Ene 24, 2012

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Igualdad

Temas sobre Igualdad

La ansiedad por la desigualdad * Ricardo Becerra La Crónica de Hoy 27/06/2006

El viejo Albert Hirschman, en una entrevista aparecida recientemente en el New York Times (23 mayo 2006) llama la atención sobre los movimientos políticos que están configurando el escenario de América Latina, incluido México: “La fuerza adquirida por la izquierda tiene razones poderosas, más allá de la coyuntura, las personalidades y las estrategias publicitarias…”.

El sabio alemán se explica el fenómeno de esta manera: “Bien vistas las cosas, no tiene nada de sorpresivo… es bastante normal que la izquierda adquiera cada vez más presencia en un continente tan marcado por la desigualdad; si las condiciones democráticas prosperan —como están prosperando en América Latina— resultaba muy probable que los más pobres, los desempleados, informales, sin tierra o migrantes, se hicieran de voz a través de líderes y partidos no clásicos de la izquierda…”.

Y no sólo eso: lo que ha ocurrido en los años recientes es que la desigualdad crece, pero sobre todo, se “nota más”. Merrill Lynch y la consultora Capgemini dieron nuevos argumentos a esta manera de ver las cosas, suministrando más datos de la endémica desigualdad. Dicen las consultoras: en América Latina, el número de personas que poseen más de un millón de dólares creció un 9.7 por ciento en el último año. ¿Buena noticia? Debería ser, pero no tanto, pues las mismas cifras informan de un hecho inquietante: lo que más creció es la concentración, no la generación de riqueza. Vea usted: Latinoamérica es la región con mayor número de multimillonarios con un porcentaje del 2.4 por ciento del total de los millonarios. Le siguen África con 1.9, Estados Unidos con 1.2 y Medio Oriente con 1.1 por ciento (según el informe, son multimillonarios todos aquellos que poseen más de 30 millones de dólares).

En otras palabras: en nuestro subcontinente no ha crecido tanto el número de ricos sino sus riquezas particulares, unos pocos multimillonarios amasan fortunas cada vez más abultadas. Esta conclusión se obtiene comparando la proporción de millonarios del continente (cerca de 300 mil) con la riqueza que poseen (cerca de 4 mil 200 millones de dólares). Ninguna otra área del mundo reparte de un modo tan desigual la riqueza, ya no entre la sociedad general, sino entre sus propios, grandes capitalistas. Vuelve Hirschman, “La desigualdad exacerba los problemas del crecimiento, pero la buena noticia es que está ocupando el lugar que merece en la agenda de la región, y eso es consecuencia y al mismo tiempo causa del movimiento —democrático, no hay que olvidarlo— hacia la izquierda”.

Lo que resulta totalmente nuevo es que la desigualdad se hace más evidente, porque ahora estamos mejor informados sobre las diferencias económicas que nos dividen. Dice Hirschman “Basta con encender un televisor o leer un periódico para que se le recuerde a esa gente su lugar en la jerarquía económica”. La vida democrática ha supuesto una mayor libertad para los medios de comunicación, “que tienden a documentar las disparidades económicas y a poner de manifiesto la corrupción pública, lo cual es por supuesto muy saludable… Todo esto ha aumentado la visibilidad de la desigualdad y está erosionando la tolerancia hacia ella… Como consecuencia, casi en todas partes —de Brasil a México, de Venezuela a Nicaragua— denunciar la desigualdad se ha convertido en un arma de éxito electoral”.

Y hay algo más, dice nuestro autor: “También las cosas están cambiando en los Estados Unidos… la conciencia de la desigualdad se ha agudizado debido a los temores al terrorismo o a la inmigración ilegal”. La desigualdad termina generando amenazas directas para la seguridad y el bienestar de los habitantes de Norteamérica y en general, al mundo desarrollado. “Para muchos europeos o norteamericanos la desigualdad en África o en América Latina ya no es tan sólo un problema moral o teórico. Ahora sienten que les afecta directamente”, lo cual está generando un síndrome masivo, compartido y mundial que Hirschman llama la “ansiedad por la desigualdad”.

Que eso ocurra, no es mala noticia; y ese fenómeno tiene un poder explicativo importante en la coyuntura mexicana de estos días. Porque nuestras campañas no sólo son juegos tácticos, candidatos que se inventan, se reinventan o estrategias de marketing: ellos se mueven sobre un telón de fondo social, sobre un océano a menudo convulso e irascible, creado por demasiados años de empobrecimiento, escaso crecimiento y cancelación de futuro. Por eso, es bastante explicable que el candidato que mejor expresa esa ansiedad, podía colocarse mejor entre los de menos ingresos, es decir, entre la mayoría de la población. López Obrador pudo no tener la mejor campaña, ni los mejores publicistas; puede suscitar un montón de dudas e incluso, enarbolar un programa a menudo inconexo y mal explicado. Pero su influencia es nacional porque apeló y tradujo como ningún otro candidato, esa creciente y nerviosa ansiedad por la desigualdad

Migración, demografía y los estados fantasma * Ricardo Becerra La Crónica de Hoy 27/02/2006

La migración se ha vuelto el fenómeno demográfico determinante, el que más cosas explica, para la configuración de la sociedad mexicana en el principio del siglo XXI. Pero no sólo la migración a los Estados Unidos, sino también la migración en el interior del territorio nacional. Son 400 mil los mexicanos que se van del país, pero casi 900 mil, son los que se mudan de entidad federativa cada año. Esto quiere decir que el uno por ciento de la población se mueve físicamente porque cambia, no sólo de domicilio, sino de estado.

Aunque la magnitud de la movilidad no es nueva (de hecho se trata del promedio registrado desde 1950), la verdad es que el fenómeno se volvió decisivo por su acumulación absoluta: en 1995, 14.6 millones de personas había transitado al menos una vez entre las fronteras estatales (el 16 por ciento de la población) y se calcula que esta cifra haya llegado al 20 ó 25% en el 2005 (hay que esperar las cifras definitivas del II Conteo). Lo más significativo es que esta migración, es de una naturaleza diferente a las corrientes humanas verificadas en todo el siglo XX. Primero, La Revolución fue la gran expulsora de gente, ahuyentando a la población de las ciudades con mayor conflictiva militar.

Después, hasta 1970, el pujante proceso de urbanización concentró la marea de migrantes venidos de las zonas rurales en unas cuantas ciudades (D. F., Guadalajara, Monterrey, Puebla y León, sobre todo). Ahora —de los 90 para acá— la migración contemporánea se ha diversificado porque han surgido polos de atracción alternativos a las grandes metrópolis y porque gran parte de la movilidad ya no fluye del campo a la ciudad sino que ocurre entre ciudades de tamaño intermedio. Toluca es el principal laboratorio de este fenómeno: los datos del Consejo Nacional de Población (2004) señalan que el Estado de México fue la entidad que recibió más población (en términos brutos y netos, es decir, descontando a los que se van y sumando a los que llegan).

En ese año llegaron al Edomex 165 mil nuevos habitantes, pero salieron 118 mil. Por lo tanto, las 47 mil personas adicionales constituyen el efecto migratorio más significativo a escala nacional. El contraste es su vecino, la ciudad de México: los datos informan que se marcharon de la capital 179 mil chilangos, pero que llegaron 99 mil. De cualquier manera, hubo una pérdida neta de población de cerca de 80 mil personas, no por muerte, sino por efecto de la migración. Baja California es el segundo centro de gravedad poblacional. 58 mil personas llegaron a ese estado en 2004 aunque se fueron 20 mil, así que se incrementó su población en 38 mil almas netas.

Si nos fijamos bien, Baja California resiente mucho más la llegada de nueva población pues le representa un 1.3 por ciento adicional (mientras que al Edomex le significa poco más del 0.5 por ciento de su población total). Y pese a la inseguridad rampante, Tamaulipas es la tercera entidad receptora, con 21 mil inmigrantes alojados sólo en el 2004 (su cercanía con los E.U. lo explica todo). Veamos el reverso de la medalla. En materia de expulsión de gente Veracruz y Guerrero se llevan las palmas: con 41 mil y 22 mil personas perdidas respectivamente (segundo y tercer lugar nacional). Otros perdedores importantes de población (siempre por migración interna) fueron Oaxaca y Chiapas, mientras que Quintana Roo, Chihuahua y Nuevo León, se anotan en el cuadro de estados netos receptores.

¿Qué provoca este rejuego de miles que llegan y se van? Un nuevo mapa demográfico del país a favor de las ciudades medias, una consistente reducción de las megaciudades y un despoblamiento de zonas enteras en los estados expulsores. El torrente internacional sigue otros patrones: Guanajuato es la entidad que más población “exportó” a E.U. con una pérdida neta de casi 44 mil personas. Le sigue Michoacán con una salida de casi 42 mil habitantes y el Estado de México que envió al vecino del norte 35 mil paisanos. Si continuara el ritmo de estos flujos migratorios en los siguientes diez años, México se convertiría en el escenario antiutópico de unas regiones, ciudades y aún estados, antes boyantes, ahora despoblados. Fijémonos en Guanajuato o Michoacán.

El estudio de CONAPO estima que se han ido a Estados Unidos 217 mil guanajuatenses en los últimos 5 años. Esto representa el 4.3 por ciento de su población en apenas un lustro. En el caso de Michoacán, la pérdida ha sido casi del 5 por ciento en el mismo lapso. Este factor explica, más que ningún otro, la tasa de crecimiento cero que el Conteo de Población 2005 mostró para Michoacán y Guanajuato: cero por ciento. Si la tendencia siguiera, tan sólo en dos décadas, en el cinturón central de México aparecería lo inimaginable: “estados fantasmas”, zonas demográficamente devastadas por una oleada incontenible de migrantes que no tuvieron otra opción más que abandonarlas como ruinas.

El futuro llegó más rápido de lo esperado *Ricardo Becerra La Crónica de Hoy 20/02/2006

Hay quienes afirman que la demografía es la única ciencia social: por su avanzada “matematización”, por la exactitud de su método y por su poder predictivo… pero incluso ella, se equivoca. Hace un año y dos meses, el Consejo Nacional de Población (Conapo) afirmó que “México llegará al 2004 con 105 millones 909 mil habitantes, un millón más que en 2003 y más de dos veces de los que vivían hace 30 años en el país…”, (La Crónica, 28 de diciembre 2004). La predicción era fruto de una mera proyección estadística.

Pero cuando se realizó el correspondiente trabajo de campo, en octubre del año pasado, mediante el Segundo Conteo Nacional de Población y Vivienda 2005, sorpresivamente, las cifras aparecieron bien distintas: resultó que México tiene 103.1 millones de habitantes, o sea, dos millones 800 mil personas menos que la predicción de Conapo. Si el país hubiera seguido creciendo a tasas de 1.7 por ciento al año, los demógrafos hubieran acertado. Pero el INEGI muestra que la población del país apenas creció a una tasa del 0.99 por ciento anual.

Y si además tomamos en cuenta que han estado marchándose de México alrededor de 400 mil personas al año, tendríamos que agregar dos millones más. Así que de no ser por los paisanos que se van, ya sumaríamos 105 millones. Y si además sumáramos a todos los que se marcharon en la última década, tal vez ya viviríamos en territorio nacional unos 110 millones de mexicanos, exigiendo empleos, servicios, agua, energía, seguridad… Pero no: somos 103.1 millones, una magnitud enorme (la onceava del mundo) pero con la tasa de natalidad más baja de nuestra historia (al menos desde la Independencia del país).

Ni siquiera ese notición es el más importante: resulta que la migración es el factor que adquiere más y más peso a la hora de explicar la configuración de la demografía mexicana en el principio del siglo XXI. Un ejemplo: nacen al año 988 mil mexicanos, pero se van 400 mil, lo que de tajo, reduce en 40 por ciento el crecimiento natural del país. La cifra es casi idéntica a la mortalidad absoluta: 428 mil personas al año. En otras palabras: casi se mueren tantos como los que emigran del país, con un detalle más: la tasa de mortalidad decrece (y continúa decreciendo), y la emigración se incrementa sostenidamente. Al paso que vamos, emigrarán más mexicanos de los que fallecen, antes de que termine la primera década del siglo.

Otro ejemplo: los estados que ven crecer su población a ritmos más acelerados son Quintana Roo (4.7% anual); Baja California Sur (3.6%), Baja California (2.4%) y Querétaro (2.2%). ¿Se debe a una tasa de natalidad más alta que el promedio nacional? ¿Se debe a que allí las parejas engendran familias de tres, cuatro o cinco hijos? Definitivamente no: el grueso de su crecimiento —más del 60%— se explica por la inmigración, por la cantidad de mexicanos que llegan a la Rivera Maya o a los Cabos, buscando empleo, oportunidades, crecimiento económico. Y al revés: Michoacán se halla estancado a una tasa de 0%, igual que Zacatecas, el Distrito Federal (0.1%) y Guerrero (0.2%).

¿Significa que no nacen niños en esas entidades? Claro que no: llegan bebés, y muchos, lo que ocurre es que en esas regiones se van casi tantos (o más) que el número de recién nacidos. Otro ejemplo: al México del año 2006 es habitado por muchas más mujeres que hombres: 53 millones contra 50.1, es decir, hay 94.6 hombres por cada 100 mujeres. El hecho profundiza una tendencia que ya se perfilaba desde 1990, cuando había 97 hombres por cada 100 mujeres. ¿La razón? Ninguna anomalía en el sorteo genético, sino emigración: los hombres parten más, se van, en una proporción de 4 a 1 con relación a la marcha de las mujeres.

Finalmente: gracias a este súbito freno demográfico y gracias al envío de remesas que los nacionales suman, año tras año, el PIB per cápita en México en el último lustro, ha tenido un crecimiento de 0.7 por ciento, según el Fondo de Población de la ONU. Y es que las familias mexicanas ya no están compuestas en promedio por 7.3 hijos (como en 1980), sino por 2.4, lo que ha permitido que los ingresos familiares, así como los recursos del Estado y el dinero que los emigrantes envían, se distribuyan entre un menor número de gente, elevando por tanto el ingreso medio por persona. La emigración es tan importante que su aportación económica equivale a la creación anual de 3 millones de empleados formales (según un estudio reciente de Banamex).

Es decir, para sustituir los ingresos obtenidos vía remesas familiares, la economía nacional tendría que generar alrededor de 3 millones de nuevas plazas formales. México vive un “frenón” demográfico y una rápida re-configuración de sus tendencias fundamentales. No sólo por la baja de la natalidad, sino especialmente, por la creciente emigración al exterior y dentro de nuestras fronteras, que están cambiando el rostro poblacional y aún, el económico del país. Lo anuncia el Conteo de Población 2005: gracias a nuestra turbulencia migratoria, el futuro llegó más rápido de lo esperado.

 

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