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El debate público

Un muchacho en Lecumberri

 

 

 

Raúl Trejo Delarbre

La Crónica

22/10/2018

 

Los días y los años es un clásico de la literatura política mexicana. Lo escribió, en la cárcel, un muchacho de 26 años. La ­narración de Luis González de Alba fue uno de los primeros testimonios comprensivos, en el que además de un recuento de los hechos principales se ofrecen líneas de análisis para entender los méritos y errores del movimiento estudiantil de hace medio siglo. Sus compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras lo habían designado para que los representara en el Consejo Nacional de Huelga. Durante el movimiento ganó tanta autoridad que fue uno de los tres dirigentes que participaron en las fallidas conversaciones con el gobierno antes de la noche de Tlatelolco.

Esta novela-testimonio fue publicada por Editorial Era en febrero de 1971. Tan sólo ese año tuvo seis ediciones de 4 mil ejemplares cada una. En 1986 la SEP la incluyó en la colección Lecturas Mexicanas en la cual al parecer publicó 100 mil ejemplares. El autor llevó el libro, con ligeras correcciones, a Editorial Planeta que lo editó en 2008 para los 40 años del movimiento estudiantil. Cal y arena lo acaba de publicar en coincidencia con las cinco décadas.

Hay motivos para suponer que tendrá nuevos y siempre interesados lectores. Ahora que he vuelto a leerlo, 47 años después de haberlo hecho por primera vez, encuentro en este libro de González de Alba una frescura y una intensidad narrativas muy vigentes y que acompañan a una reconstrucción cuidadosa de aquel movimiento estudiantil.

Los muros de Lecumberri delimitan el espacio, y las esperanzas, del entonces estudiante de Psicología aprehendido durante la balacera del 2 de octubre de 1968. El relato comienza con una aterradora descripción del asalto que sufrieron los presos políticos la última noche de 1969 por parte de presos comunes a los que soliviantaban las autoridades del reclusorio. La sordidez de la prisión se acentúa después de la golpiza y el saqueo que sufren Luis González de Alba y docenas de sus compañeros. Más allá de episodios como ése, la vida en la cárcel es llevadera gracias a la comunidad que han formado esos presos, a pesar de sus diferencias políticas.

Las de González de Alba con sus compañeros de celda son charlas como las de cualquier grupo de muchachos, con bromas y pequeñas rencillas, con la diferencia de que esos jóvenes fueron encarcelados como resultado de una venganza política del gobierno, los golpearon y torturaron, los acosaron incluso dentro de la prisión y estaban sometidos a sinuosos procesos judiciales sin saber cuántos años permanecerían encarcelados.

La narración de esa cotidianidad en Lecumberri se alterna con el recuerdo del movimiento estudiantil, desde las manifestaciones del 26 de julio hasta la represión en Tlatelolco y luego el penoso levantamiento de la huelga estudiantil. Allí aparecen la miga política de las demandas que no pedían sino libertades democráticas y que con una exigencia así de elemental enfurecieron al presidente Díaz Ordaz, el sometimiento de una sociedad desacostumbrada a las marchas en las calles y a discrepar abiertamente del poder político, la solidaridad heroica de miles de familias que alojaron en sus casas a los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga cuando eran perseguidos.

Junto a tales luces del movimiento, González de Alba reconoce sombras: los esfuerzos más bien candorosos para acercarse a grupos de trabajadores industriales, la confianza de aquellos jóvenes que durante el movimiento se negaban a creer en un desenlace tan violento como el que luego padecieron, la catarsis que implicaba mentarle la madre al presidente durante las marchas callejeras aunque al mismo tiempo le exigían que dialogara con ellos, las indecisiones y tardanzas para aceptar la interlocución con el gobierno, son parte de esas anotaciones que configuran una autocrítica difícil y valiente. La exigencia para que el diálogo fuera público, más que las demandas específicas, entorpeció y quizá impidió la negociación. Mientras tanto la policía agredía a estudiantes, el Ejército ocupaba escuelas, “se vivía un ilegal estado de sitio no declarado”.

En su critica retrospectiva, González de Alba recuerda las sospechas sobre algunos dirigentes y las traiciones de quienes luego se supo que colaboraban con el gobierno, así como la imprudencia de la mayoría de los miembros del CNH que el 2 de octubre, aunque habían acordado no presentarse allí porque era posible que los detuvieran, acudieron a la concentración en Tlatelolco. Desde luego en estas páginas aparece el horror de aquella noche, apuntalado en sus recuerdos y los de varios de sus compañeros presos (especialmente Pablo Gómez y Miguel Eduardo Valle). Él mismo recuerda que, en medio de las sombras en el Campo Militar a donde lo llevan, encontró un gesto de bondad en el joven soldado que le consiguió una cobija.

Si desde los días del movimiento se advertían modos distintos de hacer política entre los dirigentes cercanos al Partido Comunista y aquellos que, como González de Alba, no lo eran, ya en la cárcel las reuniones políticas mantienen esas diferencias. Después de la represión del 2 de octubre, los comunistas propusieron el retorno a clases en tanto que el núcleo central de la dirección del movimiento rechazaba esa posibilidad. El autor también ­recuerda los recelos que la dirección estudiantil tenía respecto del Rector de la UNAM, pero en el balance final reconoce el arrojo político del ingeniero Javier Barros Sierra.

Aunque se refieren a momentos intensos del movimiento estudiantil (marchas colmadas de regocijo y confianza, mitines de alocuciones vehementes y demasiado retóricas, asambleas innecesariamente extensas y a la postre inútiles, tortuosos pero indispensables cónclaves entre los principales dirigentes) el lector nunca pierde de vista que las estampas de González de Alba son escritas en la cárcel. A cada instante el ambiente del penal condiciona y limita el estado de ánimo del autor. Más allá de la natural desazón de quien se sabe preso como resultado de una gran injusticia y sin perspectivas claras para que lo liberen, González de Alba manifiesta un extraordinario ánimo para no dejarse abatir por el encierro. Cuando contempla un rosal en el patio del penal mientras a lo lejos escucha las notas de “Amapola”, se siente arrobado por “una extraña sensación de ausencia. Al mirar arriba podría estar flotando fuera de este patio, lejos de ‘Amapola’, de esta luz mortecina”.

El autor está lejos de idealizar su aislamiento. Explica más adelante que “por una especial complacencia hago más doloroso este instante observando cada objeto, cada mancha en la pared, cada cuarteadura en las lozas, los cables de la azotea dibujados contra el cielo frío y movidos por el viento: todos los detalles que son únicos, irrepetibles, inaccesibles y que seguirán aquí cuando para mí ya sólo sean un recuerdo”.

Aquel muchacho preso se aferra de los detalles cuando, para saberse libre a pesar de las rejas, observa con meticulosidad, rememora con aflicción y se redime mientras piensa en “los pequeños actos que acompañan a estos ruidos que ahora llegan tan claros y que han pasado a ser los verdaderos recuerdos”. Sin extraviarse en la fantasía, construye imágenes de libertad que lo ayudan a sobrellevar el encierro como cuando se supone en Alejandría, a la manera de personajes de Lawrence Durrell. Desde su celda mira el cielo y se entusiasma cuando alcanza distinguir la Osa Mayor. En otra ocasión queda abatido cuando, al voltear al cielo recortado en la ventana, recuerda a Óscar Wilde acerca de “ese cuadrito azul que es el cielo de los presos”.

El recuerdo en la cárcel es recurso de libertad pero también una herida siempre abierta. Al finalizar Los días y los años, González de Alba rasga las cuerdas de la memoria con gran contundencia narrativa:

“Y ahora, en la sombra rodeada por murallas donde no puede una rosa de seda caer sin ruido en un montón de pétalos porque las ratas corren como envenenadas entre los papeles que el viento levanta en el patio y sólo hay silencio, tu casa, las madrugadas frente a los cristales, el olor suave de tu abrazo, la bandera a media asta en una mañana de julio, el Zócalo cubierto de antorchas y banderas, el auditorio de Física donde se reunía el Consejo, el de Medicina después, los delegados siempre en los mismos asientos, la mañana de las pláticas, el cuarto de baño, el agua tibia, los ruidos de la calle a las ocho cuando empieza el otoño, los árboles rojizos, el agua en las fuentes, el tapiz, las campanadas, el barco en la bahía, el color de tu pelo…” y así continúa durante una página para concluir: “el color que nunca antes vi igual, el olor a sal, tus manos en mis hombros, la calle recorrida a todas horas, son ya esa cicatriz”.

Aquel muchacho recluido en Lecumberri tenía 26 años cuando escribió esas líneas. El gobierno de entonces laceró su esperanza pero no la libertad de pensar, decir, escribir, imaginar, desear. Luis González de Alba fue siempre dueño de sus opiniones y sus acciones, cada día, hasta el último de ellos.