Un texto aleccionador
18 de octubre de 2006
El libro que nos ofrece Adolfo Sánchez Rebolledo y los autores de los nueve excelentes ensayos que lo integran, enjuician con rigor la herencia de claroscuros del Presidente Fox y en más de un sentido el legado del neoliberalismo en México.
En el año 2000 se elogió incansablemente un hecho inédito en setenta años, la alternancia política, como puerta ancha a la democracia, como la respuesta a los anhelos ciudadanos de participación política sin cortapisas y como medio de formar una sociedad menos desigual e inequitativa y de alcanzar por añadidura el desarrollo sostenido. Al poco andar muchas de las ilusiones se desvanecen casi del todo.
Con acierto, el neoliberalismo mundial tomó prestados los ideales de la libertad y la dignidad individuales para imprimirles un nuevo giro. En su visión, esos valores no sólo están amenazados por dictaduras o gobiernos autoritarios, sino por todo intervencionismo estatal que desplaza el privilegio individual de escoger por decisiones colectivas impuestas. En el dominio económico, el neoliberalismo supone que el bienestar de la población depende de la liberación plena del nombre económico, inmerso en un marco institucional de derechos de propiedad indisputados, mercados y comercio exterior sin restricciones; entorno que, de ser necesario, han de crearse, imponerse y defenderse como la función primordial del Estado.
La implantación del neoliberalismo en México causó devastación institucional. Mucho se destruyó, poco nuevo se erigió. No sólo destruyó para bien el presidencialismo hegemónico e instauró un sistema electoral más transparente y democrático ‑‑como afirma con razón Woldenberg‑‑, sino también se amplió el ámbito de las libertades políticas y de su expresión pública. Pero, acaso para mal, llevó a ceder gratuitamente buena parte de la soberanía económica, a suprimir, sin reemplazo, casi todos los instrumentos de la política estatal de fomento, a destruir empresas industriales y agrícolas al someterlas sin preparación a la competencia de los mejores productores mundiales; a abandonar los objetivos del empleo y, en consecuencia, el meollo de políticas públicas de carácter social. Además, según Jacqueline Peschard, la dispersión del poder en los cuerpos legislativos, que ya se percibía desde el gobierno de Ernesto Zedillo, emponzoñó las relaciones entre poderes y partidos políticos. No se llegó a registrar parálisis legislativa, pero los despliegues comunicativos y de otra naturaleza de la presidencia, estorbaron la formación de los acuerdos necesarios y, en cambio, lograron desprestigiar al congreso y a sus integrantes.
Las consecuencias económicas y sociales están a la vista. El crecimiento económico se ha diluido y se ha tornado errático, el mercado de trabajo padece la peor debacle histórica, como destaca con verdad Murayama. Los efectos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte podrían agotarse paulatinamente al no tomar ventaja del redespliegue productivo a escala universal ‑‑que explican buena parte del auge de los tigres asiáticos, China y la India‑‑, ni de los enormes superávit comerciales de México con los Estados Unidos (casi 65 mil millones de dólares). Entonces, lo que va quedando del TLCAN son los costos, las limitaciones a la autonomía de nuestra política económica, subrayados por Federico Novelo Urdanivia.
En el terreno social, México sigue siendo un país de pobres que envejecen, un país de ingresos altamente concentrados, problemas a los que sólo se aplican paliativos. Y sin embargo, ambos fenómenos, y el de la informalidad, critica Cordera en un magnífico ensayo, “no forman parte de las preocupaciones centrales de la sociedad, de los partidos y del mismo Estado”. Las políticas sociales son residuales, tienen por función mitigar los efectos nocivos de las acciones económicas sobre los ciudadanos.
Frente a la debacle económica y la social, habría resultado verdaderamente milagroso que la lucha contra las lacras sociales de la inseguridad, del crimen y del narcotráfico, hubiese resultado exitosa. Desde hace tiempo, como ha ocurrido en otras latitudes latinoamericanas, las bandas delictivas vienen creando un estado, dentro de otro estado. La impunidad toma carta de naturalización, afirma Ernesto López Portillo, cuando “nueve de cada diez delitos quedan sin castigo”. Por eso, pese a “avances en brindar a los ciudadanos mecanismos de garantía de sus derechos y de control de los órganos del Estado”, no han desaparecido, en opinión de Lorenzo Córdova, “las tentaciones de instrumentalizar el derecho a conveniencia de los intereses políticos, dejando pendiente la consolidación del Estado de Derecho”.
El desafío evadido por el gobierno foxista, en palabras de Sánchez Rebolledo, consistió en no imprimir “contenidos democráticos a la relación entre política y derecho, entre economía y desarrollo social, entre cultura política y participación ciudadana… se hizo mucha mercadotecnia, pero poca política”. Se “Gobernó pensando en los círculos del poder para no enfrentar los problemas más álgidos”. Por eso, Trejo Delarbre, señala que “Fox vio con tanta condescendencia los requerimientos de las empresas de comunicación más importantes que acabó por estar al servicio de ellas”. De ahí la Ley de Radio y Televisión.
Parafraseando a Becerra, no sólo el PRI, también Fox, fue despojado de la oferta de seguridad con estabilidad por Calderón. Y López Obrador le arrebató la conexión esencial con el mundo empobrecido y popular de México. Ambos, López Obrador y Calderón quizás procuren la invención de realidades, sin embargo, en los hechos, más parecen exhibidores de lacras sociales desatendidas secularmente pero vistas desde distintas perspectivas.
La idea del cambio que tanto sirviera a Fox en su campaña presidencial para deslindarse de la ideología y procedimientos priístas, pronto fue abandonada en el diseño de las políticas públicas. En efecto, se persistió en abandonar el crecimiento para suscribir a cualquier costo la meta de abolir la inflación, sin importar sus consecuencias distributivas y en el empleo. La austeridad monetaria y fiscal se hizo permanente, sin importar la fase del ciclo económico en que se encontrase el país. En vez de alentar la reforma al sindicalismo corporativista a fin de convertirlo en fuerza equilibradora del poder empresarial, se buscó simplemente debilitarlo por los más diversos medios, incluso el de dejar se ahondasen los desequilibrios del mercado de trabajo.
En términos generales cabe añadir que el ensayo neoliberal en el mundo y en nuestro país, se ha enderezado a restablecer el poder de las elites económicas, poder erosionando por las estrategias keynesianas o desarrollistas, los impuestos progresivos y la intervención estatal en la producción y en la distribución. En el fondo su prédica ideológica se dirige a restar fuerza política tanto a los trabajadores, como al Estado, a fin de que el imperio del mercado devuelva autoridad e influencia a los grandes actores económicos. Ahí están para probarlo, la batalla de retaguardia que libran los Estados Benefactores Europeos, frente a la globalización; la erosión del empleo permanente, de por vida, eje de la política social del Japón; la polarización concentradora del ingreso en los Estados Unidos, Inglaterra, Nueva Zelanda y China o el desmantelamiento de las coberturas de protección social en América Latina.
En nuestro caso, hay, sin embargo, una paradoja. El régimen neoliberal propicia no el renacimiento, sino el desvanecimiento de las elites económicas vernáculas. El proceso de privatizaciones casi terminan con la elite económica gubernamental; el avance de la extranjerización de empresas privadas líderes, diezma sistemáticamente a la elite empresarial; los grandes dirigentes obreros y del corporativismo pierden influencia, fuerza, no sólo frente al gobierno, sino frente a la explosión del trabajo informal que le cercena representatividad; aún las clases medias se adelgazan ante el enrarecimiento de las oportunidades de empleo, los despidos racionalizadores de gastos de empresas y gobierno o la reducción de la capilaridad social, asociada al menor ritmo de desarrollo.
Entonces, ocurren y pasan inadvertidos, sobre todo al Presidente Fox, fenómenos de primera importancia: que las clases dirigentes al desaparecer o tornarse rentistas, dejan el campo al predominio de intereses y visiones foráneas; que la democracia formal no basta para hacer crecer al país ni abrir puertas a la participación ciudadana efectiva; que economía, sociedad y política no son compartimientos estanco, sino complejos institucionales interdependientes en el buen diseño de las políticas públicas; que el país necesita no sólo de los pesos y contrapesos entre poderes, sino de pesos y contrapesos que reconcilien eficiencia con igualdad, ciudadanía con elites propias o extrañas.
En suma, el pensamiento reflejado en el pequeño y valioso libro organizado por Sánchez Rebolledo muestra un espíritu crítico indeclinable y plural. Más aún, desde el prólogo se hace un llamado inteligente, heterodoxo que va desde el replanteamiento del debate político, hasta señalar errores u omisiones en la orientación del rumbo ideológico, social y económico del país. Habrá que recomenzar, equilibrar, la tarea que quedó inconclusa.