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La mano de Henry

José Woldenberg

O de cómo la moral suele ser acomodaticia y el ambiente permisivo o no. O de la importancia de las reglas y la necesidad de las sanciones.

El 14 de noviembre Francia le ganó a Irlanda por un gol a cero en Dublín. Parecía que los galos tenían ya un pie en el Mundial. Pero en el partido de vuelta en París, los irlandeses ganaron por idéntico marcador. Fueron necesarios los «tiempos extras». Y cuando faltaban escasos 2 minutos del primer periodo, Thierry Henry bajó y se colocó el balón con la mano, lo pasó a Gallas y éste lo metió en el arco irlandés. Francia era la selección 31 en el Mundial e Irlanda quedaba fuera.

Imagino que por unas fracciones de segundo Henry vivió un dilema moral: reconocer su falta o fingir y festejar. Se trató de fracciones de segundo, porque inmediatamente se puso a dar de brincos en señal de victoria. Si hubiese aceptado que su jugada fue antirreglamentaria como el famoso fair play supone, su equipo podría haber perdido no sólo el partido, sino la clasificación; y si actuaba como si nada hubiese pasado, el beneficio era mayúsculo: la selección francesa estaría en el Mundial. Los dramas morales son de uno con uno mismo. Y en este caso fue fugaz. Una «pequeña infracción» se traduce en una gran recompensa, pensaría.

Existe, sin embargo, otra dimensión: el contexto que rodea al dilema ético. Un partido que no es transmitido por la televisión no deja huella. Sobre cada jugada controvertida existirán diversas versiones y cada quien tenderá a creerle a los voceros de su equipo. Las faltas no dejan rastro, no hay certeza del evento, sólo versiones. Pero cuando el encuentro es grabado y la evidencia es clara debe tomarse en cuenta piensa uno que existirá prueba suficiente para hacer incontrovertible la trampa.

Cuando las imágenes viajaron por, literalmente, todo el mundo, se construyó un contexto exigente que el jugador ya no pudo evadir. Henry entonces dijo: «Está claro que la solución sería volver a jugar el partido… Estoy incómodo con la manera en que ganamos y lo siento muchísimo por los irlandeses». A Henry se sumó incluso la ministra francesa de Economía.

Otro elemento que creo gravitó en el instante del partido fue el de las solidaridades grupales o en este caso nacionales. No resulta fácil decirle al árbitro: «la verdad cometí una falta y el gol debe ser anulado». ¿Cómo reaccionarían los compañeros, los aficionados, los franceses del común y, peor aún, los fanáticos?

Recordemos la mano de Maradona para que Argentina venciera a Inglaterra, y cómo fue saludada por sus compatriotas como la Mano de Dios. No sólo no generó vergüenza, sino que fue elogiada como un gran recurso dramático futbolero. Se forjó un típico contexto permisivo con las marrullerías «propias», por el solo hecho de que nos benefician a «nosotros».

En el futbol además existe una especie de derecho consuetudinario que establece que las faltas se marcan en el momento y si no… pues no. (No es como en el futbol americano en el que los árbitros pueden revisar la jugada con las grabaciones de televisión). Y esa fórmula se convierte también en un estímulo eficiente para «hacerse guaje», para no reconocer la falta propia. «Si no la marcan, ni modo». La idea incluso es que los errores arbitrales son parte del juego. Y no es una noción tan dislocada.

Irlanda pidió a la FIFA un nuevo partido, dada la claridad meridiana de la mano de Henry. Y la FIFA, luego de un momento en que le dio entrada a la queja, resolvió que «el resultado del partido no puede ser cambiado… las decisiones de los árbitros son definitivas». Especulemos un poco: si la FIFA hubiese rectificado al árbitro para dar paso a un nuevo encuentro, hubiera elevado y mucho el costo de meter una mano y no reconocerla. Desde el ángulo normativo estaría estableciendo claros estímulos y castigos para aquellos que se pasan de listos. Suena bien… pero también se estaría estableciendo un precedente más que complicado que obligaría a repetir juegos. Además, los franceses, con razón, podrían alegar que no se les puede aplicar de manera retroactiva una norma nueva. En todo caso, la FIFA tendría que resolver que «de ahora en adelante…».

La salida a futuro (al parecer el incidente ya no tiene remedio) parece clara: auxiliarse de la filmación del juego (por supuesto, ahí donde exista esa posibilidad) en el momento en el que sucede la falta. Con eso se desalentarían los intentos fulleros, se fortalecerían los estímulos para el fair play y no habría necesidad de realizar un nuevo encuentro.

Lo anterior es para probar lo que usted, lector, ya sabe: 1) que en la vida no hay arcángeles y que no es suficiente para la convivencia la débil y acomodaticia ética de las personas, 2) que los ambientes en donde nos movemos en ocasiones suelen ser permisivos con aquellos que integran el «nosotros» y más bien agresivos con «los otros» y 3) que por ello se necesitan normas bien diseñadas que regulen las conductas, y castigos para que las prohibiciones no sean letra muerta.