Jun 9, 2019

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Agenda para vivir bajo amenaza

Ricardo Becerra

La Crónica

09/06/2019

¿Y después de las amenazas y chantajes reales e imaginados, vamos a regresar –así nomás— a nuestro encono y discordia de todos los días, convertida ya en cotidiana normalidad”?  Todo parece indicar, que sí, que a la crisis provocada por las declaraciones de Trump y sus resultados, le seguirá más polarización, más división, el reforzamiento de nuestro muro interior. Y si no ¿a cuenta de que idea laica tomó la palabra el pastor evangélico en la ciudad fronteriza, para tirarnos un sermón en cadena nacional y frente al gabinete y al mismo Presidente? Es una lástima, una rendija abierta pero clausurada con la rapidez de nuestra grilla tóxica, circular y cada vez más aburrida.

Quiero decir: lo que pasó durante estas semanas es una dosis de una medicina con la que hemos vivido y viviremos en lo sucesivo, en cantidad e intensidad cada vez más altas. Y si no modificamos las relaciones políticas internas, estamos condenados a vivir a golpes de shocks, con respuestas provisionales, concesiones en serie, chivos expiatorios resignados a la ira racista del gobierno norteamericano.    

Pero ¿qué podemos y qué debemos hacer? Tomo el documento El triunfo de la ira del IETD, y desde 2017, no encuentro proposición básica, mejor articulada (puede consultarse: https://tinyurl.com/y2dwhtko).

En ese texto se imagina una agenda basada en la continua afirmación de principios esenciales que deberían ser la base de la diplomacia mexicana en todo momento, foro, espacio, encuentro o iniciativa internacional. A partir de mañana.

Debiéramos insistir y volver, una y otra vez, a los principios, a los derechos y leyes, comenzando por las de Estados Unidos, país que —a pesar de Trump— cuenta con un régimen de protección en el que es preciso insistir y hacer respetar. Me imagino que ése es el deber número uno del cuerpo diplomático en México.

Más aún: la acción de la política exterior mexicana debería abrirse en varias direcciones: frente al Ejecutivo estadunidense, al lado de los estados y las ciudades civilizadas que han comprendido la gravedad de la ofensiva trumpista. Para empezar, Nueva York, Los Ángeles y Chicago. Y por supuesto un activo trabajo de información y reporte de la situación real en las Naciones Unidas. La Secretaría de Relaciones Exteriores no debería estar sometida a la ciega austeridad, pues en estos momentos, más que siempre, tiene en sus manos una tarea y una responsabilidad inmensa.

No nos engañemos: buena parte de la negociación estuvo acompañada de las presiones políticas y económicas que ocurrieron “de aquel lado”. Por eso y como nunca hay que entablar o restablecer el diálogo con dirigentes políticos y representantes en E.U., en el Partido Republicano y Demócrata, en todos los niveles de representación y en todo el país.

En la misma dirección, el Gobierno mexicano debe respaldar a las organizaciones de migrantes en Estados Unidos que suelen ser la referencia más cercana a nuestros compatriotas que viven en aquel país cuando requieren apoyo legal. Y contra la política de la mentira, México debió empezar, hace tiempo, una masiva campaña de información acerca de los hechos, la diversidad, las contribuciones y los beneficios reales que los Estados Unidos reciben de su relación con nuestro país y con los mexicanos.

En fin, de algo estamos seguros: vamos a vivir bajo amenaza, y el gobierno del presidente López Obrador no puede ni debe encarar solo un desafío con un triple carácter: nacional, regional y universal. Esta circunstancia requiere de un esfuerzo de conciliación, interlocución y acción por parte de los más variados sectores. No entenderlo es incurrir en el peor de los cálculos: utilizar la sistemática amenaza exterior para aceitar la grilla y la polarización interior.

Y no caer en el doble espejismo: ni apostar por una supuesta “moderación” de Trump y por otro lado, la chabacana esperanza de que el gobierno podrá saltar a los chantajes, con operaciones urgentes y mucha buena suerte. 

Lo que se cedió es mucho, a cambio de salvar una advertencia. Hay que extraer las lecciones correctas o seguiremos pagando, una y otra vez, los caprichos y necesidades políticas del personaje norteamericano que encarna lo peor de esa nación y su incontinente ira.

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