| En una elección democrática, el único plano de incertidumbre que debe existir es el de los resultados de la contienda, los cuales dependen exclusivamente de la voluntad libre de los electores. Todo lo demás -quiénes tienen derecho a votar, cuáles son los partidos participantes y qué recursos pueden utilizar para desarrollar sus campañas, qué mecanismos existen para impugnar irregularidades en la elección, quiénes organizan y califican la contienda-, lo que conocemos como reglas del juego, deben estar claramente establecidas de antemano, a fin de dar certeza a los candidatos y a los electores. He ahí la primera fortaleza del 2006, la existencia de un marco legal que derivó en la creación de autoridades electorales autónomas y confiables y de órganos jurisdiccionales con la fuerza del poder judicial para dirimir los conflictos de manera definitiva. Hoy, estas instituciones han ampliado su marco normativo, echando mano de sus facultades reglamentarias y jurisdiccionales para precisar los alcances de las facultades de las autoridades, o las obligaciones y derechos de los partidos políticos. También han desarrollado rutinas institucionales como producto de la experiencia acumulada durante quince años, en el caso del Instituto Federal Electoral, y nueve en el del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), que permiten agilizar su trabajo y cumplir más puntualmente las tareas que tienen encomendadas. Más allá de los cuestionamientos que a veces surgen, dado el carácter colegiado del órgano de dirección del IFE, el hecho de que cuente con una estructura operativa, en manos del servicio profesional electoral que se ha entrenado en la organización de elecciones limpias y apegadas a las normas legales, ofrece garantías de que la elección de 2006 pasará la prueba de limpieza, transparencia, imparcialidad y legalidad. La lógica de esos principios es el motor que orienta la actuación del IFE, que, además, por la enorme visibilidad que tiene, está sujeta al escrutinio público permanentemente. La prueba de que son instituciones vivas y actuantes es que, a pesar de estar con frecuencia sujetas a críticas y reclamos de parte de los partidos políticos porque sus resoluciones y sentencias necesariamente favorecen a uno y afectan a otro, los diferentes actores políticos sistemáticamente se han sujetado a sus dictados, lo cual es una prueba del nivel de institucionalización que ya se ha alcanzado. A manera de ejemplo, el PRI, el PAN y el PVEM se ciñeron a las resoluciones del IFE y del Tribunal cuando se les impusieron sendas multas por financiamiento ilícito en el 2000 y, recientemente, el PVEM también lo hizo con respecto a la sentencia del Tribunal sobre el carácter antidemocrático de sus estatutos, a pesar de su decisión de someter a juicio político a un grupo de consejeros electorales. A pesar de que el sentido de ciudadanía va más allá de la sola dimensión política, el hecho de que los electores mexicanos estén conscientes del peso de su voto y celosos de su libertad para expresarlo, pues saben bien que con él pueden castigar o premiar al gobierno en turno, o bien respaldar a una oferta alternativa, es una de las fortalezas de nuestro sistema electoral. Las encuestas del Latinobarómetro muestran que existe desencanto con respecto a la gestión de los gobiernos democráticos en toda América Latina, sin embargo, los ciudadanos siguen participando electoralmente y planteando sus reclamos y, en ocasiones, sus propuestas de políticas públicas, aprovechando los canales que la democracia ha puesto a su alcance. n |