En noviembre escuchamos una jaculatoria gubernamental: “La crisis ya terminó”, pero casi no hay elementos –salvo que la caída es de un escalón y no de seis- para decirlo. He aquí los elementos para evaluar las ruinas de la enésima crisis que ha vivido una misma generación de mexicanos (la de los últimos 30 años).
Como si fuesen cuervos negros que se posan sobre reciente sepultura, van aterrizando a mi escritorio los informes y balances económicos que retratan al año 2009. Allí está el de CEPAL, el del Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (SEDESOL), el del Banco de México, IMSS, INEGI, la UNAM, el Tecnológico de Monterrey y la Fundación BBVA. Todos coinciden: se trató de un año económicamente sombrío y de sus páginas exhala el olor a adversidad sin remedio. Hay que tomar aliento para leer su numeralia; aquí solo extraigo algunos datos esenciales.
Lo de menos, es que México habrá visto descender su Producto Interno Bruto en poco más de 7%, esto es, escenificamos una de las diez peores caídas del planeta (FMI), y quizás la peor para una economía de nuestro tamaño (junto con Rusia). También somos la cola de Latinoamérica (CEPAL), más que el pobrísimo Honduras (-3.0%), El Salvador (-2.5), Nicaragua (-1.5%) Costa Rica (-1.2%) y Guatemala (-0.1%). Pero además, en el “Balance preliminar de las economías de América Latina”, se predice que durante el 2010, la mayor parte de los países de Sudamérica y Centroamérica registrarán ascensos entre 3.5% y 4.7% con la excepción mexicana, condenada también a sufrir la escapatoria más lenta de la crisis en toda la zona OCDE y en América Latina.
Al desplome del PIB le corresponde una caída del PIB per cápita, que ronda el 7.9 por ciento. Por eso y por la precariedad laboral que domina al país, dice la CEPAL, entre el 20 y el 30 por ciento de los mexicanos que no son pobres, está en riesgo de pasar a esa condición entre el año que acaba y el que comienza. Y aunque milagrosamente, eso no pasara, de todos modos, para el 2010 más de la mitad de los mexicanos vivirán en algún tipo de pobreza y una cuarta parte en pobreza extrema. El año que empieza ve un escenario así: 26 millones 300 mil mexicanos ni siquiera alcanzarán a comprar una canasta básica, lo que quiere decir que México ¡ha retrocedido al nivel de pobreza que tenía en 1995!, recomenzando el camino de la política social, entre las ruinas de otros tres lustros perdidos (SEDESOL, Paquete económico 2010; CONEVAL, Estimaciones para el 2006-2008; CONAPO, Proyecciones de Población y Hogares 2005-2025).
Pero todas las variables se desmoronaron: las remesas por ejemplo, tuvieron en octubre su peor caída desde que Banxico lleva registros: un desplome de 35.8 por ciento respecto al mismo mes de 2008. La Fundación BBVA Bancomer calcula que la proporción de migrantes mexicanos en situación de pobreza se elevó 5 puntos porcentuales entre 2007 y 2009, al incrementarse de 22.1 a 27.1 por ciento. El 10 por ciento de los empleos perdidos en E.U. desde 2007 fueron nuestros, lo que equivale a 800 mil empleos perdidos por mexicanos. El efecto colateral (y devastador) es que 1.3 millones de personas que habitan en el sector rural de México dejaron de recibir remesas, lo que canceló la segunda fuente de ingreso en las zonas más pobres, sobre todo en Zacatecas, Michoacán y Oaxaca (Situación de la Migración en México). Hasta hoy y desde el primer día de enero de 2009, habían cerrado 10 mil 730 empresas (Centro de Investigación en Economía y Negocios del Tecnológico de Monterrey). Este debilitamiento de la estructura productiva explica que el consumo privado se haya contraído 8.5 por ciento y que la inversión privada caiga un 15.4 por ciento, para colocarla en niveles ¡de 2001! (Departamento de Análisis Macroeconómicos, Prospectivos y de Coyuntura, UNAM)
Todo esto es lo que se halla al fondo de las estadísticas del IMSS: de octubre a octubre (08-09), se perdieron 495 mil 353 trabajos. Y aunque desde agosto ya se habilitaron miles de puestos nuevos, la realidad es que en este diciembre, existen cerca de 300 mil personas que no tienen trabajo y que hace un año, sí lo tenían. Agregue a este coctel de desamparo estructural, los 800 mil jóvenes que en 2009 llegaron a las puertas de un mercado laboral prácticamente clausurado; así podrá mensurar la presión que realmente existe por entrar a los mercados informales, ilegales, criminales o a las legiones de expulsión migratoria. ¿Y el salario durante la crisis? Hace dos años, antes de la crisis, el salario medio era de 6 mil 270 pesos mensuales, o sea, unos 574 dólares. En este diciembre, el promedio actual cotizado al IMSS, llega a 6 mil 900 pesos mensuales; si descontamos la inflación, tenemos que nuestros salarios reales rondan los 523 dólares. Así, la pérdida del poder de compra de nuestros sueldos promedio es de 8.9 por ciento. En un año, los salarios regresaron a los niveles de 2005 (Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares 2008 del INEGI).
Empleo, salarios, empresas, remesas, pobreza resbalaron en un tobogán profundo que nos retrotrae al escenario de la crisis del tequila, pero con un detalle aún más ominoso: de esta crisis no saldremos tan rápido, nuestra convalecencia será larga y lenta (FMI. Perspectivas de la economía mundial: sustentar la recuperación).
Y todo esto, por desgracia, resulta una historia demasiado familiar, vivida una y otra vez, tercamente, a lo largo de una generación completa de mexicanos: en 1982, suspensión de pagos de la deuda y crisis financiera generalizada; 1985: macro-devaluación; 1986-87: choque petrolero y cruento plan de estabilización; 1994-95: desplome del sistema bancario; 2000-2003: la recesión más larga de la historia moderna (38 meses entre agosto de 2000 y septiembre de 2003); y 2009: crack financiero internacional y tardía y anémica respuesta anticíclica. En un ejercicio –no tan ocioso- de cuantificación histórica, calculo que de 1983 para acá, han desfilado 300 meses, pero el dato turbador consiste en que 129 de ellos, hemos estado estancados o retrocediendo, destruyendo riqueza, empleos y posponiendo para otros tiempos, proyectos, empresas, trabajo, decisiones de inversión.
Justo en ese tiempo, la población mexicana creció como nunca. En 1982 había casi 67 millones de mexicanos; en 2009 alcanzamos casi los 108 millones. O sea: mientras hemos estado ensayando un modelo económico rígido, ineficaz y tartamudo, la población creció a razón de un millón y medio de habitantes por año y esa generación, experimentó en carne propia y durante casi la mitad de su vida, temporales recurrentes de crisis y destrucción material y moral. Al paso que vamos, en 12 años, Brasil habrá producido más riqueza por habitante que nosotros (y con el doble de la población) y si las cosas siguen así, aturdidos por la malhadada “cultura de la estabilidad”, podemos aspirar a que en diciembre de 2012, hayamos regresado al ingreso per cápita que teníamos antes de 2007. Cuando empezó la crisis parecía que en México se configuraba una discusión adulta y seria sobre la economía local y global, las instituciones financieras y las políticas económicas asociadas. Parecía que la amenaza de la recesión espabilaría el pensamiento y nos colocaría al borde de cambios y decisiones importantes. No ocurrió, y la declaración jaculatoria de noviembre -“la crisis ya terminó”- vino a amodorrar de nuevo el impulso reformista e instalar en los ánimos el conformismo cómodo de la economía de mercado.
Pero los datos están allí para quien quiera verlos. Seguimos necesitando una discusión de época, que sea de la profundidad y del tamaño del fracaso económico, que entre nosotros no lleva un año, sino una generación.
Es natural que, tras una caída tan drástica del Producto Interno Bruto como la que registró el año pasado la economía mexicana, el ritmo de la desaceleración productiva se modere y que, incluso, haya cierta recuperación. Pero esas señales lejos estarán de anunciar el fin de la crisis y, mucho menos aún, de los perniciosos efectos sociales de la misma a pesar de que en el discurso oficial se apueste por las buenas nuevas con la misma fe con que se viene anunciando, de forma sistemática y a lo largo de los últimos quince meses, que lo peor ya quedó atrás.
Para empezar, habrá que atender a indicadores económicos reales, pues finalmente la crisis está afectando sobre todo a la calidad de vida de las familias, por lo que las cifras nominales en todo caso complementan lo que importa: el ingreso y el empleo de la gente. En este sentido, la última cifra proporcionada por el INEGI nos dijo que para el tercer trimestre de 2009 alcanzamos cerca de tres millones de desempleados abiertos (2 millones 925 mil), es decir, un millón más que al cerrar 2008. Nunca habíamos generado tantos desempleados tan rápido. Cada uno de esos desempleados es un drama individual, con extensión al grupo familiar, que no puede dejar de considerarse como relevante porque hay quien otea ciertas “señales” de que la economía va mejor.
Es indispensable atender al tema del desempleo porque está evidenciando destrucción productiva y desaprovechamiento de las capacidades de cientos de miles de trabajadores calificados, que ya habían sido recibidos en el mercado de trabajo, acumulado experiencia, y que ahora se encuentran excluidos de la posibilidad de contribuir a generar riqueza para el país y de llevar ingreso y sustento a los suyos. De hecho, de los casi tres millones de desempleados que se reconocen oficialmente en el país, sólo 273 mil, menos de la décima parte, no cuentan con experiencia laboral previa. Asimismo, la caída del número de afiliados al Instituto Mexicano del Seguro Social durante 2009 implica que buena parte de los empleos de la mejor calidad se perdieron, y que el desempleo dejó de hacer distingos por perfil educativo y ahora se ceba también sobre los individuos y familias que más invirtieron en su “capital humano”. Para noviembre de 2009 había afiliados al IMSS 400 mil trabajadores permanentes menos que los que se alcanzaron en octubre de 2008, antes del inicio de la crisis.
Desde el gobierno se ha llegado a argumentar que la tasa de desempleo mexicana, con todo, es menor a la de países desarrollados. Sin embargo, una primera diferencia gruesa consiste en que aquí no hay protección al desempleo (en España, por ejemplo, si bien ha crecido el número de desempleados de manera acelerada con la crisis, hoy son menos los españoles desocupados sin ningún tipo de ingreso a través de los programas públicos que los que había antes del inicio de la crisis). Pero además, nuestra tasa de desempleo es baja sólo en apariencia. Si se profundiza un poco más y se compara el número de desempleados abiertos (oficiales) con el número de trabajadores afiliados a la seguridad social, nuestra tasa de desempleo formal (desempleados formales -2.9 millones- sobre ocupados formales -14.2 millones-) es del 20 por ciento (leyó usted bien, veinte por ciento). Esto quiere decir que hay un desempleado por cada cinco trabajadores en pleno goce de sus derechos laborales. Una de las cifras históricas más altas del mundo e, insisto, sin que existan redes de seguridad social para garantizar el ingreso de las familias cuyos trabajadores son echados a la calle o cuyos negocios han quebrado.
Una de las razones por las que la tasa de desempleo es en apariencia baja es porque, tradicionalmente, estar desocupado es un lujo que muy pocos pueden darse. Así, las personas que no tienen ahorros, ni apoyo familiar, y no encuentran empleo, se vuelcan a la informalidad para asegurar algún tipo de ingreso. Eso hace que el número oficial de “ocupados” sea alto aunque en realidad sea gente sin un empleo propiamente dicho ni en los términos que prevén la Constitución y la ley federal del trabajo. No obstante, en la actual coyuntura las posibilidades de encontrar ocupación en el sector informal también se achican: hay un límite para el número de vendedores ambulantes, cuidadores de coches, lavadoras de ropa ajena, etc., sobre todo si quienes les compran los bienes o requieren de sus servicios también han visto caer su ingreso. Para decirlo en una palabra, la economía informal también depende del crecimiento económico y ante la ausencia de éste las actividades informales pueden extenderse pero con un límite al que podemos haber llegado ya.
Empleo no hay y buenos salarios tampoco. El bochornoso incremento del salario mínimo aprobado a final de 2009 resulta, en términos reales, negativo (esto es, descontando el incremento de precios). Eso en particular si se toma en cuenta la dinámica de los bienes básicos y del bien salario por excelencia, que son los alimentos. Además, como el salario mínimo sirve como indicador o como ancla para fijar los salarios medios de la economía, la masa salarial total en el país continuará contrayéndose.
Con estos datos, dudo que algún televidente fuese persuadido por la idea de que “vamos en el camino correcto” como pretende el presidente Calderón.
Calderón: mirar al pasado cerrando los ojos a la crisis actual
by IETD on
Raúl Trejo Delarbre Eje Central 8 de enero 2010
Hueco de contenido y plano en la forma, el mensaje de año nuevo del presidente Felipe Calderón resultó fallido, sobreactuado y en exceso retórico. De frente a la cámara durante los 10 minutos que duró el saludo en cadena nacional este 6 de enero, enfatizando sus palabras con movimientos de manos y brazos, flanqueado por la bandera nacional y con varias docenas de decorativos libros a sus espaldas, el presidente Calderón inició sus actividades públicas en el nuevo año incursionando en lo que desde ahora podemos considerar como la disputa por la tradición. En este año de conmemoraciones centenarias, no habrá fuerza política que no procure apropiarse de la historia nacional proponiéndose como heredera, continuadora o al menos usufructuaria de las gestas –y los gestos– de los héroes independentistas y revolucionarios a los que con tanto tesón conmemoraremos durante los siguientes 12 meses. Con ese afán, Calderón exhortó: “hagamos de este año, 2010, nuestro momento en la historia, para seguir con el camino trazado por los Padres de la Patria”. Cada quien entenderá como le convenga cuál es ese camino. Para el presidente de la República, su gobierno está continuando la ruta de los próceres de hace 100 y 200 años, cualquiera que ella sea. Unos minutos antes había dicho, refiriéndose a la situación de la economía, “vamos en el camino correcto”.
El presidente dedicó buena parte de su mensaje a proponerse como continuador de ese rumbo, en una figura retórica que seguramente escucharemos demasiadas veces en los siguientes meses pero que resulta harto discutible. Es difícil reconocer a un gobierno del PAN como continuador de los empeños del excomulgado Hidalgo, el heterodoxo Morelos, el laico Carranza, o de caudillos populares como Zapata y Villa, de quienes se encuentran tan distantes las políticas de la administración actual.
Desde luego no será la primera vez que desde el poder político se desgranan discursos y se violenta la historia para identificar al gobierno en turno con un pasado nacional que sigue involucrando a la mayoría de los mexicanos. El actual presidente ha tenido la desventura de celebrar los centenarios patrios en un contexto de crisis económica y desencanto político que compiten, juntos, contra sus palabras.
Cuando el presidente Calderón se ufana de que ante la crisis económica “los mexicanos salimos adelante”, trata de inyectarle a la sociedad una dosis de confianza que no sería desdeñable si fuera genuina y eficaz. Lamentablemente el optimismo retórico del presidente se contradice con la realidad de una economía maltratada y sin opciones de recuperación claras. Abundan los diagnósticos consternados ante la acumulación de carencias recientes. Uno de los más apabullantes es el recuento de varios documentos que publicó Ricardo Becerra en El Universal de antier: caída de casi 8% en el PIB, más de 26 millones de mexicanos que no tendrán recursos ni siquiera para comprar la canasta básica, casi 11 mil empresas cerradas durante 2009, contracción del 8.5% en el consumo, casi medio millón de empleos perdidos.
Ante datos de ese corte, ¿cómo atender con seriedad al vano esfuerzo del presidente Calderón cuando convoca a eludir “visiones pesimistas nos paralicen e impidan alcanzar nuestros ideales”? ¿Vamos a enfrentar la crisis cerrando los ojos al presente, mirando con nostalgia al pasado nacional y tomados todos de la mano en un voluntarioso esfuerzo para parecer unidos y firmes ante la adversidad económica y las crecientes carencias sociales? ¿No sería más sensato, pero también verosímil, un discurso que reconociera autocríticamente las fallas del gobierno y de la sociedad, que hiciera un balance de aciertos pero también errores y que al tratar como adultos a los ciudadanos les exigiera también responsabilidades?
Las prioridades que apunta el presidente Calderón –creación de empleos, combate a la pobreza y fortalecimiento de la seguridad pública– atienden los problemas de mayor relevancia. El anuncio de “un impulso inédito a la infraestructura” (carreteras, puertos, aeropuertos) parece pertinente, sobre todo por la capacidad que esos proyectos pueden tener para ocupar mano de obra. Sin embargo ese esfuerzo estará limitado por las restricciones del presupuesto federal, que casi no creció debido a la ausencia de una auténtica reforma fiscal. Esa reforma, como todos sabemos, no fue posible debido a la reticencia de los partidos políticos a enfrentar con seriedad la necesidad de fortalecer al Estado y a sus finanzas.
A esas fuerzas políticas, el presidente Calderón las desdeñó en su mensaje de nuevo año. Ni una palabra dijo acerca de la concertación que hace falta entre los legisladores, ni sobre la iniciativa de reforma política que él mismo envió el Congreso hace tres semanas. En aquella ocasión dijo, para respaldar su iniciativa de reformas para las instituciones políticas: “reafirmo mi convicción de que sí es posible transformar a México”. Esa convicción se le olvidó muy pronto al presidente Calderón, o simplemente no consideró necesario mencionar el tema en su mensaje a los ciudadanos con motivo del año nuevo. De ser así, estaremos constatando que el presidente tiene un discurso para el conjunto de la sociedad y otro para la llamada clase política.
Por lo pronto, el mensaje presidencial fue minimizado en la prensa. Ayer, 7 de enero, Reforma relegó la información sobre la alocución del presidente a la página 5. El Universal a la 6, con una pequeña llamada en primera plana. Milenio incluyó una breve mención en primera, como complemento a la nota principal acerca del pleito entre el secretario de Gobernación y el líder de los senadores del PRI. La Jornada destacó ese mismo tema, con una nota lateral, a una columna, en primera plana. La Razón informó del mensaje presidencial en su cintillo, de manera similar a La Crónica que colocó una pequeña foto del presidente en el segmento superior de su primera plana. Excélsior fue intencionalmente incisivo: bajo un titular principal que decía “Desocupación en 2009. Un millón pidió su fondo de desempleo”, colocó la frase “Calderón sostiene que la economía está sana”.