Categorías
El debate público

Unidad no es uniformidad

Raúl Trejo Delarbre

La Crónica

20/02/2017

La unidad de un país no es homogeneidad. La unidad nacional que sería deseable en México de ninguna manera significa un retorno, por lo demás políticamente imposible, a la sujeción respecto del antiguo priismo. Tampoco es la abolición de la discrepancia ni de la pluralidad.

Al contrario, si en fechas recientes se ha mencionado a la unidad nacional como una actitud pertinente para enfrentar al loco que gobierna en Washington, ha sido a partir del reconocimiento de esa diversidad de la sociedad mexicana. Nuestra pluralidad es resultado de un desarrollo variado y en ocasiones desigual tanto de las condiciones materiales como de las formas de entender al país y al mundo que radican en la sociedad mexicana. Somos orgullosamente plurales. Pero esa diversidad la practicamos en el contexto de un país cuyas coordenadas nos definen a todos. Precisamente cuando la viabilidad económica y por lo tanto la paz social se encuentran en riesgo, la unidad es un valor que los mexicanos podemos reivindicar para organizar nuestra respuesta a la amenaza que tenemos en común.

Esas premisas tan sencillas no las entienden algunos comentaristas habitualmente perspicaces. La cultura priista que hemos padecido sigue definiendo el comportamiento de importantes zonas de la sociedad pero también del análisis crítico. A la unidad nacional se le reconoce sólo como recurso ideológico y retórico del viejo régimen. El análisis crítico encuentra dificultades para advertir que México y su sociedad han crecido, que el escenario global impone costumbres y condiciones ineludibles y que han cambiado muchas cosas desde que haces siete décadas y media la unidad nacional era recurso disciplinario e ideológico del antiguo priismo.

La unidad nacional que postuló el gobierno de Manuel Ávila Camacho exigía cerrar filas en una situación de guerra. Economía y sociedad entraban en condiciones de tanta emergencia —o al menos eso se decía— que los sindicatos se comprometían a no hacer huelgas. Desde entonces, o desde siempre, la amenaza externa ha sido uno de los recursos favoritos de cualquier gobierno para ganar adhesiones y acallar desacuerdos. Pero eso no implica que tal unidad sea, en todos los casos, una medida favorable sólo al gobierno.

Nuestros sucesivos presidentes exhortaron a la unidad nacional tan a menudo que ese estribillo se volvió parte del discurso del PRI. En esa cultura política hay palabras clave que han sido tan reiteradas y manipuladas que los ciudadanos, en rechazo a ella, las han abominado. Términos como patria, nación, instituciones, estado, son identificados de manera tan estrecha con el discurso priista que con frecuencia se las supone desprovistas de cualquier otro sentido. Al dejar que hayan quedado como patrimonio del viejo régimen, a esos conceptos se les ha reducido a significados utilitarios y peyorativos.

Así ha sucedido con la idea de unidad nacional. Es entendible que en algunos segmentos de la sociedad, o incluso en la elite política que no se distingue por su claridad conceptual, a tales palabras se las confine a las acepciones reducidas por el convenencierismo priista. En ese léxico a modo la patria luce el emblema del partido tricolor, la nación es la suma de convicciones disciplinadas al presidente en turno, las instituciones son manejadas al capricho de ese unívoco e incontestable poder presidencial. (De allí resulta la pobreza conceptual y por lo tanto política del personaje, formado en esa cultura priista, que cuando no le favorecen manda al diablo a las instituciones y proclama que toda decisión relevante es resultado de las maquinaciones de la mafia en el poder).

De suyo preocupante, esa simplificación es compartida por comentaristas y académicos que rechazan la idea de unidad nacional porque les parece contradictoria con la diversidad de la sociedad. Soslayan que esa pluralidad no se ha construido a contrapelo de la unidad en torno a valores y acuerdos básicos sino gracias a ellos.

Tenemos un país con reglas y organizaciones, con instituciones, que hemos convenido en construir y mantener aunque a muchos su desempeño no nos gusta siempre o no nos gusta del todo. Hemos querido que las elecciones definan el rumbo del Estado, que los partidos organicen la política, que haya un sistema de contrapesos dentro de y delante de las instituciones estatales aunque los resultados electorales no sean los que todos quisiéramos, los partidos a muchos nos parezcan impresentables y los equilibrios políticos y jurídicos no siempre funcionen. Allí tenemos un ejemplo, cotidianamente refrendado de unidad en torno a decisiones que consideramos esenciales.

La unidad de una nación jamás reemplaza a su diversidad. Pero se le postula como un valor político singular cuando el país enfrenta desafíos especialmente graves. No es verdad que la unidad nacional funcione sólo en situaciones de guerra. También se despliega ante peligros o desastres naturales, o en circunstancias de riesgo para segmentos amplios de la población. Un terremoto, una epidemia especialmente virulenta o una catástrofe financiera afectan a toda la sociedad independientemente de las condiciones sociales, preferencias ideológicas o afinidades políticas de cada quien. Por supuesto, las calamidades suelen perjudicar más a los más desposeídos. Ahora los desvaríos de Donald Trump nos amenazan a todos y por eso la sociedad mexicana se defendería mejor con una respuesta cohesionada.

Las amenazas bélicas, o de cualquier otra índole, unifican a los habitantes de un país para resistir, reconstruir o responder —y así sobrevivir— pero ni siquiera entonces la sociedad se amalgama de manera totalmente homogénea. En todos los conflictos bélicos, por ejemplo, hay discrepancias e incluso surgen traidores y colaboracionistas que pactan con el adversario.

La diversidad de toda sociedad también se expresa en momentos de unidad nacional. En una sociedad de masas, y de hecho en sociedades de cualquier dimensión, la unidad de las mayorías jamás desplaza las expresiones o decisiones de quienes no se suman a ella. Contraponer la diversidad inherente a la sociedad —que es una realidad sociológica— con la unidad pertinente en momentos de emergencia —la cual constituye un comportamiento político— implica mezclar conceptos y realidades de índole distinta.

El gobierno de Trump es una amenaza para México y el mundo. La respuesta de la sociedad mexicana no se agota en una manifestación, ni podría desplegarse en unos cuantos días. Con lentitud y sin la vitalidad que algunos desearíamos, hay acciones de rechazo a Trump y en defensa de los migrantes mexicanos promovidas por grupos ciudadanos, legisladores, universidades, medios de comunicación, algunos partidos e incluso áreas del gobierno encabezadas por funcionarios sensibles a las dimensiones de ese desafío.

La mayor parte de los mexicanos reconoce que el nuevo gobierno de Estados Unidos nos perjudica. Existe una clara conciencia de que hay una ruptura drástica en el trato con ese gobierno y de que algo tenemos que hacer. Lo que no se ha generalizado es la convicción de que ese cambio constituye una emergencia que nos convendría más enfrentar cohesionados. El rechazo al racismo del gobierno de Trump y a la persecución de mexicanos en aquel país aún no es una causa capaz de conmover, más allá de sus opiniones en las encuestas, a la mayoría de los mexicanos.

Para que esa causa se extendiera y fortaleciera sería necesario que existieran liderazgos con credibilidad y consenso y esas condiciones no se improvisan. El líder natural —indispensable— para enfrentar a Trump tendría que ser el presidente de la República. Lamentablemente el presidente Peña Nieto no quiere confrontar al delirante que despacha en Washington. Peña confunde la prudencia con la parálisis y la inteligencia con la displicencia. Peor aún, en vez de reconocer que la protesta de los mexicanos le podría dar autoridad y credibilidad en su trato con Trump, nuestro presidente abomina la expresión organizada de la sociedad y trata de atenuarla e incluso ha intentado manipularla.

La unidad nacional no es un fetiche sino una actitud resultado de convicciones compartidas, un estado de ánimo que puede propiciar expresiones públicas que alcancen influencia en el entorno global y mediático en el que nos encontramos. Cualquier esfuerzo para promover respuestas unitarias de la sociedad mexicana tiene que expresar el rechazo a Trump y, además, el reclamo a Peña para que actúe con energía y transparencia. Esa es la unidad nacional deseable, pero también posible.