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José Woldenberg

José Woldenberg
Licenciado en Sociología y maestro en Estudios Latinoamericanos  { Ver Currículum }
Nacido en Monterrey, Nuevo León. Licenciado en Sociología y maestro en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales desde 1974.

 

La Orden de Isabel la Católica y encomienda de la Orden del Mérito Civil.

 

Lo bueno de lo malo y lo malo

José Woldenberg

Reforma,  92/07/2010

 

Alfonso Pacheco, un profesor oaxaqueño retirado, recuerda un sainete que le vio representar, cuando era joven, a un payaso y a su patiño. El episodio aparece en la novela corta de Gerardo de la Torre, Nieve sobre Oaxaca (Mondadori. México. 2010. P. 98).

 

“Contaba el cómico que el día anterior se le había quemado la casa y un figurante comentaba: “Qué mala suerte”. “Pues ni tan mala, porque estaba infestada de ratas, ratones, cucarachas y toda clase de bichos”. Y decía el figurante: “Pues entonces, qué bueno”. “No, nada de bueno, porque mi suegra estaba en la casa y murió quemada”. “Hombre, mala cosa”. “Ni tan mala, porque mi suegra nos heredó una casa en Cancún”. “Eso sí que resultó bueno”, afirmaba el figurante. “Ni tanto, porque acaba de destruirla un terremoto”. “Entonces, mal negocio”. “Pues no tan malo, porque era una casa vieja y un hotelero me ofrece mucho dinero por el terreno”… Y así de forma interminable. Del bien nacía el mal, y del mal, el bien. Como en la vida misma.”

 

Cambio ahora de escenario y de personajes. Finalmente, luego de muchos años el país logró que todas las fuerzas políticas significativas tuvieran una representación en el Congreso. Pues si, pero eso hace muy difícil construir acuerdos, hacer que las iniciativas avancen, y lo que hemos forjado es una especie de pantano. Pero eso no es tan malo, significa que por fin hay no sólo un equilibrio entre las bancadas congresuales sino entre los propios poderes de la Unión: el Ejecutivo y el Legislativo, ninguno de ellos puede hacer la voluntad de una sola corriente de la sociedad. Pero eso no es tan bueno, porque para el Presidente está en “chino” cambiar normas, y al negociar con el Congreso muchas de sus propuestas tienen que ser afinadas, corregidas y aumentadas. Pero eso queríamos, una presidencia acotada, porque durante décadas padecimos a un titular del Poder Ejecutivo que hacía y deshacía a su antojo, sin pesos y contrapesos en el engranaje estatal. La cara mala sin embargo es que los proyectos no avanzan con la celeridad que quisiéramos y no es casual que en la opinión pública exista la sensación de que el país no va para ningún lado y que las “cosas” están trabadas. Pero lo bueno del asunto es que el Ejecutivo y el Legislativo están obligados a entenderse y cuando se ha producido algún debate en torno a sus respectivas facultades, la Suprema Corte ha resuelto las controversias constitucionales. En efecto, pero no deja de preocupar que a fuerza de ser el árbitro entre los poderes, la Corte acabe desgastándose bajo el influjo de las más diversas apuestas políticas que le colocan enfrente los respectivos actores. Pero queríamos una Corte digna de encabezar a uno de los poderes de la Federación y ahora sin duda lo es, ya no está subordinada en materia política ni en ninguna otra materia al Presidente en turno. Lo malo es que además tiene facultades que al ejercerlas –o mejor dicho: al tratar de ejercerlas- la debilitan y la opinión pública se ve defraudada de manera sistemática. Pero lo bueno es que sobre el escenario ya no sólo hay un actor estelar –el Presidente- y unos figurantes que lo acompañaban –los demás poderes constitucionales- jugando siempre el papel de actores secundarios; incluso los gobernadores tienen hoy márgenes de libertad hasta hace apenas unos años impensados. Lo malo es que en sus respectivos estados muchos se comportan como auténticos sultanes. Lo bueno es que estamos aprendiendo las artes del federalismo, dado que los gobernadores ya no le deben su cargo al Señor Presidente, tienen una fuente de legitimidad propia y un poder no derivado. Lo problemático es que no parece haber un fortalecimiento similar del resto de los poderes constitucionales estatales y entonces más que federalismo tenemos una sub especie de “feudalismo”, un espacio político donde los gobernadores concentran mucho más poder que los legislativos locales y no se diga los judiciales de cada entidad. Pero lo bueno es que dado que existen gobernadores de por lo menos tres partidos políticos diferentes y además de algunas coaliciones, en términos nacionales se mantiene un cierto equilibrio. Lo peor, sin embargo, es que es una especie de equilibrio catastrófico, porque las fronteras político-administrativas siguen creando fortalezas intocadas en no pocos estados. “Y así -diría Alfonso Pacheco- del bien nace el mal y del mal el bien. Como en la vida misma”.

 

Porque no se trata de aquel viejo y ñoño refrán que decía: “no hagas cosas buenas que parezcan malas”, sino de asumir que no existen –en esta materia- ni el Bien ni el Mal absolutos, sino logros que acarrean males y males que son la otra cara del bien alcanzado. Es decir, edificaciones siempre imperfectas, tensionadas por aspiraciones que chocan entre sí y que reclaman ser armonizadas, puestas en sintonía, sin pretender la imposible solución a todos los males. Arreglos institucionales que como las famosas cobijas, si tapan una porción destapan otra.

 

Lo bueno tiene derivaciones perversas y lo malo suele dejar una estela venturosa. Así es la vida.

 

 

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