Un balance informado y necesario
Adolfo Sánchez Rebolledo (comp.): ¿Qué país nos deja Fox? Los claroscuros del gobierno del cambio, Norma Editorial, México, 2006, 192 pp. Llegó el fin oficial del sexenio de Vicente Fox. Ha caído el telón y la función terminó. El presidente se va de regreso al rancho pensando que hizo lo mejor posible dadas las circunstancias. Pero los ciudadanos se quedan aquí. Algunos complacidos. Los más, quizás, decepcionados. Preguntándose –cómo lo hacen los autores de ¿Qué país nos deja Fox? Los claroscuros del gobierno del cambio-- qué pasó, qué salió mal, donde se tropezó Vicente Fox y cuando le metieron el pie. Empeñados en entender por qué deja un sexenio de claroscuros y también un país dividido tras de sí. Empeñados en averiguar qué en ámbito tras ámbito, el candidato del cambio con frecuencia no pudo aprovechar una oportunidad histórica que el país le dio.
El propio presidente Fox se acostumbró a exaltar sus éxitos negativos. El país en el que no hay censura, ni devaluación; donde no hay crisis macroeconómica ni represión. El lugar donde el gobierno se evalúa en función de los fracasos evitados en vez de los éxitos conquistados. Vicente Fox celebra los obstáculos contra los cuales no ha chocado y no los que ha logrado desmantelar. Mide su gestión con la vara comparativa del pasado e invita a los ciudadanos a hacerlo también. Ya no habla del “oro y el moro” que prometió, sino del que no se ha robado. Repite una y otra vez que las cosas no han salido tan mal. Al menos no ha habido una crisis económica, al menos hay un Seguro Popular, al menos no soy un rey o un dictador. Al menos he salido más o menos ileso, se dice por las noches antes de acostarse.
Eso diría. Pero el magnífico libro que lo evalúa presenta un retrato más complejo y seguramente más fiel. Artículo tras artículo, la colección compilada por Adolfo Sánchez Rebolledo, revela quién es en realidad Vicente Fox. Un hombre decente pero limitado; un presidente con buenas intenciones pero malos instintos políticos. Detrás de una candidatura eficaz hay un hombre que quiere ser presidente de México pero no está preparado para ello. Que sabe cómo vender pero no sabe cabalmente cómo gobernar. Que ingresa a la política pero que en algún momento confesó que en realidad “no es lo suyo”. Que convierte a la popularidad en termómetro de su gobierno pero no la arriesga para tomar decisiones difíciles. Quiere llegar a Los Pinos pero no tiene ni el temperamento ni la vocación ni la habilidad necesaria para estar allí. No le gusta la confrontación, no le gusta la negociación, no le gusta el lado oscuro del poder y lo que exige.
A él lo que le gusta es viajar, saludar, hablar, sonreír, promover. A él lo que le gusta es la parte pública y ceremonial de la presidencia, más no la toma de decisiones duras que entraña. A él lo que le gusta grabar “spots” promocionales pero no tomar medidas confrontacionales. Quiere gobernar a México con una sonrisa y eso no basta. La transición necesita y exige más que el presidente habite el país imaginario que sólo existe en su cabeza. Y esa especie de autismo presidencial explica la paradoja a la que se refiere Adolfo Sánchez Rebolledo en el prólogo: el conservadurismo del gobierno del cambio. La pretensión presidencial de que México es ya “una democracia común y corriente”, en la cual se encuentra asegurada la continuidad y el rumbo de la economía está bien y definitivamente trazado. A raíz de ese diagnóstico, Fox ni transforma lo que queda del viejo régimen ni inicia la renovación que el país espera.
Y sin duda Fox tiene logros que el libro documenta. El IFAI y el Seguro Popular y el Programa Oportunidades y la Ley Para Prevenir y Eliminar la Discriminación, y la alternancia electoral a lo largo del sexenio que tan bien describe José Woldenberg en su texto. Pero esos logros van acompañados de los errores y vacíos que determinan su presidencia. Los “headhunters” y el gabinete de extraños que arman; los 15 minutos que quiere dedicarle a las paz en Chiapas y el año entero que desperdicia centrando su atención allí; el activismo incontrolable de su esposa y el daño que le hace; la apuesta a la popularidad presidencial y lo políticamente irrelevante que es en un sistema donde no hay reelección legislativa; el desafuero y todas las secuelas negativas que el país aún padece por su instrumentación. Todo eso reduce sus márgenes de acción; todo eso encoge las fronteras de lo posible en su presidencia; todo eso lleva a que sus logros palidezcan frente a lo que pudo haber sido.
Para lidiar con las demandas del gobierno dividido, como lo sugiere Jacqueline Peschard, Vicente Fox intenta gobernar mediante la estrategia de “ir al público” (“going public”); brincando por encima de las élites políticas para convencer a la población en general, usando su personalidad para generar popularidad. En vez de encerrarse a negociar con interlocutores necesarios en el Congreso, el presidente delega esa responsabilidad. En vez de fomentar la movilización vía los partidos políticos, el Presidente apela a los medios. En vez de trabajar dentro de las instituciones, el Presidente salta por encima de ella. Su presidencia es mediática y pública; hace uso de la imagen y la comunicación para hablar directamente con el círculo verde en vez de tratar de convencer a sus representantes en el Congreso.
Vicente Fox inaugura una nueva manera de hacer política en México, basado en las técnicas que utilizó durante su campana presidencial, incluyendo el uso de encuestas, el procesamiento de datos, el manejo de imagen y la mercadotecnia. Cree que la promoción exitosa de su figura y de sus políticas producirá victorias legislativas. Pero la ausencia de ellas revela que el uso de las relaciones públicas para determinar el éxito presidencial es fundamentalmente incompatible con la negociación, y sin ella, el Congreso no responde a las demandas del presidente. Finalmente, ese estilo peripatético y público que le permite a Vicente Fox ganar la presidencia se vuelve contraproducente para la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo. Un Congreso resentido y relacitrante obstaculiza la agenda reformista del presidente a cada paso.
“Going públic” es una estrategia de liderazgo presidencial que funciona exitosamente dentro de las democracias consolidadas, sin embargo no es tan efectiva en sus contrapartes incipientes. Brincar por encima de las cabezas de los partidos –para influir directamente en la opinión pública– funciona de manera eficaz en países donde los representantes electos responden a las demandas de quienes habitan sus distritos electorales. Pero en México, donde los congresistas no pueden ser reelegidos, y sus destinos dependen menos en la voluntad del electorado y más del Comité Ejecutivo de su partido, “going públic” exacerba problemas en vez de resolverlos.
“Ir al público” no logra resolver el problema estructural al que el gobierno de Vicente Fox se enfrenta durante la primera mitad de su sexenio: México tiene un sistema presidencial de gobierno en el que los poderes del presidente están acotados cada vez más por un gobierno dividido. Esta combinación crea retos sin precedentes en el ámbito político y económico, y lleva a la postergación de reformas pendientes. Un presidente popular pero débil, enfrentado a un Congreso recalcitrante y dividido, resulta ser una receta para la parálisis gubernamental.
Parálisis que predomina no sólo en el Congreso. El sexenio dibuja, y así lo sugiere el libro, “un claro predominio de decisiones coyunturales montadas en reacción a presiones sociales”. Como explica Ernesto López Portillo, Fox se va del cargo tal y como llegó: sin un modelo de interpretación y gestión de la inseguridad, el delito y la violencia. Como escribe Lorenzo Córdova, la impericia política del gobierno en el caso de Atenco provoca que se legitime el argumento de que la ley no sirve pero la violencia sí, mientras que el desafuero demuestra que bajo las vestiduras del Estado de Derecho, prevalecen los intereses políticos.
Y el resultado de esta administración de la inercia es Andrés Manuel López Obrador. El movimiento contestatario y confrontacional que AMLO ha logrado armar existe –en alguna medida– por todo aquello que Vicente Fox tendría que haber hecho y no hizo. Por todo lo que tendría que haber atendido e ignoró. Por todo lo que tendría que haber empujado y postergó. La necesidad de renovar el andamiaje institucional, en vez de sólo aplaudirlo. La necesidad de reformas que permitieran la construcción de mayorías legislativas estables, en vez de la apuesta a la colaboración ad hoc con el PRI. La necesidad de reformas que fomentaran la competencia en sectores cruciales, en vez de obstaculizarla como ocurrió con la ley Televisa cuya historia cuenta tan bien Raúl Trejo Delarbre. La necesidad de enfrentar a actores atrincherados en el mundo sindical, en vez de fomentar acuerdos subrepticios con ellos y después pagar el precio por ello. La necesidad de comportarse como el presidente de todos, en vez de actuar a lo largo de la campaña, como el principal porrista del PAN. Vicente Fox odia a Andrés Manuel López Obrador pero ha contribuido a su existencia.
López Obrador es un síntoma de los esfuerzos fallidos de México por modernizar de manera profunda su sistema político y las reglas del juego económico. Esfuerzos llevados a cabo de manera equívoca, que desembocan en las privatizaciones que transfieren monopolios públicos a manos privadas. Esfuerzos que concentran los beneficios de las reformas económicas en un manojo de empresarios en vez de empoderar a los consumidores. Una modernización a medias con malos resultados que Ciro Murayama describe en su capítulo: una economía que no crece lo suficiente, una élite empresarial que no compite lo suficiente, un modelo económico que concentra la riqueza y no distribuye bien la que hay. Como resultado, 40 millones de mexicanos viven con 40 pesos al día o menos. Allí está esa desigualdad desgarradora de la cual se ocupa Rolando Cordera en su colaboración.
No sorprende entonces que López Obrador haya recibido el apoyo que recibió en la elección del 2006. Es un político providencial creado por un sistema político disfuncional. Existe por todo lo que la clase política y empresarial tendría que haber hecho durante el sexenio de Vicente Fox: crear oportunidades reales para mexicanos comunes y corrientes mediante la reforma de lo que el Premio Nobel de Economía Jospeh Stiglitz ha denominado “crony capitalism” –el capitalismo de secuaces. No lo hicieron y la persistencia de los privilegios en múltiples sectores explica por qué el mensaje de López Obrador tuvo resonancia entre 14 millones de votantes. Es como si hubiera confrontado al país con un espejo enterrado en el cual México miró su propio reflejo: la imagen de la desigualdad, el perfil de la pobreza profunda. Y esa brecha constituye el verdadero peligro para México. Quizás por ello, más que criticar al hombre –cosa que hace y con razón Ricardo Becerra en su capítulo– el país debería criticar las condiciones que lo crearon. Hay demasiados mexicanos para quienes el statu quo no funciona. Hay demasiadas personas que buscan la transformación profunda de un país que históricamente los ha excluido, o los ha obligado a cruzar la frontera en busca de la movilidad social que no encuentran en su propio país.
La remodelación institucional será crucial para resolver estos y otros problemas pendientes que Fox deja en Los Pinos. Porque lo que deja claro el libro –a través de múltiples miradas críticas-- es que el adelgazamiento del Estado en los años ochenta y noventa no ha sido acompañado por un proceso paralelo de reconstrucción institucional, más allá del ámbito electoral. Que la privatización no ha traído consigo la tan proclamada transparencia en las transacciones económicas. Que el viraje hacia la liberalización económica no ha remediado las disparidades dramáticas en el ingreso ni la desigualdad social. Que el debilitamiento del control estatal sobre las fuerzas de seguridad le ha abierto el campo al crimen y a la corrupción. Al final del gobierno de Vicente Fox, México es sin duda un país más plural, una sociedad más informada, una economía más abierta. Pero no es un lugar más justo ni más seguro. De hecho, es una casa dividida.
Reconciliarla consigo misma requerirá cambios que incluyan el tránsito a un sistema semi-parlamentario o algún otro arreglo institucional que permita la construcción de mayorías legislativas estables. Requerirá una nueva ronda de reformas electorales para reducir el tiempo de las campañas y lo que se gasta en ellas. Requerirá confrontar a los sectores privilegiados y a los intereses enquistados en sectores clave de la economía. Requerirá instrumentar políticas sociales innovadoras y agresivas. Y requerirá convencer a una población cada vez más escéptica en torno a las reformas estructurales pendientes y su necesidad.
Para romper ese ciclo histórico que mantiene a México maniatado –más allá de lo que ha hecho o no ha hecho Vicente Fox- harán falta reformas. Reformas que eduquen ciudadanos y les provean de mayores vías para la movilidad social, que creen procesos eficaces de toma de decisiones en un gobierno dividido, que desmantelen los cuellos de botellas en la economía que inhiben la competitividad, la innovación y el crecimiento. Si esas reformas no ocurren pronto, México estará condenado a cojear de lado en vez de correr de frente. Estará cada vez cada vez más marginado de los mercados globales por países como India y China. Y seguirá siendo un país gobernado por presidentes –malos o peores, con más oscuros que claros– que le dan cosas a la gente en vez de empoderarla; que venden una imagen en vez de una realidad. Si esas reformas no son instrumentadas por quien remplaza a Vicente Fox, México estará condenado a vitorear a su siguiente presidente para, seis años después, terminar desilusionado con él.