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Crisis económica: ¿hay alguna capacidad de reacción?

Crisis económica: ¿hay alguna capacidad de reacción? 

Ciro Murayama

La Crónica de Hoy 03/10/2008

 

A diferencia de las crisis vistas en los últimos años, la actual surge en la que sigue siendo la principal economía del orbe y tiene su epicentro en el sistema financiero, es decir, en un sector sumamente modernizado, que se beneficia de los avances tecnológicos y que es emblema de la globalización aún en curso. Siendo así, no fueron las ?rigideces? al funcionamiento del mercado, los afanes proteccionistas, o la pervivencia de reglas que algunos consideran obsoletas ?como las referidas a la protección de los derechos económicos de los trabajadores? las que dieron al traste con la ilusión de una economía que viajaba, segura, hacia el esplendor. Por el contrario, el consenso generalizado ?aunque no faltan fundamentalistas que se niegan a ver lo evidente?, con independencia de la corriente de opinión en donde uno se ubique, es que fue precisamente la extrema libertad que se dio a los actores de los mercados financieros para emitir bonos de deuda de escasa calidad y para multiplicarlos por el mundo entero, lo que terminó por configurar un escenario catastrófico. El mercado no se ?autorreguló? y la única manera de que no colapse es la intervención pública, aunque por supuesto hay un debate acerca de cómo debe instrumentarse el rescate para evitar que los responsables de la debacle vuelvan a ganar con los recursos de los contribuyentes, y garantizar en cambio que las familias y empresas encuentren un asidero.
Lamentable, pero previsiblemente, la crisis demuestra que sin regulación desde el interés público, la búsqueda del lucro privado puede ser tan insaciable como riesgosa. Es decir, comprueba la elemental y vieja pero vigente noción de que el mercado necesita del Estado para no autoengullirse. Es factible que con las normas de operación de los sistemas financieros previas a la década de los años noventa ?las que se adoptaron a propósito de la traumática experiencia de la Gran Depresión de 1929?, hubiese habido un corsé a la expansión de la burbuja especulativa. Fueron las ?no reglas? más que ?el exceso de reglas? lo que propició la crisis económica que sacude a los Estados Unidos y, desde ahí, al mundo.
La responsabilidad de las autoridades financieras de los Estados Unidos, en todo caso, fue su omisión. Ahora, el sector público actúa de manera tardía y el rescate recaerá sobre las de por sí maltrechas finanzas públicas norteamericanas, pero no había escapatoria.
Mientras se hacen cálculos sobre los daños que la crisis acarreará en el mundo entero, también se extiende la opinión de que el mercado financiero no puede seguir funcionando sin orden ni concierto. Quizá sea de esta manera dolorosa, en plena crisis, como las tesis de ?no Estado? pueda irse trascendiendo, aunque ya se sabe que las ideas pueden cambiar de manera más lenta que la realidad.
Los Estados Unidos se perfilaban a la crisis financiera, generada en buena medida por la carencia de normas sobre la actividad especulativa, en un escenario de debilidad no sólo regulatoria sino fiscal, pues el déficit público se encuentra en su máximo histórico tras la reducción de impuestos, impulsado por la administración Bush y la aventura bélica en Irak. Todas las señales amarillas fueron saltadas por los conductores de la economía norteamericana: no se pueden dejar a los mercados a su libre albedrío, no se puede incrementar el gasto corriente ?improductivo? al tiempo que se recortan los impuestos. Las obsesiones de Bush (la guerra, beneficiar a los sectores de amplios ingresos con rebajas de las tasas fiscales, el flexibilizar la regulación financiera) configuraron el escenario donde la crisis ardió.
¿Podremos de esa experiencia de dogmatismo en la conducción económica tomar alguna lección? Deberíamos, es la respuesta.
En el tablero de la economía mexicana, hay indicadores que no pueden seguir pasando desapercibidos: 1) no crecemos o lo hacemos muy lentamente; 2) la población en edad de trabajar sí crece, pero no encuentra empleo; 3) la riqueza del país se encuentra sumamente concentrada; 4) un 60% de la población padece algún tipo de pobreza; 5) las necesidades sociales por la transición demográfica aumentarán. Se trata de indicadores reales, no nominales. Ahí están los problemas, los ?caldos de cultivo? para expresiones violentas, los elementos que fragmentan el tejido social.
No obstante, las coordenadas de conducción de la economía, la comprensión del papel del Estado, continúan manejándose como si los resultados y la realidad no importaran. Se trata de un dogmatismo también ciego, aunque a estar alturas más nacional que global. Es sintomático que, mientras en el mundo entero las autoridades políticas y financieras se hacen cargo de que algo ha cambiado en la economía del orbe en las últimas semanas y mucho debe cambiar el manejo de la economía, las de nuestro país sigan instaladas en el mismo diagnóstico. En vez de tratar de ver cómo nos ?blindamos? no sólo en términos financieros sino sociales ante la recesión que ya comenzó, las autoridades económicas mexicanas laboran como si Wall Street hubiera tropezado una simple jornada. En la economía global hay tormenta, pero en Hacienda y en presidencia continúa el picnic.