Presentación
¿Qué país nos deja Fox? Los claroscuros del gobierno del cambio. Adolfo Sánchez Rebolledo (compilador).
Mauricio Merino.
No todos los textos convocados por Adolfo Sánchez Rebolledo para este libro hacen una evaluación de la gestión emprendida por el presidente de la República, como tal. Algunos responden más bien a la pregunta que plantea su título: ¿Qué país nos deja Fox?. Pero ya sea mirando hacia el presidente que se propuso ser y no fue, o hacia el cambio que se prometió y no se cumplió, el resultado es de todas maneras, desalentador. Pongo ejemplos:
Raúl Trejo Delarbre nos dice: “En vez de construir una nueva relación de respeto e interlocución con los medios, el gobierno de Fox admitió con tanta condescendencia los requerimientos de las empresas de comunicación más importantes, que acabó por estar al servicio de ellas”.
Ernesto López Portillo escribe: “Fox se va del cargo tal como llegó: sin un modelo técnico y moderno de interpretación y gestión de la inseguridad, el delito y la violencia. Se va sin haber entendido la complejidad de estos fenómenos y sin haber integrado un modelo precisamente complejo para entenderlos y transformarlos”.
Lorenzo Córdova, más cauto, señala: “Hacer un balance de la situación que guardó el Estado de derecho en el sexenio de Fox sin duda nos obliga a reconocer un escenario de claroscuros. (…) Sin embargo, no puede dejar de reconocerse que las viejas tentaciones de instrumentalizar el derecho a conveniencia de los intereses políticos, cuando no incluso a manosearlo, constituyen un resabio de un arraigado modo de concebir el poder propio de la mentalidad autoritaria”.
Jacqueline Peschard concluye: “De ninguna manera hubo parálisis legislativa, pero prevaleció la imagen de incomprensión del Congreso hacia el Ejecutivo, sustentada tanto en el despliegue comunicativo de la presidencia, como en el acompañamiento de los propios medios de comunicación que sistemáticamente insistieron en desprestigiar al Congreso”.
Ciro Murayama, después de pasar revista a la economía del sexenio, remata diciendo: “En suma, el país que produjo por la vía democrática la alternancia en el gobierno en el 2000, seis años después continúa siendo una tierra de carencia de oportunidades para los más y de oprobiosa desigualdad”.
Federico Novelo afirma, respecto a la evolución del TLC en el sexenio: “La obsesión por preservar un programa económico que sólo arroja estabilidad sin crecimiento resulta del todo contraria a la construcción de aquellos instrumentos que otorgarían viabilidad y visibilidad a la convergencia realmente relevante con los Estados Unidos: en bienestar y productividad”.
Rolando Cordera subraya un dato: “Después de casi un cuarto de siglo de cambio estructural para la globalización (1985-2000), la desigualdad se mantiene como el signo distintivo de nuestra realidad social”. Y después sostiene una tesis: “los retos que la desigualdad le plantea a la democracia no pueden soslayarse con el pretexto de que la fase que hoy se vive es la de una recuperación del crecimiento y de consolidación de la democracia (…). El discurso democrático no se restringe al proceso de conformación y transmisión del poder constituido”.
Por su parte, el relativo optimismo de José Woldenberg (que yo leo como una creencia legítima en la capacidad de las instituciones electorales, avalada por la evidencia incontestable de la pluralidad arraigada ya en México por la vía de los votos), y que lo lleva a decir que en el sexenio de Fox “Las elecciones se desarrollaron de manera normal, fueron competidas, vivimos fenómenos de alternancia y puede afirmarse que se asientan como el método indiscutido a través del cual se pueden y deben ocupar los cargos de elección popular”, forma parte de un fraseo que debe matizarse (creo yo) por el hecho de que ese texto fue escrito antes del 2 de julio del 2006.
Ricardo Becerra, en cambio, tuvo la ventaja de escribir su capítulo después de esa fecha. Y escribe: “…hay un trasfondo que subyace a la aspereza del discurso de López Obrador, un encono y un rencor desencadenado no sólo por los instintos básicos de la izquierda bronca, sino por una historia odiosa que incluyó el intento del desafuero (…), la descarada impertinencia presidencial, la genialidad derechista promotora de las campañas para sembrar el miedo y la intromisión ilegal de la cúpula empresarial”. Sin embargo, el propio Becerra añade que “la izquierda se dispone a emprender un borroso trayecto dentro y fuera de las instituciones para la refundación taumatúrgica de… todo. Esa ruta, ese diagnóstico, representa la vuelta a la transición democrática” y es, agrego yo para resumir, un error lamentable, tomando en cuenta el enorme avance que tuvo esa izquierda, hoy agraviada, en las elecciones del 2006.
En suma: ninguno de los capítulos de este libro y en ninguno de los terrenos que toca (con excepción del escrito por Woldenberg) leemos buenas noticias. ¿Qué país, entonces, nos deja Fox? Este libro diría: en materia de medios, un oligopolio consolidado y consentido por el poder; en seguridad pública y justicia penal, un problema mucho mayor que el de hace seis años, sin diagnóstico y sin política pública definida; en cuanto al estado de derecho, algunos avances (las leyes de transparencia, la de combate a la discriminación y la del servicio profesional de carrera, quizás), algunos cambios menores en otras leyes puntuales, muchos pendientes y varias lecciones, tan lamentables como inocultables, de un mal uso de la legalidad ya negociada o ya puesta al servicio de los intereses políticos del gobierno; en la relación entre Congreso y Ejecutivo, la producción de muchas y nuevas leyes (eso sí), pero también el fracaso de las reformas más importantes (las que más hacían falta) y un uso perverso de los medios y la propaganda oficial en contra de la legitimidad del Congreso; además, y quizás sobre todo, una economía estancada, una relación más desequilibrada y tensa con los Estados Unidos, una sociedad más desigual y más pobre, un modelo de estabilidad sin destino y la ausencia de una verdadera agenda social del Estado. Y todo eso, tras un proceso electoral que distó mucho de la imagen ideal que teníamos hasta hace muy poco tiempo (esa imagen de las elecciones suecas del año 2000, como diría Becerra, parafraseando a Felipe González). Ese es, sin matices innecesarios, el país que, según este libro, nos deja Fox.
Sin embargo, este libro es también más, mucho más que una mera descripción o una crítica dura al gobierno que está por salir. Y esto es lo que más me interesa destacar en esta presentación. El conjunto ofrece datos de sobra para tener un diagnóstico, a un tiempo breve y bien escrito, de los problemas más importantes de México en este momento. Y es también, en buena medida, una reflexión compartida sobre las reformas que están urgiendo, en casi todos los frentes fundamentales de nuestra convivencia, para volver a tener instituciones que se precien de serlo: que sean reglas del juego respetables y respetadas, que generen certidumbre y que ofrezcan en realidad lo que nos prometen.
Puesto en positivo, el libro propone que el espacio público (ese que hoy está secuestrado por medios oligopólicos, partidos políticos y poderes fácticos), vuelva a ser realmente de todos. Propone el diseño de políticas públicas que de veras lo sean para enfrentar a la delincuencia, organizada e informal; propone reconstruir el derecho, no sólo como fuente de legitimidad sino como medio para obtener resultados que de otro modo serían imposibles; propone aprender de la experiencia de la pluralidad democrática, para que la convivencia y la relación entre poderes no sea una competencia de imágenes y bloqueos mutuos; propone recuperar el crecimiento económico de manera deliberada, convertir a la equidad social en la mayor prioridad económica (y aun política y ética) en los años que vienen; repensar nuestra relación con los Estados Unidos y afianzar en serio las instituciones políticas que nos hemos dado para dotar de sentido a la democracia, más allá de las disputas electorales. Y tras cada una de esas propuestas, el libro ofrece datos precisos, evidencias duras, análisis serios y bien fundados.
De modo que no es una revisión ligera, ni mucho menos agria, del sexenio de Fox. Bien visto, el título es más bien un pretexto para volver a pensar al país, aprovechando la coyuntura de fin de sexenio. Un buen pretexto, bien intencionado, honesto y sinceramente comprometido con la democracia que hoy parece estar sometida al jaque de un nuevo ciclo de dudas y desencantos.
Como apunta Sánchez Rebolledo, el coordinador de esta obra, en su introducción “hay en el conjunto de los ensayos algunos elementos comunes: la convicción de que el país requiere una profunda reforma política y moral, un cambio en la economía y un nuevo y decisivo impulso a la cuestión social, una visión no oligárquica de los medios y la libertad de expresión, nuevas ideas para combatir el delito, un Estado fundado en la legalidad y el reconocimiento del otro”.
Termino ya, con una última reflexión, muy breve: es ya evidente que el presidente Fox no fue el articulador del gran cambio que prometió. No supo o no quiso o no pudo leer el entorno político que le rodeó y fue claramente incapaz de cumplir las promesas que sin embargo le hicieron ganar los votos necesarios para llegar al poder. Pero yo me pregunto si esa incapacidad debe atribuirse al presidente, o si fuimos nosotros (todos nosotros) quienes leímos mal, creyendo todavía que la presidencia era lo que ya no es. Que tenía los medios, el poder, la legitimidad para impulsar todos los cambios, cuando en realidad ya no los tiene ni los tendrá más. Que, para ser francos, quizás no fue Fox (aunque también haya sido él) quien cometió los errores y calculó un capital político mucho mayor del que realmente tenía.
Quizás ya va siendo tiempo de que nos demos cuenta de que ningún presidente puede hacer mucho más de lo que hizo Fox. Que el cambio está en otra parte y que es mucho más complejo de lo que nos gustaría admitir: no sólo es una cuestión de personas; no es una modificación a estas leyes o a estas otras; una reforma aquí o allá a la Constitución; algunos acuerdos entre políticos. Es mucho más que eso: es en realidad el final de un ciclo completo de nuestra historia política y con él, de nuestras concepciones sobre el país y sobre las formas a las que nos habíamos acostumbrado. Creo que eso es lo que está en el fondo de todo esto: creer que podemos cambiar sin tocar raíz; que podemos reformar para hacer un poco mejor lo de siempre; y que desde el margen se puede hacer todo, es quizás el error más notable que revela este libro. Y ese no puede atribuirse solamente al sexenio que acaba en diciembre. Quizás ya va siendo tiempo de que nos demos cuenta del final de ese ciclo grande, mucho más grande, que rebasa con creces el periodo de seis años. Desde este punto de vista, Fox no sería una causa sino un síntoma. Y tal vez, le habría pasado lo mismo a cualquiera, incapaz de advertir que el Estado mexicano ya no puede seguir siendo el mismo.
Todo eso hay en esta obra de apenas 192 páginas, que se dejan leer muy bien y que, sin duda, vale la pena leer.