Feb 3, 2012

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Carlos Monsiváis

 

 

 

 

 

 

Penúltimas voluntades

 

Antonio Muñoz Molina
El País, 03/07/2010

Todas las pompas son fúnebres”, decía Ramón Gómez de la Serna, con un humorismo funerario que se le fue acentuando con la vejez, el destierro y la pobreza. Cuando Gómez de la Serna murió, en Buenos Aires, su viuda, Luisa Sofovich, llamó a la Embajada de España para pedir que se hicieran cargo allí del cadáver, porque ella estaba muy cansada de haber cuidado al enfermo moribundo durante mucho tiempo, y porque se trataba, les dijo, de un “cadáver nacional”. Al cadáver nacional del pobre Gómez de la Serna, que tantas escaseces había padecido en vida, le acabaron dando sepultura en Madrid en el invierno franquista de 1963, con unas pompas tan fúnebres como las que él mismo habría imaginado y temido, con libreas y pelucones blancos de entierro de medio pelo y uniformes de Falange. En España, en los países hispánicos o latinos en general, los entierros de los escritores están sometidos a variaciones tan extremas como sus propias vidas y muchas veces parece que no hubiera término medio entre la fosa común y el panteón de glorias esculpidas en mármol, entre el anonimato sin esperanza y la hipertrofia de una celebridad que convierte al escritor en el símbolo de un país entero, en la apoteosis de un nombre que casi borra por comparación la realidad de la obra.

Siguiendo en los periódicos, en la radio y la televisión, las diversas pompas fúnebres suscitadas por la muerte de José Saramago, he tenido una vez más la sensación de alarma y de lejanía que me provocan estas ceremonias. Se muere un escritor y se desmesura todo. Se desata la maquinaria mediática y política de las pompas fúnebres y la riada de los elogios incondicionales, en los que el difunto adquiere dimensiones mesiánicas. El hecho doloroso y privado de la muerte pasa a convertirse en un duelo público exagerado por la intromisión de cargos políticos que se apresuran a hacer acto de presencia con sus coches oficiales y sus aparatosos protocolos, y que en los últimos tiempos hasta han adquirido la costumbre de firmar artículos obviamente improvisados por sus redactores de discursos. La evaluación sobria del trabajo y la vida de quien acaba de morir desaparecen bajo un fragor de superlativos gaseosos. El escritor deja de ser una persona para agigantarse como la encarnación de todo aquello que a los periodistas o a los políticos que contribuyen a su pompa póstuma les parece oportuno: la patria, el continente, el idioma entero, la condición humana, la emancipación de los pueblos. El ataúd del escritor se cubre con una bandera y se ve rodeado de uniformes y de celebridades y de mástiles con más banderas, agasajado por desfiles militares y bandas de música, por grupos de bailes regionales.

Por los mismos días en que murió José Saramago en Lanzarote murió en México Carlos Monsiváis, y las ceremonias no fueron menos opulentas. Viendo su ataúd cubierto con la pertinente bandera sobre un gran catafalco y custodiado por uniformes me acordé del hombre sigiloso e irónico al que sólo conocí brevemente, y me pareció que tanta pompa lo habría incomodado, le habría inspirado con seguridad algún brote de ese humorismo negro que él admiraba tanto en el cine de Buñuel. Monsiváis solía llevar libros y papeles bajo el brazo, como un erudito antiguo de café más que un profesor, y caminaba con un aire como de ir algo perdido en sus pensamientos. Pero allí estaba, después de muerto, como un prócer de la patria, como un cadáver nacional, sometido a himnos, desfiles y discursos pelmazos, indefenso frente a ellos.

En una sociedad democrática, en un país civilizado, un escritor es un particular que ejerce en privado su oficio, y que no tiene más presencia pública que la que le corresponde cuando el resultado de su trabajo se ofrece a los lectores. El escritor, en una democracia, es un ciudadano idéntico a otros, y en virtud de esa ciudadanía participa a veces en debates o en la defensa de causas a las que puede servir con su activismo personal o con la herramienta que mejor conoce, el idioma. Pero el escritor, por el hecho de serlo, o porque se atribuya a sí mismo o se le otorgue la condición de intelectual, no posee ni más clarividencia que cualquier otro ciudadano ni tiene un deber o una misión particular, ni representa nada ni a nadie más que a sí mismo. Cuando el escritor se convierte en símbolo casi siempre lo es a pesar suyo: porque lo persiguen o porque lo manipulan; o porque lo han asesinado (también, en ocasiones, porque ha elegido ser un impostor). Seguro que lo último que hubieran deseado Ossip Mandelstam o Bruno Schulz, por poner dos ejemplos de víctimas de las dos barbaries mayores del siglo XX, habría sido simbolizar el heroísmo de los débiles o la supervivencia de la palabra y de la imaginación en libertad incluso en las tinieblas más negras de la tiranía.

Bruno Schulz, o Mandelstam, o García Lorca, o Walter Benjamin, o Miguel Hernández, habrían preferido sin duda vivir y escribir más o menos como lo hacemos nosotros, los privilegiados de las sociedades democráticas, de los países razonablemente prósperos en los que hay lectores suficientes como para que nos ganemos con dignidad la vida o puestos de trabajo que nos dejen la holgura imprescindible para dedicar unas horas a nuestra vocación verdadera, así como un sistema de libertades que nos ampare incluso si decidimos militar como propagandistas de alguna dictadura. Entre el malditismo del hambre en el que pululaban los poetas bohemios de principios del siglo XX la megalomanía de esos escritores de aire bonapartista o proconsular que dominan durante varias generaciones la cultura pública de un país y hasta de un continente, hay un espacio anchuroso que es el del encuentro sin énfasis del libro y el lector, la fraternidad íntima, democrática y apasionada de la literatura. Da igual que un libro tenga mil lectores o cien mil: cada lector es una persona singular que establece con el libro un diálogo irrepetible, un espacio del tamaño de una habitación, nunca de esas ingentes plazas públicas o salas de ceremonias en las que se aparecen ante una multitud arrobada las grandes glorias nacionales.

La literatura pertenece al reino de lo más privado, y las multitudes siempre son invisibles en ella, porque las componen lectores que raramente se encontrarán entre sí, aislados en el espacio y a lo largo del tiempo. Nuestra muerte es algo tan privado como nuestra vida verdadera. En el duelo que sientan por un escritor sus personas más queridas no tienen por qué entrometerse cargos políticos adictos al parasitismo del resplandor ajeno ni jefes de protocolos ni maestros de ceremonias. Lo que tienen que hacer los poderes públicos por la literatura no es repartir premios y medallas sin ton ni son y sin otra finalidad que dar lujosas recepciones con muchos canapés y salir en el periódico, sino fundar buenas escuelas y buenas bibliotecas gracias a las cuales se extienda el reino igualitario del conocimiento, y por lo tanto de los libros. El único premio oficial plenamente honorable que puede recibir un escritor, vivo o muerto, es que le pongan su nombre a una escuela o a una biblioteca.

Cada quien su Monsiváis

 

José Woldenberg
Debate.com.mx. 24/06/2010

Como ha quedado claro en los últimos días, cada quien tiene a su Carlos Monsiváis. Y no podía ser de otra manera. Frente a la extrema especialización, Monsiváis fue un hombre de infinidad de pasiones; frente a lo solemnidad hueca y reiterativa se convirtió en una voz crítica y juguetona. Los muchos Monsiváis pueden ser conjugados por cada quien casi al gusto.

Porque Carlos Monsiváis fue (por lo menos):

Cronista con inéditos registros entre nosotros. Un estilo que expresaba una nueva sensibilidad, más abierta, irónica, corrosiva. Su forma única de contar deslumbrante, abigarrada, sugerente, provocadora se convirtió en un talante imitado por muchos y en un referente obligado.

Vocación permanente por inyectarle a la política los insustituibles insumos de la cultura, sin los cuales tendía a secarse, a languidecer como una actividad carente de horizonte y sentido.

Puente entre la cultura popular y las expresiones más sofisticadas del quehacer humano. De Raphael a Salvador Novo, de María Félix a Jorge Cuesta, del burlesque a los expresionistas alemanes, de Juan Gabriel a Pasolini, en todo encontraba motivo para el asombro, la reflexión y el cotorreo.

Hombre de izquierda, de los primeros críticos del “socialismo realmente existente” incluyendo al autoritarismo cubano. Su pulsión libertaria, garantista se diría hoy, justiciera, lo convirtió en un adelantado de lo que puede llegar a ser una izquierda democrática.

Puerta de entrada a autores, tratamientos, obras y enfoques. Su conocimiento oceánico lo convertía en una fuente inagotable de sugerencias de libros, películas, exposiciones, conciertos, que no se podían dejar de leer, ver y oír.

Disposición universalista capaz de asimilar y recrear las más diversas influencias sin despegar las suelas del terruño. Publicó Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina (2000) y unos años después Pedro Infante. Las leyes del querer (2008). Escribió decenas de páginas sobre el cine de Hollywood o la “Nueva ola” francesa y no dejo escapar a Julio César Chávez o a Gloria Trevi.

Escritor profesional que se nutría por supuesto de la tradición literaria, pero también de lo que sucedía en la calle; que no despreciaba los insumos cinematográficos o musicales o científicos pero tampoco los provenientes de las huelgas, marchas, peregrinaciones, reventones que le dan su coloración y significado a las vidas. Era un hombre ilustrado capaz de asimilar y procesar (casi) todo.

Voz que entendía y defendía los derechos de las minorías: religiosas, sexuales, políticas. No era posible una convivencia medianamente decente sin el respeto irrestricto a los derechos de los otros.

Enjambre de relaciones. Sus puentes de comunicación con los disparejos mundos que componen al país le ofrecían una visión panorámica y detallada del zozobrante fluir de una sociedad contrahecha y más que desigual.

Narrador sin fronteras. Lo mismo de un concierto de rock, de una marcha política, de las aventuras y desventuras en el Metro o en la Basílica de Guadalupe. Ante sus escritos sobre tantos temas aparentemente insípidos, uno podría pensar como aquel personaje de Enrique Vila-Matas: “el mundo es muy aburrido… lo que sucede en él carece de interés si no lo cuenta un buen escritor”. (Dublinesca. P. 102.) Y Monsiváis claro que lo era.

Recopilador infatigable de tonterías de todo tipo. Su gustada sección “Por mi madre bohemios” funcionó como un espejo eficiente de las sandeces que día a día alegran y ensombrecen nuestra existencia. El humor se convirtió en su escudo ante las inclemencias de la vida social, su sarcasmo fue un afinado mecanismo de protección.

Militante antiautoritario. Contra el autoritarismo patriarcal, feminista; contra el autoritarismo religioso, tolerante, pluralista; contra el autoritarismo sexual, abierto a las múltiples condiciones humanas; contra el autoritarismo político, democrático.

Erudito gozoso del cine, un archivo de anécdotas y chismes, de valoraciones y capacidades analíticas, de nombres y fechas, de repartos y canciones.

Heterodoxo, porque su fuerza, conocimientos, imaginación y humor, le impedían quedar encarcelado en alguna escuela.

Conciencia ética capaz de irritarse ante las más diversas injusticias que a diario inundan la “vida nacional”. Por desgracia nunca le faltaron causas que era menester defender.

Enciclopedista moderno, exceptuando los deportes.

Coleccionista meticuloso, obsesivo.

Lector voraz, difícil de sorprender.

No creo que fuera un optimista. No vislumbraba un mundo mejor. Estaba demasiado bien informado. Muchas “cosas” no tenían remedio. Pero lo movía el afán de comprensión, un gusto por recrear e inventar el mundo con la palabra, la curiosidad ilimitada. Recuerdo a mi abuelo decir: “Vale la pena vivir aunque solo sea por curiosidad”.

Monsiváis ya no está. Su obra se queda entre nosotros.

Monsiváis no fue uno sino muchos. De ahí que cada uno tenga su propia lectura de su vida y obra.

Carlos Monsiváis

 

Adolfo Sánchez Rebolledo
La Jornada, 24/06/2010

Disfrutamos de Monsivás quizá como en su tiempo los privilegiados lectores de Quevedo, Ignacio Ramírez o Guilllermo Prieto se beneficiaron de su presencia, acaso sin ser del todo conscientes de la trascendencia de esa enorme obra diversa y dispersa, que en Carlos es ubicua, abarcante, filosa, informada y eficaz, revisada a mano con pulcritud y reconocible calidad. Tocada por la erudición o marcada por la urgencia del instante eléctrico que rasga el aquí no pasa nada, Carlos convierte la crónica periodística en el espacio de encuentro o afirmación donde se reconocen (nos reconocemos) los nuevos sujetos mexicanos, en una fuente cotidiana de buena literatura que ayuda a públicos otrora inimaginables a iniciar o completar, a través de más de medio siglo, su formación artística, política o moral definitiva. Junto a las investigaciones eruditas que ya resultan indispensables, Carlos une en un solo torrente creador su peculiar literatura de combate, emparentado con la tradición liberal, la interpelación continua de una realidad que a todas luces es y le parece injusta. Ya vendrán los estudios, las antologías, los debates en torno a sus indiscutibles aportaciones en campos como la poesía, el cine, la cultura popular in extenso, por citar algunos aspectos sobresalientes, pero en sus libros publicados nos aguardan ensayos plenos de lucidez, la constatación de que a él tampoco nada del mundo le era ajeno. Allí está con toda su frescura, inteligencia o enciclopedismo ese mexicano excepcional al que hoy lloramos.

Monsiváis se diverte cuando escribe, pero en los momentos duros se arriesga, inclaudicable, ante el poder; escribe textos fundamentales para salir de la barbarie en ciernes, como las crónicas fundacionales del 68, publicadas por la Editorial Era pese a la furia dizaordacista apenas en 1970. Su sentido del humor rechaza la frivolidad al uso: es un acto vivificador de plena libertad y salud mental, una provocación irrefutable ante la cual sus víctimas se quedan petrificadas, mudas, titubeantes. La antisolemnidad es, a su modo, una forma inusual de guerrilla política y moral (Pitol dixit), no una fuga para eludir las cuestiones sustantivas que Monsiváis identifica con las causas de izquierda, no por doctrinarismo (que le repele), sino porque en ellas se expresan sentimientos, necesidades, aspiraciones de los que prácticamente han sido despojados de todo. Ante el patrioterismo estridente, Monsiváis reclama una lectura a fondo de lo que fuimos y una propuesta racional, articulada, de hacia dónde queremos ir.

Leyendo a Monsiváis aprendimos a ver y a vivir un México distinto del oficial y nos acercamos a una visión de la izquierda que, lejos de renunciar a la modernidad, la asimila como parte de su propio proyecto liberador al margen de las cóleras sectarias, sobrevivientes a la lenta ruina del estalinismo. Monsiváis se ríe en su cara del burócrata que en su pequeñez se cree dueño del Estado, de la solemnidad del político arrinconado por los fantasmas de la traición a la honestidad primigenia, virginal; se burla de la arrogancia silvestre del gran empresario, del locutor que intenta hacerle una pregunta “inteligente” para asegurarse la complicidad que no obtiene, del académico cuya tarea no es otra que replicar en lenguaje técnico lo que el poder balbucea, pero también fulmina al izquierdista enceguecido por el dogmatismo o la intolerancia, al que le resulta inútil revisar la historia o proceder al necesaria ajuste de cuentas con el régimen que ha sacrificado la utopía para instalar el horror.

La genialidad de Carlos Monsiváis, en este punto, no estriba únicamente en su enorme capacidad de extraer la lección moral que le da sentido a las “causas perdidas” (recuerdo el increíble por adolorido guión elaborado por él para un homenaje audiovisual a Rubén Jaramillo, asesinado unos días antes), causas que a la vuelta de los años ya no lo son tanto ( si atendemos, por ejemplo, al influjo del feminismo, la desestigmatización del sida, o la dificultosa aceptación de la izquierda como un componente legítimo de la democracia), sino en la comprensión de que la pugna por los nuevos derechos civiles, democráticos, es inviable al margen de una visión política que hoy pasa necesariamente por la crítica de la herencia autoritaria, reciclada pero subsistente bajo la ya muy vapuleada “victoria cultural de la derecha”, la cual requiere, a su vez, de la formación de una conciencia nacional sustentada a su vez en el “empoderamiento” de la sociedad civil, es decir, en el surgimiento de verdaderas “comunidades críticas” capaces de influir en el juego político democrático para avanzar en la que vendría a ser la madre de todas las batallas mexicanas: la lucha contra la desigualdad y la pobreza, la exclusión clasista y la discriminación como forma de dominio. En este camino, y sólo apunto el tema, Monsiváis advierte que la regeneración presente y futura de la sociedad mexicana no será viable sin el fortalecimiento del Estado laico que hoy por hoy está amenazado desde varios frentes. Por eso, a la pregunta de ¿qué es la derecha?, Monsiváis responde con una definición inmediata: “La decisión de pensar por los demás y de ordenarle a los demás su comportamiento; la usurpación organizada del libre albedrío en nombre de Dios (o de la empresa y el mercado libre) y de esos otros componentes, de la moral y las buenas costumbres.”

Monsiváis rompió todas las convenciones hasta convertirse por derecho propio en un personaje popular, quizá el más conocido e influyente por sus opiniones de la izquierda contemporánea. Por lo cual es lógico que sea la gente de izquierda, más allá de sus actuales filiaciones, la primera en resentir la muerte del gran escritor como algo propio, irreparable, muy doloroso. Nada nos lo devolverá. Sin embargo, Carlos deja abierta una ancha avenida para la reflexión y la autocrítica que conviene tomar en cuenta. Un primer aspecto es el que se refiere al lugar de la ética en la perspectiva general de las acciones de las distintas izquierdas. Es la “indignación moral” de los ciudadanos agraviados de mil maneras la que suscita la movilización, el deseo de organizarse, la primera resistencia contra fuerzas muy superiores. Esa es, en definitiva, la razón originaria que la izquierda no puede olvidar sin traicionarse a sí misma. A partir del 68, y luego del 85, Carlos sostiene que el sujeto de los cambios requeridos por el país no es el ciudadano individual sino la comunidad “autogestionaria y dispuesta a renunciar al autoritarismo… (que) surge en las colonias populares, en los grupos ecologistas, en los pequeños sindicatos, en las cooperativas de barrio, en las comunidades eclesiales de base, en las agrupaciones campesinas, en las secciones magisteriales”. ( Carlos Monsiváis, “La izquierda mexicana: lo uno y lo diverso”, Fractal n° 5, abril-junio, 1997, año 2, volumen II, pp. 11-28.) Pero Carlos no opone la emergencia de la sociedad civil (o de la izquierda social) al fortalecimiento de los partidos o a la acción electoral, en cambio les exige coherencia, sincronía, un proyecto que le dé un horizonte común a las de suyo multifacéticas expresiones de la acción popular. Por eso apoya con toda energía la campaña de Andrés Manuel López Obrador (como en 1988 la de Cuauhtémoc Cárdenas), así como la resistencia cívica posterior. Sus textos desnudan la hipocresía de la derecha, pero también fustigan los pasos equivocados de la izquierda partidista, incapaz de estar a la altura de los acontecimientos, la indiferencia ante la crítica, la omisión para debatir asuntos de México y el mundo que no se pueden ignorar.

Carlos, nos harás falta.

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