Ago 17, 2017

Enviado por en El debate público | 0 Comentarios

Shepard, una lectura abusiva

Shepard, una lectura abusiva

José Woldenberg

Reforma

17/08/2017

27 de julio murió Sam Shepard. Actor, prolífico autor teatral y de guiones cinematográficos, escribió también cuentos: breves, fríos, oscuros, ambiguos. Ahí está El gran sueño del paraíso (Anagrama, 2004).

Un hombre encuentra a su mujer viendo hipnotizada en la televisión El tercer hombre. Se trata de la última escena protagonizada por Joseph Cotten e Ingrid Bergman. Él comenta: “mira cómo caen esas hojas falsas en primer plano…”. A continuación se siente “estúpido por haber roto el clima emocional de la película”. “Ingrid Bergman sigue andando hacia la cámara con el mismo paso seguro. Tiene un andar genial, lleno de fuerza femenina: alta, erguida e independiente. Joseph Cotten enciende un cigarrillo y espera. Hay algo arrogante en su espera, algo muy masculino. Las hojas siguen cayendo en primer plano… Ella pasa sin variar el paso y desaparece, dejándolo solo con su cigarrillo. La arrogancia de él se esfuma. Mira el camino por el que ella se ha alejado. Hay una sensación reconocible de pérdida y ansia en sus ojos, los ojos de un perro de caza que parece que nunca duerme lo suficiente. De repente estoy dentro de la película sin saber muy bien cómo he sido seducido”. Fue necesario que dejara de pensar en las hojas falsas, las escaleras desde las cuales se lanzan, las máquinas de viento, el controlador de la intensidad y todos aquellos artificios que hacen posible la película, pero que escapan a la mirada de los espectadores. Y qué tan encandilado estaba el personaje o Shepard que confundió a Ingrid Bergman con Aida Valli (“Todos los árboles están desnudos”).

Se trata de dos formas de ver: una, llamémosle analítica, distante, escrutadora del revés de las cosas, y otra succionada por el encanto de la obra. Algo similar sucede con la política: los que en cada declaración descubren la tramoya y a los titiriteros, las costuras de los dichos, y quienes, extasiados, escuchan la neta, la verdad revelada; quienes en cada acción observan una jugarreta, un ajuste de cuentas, propósitos ocultos, y quienes, embriagados, ven promesas que los ilusionan e incluso ensueños realizados. Las dos pueden ser correctas, pero lo cierto es que muchos políticos y militantes tienen una visión “desde dentro”, han sido aspirados por la fuerza gravitacional de la política, mientras no pocos analistas se encuentran (nos encontramos) distantes, fríos, sin comprender del todo “el clima emocional” en el que se desenvuelve esa actividad.

Shepard, en otro cuento, dibuja un personaje que les ha dado la espalda a su mujer e hijos instalándose, enclaustrado, en una habitación para analizar revistas de caballos, ilusionado por comprar una yegua capaz de parir potros ganadores en las carreras. No come, no habla, se encuentra segregado de manera radical. Su ensueño enajenado lo hace perder contacto con el mundo y es precisamente su delirio -ganar grandes cantidades de dinero en las carreras- lo que lo separa del resto de los mortales. (“El perseverante”). Hay un imán potente, encantador y excluyente en todas las causas monotemáticas. En política los hombres no suelen aislarse (y si lo hacen salen en automático de ella) sino agruparse. Pero cuando la vida se reduce a la política en su sentido más estrecho, como el hombre encerrado, se tiende no solo a disminuir el campo de visión sino a perder de vista lo amplio y complejo de eso que llamamos vida en sociedad. La política ensimismada, sin puentes con la cultura, las artes, la ciencia, tiende a adelgazarse hasta convertirse en una actividad autorreferente. Todo lo demás pasa a un plano insignificante, ya que solo una cosa importa y a ella se subordina todo lo demás. No es extraño pues el aislamiento -si se quiere relativo- de no pocos de sus practicantes.

Existe otro peligro. En “Un trozo del muro de Berlín”, Shepard exhibe a una niña que afirma que su padre “no sabe nada sobre los (años) ochenta”. Le pregunta, para una tarea escolar, sobre la caída del Muro de Berlín, y “dice que no se acuerda de nada: ni coches, ni peinados, ni ropa, ni música, nada de nada”. Lo único que resuena como un eco es que en esos años conoció a su mujer y nacieron sus hijos. “Cuando le digo -cuenta la niña- que el trabajo no puede ser sobre historias personales me dice que qué más hay en la vida”: solo historias personales… Una autorreclusión en el mundo privado para la cual carece de sentido toda actividad pública.

Se ha cerrado los comentarios