Oct 8, 2017

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Bomberos insultados, en nombre de la propiedad privada

Bomberos insultados, en nombre de la propiedad privada

 

 

 

 

 

 

Ricardo Becerra

La Crónica 

08/10/2017

El sismo trajo sus historias. Umbrías unas, siniestras, y otras tiernas, chuscas, todo depende del capricho de las ondas telúricas que rebotaron y retorcieron la vida de la ciudad. Aquí una compilación incompleta de lo que pude ver u oír —grandeza y miseria— en los días funestos, luego del 19 de septiembre.

Frida Sofía si existió. Fue el motor ciego que alentó a miles porque en ella se depositó la potencia y el esmero por salvar a niños atrapados. No lo inventó la Marina, ni los medios de comunicación. Fueron los ciudadanos solidarios que, en el límite de su responsabilidad y de su nerviosismo inmediato, oyeron y se estremecieron ante las primeras voces de pequeños que los llamaban en su auxilio. Frida Sofía no fue un invento, sino un producto desesperado por las ganas de ayudar, no solo de los solidarios, sino también de los marinos que veinte veces se arriesgaron buscando a ella, al cabo, una metáfora.

Nadie es más fuerte, ni más hábil, ni más útil, que un albañil. En Edimburgo o en Escocia, en la Narvarte y en la Roma, hipsters fortachones cincelados en el Fitness, intentan —infructuosamente— levantar los segmentos de lozas, pisos o techos, hasta que llega la flotilla constructiva de la empresa X con su pequeña fuerza de tarea, tlaxcaltecas, no más altos del metro y medio. En minutos resuelven el acertijo de la remoción, sobre sus propias espaldas, sin arnés, sin máquina, solo con la destreza de su oficio que les permite llevar a lomo sesenta kilos y tirarlos a lugar seguro. Hércules con poca estética.

El ingenio justo de los vecinos. Hacían falta baños, agua, descanso para los rescatistas. He visto centenas de casas abiertas, con “dazibaos” improvisados,  ofreciendo su propia vivienda para miles; catres, higiene, papel, toallas, incluso carga eléctrica para los celulares de los héroes anónimos que picaron piedra durante semana y media. Ni una queja, ningún robo: concentración ética en el centro de la catástrofe.

En San Gregorio, Xochimilco (pueblo originario, ¡Ay!) todos se conocen, vida y milagros en cada casa, y todos sabían que Rafael (nombre falso) es amigo de lo ajeno. Un ratero en toda la línea, sin inocencia demostrable. “Este es un ladrón”, gritó la masa pero su revire fue mejor, “Claro que soy ratero, pero he venido a ayudar”: quitó los escombros del edificio “Neto”, junto a la iglesia. Delincuente solidario.

Nuevos negocios a mitad de la tragedia. El temblor trajo nuevos restaurantes o fondas espontáneas, desde la generosidad de los hogares y las “doñas”. En Gabriel Mancera o en Coapa, las amas de casa se dieron a la estratégica tarea de proveer comida caliente, igual a voluntarios, rescatistas o al Ejército. Fue a tal punto exitosa su bondad que la demanda subió a 50, 100, incluso 500 raciones al día para que nadie abandonara su puesto. No solo por el susto sino por el gusto de la buena cocina, comprobada, por miles que corroboraron su sazón.

¡Deja de gritar con esa chingadera y ponte a cargar piedras! Así recibieron en las primeras horas, los rescatistas espontáneos más agitados, al pobre Secretario de Desarrollo Económico de la Ciudad, cuando pedía que los voluntarios (demasiado gordos) bajaran de las zonas más peligrosas y cedieran su lugar a los soldados mejor entrenados. Los voluntarios (eso creían) se volvieron expertos en casi todo.

Miseria vecinal. Edificio derruido, vibrando cada dos segundos, colapso que impide entrar salvo, a través de los predios adyacentes. Escrituras, actas de nacimiento, saldos bancarios, títulos profesionales, computadoras con el trabajo de una vida y… cenizas de los seres queridos. Pero para los dueños de junto, lo primero es la propiedad privada y un enrevesado “derecho a la privacidad”. Los bomberos son insultados (por invasión) y aun así, atraviesan una ruta mucho más riesgosa, penetran las ruinas para salvar lo poco que les queda a los damnificados.

Pompeya. En Edimburgo viene una escena del inframundo. Una familia completa —madre, padre, hijos— inquebrantablemente abrazados, todos muertos, pero entrelazados y prensados, debajo de una loza de concreto que en la catástrofe selló su amor para el fin de los tiempos. Una conmoción psíquica para centenas de personas que al remover escombros, los vieron.

Me sobran anécdotas, pero se me acabó el espacio. Las estampas aquí puestas son solo un pedazo de lo mejor y lo peor de la condición chilanga (y humana).

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