Oct 21, 2018

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“Eso”, no puede pasar aquí (II)

“Eso”, no puede pasar aquí (II)

 

 

 

Ricardo Becerra

La Crónica

21/10/2018

Me da gusto: he recibido muchas preguntas, comunicaciones con ganas de explorar, de parte de lectores (son muy amables, gracias) que se interesaron en la desconcertante novela de Sinclair Lewis Eso no puede pasar aquí (Antonio Machado, Libros) citada aquí mismo, la semana pasada.

Y es que los paralelismos del triunfo por la vía de los votos de un fascista en Estados Unidos, con la situación actual lo dejan a uno perplejo, perturbado.

Primero: el virulento Berzelius Buzz Windrip es un outsider de los circuitos políticos igual que Trump (éste republicano, aquel, imaginado demócrata) que gana la partida a sus adversarios merced a su dinero y su red de relaciones, pero también a su actitud, tan ­inusual para un político: “viajero incansable, un orador bullicioso y divertido, un buen adivino sobre las noticias políticas que gustarían a la gente”, dice Lewis.

Segundo: nacen y crecen entre el tumultuoso murmullo social tamizado por la pobreza, el malestar y el descontento. Berzelius es una criatura larvada en la Gran Depresión del 29 y sus secuelas; Trump lo es de la Gran Recesión y su propia cauda destructiva.

Tercero: ambos son malos amigos de la verdad. Escuchen a Berzelius: “Un propagandista honesto… uno que analice y calcule con honradez el modo más efectivo de transmitir su mensaje, se dará cuenta bastante rápido que no es justo intentar que el ciudadano de a pie, se trague todos los datos verídicos… así sólo conseguiría confundirlo”. Menos verdades y nos entendemos mejor.

Cuarto: su provincianismo idealizado. “En los pequeños pueblos. Allí es donde se encuentra la paz duradera y que ni siquiera pueden perturbar esos insolentes sabelotodo, procedentes de las megalópolis como Washington o Nueva York”.

Cinco: el lenguaje, los diagnósticos, la comunicación, la política debe ser simple, mientras más simple mejor: “Ahora, después de la toma de posesión de Buzz, todo volverá a ser sencillo y comprensible” dice una de sus votantes.

Lo cual no le resta un ápice para incurrir en la agresión verbal, especialmente a la prensa: “Las mafias de periodistas, esos muladares donde se cuentan mil mentiras diarias con las que han envenenado al pueblo y han hecho olvidar la biblia” y no sólo la prensa: “profesores universitarios, periodistas y escritores famosos” que infectan el pensamiento del hombre común. Lo que nos lleva al séptimo paralelismo: Berzelius (como Trump, Bolsonaro y otros, en tantas partes del mundo contemporáneo) recurre tenazmente a los grupos religiosos mas recalcitrantes para apuntalar su candidatura, al mismo tiempo que recurre a la modernísima radio (hoy sería el twitter) para ejecutar su arenga diaria y directa hacia el pueblo.

Octavo: la clase trabajadora y los más pobres de Estados Unidos han sido saqueados, humillados en una historia de abusos internacionales. Combatir el desempleo equivale a una política sistemática de expulsión de los inmigrantes “tanto a los judíos —intrínsecamente malvados—, a los desdichados del este de Europa, los espaguetis y los chinitos”, cotorrea uno de los suyos.

Berzelius gana y comienza con lo que hoy llamaríamos la “desinstitucionalización” de su país, construcción de milicias paralelas al Estado, persecución de sindicatos y acoso a la prensa, pero el Presdente va más allá: necesita un enemigo, un chivo expiatorio, una fuente segura de maldad a la que es necesario declararle la guerra. ¿Adivinan? Se la declara a México, país al que culpa de todas las desgracias de la situación nacional.

Hay más reflejos que provienen de esa novela. El cargado proteccionismo, el machismo sin pudor, sobre todo, esa “técnica política” que consiste en colocar un montón de asuntos sin importancia en la discusión pública, para entretenerla porque en realidad, no tiene respuestas para los verdaderos temas de la compleja agenda de su nación.

Antiintelectual, antiélite, antipolítica, antiglobal; simplismo como principio; provincianismo como ideal pero sobre todo, antiinmigración. El veneno latente que transforma a Berzelius de un locuaz populista, en el más temible de los fachos.

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