El Instituto de Estudios para la Transición Democrática quiere unirse al movimiento universal que celebra a Darwin, su pensamiento, su raíz racionalista y la penetrante visión del que quizás es, el más grande de los ilustrados. Proponemos estos materiales, aparecidos en la prensa española, inglesa y mexicana para reconocer la evolución que él descubrió, pero sobre todo, la evolución que el provocó.
Completando a Charles Darwin
Javier Sampedro
El País 06/02/2009
La tectónica, la oceanografía o el clima están dando respuesta a los interrogantes pendientes sobre la evolución - Los nuevos hallazgoscierran lagunas en el 200º aniversario del científicoEl naturalista nunca explicó de verdad el origen de las especiesLos cambios enlos seres vivos no son paulatinos; van a grandes saltosLa explosión de la vida animal ocurrió hace 543 millones de añosNo sólo compiten los individuos; también lo hacen los genes
Una crítica clásica contra Darwin es que, pese a haber titulado su libro El origen de las especies (1859), justo no aclaró cómo se originaban las especies. La selección natural -el mecanismo evolutivo descubierto por el naturalista- se basa en la acumulación gradual de pequeños cambios, mientras que las especies suelen ser entidades discretas y bien definidas: vemos leones y tigres, no una escala Pantone de leotigres. La investigación reciente, sin embargo, ha aclarado muchos puntos del problema de la especiación, o generación de nuevas especies, y ha confirmado que la especiación tiene una relación directa con la selección natural darwiniana. También han revelado unos principios generales que hubieran resultado sorprendentes para el padre de la biología moderna.
"La competencia por los recursos, las carreras de armamentos entre predadores y presas y otros factores biológicos dan forma a los ecosistemas locales durante periodos cortos", dice el evolucionista Michael Benton, de la Universidad de Bristol. "Pero son factores externos como el clima, la oceanografía y la tectónica continental los que explican las pautas de la evolución a gran escala". Benton es el autor de uno de los cinco artículos con que la revista Science celebra hoy el 200º aniversario del nacimiento de Charles Darwin (12 de febrero de 1809-19 de abril de 1882).
La idea de que la competencia entre seres vivos es el principal motor de la evolución arranca del propio Darwin y suele ser la preferida por los biólogos. Se la conoce como la hipótesis de la reina roja, por el personaje de Lewis Carroll que le dice a Alicia en A través del espejo: "En este país tienes que correr todo lo que puedas para permanecer en el mismo sitio". El paradigma de la reina roja son las carreras de armamentos entre predador y presa: los conejos corren cada vez más para escapar de los zorros, lo que fuerza a los zorros a correr cada vez más para seguir comiendo lo mismo que antes; las corazas de las presas se hacen cada vez más duras y las pinzas de sus predadores cada vez más fuertes, con lo que todos corren lo más que pueden para que todo permanezca en el mismo sitio.
El problema es que la evolución a gran escala no permanece en el mismo sitio como Alicia. Los modelos del tipo reina roja, según Benton, no explican que los seres vivos se hayan hecho más complejos en la historia del planeta, ni que hayan colonizado nuevos espacios (como la tierra firme), ni que ciertos linajes concretos hayan brotado en explosiones evolutivas de radiación de nuevas especies. "Todas estas cosas han ocurrido muchas veces en los últimos 500 millones de años", afirma el científico británico.
La razón hay que buscarla en la geología, y algunos ejemplos son bien conocidos. Desde que el supercontinente Pangea empezó a quebrarse hace 250 millones de años, el baile de sus fragmentos por la corteza terrestre ha tenido un efecto decisivo. La biología alienígena de Australia -ornitorrincos, canguros, koalas, wombats, emús, cucaburras- y de Suramérica -llamas, anacondas, pirañas, vicuñas, tapires- se debe a que ambos territorios han sido islas durante casi 100 millones de años.
El sentido común no es la mejor guía para averiguar las relaciones de parentesco entre las distintas especies. El damán, un animalillo africano al que cuesta distinguir de una rata, se agrupa con el elefante en una gran rama evolutiva de los mamíferos, la de los afroterios. Las personas, los delfines y las vacas nos apiñamos junto a las ratas propiamente dichas en la segunda rama (los boreoterios), dejando la tercera (los desdentados) para el armadillo y el oso hormiguero.
La razón es que los mamíferos originales se dividieron físicamente en tres grupos hace 100 millones de años, cuando las actuales África, Eurasia y Suramérica se escindieron de un continente único.
En los últimos años, los geólogos también han encontrado fuertes correlaciones entre la diversidad del plancton -los organismos microscópicos que flotan en el mar- y la temperatura del agua en esa época. El enfriamiento oceánico de los últimos 70 millones de años, por ejemplo, se asocia a una gran radiación de especies de foraminíferos, los principales microfósiles marinos. En general, las fases de calentamiento por las que ha pasado el planeta se han caracterizado por una menor riqueza de géneros, y de familias enteras, de seres vivos.
Si la competencia entre seres vivos es la reina roja, la evolución guiada por las condiciones externas se conoce como la hipótesis del "bufón de corte". Los bufones sólo pretendían complacer a los poderosos, y jamás cambiaban sus números a menos que se vieran forzados por una catástrofe (como una guerra o un cambio de régimen). Si la reina roja es la idea preferida por los biólogos, el bufón de corte es la favorita de los geólogos, como parece lógico. Y es el motor del cambio que parece predominar a las escalas evolutivas, de 100.000 años para arriba en el tiempo, y de especie para arriba en la taxonomía, la ciencia que clasifica a los seres vivos en una jerarquía de especies, géneros, familias, órdenes, clases, filos y reinos.
La cuestión de la reina roja tiene mucha relevancia para el problema estrella de la biología evolutiva: la explosión cámbrica, la gran dificultad que atormentó a Darwin hace un siglo y medio. La Tierra tiene 4.500 millones de años, y los primeros microbios aparecieron poco después (hay evidencias fósiles de 3.500 millones de años). Pese a ello, la explosión de la vida animal sólo ocurrió al empezar el periodo Cámbrico, hace 543 millones de años. La evolución tardó poco en inventar a los animales, aunque tardó 3.000 millones de años en ponerse a ello. Ésta es la versión moderna del dilema de Darwin.
"Creo que la explosión cámbrica es un excelente ejemplo de evolución por el modelo del bufón de corte", confirma Benton a EL PAÍS. "Es un caso en que el cambio dramático del entorno físico tiene un profundo efecto en la evolución. Esto no tiene nada que ver con sugerir que la selección natural es errónea, o que Darwin se equivocó. Se trata simplemente de que los cambios dramáticos e inesperados, como el que ocurrió entonces, pueden abrumar a los procesos normales de la selección natural y poner a cero el reloj evolutivo, como solía decir Steve Gould". Stephen Jay Gould fue un destacado (y polémico) evolucionista norteamericano hasta su muerte en 2002.
El periodo anterior al Cámbrico (de 1.000 a 543 millones de años atrás) se llama Neoproterozoico, de mote "precámbrico", e incluye las más brutales glaciaciones conocidas por los geólogos, como la Sturtian y la Marinoan. Algunos científicos creen que fue una era de bola de nieve planetaria (snowball earth), en la que los casquetes polares cubrían incluso el ecuador terrestre.
Antes de esa era del hielo, los niveles de oxígeno en la atmósfera eran muy bajos, inferiores al 1% de la concentración actual, como habían sido en los 3.000 millones de años anteriores. La última de las grandes glaciaciones precámbricas, la Marinoan, terminó hace 635 millones de años, y los últimos datos indican que los primeros animales, las esponjas, ya habían evolucionado para entonces. Y los datos indican que el fondo marino no estuvo bien oxigenado hasta los tiempos de la explosión cámbrica. Si la biología tardó 3.000 millones de años en inventar a los animales, la razón parece ser que la geología no se lo permitió antes.
La mosca Drosophila ha resultado un modelo muy útil para estudiar los fundamentos genéticos de la especiación. Por ejemplo, la especie americana Drosophila pseudoobscura se separó hace 200.000 años en dos subespecies llamadas USA y Bogotá. Como los caballos y los burros, las moscas USA y Bogotá pueden cruzarse, pero sus hijos son estériles. En casos de especies más divergentes, los hijos suelen ser no ya estériles, sino directamente inviables. El punto es que la genética de la mosca permite hallar los genes exactos que son responsables de la esterilidad o de la inviabilidad.
Los resultados apuntan a muy pocos genes, y varios están relacionados con el transporte nuclear, el intercambio de materiales entre el núcleo y el resto de la célula. Dos de los genes de la especiación son Nup96 y Nup160, componentes del poro nuclear que comunica al núcleo con su entorno, y otro es RanGAP, que regula el mismo proceso. No hay ninguna razón a priori para que la especiación esté relacionada con un mecanismo tan concreto como el transporte nuclear, y estos resultados son inesperados en ese sentido.
Pero estos genes también tienen relación con un fenómeno que lleva décadas siendo un sospechoso central para los genetistas interesados en la especiación. Se llama impulso meiótico (meiotic drive), o más en general "conflicto intragenómico". Al igual que la selección natural clásica, se trata de un proceso de competencia, pero no entre individuos dentro de una especie, ni entre especies dentro de un ecosistema, sino entre genes dentro de un genoma, es decir, entre las partes de un mismo individuo.
Esto es posible porque cada individuo produce miles o millones de gametos (óvulos o espermatozoides, según su sexo), cada uno con una combinación distinta de genes. Y hay genes que sesgan a su favor la producción de gametos, de modo que se aseguran su presencia en más de la mitad de los espermatozoides o los óvulos, que es lo que les correspondería por azar. Estos genes son auténticas bombas evolutivas, porque pueden imponerse en una población en pocas generaciones aun cuando no hagan nada beneficioso para el individuo que los alberga. Los demás genes se ven forzados a adaptarse para convivir en el mismo genoma que ellos, y esto conduce a las poblaciones por caminos separados aun cuando sus entornos sean similares. Esto es la evolución por "conflicto intragenómico".
En el ejemplo mencionado antes de las dos subespecies de Drosophila pseudoobscura, USA y Bogotá, el grupo de Allen Orr, de la Universidad de Rochester, acaba de demostrar que un solo gen (llamado overdrive) es responsable a la vez de la esterilidad de los híbridos entre las dos subespecies, y de causar su propia representación en los gametos por encima del 50% que le correspondería por azar. "Nuestros resultados", afirma Orr, "indican que el conflicto intragenómico, una forma de adaptación al ambiente genómico interno, es una fuerza importante en la especiación".
Otro descubrimiento reciente es la importancia crucial de las duplicaciones de genes en la evolución. Las duplicaciones o pérdidas de genes son la principal fuente de variación genética en nuestra especie: cualquier persona se distingue de cualquier otra en un promedio de 70 regiones duplicadas o amputadas en uno de sus cromosomas. Dos siglos después, la ciencia rellena huecos que a Darwin le hubiera encantado explicar.
El ejemplo y las lecciones de Darwin
José Manuel Sánchez Ron
El País 01/02/2009
Cuando se cumplen 200 años del nacimiento del científico y 150 de la publicación de 'El origen de las especies', el creacionismo sigue dando batalla en numerosos países ilustrados de Occidente, incluida España
Hace 200 años, el 12 de febrero de 1809, nació Charles Darwin. Podemos debatir si los trabajos y teorías -y a la cabeza de éstas, la del origen de las especies mediante selección natural- de Darwin son más o menos importantes que el sistema geométrico que sistematizó Euclides, que la dinámica y teoría gravitacional de Newton, que la química que creó Lavoisier, que la relatividad de Einstein, que la física cuántica o que la teoría biológico-molecular de la herencia, pero lo que es difícil negar es que ninguna de esas contribuciones logró lo que consiguieron las de Darwin, que desencadenaron una serie de procesos que afectaron a algo tan básico como nuestras ideas acerca de la relación que nos liga con otras formas de vida animal que existen o han existido en la Tierra. En este sentido, abordó cuestiones que van dirigidas a la médula de la condición humana.
Expresado muy brevemente, Darwin sustanció con muy variadas evidencias la idea (que otros antes que él habían propuesto) de que las especies evolucionan, encontrando además un mecanismo que hacía plausible tal evolución; defendió que la vida es como un árbol, de cuyas raíces han ido brotando diferentes ramas, esto es, especies que con el paso del tiempo continúan diversificándose, dando origen a otras bajo la presión de determinados condicionamientos. Después de esforzarse por encajar en una gran síntesis las piezas (zoología, botánica, taxonomía, anatomía comparada, geología, paleontología, cría domestica de especies, biogeografía...) del gigantesco rompecabezas que es la naturaleza, y estimulado por la noticia de que Alfred Wallace había llegado a conclusiones similares, aunque no tan sustanciadas, en noviembre de 1859 -pronto hará, por consiguiente, 150 años- publicó un libro que forma parte del tesoro más precioso de que dispone la humanidad: El origen de las especies. Doce años más tarde, en otro gran libro (El origen del hombre), aplicó a los humanos las lecciones del primero, despojándonos del lugar privilegiado en la naturaleza que hasta entonces nos habíamos adjudicado.
A lo largo del siglo y medio que nos separa de la publicación de El origen de las especies, la esencia de su contenido no ha hecho sino recibir confirmación tras confirmación. Puede que aún resten cuestiones por dilucidar, pero el evolucionismo darwiniano nos suministra un marco conceptual y explicativo imprescindible para comprender el mundo natural de manera racional, sin recurrir a mitos.
A la vista de todo lo dicho, podría pensarse que la única actualidad de Darwin y de su obra es la de honrar su memoria utilizando la excusa de los dos mencionados aniversarios. Ojalá fuese así. La evolución entendida a la manera de Darwin es un hecho científico, contrastado de manera abrumadora, y su relevancia para situarnos en el mundo es obvia, pero no es universalmente aceptada. En Estados Unidos solamente la acepta el 40% de la población. En Europa su aceptación es mayor, especialmente entre los franceses y los escandinavos (creen en ella aproximadamente el 80%), aunque no deja de tener problemas: en una encuesta realizada en Reino Unido por la BBC en 2006, el 48% la aceptaba, mientras que el 39% optaba por alguna forma de creacionismo, y un 13% "no sabía".
La historia de la oposición de los creacionistas a Darwin ha sido comentada en numerosas ocasiones y no pretendo volver a este asunto, que, sin embargo, continúa vigente, aunque ahora sea recurriendo sobre todo a una nueva terminología: el diseño inteligente, la idea de que un Dios debió de diseñar cada una de las especies que existen. Me interesa más hacer hincapié en el hecho de que una teoría científica contrastada y de enorme relevancia social sea rechazada o muy pobremente comprendida. En mi opinión, una explicación posible del tal rechazo reside en el desconocimiento.
Debatimos insistentemente -ahora estoy pensando en España- acerca de los programas educativos para nuestros jóvenes; por ejemplo, si es aceptable o no imponer asignaturas como Educación para la Ciudadanía, ante la cual algunos argumentan que limita la libertad de los padres a ejercer sus derechos en la formación (moral y religiosa) de sus hijos. Y, mientras tanto, la enseñanza de ciencias sufre cada vez de más carencias.
No parece preocuparnos demasiado, por ejemplo, si se enseñan adecuadamente sistemas científicos tan básicos como la teoría de la evolución de las especies. El pasado noviembre, se publicó un libro en el que se adjudicaba a la Reina, doña Sofía, la siguiente manifestación: "Se ha de enseñar religión en los colegios, al menos hasta cierta edad: los niños necesitan una explicación del origen del mundo y de la vida".
Podrá resultar doloroso a algunos, pero la única explicación que da lugar a comprobaciones contrastables sobre el origen del mundo y de la vida procede de la física, de la química, de la geología y de la biología. La religión pertenece a otro ámbito.
¿Es legítimo ocultar a los niños ese mundo científico, condicionando así sus opiniones futuras, en aras a algo así como "mantener su inocencia", o por las ideologías de sus padres? Haciendo públicas sus opiniones en una cuestión cuya importancia no puede ignorar, y por la elevada posición que ocupa, doña Sofía hizo publicidad de una determinada forma de entender el mundo, que jamás ha recibido comprobaciones contrastables.
Una forma, además, que, al menos en España, de la mano de la jerarquía católica, pretende intervenir en apartados que pertenecen al poder legislativo, como son los programas educativos o lo que es admisible o no en los tratamientos médicos (no puedo olvidar en este punto las manifestaciones de la Conferencia Episcopal Española a raíz del nacimiento, en octubre de 2008, de un niño tratado genéticamente para curar a un hermano que sufría anemia congénita: "El nacimiento de una persona humana ha venido acompañado de la destrucción de sus propios hermanos a los que se ha privado del derecho a la vida"; palabras no sólo cuestionables desde el punto de vista de la ciencia sino también, en mi opinión, carentes de compasión ante el sufrimiento ajeno).
Necesitamos educar en la ciencia a nuestros jóvenes; no, naturalmente, para que entiendan que ella es el juez supremo para las opciones que quiere asumir una sociedad democrática. La ciencia es, simplemente, un instrumento -el mejor- que los humanos hemos inventado para librarnos de mitos, orientarnos ante el futuro y protegernos de una naturaleza que no nos favorece especialmente. Sucede, no obstante, que no se ha instalado de manera tan segura en nuestras sociedades como se podría pensar, siendo contemplada frecuentemente con sospecha. Si como muestra sirve un botón, he aquí la siguiente cita (Juan Manuel de Prada, XL Semanal, 5-11/X/2008): "La ciencia parece dispuesta a demostrar esto y lo otro; y mañana podrá sin empacho alguno desdecirse y demostrar que lo opuesto a lo contrario es lo cierto, en un tirabuzón enloquecido y sin fin. Y todo ello bajo un manto de inapelable respetabilidad". Por supuesto que existen científicos envanecidos, incluso tramposos, y también que se cometen errores, pero no olvidemos que en última instancia la ciencia no es sino capacidad de identificar y remediar equivocaciones, de buscar sistemas con capacidad predictiva.
Recordar y celebrar a Darwin es más que un acto festivo; constituye un homenaje a la ambición y el rigor intelectual, al poder de nuestra mente para comprender el mundo. Y también es un ejemplo de que la investigación científica no tiene por qué ser ajena a atributos humanos como son el amor a la familia, la decencia, la discreción o el ansia de justicia.La biografía de Charles Darwin -un hombre que llevó a cabo un largo y complejo camino, que le llevó a consecuencias que no había previsto y que le obligaron a desprenderse, en un doloroso proceso, de las creencias religiosas en que había sido educado- está repleta de todo esto.
El mejor de todos los viajes
Antonio Muñoz Molina
Babelia, Suplemento sabatino de El País 31/01/2009
El nombre de uno de los narradores más altos del siglo XIX no se encuentra nunca en los manuales de literatura. A un lector de Dickens, de Flaubert, de Galdós, de Tolstói, rara vez se le ocurrirá que un constructor de mundos de palabras tan asombroso como cualquiera de ellos fue Charles Darwin, cuya vida larga y fértil coincide con la gran edad de las novelas, y cuya prosa, que cambió para siempre la comprensión científica de la vida sobre la tierra, posee una fuerza narrativa que sólo pueden compararse con las de las grandes novelas. Balzac quería que la novela compitiera con el registro civil en su fecundidad de personajes; Tolstói, en Guerra y Paz, levantó una enciclopedia de las mínimas aventuras humanas y de los grandes oleajes de la historia desatados por las guerras de Napoleón; en Casa desolada Dickens empieza contando el cuento tortuoso de un proceso judicial que no se resuelve nunca y termina abarcando en casi mil páginas todo el hervidero de la vida en Londres: la ciudad entera emerge de una niebla alumbrada por faroles de gas tan poderosamente como la tierra surge del caos en los mitos primitivos.
Casa desolada se publicó en forma de libro en 1853. Hace ahora ciento cincuenta años justos, en 1859, Darwin se decidió a publicar El origen de las especies, que exploraba la pululación y las genealogías de la vida sobre la Tierra con una ambición abarcadora que iba más allá de la de cualquier novelista. El arte paradójico de la novela es revelar una verdad acerca del mundo y de los seres humanos que se basa en observación aguda de lo real pero a la que sólo puede llegarse a través de la ficción. Nada queda en apariencia más lejos de la invención novelesca que el conocimiento experimental de un científico; pero en ambos casos la revelación sucede en el choque de lo observado con lo intuido, en el modo en que ciertas briznas muy limitadas de experiencia obtenidas gracias a la búsqueda y también al azar cobran la forma deslumbrante de una teoría, o la de una novela. El taller quimérico del novelista es un desorden de objetos a menudo inútiles y descabalados que ha ido recogiendo por ahí tan sin propósito como recogía Picasso tuercas o clavos o trozos de metal por la calle; fragmentos de recuerdos, de historias escuchadas, imágenes sueltas, fotografías, canciones, rescoldos de antiguos entusiasmos, libros leídos y medio olvidados, nombres que le llamaron la atención sin saber por qué. De manera primero inconsciente, luego más o menos calculada, siempre en un equilibrio inestable entre el empeño y la casualidad, entre el desaliento y el fervor, todos esos materiales de origen tan diverso y en principio tan ajenos entre sí acaban confluyendo en la textura unitaria de una novela, como un estallido que da lugar a una forma. La duración concreta de su escritura tiene una importancia secundaria: sin que uno lo supiera la novela ha estado escribiéndose mucho antes de surgir como una posibilidad en la conciencia. Darwin publicó El origen de las especies cuando tenía cincuenta años, pero el libro, ignorado todavía por él, había empezado a escribirse hacía más de media vida, en 1831, cuando ese anciano con barba de patriarca bíblico y boscosas cejas blancas que ahora asociamos con el nombre Charles Darwin era un muchacho de veintidós años, algo atolondrado, sin una vocación muy precisa, de clase alta, aficionado a la Historia Natural, religioso sin mucha convicción, con vagos proyectos de estudiar para párroco de alguna confortable rectoría en el campo. En septiembre de 1831 recibió una invitación para unirse al viaje del Beagle, un velero del Almirantazgo que iba a recorrer durante dos años las costas de América del Sur en una expedición entre científica y colonial. Darwin no viajaba en calidad de naturalista: tan sólo como caballero acompañante del capitán del buque, ya que éste, por razones de estricta etiqueta de clase, no tenía permitido codearse con los oficiales y la marinería. El viaje que iba a ser de dos años se dilató en una vuelta al mundo que acabó durando cinco. Darwin odiaba el mar -odiaba cada ola, escribió en una carta, una por una- y estaba siempre mareado. Al cabo de cinco años de viaje el muchacho era un hombre en la plenitud de su inteligencia y había atesorado toda clase de muestras y especímenes recogidos por él en las tierras australes y en las islas del Pacífico, y además había escrito un diario que al cabo de poco tiempo se convirtió en su primer libro. Lo que no publicó fue un cuaderno en el que había anotado los primeros bocetos de una idea todavía en germen que tituló cautelosamente: On transmutation of species, como un novelista que apunta una primera idea improbable sobre la que aún no dice nada a nadie.
En la colección de Clásicos de Espasa acaba de salir una edición espléndida del Voyage of the Beagle, con un título tentador como de novela de Julio Verne, Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo, traducida por Juan Mateos. Yo no me canso de leer ese libro. Tan gustoso es bebérselo de la primera página a la última como abrirlo al azar y dedicarle unos minutos. No creo que hubiera habido desde Herodoto un viajero tan curioso como Charles Darwin. A Darwin le interesa todo, se fija en todo, lo describe todo. La riqueza del mundo se despliega ante él como una catarata de tesoros que no se acaban nunca: los cambios de color de un pulpo; la anatomía de una babosa encontrada en la isla de Cabo Verde; un árbol solitario en la pampa que es sagrado para los indios nómadas; las formas diversas de los picos de los pinzones en cada una de las islas Galápagos; el cuidado con que una araña mantiene viva a la avispa a la que ha apresado en su tela, de modo que puede seguir más tiempo alimentándose de ella; un baile de sociedad en Tasmania; los cantos de los esclavos antes del amanecer en una hacienda de Brasil; el horror y la vergüenza de la esclavitud; los matices de gris verdoso y de azul oscuro en las nubes que se forman a la caída de la tarde sobre la montaña del Pan de Azúcar; la danza de una tribu llamada de Las Cacatúas Blancas en una playa del Pacífico, a la luz de las hogueras; un islote donde la única forma de vida terrestre son ciertos ácaros caídos tal vez de las plumas de los grandes pájaros viajeros...
En una época en la que las imágenes de lo no directamente familiar eran muy escasas Darwin describe lo desconocido haciéndolo visible. Por los mismos años en los que él escribía Flaubert se exasperaba buscando la palabra justa. Juan Ramón Jiménez le pide a la inteligencia que le diga el nombre exacto de las cosas: las palabras de Darwin tienen la precisión de la poesía y de la ciencia. Con cada una de sus observaciones infinitesimales estaba tanteando, construyendo sin saberlo aún, la teoría de la evolución, la trama de novela más colosal y verdadera que nadie ha inventado nunca. -
Reseña del libro: Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo. Charles Darwin. Traducción de Juan Mateos de Diego. Espasa-Calpe. Madrid, 2008.
El ejemplo y las lecciones de Darwin
JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON
El País 01/02/2009
Hace 200 años, el 12 de febrero de 1809, nació Charles Darwin. Podemos debatir si los trabajos y teorías -y a la cabeza de éstas, la del origen de las especies mediante selección natural- de Darwin son más o menos importantes que el sistema geométrico que sistematizó Euclides, que la dinámica y teoría gravitacional de Newton, que la química que creó Lavoisier, que la relatividad de Einstein, que la física cuántica o que la teoría biológico-molecular de la herencia, pero lo que es difícil negar es que ninguna de esas contribuciones logró lo que consiguieron las de Darwin, que desencadenaron una serie de procesos que afectaron a algo tan básico como nuestras ideas acerca de la relación que nos liga con otras formas de vida animal que existen o han existido en la Tierra. En este sentido, abordó cuestiones que van dirigidas a la médula de la condición humana.
Expresado muy brevemente, Darwin sustanció con muy variadas evidencias la idea (que otros antes que él habían propuesto) de que las especies evolucionan, encontrando además un mecanismo que hacía plausible tal evolución; defendió que la vida es como un árbol, de cuyas raíces han ido brotando diferentes ramas, esto es, especies que con el paso del tiempo continúan diversificándose, dando origen a otras bajo la presión de determinados condicionamientos. Después de esforzarse por encajar en una gran síntesis las piezas (zoología, botánica, taxonomía, anatomía comparada, geología, paleontología, cría domestica de especies, biogeografía...) del gigantesco rompecabezas que es la naturaleza, y estimulado por la noticia de que Alfred Wallace había llegado a conclusiones similares, aunque no tan sustanciadas, en noviembre de 1859 -pronto hará, por consiguiente, 150 años- publicó un libro que forma parte del tesoro más precioso de que dispone la humanidad: El origen de las especies. Doce años más tarde, en otro gran libro (El origen del hombre), aplicó a los humanos las lecciones del primero, despojándonos del lugar privilegiado en la naturaleza que hasta entonces nos habíamos adjudicado.
A lo largo del siglo y medio que nos separa de la publicación de El origen de las especies, la esencia de su contenido no ha hecho sino recibir confirmación tras confirmación. Puede que aún resten cuestiones por dilucidar, pero el evolucionismo darwiniano nos suministra un marco conceptual y explicativo imprescindible para comprender el mundo natural de manera racional, sin recurrir a mitos.
A la vista de todo lo dicho, podría pensarse que la única actualidad de Darwin y de su obra es la de honrar su memoria utilizando la excusa de los dos mencionados aniversarios. Ojalá fuese así. La evolución entendida a la manera de Darwin es un hecho científico, contrastado de manera abrumadora, y su relevancia para situarnos en el mundo es obvia, pero no es universalmente aceptada. En Estados Unidos solamente la acepta el 40% de la población. En Europa su aceptación es mayor, especialmente entre los franceses y los escandinavos (creen en ella aproximadamente el 80%), aunque no deja de tener problemas: en una encuesta realizada en Reino Unido por la BBC en 2006, el 48% la aceptaba, mientras que el 39% optaba por alguna forma de creacionismo, y un 13% "no sabía".
La historia de la oposición de los creacionistas a Darwin ha sido comentada en numerosas ocasiones y no pretendo volver a este asunto, que, sin embargo, continúa vigente, aunque ahora sea recurriendo sobre todo a una nueva terminología: el diseño inteligente, la idea de que un Dios debió de diseñar cada una de las especies que existen. Me interesa más hacer hincapié en el hecho de que una teoría científica contrastada y de enorme relevancia social sea rechazada o muy pobremente comprendida. En mi opinión, una explicación posible del tal rechazo reside en el desconocimiento.
Debatimos insistentemente -ahora estoy pensando en España- acerca de los programas educativos para nuestros jóvenes; por ejemplo, si es aceptable o no imponer asignaturas como Educación para la Ciudadanía, ante la cual algunos argumentan que limita la libertad de los padres a ejercer sus derechos en la formación (moral y religiosa) de sus hijos. Y, mientras tanto, la enseñanza de ciencias sufre cada vez de más carencias.
No parece preocuparnos demasiado, por ejemplo, si se enseñan adecuadamente sistemas científicos tan básicos como la teoría de la evolución de las especies. El pasado noviembre, se publicó un libro en el que se adjudicaba a la Reina, doña Sofía, la siguiente manifestación: "Se ha de enseñar religión en los colegios, al menos hasta cierta edad: los niños necesitan una explicación del origen del mundo y de la vida".
Podrá resultar doloroso a algunos, pero la única explicación que da lugar a comprobaciones contrastables sobre el origen del mundo y de la vida procede de la física, de la química, de la geología y de la biología. La religión pertenece a otro ámbito.
¿Es legítimo ocultar a los niños ese mundo científico, condicionando así sus opiniones futuras, en aras a algo así como "mantener su inocencia", o por las ideologías de sus padres? Haciendo públicas sus opiniones en una cuestión cuya importancia no puede ignorar, y por la elevada posición que ocupa, doña Sofía hizo publicidad de una determinada forma de entender el mundo, que jamás ha recibido comprobaciones contrastables.
Una forma, además, que, al menos en España, de la mano de la jerarquía católica, pretende intervenir en apartados que pertenecen al poder legislativo, como son los programas educativos o lo que es admisible o no en los tratamientos médicos (no puedo olvidar en este punto las manifestaciones de la Conferencia Episcopal Española a raíz del nacimiento, en octubre de 2008, de un niño tratado genéticamente para curar a un hermano que sufría anemia congénita: "El nacimiento de una persona humana ha venido acompañado de la destrucción de sus propios hermanos a los que se ha privado del derecho a la vida"; palabras no sólo cuestionables desde el punto de vista de la ciencia sino también, en mi opinión, carentes de compasión ante el sufrimiento ajeno).
Necesitamos educar en la ciencia a nuestros jóvenes; no, naturalmente, para que entiendan que ella es el juez supremo para las opciones que quiere asumir una sociedad democrática. La ciencia es, simplemente, un instrumento -el mejor- que los humanos hemos inventado para librarnos de mitos, orientarnos ante el futuro y protegernos de una naturaleza que no nos favorece especialmente. Sucede, no obstante, que no se ha instalado de manera tan segura en nuestras sociedades como se podría pensar, siendo contemplada frecuentemente con sospecha. Si como muestra sirve un botón, he aquí la siguiente cita (Juan Manuel de Prada, XL Semanal, 5-11/X/2008): "La ciencia parece dispuesta a demostrar esto y lo otro; y mañana podrá sin empacho alguno desdecirse y demostrar que lo opuesto a lo contrario es lo cierto, en un tirabuzón enloquecido y sin fin. Y todo ello bajo un manto de inapelable respetabilidad". Por supuesto que existen científicos envanecidos, incluso tramposos, y también que se cometen errores, pero no olvidemos que en última instancia la ciencia no es sino capacidad de identificar y remediar equivocaciones, de buscar sistemas con capacidad predictiva.
Recordar y celebrar a Darwin es más que un acto festivo; constituye un homenaje a la ambición y el rigor intelectual, al poder de nuestra mente para comprender el mundo. Y también es un ejemplo de que la investigación científica no tiene por qué ser ajena a atributos humanos como son el amor a la familia, la decencia, la discreción o el ansia de justicia. La biografía de Charles Darwin -un hombre que llevó a cabo un largo y complejo camino, que le llevó a consecuencias que no había previsto y que le obligaron a desprenderse, en un doloroso proceso, de las creencias religiosas en que había sido educado- está repleta de todo esto.
¡Pongan a Darwin en su sitio!
Ricardo Becerra
La Crónica, 25 de Agosto, 2008
Discovery Chanel, Nacional Geographic, Animal Planet y el largo etcétera de empresas televisoras científicas, le deben casi todo a la polilla geómetra del abedul.
Resulta que este deslucido insecto protagonizó el primer episodio enteramente filmado de los mecanismos de selección natural, narrados y mostrados por Charles Darwin exactamente un siglo antes (en 1859). Un tal Niko Tinbergen, famoso etólogo dueño del vicio favorito de todo japonés (fotografiar cuanto se pueda y filmar a mansalva), tuvo la puntada de seguir el experimento del profesor Kettlewell, en Manchester. Miles de polillas geómetras —unas vistosas, moteadas en blanco y negro y otras taciturnas y oscuras, apodadas “melánicas”— fueron lanzadas al medio ambiente polvoriento e industrial de aquella ciudad y sus cercanías.
Tinbergen localizó rápidamente su nuevo hábitat y colocó varias cámaras de primitiva televisión, para observarlas de día y de noche. No tardaron en aparecer sus depredadores, unos pajarracos pendencieros bastante acostumbrados a liar con chimeneas, humo y hollín, y hallar alimento entre las grasientas estructuras de metal y los árboles de los parques sobrevivientes. Las moteadas en blanco y negro fueron cosa fácil, pues sus alas contrastantes sobresalían de inmediato en aquel medioambiente grisáceo, mientras que las negras y discretas se camuflaban admirablemente entre los troncos sucios. Estábamos presenciando por primera vez en la pantalla, un ejemplo prototípico de presión selectiva darwiniana, una población de ciertas características que le daban una ventaja decisiva frente a otra y las acababa desplazando. Las melánicas sobrevivieron, se multiplicaron y se adaptaron a su nueva casa, mientras que sus primas, menos circunspectas, fueron abatidas u obligadas a emigrar. Esa película constituye un clásico, el paradigma debidamente editado y narrado sobre la que nació el gran género del cine documental sobre la naturaleza.
Desde entonces esa historia es contada y filmada de muchas otras formas y en muchos otros escenarios alrededor del mundo, pero quien nos habla con música de fondo, quien lo narró primero y mejor que nadie fue Charles Darwin, el naturalista de paciencia infinita, capaz de “mirar tres días consecutivos y sin parar, a la misma tortuga”, autor del libro de biología más importante jamás escrito y en muchos sentidos, un reformador de la concepción moral y filosófica del hombre (al menos en Occidente).
Porque con Darwin “la Humanidad era consecuencia de un proceso que nunca tuvo al hombre en mente”, no sólo no hay un gran diseñador, sino que la selección, la lucha por la existencia y el azar —el azar subrayado—, se imponen como la única explicación demostrada. ¿Demostrada? Sí, probada, larga y sistemáticamente.
Una hipótesis típicamente darwinista sostiene que el hombre desciende de otras especies ancestrales que ya desaparecieron. En sus tiempos había poca evidencia, pero Darwin contaba con el estudio metódico de lo que ocurre con muchos otros animales y plantas ¿por qué si para todas las criaturas las leyes de la selección natural se imponen con férrea necesidad, el hombre tendría que ser una excepción? Y resulta que con el paso de los años empezaron a aparecer fósiles de esas otras especies intermedias predichas por el biólogo inglés, homínidos que no son ellos (los simios) pero tampoco nosotros (los hombres). Y mientras más aumenta la potencia de los métodos científicos, más firme sigue el planteamiento de Darwin. El ejemplo más claro lo tiene la biología molecular, pues permite comparar con precisión la estructura genética de distintas especies, y al hacerlo, resulta que el genoma humano es muy parecido al del chimpancé y mucho menos emparentado con el de otras especies, más alejadas, digamos los mamíferos delfines.
Eso se llama ciencia: cuando se comprueban muchas veces las predicciones de una misma hipótesis, la cosa se convierte en teoría, en una idea sometida a prueba y que se ha demostrado repetidamente. Dicho de otro modo: lo que expuso Darwin es un hecho rotundamente cierto. Lo cual no quiere decir que todo lo que dijo Darwin sea correcto o que no se haya equivocado en aspectos importantes. En una hermosa y vieja edición de 1985, “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia”, debida al Conacyt, ilustrada y prologada por R. Leakey (¡sí, el célebre paleontólogo desenterrador del Paranthropus boisei, del Homo habilis, del Homo erectus, del Homo ergaster y del Australopithecus aethiopicus),
se planteaba lo siguiente: “Pocas teorías han sido tan discutidas y pocas han suscitado tantos esfuerzos para ser derrumbadas. Muchos otros descubrimientos han introducido matices, han aportado nuevas explicaciones que no pasaron por la cabeza de Darwin, pero la ciencia de la herencia y la bioquímica están preparando el terreno para una unificación de la biología en la que el capellán inglés sigue jugando un papel estelar... así sea desde puntos de vista inesperados y desde formulaciones inimaginadas” (p. 72).
¿Qué quería decir Leakey? Pues que a estas alturas el darwinismo no basta para explicar la evolución. El descubrimiento del gen Eyeless, es uno de esos puntos de inflexión que han venido a corregir los mecanismos que Darwin explicó. “El gran descubrimiento de la biología contemporánea es que la evolución es extraordinariamente conservadora. La espectacular variedad de formas vivas que vemos por todas partes se ha generado con los mismos módulos, o subsistemas genéticos, que organizan el desarrollo de todos los animales. La evolución no genera novedades mediante la acumulación lenta y gradual de pequeñas variaciones adaptativas, como postula el darwinismo más primitivo, sino probando nuevas combinaciones de esos módulos genéticos universales” (Stephen Jay Gould ¿Está emergiendo una nueva teoría general de la evolución? 1997).
Otro científico y polemista muy conocido entre nosotros, Richard Dawkins (el autor del Gen Egoísta) lo mira así: “Lo que debe decirse, alto y claro, es que la teoría de Gould y de los evolucionistas biólogos moleculares modernos, reposan firmemente en el darwinismo. Siempre lo han hecho”.
Ver al mundo con los ojos de Darwin no resulta siempre agradable (como no resulta ningún deleite ver esas espantosas escenas proyectadas por Discovery de tarántulas preñadas por avispas usurpadoras que les inoculan huevecillos en sus barrigas para que nazca sana una nueva generación, en medio de la nausea de la araña) y eso es lo inquietante, su principal desafío: el recordatorio de que este mundo, incluyendo a la Humanidad, ha sido construido por mecanismos ciegos, innobles, porque la evolución no tiene un objetivo sino que es resultado de luchas y mecanismos contingentes frecuentemente casuales. A partir de Darwin, somos un subproducto no buscado, y el objetivo de nuestra existencia, si lo hay, ha de buscarse por nosotros mismos.
Al final de su vida, en su Autobiografía, Darwin, el viejo sabio que alguna vez quiso ser clérigo y entregar su inteligencia a la misa y la oración, escribió: “No podemos pasar por alto la probabilidad de que la inculcación constante de una creencia en Dios en la mente de los niños produzca un efecto tan fuerte, y quizá heredado, en sus cerebros no totalmente desarrollados, que les resulte tan difícil librarse de su creencia en Dios, como a un mono de su miedo y aversión instintivos a una serpiente”.
Igual que hoy, ayer, en vida de Darwin, hubo un personaje que se dedicó a denostarlo furiosamente. En 1853, organizó una cena de año nuevo con otros 21 connotados científicos dentro de los huesos de un gigantesco dinosaurio que él mismo había logrado reconstruir. Era Richard Owen, el anatomista, taxidermista y filósofo victoriano que bautizó a los dinosaurios y que dio un impulso sin precedente a la reputación del Museo Británico. Y aunque el descubrimiento de las criaturas desaparecidas mediante fósiles espectaculares había puesto en tela de juicio la letra bíblica de la creación, Owen respondía ingeniosamente diciendo que debíamos suponer “...sucesivas creaciones y extinciones masivas, ya que el Génesis se ocupa solamente de la última creación”. No obstante sus evidentes argucias intelectuales, la museografía natural que conocemos hasta hoy sigue en deuda con el trabajo de Owen y tal fue el argumento por el cuál su estatua presidió durante casi un siglo la escalinata principal del monumental recinto.
Pero ya no. El blog de Jesús Silva Herzog nos informa que el Museo de Historia Natural de Londres, este mismo mes, acaba de devolverle a Darwin el lugar en ese quicio. Su reubicación tiene como marco el 150 aniversario en el que se presentaron —en la Sociedad Lineana de Londres— los trabajos independientes de Charles Darwin y Alfred Wallace sobre la evolución de la vida en la tierra y la doble conmemoración de El origen de las especies y del nacimiento de Charles, en 1809.
Es un buen momento para comenzar una gran celebración mundial con el pretexto de esas redondas cifras. Buena hora para atajar las supersticiones, creacionistas y las chifladuras, tan en boga, de la “cienciología” y el diseño inteligente. Es el año de Darwin, y había que ponerlo en su debido sitio.
ASUNTO INCONCLUSO.
LAS IDEAS DE CHARLES DARWIN SE HAN PROPAGADO AMPLIAMENTE, PERO SU REVOLUCIÓN TODAVÍA ESTÁ INCOMPLETA.
The Economist, (13/02/09)
Darwin mismo estuvo profundamente preocupado por sus pensamientos materialistas y por lo que significaban. A juzgar por su correspondencia, parece que sus creencias religiosas nunca alcanzaron una posición fija, pero fue sensible a la extensión a la cual sus ideas podrían perturbar las de otros
Los milagros de la naturaleza están en todas partes: al posarse, un escarabajo pliega sus alas como un maestro del origami; una hoja de loto gotea agua lodosa como si fuera azogue; una araña teje su red para atrapar a su presa, pero de alguna manera no queda atrapada. Desde el principio de los tiempos, quienes han pensado en cosas como esas han visto esas maravillas como ejemplos de la sabiduría de Dios: incluso como evidencia de su existencia. Sin embargo, hace 200 años, el 12 de febrero de 1809, nació un hombre que desafiaría todo eso. El libro que planteó el desafío, publicado 50 años después, en 1859, ofreció una nueva visión radical del mundo viviente y, lo más radical de todo, de los orígenes de la humanidad. El hombre era Charles Robert Darwin, el libro, “Sobre el origen de las especies” y el reto, la teoría de la evolución por selección natural.
Desde el nacimiento de Darwin, el mundo natural ha cambiado hasta parecer irreconocible. Entonces, la moderna teoría de los átomos tenía escasos seis años y se pensaba que la Tierra tenía seis mil. No se tenía noción del tamaño del universo más allá de la Vía Láctea y las teorías de la radioactividad, la relatividad y el quantum eran inimaginables. Sin embargo, de todos los descubrimientos de la ciencia del siglo XIX y principios del XX –átomos invisibles, espacio infinito, la inconstancia del tiempo y la mutabilidad de la materia– sólo la evolución no ha encontrado una aceptación general fuera del ámbito científico. Pocos legos afirmarían que no creen en Einstein. Sin embargo, muchos parecen orgullosos de no creer en Darwin. Incluso para quienes aceptan su línea de pensamiento es frecuente que sus ideas parezcan tan difíciles hoy como lo fueron hace 150 años.
El origen del origen
La idea de la evolución por selección natural no es difícil de comprender. Sólo requiere conectar algunas propuestas no contenciosas. Estas son que los organismos varían uno del otro, incluso dentro de una especie, y que una nueva variación puede aparecer de vez en cuando; que algo de esta variación pasa de padre a hijo; y que nacen más individuos que los que pueden existir en el espacio disponible (o ser sustentados por los recursos disponibles). La consecuencia es lo que Darwin describió en su libro como una “lucha por la existencia”. Los más débiles son eliminados. Los fuertes sobreviven. Los sobrevivientes pasan sus rasgos a sus hijos. Transcurrido el tiempo suficiente, esta transmisión diferencial de características llevará a la formación de una nueva especie. Darwin no fue el primero en reconocer estas simples ideas y tampoco el primero en reunirlas. Se sabe que pensadores tan anteriores como Empédocles, un filósofo griego nacido 490 años a. c., sugirieron que la selección natural podría explicar porqué los animales estaban adaptados a su entorno. La idea de la lucha por la existencia se ha rastreado hasta al-Jahiz, un teólogo y erudito musulmán nacido en Basra alrededor de 776, y la idea reaparece en las obras de Thomas Hobbes, un filósofo del siglo XVII, y en Erasmus Darwin (abuelo de Charles) quien vivió en el XVIII.
Hacia los albores del siglo XIX, la idea de la evolución estaba en el aire. Había una aceptación emergente de que las especies eran inestables. Los botánicos lo veían en sus híbridos, pero lo que faltaba era el mecanismo.
Al inicio del siglo XIX, el naturalista francés Jean-Baptiste Lamarck creyó que lo había encontrado. Reconoció que las especies eran mutables y también propuso que los rasgos podían heredarse. Su error fue suponer que los individuos pierden características que no necesitan y desarrollan otras que necesitan –y que eran esos cambios los que se heredan.
La respuesta no vino de la biología sino de la economía. En 1798, Thomas Malthus escribió “Un ensayo sobre el Principio de la Población”, donde sostuvo que las poblaciones naturales crecen a una tasa exponencial, mientras que el suministro de alimentos es lineal. En otras palabras, nacen más individuos que los que pueden sobrevivir. Justo en el momento oportuno para la biología, su libro popularizó lo que era, de hecho, una vieja idea. Después de leer a Malthus, tanto Darwin como el naturalista británico Alfred Russel Wallace, juntaron, independientemente, las piezas del rompecabezas e idearon la evolución por selección natural.
El primero en ver la selección
Ni Darwin y Wallace fueron los primeros en juntar las piezas. En 1813, William Charles Wells, un médico escosés, presentó un estudio en el cual introducía la idea de la selección natural para explicar porqué el color de la piel de los individuos puede cambiar con el clima y en 1831, Patrick Matthew, un terrateniente escosés, describió la selección natural en el apéndice de un libro sobre el cultivo de los mejores árboles para construir barcos de guerra.
Sin embargo, Darwin y Wallace son recordados, mientras que Wells y Matthew no lo son, porque hicieron explícita la idea y ambos escribieron estudios al respecto, que presentaron a la Linnean Society en Londres en 1858. Es más, Darwin es más famoso que Wallace porque había dedicado los veinte años anteriores a la meticulosa acumulación de evidencia –de áreas tan diversas como la embriología, el cultivo artificial, la geografía, la economía y la geología– en apoyo de su teoría, de manera que pudo ir a la imprenta el año siguiente con “Sobre el Origen de las Especies por Medio de la Selección Natural, o la Preservación de las Razas Favorecidas en la Lucha por la Vida”, por mencionar el título completo del libro.
La teoría de Darwin explicó porqué las especies están tan bien adaptadas a su medio ambiente y cómo se forman nuevas especies. Sugirió que todas las cosas vivientes están relacionadas, desde el escarabajo hasta la flor de loto, y que todo desciende en última instancia de un único ancestro común. Por lo tanto, la evolución removió la necesidad de explicaciones divinas de la diversidad y, junto con evidencia, que surgió en ese momento, de la edad extrema de la Tierra, sugirió además que el universo tampoco le debe nada a la intervención divina y todo a las leyes naturales. Darwin entendió todo esto y estuvo muy perturbado.
Esa perturbación continúa hoy en día. En Estados Unidos, una encuesta Gallup levantada el año pasado, encontró que sólo el 15 por ciento estuvo de acuerdo con la propuesta: “los humanos se desarrollaron durante millones de años”, más que el ocho por ciento en 1982. La aceptación de la evolución varía alrededor del mundo. En Islandia, Dinamarca y Suiza se acepta con más entusiasmo. En general, como era de esperase, la creencia de un país en la evolución está inversamente correlacionada con su creencia en Dios.
La evolución sigue siendo difícil de aceptar porque implica que cualquier cosa viviente es en gran parte accidental. Stephen Jay Gould, un biólogo evolucionista estadounidense, quien murió en 2002, sostuvo que los malentendidos acerca del darwinismo proliferaron no porque la teoría sea difícil sino porque la gente evita activamente tratar de entenderla.
Hacia una revolución completa
Los individuos se sienten reconfortados por la idea de un mundo natural diseñado y armonioso con ellos en la cúspide. Es difícil aceptar que una armonía como esa haya surgido como una consecuencia accidental de un sistema brutal sin ningún principio, excepto el que sostiene que cada individuo está luchando por su éxito reproductivo. Es deprimente pensar que la vida no tiene un propósito y que la evolución no tiene un destino más alto.
Simon Conway-Morris, un paleontólogo de la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, es el campeón de una nueva interpretación de la evolución –una interpretación que cuestiona la visión de que está gobernada en gran parte por el accidente y la circunstancia–. Cree que si la evolución se repitiera desde el principio, muchas cosas resultarían iguales. A partir de un detallado estudio de lo que se llama evolución convergente, sostiene que es un mecanismo y que funciona según determinadas reglas. Su visión del mundo puede o no resultar correcta. Si lo fuera, podría ser más aceptable que la interpretación actual del mundo biológico como materialista en última instancia y sin propósito.
Darwin mismo estuvo profundamente preocupado por sus pensamientos materialistas y por lo que significaban. A juzgar por su correspondencia, parece que sus creencias religiosas nunca alcanzaron una posición fija, pero fue sensible a la extensión a la cual sus ideas podrían perturbar las de otros.
SÓLO SE ADMITEN LOS HECHOS Y ARGUMENTOS QUE APOYAN LA POLÍTICA DESEADA, ASÍ QUE LA BASE ANALÍTICA DE LA TOMA DE DECISIONES SE EROSIONA EN VEZ DE AMPLIARSE
Por John Kay.
Financial Times, 9, 14/05/08
Darwin’s marriage and war in Irak: the missing link: El matrimonio de Darwin y la guerra en Irak: el eslabón perdido. El gobierno buscó una política basada en la evidencia, pero el resultado es, sobre todo, evidencia basada en la política. En Irak, esto llevó al desastre.
La Universidad de Cambridge puso online las obras completas de Charles Darwin. No sólo Sobre el origen de las especies, sino también sus documentos personales, sus puntos de vista sobre el matrimonio y la evolución.
Darwin, científico racionalista e hijo del Siglo de las Luces, colocó en dos columnas los pros y contras del matrimonio. Una esposa proveería “hijos, compañía, los encantos de la música y parloteo femenino”. Sería “un objeto para ser amado con el cual jugar”, aunque no pareció darle gran peso a esto y sólo admitió que una esposa era, en este aspecto, “en cualquier caso, mejor que un perro”. Pero Darwin también destacó las desventajas: la falta de conversación de hombres ingeniosos en los clubes, el prospecto de “ser forzado a visitar parientes” y, sobre todo, la pérdida de tiempo.
Sospecho que la mayoría siente que hay algo no totalmente correcto en esta fría evaluación. Concierne al matrimonio en general, no al matrimonio con alguna mujer en particular. A pesar de su compromiso con la racionalidad, aparentemente, Darwin también lo pensaba. Al calce de su evaluación garrapateó: “Es intolerable pensar en pasar la vida entera trabajando, trabajando, como una abeja castrada –nada más imagínese una linda esposa en un sofá–” y acaba: “casarse-casarse-casarse QED” Al año siguiente, se casó con Emma Wedgwood. Tuvieron 10 hijos.
QED es la abreviatura de la locución quod erat demostrandum, usada por los matemáticos para concluir una prueba, la cual se traduce como LQQD o “lo que queríamos demostrar”. Con esa expresión, Darwin se echó de cabeza. Su propósito no era guiarse a sí mismo a la decisión correcta, sino racionalizar una decisión que ya había tomado.
Por un tiempo, dirigí una compañía que vendía modelos a grandes corporaciones. Aunque exhortábamos a nuestros clientes a usar esos modelos en su toma de decisiones, en realidad nosotros no los usábamos y es que la necesidad de hacer lo que es fácil defender supera al deseo de hacer lo que es correcto.
El gobierno busca una política basada en la evidencia, pero el resultado es, sobre todo, evidencia basada en la política. Sólo se admiten los hechos y argumentos que apoyan la política deseada, así que la base analítica de la toma de decisiones se erosiona en vez de ampliarse. En la víspera de la guerra en Irak, los resultados fueron desastrosos. En Medio Oriente, los gobiernos británico y estadounidense disfrutaron de la información y de las capacidades analíticas más extensas disponibles, tal como los bancos durante la contracción del crédito. Sin embargo, cometieron errores elementales y catastróficos. Darwin vio a través de su propia pretensión de racionalidad, pero burocracias comprometidas con la autojustificación se engañan con frecuencia –tal vez con más frecuencia que lo que engañan al público–. Es así como organizaciones que ponen más énfasis en la racionalidad y la transparencia en la toma de decisiones llegan a tomar en la práctica decisiones tan malas.
La evolución es observable
Luis González de Alba
Milenio, 15/02/2009
Este año celebramos 400 de que Galileo observó los cielos con telescopio, 200 de que nació Charles Darwin y 150 de que publicó el libro que funda la biología evolutiva: El origen de las especies. Al respecto es bueno aclarar una confusión frecuente: el término “teoría” viene del verbo griego theoró: veo, miro. Una teoría es pues una mirada al mundo que implica un conjunto de leyes, datos y relaciones. Hablamos de “teoría de la evolución”, como de “teoría de la relatividad”, “teoría del heliocentrismo”, no porque carezcan de comprobación, que la tienen abundante, sino porque son miradas a la naturaleza.
La evolución asomaba ya en los trabajos de Aristóteles cuando probó que las ranas no se producen porque el calor del sol las cause en el lodo por generación espontánea, sino porque animales similares pusieron allí sus huevos.
Hacia finales del Renacimiento, en 1620, sir Francis Bacon observa lo que llama “errores de la naturaleza” y en su Novum Organum se acerca tanto a la solución que dice: “Sería muy difícil generar nuevas especies, pero menos difícil que varíen las especies conocidas y así produzcan muchos resultados raros e inusuales.”
En el siglo XVIII, Kant da otro salto en su Crítica del juicio al observar que de la maravillosa simplicidad del plan maestro de los animales se produce la inmensa variedad de las especies “al acortar este miembro y alargar aquel otro, por involución de esta parte y evolución de aquella otra”, de donde le parece que brilla “un rayo de esperanza, si bien débil”, de que podamos explicarnos la vida orgánica. Kant murió en 1804 con ese rayo de esperanza. En 1809 nació Darwin, que nos entregaría el buscado mecanismo: la selección natural que se ejerce sobre la variedad en la progenie.
Ya el abuelo de Charles, Erasmus Darwin, había escrito un tratado sobre evolución y, en el mismo año que celebramos, 1809, un naturalista francés, Jean Baptiste Lamarck, publicó su Philosophie Zoologique, donde propone la mutabilidad de las especies. Faltaba el cómo. Llegaría cuando el joven Darwin se embarcara en el buque de su majestad Beagle, diera la vuelta al mundo de 1831 a 1836 y volviera a Inglaterra con la clave: “by Means of Natural Selection”: por medio de la selección natural.
Guardó su manuscrito por la tormenta religiosa que preveía. Hasta que, en 1858, le llegó un breve ensayo de Alfred Russel Wallace: “On the Tendency of Varieties to Depart Indefinitely from the Original Type”. ¡Había descubierto, de forma independiente, la selección natural! Dio enseguida su manuscrito a la imprenta. Wallace siempre reconoció a Darwin el crédito de primer descubridor.
Por entonces estaba en pleno proceso una selección natural, tan rápida que habría sido posible observarla: con la industrialización de Inglaterra todo se había llenado de hollín producido por el carbón mineral de fábricas y calefacciones. En el tronco de los árboles se posaba una polilla moteada de grises que se camuflaba a la perfección con el liquen de los troncos… hasta que se ennegrecieron de hollín. La mutación al azar daba camadas de polillas más oscuras y más claras. Entonces los pájaros, que se las comen, vieron con claridad a las claras y no llegaban a adultas porque eran banquete fácil. La especie completa pronto fue oscura. Ocurrió lo contrario cuando, después de 1950, Inglaterra comenzó a endurecer sus leyes contra la contaminación. Las polillas volvieron a su variedad gris.
El calentamiento global del que leemos a diario también está haciendo su selección de especies. Al parecer, la extinción causada por los humanos es similar a la que acabó con los dinosaurios, así que, descubrir nuevas especies debería ser motivo de regocijo, dice la nota de un equipo de la Universidad de Stanford, en el que participan biólogos de la UNAM, pero no es así, según Paul Ehrlich, coautor con Gerardo Ceballos, de la UNAM, del análisis sobre 408 nuevas especies de mamíferos descubiertas a partir de 1993.
El ensayo lo publican en línea desde el 9 de febrero los Proceedings of the National Academy of Sciences, y habla de cuán poco sabemos acerca de nuestro capital natural. La sorpresa es enorme porque el de mamíferos es un grupo muy bien estudiado pues, para empezar, pertenecemos a él. Y 408 especies nuevas son “aproximadamente 10 por ciento de todas las especies de mamíferos conocidas”. Entre ellas, un antílope de unos 90 kilos de peso y hasta un gran número de primates.
La biodiversidad es mucho mayor de lo que sabíamos y lo son los problemas implicados en conservar esa diversidad, necesaria para nuestra propia existencia. No sabemos cuantos sistemas afectamos al extinguir una pequeña mosca o un ratón. Más bocas que alimentar (y casas donde vivir) nos llevan a enfrentar, por primera vez, el colapso de una civilización global. “Debemos reducir la escala de las empresas humanas para tener oportunidad de prevenirlo”.
“PROMOVER LA CIENCIA ES ASEGURAR QUE LOS HECHOS Y LA EVIDENCIA NUNCA SEAN TORCIDOS U OCULTADOS POR LA POLÍTICA O LA IDEOLOGÍA”.
Editorial. Financial Times, 6, 17/01/09
UN SIGNO ESPERANZADOR EN EL CORTO PLAZO ES LA ACTITUD DEL PRÓXIMO PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS. BARACK OBAMA HA NOMBRADO A VARIOS DE LOS CIENTÍFICOS MÁS RESPETADOS DE SU PAÍS PARA PUESTOS RELEVANTES.
In defence of Darwin and reason: En defensa de Darwin y de la razón. La lucha contra la irracionalidad sigue siendo tan vital como siempre.
Cuando el mundo celebra dos aniversarios de Charles Darwin –200 años de su nacimiento y 150 de la publicación de El Origen de las Especies– es triste reconocer qué tan lejos estamos todavía de la ilustración científica que prometió. Hacia finales del siglo XX, casi cada biólogo aceptaba que la vida evolucionó con el tiempo a través de la selección natural.
Sin embargo, al principio del siglo XXI, la evolución está bajo ataque sostenido de teorías creacionistas inspiradas por la religión fundamentalista –a veces vestidas con ropajes científicos como el “diseño inteligente”–. Las encuestas muestran que más estadounidenses creen en la creación bíblica que en la evolución e incluso en sociedades de Europa relativamente seculares una minoría creciente rechaza a Darwin.
Muchos científicos y políticos liberales ven el ascenso de la ola creacionista como un evento lateral que pueden ignorar sin riesgo. Están equivocados por varias razones. Grandes áreas de la investigación, desde la biología hasta la cosmología, sufrirían directamente si se volviera políticamente difícil para los gobiernos financiar campos que dependen de una parte tan básica de la ciencia como la evolución. El costo sería económico así como intelectual.
Sin embargo, también vale la pena defender a Darwin porque los ataques a la evolución simbolizan un asalto más amplio y más variado a políticas basadas en la evidencia más que en el prejuicio. Parte de este asalto proviene de las mismas fuerzas religiosas como el creacionismo –piense, por ejemplo, en quienes se alinean contra la investigación sobre células madre–. La ignorancia absoluta también juega un papel así como los medios masivos.
La campaña contra la vacuna contra el sarampión, las paperas y la rubeola, (MMR, por sus siglas en inglés) la cual ha costado muchas vidas al posponer la erradicación del sarampión en Europa, demuestra el daño que puede provenir de ignorar evidencia científica abrumadora. Un estudio deficiente, que sugiere una posible liga entre la MMR y el autismo, fue recogido rápidamente por los opositores a la vacuna. Los científicos podrían haber limitado el daño con una respuesta rápida que destacara los defectos en el estudio y la evidencia de la seguridad de la MMR –pero, como sucede con tanta frecuencia, reaccionaron lenta y reticentemente–.
Ocasionalmente, los no conformistas tienen razón: vienen a la mente los pocos que advirtieron en los 1980 que el mal de las vacas locas podría afectar a los humanos. Sin embargo, cualquier afirmación extraordinaria debe recibir un escrutinio extraordinario –y ser sopesada contra toda la evidencia–.
Necesitamos muchos más científicos que los que hay disponibles hoy para hablar rápida y firmemente cuando la razón está bajo ataque. Además, a largo plazo, necesitamos una sociedad científicamente letrada, mejor educada acerca de qué constituye evidencia válida para apoyar un punto de vista en particular.
Un signo esperanzador en el corto plazo es la actitud del próximo presidente de Estados Unidos. Barack Obama ha nombrado a varios de los científicos más respetados de su país para puestos relevantes y ha declarado: “Promover la ciencia es asegurar que los hechos y la evidencia nunca sean torcidos u ocultados por la política o la ideología”. Amén.