Mar 3, 2016

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Tlatoani Independiente

Tlatoani Independiente

María Marván Laborde

Excélsior

03/03/2016

La decepción hacia los políticos tradicionales y el enojo acumulado en contra de los partidos políticos han provocado que para el 2018 muchos apuesten por las candidaturas independientes como solución a nuestros peores problemas.

La fascinación que solemos tener los mexicanos por los caudillos, la búsqueda incesante de un huēy tlatoani (gran gobernante) quizá la heredamos del mundo náhuatl; tal vez la perfeccionamos gracias a López de Santa Anna y Porfirio Díaz; probablemente los años del partido hegemónico reforzaron nuestra fe en un presidente-dios. Lo cierto es que, casi como maldición, seguimos buscando un superhéroe que nos rescate.

Hoy una buena parte de la población voltea a ver al candidato independiente (así en singular) como al único posible salvador de nuestro país. La sociedad civil (también así en singular) deberá encontrar al huēy tlatoani que ha de salvarnos de las cadenas con las que los partidos políticos han amarrado a los ciudadanos.

Escribo este texto a partir de la lectura del artículo publicado por Jorge G. Castañeda en la revista Nexos de febrero, Por una candidatura independiente única; confieso no haber leído el libro y creo que mi curiosidad ha quedado satisfecha.

Castañeda nos invita a hacernos cuatro preguntas que copio textualmente a fin de no tergiversarlas. “¿Es deseable que aparezca en la boleta presidencial por lo menos una candidatura independiente? ¿Se debe organizar la sociedad civil para construir un proceso del cual emane una candidatura única? ¿Se desea participar en ese proceso? ¿Se está de acuerdo en que urgen reformas puntuales que comiencen a desmantelar nuestro régimen partidocrático y pulverizador, con una agenda ciudadana como la que se ha resumido hasta aquí?”

El autor espera que a todas y cada una de ellas la sociedad civil conteste con una sola voz: sí, sí, sí y sí. Busca consenso, anhela unanimidad, desea que la  única disidencia provenga de los partidos políticos.

Me parece difícil contestar si es deseable, por sí mismo, que aparezca en la boleta presidencial una candidatura independiente. Todo depende de quién fuese propuesto(a). En 2015 el payaso Lagrimita compitió por la presidencia municipal de Guadalajara ¿aportó algo al saneamiento de la política? ¿fue capaz de hacer  una sola propuesta de gobierno valiosa? Categóricamente no.

La segunda pregunta me parece la piedra angular de su argumento. No pregunta qué es deseable, cuestiona si es deber de la sociedad civil organizarse en torno a una candidatura única. Dos elementos cruciales del argumento me preocupan, primero la definición de las obligaciones de la sociedad civil ¿en qué código estarán escritas?, ¿quién las determinó?, ¿cómo se convirtieron en un imperativo categórico de corte kantiano? Segundo: la concepción de la sociedad civil como un todo orgánico e impoluto.

La aspiración a una sociedad civil única, uniforme, que acuerda una plataforma única y se aglutina alrededor de una gran figura (asumo, una figura carismática) niega a la propia sociedad civil porque no le reconoce su esencia plural. La sociedad civil se organiza en la diversidad, tiene fuerza en su multiplicidad, es democrática en un infinito número de asociaciones, clubes, grupos de interés, movimientos, etc.

La sociedad civil es multiforme e incongruente por definición. En ella caben las organizaciones feministas, y sí, también las machistas; tanta validez tienen los grupos que luchan por el derecho a decidir, como Pro Vida. El mismo mérito tienen asociaciones pacifistas, como quien defiende el derecho a portar armas. Todas conviven y debaten en el mismo espacio público.

Esta diversidad irreductible es precondición de una sociedad democrática que se reconoce en el pluralismo. Por ello esta segunda pregunta no debe responderse afirmativamente, inclusive puede calificarse de falaz.

Si bien tiene razón Castañeda cuando apunta el descrédito e incapacidad de la partidocracia para construir alternativas políticas atractivas, su argumento poco difiere de quienes condenan las candidaturas independientes por prejuicio o interés. El maniqueísmo es polarizante y casi siempre suma dos errores, uno en cada extremo del argumento.

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