Sep 8, 2016

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El invitado

El invitado

José Woldenberg

Reforma

08/09/2016

¿Llover sobre mojado? Quizá.

1. La invitación. La invitación de la Presidencia a Donald Trump apareció de manera intempestiva y era, por decir lo menos, innecesaria. El gobierno había anunciado que no intentaría inmiscuirse en las elecciones estadounidenses, que ese era un asunto interno de aquel país (incluso, con críticas de no pocos, que no compartían la pasividad anunciada del gobierno mexicano). Además, en México se había forjado, de manera natural y hasta inercial, un consenso contra el preocupante personaje. Sus groserías y amenazas habían propiciado una convergencia general de repudio entre los partidos, las organizaciones sociales, la academia, el periodismo y súmele usted. No se trató de una operación concertada, sino de una serie de resortes que se activaron de manera mecánica y correcta ante las asechanzas del candidato republicano. Las más visibles: el muro, las deportaciones, la revisión del TLC, además del cúmulo de insolencias.

Por su parte, Trump parecía estar descendiendo en la intención de voto. Diversas encuestas anunciaban que sus dichos y desplantes le estaban restando adhesiones, que sus dislates preocupaban incluso a franjas nada despreciables de su propio partido. Además, parecía existir una especie de cerco tácito que los gobiernos del mundo tendían en torno a su figura (salvo, quizá, Vladimir Putin), precisamente para no acreditarlo como interlocutor válido, como una opción legitimada por sus eventuales pares.

Pues bien, la invitación, al conocerse, erosionó el consenso interno, generó una ola de malestar entendible y segregó al gobierno de lo que es un sentimiento predominante y justo en nuestro país. En Estados Unidos, muchos de los eventuales aliados de México o por lo menos los seguidores y votantes de la señora Clinton se habrán sentido defraudados o por lo menos confundidos. Ahí está ya el rechazo de la candidata demócrata a la invitación presidencial. Por su parte, el señor Trump entendió que era su oportunidad de aparecer por primera vez al lado de un gobernante, de lubricar la idea de que es reconocido como el eventual nuevo presidente de Estados Unidos y de romper el anillo de repudio que lo segregaba. Así, desde la invitación, el más probable ganador con la entrevista sería Trump y difícilmente la iniciativa presidencial aparecería como pertinente a los ojos de la inmensa mayoría de los mexicanos y de quienes en Estados Unidos no quieren a Trump.

2. La entrevista y la aparición ante la prensa. Aún con lo anterior, la entrevista podría haber compensado en algo -subrayo, en algo- la innecesaria invitación. Pero para ello (creo), eran ineludibles por lo menos dos requisitos, que: a) en privado y en público el Presidente mantuviera las mismas posiciones y b) quedara claro que México estaba ofendido por las descalificaciones del candidato, que repudiaba cualquier amenaza (incluyendo, por supuesto la del muro), y que la eventual colaboración solo podría ser posible en un marco de respeto y debería ser pactada bilateralmente y nunca impuesta.

Por desgracia, no fue claro (por la serie de enmiendas posteriores) lo sucedido en privado, y en público el Presidente no pudo o no quiso o no supo poner un alto categórico al visitante. No fue casual entonces que el malestar y la vergüenza se multiplicaran y que una iniciativa insensata y peor procesada, disparara críticas al por mayor.

3. La motivación. Muchos se preguntaron entonces y se siguen preguntando cuál fue el disparador de la invitación, el motivo para hacerla, los objetivos que se buscaban. Y muy rápido empezó a circular la versión, al parecer cierta, que se trataba de una propuesta de la Secretaría de Hacienda para “mandar una señal de estabilización a los mercados y calmar los temores que existen sobre los impactos en la economía mexicana de un eventual triunfo del candidato republicano” (Reforma, 2 de septiembre). Si en efecto fue así, la receta no se corresponde con el diagnóstico, pero además, estaríamos en presencia de una especie de ceguera de taller que confunde el árbol con el bosque, que reduce las complejidades de la vida social a una sola dimensión (la económica), que siendo importante (si se quiere capital), no debe (porque sí puede) darle la espalda a los sentimientos, expectativas e incluso ilusiones de la sociedad.

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