo” no se con- virtió en un alegato coherente sobre su vigencia como objetivo actual: más bien quedó en esa tan conocida versión utilitaria y empequeñe- cida de las cosas, a la que suelen reducirse las grandes confrontacio- nes en la izquierda. La cuestión sustantiva sobre las relaciones entre democracia y socialismo fue relegada al tema estatutario; a definir el lugar que ocuparán las corrientes en el nuevo partido, cuyo espacio ya había sido recortado con las mismas tijeras del monolitismo, propio hasta ahora sólo de algunos partidos autoritarios.
Por lo demás, salvo intentos más serios de una porción de sus dele- gados para darle asidero a sus reclamos, desde la tribuna se profieren y repiten decenas de frases hechas, auténticos “saludos a la bande- ra” y, al fin, pragmatismo y paso ligero, pocas preguntas incómodas y cero autocrítica, en un congreso deslavado, correspondiente a un organismo carente de identidades profundas y próximo a un final sin sorpresas. Pocos se cuestionaron todavía cómo y por qué el partido “de la democracia más consecuente”, pese a su radicalidad política, perdió crédito, espacio y fuerza ante otros protagonistas cuyo pro- grama y figuras principales provenían del grueso tronco de la Revo- lución mexicana. No bastan, en este punto, las referencias continuas al fracaso de la candidatura pemesista ni a la errática o titubeante actitud ante la cuestión de la candidatura única. También, eso, cabe señalar, forma parte de lo que debe ser explicado para entrar de lleno a la discusión que parece pertinente y que conduce al análisis de qué es lo que ha cambiado en la sociedad mexicana, por efecto de la crisis,

pero también por la maduración de las fuerzas sociales creadas por décadas de desarrollo, la urbanización, los sistemas de comunicación y el desigual crecimiento de los servicios sociales, en particular la educación.
Si queremos un nuevo entendimiento de y con la realidad; si para la actividad política es preciso un nuevo realismo fundado so- bre principios democráticos, no menos urgente que la atención a los movimientos populares es su comprensión en este marco general de transformaciones sociales. No es posible tratar de explicar todas las situaciones a partir de la preeminencia del movimiento, aun en su más precaria espontaneidad, como acción de los grupos de interés que tendrían un valor expresivo directo en relación con la “estructura”.
El avance de un planteamiento democrático tiene que elaborar tam- bién una aproximación reflexiva en torno al sujeto político capaz de proponerse como protagonista de una concepción no instrumental del Estado. El reto para las corrientes socialistas consiste en destacar, de entre el conjunto de intereses que se conjugan, aquellos que permitan construir una alternativa propia, creíble y practicable sin quebrantar la formalidad representativa del Estado democrático. Sin incurrir en fidelidades abstractas o incumplibles haría falta un programa social que no divorcie al individuo en su doble calidad de ciudadano y tra- bajador productor o, en otras palabras, que no oponga economía y política como esferas irresistiblemente opuestas. Pero esto requiere que la democracia sea consustancial al programa socialista.
Hoy, cuando el pms muere y deja su registro legal para que crez- ca el prd, se hace todavía más urgente este debate. Un partido que quiere agrupar a la mayoría de la izquierda de este país, desde las corrientes nacionalistas y democráticas hasta la columna central de comunismo mexicano, tiene que precisar más aún sus concepciones, en primer lugar la que se refiere al tránsito hacia la democracia. La idea aceptada por muchos, según la cual la democracia sólo es posi- ble luego de una revolución democrática, no puede inaugurarse en la práctica renunciando a las batallas políticas que permitirían, en todo caso, abrir un espacio real a un régimen de partidos, efectivamente

opuesto al partido único o de Estado. El pms actuó correctamente al ofrecer su registro al prd como prueba de una voluntad sin dobleces. Pero hoy ya no parece tan claro el expediente de asumirlo sin reco- nocer que la campaña por el registro inmediato y puntual del prd era una vía ancha para clarificar si avanzamos o nos hundimos en otra crisis política sin salida democrática.
El prd está en sus inicios. Pronto sabremos qué tanto ha madurado como alternativa nacional.

El partido del sol naciente

La Jornada , 22 de noviembre de 1990

Luego de cuatro largas jornadas en mesas de trabajo, comisiones y plenarias, en un clima dominado por los últimos sucesos electorales de Hidalgo y el Estado de México, el pasado 20 de noviembre con- cluyó el congreso del prd. El partido que “nació el 6 de julio” tiene ahora una legalidad interna definida: posee Estatutos, Declaración de Principios, un presidente nombrado por el congreso y una direc- ción nacional que refleja la composición política en torno a la figura prominente de Cuauhtémoc Cárdenas. No hubo los desgarramientos ni el caos que varios predijeron, pero tampoco fue el edén democrático que algunos venerables dirigentes decretaron cuando cayó el telón en el viejo cine Ópera. Igual hubo intolerancia decepcionante y exclusio- nes, taches, acuerdos sin consulta mal elaborados y peor planteados, que por momentos la asamblea supo rechazar.
Si quitamos la hojarasca retórica acerca de la unidad, es posible intentar una primera conclusión sobre el congreso: en la perspectiva de 1991 (“conseguir la mayoría legislativa”) más allá de promesas discutibles o incertidumbres políticas o simples profecías, el congreso ha sido la prueba de fuego para la consolidación de la dirección car- denista después de un año y medio de ensayo y error. El Partido de la Revolución Democrática se unifica ahora bajo un nuevo centralismo dirigente que goza hoy de vías francas, estatutarias, para consolidar una dirección con enorme autonomía política y organizativa. Bajo la fórmula que combina idealmente como principio no contradictorio la máxima representación en el Consejo con el máximo de centralismo
–con medios democráticos de elección– en los órganos ejecutivos, Cár- denas es el gran vencedor de este congreso. Nada hay de inespera- do en el hecho. Pero ahora añade a su indiscutido liderazgo político y moral, el cargo oficial –no reelegible por disposición estatutaria– de presidente del partido en el marco de una estructura vertical sui

generis. En ella, el presidente del partido adquiere una legitimidad particular o exclusiva, distinta a la del Consejo Nacional, que es el órgano máximo entre dos congresos, instancia al cual se resolvió (en último recurso de votación) que se unieran también, por una sola vez, como miembros con plenos derechos, la totalidad de los legisladores más una representación proporcional por cada estado, con lo cual di- cho Consejo refuerza más todavía su inevitable carácter deliberativo, fragmentado, sectorial. Al fin reflejo de la realidad histórica que lo incuba, el Partido de la Revolución Democrática no es ajeno a ella: es un conjunto muy heterogéneo y abigarrado, tanto por la extracción social de sus miembros como por la rica confluencia de experiencias políticas diversas y aun contradictorias; con innumerables problemas de organización, como cualquier partido nuevo, pero también con de- finida voluntad de poder y aspiraciones democráticas que aún están muy lejos de cristalizar dentro de sus propios ámbitos.
En relación con el Acuerdo Nacional para la Democracia, tema po- lítico central del congreso, es ilusorio pensar que la cuestión está re- suelta. A veces da la impresión de que todavía no se ha planteado con rigor. Es poca la elaboración política, nulo el planteamiento teórico. El debate prosigue. El mismo Cárdenas hizo algunas precisiones que matizan o flexibilizan las primeras declaraciones del prd. Se insiste en condicionar la participación electoral al respeto al voto, pero se sabe también que no hay otro camino que las elecciones para acceder al poder. Hay que esperar al dictamen sobre la propuesta política para saber si en este punto se recogen nuevas ideas o se repiten las viejas fórmulas que, en verdad, corresponden a un frente electoral o a un pacto contra el fraude.
Y es que el Acuerdo Nacional para la Democracia, como ya lo he- mos señalado, no es un programa de “lucha” más. Al contrario, es una propuesta estratégica de largo alcance dirigida a todas las fuerzas políticas sin distinción, en virtud de que la reforma democrática a la que arribaría un proceso de transición puntualmente discutido y pactado corresponde a los intereses más generales de la nación. La democracia es un proceso de cambios sustantivos en la correlación de

fuerzas y de reformas y acuerdos concretos, no es una etapa que se alcance en una sola tirada. Ni puede implicar otros acuerdos que no sean aquéllos relativos a las garantías para asegurar la elección y el relevo de gobernantes en todos los niveles. En una palabra, asumir el compromiso de cambiar la racionalidad del Estado. La cuestión central para la transición democrática no consiste, pues, en “sentar al pri” a discutir mañana con las demás fuerzas los alcances de un acuerdo formal. Pero hay que crear un ambiente que permita hacerlo en un futuro próximo. No está en juego el destino de los partidos, que lo está, sino el mañana democrático de México. Lo que interesa diluci- dar fríamente es si, dadas las condiciones internas e internacionales, al- guna fuerza política puede desinteresarse del proceso democratizador hasta el punto de no considerarlo parte virtual del acuerdo necesario.
La propuesta de condicionar la participación electoral al respeto al sufragio y la defensa del voto fue acompañada, en general, de una valoración crítica del nivel de participación actual, en contraste con el vacío triunfalismo sectario de algunos líderes (“sin fraude, el pri no ganaría ninguna elección”). La participación fue intensa, plural, en todas las mesas de trabajo, y aunque se advierte que el debate políti- co aún carece de espacios propios, es muy débil o se limita a círculos muy reducidos, es visible también que hay una necesidad colectiva de renovar los conceptos que integran el núcleo duro y voluntarista del discurso de las denuncias. El prd está obligado a inaugurar espacios para desarrollar un real juego democrático interno, donde la crítica deje de asumirse como trivialidad intelectual innecesaria ante la pre- sunta transparencia de la realidad o las emociones.

México, ¿país de izquierda?

Configuraciones , núm. 33, julio-diciembre de 2012

Las notas al vuelo que forman este texto sirvieron para la redacción de varios artículos periodísticos, entre ellos el publicado en enero de 1991 en el Cuaderno de Nexos con el título “Adiós a los principios re- dentores”. Fueron escritas como parte de un examen más amplio (que no culminó) sobre la naturaleza de la izquierda mexicana, cuyo perfil, presencia y programa se habían visto radicalmente transformados con la fundación del prd y la caída del socialismo real que marcó el fin de toda la época. Definir a la izquierda conforme al nuevo contexto político e ideológico global resultaba absolutamente necesario para trazar una perspectiva nacional, sobre todo porque la aparición del perredismo planteaba la posibilidad de pasar a una fase de transición democrática que exigía una estrategia consecuente ante las manio- bras del poder y los cambios ya ocurridos en la sociedad mexicana.
En la nueva coalición de fuerzas se agrupaban corrientes que en el pasado reciente habían discrepado en temas sustantivos de la historia o la ideología, o que asumían enfoques diversos en cuanto al significado de la tareas del presente, de modo que la búsqueda de una alternativa pasaba por saber qué dejábamos atrás y precisar los objetivos de corto y mediano plazos que dependían de hacer una reflexión a fondo sobre las opciones nacionales. Por desgracia, las condiciones concretas en las que se desplegó el partido, la virulencia de quienes se le oponían y las dificultades internas para organizar la discusión cancelaron dicha posibilidad. Lejos de agrupar a la izquierda a partir de un denomi- nador común más complejo, donde el pluralismo democrático quedara reconocido, se impuso la fragmentación por corrientes, la inercia de la contestación y el pragmatismo de los dirigentes. Los grandes debates pendientes se redujeron a su mínima expresión y la línea del partido, a la repetición de una serie de consignas cada vez más alejadas del estallido popular de 1988. Dado ese clima, Pablo Pascual, José Wolden-

berg y el que esto escribe decidimos renunciar al partido mediante una comunicación directa a los órganos de dirección, misma que se repro- duce más adelante, junto con una declaración pública que al respecto hicimos en una conferencia de prensa. La lectura de tales documentos, pienso, puede ser útil para valorar al prd en la perspectiva de repensar la definición de la izquierda que hoy necesitamos, toda vez que estamos ante un nuevo ciclo político y organizativo (octubre de 2012).
1. País de revoluciones en un siglo revolucionario, a los ojos del mundo México siempre fue un país “de izquierda”. El frondoso árbol mexicano, “mal despertado de su pasado mitológico”, seduce los ojos del observa- dor, como si se tratase de un gran fresco mural pintado con tonos sua- ves pero trazos duros sobre la piedra. El mundo mexicano de los años treinta consagra el encuentro de la modernidad radical de la revolución social con esa historia milenaria, recuperada a partir de una violenta conmoción popular, nacionalista. A fines del sexenio de Cárdenas, Méxi- co “arde de todas las esperanzas” defraudadas en otras revoluciones, es- cribe André Breton en un bello “Recuerdo de México”.3 Sorprendido en el trance de resolver el atraso milenario mediante la violencia, el mundo mexicano aparece como un misterio que convida a la “meditación sobre los fines de la actividad del hombre”, debido a ese “ poder de conciliación de la vida y la muerte” que es “sin duda alguna el principal atractivo de que dispone México”. Tras el enigma nacionalista, “el hombre armado está siempre allí, con sus espléndidos andrajos, como sólo él puede ele- varse súbitamente desde la inconsciencia y la desgracia”. Reunido con Trotski y Rivera, el poeta vibra con las imágenes que desfilan ante sus ojos y no oculta su confianza, pues, no obstante la corrupción que se adueñó “de gran parte del aparato de Estado”, al menos queda “en el mundo un país donde el viento de la liberación no ha amainado”. Para él lo importante es que la revolución no se detenga y sirva con su formi- dable obra material para la causa de “transformar al mundo”.

3 André Breton, “Recuerdo de México”, en Gaceta de la Universidad Veracruzana, nueva época, núms. 59-60, noviembre-diciembre de 2002. Disponible en: <http://www. uv.mx/gaceta/Gaceta59-60/59-60/pie/Pie07.htm>.

Esa visión revolucionaria asida a la historia se mira en el espejo de la geografía que le da densidad, razón de ser. La reflexión en torno a la vecindad con la potencia dará lugar al nacionalismo conservador pero también al antiimperialismo, matriz ideológica común que nutre to- das las variantes del pensamiento izquierdista mexicano, aun cuando cada segmento, corriente o fracción aduzca principios o singularida- des intransferibles. Al cabo, un resultado: la institucionalización de la vida pública gracias a un Estado sorprendentemente fuerte y estable será obra de la revolución.
2. Los puntos cardinales del mapa político están claros: la revolu- ción, con todas las tendencias que la animan, ejerce su privilegio de ocupar todos los espacios, al punto de que la presencia de México en el mundo tiene el sello de agua de la izquierda, la marca de la casa. Iden- tificación que persiste en la ideología, entre ambigüedades, traiciones e inconsecuencias, hasta los años sesenta, cuando el tema vuelve a plan- tearse a raíz de la crisis sindical y la Revolución cubana. “Para decirlo de una vez –escribe Enrique González Pedrero en la primera entrega de El Espectador, en 1959–, la crisis de la Revolución es la crisis de la izquierda y la crisis de la izquierda es la crisis de la Revolución”.4

4 La revista El Espectador se publicó en la ciudad de México entre mayo de 1959 y abril de 1960. Víctor Flores Olea, uno de sus animadores, recuerda: “El Consejo Direc- tivo, con rotación mensual de los responsables, estaba integrado por Carlos Fuentes, Jaime García Terrés, Francisco López Cámara, Luis Villoro, Enrique González Pedre- ro y el que esto escribe. En el plano nacional, nos pronunciábamos sin vacilaciones por una democratización que debía penetrar en todos los ámbitos, los sindicatos y desde luego el pri, y por una redistribución radical de la riqueza nacional, en la perspectiva de las clases más necesitadas, y por una salud y una educación que fueran las líneas maestras del nuevo país que se quería”. Víctor Flores Olea, “Carlos Fuentes: un poco de vida en común”, en Revista de la Universidad de México, nueva época, núm. 106, di- ciembre de 2012, pp. 10-12. Disponible en: <http://www.revistadelauniversidad.unam. mx/ojs_rum/files/journals/1/articles/168/public/168-1215-1-PB.pdf>.
Para puntualizar la aportación del grupo editor, ver: Guillermo Hurtado, “Un an- tecedente de El Espectador: críticas a la Revolución mexicana en 1959”, en Literatu- ra Mexicana, vol. XXI, núm. 2, 2010, pp. 15-25. Disponible en: <http://www.revistas. unam.mx/index.php/rlm/article/view/20482>.

3. Si, a diferencia de otros países, como Chile o Argentina, aquí no hubo un partido socialista ligado a la clase obrera, capaz de educarla en la defensa de sus intereses, tampoco tuvimos partidos democrá- ticos con arraigo y planteamientos rigurosamente nacionales. Sola- mente el pan se mantiene como un partido electoral, pero durante muchas décadas resulta muy doctrinario y elitista, casi marginal. Por su parte, el Estado, al fin consolidado tras el periodo de grandes refor- mas cardenistas, no desemboca en una “democracia social” ni en una democracia a secas, de tal modo que, absorbido por el partido oficial, el juego político partidista siempre será precario, cuando no inexis- tente, administrado desde las alturas presidenciales con mezquindad y temor, a cuentagotas, aunque los intereses en pugna también esta- llen de vez en vez como conflictos electorales.
4. La izquierda histórica nacerá grosso modo de dos grandes ver- tientes: la que proviene del nacionalismo reformador que se concen- tra en el cardenismo, expresión del ala radical que aspira a cumplir cuanto antes el programa social de la revolución, y la que se esta- blece en México como una consecuencia directa de la actividad de la III Internacional luego de la Revolución de Octubre: el comunismo. Mientras que la primera se afirma en la tradición liberal mexica- na, de la que se considera legítima heredera, el socialismo aspira a fundar su legitimidad en la necesidad universal de la revolución proletaria. El socialismo, doctrina o visión del mundo, será su idea fuerza para el futuro, y una nueva revolución soviética, su obsesiva finalidad.
5. La izquierda socialista nunca pudo desenredar la compleja ma- deja histórica en la cual despliega su actividad. Juega con clichés ante una realidad que no se aviene a los manuales y tropieza con ella una y otra vez. Quiere crear sóviets, colectivizar las tierras, derrocar a la “burguesía”. Durante el periodo de mayor sectarismo combate a San- dino. Sueña con la revolución proletaria, tropieza sin orientarse en su propio espacio social. Aun así, la izquierda comunista, errores apar- te, organiza y dirige extraordinarios movimientos agrarios, obreros y culturales; sus líderes son hostilizados o encarcelados; sus militantes,

perseguidos o expulsados de sus trabajos. En el terreno de la cultura, los grandes muralistas dejan una huella imborrable.
Es el gran viraje de los años cuarenta el que hundiría la esperanza depositada en la reanimación revolucionaria. Pero no es a esta izquierda a la que pueden atribuirse los pecados estatistas o las desviaciones an- tidemocráticas que se fortalecen en el movimiento de masas impulsado por la revolución. Al contrario: un examen objetivo a tono con la historia intelectual y política de la izquierda socialista debería reconocer la di- fícil, a veces azarosa y casi siempre sectaria búsqueda de la autonomía ideológica respecto de las fuerzas gobernantes procedentes de la revolu- ción, con las cuales, por periodos, coincide y colabora, mientras en otros momentos las combate. La izquierda socialista recorrió un largo, dramá- tico y doloroso camino, pero no consiguió romper con el diktat soviético y ganar su independencia (baste recordar el asesinato de Trotski).
6. Fue mucho más tarde, al calor del ascenso de la lucha sindical encabezada por Demetrio Vallejo y los comunistas, pero sobre todo a raíz de la represión que le sigue, cuando se comenzaron a escuchar otras voces en la izquierda. No todos los disidentes del régimen se preparan para el socialismo, pero ya hay otras interrogantes en el ambiente. Por ejemplo, en El Espectador antes citado, el grupo edi- tor afirma: “El paternalismo, necesidad en 1929, es vicio en 1959”, y líneas adelante se pregunta: “¿Acaso es incompatible el progreso de México con el ejercicio de la democracia?”. Si la solución de los problemas del México moderno requiere la concurrencia activa de la izquierda, ésta debería estar en condiciones de:

… cobrar nueva vida y nueva unidad a la altura de la nueva exi- gencia histórica de la democracia mexicana […] dejar de ser la iz- quierda desde arriba, usada más tarde como adorno progresista del Estado, para convertirse en la izquierda desde abajo, fundada en un hecho irreversible: el movimiento de la independencia sindical.

Los editores, preocupados por la desunión que pulveriza la fuerza de la izquierda, advierten que no creen que “izquierda y sectarismo

sean sinónimos”. Ya entonces, en 1959, el águila de la revolución ha iniciado su vuelo declinante. El poeta Pablo Neruda, que vivió un dorado exilio entre nosotros, recuerda en un punto sincero de sus me- morias: “Era la democracia más dictatorial que pueda concebirse […] Cuando decidí regresar a mi país comprendía menos la vida mexica- na que cuando llegué a México”.5
7. La izquierda que se mantiene al margen del Estado, al que cri- tica o combate, elabora y expresa un modo de ser particular que no desborda los linderos de la cultura política puesto que se erige entre dos ascendientes revolucionarios que tienen en común un proyecto inconcluso de justicia social, acaso transfigurado en simple mitología. La doble fidelidad de la izquierda a la versión “popular” de la Revolu- ción mexicana (sobre todo al zapatismo) y al socialismo soviético (es- tatal), al antiimperialismo reformador como afirmación nacional (ex- propiación petrolera), así como a la legalidad constitucional para el perfeccionamiento de la democracia, será el universo ideológico de las fuerzas progresistas mexicanas. Aunque son notorias las diferencias que separan, digamos, al lombardismo de la militancia comunista, ambas corrientes convergen con la corriente progresista cardenista que actúa en el partido oficial e incluso comparte algunas posiciones de poder. El nacionalismo –o al menos un cierto tipo de nacionalismo– tiene el rostro de la izquierda. Por ejemplo, las sociedades de amigos de los países socialistas son cotos reservados a “las personalidades progresistas” que en general comparten el ideal socialista, pero re- húsan establecer un compromiso militante con el Partido Comunista Mexicano, al que algunos pertenecieron y al que otros ayudaban a sostenerse. Al fin y al cabo, la Unión Soviética siempre tuvo amigos (como Vicente Lombardo Toledano), contrariando la opinión de los comunistas.
8. El primer paso para la emergencia de otra izquierda marxista-le- ninista fue, pues, el ajuste de cuentas con la Revolución mexicana.

5 Pablo Neruda, Confieso que he vivido. Memorias, Barcelona, Seix Barral, 1974, p. 229.

El XIII Congreso del pCm clausura la política oportunista del periodo anterior e inicia la ruptura definitiva con la tesis etapista-evolucio- nista que considera posible avanzar al socialismo como un desarrollo lógico de la Revolución mexicana, a la que tirios y troyanos entierran con el epitafio que le escribe cada secta –revolución burguesa, conge- lada, democrático-burguesa, traicionada–, pero el viraje, que tiene el saludable efecto de sacudir los polvos de otras épocas, las rutinas y demás telarañas teóricas, dejará establecida la tesis de la necesidad de una nueva transformación, tesis que reaparecerá como la catego- ría central de la estrategia de la izquierda comunista, en pugna con el lombardismo, el reformismo progresista y, claro, con la versión oficia- lista de la historia: el nacionalismo revolucionario. México, pues, ne- cesita otra revolución. Ésa es la conclusión esencial. Ya no se trata de cumplir con los objetivos programáticos insatisfechos del movimiento revolucionario de 1910-1917, sino de pasar a preparar una nueva re- volución que debe ser democrática y socialista.
9. La izquierda mexicana (clandestina o ilegal) hizo, pese a sus de- bilidades y desviaciones, una importante contribución a la democracia mexicana. No sólo se opuso a la desnaturalización de las organizacio- nes sociales, sino que durante los años difíciles constituyó la única voz disidente a favor de las libertades constitucionales y el pleno res- peto a los derechos ciudadanos y sociales. Asimismo, con increíbles dificultades participó en campañas electorales de las cuales, dadas las circunstancias, sólo podía derivar una cierta agitación política que por lo general resultaba muy débil.
Hoy se puede señalar, con razón, que la izquierda no tenía un pro- yecto democrático ni, por supuesto, una política electoral. En verdad carecía incluso de una propuesta de mínimos para las grandes cues- tiones de la economía o la política. En rigor, la ideología primaba sobre el programa y éste sobre la línea política. Si bien, en teoría, la democracia estaba a la orden del día, lo cierto es que no se confiaba en las formas representativas, ni tampoco el parlamentarismo parecía el marco adecuado para darle cabida al pluralismo político, administra- do a cuentagotas como concesiones del poder.

Aislada de la clase obrera, perseguida en el movimiento campesino, carente de cuadros ideológicos e intelectuales poderosos, las grandes figuras izquierdistas no son los líderes políticos sino sobre todo los artistas plásticos, algunos poetas importantes y escritores de la ta- lla de José Revueltas. Pero, fuera de la función de referencia que le asigna la guerra fría, la izquierda organizada lucha por sobrevivir en circunstancias muy difíciles.
10. Durante décadas los ideólogos de la Revolución mexicana cre- yeron que la democracia era un precepto legal, un principio justo pero ajeno e inaplicable a la realidad nacional. La verdadera democracia, en cambio, era aquella que propiciaba la justicia social, es decir, la igualdad real de los individuos organizados en sindicatos, ejidos y otras corporaciones. En esa apreciación coincidían, por motivos dife- rentes, con los marxistas, que también negaban la democracia bur- guesa –no la democratización– como un formalismo cuya función no era otra que enmascarar el dominio de clase sobre la mayoría. Esa desconfianza de fondo alineaba a quienes en México se declaraban revolucionarios: solamente el principio revolucionario podía crear y transformar la legitimidad del Estado, reproducida por la política de reformas que le daba continuidad. Aunque la derecha más reac- cionaria utilizó todos los medios –pacíficos o violentos– para arribar al poder, fue un segmento de las capas privilegiadas de la sociedad, opuestas al curso reformador del cardenismo, el que mantuvo como principio la bandera de la democracia.
11. En suma, seguía pendiente la necesidad (política) de llevar a cabo el ajuste de cuentas entre las dos concepciones autoritarias o no democráticas, que juntas (Lombardo) o por separado (el pri o los partidos de izquierda) todavía hace muy poco tiempo dominaban el panorama ideológico nacional. Por una parte, hacía falta criticar la idea en boga de que México vivía un permanente proceso de “perfec- cionamiento” de las instituciones democráticas. Dicha postura daba por descontado que el derecho a la libre elección de los gobernantes existía y el régimen era una democracia representativa. En rigor, la crítica a fondo de las instituciones reales no fue posible hasta que

apareció una fuerza capaz de disputarle la hegemonía a la coalición en el poder.
12. Muchos de los actuales dirigentes del prd vivieron hace ya treinta años los prolegómenos de esta historia. Nadie olvida aquel primer intento de unir bajo la figura del general Lázaro Cárdenas a todas las corrientes progresistas en un solo Movimiento de Liberación Nacional que, luego de un alentador inicio, no pudo sobrevivir a las diferencias y las tensiones internas, pero tampoco a las complejas presiones que se ejercieron desde el gobierno para cancelar la disi- dencia cardenista. Acaso sería bueno conocer mejor esa experiencia. Los que eran más jóvenes vuelven a la escena política luego de un desgarramiento histórico dentro del partido oficial, junto a muchos otros hombres y mujeres progresistas que se formaron en el aparato ideológico o político del Estado. Individual y colectivamente repre- sentan un nuevo tipo de oposición que sólo en un sentido genérico pertenece a la frustrante tradición del socialismo. Son mexicanos que buscan una alternativa (“progresista”) diferente para el país. Hacia 1988 rompieron con la estructura política burocratizada, cada vez más estrecha. Su objetivo inicial consistía en lograr la democratiza- ción del partido oficial y cumplir con las tareas pospuestas de la revo- lución. La geometría política los puso en la izquierda. Muchos de ellos fueron altos funcionarios, otros provienen de los ejidos sobrevivientes o gobiernan sus municipios. Son personalidades con prestigio local o regional, como lo son también las cabezas dirigentes de esa corriente que ahora forma filas en la oposición.
13. Es un hecho histórico que este partido nuevo sea, justamente, el Partido de la Revolución Democrática y no alguno de los que nacie- ron bajo la luz de la ideología socialista. El prd reúne naturalmente a miles de ex militantes socialistas, pero el partido como entidad au- tónoma no representa como tal la fusión de “dos corrientes”, la demo- crática radical y la socialista revolucionaria, cuya unidad dentro del mismo partido estaría condenada de antemano al fracaso, sin admitir que se trata de establecer con rigor la continuidad profunda entre el pasado revolucionario y el futuro democrático de la nación. Si esa

definición se anula en beneficio del democratismo “radical” que pueda imponerle el más “revolucionario” de los socialismos, el prd corre el riesgo grave de no cumplir ni con las tareas propias de la democracia ni con un bosquejo de programa socialista. El riesgo de confundir la radicalidad antigobiernista con posturas revolucionarias no es el me- nor en un partido que aún no define con claridad cuál es su postura ante el concepto “revolución democrática” que tantos subjetivismos complacen. ¿Revolución de quién contra quién?
14. A la hora de la democracia, la izquierda mexicana se encuentra atrapada entre sus mejores virtudes combativas y sus peores defec- tos: la raíz popular y plebeya de la base que empuja y contrasta con el elitismo señorial que aún agrada a muchos líderes; cierta actitud de autocomplacencia heroica ante la reiteración omnímoda del fraude; la preferencia por las verdades absolutas que anula matices que se re- quieren para entender las nuevas necesidades democráticas, actitud, por cierto, que tampoco se corresponde con las virtudes políticas de sus mejores cuadros dirigentes. Opción con vocación de poder o alter- nativa de gobierno, aún no se define cuál será el espacio propio, esta- ble y permanente de las fuerzas agrupadas bajo las banderas histó- ricas de la izquierda en una sociedad democráticamente organizada. Lo cierto es que por primera vez en medio siglo la izquierda resurge como una fuerza nacional genuina e identificable.
Más allá de la biografía particular de los líderes, se concentra allí una anónima historia común de miseria, desigualdad y atropellos a la dignidad que coexiste con el reclamo ilustrado que nace en las cla- ses medias que aspiran a un nuevo orden civilizado sobre bases no autoritarias, pero anclado en la cuestión social. Y junto a ellos, los arquitectos de todas las revoluciones imaginables; los radicales de la palabra –“la metralla de votos”–; los demagogos –“sin fraude, el pri no ganaría una sola votación”–; los orgullosos plebeyos que reclaman desagravios a quienes los escuchan por el solo hecho de escuchar- los; sujetos recipientes de los mensajes sobre “la restauración de la República”; los impasables y herméticos intransigentes de todos los aparatos que se acomodan a los virajes; los duros, partidarios de las

emociones fuertes que ven la historia como un despliegue de volun- tarios sacrificios; los cultivadores del centralismo y la fidelidad a la “autoridad máxima” que ahorra innecesarios debates a la asamblea; en fin, la prodigiosa reunión de mundos que la realidad había separa- do y ahora se reencuentran sin que nadie se fije dónde estuvo el error. Esta izquierda política y social, representativa o marginal que se junta a la hora de la democracia es, como quiera que se vea, una fuerza popular inmensa, no obstante las pérdidas atribuibles al des- encanto de innumerables electores. Sólo un velo impide aceptar que se trata de una franja importante del electorado que no quiere –pero tampoco puede– verse reflejada en el curso poselectoral del partido ni en las propuestas políticas que parecen congelarse en los sucesos de 1988 sin proponerse, en serio, enfrentar las nuevas realidades. Se trata de un enorme capital político que puede gastarse como cual-
quier otro sin dejar dividendos.
En el seno de la corriente que hoy caracteriza a la “izquierda” coexisten costumbres y conductas, ideas e ideologías; una multiplicidad de intere- ses pequeños o grandes, locales y regionales que recrean el resorte oposi- cionista en la medida en que el polo izquierdista del mapa político recicla su fuerza para pelear posiciones electorales. Conviven quienes aspiran a soluciones inmediatas para inaplazables problemas que no admiten nuevas proposiciones: el radicalismo de la inmediatez que no puede esperar y la minoría democrática o revolucionaria que no está interesada por una reforma social; quienes consumen todas las energías en tales demandas y quienes sólo ven en ellas otros tantos escalones para darle una dimensión clientelar a la confrontación.
15. La noción misma de partido de Estado, que ha servido para ilus- trar la íntima conexión que existe entre el gobierno y el pri, es una ca- tegoría que se toma en préstamo a la crítica del socialismo real, donde la preeminencia del partido único es total. Es evidente que la demo- cracia exige como condición absoluta la cancelación de los privilegios para el partido oficialista. Pero es un error suponer que la cancelación de tales prebendas ilegales implicaría su desaparición o su inmediata derrota electoral, mucho menos una revolución democrática. Cuando

la izquierda-prd plantea que la condición para la transición consiste en cancelar el partido de Estado sostiene una hipótesis estratégica for- mulada en uno de estos supuestos: a) el régimen no cederá porque no puede cambiar y b) el régimen sí puede cambiar pero no quiere ceder; por tanto, hay que “obligarlo” a negociar o a dimitir.
16. Es un error pensar que el año 1988 es equivalente al colapso en el socialismo real europeo. No sólo porque son claras las evidencias de que se trata de fenómenos con causas muy diferentes, sino porque tal interpretación conduce a definir erróneamente la naturaleza de la crisis política mexicana y sus posibles soluciones. La revolución democrática en el Este tenía como propósito barrer a un sistema ca- duco y aberrante. No se proponía, en efecto, la reforma democrática del Estado sino su desaparición. Y a menos que alguien crea que el sistema económico y social mexicano pasa por una situación similar, nadie podría explicarse por qué habría de producirse en México seme- jante derrumbe.
17. La izquierda sigue congelada en el resultado de 1988, no obs- tante las variaciones introducidas en las consignas principales. Para todo fin práctico, actúa como si todas las condiciones permanecieran intocadas. Es paradójico que en todo este tiempo, fuera de la dia- léctica electoral, la izquierda no haya conseguido, con toda la fuerza adquirida, movilizar a la ciudadanía para discutir y proponer otras alternativas a la política oficial. O no se tienen o no se cree en ellas. Lo cierto es que la concentración de todos los esfuerzos en la tarea de evitar la “legitimación” del gobierno para no bajar la guardia oposi- tora implica grandes riesgos, pues se trata de mantener y acrecentar un capital que puede estarse desgastando por una sola vía.
18. Para bien o para mal, la economía, las relaciones internaciona- les, el mismo Estado, han sido sometidos a cambios sustantivos y no a meros retoques. Hay un cambio profundo en la direccionalidad de los procesos económicos básicos que acompaña al de una reorientación conceptual que sustituye, a querer o no, las bases y los paradigmas ideológicos en los que se sustentó el Estado revolucionario. No acep- tar que México está cambiando por temor a que esta idea se confunda

con una aceptación de la política que propicia esos cambios es, simple- mente, colocarse una venda en los ojos.
El gobierno, contra todas las esperanzas de la izquierda, no sólo no tuvo que afrontar una crisis de ingobernabilidad sino que lleva ade- lante su programa de modernización con la indispensable vigilancia anuente del pan, pero sin grandes presiones de la oposición de izquier- da que, en general, adopta una actitud defensiva ante los cambios.
19. Nadie discute la necesidad de que la izquierda se prepare a con- ciencia para ganar las elecciones de 1994. Pero una cosa son los prepa- rativos que se realicen y otra muy distinta es convertir al prd en el partido instrumental del 94. El Partido de la Revolución Democrática ya no es un frente electoral por decisión propia, pero tampoco puede transformarse en un aparato electoral sin otras atribuciones políticas o programáticas que las que derivan de la oposición tout court. La demo- cracia no es un asunto entre el gobierno y el prd. No es un pleito de dos. Es una equivocación que la izquierda se olvide ahora de dónde procede el prd, como si no hubiera en el priismo ninguna reserva democrática. La táctica de concentrar todo contra el pri conduce a compromisos o alianzas con otras fuerzas sin que medien puntos de acuerdo claros y definidos. No hay que olvidar que la propuesta democrática se gesta en el marco de la decadencia del predomino del priismo histórico, concebi- do como una forma de relación específica entre el poder y la sociedad, sin duda arraigada en la cultura y la costumbre, pero en franca y cre- ciente declinación.
En México no ocurre que la acción democrática enfrente a una abso- luta minoría contra la inmensa mayoría del pueblo. Es un grave error del perredismo seguir machacando con la ilegitimidad del gobierno mientras el pri gana tiempo y espacios preciosos para reconstruir su aparato y recomponerse para la inacostumbrada competencia que lo amenaza. Es un grave error negarse a ver que los cambios ocurridos en México y en el mundo no ayudan a una perspectiva de cambio “re- volucionario” como el que se promete, a querer o no, bajo la fórmula de revolución democrática, pero en cambio sí acotan y relativizan la importancia de algunos planteamientos básicos del pasado. La idea

nada subliminal de que primero hay que desmontar los aparatos po- líticos dominantes para después iniciar el tránsito a la democracia es una petición de principios que sólo puede debilitar a la oposición.

■ Carta de renuncia al prd
México, d . f., 11 de abril de 1991

Ing. Cuauhtémoc Cárdenas, presidente del prd
Consejo Nacional del prd

Compañeros:

No sin dificultades, deseamos comunicarles nuestra decisión de re- nunciar al Partido de la Revolución Democrática.
Se trata de una decisión largamente pensada y que obedece no sólo a las diferencias que mantenemos y hemos mantenido con la línea general del partido, sino también a la imposibilidad de realizar un de- bate sistemático y productivo en torno a la apreciación de la situación actual que vive el país y a las tareas que debemos emprender.
El prd es, sin duda, uno de los tres partidos fundamentales con los que cuenta el país. El capital político que heredó, producto de las jor- nadas de 1988 y de un largo proceso de trabajo y autorreforma de la izquierda mexicana, sin embargo, puede ser dilapidado, o peor aún, conducido por un sendero que nada bueno puede ofrecer al país. Y ello es lo que nos preocupa. Todo parece indicar que la pluralidad política e ideológica que cruza el país no quiere ni puede encuadrarse en el viejo esquema de quehacer político vertical y (casi) monopartidista. Por ello, los esfuerzos por construir un sistema de partidos democráti- co, una cultura de la competencia y la convivencia, un marco donde se respeten los derechos humanos, parecen ser tareas que el momento reclama, y que desde una perspectiva socialista democrática resultan altamente deseables.

No obstante, el prd no ha podido asumir con claridad y convicción que la mejor ruta para el país es la de una transición democrática institucional, pacífica, y para ello, pactada. Siguen siendo nociones predominantes las que apuestan a un desplome del “sistema”, al aco- rralamiento de las fuerzas oficiales, a la formación de un “movimien- to” que no reconoce el derecho de los otros y que pretende aparecer como el único capaz de representar los intereses del pueblo. Es decir, una apuesta que no sólo no parece ser factible en el país, sino que también nos parece indeseable. Incluso una iniciativa que parecía tan ambiciosa, como la del Acuerdo Nacional para la Democracia, a fuer- za de no asumir la necesidad de un auténtico pacto nacional, acabó convertida en un recurso menor.
No creemos que en las condiciones actuales del país baste ser un partido de oposición, en primer lugar porque ello no constituye una causa en sí misma, pero fundamentalmente porque los complejos pro- blemas que vive México reclaman una elaboración en positivo que no puede nutrirse de la simple reacción antigubernamental, de tal suer- te que apreciamos un retraso muy grande de la “línea” del partido en relación con la realidad del país.
La subestimación de la elecciones del 91, producto de los retrocesos electorales que ha sufrido el partido, pero también de la expectativa de que en 1994 se volverá a repetir el alud de apoyos a Cuauhtémoc Cárdenas, nos preocupa doblemente. Primero, porque muestra que las tareas de edificación de un partido no se encuentran en los primeros lugares de la agenda del prd, apostando todo (o casi) a un movimiento cuasi mesiánico, y segundo, porque de cumplirse las expectativas en 1994, ellas por sí mismas no garantizan el tránsito a la democracia. Como lo hemos repetido en el seno mismo del prd, no basta con el agotamiento del grupo gobernante (que, por cierto, no parece darse en los términos que la dirección del prd esperaba) y el fortalecimiento de un polo popular, para que el cambio democrático se dé. Quizá se trate de condiciones necesarias, pero no resultan suficientes, porque la democracia es también una construcción consciente, y esto último parece que no lo incorporamos a nuestra acción política.

Pero nuestra renuncia no es sólo por diferencias con la línea hege- mónica en el prd. No es la primera vez que en una organización po- lítica nuestros puntos de vista se encuentran en minoría, y sabemos que ésa es una de las características connaturales de la vida de los partidos políticos. Sucede, además, que no compartimos una actitud muy extendida en el partido y no existen espacios suficientes para debatir con rigor, continuidad y seriedad nuestras diferencias. Sólo diremos algunas palabras sobre esas dos situaciones.
La actitud que detectamos es heredera de aquella vieja noción de que entre peor marchen las cosas en un país, mejor resulta para las fuerzas que buscan su transformación. De ahí no sólo la incapacidad para evaluar, con frialdad, las iniciativas gubernamentales, la nega- tiva a reconocer las acciones positivas (así sean mínimas), queriendo reducir todo el litigio a un maniqueo alineamiento entre buenos y malos, sino la preeminencia de los intereses partidistas sobre lo que pensamos son los intereses de la mayoría. En no pocos momentos se ha confeccionado un discurso que parece decir: lo que conviene al prd conviene a la mayoría, pero no a la inversa. Es natural que la contien- da política misma impulsó, en muchas ocasiones, ese reduccionismo, pero cuando los intereses de la mayoría se filtran a través de ese len- te, la política misma puede acabar vaciándose de contenidos.
Por otro lado, resulta sumamente difícil procesar una discusión or- denada y productiva dentro del prd. No es que no exista el debate o que existan cortapisas para realizarlo, sino que el grado de desorga- nización partidista, el papel más o menos deliberativo general y for- mal del Consejo Nacional, y la concentración de todo el debate en el Comité Ejecutivo, impiden ventilar realmente los puntos de vista que coexisten en el prd. No se trata de culpar a nadie en particular de esa situación, sino de subrayar las dificultades que encontramos los que sostenemos posiciones que no coinciden (o que son opuestas) con las de la dirección. Resulta indicativo que en un periodo donde coexiste una pluralidad de puntos de vista tan amplia no hayamos sido capa- ces de construir un marco mínimo para que se expresen y realmente enriquezcan la vida interna de la organización.

Reiteramos que no ha sido ésta una decisión fácil puesto que esta- mos convencidos de la necesidad de una partido de centro-izquierda en nuestro país que contribuya al tránsito democrático y que ofrezca su esfuerzo tratando de por lo menos atemperar las profundas des- igualdades que marcan al país, compromiso y horizonte de cualquier formación política de izquierda, y que al parecer ha pasado a un se- gundo plano. Esta dimensión nos preocupa sobremanera porque para nadie resulta un descubrimiento que las condiciones de vida de millo- nes de mexicanos siguen siendo alarmantemente precarias, y son un reto y un reclamo para todas las agrupaciones políticas.
No nos engañamos y sin soberbia sabemos que toda renuncia afec- ta, en menor o mayor medida, al partido que la sufre. Pero hemos decidido hacerla en esta fecha, cuando las elecciones federales están aún a cierta distancia, para no contribuir, en un momento clave, a las campañas que de manera recurrente se orquestan contra el prd. Igualmente la hacemos antes de que se inicien nuestros comicios in- ternos para elegir a nuestros candidatos a diputados y senadores, para no mezclar las cosas y dar pie a malentendidos.
Esperamos (y lo decimos no como una frase ritual de cortesía) que el prd se convierta en uno de los pilares de nuestro sistema democrá- tico. Ello está en el interés no sólo de sus afiliados, sino, creemos, en el interés de franjas enormes de ciudadanos que aspiran a vivir en un régimen cabalmente democrático,

Atentamente:

Pablo Pascual Moncayo, Adolfo Sánchez Rebolledo, José Woldenberg K.

■ Declaración pública leída en conferencia de prensa
Abril de 1991

1. En un breve periodo histórico se han concretado algunas de las condiciones básicas para avanzar hacia la democracia. La primera y la más importante de ellas es que México se ha convertido por la voluntad de sus ciudadanos, de hecho y de derecho, en una sociedad plural. Éste es un cambio que merece subrayarse: el surgimiento de una pluralidad social viva, participativa y actuante, es el resultado histórico de un complejo proceso de maduración de la sociedad civil mexicana hacia la democracia. No ha sido un camino fácil.
2. El sistema de origen revolucionario que prevaleció durante más de medio siglo está en crisis. En consecuencia, conducir al país a la democracia plena representa la tarea principal que toca cumplir a esta generación de mexicanos. Y, sin embargo, no es una verdad evi- dente que el país sólo tenga como única salida inmediata la democra- cia. Es claro que ninguna de las actuales fuerzas representa por sí misma o en forma exclusiva los intereses mayoritarios de la nación. La democracia es un régimen político que no “llega” de fuera ni puede imponerse desde arriba. No será, en consecuencia, el fruto una nue- va sacudida revolucionaria, ni tampoco la estación terminal de una lenta e inacabable evolución objetiva donde apenas juega la voluntad ciudadana. La democracia no es resultado de la inercia histórica: es un cambio político posible y necesario, tanto más urgente cuanto más dramáticos son los problemas de la desigualdad social que retrasa nuestro desarrollo a plenitud.
3. Estamos plenamente convencidos de que el mejor camino para el país es la transición democrática, institucional y pacífica. Para re- correrlo es indispensable construir el sistema de partidos competitivo y estable que atienda, exprese y represente a las fuerzas sociales e ideológicas de la nación. Si bien es cierto que ninguna actividad po- lítica sustituye a los partidos en su calidad de entidades de interés público, es un hecho que la mera presencia electoral de los partidos tampoco asegura por sí misma la democracia. Para ello, además, es

condición absoluta el que se respeten escrupulosamente la voluntad popular, la competencia y los resultados dentro de un marco institu- cional y normativo que los garantice.
4. Procurar una vía legal, compartida y consistente hacia la demo- cracia implica asumir desde el inicio una premisa: el cambio democrá- tico depende de una estrategia capaz de tejer una red de compromisos políticos y legales entre los distintos componentes de la sociedad para arribar a una nueva racionalidad del Estado. Eso será realizable en la medida que las organizaciones políticas que hoy pretenden confor- mar el sistema de partidos tengan una presencia real en la sociedad y sostengan un perfil definido, tanto en lo que respecta a sus programas como en su práctica diaria. Dicho de otro modo, el pluralismo parti- dista, tal como ahora se nos presenta, tiene que evolucionar hasta convertirse en un régimen de corresponsabilidad democrática.
5. La reforma democrática del Estado sería poco menos que impo- sible sin la combinación eficaz de ciertas condiciones sociales y cultu- rales que la determinan. Para que éstas se desplieguen, empero, hace falta sumar a la participación activa de los ciudadanos la inteligencia de los partidos y del poder. La voluntad política, que se sustenta en esa dimensión psicológica y moral, es una actitud que tiene que crear- se y cultivarse para superar las arraigadas inercias antidemocráti- cas, los hábitos autoritarios, la simulación o el fraude que echan por tierra cualquier avance.
6. Si la transición democrática es un principio racional que sola- mente puede realizarse mediante la más amplia y decidida conver- gencia de una mayoría de las fuerzas sociales y políticas del país, ninguna de las partes interesadas puede atribuirse el monopolio de la democracia ni está en condiciones de imponer a las demás sus parti- culares concepciones. Fuera de las corrientes organizadas existe una opinión pública cada vez mejor informada, más presente, activa y vi- gilante de los actos de la autoridad y los partidos; desde hace tiempo se da una vigorosa actividad académica e intelectual diversa y crítica; hay un enorme potencial democrático que desborda el ámbito parti- dista o que aún no llega a él.

7. Si bien es claro que la actividad de las instituciones civiles no sustituye la que realizan los partidos, estamos convencidos de que ya es posible y necesario tejer una amplia red democrática que, unida por la adhesión informal a una serie de principios comunes en torno a la transición y a una clara voluntad de diálogo dentro de las diferen- cias, se proponga aportar un grano de arena para crear el ambiente intelectual y político que permita desarrollar un debate productivo en torno a un temario nacional.
8. Nos proponemos, en consecuencia, contribuir a que esa riqueza política encuentre, fortalezca y amplíe nuevos espacios para expre- sarse. Desde el Instituto de Estudios para la Transición Democrá- tica, que es nuestro ámbito de trabajo, deseamos contribuir a que se abran los foros para debatir y reflexionar; canales más amplios y eficaces a través de los cuales también los organismos de la sociedad civil, en diálogo con los líderes políticos y sociales, los intelectuales, los medios informativos, los empresarios, los profesionistas y otras comunidades, puedan hacer su contribución al esfuerzo democrático general, creando el contexto cultural y político que nos permita ana- lizar las opciones nacionales en las inéditas realidades del mundo hacia el siglo xxi.
9. Tomando en cuenta esa perspectiva es imposible no referirse a 1994. Cualquiera que sea la hipótesis que se tenga en mente, es obvio que la próxima sucesión presidencial será decisiva para el futuro de México. A la presente generación política corresponde la responsabi- lidad de trabajar con lucidez para que ese proceso culmine, para bien de nuestra patria, dentro de la legalidad como un proceso democrá- tico. Por eso nos parece que ningún esfuerzo será demasiado para construir un marco de referencias democráticas que sirva de forma positiva para preparar la sucesión presidencial de 1994. Dedicaremos la parte sustantiva de nuestra reflexión dentro del Instituto de Estu- dios para la Transición Democrática a estudiar y proponer iniciativas que contribuyan a crear ese clima necesario.
10. Ninguna reforma será satisfactoria mientras los partidos y los ciudadanos, las autoridades del Estado y la sociedad civil, no sean

capaces de comprometerse a crear un nuevo ambiente político nacio- nal; un clima que favorezca la competencia y el debate democrático en vez de la anulación del adversario; una situación, en fin, en la cual las palabras y los hechos se correspondan y donde la norma general sea el respeto a la ley. En otras palabras: urge ratificar el compromiso democrático de todas y cada una de las fuerzas conten- dientes.
Unas palabras finales sobre los comicios de agosto y unas breves puntualizaciones. En primer lugar, permítasenos reiterar que nues- tra renuncia no tiene relación alguna con los próximos comicios. No salimos del prd para ingresar a otro partido. Insistimos en que el sis- tema de partidos es una necesidad del país, puesto que la actividad política tiene como actores principales a los partidos. No obstante, ella no principia ni acaba en los partidos existentes.
En estos días se iniciarán los procesos para la nominación de los candidatos a las elecciones de agosto próximo. Más allá de los inte- reses específicos de los partidos, dichos comicios son importantes para el futuro democrático de la nación. Lo que en ellos se juega es la continuidad del avance democrático. No compartimos la opinión que atribuye a los partidos toda la responsabilidad ante la presen- cia del abstencionismo. Pero es obvio que si los partidos carecen de ofertas electorales atractivas, la tendencia abstencionista seguirá creciendo.
Reiteramos, una vez más, nuestra decisión de ejercer a plenitud los derechos políticos que nos corresponden como ciudadanos mexicanos, de conformidad con las ideas y planteamientos que marcan nuestra conducta pública.

Pablo Pascual Moncayo, Adolfo Sánchez Rebolledo, José Woldenberg K.

■ El reformismo, el socialismo democrático, el prd: entrevista con Ricardo Becerra
Página Uno, 21 de abril de 1991

Hace poco más de una semana que José Woldenberg, Pablo Pascual Moncayo y Adolfo Sánchez Rebolledo (éste y el primero, miembros del Consejo Nacional del Partido de la Revolución Democrática), en renuncia pública, decidieron retirarse del prd. Promotores políticos e intelectuales de una posición original –siempre polémica– dentro de la izquierda mexicana, Woldenberg, Pascual Moncayo y Sánchez Re- bolledo introducen con su decisión nuevos elementos, nuevas varian- tes y nuevos conflictos a esa izquierda y a su partido más importan- te: el prd. Para interpretar la renuncia han circulado, por supuesto, las más variadas indecencias: “finalmente no resistieron el llamado salinista” o “no creo que nadie llore por ellos en el Zócalo”, aunque también ha habido amables despedidas, reconocimientos y hasta ho- menajes nostálgicos: “cuando éramos mapaches” (en referencia a los integrantes del Movimiento de Acción Popular, map, grupo original y constitutivo de esta persistente posición). En esta entrevista, Adolfo Sánchez Rebolledo plantea los términos de su propuesta política y las razones de fondo de su ruptura reciente.

Ricardo Becerra: ¿Qué significa tu renuncia al prd? ¿Qué significa para su corriente, para la posición política que tú representas?

Adolfo Sánchez Rebolledo: En nuestra carta de renuncia, que es pública, expusimos parte de nuestra posición pero, como es obvio, no toda. Hemos realizado una definición, no para romper un compromiso con la política en general, sino para restablecer o establecer una nue- va identidad como corriente, como parte integrante de un movimiento que se nos antoja cada vez más necesario: el movimiento por un socia- lismo democrático en el país.

¿Esta posición no cabía en el prd?

Cabía, pero su discusión no estaba a la orden del día. En realidad estaba muy rezagada en comparación con otras muchas cuestiones que se consideraron prioritarias. El prd, tú lo sabes, no es un partido que se defina por el socialismo, y aunque no excluía por definición a los socialistas, ésta no era una discusión viva, no era sustantiva para el partido. Nuestra propia visión, al contrario, nos exige destacar este elemento, y no sólo para diferenciarnos, sino sobre todo para hacer un camino positivo de acción política, realizable, que sea aceptada por distintos sectores de la sociedad política mexicana y que contribuya a esclarecer los caminos de la transición democrática.

¿Hablas de la transición democrática?

Definitivamente. Está claro que no se trata de descubrir un solo ca- mino a la transición como un proceso definido a partir de un modelo, sino de descubrir en la realidad los posibles caminos que nos permi- tan entrar y activar los procesos de transición. Esto nos lleva a re- plantear de nuevo el núcleo de cuestiones problemáticas que están en el centro de esta trayectoria y de esta estrategia para el país.

¿Cuáles son esos núcleos de la transición?

Están los de orden político general: el presidencialismo, el equilibrio y la distribución de poderes, la forma y la eficacia del Estado para su gestión gubernamental y social. Dicho de manera más global, en el capítulo democrático que está a la orden del día nos interesa discu- tir la cuestión de la reforma del Estado y sus componentes principa- les; por ejemplo, la conformación de una mayoría nacional que esté claramente definida por la transición democrática, el problema de la pluralidad política dentro de esta mayoría por la democracia y la re- lación entre las formas de consenso y las cuestiones de eficacia para el gobierno. Proponemos, pues, discutir la cuestión de un modelo de

Estado y de gobierno que corresponda a este tránsito democrático. Creo que ésta es una tarea que nadie está haciendo y que nosotros debemos proponernos.

¿Ahí se agota la agenda?

Ahí apenas empieza. Hay que plantearnos el problema de la refor- ma social y civil. Plantearnos la discusión –tan fuerte como sea ne- cesaria– del lugar de las organizaciones sociales y de la organización política vis a vis las instituciones civiles y políticas requeridas para construir una sociedad más sólidamente democrática. Hay que redefi- nir nuestra idea del lugar de los partidos, su presencia en los procesos electorales, la relación entre los partidos y los medios. También, ana- lizar si en México tenemos o no todavía una verdadera opinión públi- ca, es decir, una fuerza de lectores y de receptores suficientemente informados y capaces de juzgar con criterios propios y de presionar en un sentido o en otro, capaces de crear una nueva necesidad a partir de las informaciones. Entonces, los problemas de la transición van desde los problemas del voto hasta los problemas de la formación de una opinión pública y de la participación comunitaria, de acción di- recta de la sociedad civil en la gestión de sus propios asuntos: de la reforma del Estado a la reforma de la sociedad civil, de la reforma de la sociedad civil a la del Estado, en el entendido de que la cultura autoritaria no es una cultura exclusivamente política, sino que forma parte de toda una “ideología nacional”, por llamarla de algún modo, y que debe ser transformada si queremos tener una vida democrática.

Pero si no es en los partidos, ¿dónde podrá desarrollarse esta propues- ta? ¿Hay espacios para una discusión así?

Si había un partido con opción a desarrollar esta elaboración, ése era justamente el prd, pero no pudo o no ha podido fructificar. Quienes hoy hemos renunciado al prd queremos seguir desarrollando esta propues- ta en el ámbito del Instituto de Estudios para la Transición Democrá-

tica, donde hasta ahora se ha esbozado en sus grandes líneas. Vamos a concentrar ahí nuestro esfuerzo principal, con criterios abiertos y plu- rales, y en comunicación abierta con el prd, y también con el pri y con el pan. Allí ubicamos el punto de partida –no el de llegada– de una pro- puesta socialista. Hay la convicción entre nosotros y en el Instituto de que no sólo debemos discutir al socialismo para llegar a una conclusión democrática, sino también aceptar que no puede existir una propuesta socialista sin haber resuelto antes la cuestión democrática.

Está claro. Ustedes retoman la divisa y la estrategia del socialismo democrático para desarrollar una propuesta para nuestro país. ¿Qué contenido tiene esta visión? ¿Cómo interpreta la catástrofe del socia- lismo real?

No es más que una moda decir que el socialismo desaparece porque desaparecen los regímenes del socialismo real. Ésta es una petición de principio que no se justifica, menos aún decir que lo único que queda es el liberalismo o el neoliberalismo. Personalmente, parto de una convicción profunda: las causas fundamentales que dieron origen al socialismo siguen vigentes, los fines del socialismo siguen siendo racionales (el humanismo, la igualdad, la justicia, el reconocimiento de la pluralidad social, etcétera), siguen actuantes de mil maneras en la sociedad moderna.
Las lecciones de la historia reciente y lo esencial de nuestra actitud es que no hay proyecto socialista si no está fundado en la voluntad democrática de la mayoría social y si no se establece de antemano su carácter revocable, su condición de ser el proyecto que siga la socie- dad, siempre y cuando ella misma tenga esa expresa voluntad. Ésa nos parece la única manera de vincular racionalmente los principios universales del liberalismo con los del socialismo.

¿Es realmente tan importante esta discusión para la izquierda? ¿Hay discusión en el prd de su significación profunda?

Hay sectores democráticos que se reclaman de izquierda en el prd y que hoy abandonan deliberadamente esta visión socialista. Creo que es una actitud políticamente suicida y su acción significa una renun- cia a su único y real patrimonio político e ideológico; es renunciar a su única experiencia histórica y a la posibilidad de ser parte de un proyecto moderno de un socialismo democrático. Para mí resulta muy claro que una izquierda desvinculada de sus raíces sociales y de su proyecto social tiene, al final, muy poco que ofrecer al conjunto de la población. Para ser más claros: una izquierda puramente democrá- tica no tiene forma de diferenciarse realmente de otras propuestas también democráticas. ¿Sobre qué bases va a elegir el electorado en- tre el pan, el prd o el pri, si los partidos no ofrecen programas clara- mente diferentes, opciones distintas?
No es sectarismo, pueden los partidos tener métodos similares, pueden concordar en cuestiones muy importantes, pero es evidente que cada partido debe tener su propio programa, su propia finalidad, sus propios objetivos.

¿Hay conciencia de este hecho en el prd?

Ya no sé si hay conciencia de este hecho en el prd, pero a los que recién renunciamos nos interesa que haya conciencia en el país de este problema. Lo que sí sé es que un proyecto democrático hoy en México no puede ser puramente negativo, no puede quedarse en la impugnación; por radical que sea su forma, no puede repetir al viejo liberalismo antidespótico (como diría Fernández Santillán) que es ca- paz de luchar contra las formas autoritarias del poder pero es incapaz de crear un régimen democrático. De lo que se trata es de remontar esta tendencia liberal, tan arraigada en nuestra cultura política, para darle paso a una corriente que sepa enlazar el liberalismo con el so- cialismo.
Concretamente, en México el socialismo no puede ser mero comple- mento del liberalismo frente a los gravísimos problemas sociales que generan necesidades urgentes e inaplazables que si no son atendidas

juegan en contra de las aspiraciones liberales. El hambre, la miseria, dan lugar, a su vez, a conductas, si no autoritarias, sí muy rígidas, y en esto no pueden esperarse neutralidad ni reflexión. Este proble- ma tiene que afrontarse para que México pueda estar en condiciones de resolver adecuadamente el resto de los retos que tiene hoy como nación. Y ésta sigue siendo la columna vertebral de una propuesta que distingue a los socialistas democráticos mexicanos de las otras corrientes de la izquierda o de la democracia política.

¿Cuál es entonces la tarea de la izquierda? ¿Cómo la plantearías?
¿Cuáles son las tareas propias que debería asumir el prd?

Son muchas las tareas de la izquierda –del prd también–, pero lo que nosotros proponemos al país, no sólo a la izquierda, es discutir a fon- do los principios básicos sobre los cuales puede descansar una real transición a la democracia, discutirlos fuerte y hasta donde haya que llegar y, lo que es más difícil, despojándonos de cálculos inmediatis- tas y electorales. Tenemos que hacer un planteamiento que trascien- da la política electoral, que trascienda a los actuales partidos y que trascienda también a la política estatal de hoy. Es quizá una preten- sión exagerada para unos individuos, pero es una pretensión perfec- tamente consecuente con las necesidades políticas del país. Frente a los enormes problemas sociales, frente a los retos de su reacomodo en el escenario mundial, las nuestras no son grandes propuestas sino lo mínimo que hoy podemos hacer.
La segunda cuestión es la de fundar una hipótesis que nos lleve más allá de una institucionalidad democrática. La democracia políti- ca –definida hace ya algún tiempo por teóricos nuestros como Carlos Pereyra– se realiza en tanto los partidos expresan sus fines; ninguno de los problemas nacionales sustantivos podrá ser resuelto sin esa perspectiva de la totalidad social, sin la atención a las dimensiones que trascienden los sectores o grupos. Esto significa no confundir los fines con la táctica. Si bien es cierto que el programa no resuelve por sí mismo todos los problemas y que es necesario crear mecanismos

intermedios para realizarlo, también es indudable que el puro tacti- cismo, el puro inmediatismo, lleva a voltear toda la política, a confun- dir los pequeños avances o los pequeños retrocesos con las grandes conquistas, posibles sólo mediante la acción prolongada, el trabajo político de largo aliento.

¿Es esto lo que más importa a su posición política?

Hay algo que nos importa más que la discusión de cómo romper las estructuras autoritarias, y es la discusión que está un segundo más allá: cómo construir los nuevos consensos democráticos que sean capaces de sustituir más aceleradamente a esas instituciones auto- ritarias que están en crisis. Todos estos temas pueden y deben ser debatidos por la sociedad y no sólo por los partidos, aunque natural- mente los partidos son los instrumentos más importantes del sistema político; la discusión pertenece a toda la sociedad. Es urgente abrir nuevos centros del debate y de la crítica en México, espacios que no estén comprometidos con la política del día y con la consolidación de algunos grupos dirigentes; se trata de llegar a expresar propuestas políticas estratégicas. Hay que discutir todo lo necesario sobre las cues- tiones tácticas, pero si no se discute sobre el futuro, entonces las cosas pueden desmoronarse de la noche a la mañana. En el Instituto de Estudios para la Transición Democrática a esta tarea nos vamos a dedi- car, una tarea socialista, democrática, con una visión nacional y popular, abierta a todas las corrientes que existen en el país.

Izquierda social
o izquierda democrática

La Jornada , 30 de mayo y 1 de junio de 1991

Bajo el concepto genérico de izquierda social se pretendía agrupar y definir a un conjunto de nuevos fenómenos que marcaron con su pre- sencia el resurgimiento y la politización del movimiento de masas de los años setenta. Hoy, a nadie que hubiese seguido con mínima aten- ción y responsabilidad el curso de la izquierda en las dos últimas dé- cadas le pasaría por la cabeza la torpe idea de que la diferencia entre sociedad y política, entre el ciudadano-militante y el militante-social sea una especie de oposición irreductible que, a fin de cuentas, niega cualquier posibilidad de crear un partido moderno.
La realidad del mundo, no sólo la de México, ha clausurado esa falsa disyuntiva del pasado para pasar a otras formas de reflexión crítica sobre la naturaleza misma del movimiento social, tanto en sus relaciones con el Estado y la sociedad como con otras formas de re- presentación, incluidos los partidos. El término tuvo en sus orígenes otras connotaciones. Fue muy útil para nombrar y entender cuál era el sentido característico de la actividad social a fines de los sesen- ta, cuando resultaba difícil atribuir la “politización” de la conciencia popular al trabajo de los pequeños grupos organizados, tradiciona- les o no, que por entonces actuaban entre los trabajadores rurales y urbanos. Hace veinte años, la distinción entre la llamada izquierda social y la izquierda política parecía pertinente. Hoy resulta un ana- cronismo sin valor analítico, tanto como lo es resucitar la vieja polé- mica entre los defensores del partido (obrero) y quienes se ufanaban de su actitud “antipartido” hasta el punto de negar y obstaculizar la actividad electoral y otras formas de lucha política en nombre de la au- tonomía de las masas o de la lucha revolucionaria.
La izquierda social se forja en el convencimiento de que no es el partido ideológico sino el movimiento el que crea la conciencia. Con-

tra el dogma partidista que opone la “espontaneidad” a la “concien- cia”, se afirma entonces la prioridad del movimiento sobre la ideología o el programa. Por cuanto que el movimiento social, en virtud del con- texto donde actúa, es capaz de adquirir por sí mismo una direcciona- lidad histórica, lo fundamental será fortalecer su autonomía política y su organización directa e independiente. En vez de la clásica forma “partido”, se busca una recreación compleja de la forma “organización social”, que, siendo la representación directa de los intereses de las masas, de nuevo se toma como el núcleo y el corazón del movimiento, como medio, laboratorio y espacio para fundar la conciencia común, vale decir, social de las masas.
Ante la notoria debilidad ideológica de la izquierda tradicional de los años setenta, la “inexistencia” orgánica y política o la vocación para la derrota que se atribuye a los partidos obreros mexicanos, una parte de la izquierda social contribuirá a crear desde la organización, sin su- plantarla, los instrumentos políticos que se requieren; otra, a su modo complaciente y ortodoxo, al hacer de la necesidad virtud divulgará con éxito la falsa idea de que tales partidos no hacen ninguna falta para el despliegue del movimiento de masas revolucionario. El voluntarismo radical, que no distingue entre la organización social y la entidad parti- dista, se apoya en cierta desconfianza que tiende a considerar que toda política es un robo, incluidas, por supuesto las elecciones.
La actualización de aquel debate, en clave anarquista (contra los “profesionales” de la política), es una fórmula para invocar viejos pre- juicios o reclamar privilegios con la complicidad nocturna de la igno- rancia y el oportunismo, pero no sirve para fortalecer al polo político democrático de la izquierda, ni mucho menos para superar las des- gastadas y “tradicionales” formas del autoengaño ideológico de cier- tos “rupturistas”.
Síntoma y expresión de una época de viraje, el movimiento social muestra cuáles son sus determinaciones y condicionamientos. Tope, límite extremo de un extraño “milagro” económico, la sociedad mexi- cana de esa época se ve, se siente y comienza reconocerse como desigual e injusta. La crisis rural se agrava sin remedio mientras la margi-

nalidad abandona el campo y llega a las ciudades para quedarse y reproducirse geométricamente en ellas. Surgen nuevas reivindicacio- nes urbanas, formas específicas de la cultura popular, nuevos líderes y organizaciones desconocidos que trabajan de tiempo completo junto
–y entre– el pueblo. No es fácil formar los cuadros indispensables. Como no hay “partido”, se dice y se piensa, incluso la organización más elemental para la defensa del mínimo interés reclama olfato y habilidades “políticas” que se concentran en los líderes, antes de que sean las mismas masas las que aprendan los secretos de la autoor- ganización según su propia experiencia. Fuera de las acciones en las cuales intervienen los representantes de cierta ortodoxia instrumen- talista tradicional, la izquierda se objetiva como izquierda social en el movimiento organizado de masas. Dada la niebla ideológica que cu- bre y polariza el horizonte ideológico de la época, la llamada izquierda social se concentra más en la búsqueda de soluciones prácticas a los problemas concretos que en la realización de las grandes estrategias de corte revolucionario que distinguen a la izquierda tradicional. La visión que hace a la organización social sujeto del cambio tendrá im- plicaciones más adelante, cuando los líderes sociales sustituyan la lógica del partido por la lógica gestionaria de la organización social, al reclamar posiciones y compensaciones que los reubiquen dentro del partido como muchos ya los hacen dentro del Estado, pasando la cuenta de sus sacrificios en los frentes de masas.
La izquierda, que había protagonizado los movimientos democrá- ticos más importantes y decisivos de la época, no sabía qué hacer o cómo actuar ante esos movimientos espontáneos pero “objetivamen- te” progresistas, celosos de su autonomía y muy poco dispuestos a reconocer otros métodos de trabajo y nuevas fidelidades ideológicas. Se discutía mucho sobre la relación entre partido (de vanguardia) y sindicatos, pero nadie se planteaba, por ejemplo, la necesidad de crear un partido democrático, arraigado territorialmente que casara con la idea de un sindicalismo igualmente democrático en la fábrica. Con acentos distintos y matices, la izquierda confiaba poco en las reformas que no estuvieran en la línea estratégica de acumular fuer-

zas para una nueva revolución. Por lo tanto, carecía de una formu- lación democrática que no resultara instrumental, tacticista con res- pecto al eje que sirve a la vez como conclusión: si de lo que se trata es de sustituir (derrocar) al actual Estado, no de reformarlo, ¿qué hacer, pues, para que el movimiento social “espontáneo” admita la “dirección” correcta para enlazarse con dichas tareas? Ésa fue, du- rante años, la pregunta sin respuesta que se hizo la izquierda revo- lucionaria. Aunque la izquierda social carece en su origen de fuertes nexos con fuerzas partidistas o estatales, su evolución tendrá mil de- rivaciones. En buena medida, ese curso de acción dependerá, más que de otros factores, del modo como atienda, en definitiva, sus relaciones con el ámbito de la política. La aparición de una “izquierda” autoges- tionaria, sin compromisos políticos o doctrinarios con los partidos, el Estado, las iglesias o los distintos centros de mando de la revolución, no supone, por cierto, que muchos de sus dirigentes se mantuvieran por siempre ajenos a tales vínculos o dependencias. Cualquier estudio en serio sobre la dinámica de los llamados “grupos de interés”, proba- ría igualmente cuánto se mueven también por mezquinos o estrechos egoísmos materiales y sectoriales y que no hay razón alguna para avalar la supuesta pureza de los líderes sociales y los movimientos que ellos encabezan en comparación con la perversidad intrínseca que se atribuye a los políticos profesionales.

una década después: preguntas al prd

La Jornada , 6 de mayo de 1999

Hace una década se fundaba el Partido de la Revolución Democrática. La historia ha caminado velozmente en estos años, mucho más que nuestra capacidad de reflexionar y asimilar críticamente qué es lo que ha ocurrido, no obstante la obra inacabable de los politólogos y oráculos de la transición. Algunas cosas son hoy sencillas obviedades: México dejó de ser la excepción, esa rara especie, única en el jardín político latinoamericano, y se incorporó en cuerpo y alma a la corrien- te democrática universal. El fin del sistema de partido mayoritario dominante, eufemismo empleado para nombrar al régimen monocolor surgido de la consolidación de la Revolución mexicana, nos puso ante la tesitura de saber cómo avanzar hacia la democracia sin propiciar una regresión violenta de incalculables consecuencias. Sin embargo, para seguir en el campo de las peculiaridades, no se dio en México un acuerdo estratégico con vistas a darle un cauce claro a la transición política ni tampoco se crearon los consensos que la reforma econó- mica hacía imprescindibles. Todo lo contrario: el país avanzó entre contradicciones gigantescas a partir de situaciones de hecho e inmer- so en un terrible combate por el poder. El trance ha sido largo, muy doloroso en ocasiones, pero no se dio la ruptura que algunos augures anunciaban. A regañadientes, las fuerzas políticas se tuvieron que adaptar a un escenario novedoso, totalmente imprevisto.
Aprender a convivir bajo nuevas reglas, aceptar que la realidad ha cambiado y no volverán los viejos tiempos, no ha sido tarea sen- cilla para nadie, entre otras cosas porque la transición no ha termi- nado, aunque hoy las cosas sean muy diferentes. Ahora vivimos un pluralismo real que se expresa en el juego de partidos; gozamos de libertades públicas impensables unos cuantos años atrás; la libertad de expresión es total; hay alternancia real del poder y la oposición go- bierna numerosos estados y municipios: el viejo sistema político está

en quiebra, como lo comprueban todos los días los escarceos preelec- torales del priismo. Y, al mismo tiempo, la modernización se impuso sin resistencias sustanciales, capaces de ofrecer verdaderas alterna- tivas a las que el grupo gobernante decidió conforme a su visión y sus intereses. No hay opción de los partidos a las políticas sociales, tan preocupados como están por obtener el voto urbano y la aquiescencia de los grupos medios, cuando no la aprobación de la élite. ¿Qué nuevo régimen político habrá de construirse sobre la ruinas del viejo presi- dencialismo? ¿Qué economía podemos edificar en el mundo globaliza- do sin someter al país a una cancelación total de su soberanía? ¿Qué garantías legales, institucionales y morales hemos de darle a esa gran diversidad que es patrimonio y ventaja nacional? ¿Cómo seguir sien- do mexicanos en un mundo que aplasta identidades y diferencias? Y, sobre todo, ¿cómo abordar el desafío inacabable que representa para el futuro de los mexicanos la vergonzosa supervivencia de millones y millones de pobres sin esperanza?
A diez años de la fundación del prd, me hubiera gustado saber qué piensan sobre estos asuntos los líderes del partido que “nació el 6 de julio”.

una transición republicana

■ Cárdenas al Distrito Federal
La Jornada , 3 de julio de 1997

En una fórmula por demás afortunada, Cuauhtémoc Cárdenas definió las líneas maestras del cambio que se avecina en la capital como “una transición republicana, tranquila”. Enhorabuena. Un gobierno cons- truido en clave democrática es la única manera racional, “construc- tiva”, dijo Cárdenas, de superar positivamente el largo litigio abierto en el país desde 1988 para crear formas civilizadas de convivencia.
La certeza de que éstas serán unas elecciones sin tacha permite mi- rar el futuro inmediato con cierta confianza. La normalización madura con rapidez. Los temores sobre un conflicto entre las autoridades fede- rales y el gobierno del Distrito Federal, por ejemplo, parecen disiparse ante la necesidad, esa sí imperiosa, de hallar mecanismos de entendi- miento. Cárdenas fue enfático al señalar: “No habrá interferencias ni confrontaciones, pues las esferas de competencia las delimita la ley con toda precisión. Nuestra actitud será invariablemente de respeto y cola- boración con otras instancias de poder, para buscar atraer y contar con los mayores elementos para resolver los problemas del Distrito Federal y de sus habitantes”.
Y advirtió: “Ninguna provocación saldrá de nuestro lado. Cualquie- ra que se lanzara en contra del gobierno democrático, se encontrará con una fuerza de la dimensión de los votos que nos respalden el 6 de julio”. Estamos, pues, ante la posibilidad de iniciar la consolidación institucional del cambio democrático. No es poco.
Molesta abusar del término, pero es obvio que el momento es históri- co por muchos motivos. Aun sin considerar los cambios en el Congreso, la elección del 6 de julio en la capital marca un cambio de fondo en la situación nacional. Mentís definitivo al bipartidismo, la probable victo- ria cardenista afecta en primer lugar la hegemonía del pri y, en el otro

polo, el panismo pierde el monopolio de las banderas democráticas. A partir de ahora, nada será igual en el sistema político mexicano. Todo indica que el primer gobierno del Distrito Federal electo por sus ciuda- danos será al mismo tiempo el primer gobierno de la izquierda, cuyos compromisos hacia el país y su futuro crecen en forma simultánea. La enorme responsabilidad de hacer un buen gobierno en la ciudad se con- juga con la necesidad de construir una propuesta nacional, un proyecto para el siglo xxi que permita superar la enorme crisis ideológica del Estado populista, ejerciendo la crítica contra las simplificaciones y el voluntarismo de la vieja izquierda, los recurrentes reflejos autoritarios contra el autoritarismo, pero también contra las simplificaciones cla- sistas propias del pragmatismo empresarial que, sin embargo, a me- nudo se presentan como innovaciones sin alternativa desde la derecha. Estamos, pues, ante la más importante oportunidad que tiene la izquierda desde los años treinta para impulsar una nueva iniciati- va reformadora, una alternativa capaz de enlazar la construcción de la democracia, pospuesta a lo largo del siglo con el proyecto social que da sentido a la historia de la nación mexicana. Que lo consiga dependerá, una vez más, de la sensibilidad de todos sus partidarios para abrir las compuertas y ejercer la crítica, corrigiendo intoleran- cias y sectarismos. Los electores de la capital saben que es necesario el cambio, pero no desean cualquier cambio. A pesar de los errores y desaciertos acumulados hay una enorme participación social, civil y política ciudadana que ya no cabe en las unanimidades partidistas ni en los apoyos incondicionales, pero que sabe que un proyecto renova-
dor tiene que venir desde la izquierda. Ésa es su exigencia. Así sea.

■ Hacia la normalidad democrática
La Jornada , 4 de diciembre de 1997

Cuauhtémoc Cárdenas será desde mañana 5 de diciembre el primer gobernador del Distrito Federal. ¿Qué más puede decirse que no se haya escrito ya sobre este hecho cuya verdadera importancia empezará

a contar dentro de una horas? Para el nuevo gobernante, la ciudad es un fuerte desafío, acaso el más significativo de su ya larga vida políti- ca. Para los habitantes de esta megalópolis, la ocasión es también una oportunidad de ensayar una actitud cívica diferente, a la vez crítica, vigilante y solidaria ante problemas comunes en una época turbulenta. Si Cárdenas consigue sobreponerse a la crisis de credibilidad que hoy nubla la gestión pública habrá superado con creces todas las ex- pectativas electorales. Y el país habrá dado un paso enorme hacia la normalidad democrática. El nuevo gobierno necesita –igual que la gente común y corriente– una tregua, un paréntesis reflexivo que nos permita a todos, autoridades y ciudadanos, asumir consciente y ra- cionalmente las dificultades de la nueva gobernabilidad, sin esperar
soluciones a la vuelta de la esquina.
Cárdenas dispone de menos de tres años para cumplir sus objetivos. En ese lapso debe asegurar la continuidad de las obras y los programas que mantienen funcionando a la ciudad, sin detener la consolidación ins- titucional de la reforma democrática. Tiene que desconcentrar y descen- tralizar, crear nuevos espacios a la participación ciudadana, escuchar, dialogar, en fin, gobernar para todos, dejando fuera el fantasma del 1988. Recuperar la confianza de la ciudadanía en las autoridades es una genuina tarea de gobierno, un objetivo indispensable, pero también la condición para alcanzar el éxito. Cárdenas cuenta para ello con el res- paldo de una amplia coalición que le da legitimidad y consenso, pero debe saber también que ningún compromiso con las clases medias, tan importantes como activas y presentes en estos días, se compara al ad- quirido con los sectores populares de la ciudad de México. Es por ello que a partir de mañana Cárdenas tendrá que hilar fino con sus cola- boradores si quiere alcanzar un equilibrio de “centroizquierda” entre el derecho y la justicia, entre el optimismo partidista y el apoyo crítico de la sociedad, entre las exigencias de unos sin coartar las esperanzas, las adhesiones y las desesperadas peticiones de los otros, de tal modo que estimule la creatividad ciudadana sin poner en riesgo la eficacia de la administración. No es una cuestión de intenciones buenas o malas, sino de políticas públicas, de suyo limitadas por la escasez de recursos,

pero susceptibles de fincar en suelo firme prioridades y proyectos. En cualquier caso, el desafío reformador, con su enorme cauda de riesgos y oportunidades, definirá el futuro inmediato del gobierno, de la ciudad y del mismo cardenismo y sus aspiraciones.
La calidad de vida hoy se llama libertad, democracia, justicia, legali- dad, equidad. Por ello, la ciudad reclama honestidad, leyes justas, jueces dignos, respeto a los derechos humanos, seguridad. Es por eso que la mayoría no puede sino oponerse a los privilegios otorgados desde el te- mor para acreditar salidas autoritarias contra el delito que nos agobia.
La población capitalina no añora un pasado que la mayoría de sus habitantes jamás conoció. Quiere saber cómo introducir aquí y ahora orden en el desorden, razón en la irracionalidad, sentido en el azar de sus vidas; quiere reinventar las formas de convivencia sin renunciar a la modernidad; desea vivir, no vegetar, en esta ciudad de ciudades. La ciudad habitable reclama solidaridad, puentes capaces de cruzar la línea divisoria entre la urbe que trabaja y la que trabaja fuera de la ley; quiere empleo, reglas integradoras que hagan visible, transparente y real la ciudad informal. Y ése es un reto que desborda el siglo.
Durante el largo tiempo de espera, Cárdenas ha sido prudente res- pecto de los asuntos públicos. Prometió una transición republicana y ha cumplido. Algunos, en contraste o por vicio futurista, están inflando las expectativas, no porque sus promotores crean sinceramente que el nuevo gobierno puede resolver en menos de tres años problemas secu- lares, sino porque calculan que mientras más alto suban las esperan- zas de la gente más fuerte podría ser la decepción. Es imposible modi- ficar en tres años escasos las deficiencias añejas de la ciudad o resolver los más agudos problemas derivados de la penosa situación económica y social en que nos hallamos, pero sí es factible planteárselos de otro modo, con una visión diferente y desde una actitud moral distinta, sin populismo de ninguna especie, con cuidado y tolerancia. Me valgo de una expresión de Luis Cardoza y Aragón, aplicada a la cultura, para ilustrar el sentido de toda verdadera estrategia renovadora y popular: “No se trata de llevar el arte a las masas, sino de llevar las masas hasta el arte”. A partir de mañana veremos hasta dónde llegamos.

¿Izquierda o «izquierdas»?

La Jornada, 18 de mayo de 2000

Es imposible llamarse de izquierda y, al mismo tiempo, convalidar con el silencio los métodos de una banda fascistoide. Pero eso, exac- tamente, es lo que está ocurriendo. Se dejan pasar, como si fueran las cosas más naturales del mundo, las peores muestras de irracio- nalidad, las calumnias. Las infamias más grotescas se difunden sin pedir pruebas. Subsiste, en fin, una visión de la política que todo lo reduce al estercolario de la corrupción. ¿Cómo se puede considerar “de izquierda social” esa mezcla de victimismo e intolerancia que se expresa en el antiautoritarismo autoritario de los nuevos enfermos que se extiende hacia todos los campos, desde la educación hasta la política? ¿Cómo se dice de izquierda la crítica intelectual cuando ésta se reduce a una concepción de la cultura calcada de los antiguos ma- nuales estalinistas, llevados por la Revolución Cultural de Mao hasta el delirio más insoportable? En realidad, se trata de posturas tota- litarias, incapaces de asumir que el pluralismo también debería ser consustancial a la izquierda.
Pensar en el futuro exige que la izquierda se vea reflejada en el espejo de sus aciertos y contradicciones. Y eso supone un cambio de actitud ante la diversidad. La izquierda vive conflictivamente sus di- ferencias; no las reconoce ni las canaliza mediante el debate político. Ése es el problema. Aquí, el desacuerdo es traición… A diferencia de lo que pasa en otros países democráticos, en México el pluralismo en la izquierda está prohibido, es una dolencia mortal inoculada por el enemigo. Aquí no existen las izquierdas, así, en plural, sino una Izquierda mítica, eternamente dividida y confrontada, dispuesta a seguir “todas las formas de lucha” sin una propuesta capaz de ofrecer una alternativa tangible a la ciudadanía. Bajo el discurso democráti- co sobreviven las mismas obsesiones monopartidistas que envilecie- ron al socialismo real.

La riqueza de su propia diversidad se vuelve un arma contra sí misma. ¿No es hora de rechazar la idea de que toda la izquierda tie- ne que caber en el saco del partido único, idea que aún late en el corazón “democrático” de una cierta izquierda radical? La izquierda mexicana, que ha sido la primera en combatir con enormes sacrificios humanos el despotismo político, no ha tenido la misma eficacia para ofrecer una propuesta moral e intelectual propia, una opción liberta- ria, no contestataria, sustentada en el reconocimiento del derecho de los otros y la negación de la desigualdad. Pero si eso no ocurre, no es casualidad, pues no obstante los cambios registrados en la sociedad actual, una izquierda formada básicamente en la doble tradición au- toritaria del priismo o el marxismo-leninismo no pueden ofrecer más que refritos de sus viejas posiciones ideológicas.
Urge, pues, un cambio. Ya no basta –lo vimos con la “cargada” del voto útil hacia Fox– la línea tendida por la polarización para definir a la izquierda, pero si no se discute con seriedad y responsabilidad qué sigue al 2 de julio, entonces la desbandada que ya se registra en los flancos del Partido de la Revolución Democrática puede convertirse en una grave crisis. Urge reconocer que existen nuevos problemas, admitir que el mundo ha cambiado, que los viejos temas de la igual- dad se presentan bajo formas y en contextos muy diferentes. No se puede avanzar si en algunos segmentos de la izquierda se mantiene la desconfianza absoluta hacia la democracia “formal”, desconfianza que un sector nunca ha superado del todo. No será posible iniciar el debate que hace falta mientras la izquierda no acepte la diversidad y no ponga en la picota aquellas acciones fascistoides que la desnatura- lizan moral y políticamente.

Los facinerosos de izquierda

La Jornada , 15 de febrero de 2001

Los estudiantes que vejaron a varios profesores en Ciudad Universi- taria siguiendo el ejemplo de los de El Mexe, según pública confesión de Argel Pineda en la televisión, pusieron en escena una representa- ción abusiva y degradante de los métodos represivos para someter y castigar a un grupo de personas indefensas, cuyo único delito consiste en no compartir sus locuras. Desde cualquier ángulo que se juzgue, dicha acción debe condenarse sin contemplaciones. Un estudiante que intenta poner de rodillas a sus maestros se niega a sí mismo y no merece seguir en la Universidad.
Si la venganza es la única justicia que reconoce y acepta el facinero- so, nadie está a salvo, pues cualquiera puede ser la víctima propicia- toria de su furia: “A los agredidos amarrados con lazos llenos de pin- tura (para simular sangre y dramatizar el hecho) y despojados de sus bienes” se les mantuvo “a la intemperie más de una hora”, mientras los agresores votaban “democráticamente” si los dejaban desnudos o no. Isabel Sánchez, una de las víctimas, describió al diario Reforma lo que pasó esa noche: “A mí me golpeaban, me jalaban de las greñas las mujeres y me decían que tenía que sufrir todo lo que ellas sufrieron cuando la pfp [Policía Federal Preventiva] entró a la universidad…”. Sobran los comentarios.
No es la primera vez, por desgracia, que sale a relucir el filo irracio- nal que sostiene al “fascismo de izquierda”, como llama Daniel Cohn Bendit a esa recurrente enfermedad infantil del izquierdismo, cuyos métodos y valores coinciden cada vez más con los del lumpen. En el pasado hubo otros casos de barbarie simple y llana cometidos en nom- bre de alguna causa “de izquierda” de los que ya nadie quiere acor- darse, como en 1966, cuando los líderes estudiantiles de la Facultad de Derecho vejaron al rector Ignacio Chávez; como en Sinaloa, cuando la enfermedad se apoderó de la Universidad imponiendo la violencia

y un clima de terror que culminó con el asesinato del maestro Carlos Humberto Guevara y del estudiante Pablo Ruiz García a manos de un estudiante enfermo; como en el CCh, donde fue ejecutado el profesor Alfonso Peralta en 1977 por un comando armado ultraizquierdista, y un largo etcétera que algún día convendría repasar en beneficio de la memoria colectiva de la izquierda.
Hechos injustificables como los mencionados, sin embargo, pa- recían irrepetibles y definitivamente expulsados del pensamiento que hoy se dice de izquierda. Pero no es así. Este mismo grupo, bajo las siglas del Cgh (Consejo General de Huelga), agredió físi- ca y moralmente a profesores que se oponían a la huelga y lue- go cometió canallescas tropelías contra Gilberto Rincón Gallardo durante su presentación en Ciudad Universitaria, por citar sólo algunos episodios ominosos recientes. No obstante, y a pesar de la estridencia de sus acciones, hay que subrayarlo, muchos profeso- res y estudiantes prefirieron el silencio a exponerse a la estigma- tización de la ultra.
En los orígenes de esas conductas irracionales se entrecruzan el fondo social que clausura la esperanza, pero también la mala conciencia de cierta izquierda con pretensiones democráticas, la desvalorización de la enseñanza y sus carencias reales, una visión maniquea y pesimista de la violencia como medio económico de salvación. Las bandas ultra padecen una suerte de alteración de la conciencia, que es mezcla de fanatismo y rencor, negatividad revolucionaria y antiintelectualismo, cuyo resultado es un delirio ideológico perfectamente funcional con la sociología de la informa- lidad, la arbitrariedad como destino y la corrupción galopante que todo lo invade.
Política y moralmente están inmersos en lo que Lawrence LeShan llama una “realidad mítica” en la que siempre se aplica una doble mo- ral para calificar los actos según quien los realiza: “nosotros” o “ellos”. A su modo, por demencial que parezca, la ultra está en guerra y, como es sabido, “en una guerra no sólo existen dos morales que nos permiten juzgar a nuestros enemigos de otro modo que a nuestros aliados y noso-

tros mismos, sino que, además, nunca se cuestiona esa diferencia, que es vista como algo intrínseco a esa realidad. Es justicia”.6
La ultraizquierda actual comparte con el lumpen el desprecio hacia la sociedad establecida, pero a diferencia del verdadero fuera-de-la- ley, que no espera nada de las autoridades, quiere impunidad, tole- rancia y concesiones, a pesar de su antiautoritarismo vociferante. No vive en la ilegalidad absoluta como el delincuente común, pues vegeta en la Universidad; tampoco en la clandestinidad revolucionaria, sino en la esquizofrenia ideológica y moral del activista estudiante/maes- tro que se refugia en el verbo amenazante del grupo, la culpabilidad ajena, la marginalidad como coartada y la notoria debilidad del gueto donde actúa. En eso, la banda ultrarradical se parece mucho a los fas- cistas clásicos, quienes también comenzaron vistiéndose de izquierda y terminaron en la abyección del genocidio terrorista.
Las preguntas cortan: ¿son estos lamentables hechos un aviso para llamar nuestra atención sobre la vulnerabilidad de nuestra conviven- cia dentro y fuera de la unam? ¿Podemos cruzarnos de brazos ante un movimiento de origen universitario que se dice de izquierda, pero secuestra y humilla a sus profesores para vengarse? ¿Qué sigue?

6 Lawrence LeShan, Psicología de la guerra. Un estudio de su mística y su locura, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1992, pp. 65-66.

Vistazo al prd

La Jornada, 26 de abril de 2001

El prd es, con enorme diferencia, la mayor fuerza política creada por la izquierda en México, pero su arraigo en la sociedad civil y las cifras electorales, lejos de aumentar, vienen disminuyendo. Las causas de esta declinación objetiva hay que buscarlas en los visibles problemas internos relacionados con la organización y la dirección del partido, pero sobre todo en el desgaste de una forma de hacer política que co- rresponde cada vez menos a las exigencias de la sociedad mexicana.
Se puede decir que la crisis actual es, antes que otra cosa, una crisis de planteamientos y fines, es decir, de alternativas ante una rea- lidad que al cambiar modifica la ubicación del partido, sus compro- misos y responsabilidades, como se reconoce en el debate previo al próximo congreso. La urgencia de actuar siempre bajo condiciones adversas pospuso el ajuste crítico con la herencia socialista y na- cionalista de sus fundadores, quedó pendiente la discusión sobre el socialismo marxista y el liberalismo en la democracia, omisiones que resaltan al precisar el contenido de la definición del prd como “partido de izquierda”. Sólo en este vacío ideológico se explica la importancia adquirida por el llamado “pragmatismo” que desprecia la elaboración teórica y fomenta las tendencias clientelares, el peso del caudillismo que erosiona la institucionalidad, y otros errores cometidos al tratar de evitar las enormes dificultades del camino que hoy se buscan co- rregir en Zacatecas.
El congreso tiene que decidir si el prd puede y quiere ser un partido definido por sus ideas políticas y su fortaleza institucional, comprome- tido con la democracia y sus métodos, o si prefiere continuar siendo una especie de “frente electoral permanente”, un “partido-movimiento” don- de pesan más que las ideas el carisma de sus jefes políticos, los intereses de las corrientes o los batallones clientelares de las disputas internas. No hay que engañarse: las viejas virtudes de la izquierda –desprendimiento

personal, solidaridad, rechazo a la injusticia “donde quiera que se en- cuentre”– son parte de una ética indispensable, pero estas cualidades no bastan para construir una opción atractiva para la mayoría de los mexicanos. Un partido radical en la democracia no es el que se declara el “más” opositor, sino el que es capaz de ir al fondo de los problemas para ofrecer a la mayoría ideas útiles para transformar la realidad del país. La disyuntiva entre acción electoral y reivindicativa es una rémora del pasado, pues el partido que ahora gobierna la capital y varios estados no puede actuar en la vida política cotidiana como si fuera un grupo marginal, sin responsabilidad social.
La crítica genérica al neoliberalismo como el mal absoluto de la época, sin una discusión sobre el futuro de México en el capitalismo global, resulta poco útil y apenas si exige elaboración propia. El neo- liberalismo es una forma exitosa del capitalismo realmente existente, no una ficción maquiavélica, y así debe comprenderse teórica y prác- ticamente para hallar opciones ajenas a las experiencias fallidas del viejo socialismo. No se trata tampoco de embaucarse en la imitación de una imposible tercera vía sino de extraer lecciones de la historia para sobrevivir en la globalización sin dejar de ser una nación, impul- sando el desarrollo social, combatiendo la desigualdad, la exclusión, la ilegalidad, en una palabra, la injusticia que se reproduce a escala planetaria, la revolución conservadora que parece cancelar toda al- ternativa. La modernización del prd depende de su capacidad para contribuir a la elaboración de un nuevo proyecto de y para el país. Y eso exige reflexión, no sólo grilla interna.
Su renovación es indispensable para desarrollar el régimen de par- tidos que heredamos de la etapa predemocrática, contrarrestando las inercias bipartidistas de la derecha, que no se extinguen con la alternancia. Sin una izquierda fuerte en la sociedad y en el Esta- do, la democracia corre el riesgo de convertirse en mera formalidad al servicio de los aparatos políticos profesionales. Hace falta un polo social democrático capaz de impulsar reformas y políticas públicas equitativas, verdaderos compromisos de Estado. Resulta increíble que a pesar de su experiencia en este campo, el prd carezca de una

posición de vanguardia en torno al mundo del trabajo, la educación, los movimientos ecologistas, de género e identitarios, y otros más que están en la base de la nueva ciudadanía. Sorprende, asimismo, la to- tal ausencia de reflexión sobre los temas planteados por el zapatismo en torno al poder, la democracia y otros más. Le concede un enorme apoyo acrítico, pero no le preocupa la significación del zapatismo para la izquierda contemporánea, incluyendo al prd.
Quienes seguimos con interés la vida del partido fuera de sus fi- las, lamentamos que el mayor representante de la izquierda carezca de una política de alianzas digna de tal nombre. Ha sido sectario y arrogante con expresiones políticas e intelectuales que no comparten todos sus puntos de vista, aunque sigan votando por sus candida- tos en cada elección. Además, tendría que pronunciarse por un plu- ripartidismo verdadero, ajeno a la proliferación de membretes o al establecimiento de un sistema cerrado desde adentro por los actuales partidos. Un signo de avance sería reconocer que existe un pluralismo de izquierda social y política incompatible con la noción de “partido único” que aún subyace entre dirigentes perredistas. Esperemos que el congreso de Zacatecas tenga éxito.

Los indios: México sin excusas

■ La guerra de castas de los triquis
La Jornada , 6 de mayo de 2010

A Carlos Monsiváis

Hace ya casi cincuenta años viajábamos José Luis Cerrada, Octavio Falcón, Félix Goded, Carlos Pereyra y yo en un destartalado autobús de la línea Flecha Verde de Acapulco rumbo a Pinotepa Nacional. El camino era una brecha con varios ríos que vadear a lo largo de la Cos- ta Chica. Toda una aventura mecánica, cumplida perezosamente en medio de un paisaje humano singular de pueblos costeros de origen africano y, más adentro, dispersas o aisladas, variadas comunidades mixtecas.
En Pinotepa debía esperarnos Antolín Goded, un antiguo piloto de la República española, quien después de jugársela en México como fumigador agrícola había preferido seguir volando entre los valles profundos y las montañas de la Sierra Madre del Sur para un rico cacique, cuarentón, blanco, de ojos azules y aspecto de poeta soñador. Pero Antolín jamás llegó al encuentro. El presidente municipal, un hombre pequeño, pistola al cinto, incapaz de armonizar el lenguaje gestual con las palabras emitidas, nos informó que unas horas antes la avioneta se había estrellado contra la ladera del cerro, en un es- carpado paraje próximo a Juxtlahuaca, arrebatada por las corrientes descendentes de aire que, supimos, eran el peligro más temido en esa arisca orografía. No entraré en los detalles de la pesadilla que fue tomando cuerpo mientras atendíamos por telégrafo las urgencias derivadas de la localización y traslado del fallecido, pero es obvio que las autoridades locales no estaban interesadas en investigación algu- na, menos aún en enviar los restos a la ciudad de México. Así que el capitán Goded fue enterrado en Juxtlahuaca en una digna ceremonia

a la que, finalmente, sólo uno de nosotros asistió en representación de la familia.
Si traigo a la memoria este lejano episodio es porque esa fue la pri- mera vez que escuché hablar sobre los triquis, justo en referencia a la zona apartada donde ocurrió el accidente. Se aludía a ellos como un grupo rebelde y violento que no merecía la consideración de la “gente de razón”. Cabe recordar que en Pinotepa la sociedad de castas aún se alzaba encubierta por la fisonomía de la república, como si la vida colonial se hubiera congelado en ese territorio. Abajo, en el fondo, per- manecían los indios, seguidos de los negros traídos como esclavos, los mestizos y, coronando la pirámide, la minoría blanca, criolla, dueña y señora de vidas y haciendas.
La estigmatización como coartada de la violencia ejercida contra los triquis tenía, por lo visto, una larga tradición, como pude comprobar poco después leyendo las páginas iluminadoras escritas por Gutierre Tibón en su ya clásico Pinotepa Nacional, en las cuales se da cuenta de esa historia de abusos y resistencia que llega hasta nuestros días. Baste citar este episodio atroz:

–¡Exterminarlos! ¡Hay que exterminarlos! –gritó exasperado el jefe de la zona militar cuando le informaron que los triques habían asesinado en una emboscada al teniente Palos y a dos soldados. La gente de Juxtlahuaca vio por primera vez cruzar su cielo dos aviones militares: los mandaba el gobierno federal para auxiliar a las fuerzas de la expedición punitiva que avan- zaba sobre Copala desde Juxtlahuaca y Putla. Fueron ametra- lladas cuantas chozas de triques se descubrieron en los claros de la selva. No se conoce el número de bajas. Lo que sí se sabe es que los federales encontraron algunos barrios desiertos y prendieron fuego a las chozas, como represalia por la muerte del teniente.7

7 Gutierre Tibón, Pinotepa Nacional: mixtecos, negros y triques, México, Editorial Posada, 2a ed., 1981, p. 129.

Era el año 1956, al final de una historia atrozmente real. Incorpo- rados a la guerra de independencia en pos de sus tierras y el derecho a gobernarse, los triquis vivirían las tensiones creadas por la consoli- dación de los nuevos cacicazgos que los despojaban de sus tierras, los enfrentaban entre sí y los dispersaban para debilitarlos. Dicho con las palabras de Francisco López Bárcenas, investigador comprometi- do con la causa indígena y autor de una historia imprescindible:

… Fue hasta que los triquis protestaron y amenazaron con le- vantarse en armas cuando aminoraron las agresiones en su con- tra y se les hicieron ciertas concesiones. El 15 de marzo de 1825 se reconoció a San Andrés Chicahuaxtla la categoría de munici- pio; un año después, el 6 de mayo de 1826, se hizo lo mismo con San Juan Copala. Pero los triquis no se conformaron con ello y el gobierno ya no cedió, entonces cumplieron sus amenazas.8

Entre 1832 y 1839 se produce la rebelión encabezada por Hilario Medina, Hilarión, hasta que éste es capturado y muerto por decapi- tación. Vuelta a la resistencia. Escribe Gutierre Tibón:

A mediados del siglo pasado los triques se lanzaron a una terrible y estéril aventura bélica para reconquistar su independencia, es decir, para volver a ser los amos en sus tierras y libertarse para siempre de la presión de los blancos y de los mestizos, que hacían su juego. La sublevación estalló en 1843, cuando gobernaba Oa- xaca el general José María Malo; ni éste ni su sucesor, el también general José Ibáñez de Corbera, lograron dominar a los insurrec- tos. La revuelta se volvió una guerra de guerrillas que duró cinco años; con razón se la llama la guerra de castas de los triques.9

8 Francisco López Bárcenas, La persistente utopía triqui: el municipio autónomo de San Juan Copala, 2010, p. 9. Disponible en: <http://desinformemonos.org/wp-content/ uploads/2009/08/ElmunicipioautonomodeSanJuanCopala.pdf>.
9 Gutierre Tibón, Pinotepa Nacional…, p. 130.

A pesar de las derrotas y despojos, la resistencia triqui jamás se apagó por completo. Sujetos al expolio de los caciques tras la Refor- ma, arriban al siglo xx muy pobres, debilitados aunque no sumisos. No era todo. Aún les esperaba la modernidad, es decir, la incorpora- ción a la sociedad nacional que prometía rescatarlos de la injusticia. Gutierre Tibón describe con frescura ese paso que, sin duda, abarca otras aristas:

Hace unos 30 años empezaron a cultivar café en las laderas de sus montes y sus cafetos prosperaron. Ya tenían los triques una producción que les permitía un intercambio más favorable con los mestizos; ya tenían una riqueza. Y esa riqueza fue su perdi- ción. El excelente café de altura, producido en la región de Co- pala, se trueca, en ínfima parte, en maíz; lo demás va a parar, tarde o temprano, a la bolsa de los mestizos, que han creado la organización más perfecta para que los triques no puedan nunca salir de su terrible círculo vicioso. Les venden armas y parque, fomentan sus rivalidades, les venden alcohol que los enardece e incita a peleas, y cuando hay un hecho de sangre, los extorsio- nan. De esta suerte, la ganancia del café que los triques cultivan nunca será para ellos. Siempre quedará en poder de sus impla- cables explotadores.10

Para colmo, el hecho es que en 1948 San Juan Copala pierde su calidad de municipio, de modo que sus comunidades quedan reparti- das entre Santiago Juxtlahuaca, Putla de Guerrero y Constancia del Rosario.
Lo que vino después –las obras emprendidas por la Comisión del Balsas dirigida por el general Lázaro Cárdenas, la implantación del Instituto Lingüístico de Verano, la creación de la primeras organiza- ciones triquis, la puesta en marcha de los programas sociales– creó nuevos contextos, pero la manipulación política caciquil con fines

10 Ibid., p. 132.

electorales y de control, ejercida a rajatabla por el gobierno oaxaque- ño, al final se combinó para crear una situación donde, finalmente, se impuso la ley del más fuerte sobre el interés comunitario, la confron- tación como regla.
Hoy, como ayer, la campaña del odio, el racismo y el desprecio por la vida tienen como propósito vencer la resistencia de los triquis de Copala, liquidar cualquier vestigio de independencia, de autonomía.
¿Serán necesarios otra vez los aviones militares para vencerlos? ¿O bastarán los pequeños ejércitos privados al servicio de gobernantes y caciques para aniquilarlos? Ésa es la otra cara de la violencia que nos devora. Mientras, el mundo espera justicia.

■ Los indios o la geometría de la violencia
Nexos , núm. 134, febrero de 1989

Uno de los efectos psicológicos –e ideológicos– más notables de la pro- longada crisis que vive el país consiste en la necesidad de oponer a realidades nuevas cada vez menos aprehensibles o más resistentes al análisis especializado pero corriente, esquemas globalizadores, expli- caciones rotundas que al menos neutralicen, para satisfacción inter- na, esa dura opacidad de la vida social.
¿Cómo juzgar, por ejemplo, el perfil de violencia que se ha configura- do en los últimos meses? ¿Vale el método casuístico, imprescindible en todo caso, para explicarse la simultaneidad de los asesinatos cometidos en las personas de varios líderes campesinos, en una sucesión que pare- ce planeada? ¿Nos hallamos, como algunos presumen, ante una nueva dimensión cualitativa del conflicto social y, en consecuencia, ante una política de contención represiva, definida y puesta en operación como un plan concebido por las agencias correspondientes? O bien, las nuevas magnitudes de la violencia conocidas por el público no son tales y sólo nos enfrentamos a un intento de presentar unidos lo que en los hechos son meros incidentes lamentables pero aislados, episodios azarosos, en un contexto conocido, previsible y conducible al modo tradicional.

Como quiera, éstas y otras preguntas similares se han venido plan- teando con insistencia, hasta el punto de concretar una inicial respues- ta cuyo hilo conductor consiste en tratar de probar la inevitable cone- xión existente entre una política (los nombramientos de Miguel Nazar Haro y otros funcionarios de antiguos vínculos con tareas de represión política y contrainsurgencia) con la cadena de sucesivos hechos de vio- lencia que han sacudido al país hasta el operativo policiaco-militar del día 10,11 que estremeció los cimientos del corporativismo nacional.
Para un amplio sector de la izquierda partidaria, el esquema globa- lizador está, así, casi completo: a la crisis económica se une ahora una inevitable y cada vez más profunda crisis política. El país, en conse- cuencia, se dirige hacia un inevitable conflicto social que el gobierno, sin consenso, credibilidad o legitimidad suficientes, sólo podrá afron- tar con la violencia. No hay lugar, en este esquema reduccionista, para una reforma democrática concertada, capaz de reconstruir las estructuras políticas desvencijadas a partir del 6 de julio [de 1988], con la activa participación de todas las fuerzas. Una de las pruebas aducidas es, justamente, el asesinato de los dirigentes indios, cuya si- multaneidad se explica como parte de dicha ofensiva gubernamental. Sin embargo, dadas las evidencias y los antecedentes, dicha apre- ciación no corresponde con los hechos. La violencia rural, sobre todo en algunos estados como Chiapas, tiene largos y documentados an- tecedentes. La violencia es, ciertamente, una constante en todas aquellas regiones donde prevalecen estructuras de cacicazgo regio- nal, históricamente beneficiarias del poder local, que han dominado desde tiempos inmemoriales el acceso a la tierra de las comunidades indígenas, imponiéndoles conforme a sus conveniencias o caprichos condiciones laborales coactivas, prestaciones de servicios y labores pagadas a través de formas ilegales, siempre al margen o por debajo de las disposiciones que la ley otorga. En Chiapas, por ejemplo, per- sisten las tiendas de raya, así como el acasillamiento de los peones,

11 Referencia al golpe contra el líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, la Quina, acción que se conoce como el quinazo.

una de cuyas luchas recientes y difíciles consiste en la construcción de un sindicato de jornaleros al que las autoridades niegan el registro.
Se trata de regiones donde la reforma agraria no se produjo o fue pulverizada y anulada por los caciques, quienes a su vez dominan los aparatos políticos y las fuerzas policiales, los ejércitos privados de guardias blancas y, más recientemente, la conflictividad entre orga- nizaciones campesinas antagónicas.
De hecho, hoy por hoy la cuestión indígena está relacionada con el gran tema central: la reforma agraria, que no sólo significa el reparto de las tierras o el reconocimiento de la organización campesina tanto para la representación corporativa como para fines productivos, sino, además, abolir el entramado institucional que devora la capacidad de gestión autónoma de los indígenas, el reconocimiento de su lengua y, en general, la aceptación plena del universo cultural de las etnias como un componente básico de la institucionalidad, la cultura y la identidad nacional.
Puede ser que la simultaneidad de los asesinatos de Sebastián Pé- rez, en Bochil, Chiapas; de Elpidio Domínguez, en Santa Fe, Michoa- cán, o los cometidos en las personas de un indígena tarahumara o del asesor de los tatamandones de Jicayán, respondan a una misma ló- gica caciquil que tiene que ver con la visión nacional de tales grupos, con una geometría de la violencia en la que el enfrentamiento da la medida de la resistencia de los nuevos gobernantes.
El hecho es que la historia individual de cada uno de los líderes muertos resume toda la historia de las vejaciones a las etnias, pero también, de un modo tangible y esperanzador, el despertar de su re- nacimiento.
El ascenso de la lucha de los indios de México, estimulada en los últimos tiempos por la actividad política, es ya un movimiento pro- fundo, interconectado por uno y mil lazos, visibles o no, que tiende a la autoorganización. Se trata, al mismo tiempo, de la expresión más notoria de una masiva movilización que tiene como objetivo escapar al estado de miseria y abandono al que han sido conducidos, pero que en las condiciones actuales sólo puede expresarse como un movimien-

to social cada vez más político de salvación contra el etnocidio, por la vigencia de los derechos humanos. Movimiento que por el sólo he- cho de existir pone en entredicho valores ideológicos supuestamente inamovibles concernientes a la relación entre diversidad e identidad dentro de la nacionalidad y que afectan la definición misma del con- cepto nación. Y la remite a la dimensión social no resuelta, a la liber- tad democrática para hacer valer una cultura propia.

■ Chiapas: una vergüenza para México
La Jornada , 5 de enero de 1989

A Ernesto Jagger: “Verde es el árbol de la vida”

Durante años, un anuncio publicitario glosaba orgulloso: “Todo Chia- pas es México”. Hoy, sin ofender a nadie en su persona, podríamos de- cir que Chiapas es una “vergüenza para México”. Resulta indignante la impunidad con la que se cometen allí los crímenes más abyectos contra la población indígena y se somete a toda suerte de feroces hu- millaciones a los dueños auténticos y naturales de esas tierras, ex- plotadas por finqueros racistas, a ciencia y paciencia de unas auto- ridades que, en nombre de la igualdad jurídica, resultan cómplices por omisión de los peores atentados contra el indio, su familia y su comunidad. En Chiapas sobreviven, con ese mismo nombre, peones acasillados a quienes la autoridad impide organizarse en sindicatos que los defiendan y representen en la selva burocrática que los liqui- da más que la ignorancia o el alcohol que ahora produce y distribuye un monopolio.
Sebastián Pérez, dirigente de Bochil, maestro bilingüe, sencillo y transparente, de fácil palabra y pensamiento vivaz, estuvo preso por presiones de los caciques. Fue liberado y amenazado de muerte una y otra vez, sin que las autoridades decidiesen hacer algo más que suge- rir la salida de Sebastián del estado, como única forma de garantizar

su vida. Eso me consta personalmente. Para las elecciones del 1985, Sebastián fue colocado como segundo aspirante en la lista plurino- minal del psum, después de Andulio Gálvez. Al primero, ya diputado, como se recuerda en Comitán, lo cazaron frente a su casa y allí que- dó su cadáver. Ocupó su lugar Sebastián, el mismo que una tarde escuché decir en Bochil: “Compañeros, la tierra es muy importante, pero no tendremos tierra ni nada si no ganamos poder, poder para el indio”. Como los reunidos no hiciesen comentario, Sebastián cargó: “¿No me entienden en español?… se los repito en tzotzil”.
Poder para el indio, sobre su vida y su tierra, poder contra el ham- bre y la pobreza, causas por las que fue asesinado, para vergüenza de México, un hombre honesto y cabal, diputado inerme y valeroso, el maestro bilingüe Sebastián Pérez, amigo y compañero.

■ Chiapas: la violencia no es sólo literatura
La Jornada , 12 de enero de 1989

La semana pasada en este espacio me sumé a la denuncia del asesi- nato de dos dirigentes agrarios y populares de las etnias purépecha y tzotzil: Elpidio Domínguez y Sebastián Pérez, ambos maestros bi- lingües, jóvenes, con una larga trayectoria como defensores de los derechos comunitarios.
Hasta hace unos meses, Pérez había sido diputado. Luego de un conflictivo paso por la Confederación Nacional Campesina (CnC), de persecuciones, amenazas y prisión a cargo de la familia Centeno (fin- queros de Bochil, en connivencia con pistoleros y agentes oficiales), pasó a formar parte de la Central Independiente de Obreros Agríco- las y Campesinos (CioaC) chiapaneca y a militar en el psum primero, y en el pms después. Las autoridades del estado siempre supieron del peligro que representaban para Pérez las amenazas de los finqueros. Pero, como ya lo dije en mi entrega anterior, los encargados de tutelar los derechos aplastados del más débil se escudan tras el respeto a una cierta interpretación de la legalidad para no tomar medida alguna

que impidiera la violencia y crímenes, como los que comunica con precisión y puntualidad la reportera de La Jornada.
El asunto está claro: o el gobierno del estado de Chiapas, y las agencias federales y estatales toman partido por los campesinos indí- genas más pobres, o protegen los intereses de los poderosos finqueros, los más atrasados terratenientes del país. O con el racismo o contra él en las relaciones laborales. Con el derecho que protege al trabajador o contra esas mismas leyes. El asunto no es simple pero tampoco hay por qué embrollarlo más.
La cuestión social es la causa de la violencia en Chiapas. Está do- cumentada, los testimonios abundan y se repiten, Es saludable que el nuevo gobierno reaccione y hable de deslindarse de su antecesor, el general Absalón Castellanos, que llevó la represión a los niveles más altos de la historia reciente. Pero no hay que engallarse. El crecimiento de la violencia está asociado también al ascenso de la lucha del pueblo indio y, por tanto, a la resistencia directa de los te- rratenientes, asistidos por la fuerza represiva del Estado. Del total de 138 asesinatos ocurridos entre 1982 y 1987, más de la mitad los cometieron los patrones y sus guardias blancas; el resto, las agen- cias policiales. Es saludable que un nuevo gobierno intente encarar el problema dándole la cara a la necesidad de la pacificación en el campo chiapaneco, pero ésta sólo se conseguirá cuando se convali- den los derechos legítimos de los campesinos, comenzando por el respeto a su organización independiente, cuya persistente negativa a reconocerla es la base de las invasiones y los desalojos, fuente de violencia permanente.
Un nuevo trato hacia las comunidades campesinas sólo puede par- tir del respeto hacia las formas de organización política, social, pro- ductiva y cultural que mejor correspondan, en términos de ley, a los intereses de estos grupos, cuyas condiciones de vida, malas de por sí, se agravan por el peso de una cultura dominante que los humilla y los desprecia, haciendo más perniciosa e intolerable la pobreza.
Urge que desaparezca el prejuicio paternalista que atribuye la agi- tación campesina a fuerzas externas o ajenas a las comunidades. Si

los puntos de mayor enfrentamiento son donde actúan las organiza- ciones agrarias, y la pax del encomendero se quebranta, es porque allí las comunidades han comenzada a exigir una sola demanda: acabar con la miseria, recuperar la dignidad para las comunidades y su cul- tura ancestral.
Dice un testimonio recogido hace algún tiempo en Campo la Gran- ja, municipio de Simojovel: “Amenazas de muerte de los patrones a los siete peones acasillados; nos acusaron ante el Ministerio Público para que nos meta a la cárcel; nos mete otra gente para que trabaje en su finca; nosotros no dejamos entrar a otros trabajadores hasta que nos paguen su salario, ya que nosotros estamos en paro de tra- bajo; nos meten ganado a nuestras milpas; nos dio plazo de noventa días para que nos corriera y tapizcáramos nuestro maíz; en aquel tiempo obligaron a trabajar a las mujeres; no deja chaporrear nues- tra sementera”. O este otro, grabado en Carmen de San Agustín, en el predio de Eugenio Carpio: “Los acasillados de esta finca estamos en paro porque el propietario sólo quiere pagar cuarenta pesos y nos amenaza con desalojarnos con soldados, que va a meter soldados y ganado en las milpas”. Historias similares se repiten una y otra vez en el campo de Chiapas.
No aspiro al reconocimiento literario de las doctas autoridades de la comunicación estatal, pero espero que esta nueva literatura chia- paneca, ésa sí, también les llame a ustedes la atención y, ¿por qué no?, consiga avergonzarnos un poco a todos.

La insurrección zapatista

■ 1995: Chiapas y el nuevo enero
Nexos , núm. 205, enero de 1995 (fragmento)

La aportación básica, crucial e irremplazable del levantamiento za- patista –más allá de las intenciones originales de sus protagonistas y de los efectos aún inclasificables de la violencia– fue mostrar que en este país, desigual y diverso, la pobreza no es neutral; que ésta nos aguarda con un rostro inasible, oscuro y perturbador; que hay comu- nidades olvidadas, como hay regiones y estados olvidados donde, sin embargo, “pasan cosas” que pueden cambiar nuestro entorno, aunque éstas no cuenten en el registro político o cultural; que veinte o cuaren- ta millones de mexicanos, entre los cuales se ubican los campesinos indígenas de Chiapas, son mucho más que un dato inerte en el paisaje estadístico, orgullosamente “criollocentrista”, de fin de siglo; que el destino de prosperidad no estaba asegurado para ellos y que ya no era aplazable la necesidad de ir a su encuentro.
Chiapas puso al desnudo los límites intolerables de un desarrollo social deformado, inacabado y depredador. En la gestación de las con- diciones objetivas del levantamiento concurrieron a partes iguales los peores rasgos del centralismo desarrollista y sus excesos, combina- dos con el descuido secular de un cierto federalismo complaciente con el autoengaño de las clases gobernantes. Por eso, una solución a las cuestiones explícitamente planteadas por el zapatismo, entre ellas la que se refiere al delicado tema de las autonomías indígenas y la pre- servación de la integridad política y territorial del Estado, es inseparable del carácter a la vez particular y general de la reforma democrática que debe darle nuevos contenidos al federalismo y ubicar en nuevos términos la política social del Estado. La democratización de Chiapas, la superación definitiva del Estado oligárquico, es parte del avance político general que está en curso. Una es inconcebible sin el otro.

Saldar, hasta donde esto es posible aquí y ahora, la enorme desigualdad que separa a Chiapas del resto del país, es una tarea nacional que compete a la república entera, a todas las organizaciones civiles y sociales chiapanecas, a los partidos, y no solamente el gobierno.

■ Recapitulaciones
Nexos , núm. 253, enero de 1999

Uno
Los años transcurridos desde el inicio de la insurrección zapatista han sido los más turbulentos y aciagos de la historia reciente de Mé- xico. Sorpresivamente, todas las tensiones, los rezagos y las cuentas pendientes acumulados durante el siglo saltaron a la vez, como si hubieran sido sacudidos por una violenta descarga eléctrica.
Nada ha sido igual desde entonces. Aunque sería un despropósito irracional atribuir al zapatismo el descubrimiento de ese estado de cosas, es claro que a su presencia se debe en buena parte el clima y el tono de la época, la sensación de urgencia que nos obliga a revisar el sen- tido de nuestra historia para encarar el futuro.
Los efectos de estos años azarosos aún están por verse. Pero algo salta a la vista. México termina el siglo xx como lo empezó: dividido e incrédulo, ensimismado ante la demolición del viejo orden bajo la picota de la revolución democrática que está en curso, pero sin un en- tusiasmo equivalente hacia la transición que ya ha cambiado el mapa político, la relación de fuerzas, los sujetos políticos y sociales.
A nadie, empero, parece importarle demasiado. A pesar de las te- rribles lecciones que la historia universal –y la nacional también– nos ofrecen, seguimos sin reconocer que en materia de desarrollo social e histórico no hay líneas rectas ni, por desgracia, recetas o caminos cortos que puedan ahorrarnos sacrificios inútiles.
La reedición de la lucha armada, cuando ya parecía desterrada del escenario nacional, más allá de sus intenciones originales y de la pré- dica moralizante de sus epígonos, solamente vino a subrayar la ver-

dad permanente de nuestra historia inacabada: somos un país frágil, sustentado en una inexcusable desigualdad social que es impermea- ble a las promesas del progreso modernizador. Pero, a cinco años de la insurrección, ni el gobierno ni los zapatistas parecen dispuestos a reconocer estas simples verdades. No se aplican sus esfuerzos a la búsqueda de una salida negociada que no posponga indefinidamente las soluciones a las causas gravísimas de la rebelión indígena. No hay que hacerse ilusiones: mientras se mantengan intocados los nudos que impiden el desarrollo social comunitario, la paz será inaccesible.

Dos
La irrupción del zapatismo es, claro está, un golpe demoledor a la autocomplacencia del gobierno que ve en la “modernización” a mar- chas forzadas, sin una reforma democrática concurrente, la vía para la reconstrucción del Estado. Pero, a su vez, el escepticismo mili- tante, que nutre buena parte del radicalismo intergaláctico de la última hora, puede llevarnos a cumbres todavía más altas de irra- cionalidad y descomposición social. La sorpresa zapatista del 1 de enero apenas si fue superada por el sorprendente apoyo obtenido de la llamada sociedad civil, cuyo despliegue, en perfecta sintonía con los acontecimientos, marca uno de los hitos políticos de la época. En ese punto no hay ingenuidad alguna ni neutralidad posible, pues al mismo tiempo se trata de cobrar todas las facturas pendientes dentro y fuera del Estado a la velocidad de la liberalización de los medios en la globalización.
A cinco años de distancia tenemos que preguntarnos de nuevo si en verdad las vías de la legalidad y las reformas son el único camino legí- timo hacia la transición, o si ésta presupone como condición el colapso o la ruptura del régimen político. No es posible que el tema del papel de las formas de lucha armada siga siendo un punto irrelevante para la izquierda legal, cuando el propio Ejército Popular Revolucionario (epr) en unos de sus documentos de propaganda se encarga de aclarar de qué se trata:

Si nada más estuvieran desarrollándose las formas legales de lucha en el país, difícilmente se registrarían los avances y los lo- gros democráticos que se han obtenido; al igual que si nada más estuvieran desarrollándose las forma armadas de lucha o una organización revolucionaria pretendiera hacerla prevalecer por encima de las otras formas, sencillamente sucumbiría o sería re- ducida a pequeñísimos grupos sin mayor capacidad de incidencia en la vida política del país.

Ninguna discusión sobre las causas, estructurales o no, de la vio- lencia impide fijar una posición clara de rechazo a esta dialéctica des- tructiva, pero hay demasiadas resistencias ideológicas o morales para enfrentar el debate con responsabilidad.

Tres
A cinco años de distancia, el Ejército Zapatista de Liberación Na- cional (ezln) se ha transfigurado: ya no es más el movimiento re- volucionario que declara a la guerra al Estado, pero el nuevo plan- teamiento, que enfatiza la presencia indígena, supone un viraje que no implica abandonar la lucha armada. Dicha revisión concep- tual deja intocadas las tensiones entre “el impulso proveniente de los fines revolucionarios (nacionales) que animaron su creación, y la necesidad de hallar un planteamiento que responda a las exi- gencias de la sociedad civil y satisfaga las demandas de sus bases de apoyo político y militar”.12 El subcomandante Marcos ha dicho, para que no queden dudas, que la guerrilla zapatista no se convertirá en fuerza política legal con la fundación del Frente Zapatista de Libe- ración Nacional, considerado brazo político del ezln, porque “no está acabado el recurso de las armas”.13

12 Adolfo Sánchez Rebolledo, “Chiapas y el nuevo enero”, en Nexos, núm. 205, enero de 1995.
13 Declaraciones del subcomandante Marcos a la agencia France Presse, publicadas en La Jornada, 23 de agosto de 1997.

El discurso zapatista vigente encaja en una visión global de crí- tica al neoliberalismo que se extiende hacia las formas clásicas de la democracia liberal, pero también al viejo modelo revolucionario de la “conquista del poder” con su concepción del sujeto revolucio- nario, cuyo espacio hoy lo ocupa una indefinible “sociedad civil”, más los sectores que debido a su ubicación social pueden ser con- siderados como excluidos de la modernización. Es en ese contexto que aparece el tema de la autonomía, la insistencia en los aspectos identitarios del mundo indígena, en una doble vertiente: como re- construcción del pasado comunitario ancestral o como superación, por lo pronto ideal, de la modernidad a partir de la movilización de los marginados. Es natural que los indígenas se conviertan en el símbolo y la razón de ser del zapatismo; tampoco sorprende la ad- hesión del radicalismo cristiano a los valores que éste representa. Sin embargo, a cinco años de distancia, aún es legítimo plantearse si ese cambio civilizatorio puede sustentarse en los indios sin po- ner en riesgo su supervivencia.

■ La hora de los indios
La Jornada , 29 de marzo de 2001

El hueco en la sala del Congreso tiene la medida de la incomprensión que se refugia en el vacío inútil de las formalidades simbólicas, pero el tiempo tiene la calidad de lo histórico. Aunque es difícil evitar el lugar común, la presencia de los zapatistas en la “más alta tribuna” de la nación marca un hito, un cambio cuyos hilos más finos aún no logramos descubrir bajo el peso del instante. Decir que ésta es la hora de los indios, como expresó Esther, la comandanta que llevó la pri- mera voz zapatista, no es una frase, sino apenas el reconocimiento obligado de una realidad que resulta imposible de negar.
A lo largo de sus intervenciones, los cuatro representantes del ezln dejan constancia de sus argumentos, reiteran reivindicaciones y afirman su estilo con plena conciencia de quiénes son y dónde están.

Nada más pero nada menos. Vinieron a defender la iniciativa de ley de la Comisión de Concordia y Pacificación para Chiapas (Cocopa) que el Congreso aún debe discutir y, en su caso, aprobar; a sostener en la tribuna el alegato por la diferencia como signo de igualdad, la causa cristalizada en los acuerdos de San Andrés, y a perfilar la ruta del diálogo que hoy está más cerca que ayer. Y, sobre todo, se expre- saron como ciudadanos que son mexicanos e indios a la vez.
No venimos a vencer, a humillar, “no venimos a legislar, veni- mos a dialogar”, dijo Esther. De las palabras dichas y escuchadas en el Congreso, una lectura de buena fe tiene que subrayar como hechos positivos los mensajes de paz, el tono general de respetuo- sa moderación empleado para dirigirse a la nación, la puntualidad de los planteamientos referidos a la situación social prevaleciente en sus comunidades, la voluntad de construir un futuro digno con plena conciencia de causa. “No tenemos ningún interés en provocar resentimiento”, señaló Esther al referirse a quienes vieron en su paso por la tribuna una afrenta a las instituciones. Perdieron, sin duda, los que “se negaron a escuchar lo que una mujer indígena venía a decirles”. Valieron la pena las palabras de Esther cuando dijo: “Soy indígena y soy mujer, y eso es lo único que importa ahora […] es un símbolo también que sea yo una mujer pobre, indígena y zapatista”.14
Si algo merece destacarse es, justamente, ese discurso y el afán insistente en probar que el respeto a los derechos y culturas de los pueblos indios no debe considerarse como un riesgo para la integri- dad de la nación, a menos, claro está, que el pluralismo siga siendo una ficción constitucional que esconde bajo la alfombra del atraso el mantenimiento de la discriminación y la explotación.

14 Discurso de la comandanta Esther ante el Congreso de la Unión, 28 de marzo de 2001. Disponible en: <http://palabra.ezln.org.mx/comunicados/2001/2001_03_28_a. htm>. En el sitio del Centro de Documentación sobre Zapatismo están disponibles los audios de los discursos de los integrantes de la Comandancia General del ezln en el Congreso: <http://www.cedoz.org/site/content.php?cat=184>.

Las intervenciones zapatistas, sobre todo las de Esther y David, son un llamado a que el México plural representado en el Congreso reconozca que el respeto a las diferencias fortalece la unidad de la nación, lejos de fragmentarla o pulverizarla. Por eso la definición de “pueblo” es tan crucial para la reforma. Los pueblos indios no se definen sólo por la pureza de sus culturas respecto del pasado sino, como señala Aguirre Beltrán, por el “grado de identidad que son capaces de proporcionar para normar el comportamiento y las rela- ciones sociales en el seno de la estructura comunitaria” que se da en una relación de interdependencia con la sociedad nacional.
A diferencia de lo que dice el senador Diego Fernández de Cevallos, que juzga al indio como individuo aislado, no se trata de medir cuánta sangre india corre por las venas de cada ciudadano, sino de reconocer la diversidad que nutre a la nación mexicana bajo el manto del mismo Estado. Ninguna reforma puede ser positiva si niega la universali- dad de los derechos humanos, vinieron a decir los zapatistas ante las críticas hechas a los usos y costumbres. Y reafirmaron su decisión de atacar las causas de la desigualdad que favorece la explotación, la pobreza y sus consecuencias.
Ahora se dice con la mano en la cintura que el problema no es jurídico sino social, que los indios no desean autonomía sino inver- siones y mercado que los salven de la pobreza, pero esta nueva hipo- cresía de los nuevos defensores de la igualdad jurídica es tanto más lamentable por el silencio que muchos guardan ante la desigual- dad, consagrada por el abuso de ministerios públicos, la acción de intermediarios ladinos, guardias blancas y otras presencias en las comunidades.
¿Está todo resuelto? Desde luego que no. Falta que los legisladores hagan su trabajo. Los argumentos están en la mesa, ahora se requie- re que el Congreso asuma en serio sus responsabilidades tomando en cuenta la voluntad de los pueblos indios y el futuro de la nación. No será sencillo crear la mayoría que hace falta, pero la democracia es diálogo y búsqueda de acuerdos. Veremos.

■ ¿Qué es Marcos?
Arcana, núm. 1, mayo de 2001

–Marcos, usted no puede negarse como un ser carismático…
–Sí, sí puedo, cómo no.
–No debe, porque lo es… Usted no se puede dejar de reconocer como lo que es, un ser que atrae a muchísima gente.
–Hay un vacío. Es que hay un vacío en la sociedad. Hay un vacío que se tiende a llenar de una u otra forma. El vacío que llenó Fox, en el campo del área política, no significa que sea lo que aparentemente pudiera o debiera ser. Lo mismo ocurre con
Marcos.

Subcomandante Marcos en entrevista con Julio Scherer15

Durante la Marcha Zapatista a la ciudad de México, cientos de miles de personas de todas las edades y condiciones salieron a las calles o acudieron a las plazas para ver, oír y sentir al subcomandante Marcos y a la delegación del Comité Clandestino Revolucionario Indígena que vino desde Chiapas. El largo viaje de los zapatistas, sin armas y en son de paz, tuvo desde el comienzo enormes resonancias mediáticas y noto- rias repercusiones en el escenario político nacional, pero el hecho más visible y notable, junto con la movilización indígena al paso de la cara- vana, fue la fuerza de atracción de Marcos a siete años de su aparición pública en San Cristóbal de las Casas, el 1 de enero de 1994.
Más allá de los resultados de la visita, queda claro que el zapatismo es un fenómeno social que despierta, sin remedio, curiosidad, interés y pasiones que parecían inimaginables en la arena política nacional tras el ascenso vertiginoso de Vicente Fox en las elecciones del año 2000. Las atentas muchedumbres que escucharon la voz del ezln de- jaron sin sustento los cálculos –¿optimistas?– de quienes suponían

15 “La entrevista insólita. Marcos-Julio Scherer”, en Proceso, núm. 1271, 10 de marzo de 2001.

que tras años de silencio y obligado retiro en la selva lacandona, la estrella del insurgente se habría apagado. No fue así. La estrategia gubernamental fracasó y el personaje demostró que conserva ínte- gras sus habilidades tácticas y un manejo impecable de los medios que le permite multiplicarse a escala universal. La sociedad civil de- puso los prejuicios de los políticos y se dispuso sin temores a recibir a los guerrilleros como si fuera una fiesta y en no pocos lugares unió sus voces para decirles: “¡No están solos!”.
Lejos de desgastarse en la congeladora urbana, la figura del sub- comandante se fortaleció como una referencia imprescindible, odiada con pasión o amada sin condiciones, pero en todo caso imposible de juzgar al margen de la causa que representa. No obstante, todavía a estas alturas muchos se preguntan de buena fe: ¿qué fibras sensibles toca el zapatismo para despertar entre auditorios disímbolos tantas reacciones de solidaridad?

Un poco de historia
En un primer momento, el ezln parece una inoportuna y condenable extensión mexicana de la guerrilla centroamericana; pero a partir del 12 de enero de 1994 la fuerza de la sociedad civil, recién estrenada, hace cambiar el curso de los acontecimientos. La gran reacción a fa- vor del zapatismo comienza cuando se comprueba que las víctimas de los bombardeos y otras reacciones militares son jóvenes mal armados, que los medios de difusión identifican como indígenas originarios de etnias olvidadas. La izquierda, sumada a la hasta entonces inasible y heterogénea sociedad civil, sostiene “que los rebeldes –escribe Mon- siváis en Proceso– no debían morir y que el cese de las hostilidades era el principio de un verdadero diálogo entre la gente dispuesta a ofrendar la vida por su causa y la nación mexicana”.16
Así nace el zapatismo propiamente dicho: como una conjunción entre el poder mediático de Marcos a la cabeza del movimiento indígena (ya

16 Carlos Monsiváis, “El Zócalo: la intromisión indígena”, en Proceso, núm. 1272, 17 de marzo de 2001.

no de la guerrilla, que ha sido sepultada por los acontecimientos) y ese mundo heterogéneo, en ocasiones inasible, que es la sociedad civil.
La insurrección coloca al país, su conciencia (mucho antes de los acuerdos de San Andrés Larráinzar17) ante la monstruosa realidad del mundo indígena que ningún éxito en la modernización pasada o presente logra ocultar. Y, al hacerlo, sin pretenderlo se mira en el espejo de su propio racismo, mal atemperado por la ideología y el indigenismo institucional. Las clases medias, junto a buena parte de la intelectualidad, descubren la existencia de ese horror nacional que sin remedio condena al partido oficial. Cierto es que el ezln es un grupo armado que contradice formalmente los anhelos democrá- ticos de los partidos de oposición, pero esos temores se neutralizan con la frase definitiva: “Pueden condenarse los métodos, pero nunca las causas”. Con ese reconocimiento, todo lo discutible que se quiera, da un giro completo el tema de la violencia y las armas. La sociedad civil, cansada de los cambios desde arriba y las crisis recurrentes para todos, no acepta poner en el mismo plano la violencia del Esta- do y la de los zapatistas. La violencia es inseparable de las condicio- nes que la engendran, se dice. Los insurgentes vienen a ser, así, las víctimas primigenias de las violaciones cometidas contra el “Estado

17 Suscritos por el ezln y el gobierno federal el 16 de febrero de 1996, los Acuerdos, en opinión del grupo insurgente, fueron incumplidos por el Estado mexicano. Según el historiador Miguel León Portilla, los “puntos clave en la discusión fueron el reco- nocimiento de los pueblos indígenas como entidades de derecho público y con autono- mía en sus respectivos territorios, de cuyos recursos debían ellos ser beneficiarios; su derecho a estar representados en los órganos legislativos y, por supuesto, a preservar sus lenguas y diferencias culturales. No obstante tales acuerdos, cuando el Ejecutivo de la nación turnó a las cámaras un proyecto de reformas a varios artículos de la Constitución y a otras disposiciones, los legisladores procedieron desvirtuando los puntos clave de lo que habían sido los acuerdos de San Andrés. Los pueblos indígenas quedaron, en consecuencia, no sólo de hecho, sino también en el orden jurídico, nue- vamente marginados y discriminados”. En: Miguel León Portilla, “¿Queda esperanza para los pueblos indígenas?”, en: <http://ceacatl.laneta.apc.org/020907leonportilla. htm>. Existe una abundante bibliografía disponible en Internet. Para un enfoque jurídico, véase: <http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/1/1/12.pdf>.

de derecho”, esa invocación fantasmal que en Chiapas no ha exis- tido jamás. Bajo el manto protector de la sociedad civil, el zapatis- mo se convierte en una corriente funcional, activa e imprescindible, opuesta por motivos muy diversos –no sólo políticos– al gobierno y que corre paralela a los partidos, en el contexto de una sociedad en transición.
Desde entonces, el discurso de Marcos viene adaptándose a las cir- cunstancias con eficacia, a pesar de los visibles errores de apreciación que comete, sobre todo en torno a las elecciones del 94 y el 97, mien- tras el gobierno se empantana en una estrategia ambigua que no en- tiende la naturaleza del fenómeno y pierde la iniciativa. El acierto de Marcos consiste, justamente, en enviar desde “algún lugar de la selva y las montañas del sur” un mensaje moral y político de contenidos universales sin dejarse atrapar por la lógica del mundo local que, no obstante, continúa siendo la fuente de su legitimidad. Rompe con el código revolucionario de la época anterior pero no incurre en la ten- tación de convertirse en otro sujeto político más. Al contrario, critica a los partidos y a los políticos que buscan el poder y, a cambio, ofrece una ética contestataria, emparentada en sus raíces con el humanis- mo cristiano que intenta llenar el vacío emocional que la sociedad global y el pensamiento único multiplican en todo el orbe y con el pensamiento ácrata que renace entre los altermundistas.

¿Quién soy?
Héroe romántico, Marcos cautiva con su imagen de “guerrillero de los indios” en México y en el mundo. Sus señas de identidad, como el pasamontañas, los comunicados literarios, el paliacate desteñido, las cananas, la pipa humeante, incluso los auriculares montados so- bre la gorra remendada constituyen una parafernalia indisociable del personaje. La capucha (pasamontañas) es un símbolo tan eficaz que sobrevivió a la revelación de su real identidad. La exhibición de su fi- liación, con nombre y apellido, tuvo el efecto opuesto al que esperaban las autoridades, pues el personaje Marcos, con la máscara intacta, tiene vida propia en el imaginario de sus seguidores. No es una coin-

cidencia que sean los enemigos del zapatismo los únicos en llamar a Marcos por su nombre civil, como si con ello se exorcizara la presencia mítica del guerrillero. Esa pretensión es, sin embargo, tan inútil con relación a Marcos como hubiera sido en su época referirse a Pancho Villa como Doroteo Arango. Pero la pregunta sigue. ¿Cuáles son los resortes psicológicos, morales o culturales que la presencia de Marcos hace saltar en la sociedad civil?

El vacío y el héroe
Marcos se explica a sí mismo debido al “vacío” que hay en la sociedad. En una primera mirada, dice a Julio Scherer, “la imagen de Marcos responde a unas expectativas románticas, idealistas. O sea, es el hom- bre blanco, en el medio indígena, más cercano a lo que el inconsciente colectivo tiene como referencia: Robin Hood, Juan Charrasqueado, et- cétera”. Y, en efecto: el defensor de los pobres dispuesto a arriesgar su propia vida sin buscar beneficios personales, enmascarado, por más señas, es el verdadero Héroe en la tradición popular, en oposición di- recta al Hombre Fuerte que quiere cubrir el mismo vacío, pero visto desde la derecha, sólo que a éste se le teme, jamás se le ama. El Héroe complace a la audiencia porque se le ve como el juez de última ins- tancia capaz de otorgar la justicia directa, sin tortuosos argumentos previos o mediaciones legales. Como buen redentor, el héroe popular antiguo o moderno siempre aparece dispuesto a dar su propia vida al servicio de una causa justa. Puede equivocarse en el empeño, fracasar incluso, pero siempre merecerá el respeto de la gente. Ésa es, justa- mente, la tradición recogida y multiplicada en los corridos de todos los tiempos, aunque en ellos la heroicidad sólo se cumpla desde la grandeza que otorga la muerte.

¡Zapata vive!
Si el personaje llena un vacío y despierta adhesiones inusitadas, ello se debe, quizá, a su exitosa incursión en la memoria de una sociedad en crisis. La permanente referencia a Emiliano Zapata, que en su momento parecía un anacronismo, introduce un elemento histórico y

moral preciso, pues ubica la pertenencia social e ideológica del perso- naje, identifica su propuesta y subraya la naturaleza del vacío que el zapatismo de hoy se propone cubrir.
La mimesis con Zapata no es superflua: es el hallazgo ideológico que permite al ezln conectarse, sin intermediarios, con la historia de México. La frase “¡Zapata vive!”, escrita en las paredes de San Cristó- bal el 1 de enero, se convertirá en deliberado esfuerzo de memoria, en propaganda eficaz, pero sobre todo en acusación contra el abandono del mundo rural, justo cuando suena la hora del Tratado de Libre Co- mercio de América del Norte y se completa la reforma del artículo 27 constitucional, que viene a ser, a los ojos de numerosos campesinos, el acta de defunción de la Revolución mexicana.
La invocación a Zapata y a las luchas agrarias constituye el primer llamado a combatir las medidas “neoliberales”, que luego se converti- rá en el eje central de la estrategia zapatista. Gracias a su insistencia en contra del salinismo, el ezln obtiene frutos extraordinarios y en ocasiones inesperados en casi todos los ámbitos públicos y privados. El redescubrimiento de la historia realizado a partir de la propagan- da demuestra que el pasado no se agota por decreto. Como Zapata en su momento estelar, el ezln intenta vivir lejos de los símbolos del poder que contaminan la pureza de su esfuerzo. Su poder viene de abajo y se expresa en el “mandar obedeciendo” de las comunidades, consigna que también adopta como divisa la sociedad civil, que sueña con la democracia pero se niega a reducirla al juego partidista.

Las letras y las armas
Marcos pretende representar a “los más pequeños”, a “los sin rostro”, a los débiles. La fidelidad a ese designio ha sido construida simbólica y políticamente en los últimos siete años gracias a su extensa produc- ción literaria. En ella ha denunciado la doble discriminación, pobreza y racismo en que vive el mundo indígena; y esa misma producción constituye una de las claves para conectar al zapatismo con la opinión pública ilustrada y urbana que mira pero también lee, que busca re- conocerse en las luchas de los pobres.

Los textos de Marcos sobre la pobreza y la realidad del Otro, la discri- minación sexual, religiosa o racial, son una novedad política completa, tanto más desconcertante por cuanto en ellos se combina eficazmente la prosa política desenfadada y antisolemne, asequible a todo ciudadano que sepa leer, con una supuesta reconstrucción literaria de los giros del habla y el pensamiento indígena, cuyas virtudes poéticas no siempre son digeribles, pero, a su modo, responden a un “hueco emocional” que los políticos ni siquiera registran.
Es incuestionable que los medios nacionales e internacionales han potenciado al personaje de Marcos, pero es un grave error creer que el zapatismo es un fenómeno puramente mediático y, por lo mismo, combatible usando las viejas armas del marketing y la contrapropa- ganda. El ezln, es cierto, inaugura un nuevo camino en el uso de las redes de comunicación global, en especial la internet, como nuevo instrumento de una causa “no legal”, pero el interés mediático por el zapatismo es una consecuencia del impulso profesional que lleva al periodismo moderno, “globalizado”, a cubrir los hechos extraordina- rios donde quiera que se produzcan.

Los indios
Con todo, y por mucho que pesen las circunstancias, la formación per- sonal, el estilo y los escritos de Marcos, la cuestión indígena en su universo de pobreza es el verdadero catalizador de los sentimientos, las ideas y las emociones suscitadas por el zapatismo en todos los sec- tores sociales y, en sentido contrario, el motor que pone a prueba la ira de sus detractores. La presencia indígena tras las armas y el pa- samontañas es la que da o quita legitimidad y justificación histórica al zapatismo y, en definitiva, la que le permite sobrevivir a los azares de la transición democrática.
El zapatismo como fenómeno sociológico y cultural urbano expre- sa y condensa –no siempre con acierto– la insatisfacción de amplias capas de la población que en el plano racional rechazan la violencia pero no se sienten necesariamente identificadas con las fuerzas prin- cipales de la transición, en especial con la actuación de los partidos,

los cuales tienen enormes dificultades para existir y convencer fuera del momento electoral. Sin entrar en la discusión de fondo de este punto, el zapatismo es un movimiento político que expresa también el desencanto ante los cambios que llegan tarde a un mundo que discute la calidad de la democracia occidental.
Aparecido en la cresta de la reforma modernizadora, el zapatis- mo intenta ser una alternativa a la política ejercida por los aparatos “profesionales”, útiles durante las acciones electorales pero inoperan- tes para atender la vida cotidiana de los ciudadanos. Si el zapatismo consigue seducir intelectual y políticamente a tan variadas capas de la sociedad, a numerosos jóvenes indígenas y urbanos, ello se debe, en buena medida, al intento de integrar en un mismo discurso, cultural- mente comunitario, reivindicaciones de siglos y exigencias surgidas de la modernidad que el individualismo no satisface, insertando pro- puestas de orden social en un planteamiento de corte ético que busca incidir en la crisis de valores que agobia al mundo occidental.
No todos los partidarios del ezln, por supuesto, responden a los mismos estímulos ni a los mismos resortes (véase, al respecto, el in- ventario “de disposiciones y predisposiciones” al zapatismo, que Mon- siváis hace en Proceso18). Pero la defensa del ezln –y la heterogénea amplitud de sus fieles–, más allá de su condición político-militar, ser- virá como un ariete para erosionar el edificio de la hegemonía priis- ta. La presencia ganada por el subcomandante es inseparable de esa oleada de radicalismo antigobiernista (y sería inexplicable sin ella) que marca con su sello a la transición mexicana hasta el 2 de julio del 2000. El zapatismo tiene un lugar en la política y la cultura de estos años porque supo galvanizar y hacerse parte de esa oleada sin confundirse con ella.

18 Carlos Monsiváis, “El Zócalo…”.

La actualidad de la violencia política

El mundo de la violencia , 1998 19

Cualquiera que observe a su alrededor podrá advertir que vivimos una suerte de secularización de la violencia que, lejos de cancelar, refuerza su antiguo papel, el más viejo y originario al lado del po- der en el Estado, del cual es, como se sabe, uno de sus componentes esenciales.20 Sin embargo, aun cuando nadie le disputa al Estado el monopolio de la violencia legítima –para usar el lugar común webe- riano–, la capacidad de destrucción potencial que hoy está en manos de la sociedad civil en el mundo ha aumentado extraordinariamente. Una buena parte de esa capacidad, como veremos más adelante, está al servicio de la violencia política no estatal, que es todo menos un fenómeno marginal del presente. La violencia contemporánea, a pe- sar de los cambios ideológicos o la innovaciones técnicas puestas a su disposición, sigue siendo, en el sentido más amplio de la palabra, “la continuación de la política por otros medios”.

19 Ponencia presentada en el Coloquio Internacional sobre la Violencia, organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Méxi- co, del 28 al 30 de abril, 6 y 7 de mayo de 1997, coordinado por el doctor Adolfo Sán- chez Vázquez. Publicada en: Adolfo Sánchez Vázquez, ed., El mundo de la violencia, México, unam-fCe, 1998.
20 “Decir que el poder político tiene el monopolio de la violencia es lo mismo que afirmar que la violencia es su medio específico y tendencialmente exclusivo; pero no es lo mismo que afirmar que la violencia es el fundamento exclusivo, y ni siquiera el fundamento principal del poder político”. […] “Puede haber estados en que la violencia tenga un peso limitado y decididamente de segundo plano y estados en que ésta adquiera una incidencia determi- nante aun como fundamento del poder de gobierno”. Norberto Bobbio y Nicola Matteucci, dirs., Diccionario de política, 3a ed., México, Siglo XXI Editores, 1985, p. 1675.
Como señala Fernando Escalante, “… la violencia del Estado es un mentís dema- siado obvio para la ilusión de la sociedad de política pacífica que se fabrica la sociedad”. Fernando Escalante Gonzalbo, La política del terror. Apuntes para una teoría del terro- rismo, México, fCe, 1991, p. 48.

Las “condiciones objetivas”
Se afirma, con razón, que la violencia aparece en la sociedad como el recurso extremo para salir de ciertas circunstancias especialmente injustas y opresivas, las cuales no pueden abolirse mediante las fór- mulas tradicionales consagradas por la costumbre o la ley, al punto de hacer necesario –y hasta inevitable– un procedimiento excepcio- nal: la violencia. Si en el Estado hay siempre una violencia potencial, advertiremos que la violencia virtual de la sociedad puede convertirse en violencia efectiva cuando el conflicto que la origina carece de otros canales para resolverse.
Obviamente, en el fondo de todas las verdaderas rebeliones se ha- lla siempre un sustrato común de miseria, explotación y desigualdad que hace insoportable la vida normal de un pueblo o una comunidad; las llamadas condiciones objetivas que no son otra cosa que la expre- sión concreta del abismo que separa la vida de la supervivencia en las regiones más explotadas y más pobres de nuestro país y de América Latina, por no hablar de otras regiones del mundo.
Tales circunstancias actúan como catalizadores de una acción que halla en la inamovilidad de la situación las claves de su propia legi- timidad, su razón de ser ante sí y ante el Estado. Se trata, en efecto, de una violencia no premeditada, espontánea, surgida siempre como respuesta final a un estado de cosas que resulta por completo intole- rable a los ojos de quienes lo padecen.
La violencia, en efecto, tiene siempre un coeficiente negativo que la hace indeseable, pero puede ser deseada, no como virtud, sino por ne- cesidad. Hay situaciones en las que nadie quiere la violencia y ésta, sin embargo, estalla como resultado de una combinación de factores objeti- vos y azarosos, que, sin embargo, en un sentido literal constituyen una respuesta a esas condiciones persistentes en casos extremos. El recurso de la violencia aparece casi como una decisión de simple supervivencia. Hablamos, entonces, de una violencia social propiamente dicha, no necesariamente de una violencia política. Numerosas insurrecciones espontáneas, incluyendo las que se producen en las sociedades más modernas, son una respuesta defensiva ante la violencia dominante,

pero no todos los conflictos sociales se convierten en insurrecciones. De la misma manera, aun cuando en toda respuesta violenta de la so- ciedad se encuentra un componente político, es evidente que no siem- pre la violencia social se transforma en violencia política.

La violencia política
La violencia política se distingue justamente de otras formas de violen- cia, de la violencia social o “estructural”, porque siempre se expresa como violencia en favor o en contra del Estado. La violencia política es una ac- ción de fuerza ejercida para obtener determinados objetivos en torno al poder, ya sea –como ha planteado Sánchez Vázquez– para mantenerlo, para destruirlo o para reformarlo. No importan tanto sus causas como sus fines: sea como violencia que viene del Estado, o sea como violencia que se ejerce desde la sociedad contra el Estado, la violencia tiene como centro de sus preocupaciones esenciales la cuestión del poder.21
Se trata, en estos casos, de una violencia política, impulsada y organizada con vistas a la realización de un fin en condiciones deter- minadas que excluyen la posibilidad de otros medios legales. El tipo de Estado (dictatorial, democrático) determina el grado y las formas mediante las cuales esta violencia deja de ser una posibilidad para transformarse en una actividad concreta y, a su vez, la extensión de ésta. Cuando hablamos de violencia política en el sentido estricto, ciertamente tenemos que reconocer en ella su carácter de respuesta a ciertas condiciones preexistentes, pero advirtiendo a la vez que

21 El tema del poder: éste es el punto central para juzgar el carácter de la violencia polí- tica. Un ejemplo típico de la confusión que reina en torno a estas cuestiones lo hallamos en estas crípticas referencias de don Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal:
“… si esta diócesis no hubiera trabajado desde hace años por la justicia y la paz, actualmente no habría indígena que estuviera aquí pues todos se habrían levantado y estarían en la montaña. […] la influencia cristiana en sus filas provocó que la gue- rrilla zapatista no se haya planteado la toma del poder, sino la estimulación de la participación ciudadana”. Entrevista con Elio Enríquez, corresponsal de La Jornada en San Cristóbal de las Casas, 25 de enero de 1997. El rechazo zapatista a las fórmu- las clásicas sobre la “toma del poder” no cancela su carácter político revolucionario.

ésta es también un momento de construcción subjetiva, de elabo- ración ética, de representación teórica de la situación del país y del futuro que se pretende resolver modificando las relaciones de poder mediante la violencia.
Considerada como una estrategia para obtener determinados ob- jetivos, la violencia política, cualquiera que sea su forma específica, presupone, además, una determinada racionalidad, un proyecto y una organización; es decir, una cierta voluntad consciente que puede y debe entenderse en términos políticos y no exclusivamente morales, aunque éstos estén presentes.
En cualquier caso, considerada por sus propósitos directos, se pue- de decir que el objetivo más obvio del empleo de la violencia es des- truir a los adversarios políticos o ponerlos en la imposibilidad física de actuar con eficacia. Sin embargo, como han señalado algunos estu- diosos del tema, es mucho más común el uso de la violencia no para destruir a los adversarios políticos, sino para doblegar su resistencia y voluntad e imponerle las propias condiciones.22
Sin entrar aquí en consideraciones acerca de la eficacia de tales iniciativas, se advierte que a menudo:

la violencia de los grupos rebeldes o revolucionarios tiene […] el fin de provocar la reacción del adversario para arrancarle de la cara la máscara de la hipocresía y poner en evidencia los enga-

22 “El hambre, la explotación hasta el embrutecimiento de los más por los menos, la represión de identidades nacionales, la presencia de auténticos mafiosos al frente de numerosos países pequeños (con el apoyo interesado de alguna superpotencia), y sobre todo la sensación asfixiante para almas rebeldes de que un auténtico cambio radical que nos haga pasar de la sociedad del dinero y la competencia al reino de la solidaridad es imposible en las actuales circunstancias, provoca en muchas ocasiones un aura de prestigio y atractivo en torno a la lucha armada. Quien recurre a ella parece más since- ramente comprometido con la transformación de las condiciones de vida que quienes se limitan a la intervención política por cauces pacíficos (incluso aunque éstos no puedan ser legales en determinadas situaciones)”. Fernando Savater, “Razones y sinrazón de la lógica militar”, en Sobre vivir, Madrid, Ariel, 1994, p. 57.

ños y las maquinaciones (verdaderos o presuntos) que le permi- ten dominar sin medios violentos, y minar así en sus raíces la legitimidad de su posición de poder.

No se busca otra cosa que “poner de manifiesto [gracias a la poten- cialidad simbólica de la violencia] la gravedad de una situación de injusticia y la legitimidad de las reivindicaciones del grupo rebelde”.23 Todo ello, dicho sea de paso, sin cuestionarnos la pertinencia o no de la violencia para resolver los conflictos que la determinan.
Esa manera de concebir la violencia política presupone que ésta surge sólo en el lugar y el momento justo en que se cancelan las posi- bilidades de la política, pero no debe olvidarse que la interpretación que orilla a la acción violenta puede no ser verdadera, ya que la de- cisión de pasar a las armas, aunque esté fuertemente condicionada por factores objetivos, expresa necesariamente la visión subjetiva y, por tanto, dependiente de un análisis que puede ser erróneo o inte- resado de la realidad. Es evidente que la posibilidad de que un con- flicto se transforme en una acción armada depende, justamente, de la respuesta que el Estado otorgue al malestar social que origina la respuesta violenta, pero también de las ideas a través de las cuales el grupo social interpreta la realidad y examina las posibilidades de buscar otras alternativas.
En otras palabras, nada permite concluir que la violencia es in- evitable en el sentido de que sea un proceso que deba cumplirse fa- talmente al margen de las ideas a través de las cuales se asume y justifica el uso de la violencia. Éste puede precipitarse. Se da el caso de que las puertas para la solución pacífica del conflicto no estén ver- daderamente cerradas y, sin embargo, el grupo que enarbola la vio- lencia prefiera continuar por esa vía en la medida en que la violencia, pese al valor instrumental que se le concede, tiene como objetivo, jus- tamente, poner en entredicho la vigencia de las instituciones demo- cráticas. El caso del terrorismo, sobre todo en sus modernas facetas

23 Bobbio y Matteucci, Diccionario de política…, p. 1678.

nacionalistas y religiosas, es elocuente.24 ¿Quién asegura que en cier- tos casos se incurre en la violencia necesaria “por las buenas razones” de la desesperación y no como un resultado de la adhesión a la “lógica militar” que subyace en algunos planteamientos?

Respuesta armada e ideología
A pesar de todo lo dicho y tomando en cuenta nuestras propias expe- riencias, ¿no podrían explicarse mejor las insurrecciones mediante la miseria, el hambre, la opresión política? en vez de preguntarnos por la influencia del marxismo y las ideologías entre campesinos, que en su mayoría son analfabetos, pregunta Carlos Montemayor, el más agudo critico del movimiento armado en México.25 En un sentido general tie- ne razón nuestro gran escritor: sin la miseria, el hambre y la opresión política, resultan ininteligibles las oleadas guerrilleras que acompañan la historia nacional. Pero eso explica mucho y nada a la vez. Para ha- cer comprensible el argumento es preciso demostrar dos cosas más: la

24 A diferencia de otros movimientos políticos, el terrorismo no puede negociar sin perder su razón de ser. En rigor, una de las características de estos grupos es su desconfianza hacia toda legalidad. Niegan la política concebida como una lucha de posiciones: el todo o nada. En rigor, como escribe Escalante Gonzalbo, el terrorismo: “Es, de una parte, el producto de una reacción aversiva ante la abstracción de la democracia [no ante su inexistencia: asr], la formalización de la política, el olvido de la legitimidad oscurecida por la ley, y el imperio de la administración; pero, de la otra, su discurso trabaja con la convicción de que es factible una representación de la voluntad general, del Pueblo, y busca legitimarse con el apoyo de una Opinión Pública. El terrorismo es parte de la modernidad occidental, no su negación: para la política que se quiere pacifica, un monstruo, sí, como engendro que es de los sueños de su razón”. Escalante Gonzalbo, La política del terror…, p. 83.
Al mismo tiempo se fortalece la ideología de la violencia sustentada en la lógica militar, que Savater define como “una determinada perspectiva que se complace en lo que de tenso e irreductible tiene todo enfrentamiento entre los hombres”, al punto de que el partidario de esa posición sostiene “que en el fondo todo es pura lucha, guerra primordial por la supervivencia o la supremacía, que la única forma de sobrevivir y afianzarse es precisamente vencer”. Savater, “Razones y sinrazón…”, pp. 50-51.
25 Carlos Montemayor, Chiapas: la rebelión indígena de México, México, Joaquín Mortiz, 1997, p. 12.

primera, que todas las insurrecciones (la guerrilla rural y urbana) son “espontáneas” y la segunda, que las ideas (vengan del marxismo, la religión o la ideología de la Revolución mexicana) son irrelevantes en el paso de la resistencia social a la insurrección armada.
En realidad, todos los grupos armados se muestran al mismo tiempo como representantes de una voluntad popular y como la res- puesta sin mediaciones a las condiciones de injusticia y opresión.
¿No es eso, justamente, lo que dicen literalmente los propios pro- tagonistas de la lucha guerrillera mexicana contemporánea al ex- poner las razones de su lucha? En un manifiesto fechado en agosto de 1996 y distribuido de manera clandestina, el Ejército Popular Revolucionario afirma: “… el conflicto armado […] tiene como origen la miseria, la opresión, la injusticia y la guerra no declarada del gobierno antipopular en contra del pueblo”.26 Otro comunicado, sin fecha, señala: “… surgimos como una respuesta popular a la guerra declarada e instrumentada por el gobierno y la oligarquía en contra del pueblo mexicano”.27
Otra cosa es decir que siempre habrá una tensión entre los fines sociales propiamente dichos y las reivindicaciones políticas, como lo comprueba la experiencia zapatista. Reproduzco, a este respecto, la parte medular de un artículo que sobre esos temas publiqué a princi- pios de 1995:28

No tengo la intención de discutir aquí si la pobreza es la madre de la violencia o si ésta es, bajo ciertas condiciones históricas, una opción legítima e insustituible, pero es obvio que ningún pronunciamiento sobre el zapatismo puede perder de vista que el levantamiento surge y se mantiene como expresión de un proyec- to insurreccional, preparado y madurado largamente, cuyo éxito

26 Parte militar, 2 de agosto, Guerrero, 12 de agosto de 1996. Disponible en: <http:// www.cedema.org/ver.php?id=894>.
27 “El pdpr y el epr, qué son y por que luchan. Manifiesto al pueblo de México”.
28 “Chiapas y el nuevo enero”, en Nexos, núm. 205, enero de 1995, p. 14.

inicial consistió, justamente, en su capacidad para pasar inad- vertido hasta insertarse organizativa, ideológica y militarmente en esa problemática local.
Y, sin embargo, cada vez que se alude a las causas de ese com- plejo movimiento, los ojos y el análisis se vuelcan a describir las condiciones de existencia de los campesinos indígenas de esos cuatro municipios, y a lo sumo para revelar en su palabra el mensaje profundo, ancestral y originario que nos transmite ese “puñado de indígenas en armas”. Tal parece, en efecto, como si estuviéramos sólo ante una reacción desesperada de las masas, ante una revuelta espontánea y no ante la insurrección predeci- ble de un ejército en forma.
Millones de palabras se han escrito para darnos una cruda visión del zapatismo in situ, pero a la hora de discutir una agen- da que permita superar esas condiciones inicuas, ellos mismos dicen que no aceptan que su movimiento sea juzgado más que por el alcance nacional de sus demandas, esto es, por sus obje- tivos estratégicos de cuya satisfacción dependería, en todo caso, un compromiso pacificador. […] El movimiento zapatista vive la tensión extrema entre el impulso proveniente de los fines revolu- cionarios (nacionales) que animaron su creación, y la necesidad de hallar un planteamiento que responda a las exigencias de la sociedad civil y satisfaga las demandas de sus bases de apoyo político y militar. El mismo Marcos ha repetido una y otra vez: “Estamos dispuestos a poner más sangre y más muerte si ése es el precio para lograr el cambio democrático en México”. En este punto no vale la pena engañarse. Las salidas políticas que el ezln ha vislumbrado hasta hoy se inscriben en una línea que no pasa por el reconocimiento de la legalidad política construida paralela y dificultosamente durante la última década.
“Nosotros nunca creímos en la vía electoral, ni en estas con- diciones –declara Marcos–. Cuando el ez se alza no demanda un proceso electoral limpio sino un gobierno de transición que ga- rantice un proceso electoral limpio”.

¿No es una obviedad decir que situaciones sociales semejantes sue- len desembocar en soluciones políticas muy diferentes? Precisamente porque no existe una línea de continuidad entre la necesidad de la violencia y unas determinadas condiciones sociales es pertinente la vieja polémica del marxismo clásico sobre la “situación revoluciona- ria”, revivida décadas después por la Revolución cubana para darle significación, justamente, a la subjetividad por encima de las llama- das “condiciones objetivas”, al revolucionario, considerado como un individuo singular capaz de cumplir con el “deber” de “hacer la revo- lución”.
Vale la pena recordarlo, sobre todo cuando a la cabeza de tales mo- vimientos se hallan organizaciones político-militares (que no surgen espontáneamente) que están identificadas por su base social, unifi- cadas por algunas ideas centrales, pero también por sus tácticas de lucha. Lo menos que puede hacerse para explicar su papel es tomar nota de su existencia, a sabiendas de que ejercen una verdadera in- fluencia sobre los acontecimientos en los que obviamente participan y los cuales dirigen. Al fin y al cabo, como afirma Escalante en el en- sayo citado, “el grupo se asume vanguardia, […] representante [del pueblo], legítimo interprete de sus intereses”. En suma, se sustenta en un discurso que “precede –de necesidad– a la práctica violenta”.29 Ninguna guerrilla, ciertamente, es fruto de una simple especula- ción ideológica fuera de las condiciones (las más generales y las más concretas) que la hacen factible, pero en todas las “insurrecciones” contemporáneas, incluyendo el terrorismo “posmoderno” bajo sus diversas expresiones, encontramos siempre presente un credo polí- tico o religioso, un conjunto de ideas y valores que le dan sentido a la acción, y en el caso de los movimientos sociales, mediaciones y me- diadores, que son quienes explican y dan cauce a la desesperación de las masas, encaminándolas hacia determinados objetivos, por los cuales vale la pena exponer la vida.30

29 Escalante Gonzalbo, La política del terror…, p. 82.
30 ¿Por qué si el epr “representa, en sí mismo, una evolución importantísima de la

Mediaciones y mediadores
Para que la violencia social se convierta en violencia política hace falta que la fuerza se dirija contra el Estado, y eso no es posible sin mediaciones, sin poseer una cierta conciencia nacional en el sentido más genérico del término. Cito, por no repetirme, un texto que publi- que a propósito de estos temas en Nexos:

Algunos se explican la lucha armada como el fruto espontáneo de una radicalización inevitable dada la profunda polarización social que acompaña al proceso modernizador hasta desembocar en la crisis económica y en las conmociones que marcan los rit- mos de la transición democrática. Para otros más, en cambio, la persistencia de los grupos armados es únicamente la expresión de una voluntad arcaica impermeable a los grandes cambios de la época, sin relación profunda con las tendencias fundamentales de la sociedad mexicana. En un caso la violencia aparece como una fatalidad que merece respeto, cuando no reconocimiento y solidaridad. En el otro, los guerrilleros solo son “terroristas” sin verdaderas motivaciones políticas ni arraigo social.

historia de la guerrilla mexicana, que ha podido conciliar la organización armada rural con la movilidad de las células urbanas” no ha recibido la “adhesión política” que espe- raban? ¿Por qué a pesar de que este grupo actúa en zonas indígenas y sus cuadros son pobres, de ellos no se ha dicho, “coincido con la causa no con sus métodos”. No se me escapan los condicionamiento políticos “externos” al grupo armado, pero es imposible no preguntarnos por el significado que tiene –para la sociedad civil que apoya al zapatismo con entusiasmo– la ideología que acompaña al fenómeno epr.
El obispo Arturo Lona Reyes declaró a La Jornada que, en comparación con el ezln, el epr representa a “un grupo de terroristas o maoístas radicales que no ofrecen un proceso de lucha por la liberación o la justicia social en busca de la significación de la persona humilde” (“Demandan obispos cambiar el artículo 27 para limitar com- pras de ejidos”, en La Jornada, 20 de enero de 1997). Del epr, el propio Carlos Mon- temayor dijo en la revista Proceso: “Ha desarrollado una enorme capacidad militar [sic], pero que parece estancada o aislada en su expresión ideológica […] Su expresión teórica, su discurso, parece todavía detenido en la década de los setenta, o principios de los ochenta”.

En ambos casos se olvida una lección fundamental derivada de la experiencia contemporánea: la lucha armada carece de cual- quier perspectiva de éxito si no se da “el encuentro de una volun- tad política y de una estrategia militar con un movimiento social”.31 En México, como en Guatemala, es inaceptable la imagen “de una intensificación de las luchas sociales que desembocara ‘natural- mente’ en una guerra de insurrección, de una violencia social que encontrara su expresión política en la lucha armada”. Antes al contrario, como afirma Le Bot, para el caso chapín resulta esen- cial el papel de las mediaciones y los mediadores para que dicha reunión tenga lugar.32

¿Quiénes son estos mediadores?

Los cuadros de los grupos armados que aparecen encubiertos bajo el pasamontañas y el uniforme militar no surgieron de la nada, se han forjado en el mundo de la marginalidad social y política de la crisis mexicana, en la periferia de las revueltas universitarias, en las acciones de masas más radicalizadas que nunca desaparecen por completo de la escena y acompañan los grandes procesos de cambio democrático: los veremos entre los maestros olvidados, en el desgaste de la lucha por la tierra, en las invasiones fallidas, en años de represión silenciosa a los indí- genas, en la permanente espera de la justicia que no baja de los cielos pero confiere legitimidad a la idea de que “la violencia se justifica”, pero también en la soledad del conspirador que rige su conducta por un calendario particular y espera la ocasión, aun- que sólo pueda aspirar a permanecer allí donde la polarización de las desigualdades se da la mano con una visión desespera- da de la vida; donde el atraso, removido por la modernización,

31 Yvon Le Bot, La guerra en tierras mayas, México, fCe, 1995, p. 26.
32 Adolfo Sánchez Rebolledo, “Contra la costumbre de la violencia”, en Nexos, núm. 229, enero de 1997.

lanza literalmente a las calles a millones de niños y jóvenes a la informalidad urbana o al exilio migratorio. Es en esas condi- ciones “objetivas” donde el discurso de la violencia política –una réplica autoritaria al autoritarismo del poder– busca asentarse e incidir, transformar la carencia de esperanzas en acción sin temor, en una palabra, hacerse creíble y, a su modo, “moderno”, no obstante el anacronismo de sus propuestas liberadoras y las consecuencias previsibles de sus decisiones.33

Resumiendo: lo que confiere a la violencia clásica su carácter político no está principalmente en la composición de las fuerzas sociales que la sostienen, tampoco en el carácter de sus demandas e ideales, sino en la naturaleza del cambio que se propone conseguir en las relacio- nes de poder como condición para satisfacer sus aspiraciones. Creo que esto es un asunto de vital importancia para comenzar a discutir seriamente la cuestión de la violencia en un país como el nuestro, donde, en efecto, hemos acumulado una larga tradición de denuncias de la violencia del Estado, pero hemos estudiado muy poco –prác- ticamente yo diría que no hemos estudiado– lo que ha significado la violencia social, la violencia en general y la violencia política en particular, en este proceso de desarrollo conflictivo de la sociedad moderna mexicana.
Es importante la historia, sin duda, pero lo que hay que discutir aquí y ahora es su pertinencia. ¿Tiene la violencia política algún pa- pel que desempeñar en la construcción de un Estado democrático? Si la violencia tiene una razón de ser en la cerrazón de las vías que la hacen posible, junto con las condiciones que la engendran espontá- neamente, la violencia sólo puede ser excluida si esas vías se abren hacia el Estado de derecho, el respeto a los derechos humanos y a la democracia, no solo formal, sino vivida en la tolerancia. Y también en la desaparición de las condiciones extremas de desigualdad social que atentan contra esa democracia y en favor de la violencia.

33 Ibid.

La supresión de la violencia no es la desaparición del conflicto. Pero sí entraña el reconocimiento de que las contradicciones no se resuel- ven mediante la negación de los otros. Me quedo en este punto con las palabras de Savater:

… al hombre le ha llevado mucho tiempo, no diré suprimir pero sí mediar, este planteamiento y hacerlo compatible con los ideales éticos de comunicación y reconocimiento, con los ideales comer- ciales de intercambio y con los ideales políticos de cooperación y solidaridad. Esta mediación es frágil y por tanto preciosa, mien- tras que la entrega a la hostilidad inmediata tiene la solidez y también la irrelevancia para lo propiamente humano de una de- terminación biológica.34

En efecto, la violencia ha sido la partera de la historia. Cuando pensamos teóricamente en grandes periodos, en el cambio de una época a otra, es difícil imaginarlo sin rupturas violentas. Pero tam- bién es cierto que la historia de la humanidad, a pesar de todos estos descalabros, es también la historia por someter esas fuerzas ciegas al control de los hombres. Y creo que, en este sentido, por mucho que reconozcamos la necesidad de la violencia, tendremos que tomar cuidado y distancia para no involucrarnos en aquello que justamente negamos: el culto a la destrucción.

34 Savater, ”Razones y sinrazón…”, pp. 51-52.

La transición mexicana

Frontera Norte , julio-diciembre de 1996 35

Las notas que siguen son apenas un rápido ejercicio en torno a la transición democrática mexicana, apuntes para un primer bosquejo de los desafíos que la realidad actual plantea al país, a la a luz de los (hasta cierto punto) inesperados resultados de la elección presiden- cial del 21 de agosto [de 1994]. Contra lo que pudiera pensarse su- perficialmente, la victoria del Partido Revolucionario Institucional en esos comicios, lejos de cancelarla o posponerla, replantea con mayor fuerza, aunque con nuevas facetas y bajo otras tonalidades, el tema de la actualidad de la reforma de ese partido, considerada como una de las vigas maestras en la transición que está en curso a lo largo y ancho de la sociedad mexicana. La obvia importancia que tiene el pri en ese horizonte de transformaciones políticas obliga a encarar la cuestión de su reforma interna como un asunto de interés nacional que trasciende el ámbito parroquial, partidista, por cuanto que de su desenlace dependerá, en buena medida, el destino general del siste- ma político, a cuyo sostenimiento y reproducción sirvió eficazmente durante más de seis decenios.
No está de más advertir que la transición en México, como en otros países, se puede comprender mejor si la concebimos básicamente como un proceso y no como la suma de una serie de actos históricos decisivos o ejemplares. Cualquier ciudadano mexicano, sobre todo en este 1994, puede verificar por experiencia propia las tensiones carac- terísticas de un periodo de cambios acelerados, en el cual las viejas reglas e instituciones políticas comienzan a declinar sin que las nue- vas formas democráticas adquieran todavía plena carta de naturali-

35 Adaptación del artículo: Rolando Cordera y Adolfo Sánchez Rebolledo, “Sobre la ac- tualidad de la transición mexicana”, en Frontera Norte, vol. 8, núm. 16, julio-diciembre de 1996, pp. 7-19.

zación. Ése es, justamente, el escenario de la transición. Quienes ven en el triunfo del pri la derrota de la opción democrática no se hacen cargo de los cambios innumerables que el sistema político ha sufrido en el curso de los últimos años. Vincular la idea de la transición a la desaparición del pri de la escena es una forma de negarse a admitir que, pese a todo, la realidad (incluyendo al pri y sus oponentes) tam- bién se mueve. En este texto preliminar intentamos escudriñar algu- nos de los retos que esa reforma necesaria implica, sin dejar de lado uno de los capítulos más decisivos para el futuro inmediato de Méxi- co, a saber: la relación entre democracia y la (posible) reforma social encaminada a abrir la puerta a una mayor equidad en la distribución de los frutos del crecimiento económico.

¿Transición de dónde y hacia dónde?
Si consideramos la experiencia latinoamericana, la transición mexi- cana transcurre por un cauce singular, definido por varios rasgos im- portantes. En primer lugar, en la perspectiva mexicana no hay, como en otros países latinoamericanos, un proceso de restauración de la de- mocracia. En América Latina, la transición se refiere básicamente al paso de dictaduras militares a regímenes democráticos. Más aún: la transición supuso casi siempre una vuelta a los viejos ideales democrá- ticos que alguna vez intentaron plasmarse en instituciones represen- tativas. En México, en cambio, no existe una dictadura ni un régimen militar, a menos, claro está, que el término dictadura sea una metáfora sin contenidos políticos definidos; tampoco se trata de reconquistar un estado anterior ideal que nunca existió en el pasado, por más que el maderismo, con su fe democrática, sea una de las vertientes fundado- ras y rescatables del México moderno. Menos rigurosa es todavía la propuesta que asimila el cambio en el sistema político mexicano al ciclo de la revolución democrática que tiene como símbolo el derrumbe del muro de Berlín, como lo sugiere con demasiada facilidad la noción de “partido de Estado”, tan frecuente hoy en numerosos análisis políticos. En realidad, lo que sí hay, y se presenta con gran fuerza como nece- sidad y exigencia de la sociedad mexicana, es una transformación del

sistema político que, hay que decirlo, nunca fue un sistema cerrado en el sentido estricto del término, aunque siempre fuera un sistema políti- co dominado abiertamente por el gobierno y la coalición revolucionaria que se forma en los años veinte y treinta y se reproduce en adelante.
Cuando se habla de transición a la democracia en México, lo que se plantea, en consecuencia, es una modificación del sistema político en la dirección que marca el pluralismo real y efectivo, así como la búsqueda de un nuevo equilibrio político basado en la competitividad y la equidad en las condiciones de la lucha política y el acceso a los recursos de que disponen los partidos. En otras palabras, de lo que se trata es de arribar a una situación de normalidad democrática.
Esta transformación del sistema mexicano comienza a trazarse como proyecto, pero también en los hechos, después de 1968, ante el reconocimiento por parte de algunos grupos dentro de la coalición gobernante de que el propio desarrollo económico y social de México ya había creado una situación de creciente pluralidad social y, en con- secuencia, de creciente diversidad en las perspectivas político-ideoló- gicas, que necesitaban encontrar un cauce diferente al que ofrecía el tradicional sistema de partido –como le llamaron después– práctica- mente único. Digamos, para empezar, que ésta es la perspectiva que se abre y que domina la óptica de los gobernantes, sobre todo a partir de 1977-1978, pero también buena parte de la visión de los nuevos grupos políticos que en esos años emergen en la escena. Desde 1988 hasta nuestros días, esa transformación democrática, la democracia a secas, se torna la lingua franca de la política nacional.
En consecuencia, se trata de un largo proceso de cambio político que, si bien no se interrumpe, siempre aparece condicionado y res- tringido por otras consideraciones que son igualmente fuertes.
En segundo lugar, otro elemento definitorio digno de ser tomado en cuenta es la importancia que en todos estos años se le atribuye a la idea de que el tránsito es posible a condición de que sea un cambio muy controlado desde arriba, muy gradual, evitando que el proceso político contamine las demás condiciones del desarrollo económico que prevalecen hasta fines de los setenta. Cuando, más adelante, la

crisis económica irrumpe, entonces el objetivo será impedir a toda costa que el proceso político altere la estabilización, el ajuste estruc- tural y el cambio económico que se propone el gobierno de Miguel de la Madrid y que continúa el gobierno de Salinas. En otras palabras, se trata de realizar un cambio sin poner en riesgo el poder de la coa- lición gobernante. Hay, en consecuencia una voluntad de cambio pero también, y al mismo tiempo, enormes resistencias a las modificacio- nes de fondo.
En tercer lugar, a pesar de lo planteado antes, en los últimos tiem- pos se pasa con rapidez de ese designio controlador a la búsqueda, desde el poder mismo del Estado, de formas de cooperación entre los partidos que de un modo explícito se constituyan en el soporte prin- cipal de la reforma y la transición políticas. Así, durante el gobierno anterior [de Carlos Salinas de Gortari] se llevan a cabo reformas elec- torales que son el resultado del acuerdo entre el pri y el pan y, al final, en medio de la tormenta de 1994, con la abierta participación del prd. Este giro culmina ahora con la reforma constitucional que abre el paso a la reforma electoral “definitiva” que quiere el presidente Zedi- llo, al ser elaborada, propuesta y votada por los cuatro partidos que tienen representación legislativa y por prácticamente la totalidad de los senadores y diputados que forman el Congreso de la Unión.
La transición busca ir de un régimen formalmente democrático a uno realmente democrático. En el tiempo, el tránsito político se aleja del esquema y el diseño que serían propios de un sistema de partido hegemónico y empieza a registrar el influjo de un sistema donde la al- ternancia es todavía realidad parcial pero también hipótesis general cada vez más realista. Se viaja, así, de la anormalidad democrática más flagrante y reconocida, a una normalidad que ya no es un recla- mo minoritario y empieza a convertirse en una condición de la cre- dibilidad del régimen político y las decisiones estatales. Se trata, no sobra decirlo, de una credibilidad problemática que depende, de una parte, de la percepción ciudadana, y de otra, de un escrutinio acusado y acucioso de los medios informativos, los círculos de negocios y los más variados observatorios internacionales.

La rebelión de las clases medias
La transición arranca en México de lo que podríamos llamar la re- belión de las clases medias urbanas, con el movimiento de los es- tudiantes en 1968. Pero el proceso posteriormente afectará otros centros nerviosos de la coalición dominante que estaban organi- zados en torno a la relación Presidencia de la República-fuerzas económicas. Estas relaciones comienzan a deteriorarse, al punto de que tenemos importantes enfrentamientos entre la Presidencia de la República y los grupos empresariales en 1974 y 1976 y, más ade- lante, en 1982 y 1983, cuando se repiten, aunque con un resultado diferente al anterior, pero que ya entonces se había anunciado: los grupos empresariales ponen en cuestión la que podríamos llamar la regla de oro del sistema político mexicano, es decir, la máxima de que el presidente no es solamente el árbitro de última instancia, sino también el “decididor” de última instancia. Los empresarios comienzan a plantear una nueva forma de relación entre los grupos económicos y el sistema político, particularmente con respecto al poder presidencial.
En esos extremos encontramos una conjunción que expresa en síntesis la nueva pluralidad mexicana, producto del desarrollo eco- nómico y social y del agotamiento del tipo de presidencialismo que había venido operando en México y que, en efecto, en los años se- tenta aparecía a los ojos de muchos sectores sociales como un forma de articulación y dominio político que podía salirse de control en cualquier momento.
El temor al presidencialismo como un poder (exclusivamente) ar- bitrario se exageró hasta convertirlo en bandera ideológica, pero el hecho es que frente a los primeros barruntos de crisis política, que más tarde anunciarían crisis económica y social, el gobierno utilizó in extenso los recursos institucionales y parainstitucionales con una ineficacia cada vez mayor y con efectos sumamente corrosivos en el interior de las coaliciones: el enfrentamiento en torno a la naciona- lización de la banca y su secuela ilustran el punto crítico de esa cre- ciente contradicción.

Resistencias corporativas
Por eso, a la pregunta de en qué medida esta transición es fruto de la evolución del propio sistema político o hasta qué punto es resultado del empuje de la sociedad respecto de las resistencias del sistema político, tendríamos que admitir que se trata de ambas cosas. Hay notorias resistencias provenientes del núcleo duro de las fuerzas do- minantes del sistema político, como se observa de manera sistemática en la actuación de las llamadas corporaciones, particularmente en la pertinaz conducta de las fuerzas sindicales que desde hace años han manifestado su oposición a la reforma aduciendo que ésta acarrearía, además de los problemas estrictamente políticos, una suma adicional e inmanejable de dificultades de tipo social, relacionadas con el con- trol sobre las fuerzas básicas de la sociedad.
Pero la resistencia corporativa también se expresa en el rechazo a cambiar la estructura del partido prácticamente único, ya que en él dichas fuerzas tienen una presencia permanente y asegurada en vir- tud de la estructura de sectores que lo constituyen, no obstante que han ido perdiendo influencia de manera progresiva y hasta acelerada en los últimos tiempos. Como sea, gracias a la estructura sectorial del partido, aún se mantienen como fuerzas políticas propiamente dichas que son recompensadas mediante cuotas en las diputaciones, en las senadurías y en los gobiernos estatales. Y esto da lugar a una muy complicada –digamos– coalición interna en el interior de la coalición gobernante, que tiene que ver precisamente con las cúpulas sindica- les y una multitud de intereses pequeños y medianos que se concre- tan en las regiones, en los estados, a través de la representación en las cámaras y ahora por medio de los gobiernos estatales.
Un momento de amenaza para las estructuras corporativas lo ha- llamos en los años setenta, que es una época de grandes conflictos entre todas las fuerzas sociales y, sin embargo, la crisis de relaciones políticas que tiene lugar en ese periodo dentro del mundo sindical sólo se resuelve a partir de los años ochenta, que son los de la larga marcha a través de la crisis económica. Hoy podemos ver hacia atrás y preguntarnos retrospectivamente: ¿qué significó la década perdida

en y para México, habida cuenta los cambios estructurales y políticos que estamos viviendo? En verdad, la crisis puso sobre el tapete dos cuestiones muy importantes.
En primer término, probó que, en efecto, la reforma política, ini- ciada antes de la crisis, sí era un cauce suficientemente amplio para darle salida tanto a las contradicciones políticas que estaba produ- ciendo la diversidad como a las contradicciones políticas provocadas por la magnitud de la crisis económica que se desplegaría en los años siguientes. Justo cuando parecían inminentes las oleadas de revuelta social, dada la situación casi hiperinflacionaria por la que atravesaba el país, de estancamiento económico grave y prolongado, de falta de expectativas económicas, de difícil –o, por lo menos, precario– arreglo entre el gobierno y los grupos empresariales, lo que en verdad acon- tece es la canalización creciente, a través de la política, de muchas de esas contradicciones. Esto constituye a todas luces un dato relevante para la futura democratización del sistema político mexicano.

Política en tiempo de crisis
¿Qué revela el intercambio político de estos años en que aflora la cri- sis económica y el Estado decide realizar un ajuste de grandes pro- porciones? Por un lado, muestra que nos hallamos al principio de la configuración de un nuevo sistema político, cuyas fuerzas constitu- yentes también se encuentran en un proceso de consolidación o de maduración que, en consecuencia, les resta eficacia para actuar como eventuales elementos disruptores.
En segundo lugar, encontramos, casi a flor de tierra, la enorme de- bilidad del esquema de fuerzas sociales organizadas que había cons- tituido el basamento del sistema político al que dio lugar el cardenis- mo. La crisis de los ochenta nos mostrará, así, un aparato sindical extremadamente débil, con una escasa representatividad social y, al mismo tiempo, un mundo campesino muy grande y movilizado, pero carente de una columna vertebral, como la que pareció tener en vir- tud de la organización oficial de los productores rurales y, particular- mente, de los campesinos.

Esas circunstancias facilitaron el relativo encauzamiento de las contradicciones de la crisis por las vías políticas todavía vigentes, que encuentra su momento estelar precisamente en 1988, cuando se pone en cuestión, ahora sí abiertamente, la verticalidad del pri. Es en ese momento cuando, por primera vez, la sociedad mexicana vive una es- cisión significativa dentro del partido oficial, capaz de canalizar par- te importante del descontento social acumulado, pero relativamente amortiguado por la acción gubernamental y por la reforma política.
Lo que sigue es un momento de máxima confrontación política, que
–a juzgar por los resultados– refuerza la idea de que la reforma ini- ciada en los años setenta sí era, en efecto, un verdadera reforma po- lítica, aunque una vez puesta a prueba demostraba sus debilidades. Ya no estaba en cuestión únicamente la necesidad de crear espacios políticos, de volver óptima la conseja reyesheroliana de que lo “que resiste apoya”. Lo que se plantea a partir de 1988 es construir una nueva manera de conformar y transmitir el poder. Eso es, en defini- tiva, lo que México ha vivido en estos años: múltiples escaramuzas que apuntan, sin embargo, todas en una misma dirección: El sistema político tiene que cambiar en una perspectiva de efectiva pluralidad, de efectiva competencia entre nuevas fuerzas políticas; en otras pala- bras, en un sentido democrático.

Los acertijos del pri
El pri, como expresión que es de una gran coalición de fuerzas, llega en 1988 a un punto crítico de su existencia. El mismo presidente Sa- linas declara que ha terminado la época del partido casi único. ¿Qué es lo que ha terminado en realidad? ¿La coalición que dio origen al pri y al Estado y a cuyas contradicciones hemos hecho referencia o solamente somos contemporáneos del final de un cierto tipo de orga- nización política que puede modificarse para el servicio de esa misma coalición?
No hay una respuesta simple y sencilla a esta pregunta, entre otras cosas porque esa coalición es una coalición realmente existente. Y si la desesquematizamos, resulta aún más realmente existente. Dicho de

otro modo, si no pensamos en la coalición en términos binarios –por ejemplo, políticos-sindicatos–, sino como una constelación en la que participan múltiples grupos políticos, grupos de interés, grupos loca- les, regionales, coaligados entre sí por los grupos gobernantes, enton- ces esa coalición resulta ser una gran coalición de centro –digámoslo así– cuya existencia difícilmente ha terminado.
Al mismo tiempo, también está cada vez más claro que esa coali- ción, tal y como había funcionado, tal y como se había estructurado en torno al pri, ya no cabe en él, puesto que hoy necesita contar con un partido político propiamente dicho, cosa que el partido oficial nunca fue en realidad. El pri fue desde su fundación un aparato electoral y político mediante el cual la coalición se renueva, llega a acuerdos y mantiene el poder, pero no ha sido un verdadero partido.
¿Va a mantenerse como tal esta coalición bajo las nuevas condicio- nes políticas? No lo sabemos. Que esa coalición requiere de una pro- funda reestructuración parece evidente, por lo menos de 1988 para acá. Y que después de 1994 se ha visto contaminada por el letal bino- mio política-delito, es ya un hecho de la retórica y de la problemática política mexicana, y no sólo del pri. Y todo ello deriva en grandes y pequeños nudos que se oponen a una reconversión suave del partido oficial en partido moderno, parte de la pluralidad política en curso.
En esta perspectiva, es muy probable que vivamos momentos largos de transversalismo. Los intereses que antes tenían en el pri la única opción, ahora pueden buscar otras salidas que las nuevas condiciones de pluralidad contribuyen a decantar. Lo que sí puede decirse es que, por lo menos en el plano de la economía política, la reforma económica, tanto como la reforma del Estado, apunta en la siguiente dirección: a cerrarle el espacio al pri que hemos conocido hasta ahora como esa coalición de intereses de todo tipo que se organizaron, sin embargo, en torno a la utilización discrecional de los recursos del Estado, de los recursos financieros directos y de los recursos institucionales, aprove- chándose del proteccionismo, las subvenciones, los subsidios, en fin, del apoyo estatal en toda su diversidad. Esta coalición tenía una relación de correspondencia con el Estado, que hoy ya no se da más.

Hay que tomar en cuenta que el presidencialismo económico ha cambiado radicalmente, mucho más de lo que hoy nos imaginamos; los recursos del Estado, que parecían ilimitados, mostraron que no lo son y que, además, son muy escasos. Esta realidad nos indica que los nuevos términos económicos, e incluso sociales, de México y del mundo ya no encuentran una correspondencia institucional en el pri. Vista desde esa perspectiva, la coalición, que tenía un sentido y se concretaba en dicha disposición de recursos, ahora debe hallar nue- vos sustentos materiales que la unan; un cemento que asegure pun- tos de contacto, de unión y alianza. No sabemos aún si los va a encon- trar. Hay ya –y más las habrá en el futuro– disputas económicas en torno a las decisiones del Estado, que probablemente encuentren su canalización más bien a través de las relaciones surgidas de la nueva globalidad política que está formándose a través de los partidos y sus representantes en las cámaras, quitándole el sentido integrador al pri que conocemos. Justo ése es el terreno donde podría insertarse el componente propiamente político del planteamiento que propone una nueva estructura organizativa para hacer política con una nece- saria redefinición de intereses articuladores; redefinición que tendrá que concretarse en plataformas de gobierno y plataformas políticas.
¿Qué significa todo esto? Que esa coalición en la que todos hemos vivido a lo largo del siglo xx está en peligro. Tiene que redefinirse y muy probablemente tendrá que reducirse. Sin embargo, ello no elimi- na el otro gran problema de países como México: sin un gran centro político, con mucha rapidez se puede entrar en momentos de confron- tación política deteriorante, es decir, desestabilizadora. Ése es el gran desafío, el gran acertijo para quienes, en la coalición gobernante pro- piamente dicha, quieren redefinir al pri para convertirlo en partido político. En ese punto estriba uno de los grandes retos que planteó la elección de agosto de 1994: ¿cómo reconstruir el centro sin incurrir en la retórica, habida cuenta de que se entra de lleno en el problema de la redefinición de las grandes perspectivas ideológicas del siglo xx? Porque, en términos prácticos, políticos, decir que todo el mundo está en el centro es decir nada. En condiciones de pluralidad social muy

extendida y de muy serios problemas sociales, de desarticulación so- cial y de desigualdad social, como son los que han producido la crisis y el ajuste, la idea misma de un centro político puede ser muy desafian- te. Una cosa está clara: el centro no es el todo, precisamente porque los procesos sociales más bien apuntan a la aparición incesante de fenómenos particulares que parecen negarse a reconocer cualquier centralidad.
En todo caso, la necesidad de avanzar en el reconocimiento de este terreno, desde el punto de vista tanto práctico como conceptual, se fue construyendo en estos últimos seis años con toda celeridad. Antes, to- davía parecía un ejercicio especulativo. En la medida en que la refor- ma económica avanza y se da de manera importante lo que podríamos llamar la reforma económica del Estado, va quedando cada vez más claro que sin una reforma política dicha reforma económica puede estar condenada simplemente a producir nuevas crisis, confrontacio- nes, desarticulación y, en consecuencia, a no llevar al país a cumplir con el que era supuestamente su propósito principal, que es retomar el crecimiento económico y el progreso social.
Evidentemente, por las condiciones –otra vez– de pluralidad, de diversidad, de internacionalización, de ideología internacionalizada o como le queramos llamar en torno a la democracia, como la vía prác- ticamente única para reorganizar los sistemas políticos actuales, pa- rece claro que sin democracia no hay reforma política del Estado pro- misoria. Pero la reforma política del Estado en el México de este fin de siglo, desigual y heterogéneo, joven y urbano, no puede reducirse, con todo lo que esto significa, a la construcción de un sistema de democra- cia representativa. También parece imprescindible darle una salida productiva a esa coalición de intereses, que puede ser endemoniada, y que llamamos todavía pri.
En este perspectiva, se hace indispensable reescribir los términos de la gobernación del Estado y, ciertamente, es obligado también po- nerle punto final a esta simbiosis, que se volvió una simbiosis enve- nenada, entre el gobierno y el partido en –o del– gobierno, porque incluso nos dificulta las posibilidades de expresión. Luego entonces,

esa simbiosis tiene que desaparecer, con la aceptación por parte de los grupos gobernantes de que ésta es una operación múltiple, origi- nada ciertamente en una toma de conciencia y en una iniciativa cu- pular que, sin embargo, ya es del todo insuficiente y puede ser incluso contraproducente si no tiene una correspondencia en fuerzas reales o hipotéticas, digamos, del futuro partido político.

Lo político y lo social
Hay que tomar en cuenta, además, que el pri es el heredero políti- co de una revolución y por tanto, heredero de sus reivindicaciones históricas, lo que equivale a decir que es el partido de lo social. La cuestión es saber si la transformación del partido oficial será capaz o no de mantener como uno de sus componentes esa referencia a lo social, tomando en cuenta que los términos históricos han cambiado radicalmente.
La referencia social del partido del gobierno y del gobierno mismo era una referencia que al final se resumía en un verbo, que era el verbo expropiar; dicho en términos técnicos, reparto de riqueza. Se re- partía tierra, que es repartir riqueza, y luego se repartió tierra urba- na, que también es repartir riqueza, pero esos términos ya no caben en la nueva configuración social mexicana. Dicho de otra manera, la actualización de esta referencia social tendría que darse ahora sobre la base de lo que se llama políticas sociales, más que a partir del re- formismo estructural, que era el que le daba sentido al discurso de la Revolución mexicana, se concretara o no en hechos.
Por décadas, este reformismo se estuvo concretando en el reparto agrario, cada vez más ineficiente y antieficiente, por cierto, pero ahí se concretaba esta reforma estructural que tenía que ver con la redefini- ción de las relaciones de propiedad. Eso ya no es posible hoy día: una referencia social que, aunque sólo sea discursivamente, tenga como principal criterio la reforma estructural o la reforma de la propiedad es inadecuada, es infuncional con los términos del mecanismo econó- mico que se ha implantado como dominante. Pero esa constatación, sin embargo, no hace desparecer las contradicciones sociales que son

propias del capitalismo. Y en condiciones primero de crisis, de ajuste estructural después, y de lento crecimiento por más de diez años, lo que vivimos son unas contradicciones sociales del capitalismo muy extendidas y muy agresivas, situación que siempre pone a los países
–y México no es una excepción– muy cerca de situaciones de inesta- bilidad y de revuelta. Esto, a su vez, juega las contras a los proyectos económicos que, en cambio, suponen mucha estabilidad, porque sin ella resulta difícil competir con el exterior y atraer los capitales.
¿Qué hacer? En términos técnicos se puede argumentar que el país tiene que crecer porque solamente creciendo con rapidez y con tasas altas se puede, al menos, crear las condiciones para que, por la vía del empleo, se atenúen las contradicciones y aumenten las perspectivas y expectativas de mejoramiento para todos. Pero esto es una gran apuesta que no satisface a nadie. Para lograrlo hace falta que el dis- curso gubernamental incorpore el discurso de la política social, asu- miendo que si bien ésta también tendrá que ser a final de cuentas una política redistributiva, habrá de sustentarse en los mecanismos que son propios del Estado fiscal más que en los instrumentos discrecio- nales que eran característicos del Estado de la Revolución mexicana. El gran reto consiste, justamente, en que la referencia social deja de ser patrimonio exclusivo del gobierno revolucionario y su partido, y se convierte en una exigencia para cualquier fuerza política que esté dispuesta a competir por ella.
Los gobiernos de la Revolución y su partido tenían en sus manos aquello que permitió el crecimiento histórico de las izquierdas, inter- nacionalmente hablando, que eran los mecanismos de redistribución y de representación de las masas populares. Ahora los cambios en los términos de la economía política mexicana y la reforma política del Estado, que es en lo que estamos hoy embarcados, crean las condicio- nes para que este monopolio de la referencia social desaparezca y se convierta en un “bien público”, en algo de lo que también puede echar mano un partido ligado tradicionalmente a la derecha o centrodere- cha, como es el pan, y las nuevas formaciones políticas que se identifi- quen con las tradiciones que llamamos de izquierda.

Puede pensarse que se abre un momento de disputa programática
–y podríamos decir ideológica– en torno a ésta, para utilizar términos económicos, liberalización de la referencia social que viene de la Re- volución mexicana. Pero esta desregulación del discurso que, no obs- tante, nos obliga a nuevas definiciones, ¿no nos coloca ante la drástica perspectiva de olvidarnos de ese referente social como parte del pacto constitutivo del nuevo Estado democrático mexicano? En verdad, no estamos tan lejos de esa perspectiva que se abrió con dramatismo en los años más duros del ajuste, cuando se recortaron sin ninguna dis- criminación y sin criterio de estrategia los presupuestos sólo porque había que hacerlo, y hacerlo pronto. En ese contexto se abrió la po- sibilidad de renunciar definitivamente a los compromisos sociales de gran envergadura, aquellos que tienen que ver con la reivindicación de los más pobres, de los explotados, que desde siempre había forma- do parte del discurso de la Revolución mexicana.

La recuperación de lo social desde el Estado
La crisis de 1988 hizo evidente que no se puede echar por la borda ese discurso en aras de quién sabe qué criterios de eficiencia y proyectos históricos de nuevo tipo, porque es demasiado fuerte el contingente social que reclama, que requiere y que, consecuentemente, puede po- ner en peligro cualquier proyecto de renovación histórica que no lo incluya. Ésa es la vía por la cual entra en la escena política de estos años esta especie de reconocimiento de la necesidad de tener una vi- sión social. En otras palabras, la política social del Estado entra por el lado malo debido a la gran conflictividad política que se abrió con la crisis del 88. Así, la recuperación por parte del gobierno de los com- promisos sociales, así como el intento de convertir esa disposición en una nueva política social de Estado, chocó con el reclamo democrático que, entre otras cosas, adquiere perfiles persistentemente liberales, en el sentido de rechazar cualquier planteamiento del Estado en ma- teria social, so pretexto de evitar la manipulación política, el cliente- lismo y, en consecuencia, el reforzamiento del presidencialismo que es, en definitiva, y según dicha concepción, el enemigo a vencer.

¿Qué hace Salinas con esta vuelta a lo social en la que justifica in- cluso la venta de empresas públicas y la reforma fiscal relativamente agresiva que hemos vivido en estos años? El presidente postula la solidaridad como programa pero, más allá de ello, también como el inicio de una visión estratégica capaz de apuntalar una nueva actitud y unos nuevos compromisos del Estado y de la sociedad.
¿Qué se dice frente a esto en los partidos de la oposición y en mu- chos medios intelectuales comprometidos con el reclamo democráti- co? Se niega en bloque: “No, no hay tal vuelta al compromiso social. Lo que sí hay es un intento de control de las masas que podrían ser insurgentes en determinado momento”. “Solidaridad no es otra cosa que una manera de reforzar el presidencialismo que estaba agotado por la propia reforma económica, una forma de mantener el poder y enfrentar a la oposición”.
Estas acusaciones equivalen a arrojar el pez al agua. Puede ser una obviedad, pero es indiscutible que todos los gobiernos hacen polí- tica, y parte de ella es, precisamente, ganar contingentes a su favor, en cualquier lado y en cualquier momento. De no ser así, estaríamos en la idea ingenua del gobierno como caja negra a la que se le meten presiones indistintas y salen resultados de todo o cualquier tipo o color. No es así. Los gobiernos tienen proyectos, tienen visiones de la realidad y generan iniciativas y políticas.
La crítica al programa Solidaridad por considerarse que era un in- tento de saldar la crisis del pri para crear sobre sus ruinas un nuevo partido, sin decirlo, y a través de la política social, es de suyo la crítica genérica y politizada que, por serlo, olvida la cuestión fundamental, a saber: que la política social no es un atributo de lo antiguo sino un componente de lo moderno en los Estados que están reconvirtiéndose. Lamentablemente, los términos dominantes del discurso político articulado por el reclamo democrático impidieron una discusión de fondo sobre los nuevos criterios que harían posible una reforma social y una política social de Estado en las nuevas circunstancias creadas y convertidas en parte de la estructura por el ajuste y el cambio eco- nómico. Hoy parece cada vez más claro que dicha política tiene que

ser de largo plazo y capaz de incorporar en su razonamiento y en sus operaciones las nuevas condiciones del mundo y de la economía mexicana.
A pesar de que siempre está presente en las denuncias contra el ré- gimen, la verdad es que la pobreza y la desigualdad apenas si encon- traron en este clima un espacio muy subsidiario de la atención públi- ca. Aunque el gobierno ha desplegado con bastante éxito un enorme esfuerzo en torno al Programa Nacional de Solidaridad para combatir la pobreza, es obvio que introducir el tema a la arena política hubiera implicado la elaboración de pactos y compromisos de mediano plazo que las estrategias inmediatistas de los actores no podían permitirse. El tema de la pobreza obliga a compromisos que sólo reditúan en el largo plazo, pero eso supone formas de negociación con el régimen que son inaceptables a partir de los cálculos y mitologías del más puro democratismo.
En consecuencia, no debería extrañar que se haya formado un cli- ma tan poco propicio para tratar a la pobreza dentro de la agenda general de la democratización. A ello han contribuido el hecho de que la disputa electoral atraviese y medie el resto de la realidad y de los problemas nacionales; la animadversión a la idea del programa Solidaridad por parte de la oposición; en fin, la tradicional distancia que las clases altas han tomado respecto al tema de la pobreza, y la confusión entre los medios de comunicación.
Porque es notoria la desvinculación que el tema de la pobreza tie- ne en relación con las posibilidades tanto de crecimiento como de la propia democratización. Si se observa detenidamente el comporta- miento de los tres principales partidos políticos mexicanos, no será fácil encontrar entre sus elaboraciones un compromiso que inscriba programáticamente la cuestión de la pobreza y la desigualdad como asunto del diagnóstico general, como un capítulo necesario y princi- pal de la agenda, como una condición de cuya resolución dependen los demás temas claves –desarrollo, democracia, justicia, ecología– de la transición mexicana. Esa preocupación se quedó en el tintero de los partidos.

Sin embargo, aunque de manera un poco lenta, glacial, lo social se vuelve cada vez más una preocupación de la sociedad en su conjunto y no sólo de los gobernantes o de la crítica intelectual. Los aconteci- mientos ocurridos en Chiapas le ponen un toque muy dramático pero a la vez muy pedagógico. No deja de irritar que la intelectualidad y los jóvenes de las clases medias hayan tenido que ser espectadores de la guerra, la violencia y la muerte para descubrir a los indios, para descubrir la miseria extrema, cuando en estos años no se ha hablado de otra cosa. Pero ésa es la realidad.
El resultado es que hoy tenemos un piso más firme para que se tome conciencia respecto de la importancia de lo social para la gober- nabilidad en México. Está por verse si es a través de la política que esta actitud puede encauzarse.

Lo social y lo político
En términos del cambio político inmediato subsiste un problema: no es sólo el pri o las políticas los que dependen del gobierno. En reali- dad, el pri es un partido formado básicamente por grandes organiza- ciones sociales. Lo social estaba dentro del pri en la CnC o en la Ctm. Hoy parece que lo social pasa por estas organizaciones pero no las incumbe, no las incluye. Es decir, dejaron de ser protagonistas, ya no son sujetos, dicho también genéricamente.
Lo anterior puede parecer demasiado tajante y esquemático y no hay duda de que habría que matizarlo a partir de un examen más específico que, además, ponderara el juicio tomando en cuenta los es- tragos que causó el ajuste, de los cuales no es fácil recuperarse pronto. Lo que está claro es que esas organizaciones, a consecuencia del pro- pio desarrollo social producido por el desarrollo económico y por su propia cosificación, fueron crecientemente incapaces de representar a todo el universo –dicho sea un poco bárbaramente– que convenimos en llamar el universo de lo social.
En los años setenta lo que vemos es una gran movilización social articulada por las organizaciones clásicas: sindicatos, grupos campe- sinos, pero que ya no es posible reencauzar al viejo formato de las

centrales. Entonces, lo que tenemos es movimiento campesino por to- dos lados, una enorme pluralidad que pasa y no pasa por la CnC, pero que en muy buena medida va por fuera de esta central o la atraviesa. El caso sindical es más complejo, pero sabemos que el número de sindicalizados se ha reducido drásticamente. Sabemos también que una parte del sindicalismo propiamente oficial tiene pies de barro, entre otras cosas porque uno de sus sustentos más fuertes eran las empresas estatales, que ya no existen. Sabemos que la pequeña y la mediana empresa, que era el otro gran universo –sobre todo del sin- dicalismo más agresivo desde el punto de vista político, que es el de la Ctm– ha sufrido grandes cambios, grandes crisis, al punto de que lo
social ha desbordado el esquema priista que conocíamos.
Desde esa perspectiva, el verdadero reto para un partido definido como de centro sería, en este punto, rediseñar sus mecanismos de contacto y representación de lo social. El programa Solidaridad es, de nuevo, emblemático. En este terreno la operación política propia- mente dicha está por hacerse a sabiendas de que no hay traducción literal de lo social a lo político. No la hubo, si somos rigurosos, con la Revolución mexicana: no fueron las masas las que produjeron al pri o al Partido de la Revolución Mexicana. No. Fueron Cárdenas y su grupo los que crearon, al menos en parte, los sindicatos que produje- ron al prm, que luego derivó en el pri, y se dio esta vinculación que, en efecto, se volvió constitutiva del pacto histórico mexicano. Pero en ese renglón todo está en puntos suspensivos.
Las masas que se movilizaron en torno a Solidaridad pidieron como nunca antes autonomía; autonomía respecto del supremo gobierno y autonomía respecto de sus operadores en lo que toca a sus proyectos o a los proyectos en los que se involucran las comunidades. Esa bús- queda es algo que probablemente crezca, pues ya venía de lejos. Si se piensa de nuevo en la experiencia de los años setenta es posible ad- vertir la necesidad de autonomía, que llega al extremo en algunos ca- sos de movimientos populares que plantean una suerte de autarquía, de insularidad respecto del gobierno y de los poderes públicos. Pero en general puede decirse que el objetivo era y es lograr la autonomía

para crear una nueva relación con el Estado, lo cual supone, a su vez, cambios muy importantes en la mentalidad de los funcionarios y, pro- bablemente, modificaciones en la forma como se organiza el mismo gobierno para cumplir con tales compromisos.
El elemento autonómico es, pues, muy relevante, aunque toda- vía no hemos logrado entender adecuadamente que lo que las masas mexicanas exigen es una prolongación de las expectativas que la cri- sis les cercenó, y luego el cambio económico y estatal aparentemente canceló. Esas masas aspiran a una renovación que esté a la altura de los tiempos modernos. Ya no confían en el discurso milenarista, re- dentor, verticalista, que fue lo que quedó del discurso de la Revolución mexicana, pero sí están, en cambio, por un discurso que tenga que ver con la creación de expectativas, sobre todo si tomamos en cuenta que un componente muy importante de esas masas desposeídas o despro- tegidas son los jóvenes, jóvenes urbanos propiamente dicho, con una cultura urbana, con una tradición urbana, y a quienes, aparte de los soportes elementales que tampoco significan grandes montos cuando hablamos de pobreza extrema, hay que ofrecerles una respuesta a la cuestión fundamental que es saber qué futuro les ofrece la sociedad organizada en el Estado, o ahora en los partidos que serán parte del Estado, y los grupos de interés y los grupos gobernantes, qué les espe- ra a estas masas que han resistido tanto y que han sufrido más. Sin duda, ésta es una cuestión que la realidad va a plantear con mucha intensidad en los años que vienen.

Fox, la alternancia y la derecha

■ Fox, el iluminado
La Jornada, 15 de julio de 1999

El 10 de julio, Vicente Fox se dirigió a sus partidarios al registrarse como aspirante panista a la candidatura presidencial en un mitin al pie de la plaza de toros en la Ciudad de los Deportes. Las palabras que pronunció en esa ocasión el guanajuatense constituyen un re- cuento cabal de intenciones y propuestas, un resumen inigualable de cierta forma de ver la vida y el futuro de México construida a partir de vivencias arcaicas y retazos de modernidad.
El discurso expresa los límites de una retórica esculpida a golpes de frases hechas y lugares comunes traducidos al código sentimen- tal del lenguaje publicitario. Fox rompe con el viejo estilo panista e intenta inaugurar una forma personal de comunicación que de ante- mano se presenta como un esfuerzo superior de trivialización. Qué le- janas resultan las expresivas elegancias conservadoras de un Gómez Morín o, para no ir tan lejos, la eficaz vehemencia argumentadora de Fernández de Cevallos.
Fox nos ofrece una retahíla de promesas sonoras, inmersas en una visión milenarista del futuro: “Partiremos en dos el curso de la histo- ria nacional”, afirma. Esta idea, compañera inseparable del volunta- rismo, es su tema esencial: “El 2 de julio del año 2000 empezaremos un México mejor…”. No dice –pues eso le toca a los muy numerosos amigos que lo acompañan– que él es el verdadero Salvador, aunque la campaña está diseñada para anunciar la buena nueva: “Escribamos una página, limpiemos el color de nuestro país, y escribamos una his- toria de éxito para los mexicanos” y así todo el camino.
Vicente Fox prefiere presentarse a sí mismo como un hombre cam- pechano, con ideas sencillas pero claras; sin embargo, su discurso de- muestra que tras esa apariencia estudiadamente bronca y campirana

respiran los viejos rescoldos mesiánicos, un soplo que viene, lo ha dicho él mismo, de la Cristiada, esa moderna epopeya de la derecha nacional que es una de sus fuentes de lectura e inspiración.
Como trasfondo moral y cultural de este fundamentalismo se halla la memoria del catecismo católico, aunada al influjo avasallante de los manuales de superación personal, pero la eficacia la obtiene, en el mejor de los casos, de la novedad de esa combinación, jamás de la exactitud o la profundidad de los conceptos. Siguiendo las tendencias de moda, el mundo foxiano se divide a la manera maniquea entre los que tienen Éxito, con mayúsculas, y los perdedores (losers), exac- tamente como ocurre en el mercado, que es el verdadero rostro del Destino.
En esta visión profética del México finisecular, el pasado es apenas una sombra, el manto que mantendrá a oscuras a la nación hasta el advenimiento del Mesías-Fox. En esa visión exenta de matices, la historia mexicana debe entenderse sencillamente como un rosario de fracasos, fraude, corrupción: ¿a dónde iremos a parar si México sigue así? ¿Queremos ver la misma película de estos setenta años?, pregun- ta a sus fieles. Fox no rescata a ninguno: no hay una sola línea de luz en ese infierno que es la historia del siglo xx, lo que así confirma la veta más negadora del pensamiento conservador. Nadie se salva de la quema. “Llegó la hora del buen gobierno”, asegura el futuro candidato panista.
La superficialidad de las propuestas da ese tono escolar al discurso foxista, incapaz de superar el estado de generalidad más absoluta. “Ha llegado el momento de que nos comprometamos –dice, por ejem- plo– a disfrutar [sic] a diario y en cada mesa el pan de la tranquilidad y el trabajo honesto”. Pero el discurso está planeado para que tenga resonancias efectistas, no consecuencias de gobierno: “Nuestra gene- ración sabe hacer compromisos [sic]”; “Nuestra generación –quién, cuándo, dónde, me pregunto– enfrenta grandes desafíos. Debemos entrarle fuerte y a fondo”, pero la oratoria también admite adverten- cias que hay que leer a tiempo: “… el reto es terminar con el crimen; seremos firmes, habrá verdadera autoridad”. ¿No es la búsqueda de

la verdadera autoridad una de las formas asumidas por el nuevo au- toritarismo que sin pudor alguno reniega de la derecha? La aparente vacuidad de las promesas foxianas deja en el limbo la naturaleza de sus propuestas políticas. Fox quiere que la próxima generación diga con orgullo: “La grandeza de esta nación fue ganada por mujeres y hombres valientes que conocían su deber y poseían un sentido de ho- nor y responsabilidad”, pastoreados, claro está, por Fox, el iluminado.

■ 2 de julio: la caída del pri
La Jornada, 6 de julio de 2000

Vicente Fox será el próximo presidente de la República gracias a una votación que no deja duda alguna en cuanto a su legitimidad. Podrá discutirse si los métodos para crear esa mayoría eran o no los adecua- dos para consolidar nuestra frágil democracia, si Fox representa una alternativa real o no, pero es indiscutible que su victoria se explica, a fin de cuentas, por una razón que hoy parece obvia: el hartazgo indecli- nable de la ciudadanía hacia la política y el estilo de gobernar del pri. Fox supo capitalizar a su favor ese sentimiento puramente negativo hasta convertirlo en la arrolladora voluntad de cambio que tomó pací- ficamente las urnas el 2 de julio, haciendo añicos los resultados muy cerrados previstos por las encuestas y los cálculos de los expertos.
Aunque la derrota del pri era un objetivo histórico de las oposi- ciones, ésta difícilmente se hubiera imaginado en un escenario sin conflictos, tan civilizado, tan institucional como el de la noche del 2 de julio. Partidos y candidatos, sin excepciones, reconocieron de la forma más clara y positiva la victoria de Fox al conocerse los primeros datos extraoficiales. El mismo presidente de la República se adelantó para enviar un mensaje reconociendo al “licenciado Vicente Fox Quesada’’, con lo que atajó de raíz cualquier posible protesta en el seno de su partido, actitud que fue seguida, tradición obliga, por las palabras de Francisco Labastida admitiendo su derrota y la legalidad del proceso que pone al pri al borde de la extinción.

Se despejó así, democráticamente, la incertidumbre de las sema- nas anteriores y el país reconoció sin reservas que estábamos ante un cambio histórico. El ganador llamó a la reconciliación nacional dejando atrás las crispaciones de la campaña y el lenguaje de bravuconerías de los días anteriores. Sin duda, el desempeño del Instituto Federal Elec- toral fue ejemplar. Por una vez, la democracia mexicana pareció una realidad y no simple hipótesis de trabajo con vistas al futuro.
Es evidente que estamos ante una nueva etapa de la vida política cuyas consecuencias apenas comenzamos a advertir. Por lo pronto, sin calar muy profundo es visible que el partido oficial, tal y como lo conocimos a lo largo del siglo xx, está hundido en una crisis de la que difícilmente logrará reponerse, sobre todo si, como ocurre ahora mismo, en vez de salir del hoyo sigue cavando más abajo. La caída electoral del pri es el dato más importante de estos comicios, aunque las implicaciones más profundas de este hecho se irán viendo mejor mientras más nos acerquemos al cambio de gobierno.
Sin embargo, una cosa es que el pri, tal y como lo conocimos, esté condenado por la historia a desaparecer, y otra muy diferente es que se evaporen del mapa político los intereses que éste representa. La incógnita que la nueva situación plantea es saber cómo y dónde vol- verán a rearticularse esos intereses, si es que pueden hacerlo, una vez que el partido pierde su verdadera razón de ser: la Presidencia de la República. Pero lo cierto es que nada pasará mientras persista en la clase política vencida el espíritu conservador y burocrático que le impide reformarse y mirar el futuro.
Es muy probable que una vez superados los intentos restauradores impulsados por la desesperación del momento, surjan de esa coalición existente, aunque quebrantada, nuevas iniciativas fundacionales, tal vez algunos realineamientos importantes con otras formaciones a la izquierda y a la derecha del espectro político, incluyendo al nuevo gobierno foxista que se beneficiará de inmediato con los cuadros de la alta burocracia.
Este cambio en la relación de fuerzas en el país tendrá múltiples consecuencias sobre los demás partidos, comenzando por el pan, que

pronto tendrá que ajustar las cuentas con el foxismo. Pero no será el único. Es probable que las demás fuerzas políticas también revelen su verdadero carácter “transicional”, antes de que se configure un régimen de partidos que exprese plenamente la pluralidad de la so- ciedad mexicana requerida para la consolidación de la democracia.
La victoria de un candidato de la oposición será un paso adelante en la medida en que la sociedad mexicana tome conciencia de que la democracia no resuelve todos los problemas, comenzando por las carencias innumerables de las grandes mayorías que hoy padecen las consecuencias letales de la desigualdad. La alternancia es un paso, acaso decisivo, para profundizar la reforma del Estado que está pen- diente y sin la cual difícilmente entraremos en la madurez democrá- tica. Pero nada será posible si no se mantienen en alto las banderas de la crítica y una estricta vigilancia de la sociedad sobre el poder.

■ Fox presidente
La Jornada, 7 de diciembre de 2000

A Paula

¿Qué define el primer día del gobierno de Vicente Fox? ¿Acaso la visita a la Basílica de Guadalupe donde oró arrodillado ante el altar de la virgen y las cámaras de televisión? ¿El tono conciliador y anuente de su primer discurso dicho ya con la banda presidencial en el pecho o el crucifijo de madera que reitera vocaciones familiares y destinos ejem- plares? ¿Cuál será el leitmotiv del gobierno que comienza? ¿La insis- tencia providencial en los pobres y marginales o la obsesión gerencial que marca su visión del futuro? ¿El mensaje a los zapatistas que rei- vindica a la Cocopa y le da la espalda a Ernesto Zedillo o el afán an- tisolemne que rompe protocolos y ensaya un nuevo populismo sobre los ríos abiertos bajo el influjo papal y su carisma? En estos iniciales y un poco desbocados días, la verdad es que Fox ha querido darle satis- facción a casi todos, procurando fijar las diferencias y un estilo propio

capaz de trasmitir el sentido del cambio que se ha propuesto realizar. Y vaya que, con la ayuda de los medios, lo ha conseguido.
Fox tendió un puente al resto de los partidos para inaugurar un periodo de encuentros y convergencias democráticas bajo el signo del diálogo (“gobernar es dialogar”)36 y ofreció a la sociedad trabajar para disminuir la pobreza y la impunidad en un clima de creciente desigualdad (“México ya no quiere ni puede sobrevivir entre islas de riqueza y rodeado por mares de miseria”). El discurso del 1 de diciem- bre logró resumir las promesas de campaña en siete importantes pro- puestas de reforma y, aunque el presidente apenas esbozó las líneas generales de su programa, expresó vivamente la voluntad de mejorar el gobierno y, en general, la vida política nacional. Muy importante fue el llamado al ezln, cuya respuesta puntual y condicionada abre una puerta al diálogo y, con ello, la posibilidad de arribar a una solu- ción política al conflicto.
Algunos temas capitales se quedaron, sin embargo, esperando me- jores y más concluyentes definiciones. El presidente fue a la Basílica rompiendo “paradigmas, inercias y atavismos”, pero en su discurso se refirió al laicismo en forma convencional mediante un compromiso re- tórico, sin aclarar cuál será su postura ante el tema de la libertad reli- giosa tal y como lo vienen planteando, desde el hervor de la caldera ca- tólica, los jerarcas de la Iglesia que aspiran a un cambio en este asunto. En otra perspectiva, sorprende que, no obstante el interés presi- dencial por la reforma del Estado, se dejara en la penumbra de las frases generales la discusión sobre el futuro del régimen político (“La alternancia no va a cerrar por sí sola el proceso de transición”) y la conveniencia o no de una nueva Constitución (“La Constitu- ción que nos rige ha sido excesivamente deformada. Necesitamos

36 Todas las citas de este artículo provienen del discurso de toma de posesión de Vicente Fox Quesada como presidente de los Estados Unidos Mexicanos. Disponible en: <http://www.biblioteca.tv/artman2/publish/2000_49/Discurso_de_Toma_de_Posesi_n_ de_Vicente_Fox_Quesad_71.shtml>.

reconstruir el consenso nacional de largo plazo en torno a una ley suprema, acorde con nuestras mejores tradiciones y con los reque- rimientos del siglo xxi”). Hubiera sido saludable que, al lado de ex- presiones positivas (“el presidente propone, el Congreso dispone”) y el reconocimiento de la pluralidad como un activo nacional, el pre- sidente adelantara sus ideas sobre el “cierre” de la transición y las instituciones que faltan para arribar a la democracia plena (“Lo que está en juego en los próximos años no es sólo el cambio de un partido en el poder”). Como quiera que sea, el discurso de toma de posesión abrió un abanico de promesas y compromisos que la sociedad y los partidos tendrán que valorar para empujar el cambio en un sentido democrático.
Fox habrá de ser juzgado desde ahora por sus actos de gobierno conforme a los méritos de cada uno de ellos. Es mucho el camino que falta para lograr que México sea un país menos desigual e injusto. La oposición tendrá la doble tarea de impulsar los cambios ejerciendo la crítica, sin sectarismo pero sin concesiones complacientes al poder presidencial. Sólo así sabremos de qué madera están hechos los nue- vos paradigmas que Fox quiere establecer.

■ Fox y los medios
La Jornada, 8 de noviembre de 2001

Ningún presidente mexicano le debe tanto a los medios como Vicente Fox. En los gobiernos anteriores, la relación medios-gobierno pasaba por una subordinación implícita de los primeros al poder del Ejecuti- vo, gran concesionario y supremo regulador de insumos y exenciones, pero la tarea que tenía asignada la prensa escrita, y sobre todo la radio y la televisión, era uniformar la opinión pública en el respeto a la figura presidencial y en la idea de que México, feliz por naturaleza, no requería oposiciones ni tampoco democracia. Con un gran partido único en el gobierno, ¿para qué buscar complicaciones?: no necesitá- bamos más.

Sin embargo, por influyentes que fueran para desarrollar un gusto cultural masivo (ponga usted el calificativo que le cuadre), sus verda- deros alcances estaban limitados por los compromisos con el gobierno en turno. Así fue siempre, al grado de que dicen que en cierta ocasión Emilio Azcárraga Milmo se definió como un soldado del pri. Cerrados a la disidencia, los medios de la época no pudieron, a pesar de cam- pañas y noticiarios, impedir que las grandes explosiones de 1968 y 1988 alcanzaran dimensión masiva, democratizadora y claramente adversa a la normas políticas dominantes. El modelo de comunica- ción sencillamente no funcionaba o funcionaba muy mal.
Los cambios de fondo vendrían más tarde, acompañando las trans- formaciones democráticas que poco a poco se fueron imponiendo en todos los ámbitos de la vida mexicana. Si la sociedad ya no cabía en el molde monopartidista, menos podía expresarse a través del monopo- lio oficialista de los medios que también comenzó a agrietarse. Pero la apertura no cayó del cielo. Fueron necesarios muchos esfuerzos fallidos, incluso el sacrificio de incontables periodistas, antes de tener una prensa escrita legible y verdaderamente independiente, cosa que saben muy bien los lectores de esta casa. Las agresiones menudearon (remember Excélsior), al igual que las presiones del poder para some- ter cualquier disidencia al control oficial, pero finalmente el pueblo mexicano recuperó el principio que consagra la libertad de expresión como derecho inalienable. Más lentamente que la prensa escrita, la televisión, pero sobre todo la radio, también se abrieron a la reflexión crítica y comenzaron a fluir informaciones que no aparecían en los boletines oficiales de prensa. La sociedad civil se volcó entonces a llamar a los teléfonos abiertos y el circuito democratizador adquirió dinamismo, vitalidad, con lo que demostró que la apertura era en sentido estricto una necesidad para todos.
Desde entonces, los medios no han dejado de aumentar su papel al grado de convertirse también en protagonistas activos de la vida pública, en cuya agenda inscriben temas y prioridades, con lo que orientan el curso de la República. Es tal su importancia para repro- ducir diariamente la vida democrática que se ha hecho necesaria una

reflexión más amplia sobre su funcionamiento global para tratar de establecer si el derecho a la información exige, al igual que otros de- rechos, cierto tipo de normas y regulaciones. Es un asunto que tiene muchas aristas, pero es obvio que si deseamos conservar la libertad de expresión es justo saber, sin prejuzgar, cuáles son las responsabi- lidades de los medios, el público y el Estado, y ponerlas en blanco y negro en la ley.
Pero no es de eso de lo que se queja el primer mandatario. Sien- do candidato obtuvo espontáneo respaldo de numerosos periodistas que asistieron, con irreprimible entusiasmo, a la derrota del pri. Todo se le festejaba a Fox: los chistoretes, los apodos bajunos y hasta los errores tenían instantánea recompensa mediática. Hoy, en cambio, el presidente de la República se siente maltratado, incluso calum- niado por la prensa y reclama más seriedad para tratar los asuntos importantes del Estado sin detenerse en “babosadas”. Hay que decir, con todo respeto, que puestas en otros labios, esas palabras tendrían algún sentido, pero después de tanto abuso de la frase publicitaria como sustituto de la conceptualización o de la imagen como relevo de la idea, tales reacciones resultan, por lo menos, inconsecuentes.
¿No fue el presidente Fox quien levantó aplausos por su imitación de Ponchito37 en el programa radiofónico que realizaba semanalmente para dialogar divirtiendo al auditorio? ¿O fue un doble del ciudadano presidente el que apareció en televisión para mayor gloria sexenal de Adal Ramones? Nadie se quejó por ello, al contrario. ¿Por qué en vez de tantas trivialidades mejor no leyó el Plan Nacional de Desarrollo en cinco partes, que era lo importante? La oficina de información de la Presidencia debía aclarar si es delito de lesa presidencia subrayar las frecuentes recaídas en el humor involuntario o sólo la cursilería de ciertas frases, los tropezones sintácticos o la dislalia, de los que nadie se salva.
Vicente Fox resultó un maestro en el arte de hacer de la política un entretenimiento. Su léxico chocarrero y falsamente campirano suplió

37 Personaje cómico de la televisión creado por Andrés Bustamante.

con éxito el código híbrido de la tecnopolítica de los últimos sexenios, pero no ha logrado hacer mejor algunas cosas que sus grises y engo- lados antecesores. Y de eso no puede culpar a la prensa. Tal vez, para evitar comentarios incómodos, los diseñadores de la imagen presiden- cial prefieran volver a la serenidad de los buenos viejos tiempos del boletín de prensa.

■ Post scriptum
l eído en la presentación del libro ¿Qué país nos deja Fox? , 17 de octubre de 2006 38

Vicente Fox recibió un país marcado por el entusiasmo democrático, pero nos deja, como se colige de la mayor parte de los textos reunidos en este libro, un país con grandes problemas, más dividido y polari- zado que nunca, enfrentado a una situación que, de no cambiar las cosas a tiempo, podría transformarse en una grave crisis política.
Las explicaciones acerca de este fracaso (¿pues de qué otra manera se puede calificar tan amargo final?) se atribuyen en ciertos casos a rasgos de la personalidad política del mandatario, como el ostensible desconocimiento de la historia mexicana, cierto desprecio a buscar caminos menos ortodoxos y, en definitiva, a la carencia de un proyecto viable, razonablemente fundado, para realizar los cambios que ya en el año 2000 se antojaban imprescindibles. Como es sabido, éstos ja- más llegaron, entre otras razones porque la Presidencia abandonó el quehacer político y dejó a su suerte las principales reformas, sin crear el clima de alianzas y convergencias al que estaba obligada, dada su debilidad relativa en el Congreso. El mismo presidente que había prometido la gran reforma política democrática, hizo creer que ésta ya no era necesaria, dada la vigencia –para él incuestionable– del Estado de derecho, la irreversibilidad de la democracia sustentada en la fortaleza de las instituciones a las que justamente se quería refor-

38 Adolfo Sánchez Rebolledo, comp., ¿Qué país nos deja Fox? Los claroscuros del go- bierno del cambio, México, Grupo Editorial Norma, 2006.

mar y cuya cansina invocación sirvió como coartada para justificar la parálisis oficial y el continuismo que a la postre se impuso con grave perjuicio para la sociedad.
Es obvio, al menos para mí, que la democracia no sobrevivirá si a las elecciones se les colocan trampas como el desafuero y otras accio- nes oficiales que marcaron negativamente la sucesión presidencial. Ha llegado la hora de preguntarnos con absoluta racionalidad qué democracia queremos edificar en un país tan brutalmente desigual como es el nuestro; interrogarnos sin temor por la desconfianza ciuda- dana, cuyas raíces habría que buscarlas seriamente en el imaginario colectivo, esto es, en la cultura política real forjada durante años de expolio popular, de marginalidad y exclusión sistemática y que han contribuido a fortalecerla, pese al efecto “modernizador” de los me- dios o la consagración de los partidos nacionales.
Si de verdad queremos alejar la violencia del horizonte inmediato de México, resulta imperioso rectificar el rumbo del país, hacer la tarea que Fox nos dejó pendiente y pensar más en las necesidades reales de millones de ciudadanos que ya no creen en promesas.

VII.
La crisis deL 2006

La marcha del silencio

La Jornada, 28 de abril de 2005

Una marcha multitudinaria, solidaria, ciudadana y pacífica. Ante la campaña que acusa a Andrés Manuel López Obrador de intimidar a la sociedad, la manifestación es una lección de disciplina y seriedad, la prueba viviente de que no todo está perdido en este México del formalismo jurídico y la confusión esencial. Es un ejercicio de ética in- dividual y colectiva. Las crónicas contrastan la diversidad de la asis- tencia con la focalización de las consignas escritas y dibujadas en las pancartas: todos saben por qué están allí y se expresan en silencio. A todos los une la voluntad de evitar que el régimen foxista tire por la borda los avances democráticos alcanzados con tantos esfuerzos.
La plaza y las calles aledañas evitan la monocromía de otras oca- siones; la pluralidad es el mejor seguro contra las tentaciones deroga- torias y así lo reconoce en su discurso el jefe de Gobierno del Distrito Federal, decidido a no dejarse encasillar en los reflejos de los duros de siempre. Y propone “un pacto con todos los sectores de buena voluntad para emprender, juntos, los cambios que demanda el país”. Discurso conciliador y desafiante a la vez, pues tiene como soporte la mayor con- centración ciudadana de la historia en la capital de la República: “Di- cho de otro modo, es posible transformar la realidad con sólo el empuje de la sociedad, pero se avanza más y de manera menos conflictiva si se pacta ese compromiso con los diversos actores de la vida pública”.1
El lopezobradorismo es ya un movimiento de masas que trasciende al prd. Se alimenta por ahora de dos fuentes: el fracaso del presidente Vicente Fox para realizar el cambio prometido y la esperanza deposi- tada en López Obrador para reorientar el rumbo del país.

1 Ángel Bolaños, “Ni lo más sucios políticos podrán manchar la política: López Obra- dor”, en La Jornada, 25 de abril de 2005, p. 3. Disponible en: <http://www.jornada. unam.mx/2005/04/25/index.php?section=politica&article=003n1pol>.

Hasta ahora se trata de un movimiento democrático con fuerte arraigo popular que aspira a realizar transformaciones sustantivas en la vida nacional. Su primera bandera es, por ello, la defensa de la legalidad constitucional, esto es, el respeto a la voluntad ciudadana para impedir la destitución de un gobernante electo por el voto y su posterior inhabilitación para quitarlo del mapa político electoral de 2006. Y en ese punto es donde se unifica la repulsa a los métodos del gobierno. No hay tal contradicción entre la democracia “abstracta” que sostiene la defensa de las reglas del juego político y la democra- cia “adjetivada” que el propio Andrés Manuel predica. Lo que está en juego es si nos quedamos con una caricatura de régimen demo- crático sostenida en el bipartidismo excluyente, o si el pluralismo se consolida y con él la posibilidad de ganar pacífica y legalmente la mayoría para un proyecto de cambios verdaderos, esto es, para una nueva hegemonía. Significativamente, López Obrador hizo una acotación importante al referirse a la gente que no votaría por él en 2006:

… toda esa gente que tiene diferencias con nosotros, [pero] de to- das maneras está manifestando abiertamente su inconformidad ante el retroceso democrático […] Me refiero a militantes de otros partidos y a ciudadanos independientes que en estos momentos de definición se están comportando como verdaderos demócra- tas. Para ellos, nuestro reconocimiento sincero.2

Por lo pronto, López Obrador ha logrado poner en ridículo a sus ad- versarios en el gobierno. Ha superado la prueba terrible del desafue- ro, revitalizando su causa con nuevas acciones de resistencia. Pero el clima político nacional no mejora. La Presidencia de la República, en su autismo, da bandazos, se tropieza y queda en entredicho, pero no da marcha atrás. Arropado por los medios electrónicos, el presidente Fox se enreda en increíbles justificaciones que ya no convencen a na-

2 Ibid.

die, y trata de eludir su responsabilidad al dejar a la Suprema Corte de Justicia la tarea engorrosa de desfacer sus entuertos.
De última hora se informa que la casa presidencial ha recibido la solicitud de audiencia enviada por el jefe de Gobierno del Distrito Federal. El diálogo es siempre la opción racional, pero no deja de ser una ironía que hace apenas unos meses el presidente Fox se negara a reunirse con López Obrador, aduciendo que el tema ya no estaba en sus manos. Veremos si esta vez asume sus responsabilidades y abre el camino para una solución al conflicto. Antes de que las pérdidas sean irreparables.

Primero los pobres

La Jornada, 29 de junio de 2006

Se acabó el tiempo de hablar y es hora de ir a las urnas. Atrás queda- rán meses, años, de forcejeos al límite, de gastos escandalosos cuanto innecesarios, la sensación de que algo no funciona bien en la demo- cracia recién instalada. Se ha privilegiado el dinero sobre las ideas, la imagen sobre el concepto, en fin, la noción de una campaña a la americana en un país marcado por la desigualdad y la más extrema miseria. Pero se trata de una elección real, donde, en efecto, se deci- den cosas importantes para el presente y el futuro del país.
Los candidatos, a quererlo o no, expresan la pluralidad nacional, los afanes y las necesidades de millones de personas, cuyo destino, en parte, se juega con su voto. No se puede negar que en la contien- da actual se enfrentaron quienes defienden con todos sus dientes la continuidad y quienes exigen el cambio, toda vez que la experiencia foxista ni quiso ni pudo remontar la situación heredada de los últimos gobiernos priistas. Que los conservadores de la vieja derecha y los “modernizadores” de la última ola se rasguen las vestiduras contra la amenaza de la “restauración” no es más que un truco para que las cosas sigan igual, al menos para los que jamás dejaron de ganar.
Durante años y meses la campaña contra Andrés Manuel López Obrador se ha regido por ese temor al cambio, más si éste se presenta inspirado por la urgencia de combatir la desigualdad. La emergencia del lopezobradorismo como un movimiento social asentado en la con- fianza de los “más pobres” ha desatado una furiosa reacción clasista, tan irracional como desestabilizadora. Por ello sus adversarios, co- menzando por el presidente Fox, no se tentaron el corazón para llevar al país a una gravísima crisis política mediante el desafuero, como no paran mientes hoy en acusar al candidato López Obrador de todos los males imaginables. Pero en el fondo de todos sus temores está, justamente, el rechazo a la inminente “invasión de los bárbaros” que

acechan su tranquilidad, es decir, a “esa multitud marginada [que] ha encontrado un movimiento político capaz de expresar su desespe- ración con el orden establecido”.3
Ese fantasma, despertado en clave de la guerra fría, ha introducido un elemento perturbador en la contienda con un argumento intrínse- camente autoritario: López Obrador como “peligro para México”, esto es, como un jugador extraño y prescindible. No deja de ser paradójico que los mismos que han pensado y dirigido la modernización del país como un acto de exclusión social pongan en guardia a los demócratas contra una supuesta “vuelta al pasado”, como una restauración de la “Presidencia imperial”, como si, en efecto, el país en el que vivimos fuera el mismo que vio nacer el desafío democrático y en nada hubie- ra cambiado la vida institucional, la cultura política de los mexicanos.
A ellos hay que recordarles una verdad elemental: la democracia se defiende ejerciéndola, no cerrándole el camino a las fuerzas que disienten del pensamiento conservador de las élites. La disyuntiva izquierda y derecha no es una invención ideológica: así se han dis- puesto las fuerzas sociales y las corrientes políticas en la contienda. No se trata de una disyuntiva entre el capitalismo y alguna opción por descubrir, sino de una agenda dentro de la democracia para rec- tificar el curso del país.
En la mesa está la discusión sobre los fines del Estado y la na- turaleza de la política económica que profundiza la desigualdad sin ofrecer opciones a millones de pobres urbanos y rurales, el futuro de los recursos naturales y el acceso obligatorio a los servicios de salud, educación, vivienda.
México necesita estar en el mundo sin claudicar en los intereses que le son propios, impulsar una visión universal sin perder suelo, raíces. Es hora de exigir una racionalidad distinta al Estado, fomen- tar perspectiva solidaria en la solución de los grandes problemas na- cionales, en suma, una responsabilidad bien definida, exigible al pre- sidente y a sus secretarios. Falta poco.

3 Juan Pardinas, “El candidato ideal”, en Reforma, 25 de junio de 2006.

crispación poselectoral

La Jornada, 6 de julio de 2006

En cierta forma, estamos ante un resultado que ya se había dibujado por la polarización de las campañas. Ningún conteo de votos, vale de- cir, ninguna cifra definitiva va a calmar por sí sola las aguas. Haría falta, además, algo que por desgracia sigue ausente en la autoridad electoral y, de otra manera, en los partidos: sentido de Estado, vo- luntad de anteponer la transparencia a las pequeñas formalidades que nublan el buen entendimiento de las cosas. Vocación democrática para que se cuente hasta el último voto, sin dejar la menor sombra de duda acerca de quién ganó la Presidencia.
El ife creyó que dando largas a la información de los conteos rápi- dos quitaría fuerza al conflicto latente, pero ha sido al revés. Siem- pre es así: cuando las explicaciones de la autoridad no son precisas y claras, el vacío se llena con desconfianza, que es el enemigo latente en nuestros comicios. ¿Por qué la autoridad electoral no se tomó la molestia de informarle a la ciudadanía que a las cifras conocidas del Programa de Resultados Electorales Preliminares (prep) había que sumar los votos de las casillas apartadas por “inconsistencias”? ¿Por qué dejaron correr las horas sin salir a responder las imputaciones que ya se hacían la misma noche de la elección? ¿Por qué no se es- clarecen las críticas al prep con argumentos pedagógicos en vez de imponer un silencio peligroso y comprometedor?
Sin los conteos rápidos, las cifras del prep se hicieron pasar como resultados más o menos definitivos cuando no lo son. En esas circuns- tancias, pedirles silencio a los candidatos y partidos no pasó de ser una buena intención de la autoridad. Es verdad que la escena de los candidatos proclamándose ganadores antes del cómputo fue patética, pero dada la estrechez del margen anunciado, ninguno estaba dis- puesto a dejarle la plaza al adversario para que se declarase ganador de facto. Está claro que cada uno peleará por sacarle votos a las pie-

dras y aprovechará la menor irregularidad para avanzar, siempre y cuando lo permita la ley. Así funciona la democracia en todas partes y no deberíamos asustarnos por ello.
En cuanto a la elección como tal, merece subrayarse la participa- ción ciudadana que a todas luces superó la más optimista de las ex- pectativas. El pri se derrumbó como nunca y el país vio consolidarse una nueva fuerza encabezada por López Obrador, que ya no cabe en las siglas del prd, cuyo futuro dependerá de lo que pase en las próxi- mas horas y días. El frente antilopezobradorista, encabezado por Felipe Calderón, espera que ocurra el milagro de los votos para no bajarse del poder, pero ahora sin el bono democrático y enfrentado a un país dividido e irritado. Hay riesgos evidentes en el horizonte que no se disuelven apelando a la retórica moralizante, pero sí obligan como nunca a un ejercicio de transparencia, a saber dónde está cada uno de los votos emitidos, sin dejar espacios a la sospecha. Gente como Manuel Espino y el coro de la derecha quieren, al respecto, una política de hechos consumados, cuyo despliegue puede provocar un retroceso de gravísimas consecuencias. Asimismo, hay que temerle a los puristas que ya piensan en las “urnas quemadas” como solución al problema y también a los que apuestan a una lucha extralegal con aires levantiscos, sin considerar el curso previsto por la ley.
La última palabra de estas elecciones no está dicha, pero ya puedo asegurar que, para mí, lo mejor fue la movilización de millones de ciudadanos que votaron por López Obrador a pesar de las campañas sucias y las bajezas del gobierno. Ni siquiera las presiones del gobier- no y los medios lograron impedir que muchos mexicanos, entre ellos muchos de los más pobres, comprendieran la urgencia de un cambio. Aquí no hubo solamente un voto de protesta, como otras veces, sino la voluntad de pasar por encima de las más increíbles dificultades para avanzar. Y eso cuenta. Ése es el legado inmediato de esta elección que aún no termina.
En el futuro, esto es, dentro de una semana o dos, podremos opinar acerca de qué pasara en y con el país. Ahora está profundamente dividido.

contar los votos

La Jornada, 13 de julio de 2006

La crisis actual sólo se resolverá, como se ha dicho hasta el cansan- cio, disipando las dudas que ya se han extendido sobre el resultado electoral. Y eso exige contar los votos, atender las impugnaciones y ofrecer respuestas concretas a las mil y una interrogantes generadas en los últimos días. En el escenario inédito de una votación, cuyo fi- nal aparente es un empate, la posibilidad de error, de puro y simple “error humano” en el conteo puede cambiar el resultado final. Por eso el recuento es indispensable, más allá de las consideraciones en torno a las irregularidades de origen fraudulento descritas en el recurso interpuesto por la coalición Por el Bien de Todos. Es la foto finish que nos falta para saber quién ganó. No se trata, pues, de un mero rega- teo electoral, sino de hallar la mejor solución jurídica para impedir que el conflicto se convierta en una amenaza para la gobernabilidad y, por ende, en un grave retroceso general.
Sin embargo, la derecha política no acepta ningún recuento porque se aferra a la política de hechos consumados y actúa como si prevale- ciera la normalidad democrática, auxiliada en esta pretensión por sus aliados y socios en la empresa, los medios y ciertos sectores eclesiás- ticos. La campaña actual contra Andrés Manuel López Obrador no difiere en nada de la que se puso en marcha para primero desaforarlo y luego convertirlo en “un peligro para México”. Es una vergüenza que el presidente de México, tan preclaro defensor de la democracia en tiempos no lejanos, sea ahora un servil vocero de los intereses que se oponen a que se reconozca la alternancia como una aspiración le- gítima de otras fuerzas políticas y hoy, con desfachatez, los llame “re- negados”, descalificando con ello a millones de ciudadanos que exigen certeza y transparencia. Y es que, en buena medida, la crisis que hoy padecemos se debe a la indebida intromisión del Ejecutivo en la arena electoral, a la manipulación de los programas públicos, a la actitud

pusilánime, pero no neutral, del Consejo General del ife, obsecuente ante la sucia mercadotecnia blanquiazul, a la complicidad de aquellos que, en otro campo, rehusaron aceptar que en esta elección la izquier- da se jugaba algo más que los cargos de sus jefes y aliados.
Uno de los peores defectos de nuestra clase política –y de la “cen- troderecha”, en particular– es su incapacidad para apreciar el senti- miento de inconformidad cuando no parte de sus propias filas. Están cegados por una especie de triunfalismo sin base real. Felipe Calde- rón, por ejemplo, pide un gobierno de “unidad nacional” –como tam- bién lo hizo Vicente Fox al comienzo de su gestión–, pero habla en el vacío, pues, más allá de que consiga la adhesión del grupo mafioso de la Maestra4 y la solidaridad activa de ciertos gobernadores, todavía no es presidente electo, formalidad que a ellos, siempre tan formales y legalistas, se les ha olvidado. El ife no declara la validez de los comi- cios ni toca a su presidente consejero decretar el triunfo de nadie. No es su función. El tepjf tendría que llamarlo a cuentas por ese desliz indeseable.
Calderón habla en el vacío, además, porque no reconoce la fractura social y política que ha producido en el país la hegemonía de una élite económica y financiera que se ha servido de la economía, la política social y el atraso de las instituciones para medrar en su propio bene- ficio. Una política de unidad nacional tendría que poner en el primer plano las necesidades históricamente pospuestas de esas amplias ca- pas y saldar la escisión entre ambos Méxicos, pero de eso no se habla: los panistas ya están pensando, sin pudor alguno, en los “arreglos” cupulares, en la politiquería que les permita suscribir “acuerdos” con los restos del pri y los tránsfugas de siempre.
López Obrador ha optado por el camino de la legalidad sin perder de vista los objetivos finales del movimiento que encabeza, tensando las fuerzas que lo apoyan desinteresadamente. No hay contradicción

4 Alusión a Elba Esther Gordillo, jefa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación hasta el 26 de febrero de 2013, cuando fue detenida y encarcelada bajo los cargos de delincuencia organizada y operaciones con recursos de procedencia ilícita.

en ello. Se trata de impedir, justamente, que el fuego se apague y se olviden, por cansancio, los agravios. Al poner en manos del Tribunal Electoral la resolución de la disputa, Andrés Manuel ha confirmado su voluntad democrática, sin declinar sus banderas, la movilización creciente de sus partidarios para crear un clima de exigencia que im- pida la trivialización del problema. Nadie sabe cuál será la resolu- ción de los magistrados, pero ésta resultará definitiva e inatacable, así deje insatisfechos a los protagonistas de la contienda. De ahí la enorme responsabilidad del Poder Judicial, pues del modo en que se resuelva esta controversia depende, en gran medida, la convivencia nacional en los próximos años. Más vale que las fuerzas políticas asu- man la gravedad del momento.

¿Oligarquía o democracia?

La Jornada, 20 de julio de 2006

En el fondo de la crisis actual está la incapacidad de los partidos y el gobierno para reformar el sistema político mexicano, incluyendo el código electoral. El presidente Fox tuvo la gran oportunidad de transformar los restos del viejo presidencialismo en un parlamenta- rismo incipiente, funcional, pero creyó que, dada la legitimidad de su gobierno –el famoso bono democrático–, le bastaría apelar al pueblo para gobernar, desestimando en primera instancia a los partidos e incluso a las instituciones preexistentes. Al final, sin brújula en el cuarto de mando, la nueva era anunciada por el foxismo se redujo a revitalizar la antigua coalición del poder político con los grupos oli- gárquicos, cuya influencia se vio multiplicada por la función directa- mente política de los medios electrónicos.
Paradójicamente, la alternancia canceló el curso de las reformas democráticas que ya estaban maduras en el plano electoral: ni se re- dujeron las estratosféricas cifras del financiamiento a los partidos ni se detuvo la sangría de recursos hacia las enormemente costosas y muy largas campañas. No se extrajeron las lecciones de los casos abe- rrantes del Pemexgate y los Amigos de Fox y, pese a dichas experien- cias, se asentó un modelo de competencia electoral donde se sacrifica la oferta política a la mercadotecnia de suyo simplificadora. La refor- ma política que parecía posible al comienzo del foxismo se esfumó así en aras de un presidencialismo devaluado ante un Congreso partido en fracciones excluyentes. Lo peor fue la indecorosa intervención del presidente de la República para acomodar las fichas de la sucesión mucho antes de las elecciones. El asunto del desafuero quebró las reglas del juego aceptadas por todas las fuerzas por lo menos desde 1996, y marcó el destino de las elecciones de 2006.
Así pues, la reiterada participación de Fox en auxilio del candidato de la derecha, junto con la descarada inversión privada en los medios

para atacar a Andrés Manuel López Obrador, son verdaderos retroce- sos históricos que no se pueden disimular. Sin embargo, a diferencia de otras épocas, esta enorme manipulación ocurre bajo el manto de la democracia y, en ocasiones, con el encubrimiento o la complicidad de quienes por ley han de velar por la limpieza del proceso. Amparadas en el lenguaje liberal democrático se hacen pasar de contrabando las peores tradiciones políticas nacionales, el desprecio por el otro, el cla- sismo del poder y los poderosos, en fin, la noción oligárquica del país que subyace en buena parte de nuestras élites. ¿Puede extrañar la irritación del lopezobradorismo?
Hay una disputa jurídica abierta en el tepjf, cuyo desenlace vere- mos en las próximas semanas. Además, estamos ante una confronta- ción política que implica a millones de ciudadanos de todas las clases, cuyo final no está a la vista por la sencilla razón de que es un enorme reacomodo de fuerzas en la sociedad mexicana. El tepjf tiene la últi- ma palabra en cuanto al litigio electoral, pero la disputa propiamente política seguirá sin remedio, dentro y fuera de las instancias repre- sentativas, en los congresos locales, en los municipios, en la sociedad civil y las organizaciones sociales, en la escuela y en la calle, aun cuando algunos estrategas de la derecha crean que el desgaste de las filas lopezobradoristas concluirá el trabajo nada subliminal de los medios para hacer de Felipe Calderón el presidente de hecho.
La movilización emprendida por la coalición Por el Bien de Todos busca impedir que se consume la imposición de un “presidente electo” de hecho antes de pasar por el tepjf. Pero, más allá del conflicto pun- tual, la emergencia de una fuerza que subraya como bandera princi- pal la cuestión social representa el mayor cambio en la historia desde la fundación del pri, pues altera, tal vez para siempre, la correlación de fuerzas y el “régimen de partidos” vigente.
Apunte de memoria: en el 2000 el entonces candidato de la derecha, Vicente Fox, dijo que no aceptaría el triunfo de sus adversarios si éste no rebasaba cierto número de puntos, es decir, que él condicionaba el reconocimiento de la elección al resultado. Todavía al iniciarse la jor- nada electoral, el pan expresó la posibilidad de un fraude, curándose

en salud por si las cosas no les resultaban bien, a pesar de las ga- rantías ofrecidas por la autoridad electoral para realizar un proceso sin mancha. Y, sin embargo, al final no pasó nada porque la victoria foxista rebasó los cálculos previos y –ojo– porque el presidente Er- nesto Zedillo, al reconocer esa noche el triunfo de Fox, se apresuró a desvanecer todo litigio poselectoral por parte del pri.
Esperemos que el tepjf, más apremiado que nunca, sea capaz de hallar en el arsenal jurídico constitucional las herramientas suficien- tes para ordenar un nuevo recuento, voto por voto. En ese sentido, lo más sano y responsable sería que Acción Nacional aceptara ese cami- no, pues es el único que puede evitar una confrontación cuyas secue- las no imaginamos, pues, como dijo Alejandro Encinas: “Más valen seis semanas de recuento de votos que seis años de incertidumbre”.5

5 Apro/Proceso, “Más valen seis semanas de recuento que seis años de incertidum- bre, advierte el gobierno del DF”, 18 de julio de 2006. Disponible en: <http://www. proceso.com.mx/?p=219542>.

La salida: contar los votos

La Jornada, 3 de agosto de 2006

Nada sería mejor para fortalecer la credibilidad de las instituciones democráticas que un nuevo recuento de los votos. Los contendientes tendrían que deponer las descalificaciones y asumir a plenitud el re- sultado final, desvaneciendo el conflicto electoral o, mejor, trasladán- dolo al ámbito donde puede ser realmente trascendente: el debate público, la acción parlamentaria, la movilización ciudadana, es decir, la política en el buen sentido de la palabra.
Una resolución salomónica del tepjf nos pondría en la ruta de con- solidar los avances logrados a costa de enormes esfuerzos populares, enterraría el fantasma de la desconfianza al limpiar irregularidades
–algunas atribuibles a simples errores aritméticos– y a zanjar de una buena vez las sospechas de fraude que la coalición Por el Bien de To- dos ha denunciado. No hay mejor forma de resolver estas cuestiones que contando los votos. Sin embargo, los críticos del recuento han armado un embrollo jurídico y político que oscurece el objetivo princi- pal: se trata simplemente de dar certeza a la ciudadanía. Nada más y nada menos; seguridad y confianza en los mecanismos que aseguran la representación ciudadana.
Ninguna otra solución apegada a derecho podría significar tanto para todos los mexicanos: no sólo garantizaría la paz social –que no es poca cosa–, sino que, además, las fuerzas políticas se verían empuja- das a pasar a una nueva etapa de reconstrucción del régimen político claramente sustentada en la aplicación de la ley. Sin subestimar los logros en la dimensión electoral de la democracia, ahora se trata de ajustar la forma del Estado y las instituciones a la nueva realidad creada, tanto por el curso objetivo de la lucha política y el desarrollo general de la sociedad mexicana, como por los cambios sociológicos y culturales que hoy imprimen un sello muy diferente a la propia noción de ciudadanía. Por ejemplo, no podemos seguir creyendo que México

puede gobernarse sin pensar en las determinaciones impuestas por el atraso y la desigualdad, es decir, sin dar al concepto de ciudadanía una dimensión a la vez concreta y universal, acorde con las grandes líneas del mundo global, cuyas consecuencias apenas entrevemos al juzgar el tlCan o las migraciones.
El tepjf tiene, pues, una responsabilidad superior que no se limita, como se dice, a dirimir una disputa electoral común y corriente. Es- tamos ante una situación inédita, pues aunque existen antecedentes legales, ninguna otra elección se parece por sus resultados a la presi- dencial de 2006. Tal vez pedimos demasiado a los magistrados, pero son los únicos que hoy pueden sacar al país de la crisis. Recontar los votos no es una concesión, sino una prueba más de la fidelidad de los juristas a los principios del derecho. Y, si así lo determina, el tepjf habrá dado un paso de enorme trascendencia para la consolidación de la democracia, así como para la propia evolución doctrinaria de nuestra legalidad.
Las visiones limitativas acerca del papel de las instituciones elec- torales, incluido el tepjf, aspiran a que nada cambie, cuando la cons- trucción democrática exige lo contrario y junto a la evolución jurídica reclama mayor sensibilidad de los magistrados para adaptarse a la realidad. Muy rápido se nos olvida que las instituciones democráticas también se hallan sujetas a un proceso de crecimiento y maduración, de modo que deben verse con respeto, pero sin concederles a priori una aureola mística, como si no fueran de este mundo. Justo porque queremos preservar las conquistas institucionales urge mantener ante ellas una actitud vigilante, a la vez crítica, informada y come- dida. Saber quién ganó y luego hacer la declaratoria correspondiente es, debe ser, un acto de transparencia republicana despojado de toda sombra de duda.
Por ello resulta inadmisible el doble discurso de la derecha: por un lado asegura que aceptará sin chistar lo que diga el tepjf; por otro, actúa como si ya Felipe Calderón fuera el presidente electo y, en esa calidad, el candidato panista se pavonea entre los grupos de poder, asumiéndose como el mandatario de facto, mucho antes que el órgano

jurisdiccional resuelva en definitiva. No es un asunto menor, pues, además de exacerbar los ánimos de los otros, representa una bur- la para la República, ya que compromete el buen nombre de México entre países amigos y, sobre todo, destruye toda credibilidad de la autoridad judicial que tiene el tema en la mesa. Pero ésa ha sido, jus- tamente, la estrategia montada para aislar a Andrés Manuel López Obrador, lo cual, dicho sea de paso, tampoco les ha servido. Sin em- bargo, es grave que se pretenda minimizar el valor de las impug- naciones presentadas por la coalición Por el Bien de Todos como si fueran, si no ilegales, cuando menos ilegítimas o desleales con “las instituciones” y las reglas del juego aceptadas.
La actuación de Calderón y sus aliados ha sido dejar que las cosas corran como si el proceso electoral ya hubiera terminado para todo fin práctico. Como es público, la coalición, hasta hoy, se ha limitado a exigir que los votos se cuenten y por eso resulta una auténtica memez decir que López Obrador “pretende ganar en las calles lo que no pu- dieron ganar en la urnas”. A la derecha le gustaría que nadie hablara del 2 de julio y sus resultados; que los reclamantes se quedaran en sus casas a esperar el fallo, mientras en la oscuridad los poderosos, ayudados por los medios, continúan tejiendo a la medida el traje pre- sidencial de Calderón. No contentos con el daño infligido a la convi- vencia nacional durante la campaña, se regodean diciendo que López Obrador es “un peligro para México”. En el fondo, tan celosos de la legalidad, a ellos no les hacen falta los 15 millones de ciudadanos que votaron por la coalición Por el Bien de Todos. Sencillamente no los ven, son fantasmas sin identidad. Para ellos, está probado, el plura- lismo vale lo que cuesta la alianza con el “nuevo pri”, el querido vie- jo enemigo que hará posibles las reformas estructurales y, ¿por qué no?, los grandes negocios del sexenio, si finalmente accede el pan a la Presidencia. Son ellos, paradójicamente, los que no entienden que el país ya no es el de 1988. Hoy es imposible gobernar pacíficamente sin legitimidad.
Ante tales maniobras es una tontería pedir a la coalición Por el Bien de Todos que se quede de brazos cruzados: el que calla otorga.

López Obrador ha entendido que las semanas que vienen son decisi- vas y se debe mantener viva la cohesión, de modo que no se produzcan sorpresas en el camino. La fuerza de la coalición está en la gente que se ha volcado, como nunca en la historia, a respaldar su causa. De ella depende que la resistencia pacífica tenga éxito, pero ese objetivo exige evitar acciones incomprensibles, como los bloqueos contra la ciudad y su gobierno, que, lejos de estimular la imaginación y el deseo de participación, la constriñen a una pugna cotidiana con otros ciudada- nos y desgastan a sus simpatizantes. Hoy más que nunca, insisto, es necesario pasar al recuento de los votos. No hay que distraerse.

días de espera

La Jornada , 10 de agosto de 2006

La estrechez del resultado, la historia de los pequeños y grandes desatinos de la autoridad electoral, en fin, la desconfianza que ya se había creado entre una parte muy importante de la ciudadanía, aconsejaba tomar decisiones jurídicas de envergadura, capaces de en- mendar el rumbo general. Los magistrados, los mismos que una vez derribaron el secreto bancario para darle transparencia a un caso de triste recuerdo, disponían de los recursos legales para obligar a un nuevo escrutinio, pero optaron por aceptar parcialmente las quejas de la coalición Por el Bien de Todos sin aceptar el famoso “voto por voto, casilla por casilla”. La coalición ha hecho una magnífica defensa política del recuento, pero no ha tenido una eficacia semejante con las impugnaciones ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (tepjf). No obstante, la sentencia abre la puerta a un ejer- cicio que debe arrojar nuevas luces en torno a lo que verdaderamente pasó el 2 de julio.
El recuento en casi doce mil casillas nos dirá cuál es la naturaleza de los errores consignados y si hubo alguna suerte de dolo, lo cual, en buena lid haría necesario el conteo total, aunque, en rigor, la resolu- ción de los magistrados cierra esa posibilidad. Si, por el contrario, re- sulta que los problemas detectados no presuponen conductas fraudu- lentas o, incluso, si se produce un improbable vuelco en el resultado final, entonces se habrá dado un gran paso –no el último– en la difícil tarea de “limpiar” la elección. Por cierto, el ife nos habría ahorrado semanas de exasperación política si hubiera tenido una mayor dispo- sición a que se abrieran los paquetes en los consejos distritales, pero prefirió estigmatizar a quienes así se lo solicitaban. Ahora, el Tribu- nal le enmienda la plana. Es grave.
Como sea, y así lo han dicho los magistrados, ésta es apenas una primera etapa en el proceso que debe culminar con la calificación de

la elección y la declaratoria de presidente electo. Es en esa fase cuan- do el Tribunal habrá de juzgar las denuncias de la coalición sobre el uso y el abuso del poder y el dinero en la campaña, es decir, sobre las irregularidades de orden antidemocrático que impiden juzgar el resultado del 2 de julio como la consecuencia “normal” de una compe- tencia electoral plenamente equitativa. Es decir, el Tribunal no sólo se pronunciará en torno al escrutinio sino también sobre los proce- dimientos puestos en juego para obtener los votos y las condiciones en que tuvo lugar la competencia. Sin embargo –ojo– ese pronuncia- miento no afectará las cuentas de los votos, por más sanciones que se impongan a los contendientes.
Cierto es que, hipotéticamente, se podría llegar hasta la anulación de la elección, por cierto, el peor camino imaginable para resolver la actual confrontación, pues metería al país en una dinámica no sólo inédita sino previsiblemente convulsa. Pero esa ruta tampoco parece viable. Por eso, aun con la sentencia desfavorable del Tribunal, la coalición Por el Bien de Todos sostiene todavía que el recuento total es la mejor solución para darle una salida digna a un conflicto que no parece tener fin y se apresta a emprender el largo camino de la resistencia civil, concebida cada vez más como un movimiento político y social permanente y no sólo como un instrumento de presión a las autoridades federales o al Poder Judicial. Sin embargo, no se ve cómo el Tribunal va a dar marcha atrás en este punto. Pero no hay que adelantar vísperas: la coalición, con buen tino, ha decidido seguir en sus detalles el procedimiento creado por el Tribunal, dando fe de que aun bajo protesta su actuación se enmarca en las disposiciones lega- les. Sin embargo, el linchamiento público que acompaña la errónea decisión de bloquear el centro de la ciudad indica que para la derecha el tema ya está resuelto y ésta sí es una peligrosa conclusión.
Mientras esperamos el resultado de este ejercicio judicial, la situa- ción se deteriora a ojos vistas. El país está divido, pero estará irre- mediablemente roto si no hallamos pronto una salida democrática. Buscar una solución racional a esta crisis es una obligación de todos: magistrados, partidos, candidatos, pero es la sociedad civil la que tie-

ne la palabra. De no hallar esa vía, cosecharemos más intolerancia, más desencanto, desmoralización e irritación próxima al estallido violento. Habrá quien crea que ése es el mejor de los escenarios posi- bles, pero algo sí sabemos: no es ésa la ruta que nos hará más libres y menos desiguales.

criticar, deliberar, actuar

La Jornada, 28 de septiembre de 2006

La crisis de la sociedad mexicana, contra la opinión autista de la dere- cha liberal, tiene razones mucho más profundas y difíciles de combatir que las malas prácticas democráticas, cierta intolerancia sociológica al derecho concebido como esfuerzo formalista o racional para hacer com- patible la vida real con la vida imaginaria del poder, el mundo de los conflictos cuya solución depende en la práctica de la voluntad del que tiene y puede ante el desvalido que inerme acude a la justicia, perdi- da toda esperanza. Palabras mágicas: Estado de derecho, instituciones (casi siempre en deuda funcional con la sociedad), se espetan como pa- naceas dada la ausencia de acuerdos de largo plazo para la gobernabili- dad, que sólo podrían venir del reconocimiento honesto de la situación. No es así. Se pide diálogo para acallar la estridencia y la protesta. El objetivo es el orden, no la solución de los problemas, cuya aparición siempre es “inesperada”, “sorprendente”, “excesiva”, como si la vida de México transcurriera por los salones de la nueva intelligentsia liberal y clasista y el mundo marginal no existiera. A quienes durante años soportaron estoicamente el experimento del reajuste estructural se les piden buenas maneras, un poco de política; total: lo cortés no quita lo valiente, y se les acusa de dividir al pueblo y poner en riesgo las con- quistas democráticas que vienen, al menos, de 1977. Ya el presidente de la Suprema Corte de Justicia anda explicando, como si de párvulos se tratara, la significación del artículo 39: al ministro le preocupa, signo de los tiempos, que alguien –“el pueblo”– quiera cambiar el régimen de gobierno. Mensaje con destinatario que no debe echarse en saco roto.
Que hacen falta otras instituciones de y para la democracia es una perogrullada. Las encargadas de la seguridad y el orden nacieron po- dridas por la corrupción o la impunidad para defender la única pieza que les resulta importarte: el poder presidencial. Otras, de aparien- cia vetusta y respetable, son feudos burocráticos sin vínculos con las

necesidades de los ciudadanos. Hay que transformar el poder mismo, comenzando por la Presidencia de la República, y hacer de la división de poderes un ejercicio democrático. Requerimos formas representati- vas parlamentarias, legisladores con verdaderas funciones de control sobre el gobierno. Cambiar la Constitución, remodelar el Estado en sentido democrático es obra de una gran reforma, no ocurrencia pre- sidencial. Pero ese cambio no vendrá de los arreglos entre los chicos del rational choice, los tecnócratas hacendarios o los llamados prag- máticos que se suben al carro para ir adonde los lleven. Hará falta la presencia activa de una fuerza política organizada a la izquierda de la sociedad, sin compromisos permanentes con los grupos de interés que mueven los hilos bajo cuerda, pero capaz de tejer amplias coaliciones sin sectarismos, siempre y cuando se den como resultado de una ver- dadera deliberación de cara a la sociedad.
Necesitamos un orden jurídico que refleje las complejidades de la sociedad nacional en los inicios del siglo xxi, pero nada podrá lograr- se si el círculo que hoy gobierna para reproducirse, como hizo el pri, sigue enfrentando con la misma desidia intelectual y menosprecio los problemas que hacen de México un país de ciudadanos pobres, cuyo destino escapa a la camisa de fuerza moral, laboral e ideológica recor- tada por la derecha para superar “por la izquierda” a sus adversarios. En cierta forma, nada de esto es nuevo, pero adquiere inusitada vitalidad al calor de esta crisis, cuya naturaleza objetiva parecería obvia. En tiempos no muy lejanos la razón de Estado justificaba la aplicación del derecho. Ahora, con razón, se exige lo contrario: que la ley dirija los actos del Estado. ¿Es suficiente, pregunto a los cons- titucionalistas, aplicar el derecho que tenemos o considerar en serio la gran reforma constitucional para que no permanezca el divorcio entre ley y realidad, la ficción de un “Estado de derecho” aplicado a la carta? No olvidamos que en el pasado la ley sirvió para aplastar las garantías individuales, humanas, laborales: las matanzas de campe- sinos, obreros, estudiantes, no están en el imaginario colectivo por casualidad, constituyen una losa pesadísima sobre el Poder Judicial,
que nunca tuvo valor de deslindarse de ese vergonzoso pasado.

Frente a los partidarios del individualismo y la libertad de empresa, fueron las izquierdas las únicas en alzar las banderas constituciona- listas en momentos que algunos prefieren olvidar: ellas lucharon por la autonomía y la independencia sindical, por la tierra sin concesiones a los latifundistas, por el petróleo y la solidaridad que marca el hito culminante de un diálogo sin retorno entre pueblo y gobernantes, así como para hacer del arte y la cultura una voz propia bajo la dictadura diazordacista. Allí están los Revueltas, los Miguel Ángel Velasco, los Campa y tantos otros en el campo democrático y nacional dispuestos a no sacrificar uno solo de los derechos abstractos que el pueblo mexicano ganó en mil batallas muy concretas, fratricidas, sangrientas.
Hoy que algunos se rasgan las vestiduras por la aplicación de la ley “cueste lo que cueste” no saben, o no quieren saber, que los irredentos de hoy salieron a las calles a defender la Constitución, como decía Rafael Galván, de quienes tenían la obligación de hacerla respetar. Y lo hicieron en nombre de una Constitución de origen libertario, here- dera de la férrea voluntad de construir una nación cuando en el orden universal muchos ya lo creían imposible. Lo que hay de nuevo, actu