May 14, 2017

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Salario mínimo: La señal de una economía decente

Salario mínimo: La señal de una economía decente

Ricardo Becerra

La Crónica 

14/05/2017

Está ocurriendo algo impensable en otros tiempos, con reservas, esperanzador. Un Secretario de Hacienda, huesos y carne de la ortodoxia económica, hace unos días dio un tímido paso al frente y declaró: “La Secretaría tiene material y espacio para reflexionar sobre la pertinencia de subir el salario mínimo” (Reforma, 12 de mayo de 2017).

Antes (el 11), el líder de la CTM, Carlos Aceves del Olmo, declaró a los cuatro vientos en nuestra Crónica:

“…mantenemos conversaciones directas y permanentes con los representantes del sector privado, a fin de concretar de aquí al próximo mes, un incremento a los salarios mínimos… el anuncio final del incremento se daría antes del 20 de junio y la meta trazada por el jefe de Gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera, en el sentido de pasar de los 80.04 pesos diarios actuales a 92 pesos, podría incluso rebasarse”. ¡Bravo, muy bien!

Antes, el año pasado, Gustavo de Hoyos a la sazón, Presidente de la Coparmex, había consultado genuinamente con sus agremiados en todo el país, y su conclusión era más o menos avanzada, lúcida: para empezar, hay que ubicar al salario mínimo en el nivel de la canasta alimentaria (desayunar, comer y cenar) para el trabajador y un dependiente en la casa, lo que de un solo golpe, sacaría de la pobreza extrema a más de tres millones de hogares mexicanos.

Seguimos esperando a la renuente y perezosa Secretaría del Trabajo Federal y por supuesto, el petrificado Consejo Coordinador Empresarial, que encabeza el cantinflesco Juan Pablo Castañón.

Por fin —parece, sólo parece— nos acercamos a un cambio en serio. Pero para eso hacen falta un par de cosas: que la discusión del incremento (comprometido para las siguientes semanas) no gire en torno a porcentajes ni en torno a pesos o especulaciones cuantitativas, sino en torno a un objetivo crucial: nadie que trabaje en el sector formal de la economía mexicana puede ganar menos que la línea de la canasta alimentaria.

Y por lo tanto (dos): la discusión debe atender definiciones, principios, bases económicas y morales de lo que debe ser la percepción de aquí y hacia el futuro: un acuerdo social sobre lo que ocurre en el mercado laboral real.

Creo que en estos momentos de posibles definiciones, nuestra discusión debería escapar del burdo porcentualismo (10 por ciento, mejor 12, o sólo 5) y también debería sentar las bases para volver a entender el salario mínimo, como lo que debe ser: un precio que por definición se halla fuera del mercado, un precio moral, un precio que pone un límite a la sociedad y el mercado que queremos ser.

Por tanto, no es admisible que después de aceptar el gasolinazo (y el que viene), el alza a los tipos de interés, el incremento de muchos precios clave de la canasta alimentaria, la devaluación del peso, se diga “lo que de veras, de veras, constituye un riesgo, lo que descuadra a la macroeconomía, es un aumento de salarios”, la falacia mayor del modelaje, burdamente cocinado en el Banco de México.

Estamos ante la oportunidad de poner conceptos y principios en su sitio: ¿qué es y para qué sirve, para qué fue puesto en la Constitución, el salario mínimo?

En mi opinión la discusión tendría que ser mucho más relevante que el cálculo resultante de un “modelo predictivo” diseñado en asépticos gabinetes más o menos competentes, más o menos tecnocráticos y más o menos puestos sus pies en la tierra.

En primer lugar: el salario mínimo es la señal de que el mercado laboral formal, no producirá pobres, mucho menos, pobres extremos. Que vale la pena trabajar legalmente porque así se escapa de la más infame de las miserias: la que no te da, la que no te permite comer (acceder a la canasta alimentaria).

En segundo lugar: que el trabajo duro y honesto es la vía para salir de perico perro —no la delincuencia, el narcotráfico, las prebendas o los colosianos “programas sociales”—, no, es el trabajo propio en el mercado lo que posibilitará otro tipo de existencia en la sociedad.

Y finalmente, precisamente por todo eso, que nos quede claro por fin, que el salario mínimo no es un salario determinado por la “competitividad” ni por la “productividad”, como sí ocurre con otros muchos tipos de sueldos.

Pero el mínimo es otra cosa y de allí su enorme importancia: es el valor que la sociedad le ofrece a quien viene de más abajo, al peor calificado, al menos preparado, pero que opta por un trabajo honesto para salir adelante.

Por eso no hay que caer en el garlito de cálculos a modo y sofismas imposibles: el salario mínimo es un tema de la historia económica y de la civilización que como mexicanos, queremos —o no— edificar. Eso es lo que está en juego.

 

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