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El debate público

La nueva derecha en la boleta electoral

 

 

 

Raúl Trejo Delarbre

La Crónica 

07/05/2018

 

Instalado en la desmesura, El Bronco se beneficia de la polarización entre los candidatos punteros. Aquella disputa nos tiene tan abrumados que no reparamos, casi, en los dislates del gobernador con licencia.

La opinión publicada se burla de las grotescas insensateces de Jaime Rodríguez Calderón. Las ocurrencias de ese personaje parecen más propias de los caricaturistas que del análisis político. Pero ahí está, en el centro del escenario público, con la visibilidad que le dan las pasarelas de candidatos presidenciales, tres debates en cadena nacional y su nombre en las boletas el 1 de julio.

Mientras nos reímos de él y lo menospreciamos de tan burdo y ridículo, El Bronco sigue construyendo un perfil público que, en medio de la confusión de estas campañas especialmente revueltas, gana espacios en la sociedad. No competirá con el resto de los candidatos pero por confusión, hartazgo o mera ocurrencia de no pocos ciudadanos, recibirá cientos de miles de votos. Más allá de esta elección, Rodríguez Calderón habrá consolidado una fama pública nacional que le permitirá mantenerse como referencia de los intolerantes.

El Bronco es hoy el exponente más visible de una nueva derecha mexicana. El tema central de su propuesta es el ojo por ojo. La incertidumbre y el dolor causados por la expansión de la delincuencia son el contexto favorable a las respuestas elementales y efectistas. Arrancar el mal de raíz, depurar a la sociedad, exterminar a los infames. Tales son las premisas para sus banderas más notorias: pena de muerte a los homicidas, preparatorias militarizadas, cortarles la mano a corruptos y delincuentes.

Lo que hace falta, en la perspectiva de El Bronco, son rigor, disciplina, correctivos. Ese discurso encaja en una sociedad hastiada de la ineficacia en la impartición de justicia y los abusos de políticos notorios, además de angustiada por el crimen organizado. Cada adhesión a favor de El Bronco abona en la derrota de la moral pública. Cada gesto de simpatía que recibe expresa el fácil tránsito de la desilusión a la denostación por la democracia.

La nueva derecha a la que representa El Bronco no es reaccionaria en tanto que no se entretiene mirando nostálgica a tiempos pasados en los que todo era mejor (ese carácter reaccionario sí se puede identificar en el candidato de Morena). Otra diferencia con las derechas tradicionales consiste en que no necesariamente se encuentra imbricada con grupos confesionales. La fe religiosa, aunque está presente, no es un componente central en el perfil que se ha creado ese personaje. Pero a semejanza de las derechas de inspiración religiosa (como la que, valga la referencia de nuevo, se apoya en el movimiento de López Obrador) la que promueve El Bronco pretende que todos nos ajustemos a los valores y convicciones que ellos consideran apropiados.

Se trata de una derecha inquieta con el despliegue de los derechos sociales. Abomina de los homosexuales y está en contra del matrimonio igualitario pero elude esos temas porque sabe que no le reditúan. Habituado a que lo cuestionen con ellos, El Bronco ha creado clichés para salir del paso: “Creo tanto en el matrimonio que me he casado tres veces”, “vamos a jubilar a los partidos pero sin pensión”. Son frases de comediantes en busca de la carcajada rápida y acaso construyen una fama de personaje cínico pero simpático. Pero la candidatura de Rodríguez no es para causar hilaridad. Por su simplista pero eficaz discurso autoritario, que combate a las instituciones políticas aunque trata de beneficiarse de ellas, es posible que se trate del Donald Trump mexicano.

Igual que el tosco inquilino de la Casa Blanca, Jaime Rodríguez sostiene un discurso antisistema para insertarse en el sistema, pretende encabezar al Estado para revocar las atribuciones sociales del Estado y quiere amedrentar a los violentos con medidas de violencia extrema.

Después del primer debate presidencial una encuesta de El Financiero, publicada el 2 de mayo, indicó que el 56% de los mexicanos está de acuerdo con la pena de muerte para los homicidas. Esa cifra es muy similar a las que han ofrecido otros estudios en los años recientes. La mayoría de los mexicanos, cuando les preguntan si respaldan la pena capital como un recurso para reducir la delincuencia, responden así. Pero además El Financiero preguntó a sus encuestados si comparten la propuesta para cortarles la mano a quienes roban. El 26% contestó que está de acuerdo.

Esa respuesta se produjo poco después del debate del 22 de abril. Es posible que el desparpajo de Rodríguez Calderón cuando hizo esa propuesta, así como la ausencia de cuestionamientos por parte de otros candidatos, haya influido en el ánimo de los entrevistados. En todo caso, si la cuarta parte de los mexicanos coincide con la atrocidad de cortarles la mano a los rateros, allí tenemos una confirmación de la sociedad de la desmesura que hemos creado. Más allá de las leyes, los derechos humanos, las normas y esa excentricidad a la que se denomina el debido proceso, uno de cada cuatro compatriotas nuestros prefiere la Ley del Talión.

El Bronco no recibirá los votos de todos esos ciudadanos, pero su apuesta a la barbarie se abre paso en ese territorio de ideas e ideologías al que llamamos imaginario social. Su idea de organización social descansa en una suerte de selección natural a lo salvaje. Que no haya Estado redistribuidor, que la política social sea reemplazada por el emprendimiento individual, que cada quien se defienda con sus propias uñas.

Acabar con el “asistencialismo perverso” como le llama, disminuir impuestos para dejar discapacitado al Estado, eliminar el salario mínimo: esa es la arista económica de la pedestre pero vistosa propuesta de Rodríguez. En el flanco político, terminar con el  financiamiento estatal a los partidos significa convalidar el predominio de los poderes salvajes, desde las corporaciones privadas actuando sin reglas hasta el narcotráfico.

La impúdica ignorancia de El Bronco lo lleva a sostener que las mujeres no son buenas madres cuando, al parir, les han practicado la cesárea. Asegura que “el matrimonio es hombre mujer, punto”. Cuando le recordaron que las parejas del mismo sexo podían contraer matrimonio dijo que eso no ocurriría en Nuevo León: “Pues que se casen, ya se pueden casar en Saltillo (…) No estoy de acuerdo en la adopción (por parte de esas parejas) eso es contra natura”.

Esas rudimentarias pero llamativas ocurrencias se sintonizan adecuadamente con el simplismo que impera en las redes sociodigitales. Resulta más fácil proclamar que a los ladrones les corten las manos que explicar un complejo programa para reorientar la seguridad pública. En Facebook, AMLO tiene 3 millones 200 mil seguidores, Ricardo Anaya un millón 600 mil y El Bronco 1 millón 900 mil. Alejandro Moreno, el encuestador de El Financiero, estima que entre los usuarios de Facebook el apoyo a El Bronco es del doble que entre quienes no tienen cuenta en esa red.

La de Rodríguez Calderón no es la única campaña de derechas en estas elecciones. En la Ciudad de México suscita pena ajena, pero también debería concitar las mayores alertas políticas y cívicas, el empeño de Mikel Arriola para encabezar a los grupos más intolerantes con tal de ganar algunos votos para el PRI. No deja de ser triste, pero luego de ello indignante, el desparpajo o la desesperación de Arriola para echar por la borda una esmerada trayectoria como funcionario público respetable. De pronto se convirtió, con una iracundia que no se le da, en abanderado de los intolerantes que niegan el derecho de las mujeres a decidir sobre su salud reproductiva.

Y ni qué decir del cobijo que Andrés Manuel López Obrador y su partido le dan a Encuentro Social, expresión del conservadurismo de inspiración protestante. Conformación de la familia, matrimonio igualitario, rechazo al aborto y a la muerte digna: no hay tema de esa agenda actual de los derechos humanos que no sea rechazado por Encuentro Social. Gracias a su alianza con AMLO, ese partido de derecha religiosa podía ser la cuarta fuerza política en la Cámara de Diputados y, si la debacle del PRI se acentúa, la tercera.

Al día siguiente del primer debate, en Acapulco apareció el cadáver de un hombre con las manos amputadas. Sobre el cuerpo, un mensaje: “Ya lo dijo El Bronco, cortarle las manos a los lacrosos que roban, aquí está el primero”. El desatinado candidato presidencial no es culpable de ese asesinato pero su discurso irresponsable fue tomado como coartada por los criminales. En vez de retractarse, para Rodríguez esa ha sido confirmación de la eficacia de sus desaforadas propuestas. “La mayoría de la gente quiere eso. Yo digo lo que la gente me dice que diga”, se justifica, renunciando a la responsabilidad que tienen los dirigentes políticos para proponer y no sólo ser correveidiles del caprichoso ánimo de los ciudadanos.

La semana pasada en una cena en Tlaquepaque, Jalisco, a El Bronco le sirvieron los alimentos sobre una mano de plástico. De postre, había un pastel decorado con una mano junto a una guillotina. Aquel gesto de un grupo de empresarios tapatíos es una broma de mal gusto pero, también, muestra de la trivialización de la violencia a la que conducen las obsesiones de Rodríguez con la venganza en vez de la justicia.

No hay que olvidar que él mismo es responsable de probadas ilegalidades. El Bronco es candidato a pesar de las trampas que abundaron en su recolección de firmas para ser registrado como aspirante independiente. Estará en la boleta no porque tenga méritos para ello sino como regalo de los cuatro magistrados del Tribunal Electoral que torcieron la ley para beneficiarlo.