ene 31, 2012

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Ricardo Becerra Laguna

Ricardo Becerra Laguna

Periodista

Estudio la licenciatura de economía en la UNAM. Fue Consultor de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (1992 a 1994). Fue asesor del Consejo General del Instituto Federal Electoral (1994-96) y del Presidente del IFE, José Woldenberg, de 1996 a 2001.
Reportero y articulista en varios periódicos de circulación nacional (Uno más Uno, El Economista, Reforma y la Crónica de Hoy) y colaborador de revistas como Nexos, Economía Informa, Configuraciones, Voz y Voto, Universidad Futura y Voices of Mexico. Fue editor de la revista Arcana y es miembro del Consejo Editorial de Nexos.

Co-autor de varios libros en materia política y electoral, con José Woldenberg como “La reforma Electoral de 1996: una descripción general”; “Una reforma para la democracia”, “Así se vota en la república”; “Derecho y ética de la información”; “México y Chile: dos transiciones frente a frente”; “La financiación de los partidos en Ibero América” y “La mecánica del cambio político en México”, entre otros.
Premio nacional de periodismo 2004, por el guión de la serie “México: historia de su democracia” que obtuvo con José Woldenberg y Leopoldo Gómez. La serie obtuvo también el premio español Ondas de Ibero América en ese año.

Es coautor de los libros “Democracia, Transparencia y Constitución” y “Hacia una democracia de Contenidos”, “El derecho de acceso a la información en la Constitución Mexicana”. En el Instituto Federal de Acceso a la Información se desempeñó como Director General de Atención a la Sociedad y Relaciones Institucionales (2003-2008). Fue responsable del proyecto de reforma al artículo sexto de la Constitución de la República que convierte al acceso a la información en un derecho fundamental de los mexicanos.
En el Centro de Investigación y Docencia Económicas, fue coordinador del proyecto “La estructura de la rendición de cuentas en México” junto con el Doctor Sergio López Ayllón y el Doctor Mauricio Merino.

Actualmente es consultor del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo para la elaboración del marco institucional del acceso a la información en la República de Guatemala y consultor del Banco Mundial para la República de Honduras.
Es Presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática.

Cuando Grecia se convierta en México.

Ricardo Becerra Laguna
La silla rota. 26/09/2011

No falta mucho, en realidad. Si se fijan bien, si comparamos con rigor el país de Sófocles y sus tragedias están siguiendo una trayectoria muy similar por la que rodó México, si bien 29 años después.

Llega a un límite su modelo de crecimiento en buena medida por excesos gubernamentales, desorden financiero y bancario, deudas que crecieron exponencialmente y mucha corrupción. Por incorrecto que suene, todo eso no representaba ningún problema económico mayor, hasta que los famosos mercados cambiaron de humor como consecuencia de la crisis universal que ellos mismos generarón (desregulación mediante).

Goldman Sachs volvió a mentir y lo que hacía aparecer como endeudamiento público sostenible, de repente, resultó ser superior al 100 por ciento del PIB griego. Goldman cobró por su mentira y puso pies en polvorosa, dejando a los bancos europeos sobre todo alemanes- con la absoluta incertidumbre: ¿podránn pagar los griegos? Y para asegurarlo, zanahoria y garrote: pequeñas dosis de créditos de emergencia, contingentes les llaman, por parte del Banco Europeo y del FMI, con la condición de imponer violentos planes de austeridad. En respuesta, las familias helénicas han sacado de sus propios bancos 40 mil millones de euros el último año, lo que ha profundizado el cuestionamiento a la solvencia del país.

¿Qué ha hecho el gobierno desde hace un año y dos meses? De golpe, subir los impuestos; despedir a un millón 300 mil funcionarios; desaparecer un tercio de sus ayuntamientos; recortar al gasto público a toda velocidad incluyendo infraestructuras y servicios médicos-, vender empresas públicas y muy especialmente, rebajar los salarios. ¿Les suena conocido?

A México le corresponde el dudoso mérito de haber sido la primera nación en la historia, que aceptó recibir un préstamo del FMI, Banco Mundial y el Tesoro Norteamericano a cambio del compromiso explícito de llevar a cabo un catánlogo de “reformas estructurales. Tras la crisis de endeudamiento en 1982 se impuso no solo la fórmula de austeridad, no solo la obligación de pagar el principal y sus intereses, sino un programa ideológico y económico completo: privatización, reorganización del sistema financiero, disminución de barreras arancelarias y finalmente, contención salarial como “la llave para todo lo demáns .

Así entramos a nuestra moderna era del estancamiento hace 30 años- y es probable que Grecia esté inaugurando la misma historia, con un horrible catalizador: no tiene ese gran truco de compensación que ayuda tanto en esos casos: política monetaria, es decir, no tiene moneda propia.

Nosotros, al menos tuvimos la buena fortuna de usar a nuestro peso para que con su devaluación, ayudara a las industrias exportadoras (que no eran muchas) buscando abrirse paso en el mercado mundial. Con mucho mayor éxito, Suecia pasó por un vía crucis de shock, purga y austeridad en los noventa, pero lo hizo también con la inestimable ayuda de la devaluación de su corona, la que catapultó a una industria exportadora que de suyo, era ya diversa y madura.

Grecia no tiene, ni siquiera esa suerte. Atada como están a los mandatos del Euro, es decir a los mandatos del Banco Europeo (o sea de Alemania y Francia) su escapatoria de la crisis serán mucho máns lenta y dolorosa. En este año, el gobierno griego ha tenido que salir tres veces al balcón de las miserias para advertir a su pueblo y de pasada, a los bancos europeos- que sin ayuda exterior sólo le queda dinero para pagar en octubre la nómina de maestros y médicos. Dicho de otro modo: quiebra del Estado.

Pero Grecia no sólo no tiene moneda propia. Cuando la crisis mexicana de 1982, los principales centros financieros en Estados Unidos y Europa atravesaban un periodo de razonable normalidad y podían ofrecer dinero al paciente mexicano (a cambio de cesión de soberanía como ya vimos) pero lo peor de su tragedia es que su implosión ocurre justoahora, cuando los principales centros financieros del mundo atraviesan por sucesivas convulsiones crediticias y ellos mismos se hallan al borde de un abismo recesivo, con pocos recursos y menos ganas de prestar. Alemania que prestó con alegría a los griegos durante años sin importarle demasiado su caráncter ni su “responsabilidad, tampoco asume la parte que le toca en este drama.

¿Y si Grecia se declara en bancarrota y grita al mundo de una buena vez que no puede pagar los 420 mil millones de dólares (el 140 por ciento del PIB) que debe el Estado? ¿por qué no? Por el súbito aislamiento a que sería sometida, por su enorme dependencia energética y al hecho de que no produce siquiera los alimentos suficientes para su propio abasto. Un dilema que vivió México primero que nadie en la posguerra, y luego América Latina (Argentina máns dramánticamente, por dos veces), Tailandia, Rusia y ahora Irlanda, Grecia, Portugal y quizáns, España.

Los resultados de estas crisis, ya tan típicas de la globalización financiera han sido diversos, pero creo que a los griegos con todo y su pertenencia a la Unión europea, y si tienen suerte, les acabarán yendo como a los mexicanos, por esa doble mala suerte: no contar con política monetaria y no tener prestatario dispuesto asalvarla con un crédito fuerte, vasto, que le ayude a administrar en el tiempo el rigor del shock y el tamaño de la austeridad (¿en qué rayos están pensando el Banco Central Europeo?).

No es mi deseo para los griegos, por supuesto, pero con esos elementos sobre la mesa, Grecia se encamina a una depresión de varios años: con las mismas exportaciones valuadas en euros, menos salarios, mayor caída de la demanda, desempleo aún máns alto, ademáns de la completa pérdida de control sobre la dinánmica de la deuda pública, es decir¦ el escenario mexicano de los años ochenta.

Aquella crisis originaria, condenó a una generación completa de mexicanos a vivir en un mundo inestable, con salarios permanentemente bajos y en un virtual estancamiento económico del que todavía no podemos escapar. Así, y vistas las muchas repeticiones aquí y allán, es posible entonces que lo nuestro no haya sido una anécdota, un signo de la mediocridad mexicana, sino que el estancamiento a largo plazo de unos países sea la condición de este tipo de globalización, precisamente porque su mito, porque lo que cree importante, es la fantasía de que se puede pagar, se puede garantizar solvencia, se pueden trascender los problemas, sin resolver antes el crecimiento económico. El estancamiento es la condición de ese esquema alrevesado al que de todos modos, “castigan los mercados. Seguiremos con el tema

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