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CIRO MURAYAMA DEL IETD PREMIO JOVENES UNAM

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  "Ciro Murayama Rendón, economista, doctorado en la Universidad de Madrid, recibirá este mes, el Premio Jóvenes Universidad Nacional. Todos sus compañeros del Instituto de Estudios para la Transición Democrática se congratulan de su reconocimiento y lo esperan para la justa celebración”.

*Universidad Nacional, democracia y desarrollo.

Ciro Murayama Rendón

 

 

Dr. José Narro Robles, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Distinguidos académicos ganadores del Premio Universidad Nacional.

Colegas galardonados con el “Reconocimiento Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos” 2008.

Honorables miembros de la Junta de Gobierno de la UNAM.

Apreciados maestros e investigadores Eméritos.

Universitarios todos.

 

Gracias es la primera palabra que uno debe pronunciar en esta ocasión, a nombre propio y al de los destacados universitarios que reciben el Reconocimiento Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos. Gracias a los profesores que nos enseñaron y acercaron al conocimiento a través de su experiencia y entrega; gracias a la Universidad que ahora nos acoge como sus trabajadores académicos, dándonos un espacio privilegiado para la docencia y la investigación, y nos otorga la posibilidad, que es a la vez una delicada responsabilidad, de contribuir a formar a las nuevas generaciones. Gracias, por supuesto, al jurado del Premio Universidad Nacional que, entre las de otros valiosos profesores e investigadores, apreció nuestra labor y nos estimula a proseguir con renovado empeño la carrera académica en esta noble institución.

         Recibimos esta distinción en un año emblemático: hace 40 años los universitarios –los jóvenes estudiantes, pero también notables académicos, trabajadores y aun memorables autoridades-, fueron protagonistas del movimiento estudiantil de 1968, del cual emergió sin cortapisas el reclamo democratizador en nuestro país. Se trataba de ampliar las libertades y de ajustar el cartabón de la legalidad y del ejercicio del gobierno a la pluralidad. Pero aquellas jornadas de expresión de ciudadanía también fueron un hasta aquí alegre al autoritarismo en el hogar, una reivindicación práctica y festiva de la igualdad entre mujeres y hombres, un ejercicio de ampliación de los derechos para elegir entre distintas opciones, bien para acercarse a nuevas expresiones culturales, musicales, o para vivir la sexualidad. La Universidad, desde entonces, también se benefició de nuevos enfoques científicos y filosóficos, de nuevas corrientes del pensamiento. El 68 fue una contestación cívica contra la pretendida uniformidad y unanimidad que acompañan a los formatos de vida autoritarios.

         Del gobierno se obtuvo una respuesta tan irracional como criminal. Gracias a la persistencia de voces críticas y libres que se mantuvieron en las universidades pero que pronto las trascendieron, aquel 2 de octubre de 1968 es recordado, desde hace años ya, como un acto de terrorismo de Estado, inaceptable, condenable y que jamás puede volver a ocurrir.

Junto con la contribución a esa derrota cultural y política del autoritarismo extremo, hoy los universitarios nos podemos reconocer en un México con mayores libertades, con un sistema de partidos políticos plural y competitivo, con  real equilibrio entre poderes, con una prensa libre e incisiva, con una opinión pública atenta y crítica, pero también en un México cargado de desafíos.

Creo no equivocarme si afirmo que el sistema político nos deja insatisfechos, en buena medida porque parte de los problemas más hondos de la nación permanecen intocados: la extrema desigualdad, la pobreza masiva, la degradación ambiental, el espacio para el abuso contra el débil, la inseguridad económica y, ahora, la inseguridad física. Pero la insatisfacción en la democracia no puede volverse insatisfacción con la democracia. Precisamente por ello tenemos por delante la tarea de consolidar a la germinal democracia mexicana. Consolidar la deliberación abierta, la disputa pacífica, el cauce institucional y representativo para procesar las diferencias y contradicciones consustanciales a una sociedad masiva, compleja y diversa como la nuestra. La Universidad puede nutrir la requerida consolidación democrática creando un contexto de exigencia ético y laico a un debate público riguroso e informado, al desempeño de los poderes, preservando la autonomía de la institución frente a los gobiernos en turno y los proyectos de las partes. Los universitarios somos libres de optar como ciudadanos y, a la vez, podemos ser refractarios al discurso antipolítico que pretende volver un lugar común que son innecesarias y hasta contraproducentes instituciones como el Congreso o los partidos políticos, como si pudiera haber democracia representativa sin parlamentos, sin partidos políticos e incluso sin políticos.

En los días que corren, el mundo asiste a la recesión económica más severa desde la Gran Depresión de 1929. Esta vez, la crisis tuvo su epicentro en la mayor economía del orbe, los Estados Unidos, y es producto de la sobredesregulación hacia los mercados financieros que permitió una espiral de especulación, ganancia rápida, opacidad y quiebra económica, con alcances aún imprevisibles sobre la economía real, sobre las empresas y las familias. Fue la ausencia de Estado, la abdicación política para velar por el interés público, lo que nos condujo a esta ola de destrucción de empleo y contracción productiva a escala planetaria.

Desde la tradición de comprensión de las relaciones sociales y de compromiso con el desarrollo, que ha caracterizado a las ciencias sociales de nuestra Universidad Nacional, podemos decir que el “pensamiento único” ha llegado a su fin. Es preciso recobrar y ensayar las políticas, los arreglos institucionales y las energías colectivas a favor del desarrollo y el bienestar de la población, ya no como un mero residuo de la acción del mercado. Es la hora de la recuperación de lo público y del Estado, mas no del Estado que todo lo hace o quiere hacer, sino de un Estado articulador y, en nuestro caso, con adjetivos que son sustantivos: democrático, constitucional y social, es decir, con legitimidad de origen, respetuoso de las garantías individuales, de la división de poderes y comprometido explícitamente con la calidad de vida de las mayorías.

Si ninguno de los grandes problemas nacionales o de nuestra época le son ajenos a la Universidad, como bien lo refleja el amplio abanico de disciplinas y ciencias en las que los hoy galardonados han hecho aportaciones significativas, habrá que reconocer que hay asuntos ante los que como comunidad no podemos ser indiferentes. Sobresale, en primer lugar, la catástrofe de la educación básica. Todos los diagnósticos sobre la materia revelan que las destrezas, conocimientos y habilidades primordiales a los que debe tener derecho cada ser humano, y que nuestra Constitución consagra, están apenas al alcance de la tercera parte de los educandos de los ciclos básicos. La escuela no está cumpliendo su misión como generadora de oportunidades, como mecanismo de creación de ciudadanía y como antídoto contra la ignorancia y las desigualdades de origen.

La UNAM podría aportar a un auténtico debate nacional sobre el tema. Hace unas semanas, nuestra Universidad dio un ejemplo al convocar y auspiciar, con la sabiduría de sus expertos en diferentes áreas del conocimiento, al debate universitario sobre la reforma energética que, junto con otros esfuerzos, coadyuvó a que el Congreso adoptara una reforma legal que mantiene a la industria petrolera en manos de la nación y abre nuevas posibilidades de inversión e innovación productiva.

El desarrollo al que puede contribuir esta universidad pública tiene que hacerse cargo del lastre de mayor calado en nuestra historia: la desigualdad, que nos caracteriza aun antes de nuestro surgimiento como nación independiente. Se trata de un reto formidable, en primer lugar intelectual, para subrayar que no hay futuro compartido sin cohesión social. De ese reconocimiento, hay que volver a lo público: México es el país de la OCDE con menor nivel de recaudación fiscal, por tanto, con menor nivel de solidaridad entre sus habitantes y con mayor debilidad estatal.

Ahora que hemos trascendido la época del llamado “consenso de Washington”, la era de la preeminencia del éxito individual sobre el bienestar colectivo, es imperativo explorar un nuevo modelo de desarrollo que se haga cargo de manera ambiciosa de la necesidad de generar riqueza y con ello empleo productivo, de redistribuir los frutos de la economía, pero sin dejar de considerar como una variable clave la preservación de los ecosistemas, de proteger el rico capital natural que aún poseemos como nación y que compartimos con el resto de los habitantes del planeta. De las aulas y laboratorios de esta Universidad han surgido generaciones de científicos que han permitido conocer la vasta diversidad medioambiental con que contamos, también los excesos que se han cometido hacia ella, y sin duda la UNAM estará en el centro de las reflexiones y propuestas para un desarrollo incluyente en lo social y respetuoso con la naturaleza. 

Estamos viviendo una fase de la transición demográfica en la que, a unas décadas vista, crecerá el número de personas de la tercera edad que requerirán atención y servicios médicos que desde ahora no estamos generando. El rápido viaje de un país de jóvenes a uno de viejos pobres ya empezó. Por ello es prioritario discutir de qué manera se pueden construir auténticos sistemas de seguridad social de cobertura universal.

En todos los que podríamos denominar los temas vertebrales de la vida de México –de la educación básica a la edificación de una más amplia plataforma científica y tecnológica propia, de los retos energéticos a la soberanía alimentaria, de las formas de vinculación con el mundo a la preservación del patrimonio cultural y natural, de la expansión de los derechos individuales al rediseño institucional para la inclusión social-, es indispensable la contribución de los científicos, humanistas, artistas y maestros universitarios: su conocimiento riguroso, su sensibilidad, su inteligencia labrada en la dedicación al trabajo, abundantes en nuestra comunidad, son una reserva imprescindible para la construcción de cualquier escenario deseable para el México del siglo XXI.

La UNAM tiene sus particulares retos que debe atender con todas sus capacidades. Doy sólo un ejemplo para no extenderme: experimentamos nuestra propia transición demográfica y en los próximos lustros se dará la mayor renovación del personal académico que haya registrado la institución.

Vivimos pues, como mexicanos, una época de amplios desafíos. Como universitarios, tenemos el deber de contribuir a la búsqueda de las oportunidades para esta nación que con nosotros ha sido generosa. El reconocimiento distinción para jóvenes académicos que hoy recibimos, más que un corte de caja con lo hasta ahora hecho, es un recordatorio de lo que nos queda por hacer.

Muchas gracias.

 

*Intervención en la ceremonia de entrega del Premio Universidad Nacional y Reconocimiento Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos 2008, el 11 de noviembre en Ciudad Universitaria.